martes, 28 de febrero de 2012

Aquí

El siguiente ¿relato, ejercicio narrativo, mamarracho? –nunca cuento- está basado en -robado de- la canción “Round Here” del grupo Counting Crows. Fue escrito en 1997 como parte de una pequeña colección de similares objetos impublicables que llevaba el título Festín de amigos (un blues). La siguiente es una versión remozada en este incipiente enero de 2012 para dejarla más presentable a los ojos del lector, digno de todo respeto. Una disculpa.


Round here we’re carving out our names

Round here we all look the same

Round here we talk just like lions

But we sacrifice like lambs

Round here she’s slipping through my hands…

-“Round Here”, Adam F. Duritz


I

Porque hay mar le llaman playa. En realidad se asemeja más a un desierto. Por eso no aparece en las guías turísticas, a nadie le interesa visitar un pueblo fantasma que al menos en parte no ofrezca la tranquilidad de un montaje hollywoodense. Los habitantes de aquí venimos por el olvido, preferimos enterrarnos en la arena a tomar el sol, si nadamos es sólo para que el agua lave nuestros secretos… fingir que cada uno puede esconder el suyo e ignora el de los demás es la única economía que conocemos, así que no nos quita el sueño contribuir al producto interno bruto del país. Nunca dormimos.

Por lo general evitamos vernos a la cara. Una especie de regla no escrita. Siempre acabas atorado en el brillo de unos ojos, en un recuerdo, aquí venimos a ser libres. Pasamos los días deambulando por la costa, inmersos en un silencio que, a diferencia de la neblina, nunca se disipa. Si alguien llega a saludarte, ni siquiera te detienes, emites un gruñido o medio levantas la mano de marioneta manejada por un titiritero artrítico.

Sentado en los escalones a la entrada de mi cabaña, contemplo el cielo agrietarse de crepúsculo. A esta hora me da la impresión de volverme translúcido. No veo mi mano frente a la nariz, atravesada por agujas de sol. No me asusta. Desaparecer. Al contrario. Es un alivio amanecer y darte cuenta que tienes un recuerdo menos que ayer. Vas sintiendo tus pasos ligeros. Pronto empezaré a levitar, los ángeles desde lo alto vislumbrarán un panorama mejor del derrumbe de los muros entre el bien y el mal aquí.

Hoy, además del silencio, bajó la neblina. Una blancura imprecisa diluye los límites entre las casas, la angustia de las palmeras, las sombras de los cuerpos. Contornos vaporosos. Ojalá todos los días fueran como hoy.


II

La tarde que conocí a María arrastraba una maleta escuálida y volteaba a todas partes como un animalillo perseguido. La cara que pone cualquier recién llegado. Vacilante se acercó a preguntarme si sabía de algún lugar dónde conseguir alojamiento. Me sobresaltó y tardé en hilar una respuesta, pasaron semanas desde la última vez que me había tomado la molestia de sostener una plática. Lo primero que me llamó la atención fue su piel, más blanca y triste que la nieve. Y, luego, el problema de los ojos. Me habría derrumbado de no saber que estoy proscrito, he dedicado muchas fatigas al coraje del océano para ahogarme en un estanque esmeralda, el suyo, además, era de niña.

Caminamos descalzos siguiendo la ebullición de espuma en la bahía, una pareja de arlequines haciendo equilibrios en la cuerda floja de un circo.

-Me gustaría encontrar a un chico parecido a Elvis- dijo de la nada.

-No es tan fácil aprenderse la letra de “Love Me Tender”- observé.

Regresamos a la cabaña. Ella empezó a mostrarme la naturaleza de su cuerpo: las tetas colgándole breves donde sus pezones brotaban en dos ciruelas irreales, la piel pegada a las costillas y un mapa de quemaduras de cigarro. Al acoplarnos dijo: “estoy cerca de entender a Cristo”. Desde aquel primer encuentro, cada vez que lo hacemos le pregunto: “¿Cómo vas?”. Ella contesta: “Cerca, más cerca”.

Esta ocasión en lugar de eso me besó en el cuello y masculló: “Te amo, eres hermoso y te amo”. Estaba nerviosa, le da por decir disparates si no ha tomado cerveza antes de la una.


III

Recostado en el cofre junto a la chica del Chevrolet ’74. Un día aparecieron el auto y ella en este solar, nadie hizo preguntas, asumimos que ahora pertenecían a nuestra simpática comunidad. De vez en cuando la visito, no es que le tenga cariño, ni lástima me provoca, simplemente me relaja perderme en el cielo tendido encima de un auto que se cae a pedazos al lado de una chica que se cae a pedazos, y columnas de polvo irguiéndose, y cuervos picoteando basura y ratas muertas. Ningún parque de diversiones cuenta con el presupuesto para instalar la Casa de los Espantos perfecta.

“Un día deberías probar una de estas”, me dice con la hipodérmica enlodada de heroína y sangre todavía colgándole del jirón de brazo, alargando su sonrisa de muñeca deshauciada.

Jala aire y va a sentarse al asiento del conductor. Me repugnan esas sacudidas que la recorren por oleadas. Nuevas lágrimas limpian el rastro de las anteriores. Dirige la vista al edificio sin terminar al otro lado de la cerca de adobe gris, vestigio de la locura de alguna vez creer que esto podía transformarse en un emporio hotelero. Estira una mano como queriendo alcanzarlo y sofocada escupe: “He estado pensando en saltar de ahí. ¿Qué pensarás mientras vas cayendo? ¿Morirás mientras flotas en el aire o hasta que tu cabeza revienta contra el suelo? ¡Dios, imagina ese sonido!”

Detesto oírla hablar, es mejor cuando se queda ahí tumbada, jadeando con ronquera.

“No flotas.”

“¿Cómo?”

“No flotas en el aire, te precipitas al vacío. No te da tiempo de pensar más que te carga la chingada.”

Lanza una última frase displicente: “Estoy cansada de la vida.”

Vaya con la perra. Todos estamos cansados de algo.


IV

Coge la mano de quien quieras. No habrá diferencia en las bocas que elijas para besar. Poco a poco andamos con pasos idénticos. Respondemos con gestos invariables. Topo con mi rostro garabateado en diferentes siluetas.

Respira hondo, el día medra y los niños corren a guarecerse en las faldas de mamá, huyendo de este sueño que ciega y ensordece como la tormenta. Desconocidos comienzan a reunirse frente al océano para conmemorar la batalla que pelearon bien, la que perdieron. Encenderán fogatas, escribirán sus nombres en la arena con mano quirúrgica para borrarlo con pies de bailarín, desgatillada la lengua por el aguardiente, correrán la noche empeñados en sonar como leones, por la mañana serán corderos en el altar de la iglesia abandonada frente al muelle, donde organizamos las fiestas.

Nuestras fiestas son muy calladas. Pero siempre hay música.

Alguien desgasta mi cabeza, erosiona la emoción, dicta las palabras. Voy a quedarme parado aquí hasta que venga a buscarme o suelte el microfonito-cincel. No importa cuánto tarde, por aquí hay montones de tiempo que perder y ninguna cita que cumplir. Por aquí escasea el pecado desde que nos hartamos de salvación. Apagamos la voz que nos mandaba temprano a la cama con un padrenuestro colgado de los labios. Ahora que podemos, vamos a quedarnos despiertos hasta muy tarde. Tengo carne viva en los nudillos y párpados de plomo y voy a quedarme despierto hasta muy, muy tarde.


lunes, 27 de febrero de 2012

No soy una estrella de rock

No soy una estrella de rock pero he visto al monstruo mecánico desvencijarse con la primera luz del día, recargado en un balcón de marfil en la bóveda celeste, copa de champán en mano lívida. No he destrozado habitaciones pero he masacrado colchones de pena, lujuria y traición, emitiendo una sustancia tan espesa, tan contaminante, que causaría daño psicológico irreversible a un niño de Greenpeace. No soy una estrella de rock pero he vivido la soledad del éxito, y me encanta dar entrevistas, ¿a quién no le gusta que lo amen sólo por existir? No soy una estrella de rock pero he pasado horas pegándome la cabeza contra la pared del estudio –sin aislamiento anti-pesadillas- con tal de sacar un sonido que le dé voz a Dios, no el Dios crucificado, no el Dios que ordena el mundo, no el Dios de los que bailan al dealer, sino el Dios de las hierbas que pisoteamos, el único Dios, el de las maldiciones, el Dios saqueado por las abejas. No soy una estrella de rock pero inmolado en altares han comido de mi carne. No soy una estrella de rock pero me ha bastado para sacudir el mundo de dos tres jovencitas y arrojarle su corazón a los perros. No soy una estrella de rock pero tampoco me alcanzó con tratar de portarme bien para salvar el Amazonas. No soy una estrella de rock, pero me he vendido, he defraudado a quienes desde el principio creían en mí, me he defraudado a mí mismo. No soy una estrella de rock aunque tampoco me gusta escuchar los consejos de mi mánager, tampoco quiero repetir la fórmula de la única rola que me ha pegado, aun si se acaba el dinero en el banco. No soy una estrella de rock pero también me ha temblado la mano al empuñar una pistola. No soy una estrella de rock pero igual no tengo una sola respuesta y aparento que las sé todas, el mundo no se desboca, eres tú el que tiene un problema con la gravedad, les invito a todos una ronda en el bar, estrello mi copa en el suelo y me salgo, arrogante, como sólo hace un vaquero en película del oeste, como sólo hace una estrella de rock. Pero no soy una estrella de rock, todos piensan simplemente “pobre imbécil” y nunca te llevas a la modelo... ni siquiera a la recamarera.

domingo, 26 de febrero de 2012

Vísceras de eRRe

No tenemos sobre las mujeres más ascendiente que el abrazo, en el instante del abrazo. Ahora bien, ¿es posesión o sueño? Las mujeres se abren, pero nosotros no permanecemos en aquello a lo que se abren. Nacer nos expulsa de su sexo. Gozar nos expulsa una vez más. ¿Podemos decir que está abierto para siempre el sexo que siempre expulsa?
Pascal Quignard en Vida secreta

Took my diamond to the pawnshop - but that don't make it junk
-L. Cohen

¿Por qué no salí despavorido? Debí advertir la premonición La primera mujer de la que me enamoré se llamaba Olvido. Quiero decir, ¿qué clase de padres le ponen ese nombre a una hija? “Feliz cumpleaños, Olvido”. “¿Hiciste la tarea o se te olvidó, Olvido”. “Te amo, Olvido”. “Quédate conmigo, Olvido”. Un día en una representación del jardín de niños, mientras interpretaba mi digno papel de Rey de Chocolate, vi a mi Princesa Caramelo entre el público dándole a mi mejor amigo lo que debió ser su primer beso en la boca (el mío tardaría todavía unos diez años).

Comenzó una serie que me gustaría llamar de episodios fatídicos, pero más bien ridículos, con las chicas que me atraen. No se asusten, no me propongo abochornarlos con una lista de los patéticos detalles que han plagado mi relación con "el sexo que siempre expulsa", por usar la expresión de Quignard. Baste con citar la odisea de Homero [Simpson], conozco todos los pretextos: te prefiero como amigo, mi mamá no me deja, no quiero matarte pero si me obligas… He superado la etapa de autoconmiseración, de sentirme infravalorado, de pensar en “algo” que ellas no alcanzan a ver. Estoy convencido que el error está en mí y si acaso ese “algo” existe, ellas marcan su distancia porque son las primeras en advertirlo, dejándome a mí sin idea, y, ¿les confieso la verdad?, ya dejé de preguntarme qué puede ser.

Ni para un vulgar silogismo alcanza. La mayoría de las mujeres con las que me he relacionado sentimental y/o sexualmente opinan que soy un buen muchacho, atento, simpático, pero nada para volverse loco (mientras yo, por su puesto he enloquecido por ellas, en sentido sexual o sentimental, que no necesariamente van de la mano, aunque da igual su obsesión se parece tanto que produce justo eso, locura, disolución de las diferencias).

No me quejo, me han pasado cosas increíbles, cosas que crees que sólo les pasan a las estrellas de rock. He tenido noches salvajes sin tregua y crepúsculos de abrazo tierno. Por lo menos dos mujeres han perdido la cabeza por mí, las desollé y les di una patada. No lo digo con orgullo, sentí que les hacía lo mismo de lo que tantas veces me había quejado –incluso con mayor vileza. Me han llamado un gran amante y un pervertido decepcionante. Encontré el amor, pero con eso pasó lo que Bruce Springsteen canta en For You: “vine por ti, pero no necesitabas mi urgencia”. He ofrecido amor incondicional. He ofrecido sexo sin complicaciones. Sólo que nada parece encajar. Todo es muy confuso.

Así que en esta confusión hace poco cometí un error. O, más precisamente, un acto de maldad. Obedeciendo la apurada lógica de si no puedes con el enemigo únetele, si te hagas adonde te hagas acabas como bolita de papel, actué conciente del mal, abrazándolo. Y en este trato con el diablo siento que a cada paso las cosas empeoran y me hundo más en el fango sin por lo menos recibir las recompensas terrenales prometidas en las tinieblas. Miren esta suerte que puede volver a un hombre malo. "Please, please, please, let me get what I want", los Smiths. Yo no buscaba ser malo, sólo una explicación a por qué todo sale tan mal... y sí, coger.

El otro día me rompí media cara contra una banqueta cayéndome de borracho. Me preguntaron si había sido por una mujer. Sí y no. Fue por todas las mujeres o fue por mí o para darme una lección que necesitaba… no saber dar una respuesta precisa me llena de vergüenza, quizá sea la justificación para escribir esto, un intento por dilucidarlo, esperando quién sabe qué respuesta al absurdo de a estos cansados 36 años ignorar el tipo de hombre que soy. Ahora mismo me encuentro correteando a cinco mujeres distintas, como perrito sin dueño, como siempre torpemente, como siempre con poco o nulo éxito, persiguiendo mendrugos de amor o sexo, o ya ni siquiera un beso, sino una sonrisa. Y no, no necesito una novia, no soy un adolescente, es como si me diera por ponerme a estudiar la discografía de Menudo. Tengo claro que parte de la urticaria la provoca esto del paso del tiempo y que no ceda este desasosiego.
Confieso mi pavor a terminar como el viejo raboverde de La muerte de Bunny Munro, una novela de Nick Cave, impotente y gritando blasfemias, de rodillas en medio de la calle bajo una lluvia torrencial.

¿Qué quiero, qué espero, que necesito de una mujer? Creo que Radio Futura me dio una pista oyendo su magistral adaptación al poema “Annabel Lee” de Edgar Allan Poe, en el cual habla de una flor “que crecía sin pensar en nada más que en amar y ser amada, ser amada por mí”. Alguien que no le estorbe
tu cariño
, alguien que no te estorbe por quererte, y cada uno tranquilo a lo suyo, no una vida de cadenas, una vida que ayude a concentrarse por cerrar la herida del desgarramiento original. Pero, claro, el amor de Annabel Lee y el galán que la enaltece, más grande que el amor de los mayores –que saben más, como dicen, de las cosas de la vida- provoca envidia entre los ángeles del cielo que mandan un oscuro viento para helar el corazón de la hermosa doncella. Entonces… supongo que es una de esas batallas que se ganan dándolas por perdidas, olvidándose de ellas. Y aun así, ya ven, a veces me acuerdo de Olvido.