sábado, 31 de mayo de 2008

¡Primeros 100 posts de eRRemental!

Así es, el eRRe se complace en informarles que con la "Pequeña oración a Syd" (¡qué mejor!) publicada el martes 27 de mayo de 2008, este blog llegó a los primeros cien posts. A manera de celebración y para agradecer a todos los paseantes de este espacio les traemos: una selección de la reserva personal del eRRe, el actualmente inconseguible acoplado de "21 finalistas del concurso nacional Rock en tu idioma"; por otro lado, un texto original del eRRe bajo los efectos de la prolongada audición del álbum This Desert Life de Counting Crows y una traducción del santo patrón del blog, Lester Bangs, en una aventura más poniendo su vida al límite por el bien del rocanrol.

¡A gozar!

De la eRRemita: "21 grupos finalistas del concurso nacional Rock en tu Idioma"

Allá por 1987, cuando en México se renovó el entusiasmo popular por el rock cantado en castellano vía grupos españoles y argentinos, la discográfica BMG/Ariola organizó un concurso de nuevas bandas mexicanas para fortalecer el slogan de “Rock en tu idioma” que con tanta fortuna colocaron en el mercado entonces todavía existente de compradores de discos. Al concurso, que ganó el grupo Los Amantes de Lola, siguieron una serie de reclamos por parte de muchos participantes a los cuales la compañía prometió promoción y futuras grabaciones que nunca llegaron a concretarse, convirtiéndolo durante cierta temporada en un punto de escarnio común en la efervescente y todavía rudimentaria escena del rock mexicano. Quizá el mejor –o si no el más divertido- testimonio al respecta lo proporcione la canción “El pastel de mamá” editada posteriormente de forma independiente por Pedro y las Tortugas, uno de los defraudados, que incluía las incunables líneas: “Perdiste el concurso de rock en tu idioma, tu novia te dejo por los Amantes de Lola”.

El disco 21 grupos finalistas del concurso nacional Rock en tu Idioma fue un LP doble que sirvió de memoria del concurso, el cual ha permanecido descontinuado luego de agotarse su tirada inicial de 1988. Entre las 21 bandas que lo integran, no constan los Amantes de Lola, que tenían garantizada la producción de su debut, pero sí los ya mencionados Pedro y las Tortugas –aquí con la nostálgica y tecnosona “A veces”-; también Huizar, ex cantante de los heavy-metaleros Luzbel que de hecho quedó en segundo o tercer lugar, con la irrebatible “No te cases con un rockanrolero”; “Lejos de ti” de los tapatíos 40 Grados abre con la extenuante guitarra de Galo Ochoa, futuro integrante de Cuca; Escoria, liderado por la aguardentosa del mismísimo rudo del pancracio Dr. Wagner, explota un aceitoso “Rocanrol mierda” nada complaciente en el que se mofaba de la tosca pericia entre los distintos participantes del rock nacional; “La Herida” es un potente ejemplo de la energía que entregaba Radio Carolina, un grupo que, como muchos de sus contemporáneos, prometía, pero del cual no se volvió a saber mucho más; incluso los que gustan de la trivia televisiva encontrarán de interés saber que Patricio Cabezut, presencia habitual en varios programas de chismes y anuncios para detergentes actuales, era el cantante de Mistiko-Mas, un grupo de Tamaulipas.

Por encima de todo, “21 finalistas de rock en tu idioma”, con su inclusión de grupos provenientes de todas partes de la república, tiene valor como fotografía de un momento particularmente virulento en el rock mexicano, momento que si bien nunca terminó de cuajar, resulta imprescindible para entender escena nacional más o menos estable del presente. Al mismo tiempo constituye una muestra de cómo la avaricia de las discográficas y la ingenuidad de los músicos resulta en una combinación que puede arruinar las mejores intenciones.

Pasen a lo barrido:

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Desértica

Volando en la inercia del This Desert Life de Counting Crows

Oh, esta vida desértica, esta vida elevada en el despunte agónico del día. Nos tendemos en el piso con las persianas entrecerradas y el televisor prendido porque nos gusta vernos bajo su maternal resplandor azulino, arrullados en el romance pendular del zumbido de la pecera donde los peces dorados no paran de nadar en círculos al silencio con el que crece el cactus. Fuimos jinetes bien pagados en los bares de nuestra ciudad eléctrica como si fuéramos los últimos de los primeros pioneros. Dulce niña salvaje soy un cara pálida convertido en jefe apache. ¿Podremos descansar esta noche que la nana no vendrá ya más? He estado mirando, he estado buscando una sola señal de vida entre los habitantes de este lugar y sólo pude darme cuenta que no tienen por costumbre limpiar los cañones de sus escopetas, cavan tumbas poco profundas. Amy logró salirse de este agujero, se colocó una escafandra y su vestido negro sin nada debajo, se adentró en el desierto y uno de esos apuestos astronautas pasó encaramado en su flamante cohete de la NASA y, nada tonto, se la llevó lejos de aquí. De vez en cuando recibo postales de lluvia contándome lo bien que le va. Hoy, por ejemplo, no me gustaría que volviera porque tengo mi ropa de fiesta muy gastada, usted sabe cómo es la arena de estos caminos, mi don, cómo se pega a la ropa, a la cara y quitársela cuesta un desgarrón o una costra. Dormimos inquietos bajo el cielo de panza de cuervo de Ohio, viajando en un camión con olor a rancio cerramos el trato en un bar de Atlantic City lleno de redes para pescar, en Nueva Jersey cumplimos el trabajo, fuimos impecables, y celebramos abriendo champagne y acurrucándonos de madrugada en el gentil regazo de las rubias de Nueva York. A los 17 se me reveló el plan perfecto, ahora tengo 33 y el tiempo no da una razón, pero qué importa si ya no soy yo el que te escribe sino el zapatero ése de a la vuelta. Es lógico que no tengamos mares de flores aquí con una estación húmeda tan corta. Es el diablo el que se mueve en tu sueño, por acá también lo he visto trasegando los surcos una luna nueva antes de la siembra. El diablo que ridiculizamos restregándole nuestra desnudez en ese suntuoso cuarto de hotel que nos pagamos con las cabezas de dos feligreses. Ahora estoy de nuevo en la esquina del viejo barrio cuando no me acuesto con el televisor alumbrándome como en la vitrina de un museo o un serpentario. Te sigo queriendo, es sólo que no sé qué hacer con el cactus ni con este montón de tiempo que me dejaste encima. Mira, es la hora en que San Robinson, el soñador de bailarinas que ahora lee libros de paleontología, se asoma a su ventana ennegrecida para ver los coches alejándose del estacionamiento del centro comercial.

"Jethro Tull en Vietnam", por Lester Bangs

Una traducción más de la obra del maestro Lester, en esta ocasión la reseña de un concierto da pie a una peligrosa expedición en pos de los secretos orígenes de esa desconcertante anomalía de la naturaleza llamada Jethro Tull.

Montonal de jóvenes faltaron a la escuela el pasado noviembre cuando se anunció que Jethro Tull daría dos conciertos en la Arena Cobo de Detroit. Las filas, las más largas que haya presenciado la gerencia de Cobo, empezaron a formarse a las 7 de la mañana. Para cuando abrieron las taquillas –tres horas más tarde- cuatro mil chicos estaban arremolinándose a sus afueras. Un testigo lo describió como algo parecido al “tercer día de un festival de rock de tres días”. Compraban de a cincuenta y cien boletos a la vez, el primer concierto se agotó en tres horas. El segundo se agotó al día siguiente: en el transcurso a duras penas se evitó un motín, llegaron escuadrones TAC y se levantaron barricadas. Todo esto pese al hecho de que los boletos habían subido un dólar en comparación con el precio de $5.50 en su gira anterior de mayo, cuando sólo unos pocos miles de personas quedaron fuera y los irritados seguidores de Jethro rompieron cuatro puertas de Cobo.
Puede que la violencia no sea algo típico en las giras del Tull –todavía- pero los números eran indicadores de una nueva fiebre. La fanaticada de Jethro Tull había crecido hasta ser lo suficientemente vasta para calificar como una de las historias de éxito de nuestro tiempo. La banda misma había evolucionado rápidamente desde sus tempranas derivaciones de blues hasta un material más artístico, melódico y complejo, de modo que para su cuarto álbum estaban adentrándose en grandilocuentes suites conceptuales a una escala jamás igualada de este lado de Moody Blues. Aqualung era dos caras de LP con desenfrenada crítica social moralizante, letras densas ubicadas en paisajes musicales tan heterogéneos (rock, Rock, una pizca de rock’n’roll, mucho de jazz imitativo y esfuerzos de folk tanto británico como norteamericano, así como el extraño enroque “clásico”) que se han vuelto un estilo característico.
Hasta ahora Jethro Tull nunca ha colocado un sencillo de éxito en la radio AM de este país, y son un caso prototípico de grupo “subterráneo” convertido en sensación internacional estrictamente a base de sus álbumes. A las alturas de Aqualung casi no tenían otra opción, pues para esa época (1970) sus escenografías musicales se habían inflado al punto en que no dejaban espacio para el tradicional sencillo whambam muchas gracias damitas de dos o tres minutos. O tomabas todo el pastel o nada.
Mientras tanto, Jethro Tull consolidó su posición apretando su directo. Su poder de atracción crecía a saltos geométricos cada vez que venían de gira a Estados Unidos y no era sólo por la música. El elemento, el centro de atención era Ian Anderson, un derviche rabón de ojos bravíos, chalequito y actitud fustigante que tocaba largos y violentos solos de flauta con ecos de música de cámara como si estuviera boxeando con el instrumento –el Eric Clapton de los vientos.
Anderson siempre ha seguido el trote de viejas figuras de Roland Kirk: vocalizaciones en la flauta, soplar en exceso, incluso el histrionismo que se convirtió en el centro de su desempeño escénico. Hasta donde sé, Roland Kirk nunca puso la flauta entre sus piernas en la más grotesca suerte de estratagema escénica como lo hace Anderson, pero Roland Kirk fue el salvaje originario de la flauta concertista, y Anderson debería admitir lo mucho que le debe.
Dudo que lo haga. No me fue posible hablar con él, pero hablé con el baterista de Jethro, Barrie Barlow, en el bar de un hotel después de una tocada la primavera pasada, y ante la idea de que Ian tuviera influencia de Kirk o cualquier otro sólo tuvo burlas. Su música, continuó, provenía por completo de las mentes y las experiencias de Jethro Tull, no tenía precedentes, no encajaba en ninguna tradición y era completamente original. Lo cual probablemente sea representativo del sentir general de la banda.
En cualquier caso, se han ganado el derecho a ser arrogantes. Aqualung era un gigante, y el que siguió, Thick as a Brick, tardó un año en realizarse y era todavía más grande. Más grande en todo sentido: en la historia del rock la única ocasión anterior en que una sola canción había abarcado las dos caras de un LP fue con “Refried Boggie” de Canned Heat en Livin’ the Blues, y eso no era más que una improvisación extendida. Brick era un alce de dimensiones totalmente distintas: una serie de variaciones (aunque realmente no tan variadas como para sostenerse durante cuarenta minutos) de un sencillo, un tema simple, que empezaba como una especie de melancólica melodía del folklore inglés y pasaba por tempos de marcha militar, guitarras de alto poder, glockenspiels, dramáticas descargas de stacatto como algo salido de la pista sonora de una película y solos de Anderson en abundancia, cubriendo desde el principio del lado uno hasta el final del disco.
Todo el asunto estaba construido alrededor de un largo poema de Anderson que por sí mismo sentaba nuevos parámetros en el canon del Tull sobre sentimientos magnánimos y denuncias bíblicas moralizantes de urbanidad contemporánea. El primer verso iba “Realmente no me importa si escuchan esto hasta el final”, un gancho clásico que establecía el tono de toda la pieza, atestada de coplas como

Las virtudes de castillo de arena fueron todas arrastradas
En la marea destructiva del revoltijo moral

¿De donde venía esto, en todo caso, y qué decía de la forma en que, no sólo Anderson y Tull, quizá la mayoría de su público, se relacionaba con el mundo? ¿O era como en “American Pie”, sólo un montón de palabras que significaban tanto como tú quisieras o no significaban nada, pero sonaban lindas con la música? Pregúntenle a un fanático del Tull y obtendrán una mirada en blanco; la mayoría, según parece, nunca se ha detenido a analizar esto. Ellos sólo saben que les gusta, lo cual está muy bien.
Les gusta tanto, de hecho, que Thick as a Brick llegó disparado al número uno de las listas, y hasta el momento la banda ha realizado dos giras con localidades agotadas sustentada en esa fortaleza. En la segunda gira agotaron el Madison Square Garden por una semana seguida. Todo con base en un álbum –y un estilo- que en la superficie a cualquiera debería costarle mucho ponerle atención. Ahora, los conciertos del Tull son una verdadera experiencia, incomparable, para bien y para mal.
No se equivoquen: en términos puramente profesionales, Jethro Tull no tienen par. Se distinguen porque nunca fallan en dar un espectáculo en la plena extensión de la palabra, con todo lo que saben cualquier chico pagaría gustoso por ver: música, volumen, disfraces, histrionismo, solos apabullantes, conciertos largos, dos regresos al escenario. Los Jethro Tull son diestros y disciplinados; trabajan duro y tienen entrega.
Lo que entregan es una de las mezcolanzas más curiosas implementadas sobre cualquier escenario. Si bien sus letras generalmente muestran una inclinación moralista, los miembros de la banda salen como todos unos lunáticos, y el contraste funciona. Van vestidos hasta los dientes, habitualmente chalecos victorianos y pantalones apretados, y desde el instante en que Ian Anderson pisa el escenario trabaja a la audiencia con toda la maestría de un titiritero protegido de Merlín que frecuentemente exhibe. Da vueltas y respinga con gracia espática, creando un remolino a su alrededor, agitando sus dedos en el aire como si estuviera lanzando hechizos a los balcones. Sus ojos, actuando el brillo de un sátiro, se le ponen bravos y saltones. Con gran eficacia se hace pasar por un loco envuelto por violentos vendavales salidos de lugares inimaginables. Explota su flauta hasta el cansancio: bastón, varita de mago, espada, arma de fuego, falo, palo de golf, hacha mágica de virtuoso. La hace girar como porrista y provoca espumarajos de frenesí entre el público con su ayuda, luego se la lleva a la boca y los pone en trance con un solo extenso y melodramático.
Jethro Tull son entretenedores de tal solidez que aun si no toleras su música, suelen darte algo que te deja embobado. Gran parte es auténtico vaudeville. En una pausa, Barlow camina hasta el micrófono, muestra un platillo de juguete, levanta una baqueta y le pega con una floritura exagerada. Al hacerlo se pone en puntas de pie y arquea su pierna derecha atrás, como si fuera una caricatura de Nureyev, dirigiendo su mirada a la audiencia con agresividad descarada. Obtiene una ovación de la audiencia y el eco de otro platillo salido aparentemente de la nada lo pone en un estado de perplejidad también exagerada. Ve a su alrededor, se rasca la cabeza y golpea el platillo una y otra vez, cada vez más rápido, los ecos siguiendo el mismo paso, hasta que de repente el resto de la banda se congrega a su alrededor, cada uno con platillos idénticos que, baqueta en mano, aporrean salvajemente. El público se lo traga.
También utilizan disfraces, de manera demasiado calculada y exitosa para ser sorpresiva. Pero ustedes qué pensarían si vieran a una banda detenerse a la mitad de una larga canción para:
Leer un “reporte climático” de mentira.
Vayamos a la parte donde uno de los miembros del grupo camina al micrófono y empieza a gesticular, dirigiéndose a la audiencia, mientras otro integrante vestido de gorila imita cada uno de sus movimientos a sus espaldas.
Dando saltos por el escenario vestidos de conejitos.
Otra vez alto a la música, el silencio es roto por el timbre de un teléfono de utilería que un miembro de la banda contesta: “¿Hola? Oh, sí, voy a ver si anda por aquí”. Voltea hacia el público: “El sr. Mike Nelson tiene llamada”.
Y entonces un secre o quien sea vestido con un equipo de buceo completo, incluyendo aletas, escafandra y tanque de oxígeno, sale aleteando a la izquierda del escenario, toma el auricular y sin emitir una palabra finge tener una conversación breve, luego se marcha dando más aletazos mientras la banda rompe en un pasaje particularmente salvaje de Brick encontrándose con una aclamación exorbitante desde la zona de galería.
Si ésa es su idea de esparcimiento, apúrense a conseguir un boleto la próxima vez que Jethro Tull pase por su ciudad. Con que consigan uno, ya la hicieron . Dista mucho de mi idea de rock’n’roll, pero quizá sea que esa idea ya caducó. O quizá esto no es rock’n’roll y tampoco le hace falta disculparse por ser otra cosa. Los Jethro Tull van a estar por aquí un tiempo, sin duda se harán más grandes de lo que ya son, y sus producciones musicales van a inflarse todavía más –resulta difícil imaginarlos sacando un disco zigzagueante a la “álbum blanco” de los Beatles. Y probablemente en su triunfo haya una lección que todos deberíamos aprender.
Si eres parte de un grupo o representante de un grupo y quieres ganar mucho dinero, debes seguir los métodos que cimentaron en los setenta grupos como Alice Cooper y Jethro Tull. Debes hallar un estilo de música por el cual sientas cierta afinidad, desarrollarlo y afinarlo hasta el ínfimo detalle, luego envuélvelo en la corriente social o molde cultural que mejor le quede (indeterminación sexual, en el caso de Alice, cólera pomposa contra quienes dividen a la sociedad y la corrupción en Jethro).
Después querrás desarrollar un directo elaborado. A estas alturas puedes ponerte todo lo arbitrario que quieras, porque la mayoría de las bandas todavía no piensan en estos términos. Además, mientras más arbitrario seas, habrá más personas que puedan llamarte “dada” o algo así de impresionable. Como sea, lo único que importa es que a la gente le des algo de color y movimiento que ver para que no estén retorciéndose en sus asientos mientras te escuchan.
La etapa final es disciplinarte de forma rigurosa, ensayando todo el numerito hasta que no haya fisuras, hasta que puedas ir y entregar trancazo tras trancazo a lo largo de tu concierto sin perder tu balance. Púlelo todo y comercialízalo. Funciona.
En la creación de cualquier cosa uno llega al punto en que las trampas y el oropel y la construcción se vuelven tan importantes que realmente deja de importar lo que haya dentro. El espectáculo puede ser totalmente planeado: música ultra-formulática, cositas para resaltarlo todo, cabuses cargados de utilería, posturas y pavoneo coreografiado, incluso la audiencia reclutada para responder a tiempo, educada en el proceso de conciertos anteriores y películas de festivales. El asunto entero puede ser así de vacuo y, como alguien se ha tomado la molestia de entretenerlos, todos regresan a casa felices. El negocio del espectáculo es gracioso en ese sentido.

POSTLUDIO: DESPUÉS DE LA CAÍDA
Por más que me hacía cruces y pujaba seguía sin quedarme claro. ¿Exactamente cuál era la barrera que rompían los dichosos Tull? No comprende.* Hasta que un día, más bien por acccidente, se me ocurrió poner un disco que había estado rellenando mi colección con el título de Music of Vietnam. Era una de esas cosas que edita Folkways, ya saben, cantos arcaicos de apartadas poblaciones rurales, el cual tenía porque algún liberal me lo endilgó en una ocasión y nunca más regresó. Así que lo puse porque de cualquier forma ya estaba muy cansado de andar bailoteando y ¡SONABA IGUALITO QUE JETHRO TULL! La música folk de las selvas de Vietnam, alguna con miles de años de antigüedad, y me lleva si sus viejos grupos tonales no coagulan en alta consonancia con lo que hacen Ian y los muchachos. Los ritmos eran similares, aunque no tan tiesos ni marciales, y los maestros de las cañadas con sus flautas de bambú dejaban a Ian A. en una mera T.
Así que sabía que sólo me quedaba una cosa por hacer. Acudí a la discográfica Warner Brothers para que me mandaran a Saigon sólo para aclarar todo este asunto, sacárselo al caballo directamente del hocico. Por así decir. En cuanto llegué desfilé hasta el palacio presidencial, decidido como un búfalo marché adentro de él y me planté inamovible frente al escritorio del presidente Thieu. Gracias a Dios por las conexiones en Washington de Mo Ostin. Estaba haciéndose historia aquí y ahora.
No perdí el tiempo. “Mire”, le dije, “tengo aquí este álbum por un puñado de esperpentos ingleses que se hacen llamar Jethro Tull”, y le entregué una copia de Thick as a Brick. Thieu es frío como un bacalao: abre el álbum, ojea unas páginas del cuadernillo incluido a medio sonreír, lee algunas de las letras, luego voltea hacia un elaborado componente de sonido Garrard en la parte trasera derecha de su escritorio y pone el disco. Pronto la misma maldita canción retumbaba en los gigantescos amplificadores Marshall en las esquinas este y oeste del cuarto. Justo a mi derecha, frente al escritorio del presidente está sentado el embajador de Uganda, quien conferenciaba con el presidente justo cuando yo irrumpí y ahora ha quedado obviamente relegado, quizá sintiéndose un poco ofendido. ¿Falta de protocolo diplomático? ¡Gran cosa! ¡Tenemos que resolver este cochinero del Tull por el bien de los Estados Unidos!
Así que mientras el Papa Thieu escucha los primeros cinco o diez minutos de Thick as a Brick, le cuento toda le historia. Cómo los Jethro Tull rompen tantas barreras que ni siquiera están en la sala. Cómo se me cansó el cerebro tratando de sobreponérmeles o sacarles la vuelta y siempre los encontraba tan ineludibles que se volvieron cuestión de vida o muerte y yo estaba en fase terminal. Cómo había dado con el álbum vietnamita de Folkways – y se lo entrego. Thieu le pasa la mirada con una sonrisa y me lo regresa. El embajador de Uganda empieza a parecer interesado. Thieu se recarga en su silla giratoria, junta los diez dedos y escucha unos compases más de Jethro Tull. Luego lo quita, se da la vuelta y me dirige la sonrisa más condescendiente que haya visto en mi vida.
“Siempre me ha sorprendido”, dice, “cómo ustedes los americanos pueden alimentarse con el peor tipo de basura y aun así sobrevivir, pero ahora creo que finalmente entiendo. A mí tampoco me gusta Jethro Tull –nunca me ha gustado, ni siquiera cuando todos mis amigos empezaron a rellanarme los oídos con This Was –aunque quizá no por las mismas razones que a usted lo han conducido a estos extremos.
“No me gustan porque usted tiene razón. Suenan a música folk vietnamita, y ¡yo no soy folkie! Desprecio ese ruido sucio, excedido en ritmo, de finales abiertos. Que me den jazz progresivo a cualquier hora –Peanuts Hucko, “Big” Tiny Little- y estoy feliz. Un hombre debe moverse conforme a los tiempos, y los tiempos exigen el bop: ¿cómo es que un hombre en mi posición puede decir que el bop está mal? No llegué hasta aquí nadando contra la marea. Veo soldados estadounidenses caminando por el palacio todos los días con esos discos de bop en las manos, y de vez en cuando voy y les pregunto que me los muestren. Les hablo en el lenguaje que entienden: “¿De qué se habla, Thunderbird?”. Y ellos responden que de lo que se habla es del “rebop”. Todos los discos que me muestran de esta gente, Chuck Berry, Elvis Presley, los Rolling Stones, tengo entendido por mi comunicación con su gente, que son rebop, sea bueno o malo.
“Pero como cualquiera puede darse cuenta, la música vietnamita no es rebop. Ni siquiera es bop. Es una cosa congelada e incómoda, pero insistente. Estas culturas antiguas no mueren con facilidad. Es por eso que todavía tocan ese ruido deleznable en los arrozales y por qué algo como Jethro Tull es popular entre su gente. Ya que, usted lo sabe, algunas personas no aguantan el rebop. Y la razón por la que no me gusta Jethro Tull y por la que sospecho a usted tampoco le gusta Jethro Tull es que ¡les falta rebop!”
Volvió a recargarse tras dejar su punto en claro y sonrió. Todavía estaba intentando descifrarlo cuando el embajador de Uganda se inclinó y me tocó en la rodilla. “Oiga”, me dijo, “¿y a cuenta de qué toda esta obsesión con eso del “rebop”?”.

*en español en el original.

Lester Bangs, revista Creem, mayo de 1973; según aparece publicado en Psychotic Reactions and Carburetor Dung. Grail Marcus (ed.). Nueva York: Anchor Books, 1988.
Versión al castellano: eRRe - erremental.blogspot.com


martes, 27 de mayo de 2008

Pequeña oración a Syd


Syd Barret que estás en el Hades
Protégenos
A todos los que esta noche no encontramos el camino a casa
A tus fieles rezando a la puerta de la destilería
A los chicos fluorescentes con mielina de tulipán
A los que hoy dormirán abrazados a botas que perdieron la suela
A todos los que viajamos deslumbrados bajo tu sombra
Protégenos de tu caída

Gente impresentable

Una gente impresentable
por donde quiera que vamos
hay que llevar la contraria
porque si no reventamos
debemos ser algo tontos
porque no nos enteramos
que nos comen la merienda
ya hasta los propios marranos.
-Celtas Cortos

Todos corremos el riesgo de toparnos con uno de ellos, están por todas partes: en la escuela, en tu lugar de trabajo, apretándose a tus costillas en el metro, en los restaurantes más caros y en la televisión. El encuentro puede suceder en el momento más inesperado, cuando te sientes tranquilo con tu melancolía y estás escuchando un disco que te gusta a todo volumen y piensas qué escribirás en ese correo y te vas echando en reversa para estacionarte... cuando, ¡zas! Imbecilidad a la vista. Un coche llega y se mete con toda la mala leche del mundo. Mentas madres y vas a estacionarte a otro lugar. Cuando llegas a la tienda te encuentras a un par de energúmenos vociferando quién sabe cuánta madre. Tú les respondes que son unos gatos y no estás acostumbrado a tratar con personajes de tan baja estofa. Uno de los gatos empieza a gritar como desesperado "chúpamela, "chúpamela". Esbozas una ligera sonrisa ante la traumatizada vida sexual del pobre diablo y le respondes, "no, maestro, yo no le hago a eso, chúpatela tú si te alcanzas". Pero ya ves, hay atracciones fatales, esta imitación de hombre te sigue rogando "chúpamela, chúpamela", y como no ves que te ofrezca ninguna paleta o algo por el estilo, vuelves a reírte y procuras explicar: "lo siento, maestro, soy machín, a ver si te alcanzas y te la chupas tú", a estas alturas más bien empieza a darte lástima y le das unas palmaditas en la espalda... y a cambio recibes un manazo en la jeta (ay, manis, manis)... y la imitación de hombre, como era de esperarse, sale corriendo y hace un alarde de cobardía, como si no fuera suficiente exhibir de forma tan patética su frustración sexual . Como te corre sangre en las venas intentas perseguirlo, pero no quieres rebajarte a la altura del cobarde, así que mejor tomas tu sitio en la fila de la tienda para comprar lo que necesitas. Mientras, el otro gato, el amigo del cobarde se queda junto a ti soltando palabras incomprensibles. Cuando finalmente regresa el cobarde... bueno, hay que dejar las cosas claras, y le devuelves su mismo manazo maricón... y cuando el amigo se da cuenta del peligro que corre el cobarde, te sujeta las manos y te jala para atrás... Así que no sólo era un cobarde, sino dos... Al estar a punto de irte, caes en la cuenta... el segundo cobarde es un tipejo que has visto en la televisión... Entonces te da tanta lástima que sientes naúseas... un tipo de vida inútil, de esos que por decreto cualquier ciudadano de provecho debería tener el derecho de quemar si tiene una lata de gasolina a la mano, salido de un triste concurso de VJ's para rescatar un canal musical agonizante, una de esas basuras valemadristas que se creen merecedores de reverencias por perderse todo el respeto a sí mismo ante los ojos de todos en Big Brother, un excremento de carne y hueso que debió rodar por las calles de la ciudad para que alguien le costeara un seguro médico al pobrecito, una bola de grasa cuyo único mérito ha sido bajar decenas de kilos... gracias a una operación de bypass gástrico... es decir, alguien que nunca ha conseguido nada usando sus propias manitas y cabecita... lástima, lástima que le hayan podido sacar a la ballena que nadaba en su asquerosa barriga, pero que la ciencia médica no alcance para limpiarle de mierda las neuronas... Al final cualquier persona medianamente civilizada más bien se compadecería... de él y de su amiguito... al que ojalá le haya cumplido con la chupada que tanto anhelaba, era notable que buena falta le hacía.

domingo, 25 de mayo de 2008

A Guinness at the pub...


So…
Vamos a bailar
Usa los pasos ensayados en las callejuelas histéricas de Londres
Yo llevaré los movimientos que aprendí de las sombras en mi cuarto
todos estos años me los pasé inventando el verano,
el viento que apenas levante la punta del pasto en tus valles
tocando los tambores.

Atrévete a desafiar el océano a lomo del pegaso que te mando
nos vemos en la hipérbole esta noche, vestidos de venganza,
con tablas antigravedad para surfear las crestas del hilo
que nos conecta traspasando ajados músculos estelares

Vamos a bailar, a derramar la copa de champaña,
a reírnos hasta ver un chorrito de oro bajándote por el muslo
Vamos a hincarnos en la pista de baile, a romper en carcajadas,
Vamos a tomar la orquesta por asalto y a sacarnos
Instrumentos de los huesos. Vamos a hacer ruido.
Vamos a sacudirnos
Y desaparecer

Todas las niñas bailan, todas las niñas menos usted,
usted arrinconada con las telarañas, le traigo buenas noticias,
acabo de renunciar a la banda, and the music’s mine, I’ve got the style
acérqueme su oído, debe usted llevarlo al mundo.
Voy a enseñarle un nuevo paso, le dicen el “quitapenas”,
Lo mejor es que igual podemos bailarlo esta noche en la terraza
que mañana con medio mundo de distancia

jueves, 22 de mayo de 2008

Toc-toc

¿Dónde anda el eRRe, que nadie contesta en su casa?

Lejos, muy lejos.

¿Y tardará en volver?

Para empezar quién sabe si vuelva...

¿Y para terminar?

Los días que ruedan veloces colina abajo

martes, 13 de mayo de 2008

martes, 6 de mayo de 2008

Cierre de la encuesta (con regalito incluido)

Ha concluido la encuesta sobre el destino de eRRemental y los amables visitantes han decidido que este espacio prosiga. Frente a los cuestionamientos o los abiertos reproches de algunos por entrever la posibilidad de tronar este rocanrol, lo más que puede el eRRe es contestarles con otro cuestionamiento: ¿por qué se quejan de algo que ustedes practican en su vida ordinaria? Todos sabemos que el hoy no es garantía de mañana, “los amigos del barrio pueden desaparecer, la persona que amas puede desaparecer”, susurra el eco de Charly García. Otro argentino, Julio Cortázar, escribió que girar la manivela de la puerta para salir a la calle todos los días es el acto más temerario de la existencia. Y ojalá fuera una situación tan fácil de solucionar como responder a una encuesta. Lo único que hizo el eRRe fue traer algo de ese jueguito aquí, ya saben, para que el blog se sientiera más vivo. Y sí, a veces también uno se cansa y se pregunta qué sentido tiene todo esto y se queda hueco de palabras y prisionero de una rola de Gerardo Enciso: “me siento apagado, como un cerillo apagado”. Y necesita alimento para el ego, palmaditas en la espalda, besos en la frente, show me the love! Una encuesta cerrada con 13 cabalísticos votos.

En agradecimiento a los votantes y al resto de los pasajeros eRRemental los invita a escuchar un par de sendos tributos a dos artesanos mayores de la canción.

En primera instancia “Anywhere I Lay My Head”, uno de los álbumes más esperados del año en el que Scarlett Johansson debuta cantando 10 canciones tomadas de diversas partes del catálogo Tom Waits bajo la producción de David Andrew Sitek, miembro de TV on the Radio, más una canción original compuesta por el productor y Scarlett. Como buen fetichista que es, el eRRe quisiera que el disco le hubiera gustado más. Si bien tiene una sonoridad expansiva interesante con una orquestación modelada en la estela de Cocteau Twins, la rubia de nuestros ojos dista de ser Elizabeth Fraser y pasado un rato su voz atolondra o aletarga. Desgraciadamente tampoco le alcanza para ser Nico y, al menos en este primer esfuerzo, es incapaz de convertir la presencia de sus limitaciones vocales en tensor sexual o metrónomo anímico del repertorio. Igual no le faltarán devotos onanistas.
Pueden descargarlo aquí:
http://narod.ru/disk/213834000/Scarlett%20Johansson%20-%20Anywhere%20I%20Lay%20My%20Head.zip

Todo lo contrario “Acordes con Leonard Cohen”, un tributo armado a partir de las contribuciones de distintos artistas de la península ibérica (más algunos fuereños distinguidos como Jackson Browne, Anjani Thomas, actual compañera del maestro, y su hijo Adam Cohen). El concepto sigue el esquema de “I’m Your Man”, el concierto que a finales de 2004 y principios de 2005 coordinó el productor Hal Wilner con la participación de Nick Cave, Rufus y Martha Wainwright, U2, Jarvis Cocker, entre otros, y que el año pasado se estrenó como película: una misma banda de finísimos músicos por la que desfilan diversos cantantes que aportan singularidad a cada interpretación. En este caso el proyecto estuvo al mando de quien podría nombrarse el traductor oficial de Cohen al castellano, Alberto Manzano. Aunque le parezca en ocasiones que las adaptaciones de Manzano francamente se apartan demasiado de la intención semántica de los textos originales, el eRRe debe reconocer que funcionan en el contexto del canto y por lo menos conservan fidelidad al espíritu del poeta. Lo sabroso aquí es que no se trata de una mera imitación; mientras la banda de “I’m Your Man” conservaba un sonido jazzero de Nueva Orleáns, en “Acordes con Leonard Cohen”, desde el cimbrador inicio de “Mi gitana”, interpretada muy de acuerdo al título por el cantaor Duquende, el grupo nunca pierde el tono castizo que deja claro, no sólo la procedencia del homenaje, sino el lugar que ocupa España en la geografía poética de Cohen, dada la admiración que éste siempre ha manifestado por Federico García Lorca, lo cual provee de un significado superior a la versión bilingüe que Santiago Auserón hace a “You Know Who I Am” o la desgarrada (quizá demasiado) entrega de su hijo Adam en un “Toma este vals” casi en perfecto castellano (con notorio exceso de precaución). Además, el haber optado por un grupo de acompañamiento más bien compacto crea cierto aire intimista por el cual transcurren con fluidez los dos discos del paquete (que en su versión original también incluye dvd). Este nivel sostenido dificulta destacar un momento en particular, aun así está justificado suponer que uno de los atributos de Anjani que enamoraron al inquilino de la torre de la canción fue su voz, nos regala su elegante trino en “Thanks for the Dance” (también versión bilingüe) y “Half the Perfect World”; la chanteuse danesaespañola Christina Rosenvinge también se discute un “Impermeable azul” a la medida, Toni Soler esculpe una memorable “Susanne” en catalán y el dueto de Perla Batalla y Javier Colis en “Balada de la yegüa ausente” puede provocar combustión espontánea; vale también decir que, sin sorpresas en el frente, el momento de apretar “skip” llega cortesía del campeón en esta disciplina, Luis Eduardo Aute. En general, un homenaje en toda la extensión de la palabra que se suma a la lista de quien quizá sea el cantautor vivo al que se hayan dedicado los mejores discos de este tipo.
Escúchenlo en cuatro partes:
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No es por dárselas a desear...

...pero esta cena rockeo durísimo

jueves, 1 de mayo de 2008

Oh Danny boy, the pipes, the pipes are calling…

Aunque sucedió exactamente hace dos semanas, fue apenas esta mañana que el eRRe se despertó, como un mazazo para terminar de integrarse al día, con la noticia de la muerte de Danny Federici, el organista de la E Street Band que acompañaba a Bruce Springsteen desde los lejanos días de Child y Steel Mill, las bandas seminales del “Jefe” a finales de la década de 1960. El 21 de noviembre pasado, la oficina de Springsteen había emitido un comunicado para dar a conocer que Danny dejaría temporalmente la gira que hasta la fecha conduce la E Street Band alrededor del mundo para someterse a un tratamiento contra el melanoma. Quizá fuera el menos vistoso de la E Street, cada noche que Bruce lo presentaba hecho un energúmeno de rocanrol, él apenas se hacía notar agitando la mano allá atrás de su Hammond y su Glockenspiel. Musicalmente, sus partes aunque igual de discretas eran un pilar que daban organicidad a la fiesta que armaba el resto de los habitantes de la calle E. Son muertes como ésta las que nos hacen sentir el paso del tiempo, no las muertes pasmosas y legendarias, sino las muertes de los tipos callados, con los que crecimos asumiendo que siempre estarían ahí, haciendo lo que saben hacer, y que realmente no empezamos a apreciar hasta luego que se han ido. Algo así también pasó cuando murió John Entwistle, “el Buey” de The Who, todos extrañamos los dedos del chico que nunca se movía. Ahí tienen, otra banda predilecta que, mientras no le quede de otra que seguir haciéndose viejo, el eRRe sólo pudo ver completa en el escenario de sus sueños…