lunes, 28 de diciembre de 2009

Juliet, menos desnuda

Antes de Año Nuevo un comentario de la más reciente novela de Nick Hornby, Juliet, Naked. Que el 2010 nos agarre confesados...

“Habían volado desde Inglaterra a Minneapolis para ver un mingitorio”, así empieza Annie a darse cuenta que ha desperdiciado los últimos 11 de sus 40 años junto a Duncan, un maestro de escuela experto en todo lo relacionado con Tucker Crowe, cantante ficticio que se retiró veintiséis años atrás, luego de un acontecimiento sucedido ahí, en ese baño, que la mitología del rock envuelve en el misterio. En su nueva novela, Juliet, Naked, Nick Hornby continúa desplegando las habilidades que ya le conocíamos de libros anteriores para captar los cambios que los oficios y artificios del pop (la cultura de masas que le llaman en círculos mamones) han introducido en la intimidad romántica de hombres y mujeres aproximadamente desde finales del siglo pasado-principios de éste. Nunca le ha faltado flexibilidad para colocarse a un extremo u otro de las pulsiones, pero tal vez nunca antes haya inclinado la voz tan decididamente del lado femenino, ni abordado con detenimiento las alteraciones que Internet vino a meter en este caldero de por sí revuelto.

Con efectos ambivalentes. Por un lado, el personaje de Duncan da la impresión de quedarse colgando para la importancia que tiene al principio y en ocasiones la presencia de Internet –como en la vida- interfiere más de lo que ayuda. Por otro, puede replicarse que si Duncan va difuminándose en la novela es porque así le va pasando a Annie, que si bien nunca asume por completo la carga narrativa –el narrador es un cuenta-cuentos como en libros anteriores de Hornby-, sí es nuestro hilo conductor en la historia de Juliet, Naked. El título se debe a una colección de demos del disco más famoso de Tucker Crowe, Juliet –similar al Let it be, Naked de los Beatles-, que sale tras no editarse nuevo material fonográfico desde su desaparición. Juliet, Naked detona el distanciamiento de Annie con Duncan cuando ambos perciben el álbum de maneras drásticamente distintas. Espoleada por la reseña deshecha en alabanzas que él sube a la página en la red donde mantiene una pequeña comunidad con otros obsesos de Tucker alrededor del mundo, Annie pone su primer post –la primera contribución femenina, de hecho- conteniendo una reseña que contradice punto por punto la de él, provocando entre otras reacciones la del mismísimo Tucker Crowe que desde su auto-reclusión inicia un intercambio epistolar electrónico con ella que Duncan desconoce. Más interesantes que los mails que se mandan, sin embargo, resultan las dudas que atraviesan al redactarlos, una inercia continuada en el texto. Hay intromisiones del universo-en-línea, como la entrada de Tucker Crowe en Wikipedia, que ciertamente se antojan prescindibles, pero compensadas al provocar observaciones sobre las repercusiones de internet fuera de la llamada “realidad virtual” en nuestra personalidad y en los ángulos desde el que nos es posible percibirnos a nosotros mismos. Antes la “tuckermanía” de Duncan era manejable, lo habían llamado a un documental de la BBC y organizaba encuentros, pero el fan más cercano vivía en Manchester, a varios kilómetros de Gooleness, el pequeño pueblo imaginario a la orilla del mar en el norte de Inglaterra donde comparte hogar con Annie. Para infortunio de ella “el internet vino a cambiarlo todo”. De repente Duncan tenía su página consagrada a Tucker Crowe y cientos de interlocutores en geografías impensables que, en un efecto superior a la comprensión de Annie, tenían mucho que decir para alguien que llevaba tanto tiempo sin crear una sola nota de música nueva.

Tucker echa mano de la misma frase, “el Internet vino a cambiarlo todo”, desde otro contexto que igualmente refiere problemas que suponía solucionados. Años dedicados a restarse importancia, resignándose a que para la mayoría de la gente ni siquiera fuese un recuerdo, a ser la referencia ocasional de un crítico snob en alguna revista, ahora se van por la borda cuando busca su nombre en Google y obtiene miles de respuestas creando la ilusión “de que su carrera musical era algo todavía vigente, de alguna manera, más que algo que había muerto hacía mucho tiempo”. Naturalmente al principio se siente halagado por todas esas personas que dedican horas de su vida a discutir su música; pasado un tiempo le resultan irritantes, como si lo conocieran de toda la vida, y ese montón de teorías absurdas que han tejido en torno a su retiro del ojo público. Si hay quien se refiere a Internet como la Biblioteca de Babel donde Borges cifraba su paraíso, Hornby nos recuerda lo esencialmente imposible de una utopía que también permite una de las máximas pesadillas borgeanas: la eterna perdurabilidad. “Ahora nadie es olvidado”, concluye Tucker, casi disculpándose con nuestros mayores por la elemental falta de cortesía.

Aun valiéndose de estos elementos, Juliet, Naked no se sube al debate del fin de la privacidad, su aspiración es menos ambiciosa, puede que más inmediatamente práctica: seguir explorando las formas inesperadas, ingeniosas, maravillosamente conmovedoras, increíblemente torpes en que buscamos complicarnos la vida. Como Duncan nos tranquiliza pensar que las personas embonan cual piezas de un mismo rompecabezas, hasta que un día despertamos a darnos cuenta que todo este tiempo no era “la perfección y un ajuste sensato” lo que nos movía, “sino los ojos, las bocas, las sonrisas, las mentes, los pechos y los torsos, el ingenio, la amabilidad, el encanto, la historia romántica y todo tipo de otras cosas que volvían imposible tener bordes bien definidos”. La cibernética en general trae ventajas en la medida que se suma al arsenal de herramientas de las que disponemos para cumplir este despropósito; especial, eso sí, porque le ha devuelto cualidades fantásticas a nuestro tiempo mermado de ilusión. Duncan lo comprueba cuando en la pantalla le aparecen los nombres de las canciones de un CD que acaba de insertar a la computadora, un hecho que sólo alcanza a concebir en términos mágicos: “no había sentido en buscarle explicación al truco porque no había una: o mejor dicho no había una que él pudiera entender”. En el colmo de su asombro, los mp3 por primera vez lo hacen conciente de que la música grabada no tenía que ser “como siempre había entendido con anterioridad una cosa en absoluto –un CD, un pedazo de plástico, un carrete de cinta. Podías reducirla a su esencia y su esencia era literalmente intangible”. Lejos de arrojarlo a los remilgos nostálgicos del coleccionista, “la nueva tecnología había hecho sus pasiones más románticas”.

Despojar de “objetualidad” a la música, una idea que ha dado vueltas de Pitágoras a Pete Townshend. Vivimos una época preciosa que nos acerca la oportunidad de romper con el valor de posesión de un “original”, algo que ha revestido de suntuosidad hipócrita la historia del arte. Lo que realmente significa la destrucción del halo sagrado alrededor del concepto de “autoría”, la democratización final del arte. Eso ya lo dijo Walter Benjamin en 1914 acerca del cine. En lo único que Nick Hornby vuelve a rizar el rizo es recordándonos que “no hay nada más difícil de soportar que una serie de días buenos”, observación que hace el doctor Paul Watzlawick en un libro de título tan explícito que ahorra muchas explicaciones: El arte de amargarse la vida. Mientras haya hombres y mujeres involucrados, el proceso correrá el riesgo de salir mal, y probablemente sea indispensable para darle continuidad. La diferencia de opinión sobre un disco obliga a que Duncan replantee sus certezas no sólo en la relación que lleva con Annie, incluso en aquello que cree conocer mejor en la vida, un disco de rock en este caso. Pero Tucker también aprende que el papel de creador no le da la verdad absoluta sobre su arte por la sencilla razón que da Duncan, “porque a la gente con talento se le da fácilmente y nunca valoramos las cosas que se nos dan fácilmente”. ¿Habría sido distinta la suerte de Kurt Cobain de haber existido Internet? A eso no tenemos respuesta. Sí hay respuesta en cambio para quienes le regatean méritos literarios a Hornby. Juliet, Naked no es ni la mitad de entretenida que Alta fidelidad o de punzante que Cómo ser buenos, pero vuelve a triunfar escribiendo de un modo que en este momento de la historia un montón de personas lo leen y les hace pensar que sabe quiénes son y cómo se sienten. Si eso no le alcanza al arte, entonces como el mismo Hornby tiene que decirnos acerca de su canción favorita, “Thunder Road”, de Bruce Springsteen, en su libro 31 canciones, ese por lo menos es “uno de los consuelos del arte”.

Nick Hornby. Juliet, Naked. Penguin Books. Londres, 2009.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Ni me gusta ni es sólo rocanrol: un brindis por Lester Bangs


De haber sido menos vulnerable y humano Lester Bangs pudo tener una vida más larga, en consecuencia nunca sabremos qué tanto lo habría resentido su manera de escribir, pues son dos atributos que acechan salvajes a quien hurga entre sus páginas. El día que murió había acudido a su primera reunión de Alcóholicos Anónimos, como al finalizar un libro o un artículo de largo aliento tenía por costumbre organizarse una fiestecita unipersonal con sus discos, esa noche decidió pasar por la farmacia y abastecerse de pastillas de prescripción médica pero ponedoras, surtiendo tanto efecto la receta que no sólo se mantuvo lejos de la bebida sino de volver a despertar. Conocemos este rumor gracias a Robert Quine, guitarrista con Richard Hell & the Voidods a finales de los setenta, amigo desde que Lester se mudó a Nueva York hasta el final. A Bangs “le importaba la música y eso fue en parte lo que lo mató, porque la música en los ochenta era una mierda absoluta”, alcanzó a agregarnos Quine antes de unirse al reven de ultratumba, alimentando una imagen romántica de Lester, tan consentido de Dios que no le permitió vivir para ver MTV. Lástima que sea una patraña. Seguramente Lester encontraría carnita para regodearse en las camadas de jóvenes enchufados al iPod, la conmoción de los sistemas de promoción tradicionales, los Beatles convertidos en videojuego, los chicos suburbanos queriendo pasar por parias de ghetto, ¿le gustaría Radiohead? Sufriría mucho. Pero, ¿se ahorró el sufrimiento con morirse? No. En palabras del periodista inglés Mick Farren: “Seguro con un carajo que no es muy divertido tener una sobredosis de NyQuill. Es decir, hay mejores cosas de que morirse”. Esa es otra forma de verlo. Para Farren “un cerebro desperciado”, incapaz de “escribir nada fuera de su estrecho campo de literatura rocanrolera. Ni siquiera pudo escribir un libro funcional acerca de Blondie”. Por su parte, el juicio que le merece a Lou Reed es que simplemente fue “una de las personas más irresponsables que haya conocido en su consumo de drogas”.

Aunque Lou Reed era su héroe nunca lo amilanó su presencia. Si Lou tomaba drogas, Lester el doble; si Lou contaba anécdotas bizarras, Lester tenía unas espeluznantes; se trataba de probar quién era el tipo más duro y eso fue lo que lo mató. Infantil como un niño que sólo sabe expresar su admiración a papá haciéndolo enojar, la relación con Lou Reed apenas entreve la postura ampliamente cáustica que Lester Bangs le plantó a la vida. Su método de hacer entrevistas, por ejemplo, consistía en empezar formulando la pregunta más ofensiva posible, pues era de la opinión que las entrevistas, en lo concerniente a estrellas de rock, se habían convertido en pura lambisconería; “un acto de obediencia rastrera a gente no es tan especial, de verdad. Sólo es un sujeto, otra persona, ¿qué importa?”. Una actitud con poco futuro, pero que tampoco es una pose. Hablando de rocanrol o en las bravatas con pa Lou, Lester puede sonar “provocativo”, pero la evidencia prueba que no era su propósito primordial. No escribía para encajar en la tribu de inadaptados en turno, mucho menos para marcar “tendencia”. Escribía desde la tremenda soledad de un núcleo de alta tensión humana en el que pocas personas, ya no digamos “escritores”, soportan estar sin perecer electrocutados. Antes que impresionar a nadie era más bien una labor de ir removiendo capas: y si de repente ya no eres el que más ondas se mete, el gruexo, el Juan Camaney; si te limpiáramos el glamour de lo prohibido, ¿qué nos quedaría de ti?, ¿qué hay debajo del cascarón?.

“Tomen cualquier párrafo de Lester Bangs y es una jodida pieza de literatura genial”, concede Mick Farren aun a regañadientes por ver al amigo perdido en una muerte estúpida, apresurándose en aclarar: “pero todo trataba de la misma mierda”. La pregunta sería si la acusación es entendible pasado el estupor del duelo. Menospreciar como escritor a Lester Bangs porque sólo escribía de rocanrol equivale a evitar a Dostoievsky pretextando temor a contagiarse de alguna patología psicológica o catalogar el Quijote entre las novelas de caballería. Al fin: ¿cuán basta es la diversidad de materiales que cuenta el espíritu humano para alcanzar un mismo propósito: crear algo que no existía antes? Que nunca haya escrito un libro en forma sólo subrayar su crucial circunstancia: el rocanrol, el gatillo que Lester jalaba para escudriñar las tinieblas con el relumbrón del fogonazo. No era mero pretexto. A Lester, sí, “le importaba la música”, pero en la medida que disparaba la conciencia hacia los confines de oscura viscosidad que nos previene el asco; la búsqueda de una emoción con algo de significado –aunque sea la discapacidad emocional- en este mundo que a sus ojos, por cierto, se despeñaba enloquecidamente rumbo a “su descabellada, sucia y distorsionada pirueta final”, y que por lo mismo resulta tan angustiosa y desternilladamente divertido que te meas de las carcajadas, haciendo que escribir valga la pena por lo menos para disimular la mancha en tus pantalones.

Pecaríamos de imprecisos llamando a Lester Bangs escritor de rocanrol, si acaso fue un escritor rocanrolero. Un escritor al que le sobran los adjetivos. Sus textos tal vez empiecen hablándote de rocanrol, el hecho es que terminan navegando asuntos que en forma y contenido superan con creces las disquisiciones sobre fama, autenticidad, trayectoria y demás fruslerías a las que nos acostumbró la prensa musical. Si cualquier gran escritor demanda cierta concesión de sus lectores, Greil Marcus formuló el requisito indispensable para disfrutar de Lester en su introducción a la antología de artículos y escritos dispersos Psychotic reactions and carburator dung: “la voluntad de aceptar que el mejor escritor de Estados Unidos sólo puede escribir casi exclusivamente reseñas de discos”.

Precisamente de Psychotic reactions… provienen los tres textos que les propone el eRRe para conmemorar el primer berrido que soltara Lester en la Tierra hace 61 años recién cumplidos el pasado 13 de diciembre. Primero desde su perspectiva la muerte de John Lennon que en lugar de dar pie al epitafio llorica, denuncia un comercio carroñero de emociones huecas en una pieza que desmitifica rindiendo a la vez uno de los mejores tributos a la personalidad histórica de Lennon. Luego dos textos nunca publicados en vida, tanto así que Psychotic reactions… los incluye bajo una sección con el título Impublicables (Unpublishable). De los “Documentos del desdén” Lester da buen uso a la infancia que pasó rodeado de testigos de Jehová con una carta ¿imaginaria? a la neoyorquina revista Village Eye donde maneja un recurso no muy distante del rastreo genealógico que San Mateo emprende al principio de su Evangelio, aquí aplicado en un ensayo de historia del punk simultáneamente precisa y disparatada que desbarata los linderos que median entre ficción y no-ficción. El último, fragmento de Todos mis amigos son ermitaños, uno de numerosos libros jamás concretados, es Lester en estado concentrado, bordando el filo del sentido, asomado al infinito y saltando más allá del rocanrol… resecándonos la boca por las posibilidades cortadas una noche de abril de 1982. eRRemental así lo honra en su no-cumpleaños con una humilde compensación de la deuda que el castellano tiene en traducciones de Lester Bangs, además que sirve de regalo navideño y deseo de albricias el año que viene para ustedes, distraídos y afables visitantes del blogk.

*Todas las selecciones que leerán a continuación fueron tomadas de Psychotic Reactions and Carburetor Dung. Lester Bangs. Greil Marcus, ed. Anchor Books. Nueva York, 2003.

Pensando lo impensable acerca de John Lennon. Por Lester Bangs.



Siempre te preguntas cómo reaccionarás con estas cosas, pero no puedo decir que me haya sorprendido demasiado cuando la NBC interrumpió “The Tonight Show” para decir que Johnn Lennon había muerto. Siempre pensé que sería el primero de los Beatles en morir porque siempre fue el que más vivió en el borde existencial, ya sea zambulléndose hasta las rodillas en aventuras izquierdosas o simplemente cerrando la boca cinco años cuando decidió que realmente no tenía mucho que decir; pero siempre me había imaginado que sería por su propia mano. Que meramente haya sido la celebridad más reciente en ser baleada por un posible psicótico no hace más que acentuar la banalidad alrededor de su muerte.
Miren: no creo ser insensible o cascarrabias. En 1965 John Lennon era una de las personas más importantes del mundo. Es simplemente que hoy por hoy me siento profundamente enajenado por el rocanrol y lo que ha significado o puede significar, alienado por mis compañeros hombres y mujeres y sus sueños o aspiraciones.
No sé quiénes resulten más patéticos, la gente de mi generación que se niega a que su adolescencia sesentera muera de una muerte natural, o los más jóvenes, que arrebatan y tragan cualquier trozo, cualquier morona de un sueño que alguien declaró terminado hace diez años. Probablemente los más jóvenes resulten más tristes, porque al menos mis congéneres pueden tener algún recuerdo nostálgico de las brasas largo tiempo enfriadas que se arrodillan a soplar, mientras que los chavos tienen que conformarse con cosas como el espectáculo de la Beatlemanía que les venden con recibo de bienes de consumo.
No puedo lamentarme por Lennon. No conocí al tipo. Pero sé que una vez dicho y hecho todo, sólo eso es lo que era: un tipo. La eterna negativa de sus fans por dejarlo ser nada más que eso al final fue casi tan letal como su “asesino” (y por favor, basta de hablar de esto como un asesinato “político” y dejen de llamarlo un “mártir del rocanrol”). ¿Vieron los especiales de televisión del jueves por la noche? ¿Vieron a todas esas personas frente al departamento de la calle Dakota en donde vivió Lennon cantando “Hey Jude”? ¿Qué creen ustedes que el verdadero John Lennon –cínico, burlonamente sarcástico, abrasivamente ingenioso e iconoclasta- habría dicho de eso?
El mejor John Lennon despreciaba el sentimentalismo barato y tuvo que aprender por las malas que cuando has dejado tu marca en la historia los menos capaces de agradecimiento lo convertirán en una jaula donde meterte. Quienes prefieren falsear sus recuerdos –los que suspiran por la tierra imposible de unos sesenta que para empezar nunca ocurrieron de ese modo- insultan el Edén retroactivo que consagran.
Así que en este tiempo de predicar los últimos íconos, espero que compartan mis pontificaciones personales lo suficiente para permitirme decir que los Beatles ciertamente fueron mucho más que un grupo de cuatro músicos talentosos que incluso probablemente fueran los mejores de su generación. Más que todo los Beatles fueron un momento. Pero la suya no fue la única generación de la historia, y seguir dirigiendo la destripada linterna de aquellos sueños en esta dirección con esperanza de que la llama de algún modo brille de nuevo en los ochenta es una aspiración tan inútil como tratar de convertir las letras de Lennon en poesía. Es por ese momento –y no por John Lennon, el hombre- por lo que se lamentan, si es que se lamentan. A fin de cuentas se lamentan por ustedes mismos.
¿Recuerdan a ese otro tipo, el viejo amigo de ellos que una vez dijo “no sigas a los líderes”? Bueno, pues tenía razón. Pero las mismas personas que tomaron esas palabras y las pusieron en letreros estaban violando la consigna que enarbolaban. Y lo siguen haciendo hasta la fecha. Los Beatles fueron líderes, pero lo fueron guiñando un ojo. Puede que hayan sido más famosos que Jesús, pero no creo que hayan querido ser la religión del mundo. Eso habría abaratado y cubierto de oropel lo que tenían de especiales y maravillosos. Eso no era lo que Lennon quería, de lo contrario no se habría retirado en la segunda mitad de los setenta. Lo que pasó la noche del lunes fue solamente la máxima extensión de todas las fuerzas que lo llevaron a tomar esa decisión en primer lugar.
En algunas de las últimas entrevistas que dio antes de morir, dijo, “de lo que me di cuenta en los cinco años que me alejé fue que cuando dije que el sueño había terminado, había cortado físicamente con los Beatles, pero mentalmente sigue habiendo una gran carga en lo que la gente espera de mí”. Y: “Nosotros éramos los buena onda de los sesenta. Pero el mundo no es como los sesenta. El mundo entero ha cambiado”. Y: “Produzcan su propio sueño. Es bastante posible hacer cualquier cosa… es de lo desconocido que se trata. Y tenerle miedo a eso es lo que hace a la gente salir despavorida por ahí persiguiendo sueños, ilusiones”.
Adiós, nene, y amén.
Los Angeles Times, diciembre 11, 1980.
Versión al castellano: eRRe

De "Documentos del desdén" 1981. Por Lester Bangs

Querida East Village Eye: A través de sus páginas me he enterado hasta ahora que tanto Richard Hell como John Holmstrom son los inventores del punk, supuestamente también lo hicieron en épocas distintas. Así que pensé que yo también podía aportar el valor de mis dos centavos: Yo soy el inventor del punk. Lo sabe todo el mundo. Pero se lo robé a Greg Shaw, también inventor del power pop. Y él se lo robó a Dave Marsh, que de hecho llegó a ver una vez un concierto de Question Mark & the Mysterians . Pero él se lo robó a John Sinclair. Que se lo robó a Rob Tyner. Que se lo robó a Iggy. Que se lo robó a Lou Reed. Que se lo robó a Gene Vincent. Que se lo robó a James Dean. Que se lo robó a Marlon Brando. Que se lo robó a Robert Mitchum. Qué cara puso cuando le cayeron por posesión de yerba. Y él se lo robó a Humphrey Bogart. Que se lo robó a James Cagney. Que se lo robó a Pretty Boy Floyd. Que se lo robó a Harry Crosby. Que se lo robó a Teddie Roosevelt. Que se lo robó a Billy the Kid. Que se lo robó a Mike Fink. Que se lo robó a Stonewall Jackson. Que se lo robó a Napoleón. Que se lo robó a Voltaire. Que se lo robó a un borracho anónimo al cual le sacó la cartera mientras el hombre yacía comatoso en una cuneta de París, ustedes los escritores saben cómo se pone la cosa en lo que esperas el cheque de tus regalías. El borracho se lo robó a su madre, una arpía desdentada que alguna vez vendió su cuerpo hasta que se volvió muy vieja y fea momento en que se hizo costurera excepto que no era muy buena, sus manos tiesas temblaban tanto que todas las costuras de sus bordados le salían flojas y los vestidos se les caían a las elegantes mujeres parisinas en medio de la calle. Así es como fue posible lo de Lady Godiva. Lady Godiva también era punk, se lo robó a la arpía como venganza. Y el caballo de Godiva se lo robó a ella. Poco después dicho caballo fue jineteado a una batalla en la cual murió, pero no sin que antes el mayor que lo usaba de montura le robara el punk. El mayor era un alcohólico en serio dado a caer en largos periodos de inconciencia que le duraban semanas y aun meses, de modo que olvidó habérselo robado. Olvidó que alguna vez lo tuvo. Olvidó lo que fue o significó alguna vez. Igual que el resto de nosotros. Pero en una noche de estupor etílico farfulló el ancestral e invaluable grial del Secreto del Punk a otro alcohólico con mejor memoria. Cuando el mayor recuperó la sobriedad, el otro alcohólico, carterista y un ladronzuelo de poca monta en general, mintió diciéndole al mayor que él, el carterista, era el dueño original del punk pero que una noche cuando él, el carterista, estaba hasta las manitas, el mayor le había robado el punk. El mayor se lo creyó. Pero luego se puso borracho y volvió a olvidar todo lo relacionado con el punk. De modo que pudo haber estado perdido en una de las grietas de la historia y John Holmstrom podría ser un vendedor de revestimientos de aluminio de puerta en puerta y Richard Hell podría estar recogiendo heno del granero de una granja en el medio Oeste como mano de obra alquilada EN ESTE PRECISO MOMENTO en el que también yo, creador del punk como no debería hacer falta que les recordara, no sería crítico de rock y músico ocasional para irritación de muchos y placer de algún iluminado, sino más bien una autoridad muy respetada en el cuartel general de los testigos de Jehová en Brooklyn. En lugar de estar reseñando a Devo para Voice sería el autor del artículo “Resortes: Metal Maravilloso”, publicado en la revista Awake! en algún momento de 1978. Y eso también sería motivo de orgullo.

Versión al castellano: eRRe

De "Todos mis amigos son ermitaños", 1980. Por Lester Bangs

La llamé. Justo a media conversación, ella dijo: “¿Qué te dan ganas de hacer en este momento?”. Repliqué, automáticamente, con el mismo tono de voz con el que uno diría “podría comerme un sándwich de centeno con atún”, diciendo: “Quiero coger”. Un segundo de silencio. Luego: “Está bien”, dijo, igual de casualmente. “Ven acá”. Fui rápido allá. Me recibió con un juego desaliñado de ropa interior negra, el cabello todo revuelto, sin maquillaje, descalza, medio dormida, neutral emocionalmente al mundo. Pensé que era lo más sexy que había visto en mi vida. Especialmente con esa ropa interior vieja y andrajosa. No acababa de creerme que estaba a punto de estrechar algo de tal magnificencia entre mis brazos, semejante pedazo de muu-jer, semejante Diosa de la Tierra primigenia, semejante creación tan jugosa y exuberante del Señor Todopoderoso de los Cielos o los Infiernos, no me importaba de cuál, ¡y además con cerebro! Lo había conseguido. ¡La vida no podía ponerse mejor que esto! Como Swamp Dogg cantó alguna vez: “Si mañana muero/¡Esta noche he vivido!” ¡Claro que sí! ¿A quién le importaba que la civilización occidental estuviera hundiéndose en la entropía o preparándose para el Armagedón, nunca podía decidirme por cuál de las dos? Toda mi filosofía era una sandez y la civilización occidental para empezar una cubeta de mierda. ¡A quién le importaba! ¡Quería cogerme a esta mujer en el lodo de una trinchera mientras una tormenta de pólvora de la Organización para la Liberación Palestina y de balas israelíes pasaba zumbando por encima de nuestras cabezas! Quería llevarla a los Everglades y aventarla en el pantano y hacerle cochinadas hasta que gritara como una mustela enredada en una reja eléctrica “¡Más! ¡Más! ¡Más! ¡Para! ¡Para! ¡Para! ¡No, no pares! ¡Cómeme! ¡Mátame! ¡Rómpeme! ¡Cógeme!”. ¡Y luego la empujaría tan profundamente en el lodo que las caras y el cabello y las bocas de los dos casi quedarían enterradas por el cieno verde y la vegetación tropical putrefacta que crece fuera de control y amaríamos como reptiles deslizándose más abajo de la alcantarilla martilleando juntos nuestros vientres chillones en el estiércol de donde toda la vida surgió antes que los medios o las carreras en revistas de Nueva York o cualquier otra cosa fuera equivalente a mierda! ¡Los caimanes se acercarían trabajosamente, nos echarían una mirada y se darían la vuelta de inmediato apresurados por alejarse en dirección contraria! ¡Mocasines de agua acobardados en el fondo del río, con miedo a que les demos una mordida y mueran! ¡Porque somos muerte tanto como vida! ¡Somos fiebre de la selva, beri-beri, mau maus hambrientos uno del otro y después tomaríamos nuestros machetes y nos haríamos una barbacoa de misioneros! ¡Nos hemos vuelto uno solo con la viscosidad primordial! ¡Le gana a la zona alta del East Side seguro con una mierda! Luego de un jalón la levantaría del cieno y volaríamos sin escalas hasta Camboya. ¡Quiero cogérmela encima de una pila de huesos blanqueados, montañas de calaveras, centenares de cadáveres en descomposición! ¡Quiero sentir muerte en todo mi alrededor, así de vivo me siento nada más de mirarla, y ESTAR DENTRO… sí quiero muerte de un resplandeciente mar a otro, montañas de muerte emborronando el horizonte, quiero gritar con la alegría salvaje de un perro en la fosa de un osario humeante! ¡Quiero que Idi Amin nos vea! ¡Él ha visto mucho, ya lo sé, pero nunca ha visto esto! ¡Podría aprender algo! ¡Quiero cogerme a la muerte, quiero que la muerte vea que esto no es mamada, puedo lamerla, porque lo que estrecho en mis brazos en este momento y estoy a punto de llevarme al cuarto y a lo que entregaré mi cuerpo y mi alma en el profundo centro de su vientre, el centro de ella, ahora mismo me doy cuenta que es la final y absoluta refutación que anula para siempre a la muerte!

Versión al castellano: eRRe

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Voilà: Fito Páez (17-11-2009)


Los boletos fueron nada baratos y el lugar resultaba sospechoso para cualquier concierto ligeramente ruidoso. El Voilà está ubicado en un rinconcito al final del pasillo donde están los bares y restaurantes aptos para el mamoneo en la plaza comercial Antara de Polanco. “Quizá sea lo apropiado ahora que las rolas de Fito Páez se utilizan para anunciar autos de lujo en la televisión”, dijo el eRRe a Mystery Girl mientras se formaban para entrar. En estas circunstancias y oyendo los comentarios del resto de la gente, todos nos esperábamos un concierto acústico. Pero no, resulta que Fito salió con toda la electricidad por delante acompañado de su nueva banda, los Killer Burritos, abriendo con “Lejos en Berlín”, la primera canción del Ey!, una de las menos conocidas de su catálogo pero de las que más le gustan al eRRe con sus guitarras chonchas. El acelere siguió adecuadamente con “Taquicardia”, de Giros. Estas dos el eRRe casi está seguro que nunca las había oído en concierto. “11 y 6” sonó en la versión más roquera que haya tenido. El público brincaba, alzaba las manos cual barra brava, un grupito, ondeaba una manta con logos de la Franja del Puebla y parece que del Real Madrid, un poco fuera de lugar, pero qué chingados, Fito ya nos tenía sudados y en sus manos mientras los meseros más elegantes que muchos de los asistentes se abrían paso para repartir los güisquis (como la noche y el lugar se prestaban al dispendio, “tráeme otro Glenfiddich”). Unas rolas más y el Fito se despide para que los Burritos se despachen un par de sus propias rolas: no estuvieron mal, especialmente la segunda. Después se despiden los Burritos para dejar al flaco de Rosario sólo con su teclado. “Esta quizá sea la canción más triste que haya escrito” y los dedos empiezan a deslizarse por las blancas y las negras para dar inicio a una interpretación de “La despedida” que la gente enfebrecida canta de memoria. Páez para en seco. “Espérense, esta déjenme cantarla porque para cantar todos mejor vamos a la iglesia”. Sonoras carcajadas seguidas por un “shhhh” paradójicamente cuasirreligioso. Más rolas de a solapa aunque por dentro cada uno de los presentes apenas podemos contenernos para seguirlo a voz en cuello. Cagado de risa el eRRe perversamente se solaza cuando Mystery Girl, alérgica a la música de Armando Manzanero, deforma su rostro de felicidad en terror cuando entona “Esta tarde vi llover” y promete molestarla eternamente con ese momento cada vez que su admiración por Fito amenace con desbordarla. En medio de una delicada aproximación a “Creo”, un borrachín que desde antes de apagarse las luces pide chupe tras chupe dándole su American Express dorada al mesero que trata de “Giuseppe” rompe el frágil silencio con un “¡Viva México, cabrones!” convirtiéndose en blanco de repudio. Fito se ríe. Mr. Borrachín entonces replica “Aistá, pero te hice reír, wey”, obviamente sin darse cuenta que esa mueca es más bien de “nunca falta un pendejo como este”. Un “Fue amor” tendiente a lo guapachoso, “Tumbas de la gloria” y ya nadie se contiene más: cantamos otra vez. Queburritos vuelven para tupirle un rato más al rocanrol con "Al lado del camino" y "Naturaleza sangre" ralentizada en su lado más blúuuus. “Ciudad de pobres corazones” marca el principio de la recta final con un “Tercer mundo” injertado al golpe del riff de la zepelinesca “Heartbreaker”. Una chava se monta en los hombros de alguien para enseñarle las tetillas a Fito. Órale, para toda su fresez al final las cosas siempre sí se pusieron rocanroleras en el Voilà. Es decir, eso de poner las chichis al aire a estas alturas ya es un súper cliché, pero cualquier disrupción más o menos sexual siempre será perturbable y bienvenida. Terminando “A rodar mi vida” amaga con despedirse, pero más que obvio es que no partirá así no más. Reaparece habiendo cambiado el saco y la corbata por una playera roja con la leyenda “Let’s Get Lost” la cual pone en evidencia que eso de llamarle “flaco” va siendo pura inercia. El arreglo arrancherado a “Un vestido y un amor” termina delatando la deuda que estos Burritos tienen con otros: los Flying Burrito Brothers. “Dar es dar”, “Mariposa technicolor” y c’est fini en el Voilá. De camino a la salida la argentina horrible que acompaña a otra argentina –lindísima- va a buscar al Borrachín para reclamarle que su grito no le agradó al “maestro”. El borrachín, alzando la voz de nuevo, le responde “¿y vos de dónde sos? ¡Viva México cabrones!”. De los dos no hay a cuál irle. Los demás continuamos nuestro camino apretándonos el pecho con la promesa que Rodolfo nos hizo: “¡hasta el próximo disco!”. ’Ta güeno, procura no colgarte mucho.
*La foto es de the one and only Mystery Girl

martes, 17 de noviembre de 2009

Nosotros, hijos de Faith No More, clamamos...

Can you feel it, see it, hear it today?
If you can't, then it doesn't matter anyway
You will never understand it 'cause it happens too fast
And it feels so good, it's like walking on glass

-De "Epic"

Antes que Nirvana cambiara el panorama de la música que escuchábamos los jóvenes en los primeros años noventa con “Smells Like Teen Spirit”, tiende a olvidarse los muchos profetas que les allanaron el camino. Sonidos que hasta finales de los ochenta habían permanecido en los márgenes de la radio masiva empezaron a hacer mayor acto de presencia con bandas como R.E.M. (con “Stand” de su disco Green de 1988 primero y luego explotando en 1991 con “Losing My Religión”), Jane’s Addiction (moderadamente con “Jane Says” y “The Mountain Song” del Nothing’s Shocking, de 1988, y más con “Stop!” y “Been Caught Stealing”, del Ritual de lo Habitual, de 1990) y, claro, Faith No More que la armó en grande con “Epic”, una canción que sonaba extrañísima para su tiempo. Para la generación del eRRe Faith No More fueron quienes nos enseñaron que en música nada estaba prohibido.

En aquel entonces atravesábamos una situación de si no estás con nosotros, estás con ellos. Si te gustaba lo que oía la mayoría entonces eras un fresa de mierda. Para tener algo de credibilidad tenías que irte a lo más subterráneo: trash, hardcore, speed. Supongo que en ese sentido la situación no ha cambiado mucho, al menos es lo que pensaba el otro día mientras echaba una chela cerca del Tianguis del Chopo junto a unos chavos que se intercambiaban sus ayPods con rolas de varios grupos que llevaban el “Necro” en alguna parte de su nombre. De todos modos, les hablo de una época en que de verdad costaba esfuerzo encontrar con música, donde a huevo tenías que gastarte un varo –aunque sea en comprar casetes pirata- para escuchar la música que querías, donde Metallica todavía asustaba –y no precisamente por querer controlar Napster. De repente ahí estaba Faith No More, un grupo que rapeaba sobre una base de rock pesado de manera mucho más orgánica de lo que nunca soñaron Aerosmith y Run-DMC cuando juntos grabaron “Walk this Way”. Con una convicción a la que aspiraron pero nunca igualaron Limp Bizkshit. Esto, en efecto era, “The Real Thing”. Y no sólo en lo musical, también en la apariencia de sus integrantes. El bataco Mike Bordin llevaba rastas propias de reggae, el greñudo bajista Billy Gould que siempre tenía puesta la playera de alguno de esos grupos de trash o speed metal, el tecladista Roddy Bottum que parecía refugiado de los New Kids on the Block -conmocionando años después un ambiente dominado por el machismo al declarar su homosexualidad-, el guitarrista Jim Martin era como un Jerry García caricaturizado por la revista Mad con las largas greñas chinas y los lentecitos rojos, y luego ese cantante sin miedo al ridículo: Mike Patton, que lo mismo salía con traje de payaso, que ataviado a la usanza del hip-hop o exagerando sus muecas más allá de lo permitido para una estrella de rock “respetable”. Pero eso era lo de menos. La entrada de Patton para ese disco que colocó a Faith No More por las nubes redefinió al quinteto. Su voz era tan flexible que era capaz de emitir lo mismo el sonido del más experimentado cantante de soul que soltar los rugidos demoníacos característicos de los géneros extremos del metal y tener la fluidez en las rimas del rap, a veces en la misma canción. The Real Thing era eso: una carta de presentación de lo que era posible alcanzar sobreponiéndose a los prejuicios, una lección de eclecticismo, un pintahuevos a las distintas tribus separadas por frivolidades y, al hacerlo, refrescaban la respiración del rocanrol con una llamada a la reconciliación: es sólo música, ni siquiera es tan importante qué discos compres, todos podemos convivir y llevar la fiesta en paz... eso sí con una carga de energía beligerante.

Para el siguiente disco la disposición ecléctica seguía ahí aunque menos obvia. Angel Dust era un disco que difícilmente entraba a primera oída. El primer sencillo “Midlife Crisis” de hecho continuaba en la huella de “Epic”, las guitarras rudas, la bataca precisa, la influencia del hip-hop, pero todo tenía un aire más sofisticado, en lugar de ir en línea recta, éste parecía dilatarse en los vericuetos, eso por no mencionar que la letra tocaba un tema que no apto para chavitos, los dilemas de entrar a la edad madura. Había un poco de todo, desde teclados a lo Motown hasta remedos de cantos de porristas. Vendió bien pero las cifras no llegaron a la estratósfera como con The Real Thing. Para recomponer la cosa un poco, el grupo sacó un EP de cuatro canciones, Songs to Make Love To que incluía lo que garantizaba ser un éxito instantáneo, un cover de una vieja rola que Lionel Ritchie escribió para los Commodores llamada “Easy” que, para quien le quedara alguna duda, mostraba que Mike Patton si se lo proponía podía ser uno de los mejores cantantes a la manera tradicional; aun así Faith No More se las arregló para darle un giro retorcido a través del video que era una especie de burla al que Guns’N’Roses había filmado para “Patience” de Guns’n’Roses, donde en lugar de las modelos voluptuosas que curaban a Axl y sus muchachos de los excesos en gira, aquí aparecían un montón de trasvesties. Después vino King for a Day… Fool for a Lifetime, que si bien estaba más cargado estrictamente hacia el rock incorporaba elementos de bosanova y otras sutilezas que te hacían darte cuenta que Faith No More nunca sería la típica banda de riffs llenaestadios que todos querían. La disolución se presentó en 1999 tras el disco de título nada modesto Album of the Year, que si bien mantenía el estándar en lo alto ya denotaba signos de agotamiento. Mike Patton se dedicó de tiempo completo a Mr. Bungle, el demencial grupo que mantuvo a la par de Faith No More, para luego participar en infinidad de proyectos a cual más de bizarros donde explotaba la elasticidad de su voz incluyendo participaciones con John Zorn y en el disco Medula de Bjork, Mike Bordin se integró a la banda de Ozzy Osbourne, Billy Gould sacó todo su amor por el metal más demoledor en Brujería, Jim Martin que había abandonado el grupo algunos años antes sacó un disco solista con el que no pasó mucho y luego colgó la guitarra para dedicarse a cultivar calabazas gigantescas ganando concursos entre granjeros de todo Estados Unidos.

A principios de este año la rumoriza empezó fuerte. Que Faith No More se reunía pese a la reticencia más intuida que manifiesta por parte de Patton a tal hecho, lo que llevó a algunos ingenuos a preguntarse si el grupo se atrevería a salir de gira sin el cantante que los identificó, como si alguien estuviera interesado en escuchar la voz mongoloide de Chuck Mosley, su vocalista original. Pues claro que no. Faith No More se reformó con la alineación que tenía cuando se separaron. Es decir, sin Jim Martin, pero con la guitarra de John Hudson que quizá no tuviera tanta presencia escénica pero entregaba un trabajo más que cumplidor.

Y he así que la fatídica fecha de un viernes 13 de noviembre, tras enloquecer a multitudes en Brasil, Argentina y Chile, Faith No More finalmente pisó un escenario chilango en un repleto Salón 21 (bueno, Vive Cuervo si les gusta el tequila de ínfima calidad), para darle gusto a quienes los habíamos esperado un par de décadas y para los adolescentes de ahora con ánimo arqueológico o que los habían conocido por conducto de sus hermanos mayores o puede que hasta de sus papás. Todos enfundados en trajecito beige entonando “Reunited”, la rola calmadita original de Peaches and Herb que han adoptado como himno de batalla para abrir cada una de las presentaciones de esta nueva etapa: “Reunited, and it feels so good/Reunited, 'cause we understood/There's one perfect fit/And, sugar, this one is it/We both are so excited/'Cause we're reunited”. Y para bendición de todos que por fin les cayó el veinte. Cada uno puede armarla por su lado, pero no nada se compare al rocanrol que arman como Faith No More. Véanlo como lo vean. Patton puede crear la música más inaudible del mundo, igual que Billy Gould con Brujería, pero seguro que nada se siente como aquella noche con la gente coreando cada uno de sus versos y brincando y pasándola en grande. Qué importa si es por dinero. Es la mejor fiesta en la que el eRRe haya estado por lo menos en lo que va del año. Los Nena, el grupo del locutor Abel Membrillo -ex Rock 101 (y Otro Rollo)- que abrió el concierto sólo sirvió para prolongar una espera a la que no le hacía falta caldearse y provocar largas filas en la barra del lugar. Luego vino el holocausto. Feliz y esquizofrénico holocausto, con Patton tragándose el micrófono –literal- en “Last Cupo f Sorrow”, dirigiéndose durante todo el concierto a la audiencia en un español con acento pero perfectamente entendible del que hizo lujo especialmente en “Evidence” y posteriormente con una versión de nuestro “Cielito lindo” a mitad de “Midlife Crisis” y todo lo que pudo caber en poco más de dos horas de concierto proveniente de toda su discografía: “From Out of Nowhere”, “Introduce Yourself”, “Caffeine”, la versión al “I Started I Joke” de los Bee Gees, la cachonda “Edge of the World”. Y aunque toda la concurrencia no paro de dar brincos y gritar y el eRRe hace mucho que no sudaba tanto en un concierto, lo más increíble viendo hacia atrás es la cantidad de rolas que les faltaron: “Digging the Grave”, “The Real Thing”, “Chinese Arithmetic”, “Be Aggresive”, “A Small Victory”. Y no más por eso. Y por la cara de contentotes con la que se despidieron al finalizar “We Care A Lot”, su última canción de la noche, los queremos de vuelta. Sabemos que ellos lo desean tanto como nosotros, así que pa’ qué le hacen, no se hagan del rogar. Por mí que toquen todas las noches. Y si es posible que graben un nuevo disco. Antes que el modo de ser tan distinto de cada uno haga que vuelvan a cagarse la madre… como una pareja que lo intenta por última vez pensando en el bienestar de sus hijos.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Aquí no barrió la sirvienta


Now I could tell you what I'm thinking,
But it never seems to do you good,
It's beyond me what a girl can see,
I'm only lucid when I'm writing songs.

-De "This Is Just A Modern Rock Song", por Belle & Sebastian

¿Cómo quieres que desaparezca si nunca he existido? Te apresuraste a esconderme abajo de la alfombra tan pronto llegaron los invitados. Y eso que eras la figura de porcelana favorita de mi colección. De haber sabido que te guardabas tantos besos te habría pedido que me ayudaras con mi boca seca. Pero pierde cuidado, a poco está de caérseme. Seguro el próximo temblor. No falta mucho, dicen. Y las voces que habitan fuera de tu cabeza te aconsejan que me dejes en el desván encerrado con los periódicos viejos y la ropa negra. ¿Seguro que quieres hablarle al ermitaño de soledad? En la competencia por supuesto que te gano porque yo oigo las canciones más tristes. Pero, ¿a quién le importa? Si también son las más ruidosas. Todos mueven las cabezas, sacuden las melenas. No tienen tiempo de quedarse mirando a nadie. Yo soy igual. No podría importarme menos la sangre. Además, ¿desde cuándo tú o yo confiamos en que los dardos de nuestras bocas darán en el blanco? Nadie más que el embalsamador tiene la última palabra. Cuando venga la próxima sequía, yo mismo me encargo de inhundar mis sembradíos, ¿te parece? Ahora ponle "mute" a la tele. Me encanta el silbido de las tripas vacías.

That's how it goes playing in a band...


Nosotros tocamos con la crema y nata de los artistas de rock en Estados Unidos. O sea, por lo menos una o dos tocadas, tocamos con Bob Seger, tocamos con AC/DC, tocamos con Cheap Trick, tocamos con los Dead Boys, tocamos con Styx, tocamos con Uriah Heep, Foreigner, tocamos con Rush. Todos eran una bola de pendejos excepto por AC/DC.
-Handsome Dick Manitoba (cantante de The Dictators)

Directo desde Alemania Tachepiranha y el eRRe desde una dimensión más cercana, pero no por eso menos extraña –planeta Narwaiten-, traspasando la entrada al Foro Sol ya nos saludaban un montón de cuernitos luminosos. Entrábamos a la dimensión del mal, donde los boletos más caros están más lejos del escenario, las chelas cuestan setenta varos y las camisetas 250 para una noche de puro rock chachalaco, la noche en que AC/DC regresa a la ciudad de México después de 13 años. Quién sabe por qué pero hacía mucho –por lo menos desde la última vez que vino la Cura o Morrissey, qué distancia, ¿verdad?- que el eRRe no se sentía tan emocionado por un concierto. Quizá fuera porque desde la última vez que vinieron, el eRRe lleva 13 años más escuchando al “Hace Dese” y ha encontrado en ellos una esencia de rocanrol que tenía muchas ganas de volver a respirar. En la memoria todavía el olor a pólvora concentrada de la última vez que tocaron aquí, en el Palacio de los Deportes.

A las nueve y media ya el reloj parecía que marcaba tarde la hora del rocanrol, entonces se apagaron las luces, en el escenario tronaron los fuegos artificiales y en las pantallas un tren y chicas tetonas que maniobran una palanca como si fuera un sexo masculino. Sí, preparémonos para un concierto llenos de clichés, lleno de referencias falocéntricas como dirían mis (no tan) amigas a las que les da por emprender estudios de género. Abren con “Rock’n’Roll Train”, que tiene la frase “This could be the last time”, que inevitablemente me remite a la más reciente novela de Nick Hornby, la cual por estos días ando leyendo, trata de una estrella de rock ficticia que repentinamente se retira de la fama prestándose a infinidad de especulaciones, así esta sencilla línea ha motivado que muchos piensen que se trata de un prefacio a la separación del grupo. ¡No se claven! Es de lo más natural. Estos muchachitos ya no se cuecen al primer hervor, cualquiera a su edad la pudo haber escrito, realmente uno nunca sabe cuando uno de ellos pueda caer fulminado en medio del escenario. El pedo es que quién sabe de dónde sacan los huevos… y perdonen, pero es que no hay otra palabra. Esto es puro balls’n’roll. Y sí, cuando el cantante Brian Johnson recorre la extensa pasarela que han puesto en medio del foro y lo saluda la multitud de cuernitos luminosos esto al principio no parece más que un baño de ego: “ellos compraron el merchandising y ahora nosotros no hacemos más que darle sentido al dinero que gastaron”. Eso nada más visto por encimita.

Aquí hay gente de todas las generaciones. Desde chavos de 15 años hasta señores de 60 sosteniendo ridículas guitarras de plástico inflable. Pero así de absurdo se supone que debe ser el rocanrol. Y no se equivoquen, esto no es un acto de nostalgia. No son los putos Rolling Stones. ¡Qué hueva! No son viejitos tratando de rescatar glorias de su muy pasada juventud. Lo de AC/DC, incluso desde sus inicios, siempre fueron rolas de viejos raboverdes. Esta es la mejor banda de bar que puedas ver ahorita mismo en toditito el mundo. Es cagado cómo los otros tres monitos apenas se mueven durante todo el concierto, mientras Angus con su lira y Brian con su garganta van convenciendo a cada uno de los ahí presentes. Hasta los güeyes más mamones con cara de escépticos cuando suena “Thunderstruck” están sonriendo. No hay nadie que se salve. Porque si no qué chingados haces aquí. Hasta esos greñudos que traen sus playeras de Nightwish y Hammerfall, que no tienen nada que ver. Queda claro que AC/DC no es metal, vienen de la raíz más clara y asquerosa del rocanrol. AC/DC hace que te quieras sentir malo, malote. Por más bohemio, romántico, o lo que sea que te quieras sentir. AC/DC no oculta nada, te devuelve a lo más cochino de tu ser, aquí no importa el amor y sólo el sexo. Sí, es música para strippers. Y bendita sea la música para strippers. No todos podemos ser Leonard Cohen. A quién chingados le importa la poesía en este momento. Y lo más inverosímil es que en este concierto de música para strippers uno de los momentos climáticos sea cuando un cabrón flacucho, rayando los sesenta se encuera en el escenario. Te hace notar lo patético que luce Mick Jagger. A ese cabrón sólo le interesa ser una estrella de rocanrol. A estos sólo les interesa ser el alma de la fiesta. Igual quieren llevarse a todas las chavas, pero antes que cualquier otra cosa son unos valemadre y por eso mismo la gigantesca muñeca inflable de voluptuosas tetas que aparece durante "Mucha Rosita" tiene mucho más sentido que el diablito onda Simpsons en "Sympathy for the Devil".

Aunque tampoco nos equivoquemos. Cuando Angus se echa su solo de guitarra al final de “Let There Be Rock” y es levantado por encima de toda la multitud en una plataforma de la que salen disparados confetis que en el contraste de las luces y la noche semejan una lluvia de astros… carajo, es lo más claro que puedes llegar a entender cómo funciona la mitología… ahorrándote la lectura de Hesíodo y de Joseph Campbell y de Calasso y de Girard… . Así se construyen los dioses, maestros. Y te queda absolutamente claro cuando vuelve al escenario principal y solito, con su lira y una pantalla reflejando su imagen al fondo, domina a estos millares de personas que para entonces ya no saben ni cómo se llaman. Y lo más chingón es que ni siquiera tiene que ver con el virtuosismo. Chingue a su madre Yngwie Malmsteen. Esto no es quedarte pasmado por lo rápido que mueve los dedos sobre los trastes de la lira. Esto es como el mejor orgasmo de tu vida. Es algo que no depende sólo de ti. Es una rola, maestro. Es moverte con el ritmo. Es el puro pinche ruido. Esto no es Vivaldi ni Yes para el caso. Ni siquiera es que te sientas parte del público. Es como que por descuido te metiste un toque… un toque eléctrico… como los que dan aquí en Mexicalpan en las cantinas. Es hacerle al pendejo no más porque no hay de otra, porque los intelectuales aquí son los sátrapas que ellos nos hacen sentir allá afuera, en el mundo real. Como ponerte esos estúpidos cuernitos luminosos. ¿Quién chingados te va a juzgar si todos alguna vez la hemos regado? ¿Y estos son los adoradores de Satán? ¡Pues qué agradables! ¿Y por qué nadie menciona que también son autores de uno de los capítulos perdidos del Génesis? “Let there be rock” dijo el Señor de Allá Arriba… y vio que era bueno… y dejó vivir a sus criaturas en el pecado… pidiendo aventones en la carretera al infierno. Amén.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Puro Bronx power...

Un poco más de orden al mundo. ¡Los Yanquis de nuevo en lo más alto!

domingo, 1 de noviembre de 2009

El eRRe es Chris Keller...

Y si no saben quién coños es Chris Keller, debería darles vergüenza no conocer la mejor serie que haya pasado en la historia de la televisión, motherrrrrfuckers!!!

I am Chris Keller

Which Oz character are YOU?

martes, 27 de octubre de 2009

Let's Dance

"Do you love me?
Now that I can dance"
-Del éxito de 1962 de The Contours "Do you love me?", escrito por Berry Gordy, Jr.

“Antes de liberar nuestras mentes, no hay que olvidar que el rocanrol liberó nuestros cuerpos”, decía en una entrevista Steve Van Zandt, el guitarrista de Bruce Springsteen –y el Silvio de Tony en Los Soprano. Es verdad. Hoy en día el rocanrol, o mejor dicho el “rrrrrrawk” se ha convertido en todo lo que lo rodea: en sexo premarital, anuncios de telefonía celular, en la base de nuestra cultura portátil y personalizada (aunque no lo crean hijitos, el iPod y el iPhone no hacen más que prolongar la idea de los discos de 45 revoluciones: llevar tu entretenimiento a todas partes). Principalmente el rocanrol se ha vuelto en una idea empresarial por demás redituable para colocar productos en el mercado (principalmente juvenil), pero que poco tiene que ver con la música que le dio nombre.

Stevie aka Silvio declaraba lo anterior en alusión al programa que tiene en la radio satelital Xirus donde programa básicamente oscuras bandas de garaje que propagan ritmos infecciosos que te sacuden el esqueleto. Personalmente lo detesto porque soy pésimo bailando, pero eso no impide darme cuenta que ahí está el incio de nuestra admiración por las estrellas de rocanrol, lo demás vino después (o ya estaba antes, como lo quieran ver): la lírica, la política, la ideología, el sexo, las pedas, todo eso bien puede existir fuera de la música. Cuando Elvis movía la pelvis pudo haber pasado por un loco, en cambio se volvió un gigante que bailaba con las multitudes. No son ñoñerías. El baile puede cambiar la vida de una persona más rápido y de manera más efectiva que la letra más críptica de Dylan. Una de las personas favoritas de mi vida me ha contado tantas veces la alegría que sintió la primera vez que la sacaron a bailar que me hubiera gustado ser ese niño, un niño al que le gustaba bailar. Pero hablo de algo más.

Hablo, por ejemplo, de la encantadora invitación que Francisco Nixon hace en “Inditex”, una canción que entenderá cualquiera que haya desarrollado algún tipo de infatuación por una persona a la que uno sabe que lo más probable es que nunca reúna el valor de hablarle -la dependienta de una tienda en este caso-, albergando desde lejos la esperanza de reunir el valor para que “un día de estos si me animo te invito a ir a bailar”. Buscando en Youtube si había un video para este corte que abre su álbum El perro es mío (2008) –no lo hay, por cierto, puras cosas hechas por los fans-, una usuaria se quejaba: “hoy en día ya nadie invita a bailar”. Y es cierto. ¿Por qué si le debemos tanto no le pagamos al rocanrol esa última cortesía? No es como sacar a bailar a alguien en una fiesta o en una boda, porque tus papás te pican con alfileres o porque tu esposo te lo está pidiendo. Es invitar a alguien a ir a bailar como la contraparte (o sea el paso después de) ir a misa. Por algo es un tema recurrente en algunas de las más grandes canciones de rocanrol, ni siquiera te hace falta una pareja para ponerte bailar, la música es tan poderosa que lo justifica –y de ahí se desprende la larga tradición de canciones onanistas que lleva a “Dancing with Myself” de Billy Idol como principal estandarte. Es la música que le devolvió su propiedad ritual al baile, que sí, puede ser el prolegómeno de una actividad física más íntima, pero también puede que no pase de ahí, quedarse en el puro acto simbólico de bailar. ¿En qué momento el rocanrol dejamos de bailar? La escena rave que en sí misma no ofrecía nada nuevo respecto a la idiosincrasia rocanrolera brevemente nos devolvió la fe de una comunidad unida por el baile, pero como siempre nos las arreglamos para echarla a perder llevándonos vidas y billetes de por medio. Y los jipitecas que a las 2 de la mañana prefieren bailar cumbias a canciones de rocanrol pretendiendo que así se distancian del imperialismo yanqui me dan risa y lástima porque no se dan cuenta que no estarían ahí, a esas horas, haciendo lo que hacen, moviéndose como se mueven, metiéndose lo que se meten, si no fuera por el rocanrol. ¡Qué hueva de mal agradecidos! Por eso, la próxima vez que encuentre una chica que me guste, voy a saltarme la trilladísima invitación de ir al bar por unas cervezas y luego a la farmacia por preservativos para intentar algo más arriesgado, más viril: voy a invitarla a bailar... y no cualquier pinche musiquita... voy a invitarla a bailar rocanrol... si me animo, claro.

martes, 13 de octubre de 2009

Fuga del paralítico

¿Ves cómo sólo hacía falta un día de buen viento para limpiarse de melancolía? Qué fácil es enamorarse de los lugares y postergar a las personas. Un pato en el hielo trae más esperanza que los esqueletos de mis manos. Aquí ya sabes que todos te esperamos con la cara maquillada de payasos. Todo está en su lugar correcto: tú te sigues moviendo, yo me enredo en el alfabeto, como el Hombre-Araña en su capullo. Algún día el mundo será mío en un beso atómico. ¿En cuál de todas las noches? ¿En aquella recargados en un coche, campanas rotas, el director de la escuela y tu marido pedaleando piña colada, burlándose en humo escarlata? Este es el sonido de los horarios como un montón de corcholatas bajando las esclaras cling-clang-cling-tiling. Para eso sale la gente a trabajar todos los días. ¿La emoción es más rápida que el pensamiento? ¡Responda el escarabajo! Con la gloria entera de los santos y nada de la de los héroes. Mientras en la distancia reencuentras tu patria, yo me rasco el círculo hinchado alrededor de mi cuello. No debiste liberarme, sabías que volvería a cometer los mismos crímenes. ¿O fue por este jurado de pelícanos que apagaste la radio? Este maldito rocanrol que no nos deja dormir. ¿Pero entonces a qué dios le rezamos? ¿A las paredes acabadas en cromo del edificio de enfrente? Por estos días ni siquiera el vino me habla, monto un dragón asmático, como el de Cascarrabias… A ti te asusta que me acerque, a mí me mantiene despierto. Nada más que se acabó la persecución. Sólo cuido de la hierba junto a la pista de aterrizaje. No hay Princesa Amanecer. No hay pitufos para Gárgamel. Me llamo Gepetto. Total, si hasta lo que se dice al oído lo desbarata un bramido de avión. No necesito moverme para estrellarme y arder. Qué desastrosas me salen mis noches de suerte.

domingo, 11 de octubre de 2009

Ojo avisor

Un videíto que bien podría resumir la semana del eRRe.

A'i se los encargo...



Nunca gano y nunca pierdo
No hay mucho de donde escoger
Entre lo que está bien y lo que está mal
Nada se pierde y nada se gana
Aun así las cosas no son iguales
Entre tú y yo

Vigilo de cerca a este corazón mío
Vigilo de cerca a este corazón mío

Todavía oigo tu voz en la noche
Cuando apago la luz
E intento calmarme
Pero no hay mucho que pueda hacer
Porque no puedo vivir sin ti
De cualquier forma

Vigilo de cerca a este corazón mío
Vigilo de cerca a este corazón mío

-John Cale

sábado, 10 de octubre de 2009

Meditaciones en una emergencia, por Frank O'Hara

Amante del oxímoron, era de esperarse que al eRRe lo embelesara un título como Meditaciones en una emergencia. Un oxímoron te paraliza como la imagen de una serpiente que muerde su propia cola porque es la realización de lo inconcebible; claro, la unión de los opuestos, pero más allá una de los creaciones mejores acabadas del intelecto humano que únicamente se hace posible traicionando una de nuestras vanidades más grandes, la del lenguaje. Surgen ahí significados que antes no estaban, es la mejor forma que hemos encontrado de hacerle corrección de estilo al mundo… y quizá también el mejor vehículo para penetrar un poco en su verdad. La meditación, un acto que generalmente asociamos con la calma, con tranquilidad para la reflexión, ¿es compatible con la premura de una emergencia? En realidad es un falso oxímoron. Si consultan la definición que la RAE da del verbo "meditar", se darán cuenta que en ningún lugar la relajación forma parte de la ecuación. Sí se menciona una “profunda atención del pensamiento”, se habla de discurrir sobre soluciones de conocimiento, pero eso podría pasar lo mismo en décimas de segundo que durar años. Nada hay contradictorio, puede haber meditación en la acción, sólo es un fenómeno que ahora nos resulta raro porque no ocurre muy seguido. Meditaciones en una emergencia sería un subtítulo perfecto de las Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis, de Yukio Mishima.

Meditaciones en una emergencia es el libro que un extraño lee en el primer capítulo de la segunda temporada de Mad Men, una serie sobre el despegue de las agencias de publicidad en Nueva York durante la década de los sesenta. Don Drapper, el protagonista, come en la barra de un bar, escapando de la oficina, seguro que todavía abrumado por cómo terminó la temporada anterior: enterándose del casamiento de su amante, a la que le propuso huir y empezar juntos una nueva vida –como él mismo lo ha hecho antes. El encuadre se cierra a un primer plano de la portada del libro. El título también intriga a Don, que interrumpe al extraño, quieto como una estatua, acaso intrigado por una concentración que muy probablemente en ese momento a él se le presenta inconcebible. Le pregunta: “¿Qué tal está?”. El extraño le da una de esas respuestas de intelectual no resuelven tu duda inicial pero que te dan datos desconocidos del autor que funcionan como excelentes despliegues de arrogancia. “¿Y es bueno?”, insiste Don. El otro que desde hace rato barre al trajeado de pies a cabeza lo para en seco: “No creo que te gustaría”. Y Don, como a cualquiera de nosotros le pasaría, se queda con un gesto de perplejidad, desarmado. Al final del capítulo vemos que ahora Don lee el libro, más compungido que concentrado, a diferencia del extraño hay emoción en su rostro. Hasta que escribe en la primera página “Me hizo pensar en ti. –D”. Lo mete en un sobre, el sobre en un buzón. Es natural pensar en la amante perdida como la destinataria.

Tanta fascinación despertó en el eRRe esa frase: “meditaciones en una emergencia”, que durante semanas se había negado a investigar qué había detrás de un libro con semejante título, le parecía de mal gusto, romper la magia. Incluso se deleitaba pensando en que cuando por fin lo hiciera descubriría que en realidad era un vulgar manual de maquinaria o tal cual un instructivo para actuar en casos de emergencia. Antes le interesaba tejer sus propias divagaciones y cuando escribió el anterior post todavía ignoraba que Meditaciones en una emergencia era esto que van a leer a continuación. Hoy que finalmente escarbó en Google, fue un momento de iluminación. Tuvo la impresión que, si bien con mucho menor éxito, la búsqueda que al menos tenía en mente al escribir ese post no se distanciaba mucho de la de Frank O’Hara. “Soy el menos difícil de los hombres. Todo lo que quiero es amor sin límites”. Para el eRRe esta sentencia es el eje del texto. Frank O’Hara fue un poeta que se mantuvo muy activo en los sesenta formando parte de la llamada “Escuela Poética de Nueva York”. Meditaciones en una emergencia incluye una referencia directa a su homosexualidad, sin embargo verán que sustantivos como “dear” se han traducido en femenino (“querida”). Esto por varias razones. En primera porque cuando O’Hara habla con angustia de la inexorable cercanía de la heterosexualidad, ni siquiera creo que le interese hablar de sexo sino de algo más aterradoramente oscuro de lo que el sexo es apenas una de sus caras: el desgaste de la costumbre, anemia del espíritu, y en dado caso daría lo mismo que en lugar de heterosexualidad hablara de la rutina del trabajo, la familia o la edad. Incluso en el ritmo sinuoso del texto sorprende que de repente aparezca una alusión tan directa al mundo que refuerza por contraste la extrañeza del poema. Traducir en femenino los pronombres en segunda persona es un aporte adicional a esa extrañeza desde el castellano para que no se tome como “literatura gay”, sino simplemente como literatura espléndida, al eRRe le gusta pensar que Frank O’Hara lo aprobaría (lástima que ya no esté aquí para constatarlo). Por otro lado, la lectura del eRRe para siempre estará irremediablemente ligada con el recuerdo de Mad Men, donde Don fuera de dudas mira desde una postura heterosexual. A fin de cuentas es lo de menos. Es como dice Nick Hornby de “Thunder Road”, la primera canción del Born to Run de Bruce Springsteen, que por coincidencia es también la canción favorita de todos los tiempos del eRRe. Dice Hornby que aunque ya no era joven, y no tenía pelo para que volara con el viento mientras manejaba, y lo que él veía como el pueblo de perdedores del que hablaba Bruce era Londres con su activa vida cultural, cuando oía “Thunder Road” entendía cada palabra, más importante: creía en cada palabra y le ayuda a sentirse menos solo. Así el eRRe, aunque no sea homosexual, ni tenga los ojos azules y nunca haya pisado Nueva York, eso no reduce su claridad para entender lo que Frank O’Hara dice, una claridad que no sabría explicar. Ni siquiera es que un día quiera escribir como Frank O’Hara. Es que le gustaría escribir de lo que Frank O’Hara escribe. Que le gustaría pertenecer a la familia de escritores que dio a Frank O’Hara .

El eRRe encontró sólo una traducción en línea de Meditaciones en una emergencia. Como no quedó satisfecho, tuvo que hacer la propia. Aquí les va:

MEDITACIONES EN UNA EMERGENCIA

Por Frank O'Hara

Versión al castellano: eRRe

¿Habré de volverme dispendioso como si fuera rubio? ¿O religioso como si fuera francés?

Cada vez que mi corazón se rompe hace que me sienta más aventurero (¡y cómo siguen repitiéndose los mismos nombres en esa lista interminable!), pero uno de estos días no quedará nada para seguir aventurándose.

¿Por qué habría de compartirte? ¿Por qué no tú te deshaces del otro para variar?

Soy el menos complicado de los hombres. Todo lo que quiero es amor sin límites.

¡Si hasta los árboles me entienden! Por todos los cielos, también me recuesto bajo ellos, ¿no? Soy sólo como un montículo de hojas.

Sin embargo, nunca me he atascado con los elogios de la vida pastoral, ni con la nostalgia de un pasado inocente de actos pervertidos en el pasto. No. Nunca hace falta salir de los confines de Nueva York para que uno cumpla sus deseos verdes –ni siquiera puedo disfrutar de una hoja de hierba a menos que sepa que hay un tren subterráneo cerca, o una tienda de discos o alguna otra señal de que la gente no se arrepiente totalmente de su vida. Lo más importante es afirmar lo menos sincero; las nubes reciben suficiente atención como están las cosas e incluso ellas siguen pasando de largo. ¿Sabrán de lo que se están perdiendo? Uh-huh.

Mis ojos son de vago azul, como el cielo, y cambian todo el tiempo; no discriminan pero son efímeros, enteramente específicos y desleales, por lo que nadie confía en mí. Me la paso mirando a otra parte. O de nuevo hacia algo después que ha renunciado a mí. Eso hace que me ponga intranquilo y me hace infeliz, pero no consigo mantenerlos quietos. Si tan sólo tuviera ojos grises, verdes, negros, cafés, amarillos; me quedaría en casa y haría algo. No es que sea curioso. Al contrario, soy aburrido pero tengo el deber de estar atento, hay cosas que me necesitan como el cielo debe estar por encima de la tierra. Y últimamente tanto ha crecido su ansiedad que puedo ahorrarme un poco de sueño

Ahora sólo hay un hombre sin afeitar al que me gustaría besar. ¡Heterosexualidad! Te acercas inexorablemente. (¿Cuál será la mejor manera de desalentarla?)

San Serapio, me envuelvo en las túnicas de tu blancura que es como la media noche de Dostoievsky. ¿Cómo me convertiré en leyenda, querida? He tratado con el amor, pero eso te esconde en el seno de otro y siempre broto de ahí como un loto –¡el éxtasis de salir disparado! (¡pero uno no debe distraerse con eso!) o como un jacinto, “mantener alejada la mugre de la vida”, sí, ahí, incluso en el corazón, donde se bombea la mugre adentro y calumnia y contamina y determina. Deseo mi voluntad, aunque puedo volverme famoso por una misteriosa vacante en ese departamento, ese invernadero.

¡Destrúyete si no sabías!

Es fácil ser bello; es difícil parecerlo. Te admiro, amada, por la trampa que has preparado. Es como el capítulo final que ya nadie lee porque se termina la trama.

"Fanny Brown está prófuga –se fue a toda prisa con una corneta como caballo, amo a esa pequeña Descarada, & espero que Ella pueda ser feliz, aunque me haya sacado de quicio por este Explotar un poco también. –¡Pobre de la tonta de Cecchina! o F:B: como acostumbrábamos llamarla. –Ojalá que tenga una buena Azotaina y 10’000 libras.” –Sra. Thrale.

Tengo que salir de aquí. Escojo un trozo de chal y mis bronceados más sucios. Volveré. Resurgiré, derrotado, del valle; no quieres que vaya adonde vas, así que voy adonde no quieres que vaya. Apenas es de tarde, falta mucho por avanzar. No habrá correo escaleras abajo. Volteando, escupo en la cerradura y el picaporte gira.

Meditación en una emergencia

Holding my breath for the fear of sleep again
holding it up behind my head again cut in deep
to the heart of the bone again round and round
and round and it's coming apart again over
and over and over...
De "Disintegration", de la Cura

Escribe. Se levanta. Pone un disco. Vuelve a sentarse. Enciende un cigarro. Sigue escribiendo. Lo que sea para mantener la mente ocupada. Para no quedarse solo dentro de su cabeza. Si no, será como ver una chispa en una cinta de celuloide. ¡Fzzzzzzz! ¿De dónde viene nuestra maravillosa voluntad para tirarnos al vacío? De la distancia que nos separa. De querer llegar al otro lado y fracasar miserable y magníficamente en el intento. Y como no alcanzamos a tocarnos, qué nos queda más que nuestros cuerpos, arrugar la envoltura del dulce, revolcarnos en la orfandad compartida, deformarnos, volvernos rayones en un lienzo, siluetas imposibles donde ya no hay arriba o abajo sólo baba, sudor, sangre… sustancias viscosas que te dejan pegosteosos los dedos, líquidos asquerosos que te alimentan los sueños. Y como entonces descubrimos que las palabras tampoco sirven, creemos en poder comunicarnos con los cuerpos, ensayando una lengua imposible que sólo a los dioses fue dado practicar. Al final cada uno agotado, retraído a la soledad que avanza su mano fría por tus muslos en posición fetal. Entonces creemos ************** Creemos que esa intimidad compartida nos da derecho a esperar que nos cuiden, que nos oigan, que nos tengan paciencia. Nada más porque cuando llegamos aquí nos dimos cuenta que seguíamos siendo niños. Pero es el mismo simulacro: la receta para el espejismo. Precipicio revisited. Eso o claudicar a la batalla. Romper la antena a golpe de hacha. Algunos hombres son buenos sólo porque tienen miedo, dice Calamaro en una rola. Por si no fuera suficiente, qué miedo ser uno de esos. Todos en algún momento tenemos que serlo, o... o… Suena el teléfono. Se para a contestar. Ninguna voz del otro lado. Regresa frente a la computadora. Vuelve a sonar el teléfono.

viernes, 9 de octubre de 2009

Hoy oficialmente...

empieza el infierno. ¡Ja! El eRRe acaba de recibir papeles que dan inicio al proceso judicial promovido por sus "hermanos" (¡doble ja!). Respondiendo al post anterior: aquí es por donde se va toda la energía. ¿Qué deparará esta aventura además de la sangre y las calumnias de cajón? Manténganse sintonizados. No a eRRemental -porque ya saben que aquí raramente hablamos de estas linduras de la humanidad-, pero sí a la vida del eRRe.

Y antes de despedir este post habrá que citar a esos grandes demiurgos, Siniestro Total:

"La familia es la célula de la sociedad moderna
Aunque sea cancerígena desde la Edad de Piedra."

Salú, pues.



Después de larga estancia en el espacio exterior
vuelvo al fin a casa con muchísima emoción.
Allí me espera mi familia, me esperan los míos
con los brazos abiertos por el hijo perdido.
No puedo pensar en ninguna cosa más
que en la sopita con bromuro que me hace mi mamá.
Mi padre azota a mi hermana pequeña
y la chacha que es muy culta se masturba en la despensa.

La familia es la célula de la sociedad moderna
aunque sea cancerígena desde la edad de piedra.

Sobrinitos aulladores que patean los pasillos
y mi tía embarazada por el cerdo del vecino.
Da gusto ver a todos así de tranquilitos
cada uno a lo suyo en la chabola en que vivimos.

Al fin ya vuelvo, por fin regreso
a casa, a casa a descansar.
Voy a casa, a casa a descansar.
Voy a casa, a casa a descansar.
Vuelvo al paraíso de la tranquilidad.

El abuelo que tiene un rabo gigantesco
está en el juzgado acusado de secuestro.
La abuela está feliz con su tetabrik de vino
que acaba de robar para curarse el delirium.
Mi hermano el mayor se asoma a la ventana
y como esta pasado de ácido cree que vuela y salta.
Mi tío es terrorista en un comando legal
y mi cuñado hace la calle en plena Diagonal.

La familia es la célula de la sociedad moderna
aunque sea cancerígena desde la edad de piedra.

Nos visitan nuestros primos que vienen desde el pueblo
quieren pillar burro para pasar el crudo invierno.
Mira alrededor que tierna escena familiar
todos tan unidos por cariño visceral.

Toda esta energía

Dudaba el eRRe sobre si postearles este videíto de la canción que abre Chill Out, el nuevo disco de Joe Crepúsculo, porque de hecho lo vio por primera vez en el blog de don Jorge Pedro, donde está colgado desde hace algunas semanas, y p's eso de fusilarse contenido de otros blogs no está tan chido. Es demasiado bueno, sin embargo, para privarse del gusto de incluirlo en eRRemental. Además: si bien hace poco encomiaba que Anntona escribiera una canción que por fin defendía a quienes las alturas nos provocan vértigo, sólo por hoy el eRRe está dispuesto a creer con Joe Crepúsculo que aún se puede volar y con él también quisiera saber... ¿A dónde? ¿A dónde putas madres? ¿A dónde va a parar toda esta energía?

Pues vean...

lunes, 5 de octubre de 2009

La chica más guapa de... de...

Tras debatirse sobre si postearles un video de Lou Reed tocando “What’s Good” o de John Cale con “Dying on the Vine”, el eRRe se percata que no son las canciones más alentadoras para empezar el último trimestre del año, así que opta por convidarles un video que lo pone de buen humor. Los Flight of the Conchords se supone que son un dueto de comedia y si bien es cierto que hacen reír con sus canciones honestas hasta el ridículo, al faltarles las pretensiones de una banda “en serio” la ingenuidad que proyectan no sabe fingida, como un refrescante aire de realidad en un negocio que apesta a delirios de grandeza peores que los de Fox y López Obrador encerrados en Los Pinos. Si al eRRe le diera por la metafísica les diría que a los Flight of the Conchords les sobra lo que otros presumen: alma. El siguiente video le gusta porque le recuerda montonal de fiestas con todo el elenco toqueyrol en la época de la universidad -y hasta algunas di'ora-, incluyendo la retórica pedida de permiso al wey de la fiesta para proceder y los bailes en brama. Para qué te voy a mentir diciéndote que eres la chica más guapa del mundo… Pero de la fiesta seguro que sí. Bret, el de las barbitas, le recuerda al Alquimista –si están familiarizados con la serie y con el Alquimista sabrán por qué, de esos que ligan hasta por accidente-, el otro podría ser cualquiera de nosotros que no sabemos hablar de nuestros avances románticos más que mediante metáforas futboleras, musicales o citas de la tele o las películas. La mejor parte para el eRRe viene por ahí de los 2 minutos 42, cuando Jemaine encarrerado tiene que cortar su propuesta de irse a “sentir” en el sofá resignándose a ir despacio – eso sí, sin perder el estilo de su crescendo soul-, completando el coro de “you’re so beautiful” con un “like a tree”. ¡A huevo! Si no por falta de talento poético voy a quedarme con la canción incompleta, ni con las ganas de tener una onda, no estoy hecho de palo, ¿o sí? Luego el gran piropo de la rola “you could be a part time model”, claro con la aclaración “but you’d probably have to keep your normal job” y así pasarías parte de tu tiempo modelando y parte conmigo (y parte en tu trabajo normal). No se pierdan cómo se descompone la cara de la güerita después del agudísimo falsete de Jemaine. Una lección de la obviedad como una de las bellas artes(o algo aproximado). Otros grandes piropos que propongo incorporar de inmediato a nuestro arsenal para la conquista, compañeros: “podrías ser azafata en los sesenta” y “podrías ser una prostituta de clase alta”. Prometemos pronto corregir esa errónea impresión de las damas sobre la devaluación del romanticismo. De por qué la serie en HBO de los Flight of the Conchords retrata con delicada belleza el caos de nuestras relaciones neomilenaristas el eRRE espera tener chance de platicarles después largo y tendido. Mientras deberían prepararse viendo la temporada uno, que según el chismerío de Internet es la mejor de las dos que hay –el eRRe tampoco ha visto la segunda. Me parece que es una de esas series que sí requieren de una sensibilidad especial para disfrutarla, básicamente ser medio freak en eso de la música y los artefactos de la cultura pop. Disfruten el videíto. Sobre los subtítulos: ninguna traducción le hace justicia a los Flight of the Conchords… porque no son una banda, hermano, son una forma de vida… Tsss… Rola…

viernes, 18 de septiembre de 2009

Adiós, Jim, los mucachos católicos te extrañaremos

¿Se acuerdan que hace poco les decía que quería el ángel? Pues ahora ya lo tiene.

Enterarse así de estas noticias sí duele porque le despiertan a uno malos pensamientos. Le refuerzan la superstición. Lo ponen a uno a preguntarse por los misterios. Lo sumergen en el abismo. Para serles franco el eRRe ya se está cansando de esta rachita. De que apenas empieza a clavarse en un músico medio olvidado, éste va y se muere. Hace unos meses los contaba lo mismo cuando falleció Antonio Vega, de Nacha Pop. Pues nada, que la misma historia. Y en esta ocasión, para peor, tengo pruebas que lo demuestran en este post y este otro –toda la semana pasada el eRRe no pudo levantarse de la cama sin antes empezar su día con “I Want the Angel”, ¿qué tipo de retorcida premonición es esa? Pues eso. Que Jim Carroll fue y se murió. La semana pasada. El domingo que no fue diferente a cualquier otro domingo. Aunque al parecer ocurrió dos días antes: el 11 de septiembre -¡qué fecha aciaga! Un infarto. A la edad de 60. Trabajaba en su escritorio al momento del estoque final, según dice la nota en su página catholicboy.com. No, el dominio, no es de una asociación contra la pedofilia. Es de Jim Carroll.

Sus Diarios del basketball, una selección de los diarios que escribió durante la adolescencia empiezan describiendo el entusiasmo por la vida que sintió por haber debutado en las ligas infantiles de básquetbol. Para el final del libro Jim se ha convertido en un yonqui que se prostituye para conseguir más varo para el pico. Después de limpiar las bolsitas de joyero donde viene la droga, entra al baño y vomita mientras piensa que sólo quisiera ser puro. Esto me lo fusilo de la nota que sacó el New York Times, pero lo cito porque me parece que así se resume la jornada de Jim Carroll con su escritura, la jornada que siguieron Rimbaud y Burroughs y Lou Reed antes que él. La legión visionaria de la que Jim Carroll fue uno de los últimos guerreros. Muchos años después los diarios del básquetbol llegaron a la pantalla grande con un Jim Carroll transformado en el guapo de Leonardo DiCaprio. La verdad es que Jim Carroll también era guapo. Es sólo que los feos reclamamos la sordidez y el genio para nuestro reino.

En 1980 Ketih Richards le consiguió un contrato de tres discos. El primero, Catholic Boy es el más perdurable. Su canción “People Who Died”, un recuento de los camaradas que se le habían quedado en el camino, apareció en la película de E.T. Vinieron dos más, Dry Dreams (1982) y I Write Your Name (1983), que si bien tenían lo suyito no se desprendían la piel como en las canciones del debut. Después Jim se retiró de la música para centrarse en su carrera de escritor. Dejó varios poemarios. Dedicó 8 fragmentos a la muerte de Kurt Cobain con quien ahora debe compartir una botella de vino y muchas cajetillas de cigarros. Imagino a Kurt hablándole al oído mientras Jim lo escucha con la cabeza gacha y gesto serio sin acabar de estar totalmente de acuerdo con lo que está escuchando. En el CBGB's el club punk ahora también fenecido. Ambos llevan camisas de cuadros. Y la cabeza de Foucault les sirve de mesa. Todo es muy oscuro y lleno de humo -¿o serán las nubes? Todo se ve en un tono púrpura luctuoso de Semana Santa. La música se oye como una sierra eléctrica. Muy alto. La noche se desparrama en Nueva York para satisfacción y angustia de nosotros, los muchachos católicos, los que aprendimos a sublimarnos sólo en el dolor, nunca en el regocijo.

Andabas tras el ángel. Por fin lo tienes. Descansa, Jim... This song is for you, my brother!!!

Amén.



La letra aquí.