"Do you love me?
Now that I can dance"
-Del éxito de 1962 de The Contours "Do you love me?", escrito por Berry Gordy, Jr.
“Antes de liberar nuestras mentes, no hay que olvidar que el rocanrol liberó nuestros cuerpos”, decía en una entrevista Steve Van Zandt, el guitarrista de Bruce Springsteen –y el Silvio de Tony en Los Soprano. Es verdad. Hoy en día el rocanrol, o mejor dicho el “rrrrrrawk” se ha convertido en todo lo que lo rodea: en sexo premarital, anuncios de telefonía celular, en la base de nuestra cultura portátil y personalizada (aunque no lo crean hijitos, el iPod y el iPhone no hacen más que prolongar la idea de los discos de 45 revoluciones: llevar tu entretenimiento a todas partes). Principalmente el rocanrol se ha vuelto en una idea empresarial por demás redituable para colocar productos en el mercado (principalmente juvenil), pero que poco tiene que ver con la música que le dio nombre.
Stevie aka Silvio declaraba lo anterior en alusión al programa que tiene en la radio satelital Xirus donde programa básicamente oscuras bandas de garaje que propagan ritmos infecciosos que te sacuden el esqueleto. Personalmente lo detesto porque soy pésimo bailando, pero eso no impide darme cuenta que ahí está el incio de nuestra admiración por las estrellas de rocanrol, lo demás vino después (o ya estaba antes, como lo quieran ver): la lírica, la política, la ideología, el sexo, las pedas, todo eso bien puede existir fuera de la música. Cuando Elvis movía la pelvis pudo haber pasado por un loco, en cambio se volvió un gigante que bailaba con las multitudes. No son ñoñerías. El baile puede cambiar la vida de una persona más rápido y de manera más efectiva que la letra más críptica de Dylan. Una de las personas favoritas de mi vida me ha contado tantas veces la alegría que sintió la primera vez que la sacaron a bailar que me hubiera gustado ser ese niño, un niño al que le gustaba bailar. Pero hablo de algo más.
Hablo, por ejemplo, de la encantadora invitación que Francisco Nixon hace en “Inditex”, una canción que entenderá cualquiera que haya desarrollado algún tipo de infatuación por una persona a la que uno sabe que lo más probable es que nunca reúna el valor de hablarle -la dependienta de una tienda en este caso-, albergando desde lejos la esperanza de reunir el valor para que “un día de estos si me animo te invito a ir a bailar”. Buscando en Youtube si había un video para este corte que abre su álbum El perro es mío (2008) –no lo hay, por cierto, puras cosas hechas por los fans-, una usuaria se quejaba: “hoy en día ya nadie invita a bailar”. Y es cierto. ¿Por qué si le debemos tanto no le pagamos al rocanrol esa última cortesía? No es como sacar a bailar a alguien en una fiesta o en una boda, porque tus papás te pican con alfileres o porque tu esposo te lo está pidiendo. Es invitar a alguien a ir a bailar como la contraparte (o sea el paso después de) ir a misa. Por algo es un tema recurrente en algunas de las más grandes canciones de rocanrol, ni siquiera te hace falta una pareja para ponerte bailar, la música es tan poderosa que lo justifica –y de ahí se desprende la larga tradición de canciones onanistas que lleva a “Dancing with Myself” de Billy Idol como principal estandarte. Es la música que le devolvió su propiedad ritual al baile, que sí, puede ser el prolegómeno de una actividad física más íntima, pero también puede que no pase de ahí, quedarse en el puro acto simbólico de bailar. ¿En qué momento el rocanrol dejamos de bailar? La escena rave que en sí misma no ofrecía nada nuevo respecto a la idiosincrasia rocanrolera brevemente nos devolvió la fe de una comunidad unida por el baile, pero como siempre nos las arreglamos para echarla a perder llevándonos vidas y billetes de por medio. Y los jipitecas que a las 2 de la mañana prefieren bailar cumbias a canciones de rocanrol pretendiendo que así se distancian del imperialismo yanqui me dan risa y lástima porque no se dan cuenta que no estarían ahí, a esas horas, haciendo lo que hacen, moviéndose como se mueven, metiéndose lo que se meten, si no fuera por el rocanrol. ¡Qué hueva de mal agradecidos! Por eso, la próxima vez que encuentre una chica que me guste, voy a saltarme la trilladísima invitación de ir al bar por unas cervezas y luego a la farmacia por preservativos para intentar algo más arriesgado, más viril: voy a invitarla a bailar... y no cualquier pinche musiquita... voy a invitarla a bailar rocanrol... si me animo, claro.
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