miércoles, 15 de agosto de 2007

Mi Cura

Ahora que The Cure nuevamente agota boletos para sus dos fechas en la ciudad de México (con una tercera que al parecer se viene), irremisiblemente al eRRe se le han movido el corazoncito y los recuerdos que lo ligan con la banda del Robert Smith. Magnífico pretexto para compartirles las cavilaciones resultantes.

The Cure es un grupo caro a mi corazón, qué puedo hacerle. Recuerdo bien el día que compré Disintegration, una tarde atravesando el centro comercial que acortaba el regreso a casa de la secundaria. Tenía 14, 15 años, era la época en que empecé a comprar discos, yo había oído algo de ellos, lo vi en el escaparate de una tienda, entré y pagué por él. Desde entonces la introducción instrumental al primer corte del disco, “Plainsong”, me ha sonado como a música de astros o a la que uno escucha en sueños imposibles de recuperar. Venía luego “Pictures of You”, que se convertiría en mi rola fundamental de aquel momento –habiendo sobrevivido a 8 años de escuela de puros hombres (con 4 años de condena por purgar), para mí las imágenes de las revistas porno que orquestaban mis sesiones masturbatorias, no eran más lejanas que las niñas inmutables a mis tartamudeos en las kermeses o las damiselas que en el mismo centro comercial veía salir de las tiendas de ropa- y a fin de cuentas probaría ser emblemática para otras ocurrencias del pendejo guionista de mi vida: las fotos de R. rociadas de vino tinto que rompí con unos amigos borracho, la foto de M. que cada mañana contemplaba agonizante entre las ruinas del mundo, las fotos que B. me mandaría desde el otro lado de un océano, la foto que M. (otra M…) nunca querrá tomarme… Ahora mismo, cuando escucho la apertura de Disintegration (redondeada por “Closedown” la canción número tres, más lóbrega que las anteriores) mientras escribo esto, me parece un monumento de gélida belleza cuyo peso inconsolable desafía la fuerza de gravedad que domine a cualquier memoria específica.
De ahí fui para atrás, conseguí los discos previos (en vinil, en vinil), el Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me que hasta la fecha es mi favorito de ellos, en el Chopograbaciones pirata de conciertos, con otros fans las rarezas, biografías, letras, videos… Los videos eran importantes. No hay mucho lugar a dudas en afirmar que la imagen desgreñada de Robert Smith, con el rostro blanqueado y los labios embadurnados de rojo jugó un papel, si no esencial, por lo menos muy relevante en el impacto inicial que tuvo The Cure y, a la postre, en el nivel de exposición masiva que alcanzaría en los ultravisuales años ochenta. Por ejemplo, el video de “Lullabye”, donde un Robert Smith bebé teme ser devorado por una araña que avanza entre sus sábanas (también con la crisma de Roberto maquillado más lúgubre que de costumbre) a mi mamá que es de susto fácil nunca se le olvidaría, ese video le inspiraba terror. Sería el único grupo que me reclamaría escuchar durante un ataque de rabia menopáusica (“¿cómo pueden gustarte esos facinerosos pintarrajeados de mujer?”), hasta la fecha por un motivo u otro saca a colación “ese grupo de la araña”.
Un poco asombrado, a partir de los prejuicios de mi pobre madre descubro también la ceguera de muchos “cureheads”, los que se enojaron cuando sacaron “Friday I’m In Love” o a los que no les interesa escuchar “Mint Car” en concierto porque creen que esas jaladas no van con la esencia del grupo, incapaces de apreciar que existe algo especialmente dramático en oír a Robert Smith describiendo una velada perfecta, con velas, helado de coco, Stolichnaya, nada que ver en la TV y una amante dispuesta con alfombra de peluche en una rola como “Return” y sin embargo cantar “but I’m still not sure what’s goin’ on/and I can’t help feeling something’s wrong”. A cambio de cada himno oscuro tipo “Charlotte Sometimes”, “M” o “Piggy in the Mirror”, estos arranques de inesperada alegría –que han estado presentes desde “Let’s Go to Bed” o “The Lovecats”- lejos de restarles credibilidad vienen a confirmar la humanidad que hay en la música de The Cure; si hubieran seguido igual de sombríos que en Pornography serían buenos tragamonedas de tristeza generacional (que creo es como buena parte de la industria está empeñada en que sigamos viéndolos) pero no el grupo entrañable con agallas para reconocer que todo buen darketo lo que de verdad busca es una probadita de felicidad, pero entonces el problema es que se ha pasado tanto tiempo entre las tinieblas que uno sólo atina a responder con risitas nerviosas y temblores del cuerpo que terminan ahuyentando a la gente.
Personalmente The Cure siempre ha significado más un instrumento para conjurar la tristeza que para solazarme con ella. Además, les debo uno de los actos de solidaridad más desinteresados que me haya tocado presenciar. Ocurrió en esa misma secundaria a la que yo iba. Habían organizado una “tardeada” tipo discotheque, con luces estroboscópicas y unos baffles enormes, apenas una oportunidad para darle a las bestias obtusas un día de campo en compañía femenina… sólo que la mayoría andábamos tan absortos en nuestra timidez que la pista de baile era una desilusión que ni nuestro habitual ejército de galanes alcanzaba a salvar. La cosa fue poniéndose más interesante con las botellitas de licor y las latas de cerveza que algunos intrépidos consiguieron introducir, el número de parejitas bailando aumentó sin que aquello terminara de prender, faltaba esa sensación de riesgo característica de un reventón respetable. Fue cuando alguien pensó que deberían poner “Fascination Street” y desairado por el rechazo a su solicitud interpuso queja con el principal rufiancete de la escuela, quien acudió al DJ convencido de infundirle el mismo respeto que a sus condiscípulos, pero cuando obtuvo la misma negativa comunicó a su novia que debía organizar a sus amigas para que nadie bailara hasta que se tocara “Fascination Street”. Como por arte de magia la pista se vacío y por más que el DJ sudaba poniendo los éxitos del momento todos permanecían sentados y exigían a gritos “Fas-ci-na-tion Street”. De repente uno de los muchachos se levantó, se sacó la camiseta y agitando la prenda al aire empezó a asuzar a la gente. “Fas-ci-na-tion Street”. Siguió otro y otro y otro (y alguna chavita atrevida), hasta que uno de los hermanos maristas que dirigía la institución salió horrorizado a preguntar la causa de semejante alboroto y cuando le informaron que fue porque el tipo de los discos se negó a tocar una rola, corrió a ordenarle inmediatamente que tocara lo que los muchachos querían oír, quién se creía él para perturbarlos al grado de ponerlos en peligro de pecado. Cuando las bocinas por fin escupieron el delay de la guitarra de Robert Smith y el robusto bajo de Simon Gallup, los asistentes estallaron saltando y abrazándose, en una expresión de sincera unidad que ninguna de las pocas manifestaciones políticas en las que he participado me ha brindado.
Casi 20 años después vuelve la sensación. Estoy en el primer concierto que The Cure ofrece en la ciudad de México, en el Palacio de los Deportes, con un boleto que compré al doble de su precio en la reventa, codo a codo con un güey más moreno que yo con párpados y labios pintados de negro, cuello tatuado y peinado a la mohawk cantando “In Your House” y “Three Imaginary Boys” a punto de escupir las entrañas, volteamos a vernos y la única afección en la cara de ambos y en muchas otras alrededor nuestro es el inocultable júbilo por al fin vernos cara a cara con nuestros héroes, por comprobar que son de carnita y hueso y que suenan a toda madre . Arriba, en el escenario, contemplo a Robert Smith y recuerdo que años atrás declaró en una entrevista “mi idea de la felicidad es ganar el dinero suficiente para comprar cerveza de lunes a domingo y echarme un par de curries el fin de semana”. Sigo pensando que ese hombre podría ser mi mejor amigo, él también luce conmovido, su voz batalla con la altura del DeFe pero esa noche y las dos siguientes prolonga sus presentaciones casi hasta las tres horas con tal de tocar todo, o si no todo, sí lo suficiente para que nadie salga decepcionado: éxitos, clásicos, caras B, temas del último disco, temas del primer disco… Todo. Cambiando las canciones en cada concierto y generando la misma reacción de emociones desbordadas, un lujo disponible únicamente para grupos de su calibre. Esas tres noches me confirman en mi fidelidad a The Cure, hago la promesa solemne de que cada vez que estos viejos carnales vengan yo debo estar ahí para contagiarme de su poder restaurador, por el honor que hacen a su nombre, Cura que alivia espíritus.

lunes, 6 de agosto de 2007

Cuatro canciones de los Weakerthans...

en versión castellana del eRRe, como complemento al artículo anterior. Pueden descargar algunos mp3 de estos maestros desde su página theweakerthans.org (chéquense los vínculos del eRRE: Denle click o mueran).

Dejado y dejando

y por un momento ambos creen
que pueden escuchar a la ciudad respirar

ambos están cansados, quieren estar agotados

-Catherine Hunter

Mi ciudad aún respira (pero apenas, es verdad) a través de edificios que le faltan como dientes. Las aceras me observan pensar en ti, todas salpicadas de vidrios rotos. Estoy de vuelta con cicatrices que mostrar. De vuelta en las calles que conozco. Nunca me llevarán a otra parte que no sea aquí. Esas manchas en la alfombra, esta bebida en mi mano, estos extraños cuyos rostros conozco. Nos reunimos para nuestra prueba de vestuario y decimos “yo lo quería así” y aguardamos a que se ahogue otro año. Adelantar la primavera, el otoño que se cae. Trato de no preguntarme en dónde estás. Todo este tiempo persiste, indefinido. Alguien escogió a quien es dejado y a quien deja. La memoria se oxidará y erosionará en listas de cosas que me diste: unos cerillos, una cobija, este dolor en mi pecho, las mejores partes de Lonely, cinta de aislar y cables soldados, nuevas palabras para viejos deseos, y todas las tarjetas de cumpleaños que tiré. Espero en ritmo de 4/4. Cuento las líneas amarillas de carretera que confías habrán de conducirte a casa.

Esta es una salida de incendios nunca dejar la puerta abierta
Los faros corren hacia la esquina del desayunador. Iluminan a medias un rostro antes de desaparecer. Tú respiras cuarenta años de fracasar en describir un sentimiento. Yo expiro humo contra la ventana, trazo las letras que hay en tu nombre. Nuestras letras suenan iguales; llenas de todo nuestro cambio que es no cambiar en nada. Todas las líneas rectas alguna vez se curvan. Tú dijiste “en algún lugar hay una caja con todos los repuestos para la ternura que hemos roto o dejado oxidar. En algún lugar condescender es más que sólo una forma de marcharse. En algún lugar alguien dice “lo siento”. Alguien hace planes para quedarse”. Así que dime que está bien. Dime cualquier cosa, o enséñame que hay una palanca, inexpugnable, que te conducirá de ahí, de la oscuridad, sola, a la bondad que nunca has conocido, o conociste cuando tenías cuatro años y no puedes recordar. Donde un cuchillito corta esas torpes costuras, y el silencio sabe lo que tu silencio significa, y tus metáforas (tan revueltas como te salgan) están ligadas, como días, todas juntas. Todavía escucho trenes por la noche, cuando el viento es el correcto. Lo recuerdo todo, lamer e hilvanar este hilo que nunca te remendará o te arreglará mejor que el recuerdo del suelo de una cocina, o la salida para incendios que dejamos abierta. Y me encanta este lugar; el cielo inmenso y las caras, las manos que me acechan, entonces ¿por qué no puedo perdonar a estos edificios, a estos cuadros con un letrero de “Hogar”?

Alegato de una gata llamado Virtute
¿Por qué nunca quieres jugar? Estoy cansado de este trozo de hilo. Ahora duermes tanto como yo, y no comes casi nada. No sé con quién andas hablando –busqué en todos los cuartos pero solo encontré al polvo moviéndose en las sombras de la tarde. Y oye, ¿esas canciones amargosas que cantas? No están ayudando en nada. No te harán fuerte. Así que deberíamos abrir la casa. Invitar al minino que vive a dos puertas de aquí. ¿Podrías pedirle a tu hermana que no traiga a su basset hound? Dile a las cosas que no te pueden faltar: el gis de los casetes y el Hombre Moderno, la Guerra Fría y los Catálogos de Naipes que si pueden también vengan, a tomarse unos tragos de nena y jugar juegos de mesa. Le sacaremos la vuelta a la mentira fácil de no arrepentirnos de nada, y más tarde tal vez podrías intentar dejar tus pérdidas colgando al filo de un siglo, y hablar del clima, o de cómo acostumbraba ser el clima. Y yo los atenderé con todas las aves que pueda matar. Dejaré que sus finas plumas llenen la decepción. Recuéstate; lámete la tristeza de la piel. Ráscate el terror y empieza a creer que eres fuerte. Lo único que quieres hacer es beber y ver la tele, y francamente eso es algo en lo que no estoy muy interesado. Juro que voy a morderte con fuerza y a probar tu sangrita si no le paras a las mentiras derrotistas que has estado repitiendo desde el día en que me trajiste a casa. Yo sé que eres fuerte.

Nuestro explorador retirado (cena con Michel Foucault en París, 1961)
Sólo un trago más y luego debo emprender el camino a casa. No estoy enteramente seguro de qué está hablando usted. La pasé muy bien, pero mis perros necesitan comer. Debo decirle que con la luz adecuada le da un aire a Shackleton. Comment allez-vous ce soir? Je suis comme ci comme ça. Sí, un pingüino me enseñó francés allá en la Antártica. Yo podría mostrarle cómo las sombras colonizan la nieve. El hielo resquebrajándose en la bahía frente a la costa de Lassiter. La luz cayendo sobre el polo mientras cada meridiano conduce a sus pies congelados y golpeados. Oh, es usted muy amable, gracias por las flores y el libro de Derrida, pero debo regresar a la querida Antártica. Dígame, ¿no tendrá un barco y una docena de hombres fuertes que pueda facilitarme?

Cartografía cotidiana: The Weakerthans y la escritura de John K. Samson

Para Tache y M. Girl

y por un momento ambos creen
que pueden escuchar a la ciudad respirar

ambos están cansados, quieren estar acabados

-Catherine Hunter

Hay días en que deslumbra el caudal visionario de Dylan y la decadencia de Lou Reed causa indigestión. Un resplandor más exiguo ilumina la realidad tendido encima del sofá con una cerveza en la mano, luego de sobrevivir al calor del tráfico de la ciudad en donde siempre has vivido, sorbiendo la derrota de intentar cumplir con el trabajo y el otro montón de responsabilidades estúpidas que parecen llevarte a ninguna parte. A la hora en que las manchas de luz vespertina se evaporan mientras piensas en los amigos que andan lejos y en las mujeres que perdiste antes de tener, cuando es inevitable preguntarte si las cosas no irían mejor en otro sitio, sólo las canciones que John K. Samson escribe y canta en su grupo The Weakerthans ofrecen verdadero sosiego.
Puede que carezcan del sonido excéntrico que acostumbramos esperar de otras bandas canadienses surgidas en los últimos años con mayor potencial para convertirse en objetos de culto que de credibilidad (aun con Arcade Fire apelando a un sentimiento de tan inobjetable solidaridad como la condolencia en el exitoso disco Funeral). The Weakerthans ejecutan un rock de raigambre punk con tintes de música folk y americana que, si bien trasciende el estigma “emo” que han querido inflingirles, acaso quede corto para los dictaminadores del éxito masivo. Lo que no forzosamente disminuye sus posibilidades para vincularse con una audiencia, porque The Weakerthans suenan inteligentes sin sonar pretenciosos, en sentido estricto son un grupo pedestre, tocan para el ciudadano de a pie, el que no viaja enceguecido por los rayones de luz en el parabrisas.
También, y esencialmente, son un grupo de la ciudad de Winnipeg, si bien ninguna de sus canciones alude de manera explícita a ella. “One Great City!”, la cual aparece hasta su tercer disco, Reconstruction Site del 2003, el más reciente a la fecha, es la única que sí. The Weakerthans por lo general tampoco emplean el coro repetido tradicional del pop-rock, pero este tema lo tiene y dice: “Odio Winnipeg”.
Dejen escandalizarse a los defensores del orgullo cívico, quizá ésta sea una de las relaciones más íntimas que pueda establecer uno con el lugar donde vive. Simplemente tal parece que para Samson un elemento fundamental de habitar Winnipeg implica sentirse a disgusto en Winnipeg. “Siempre tuve la urgencia de marcharme. Todavía la tengo”, ha declarado en entrevista. “En realidad, se ha vuelto más parte de mí que una urgencia. Parte de la realidad de la persona que soy al vivir aquí es no querer estar aquí todo el tiempo”. De hecho Fallow, el debut de 1997, emprende un recorrido por esas calles que diagnostican “un corazón con forma extranjera”, donde “los relojes detenidos en la esquina de Albert Street avisan que tu último autobús partió hace una hora” y los revolucionarios de futón proponen matar a un miembro del Legislativo solo para prolongar la plática chelera; el sol radiante de la mañana que ordena “repasa tus líneas. Plancha tu disfraz de cuidada hechura” termina en la espera impaciente por oír que “el día diga que va a cerrar” para entonces acudir bajo el puente Disraeli donde “con corbatas de vía ferroviaria oxidada, tallaremos calles y banquetas nuevas, una ciudad para vidas pequeñas, y diremos que nos quedaremos un año más”, asidos al último reducto para la reconciliación que ofrece una ciudad de perpetua esperanza: la imaginación.
Como a García Márquez o a Rulfo, tanto impregna el terruño a Samson que termina erigiéndolo en una construcción personal de dimensiones superiores a las de la llana geografía.

“Mi ciudad aún respira (pero apenas, eso es verdad), a través de edificios que le faltan como dientes.”
Es de admirar que lo mismo el neoyorquino post-9/11 que el vecino de la colonia Narvarte puedan cantar libres de gratuidad hipócrita esta frase de la canción que da título a Left and Leaving, segundo álbum de The Weakerthans (del 2000), calificado en revistas canadienses especializadas dentro de los 10 mejores en la historia del rock de aquel país, apenas por debajo de trabajos emblemáticos de Neil Young y Joni Mitchell. Musicalmente amplían horizontes e instrumentación respecto a Fallow; guitarras slide y lap-steel, pianos, sintetizadores, órganos Rhodes y Wurlitzer, un instrumento alemán similar al xilófono llamado glockenspiel, hasta serruchos y navajas automáticas integran el entramado de una producción que por momentos alcanza electrizantes picos emotivos. Samson refina la visión, de los relatos urbanos a inspeccionar las historias ocultas en los objetos, empezando con la primera pista “Everything Must Go!”, cuyo protagonista, cual Bart en el capítulo de los Simpson que tras vender su alma oferta su conciencia y honradez (“¡es el bazar bartiano, señores, se va todo!”), despierta un sábado cualquiera dispuesto a organizar una venta de garaje que le ayude a saldar “las cuentas pendientes de mi corazón”, confiado en que con “el sofá verde vómito” se irán el “complicado boceto para un sueño de dignidad y una risa (muy ruidosa y muy larga)”. Al enterarnos que intercambia el lote completo por “una llamada de lejos con un “hola, cómo estás hoy” y una señal de que la recuperación llega para los rotos”, también descubrimos que, lejos de la estéril tarea de inventariar el mundo, a Samson le interesa desenterrar significados perdurables del polvo de los días, algo que contar de los “cuarenta años de fracasos en expresar un sentimiento” que refiere “This Is a Fire Door Never Leave Open”, cartas para la navegación cotidiana principalmente.
Left and Leaving abre con la siguiente dedicatoria-epígrafe de Alden Nowlen:
para los que pertenecen a ningún lugar
y para los que pertenecen tanto
a un lugar como para pertenecer a cualquier otro.
“Alguien escogió a quien es dejado y a quien deja”, entona Samson desde la calidez envolvente de sus limitadas cuerdas vocales. En apariencia la incógnita de ese “alguien” constituye un aspecto central del disco. Y, sin embargo, adelantándonos en la letra de la canción homónima, salta la clave. La que se va, el que se queda, ambos comparten un mismo dilema: “nuevas palabras para viejos deseos”. Los dos a su manera han quedado en un mundo roto que precisan restaurar, inventárselo de nuevo. Bajo el anhelo de partir late una añoranza por la perdida armonía entre los objetos del lenguaje y el lenguaje de los objetos sin la cual deambulamos extranjeros en cualquier tierra, atarantados, incompletos, semejantes al dibujo de las personas tiradas en la portada de Reconstruction Site, que más parecen las piezas de un rompecabezas desarmado que personas.

Esta es la declaración de principios que domina Reconstruction Site:
Para vivir y morir apropiadamente, las cosas deben ser nombradas apropiadamente. Reclamemos nuestras palabras
-John Berger
Cabe puntualizar que la cita, asimismo las de los poetas de Winnipeg Alden Nowlan y Catherine Hunter, que han aparecido en todos los discos del grupo, existen sólo para la letra impresa. Samson formó The Weakerthans luego de abandonar la banda de ínfulas socialistas Propagandhi con intención para dedicarse a escribir e integrar una editorial, oficio que denota el cuidado en la impresión de los cuadernillos que acompañan sus cd’s, como en su música, nada está de sobra: el fondo de agua con un mapa de Winnipeg en Fallow, las letras inscritas en líneas continuas, resistiéndose a la versificación artificiosa que desprende una lectura fragmentaria. Lo que en otro grupo pasaría por detalle snob, obedece aquí a una particular atención por lo indecible.
Si el disco anterior exploraba las relaciones humanas a través de la diaria interacción con los objetos, Reconstruction Site examina los objetos más cotidianos en las relaciones humanas: las palabras. O, mejor, es un álbum sobre lo que dejan fuera las palabras, hilvanado en un lenguaje lleno de dobles sentidos que inevitablemente conduce al equívoco. “Tú me dices que me joda cuando lo que necesito es alguien a quien joder”, asesta la paradójica “The Reasons”. En “Uncorrected Proofs” pensar en las palabras no escogidas detonan una crisis vital y de obra en un escritor. El angelical campeón de los negocios que en los cuernos de la luna proclama su amor al pueblo, por lo bajo arroja su “odio Winnipeg”. Curiosamente la mejor comunicación proviene del gato de “Plea from a cat named Virtue” que convierte su reclamo por la falta de atención en una oportunidad para sincerarse con su amo: “oye ¿esas canciones amargas que cantas? No están ayudando en nada. No te harán fuerte”, aprovechando para señalarle algunas costumbres que no se atreve a encarar: “Todo lo que quieres hacer es beber y ver la tele, y francamente eso es algo en lo que no estoy muy interesado”; podrían organizar una fiesta, invitar a la gatita atigrada vecina (“¿podrías pedirle a tu hermana que no traiga a su basset-hound?”), cualquier cosa que ayude a sacudirse la depresión, de lo contrario “juro que voy a morderte con fuerza y a probar tu sangrita si no le paras a las mentiras derrotistas que has venido repitiendo desde que me trajiste a la casa”, amenaza Virtud, el felino, que despide su alegato con un cariñoso voto de confianza: “Yo sé que eres fuerte”. Samson regala otros momentos de ácido sentido del humor, el encontronazo de la teoría frente a la praxis encarnado por el encuentro casual en un cafetín de París de Michel Foucault con un explorador polar que agradece al autor de Las palabras y las cosas el obsequio de un libro de Derrida, aunque preferiría un barco y una docena de hombres fuertes para volver a su querida Antártica, si alguien no aprecia la mención al padre del deconstructivismo en un disco que aborda los intersticios del lenguaje con la palabra “reconstrucción” en el título definitivamente necesita refinar su sentido del sarcasmo.
A la memoria erosionada en listas de cosas (en palabras huecas) de Left and Leaving, Reconstruction Site responde “si vuelves trae un nombre nuevo para todo”, un lenguaje donde la belleza no sea “solo otra palabra que nunca estoy seguro de cómo se deletrea”. Si tú te vas y yo me quedo, valga el viaje de ambos para por fin encontrar el camino que pase por nuestro hogar.

The Weakerthans: Los Másdébilesque… A todo esto, ¿comparados a qué son más débiles los Weakerthans? “A un martillo que pese 9 kilos. Probablemente seamos más débiles que eso”, responde al terminar de carcajearse el guitarrista Stephen Carroll. “Pero somos más fuertes que los de un kilo. Somos más débiles que un vehículo con semi-remolque pero más fuertes que un triciclo”. The Weakerthans. Anuncian su siguiente disco para septiembre de 2007, prometen un sonido más experimental en un álbum de temática menos cohesionada. Esperemos eso no implique sacrificar la congruencia demostrada en su trabajo para entrar con calzador a la moda de la nueva ola canadiense. Yo sé que son más fuertes que eso.