jueves, 19 de septiembre de 2019

Del silencio que cimbra y la resurrección por Nusrat Fateh Ali Khan al tercer día


Dios habla en muchas lenguas, una de ellas es el terror. Nunca he sido muy sensible a los temblores, así que cuando escuché la alerta sísmica, apenas dando la vuelta a la esquina de la calle donde vivo, apurado por llegar al metro para realizar mi programa en Rock 101, lo primero que pensé fue: “¿pues qué no ya había sido el simulacro? ¿Va a ser cuestión de todo el día?”. Pero vi que los meseros de unos restaurantes ubicados a la vuelta salían, uno de ellos dijo “está temblando” y entonces sentí el jalón.  Me fui a la esquina, volteé arriba y vi el edificio encima de uno de esos restaurantes meneándose como al ritmo del Muertho de Tijuana, pero más me asustó ver la cadencia que se traían los cables eléctricos. Era como una escena de los cómics que hasta el año pasado editaba, como un ataque marciano o una visita de Galactus, en serio eso pensé, riéndome para mis adentros, al tiempo que me desplazaba a mitad de la calle Concepción Beistegui en su cruce con Av. Universidad. Y entonces uno de los meseros dijo:”¡ya se cayó algo allí!”. Miré de reojo –todavía cuidándome de los cables eléctricos- y reconocí la nube de polvo porque en el 85, de niño, me tocó ver caerse una construcción a escasos 5 metros de mi autobús escolar.
Cuando pasó, volví corriendo a casa para ver cómo estaba mi mamá y un tío que en ese momento se hallaba de visita. Revisé rápidamente el hogar, un montón de discos y libros caídos pero nada más. Entonces me entró aprehensión, no sólo por la responsabilidad del trabajo –después de todo, hacemos radio, informamos a la gente-, sino por nuestras instalaciones y mis compañeros, no podía comunicarme con ninguno de ellos, no tenía señal en el celular . Me fui corriendo a un sitio de taxis cercano y aunque el conductor estaba dudoso de llevarme, conseguí que me trasladara hasta Insurgentes y Coahuila. De camino vimos el edificio derrumbado en Viaducto, entre Medellín y Monterrey. Ya de a pie, rumbo a la estación, también me tocó ver algunos de los estragos en la Condesa. Me encontré a Jorge Concha, quien me contó cómo vivió la experiencia., no le dio tiempo de salir del edificio. “Lo que más miedo me dio fue cuando vi las caras de las señoras que me miraban con pánico desde la calle”, me confesó.
Nos regresamos caminando desde Tamaulipas hasta metro Etiopía y en el camino una probada del caos: recubrimientos caídos, olor a gas, tráfico, crisis nerviosas, un edificio incendiándose sobre Insurgentes, la calle rebosante de gente que caminaba cabizbaja, ciudadanos espontáneos que coordinaban el tráfico ante la falta de luz en los semáforos, caos, confusión, el fin del mundo, pues.
Me preocupaba que casi no teníamos comida en casa, busqué, todo alrededor estaba cerrado. Nadie tenía energía eléctrica. Llegué. Encendí el viejo radio de baterías. Y me enteré de lo de Escocia…


En la calle de Escocia, número 29, departamento 503, viví algunos de los días más felices de mi vida. Ha sido mi primer y único departamento. Ahí reí con amigos, lloré en soledad y amé a la mujer que más he amado en mi vida. En febrero de este año tuve que salirme por dos razones: ya no me alcanzaba para costear los gastos ahí y mantener a mi mamá, y porque tras la muerte de mi padre, la propiedad pasaba a mi hermana. 
Escocia es una calle muy chiquita, que nadie ubica en la colonia del Valle, abarca dos cuadras, y aunque estás entre dos ejes viales es muy tranquila. Esa mujer –la que les contaba que más he amado en mi vida-, cuando empecé a enamorarme de ella, acababa de regresar de vivir cinco años en Londres, me contaba cuentos druidas, y yo le decía que sólo había cambiado una isla por otra… Escocia… entre Ferrol y Edimburgo. Ella reía y luego ardíamos…
Me dejó por un tipo más guapo, inteligente y maduro. Ella ahora es mamá y yo no sé muy bien quien soy… si los recuerdos ya son una fantasía. “Tengo miedo de pasar por la esquina donde quedaba contigo”, creo que dice una canción cuyo nombre ahora mismo se me va… Bueno, pues debería perder el miedo porque esa esquina ahora ya no existe. O es muy diferente. Es una zona de guerra. Escocia era mi isla, y ahora está destruida..


Se ha hablado mucho del silencio que levanta un puño. Yo quiero hablarles del silencio inmóvil. De cuando se va la luz… y no vuelve… y regresa… y no vuelve. De desempolvar la vieja radio de baterías para saber… ¡’uta! ¿Qué chingados pasó? Encenderla y enterarte que sin que tú supieras perdiste un pedazo de memoria. “When the music is over turn out the lights”, cantaba Jim Morrrison, porque el silencio cuando la música termina es sepulcral. Pude haberme puesto a escuchar música. Tenía mi iPod cargado. Pero es como dice Chuck Klosterman en Killing Yourself To Live, resulta estúpido pensar en qué disco te gustaría escuchar en el momento de tu muerte, lo más probable es que sólo quepa el pensamiento de que te está cargando la chingada. Y el único sonido que se escuchaba en la ciudad –dejen ustedes la ciudad, en mi barrio- era la muerte. Un sonido ensordecedor: el sonido de la muerte es el silencio… excepto por el alarido de las ambulancias con desconocida dirección…


Cuando volvió la energía, después de reparar una puerta que nos chocaron el mismo 19 en la mañana y una fuga de agua descubierta dos días después, con algunas historias en medio que prefiero reservarme, tímidamente traté de convencerme que era el momento de volver a escuchar música. De volver a llenar el silencio. Pero los primeros pasos siempre son muy delicados. Y esto era como aprender a escuchar música por primera vez… aunque con algo de experiencia… como un lisiado, de alguna manera. Había que tener cuidado por dónde empezar. Y decidí que sería por Nusrat.
Conocí al pakistaní Nusrat Fateh Ali Khan, como casi todo el mundo, gracias a Peter Gabriel, quien lo invitó a participar en la grabación de Passion, el disco que resultó de musicalizar La última tentación de Cristo, luego siguió publicándole discos en su disquera Real World. Es exponente ilustre del canto qwalii, a su vez inscrito en la gran tradición sufi, una corriente islámica que predica la purificación de la existencia por el placer, gozar hasta que duela, o porque duele gozar, es difícil explicarlo en un párrafo; para resumirlo: es el éxtasis.   
Escuchar a Nusrat es ser arrasado por un vendaval, caer fulminado por un rayo, ser sacudido en los cimientos de la existencia por un terremoto. No importa lo que estés haciendo, adonde quieras huir, la voz de Nusrat te va a alcanzar. Como todos esos fenómenos, es una fuerza de la naturaleza con efectos devastadores. La voz de Nusrat es un fuego, pero no un fuego informe, silvestre, bárbaro. Es un fuego con intención y un fuego elevado. Quizá una imagen más precisa sería hablar de un pájaro de fuego. Nusrat me hace volar sobre un pájaro. Y ese viaje quema. Pero hay que hacerlo. Porque la otra cosa en la que me hace pensar Nusrat –acaso no muy lejana de la reflexión anterior- es en una gran huida. No hablo de fugarse de una prisión. Hablo de gente que se aleja desesperada de un gran incendio, o una inundación… o de un edificio en un terremoto. La voz de Nusrat es la cara del espanto ante la realidad. Es la escapada definitiva.
Lo que no enseñan ni en la casa ni en la escuela es que escapar nos afianza en el mundo. Escapamos en la imaginación pero los animales fantásticos de nuestros cuentos hablan ese mismo lenguaje con el que encargamos fiambres en el mercado. Escapamos de casa de nuestros padres sólo para años después encontrarnos en una nueva vida de hogar. Escapamos de la tradición para al final encontrar que creamos una nueva, porque la tradición es tiempo, y nadie puede escapar del tiempo. Tiempo y espacio, más que los átomos, son la base de nuestra existencia. La ruta de escape que abre Nusrat Fateh Ali Khan lleva en realidad a la mirada más valiente de la realidad. La que frente a sus horrores no aparta la vista. Porque vivir es un peligro. Pero la única alternativa a eso es la muerte, y ahí no hay lugar al cual huir. Es como al final de La historia interminable de Michael Ende: Bastian tiene que volver para traer el agua de la vida al mundo y que así sobreviva Fantasía; si permanece allá, significaría la locura. El efluvio de Nusrat cura la demencia, anestesia angustias y ancla a la realidad.  
 

jueves, 12 de septiembre de 2019

Noticias sobre Daniel Johnston (mail desde otra vida)


Yo creía que había estado enamorado, pero no tenía idea. Supongo que parte de lo que me gustaba de esta chica –aunque fuera más grande que yo- era que le gustaba leer los mails kilométricos y digresivos que le escribía. Y no sólo eso, ¡me los contestaba con misivas igual de extensas! ¿Cómo no iba a caer por su saeta? Después de que Yahoo Mail me borrara a la mitad y por capricho un par de mis largas cartas, adopté el hábito de guardar los mensajes en Word antes de mandarlos. Pasaron los años; el amor, como es su mala costumbre, se echó a perder; dejé de escribir mails kilométricos. Ayer, con la noticia de la muerte de Daniel Johnston, conecté un viejo disco duro. Yo buscaba música… Pero di con esto. Es apenas un fragmento (en mi defensa debo agregar: casi el texto completo) de uno de esos mails, básicamente un relato a mi manera de lo que se ve en el documental The Devil & Daniel Johnston (supongo que por ese tiempo me tenía trastornado). No me pregunten a qué quería llegar con todo el choro, yo creo que compartir las impresiones que me había dejado su música y su historia. Dejo a ustedes que juzguen si el esfuerzo valió la pena, o si la receptora del correo original tuvo razón en la fatiga de su querer.


Daniel Johnston es un santo. Me gusta iniciar los días oyéndolo cantar como en una canción infantil “Don’t let the sun fall down on your grivieance/respect love of the heart over lust of the flesh/do yourself a favour/become your own saviour” con su voz chillona, desesperada, enloquecida. Daniel sabía que un día sería famoso como los Beatles y por eso grababa casetes en la cochera de su madre que luego repartía en la calle y toda su vida la tiene documentada en casetes de audio y video. Daniel saludando “hola, soy el fantasma de Daniel Johnston y me complace mucho que hoy estén aquí para hablarles de mi condición”. Daniel discutiendo con su madre que lo llama “siervo inútil del Señor”. Daniel pidiéndole a Laurie si no podría decir al micrófono de su grabadora “te quiero, Dany”. Daniel conoció a Laurie cuando se inscribió a la carrera de arte en una universidad cerca de casa de sus papás tras haber sido devuelto de la universidad de Texas luego de manifestar su condición –qué curioso término, ¿no?, padecer una “condición”-. Daniel dice que Laurie le inspiró mil canciones y probablemente no mienta. Laurie se casó con el dueño de una funeraria y Daniel tomó Cadillac Ranch de Bruce Springsteen y le cambió la letra por “Funeral Home, Funeral Home/Going to the funeral home/Got me a casket shinny and black/I’m goin’ to the funeral and I’m never coming back”, cuando la cantó en una librería de Austin los universitarios –tan sarcásticos ellos- se cagaban de risa… pero dejaban de reírse cuando Daniel cerraba los ojos muy fuerte y apartaba las manos de la guitarra y seguía cantando como poseído, con lágrimas escurriéndosele por la regordeta cara, y se hacía evidente que ese hombre sufría. Una madrugada despertaron a un editor de Austin para preguntarle si conocía a un tal Daniel Johnston, él dijo que sí y le pidieron que acudiera al campus de inmediato. Daniel estaba desnudo en medio de un riachuelo, aventando agua con las manos y hablando del bautismo; el editor, amante de la pintura de VanGogh, hubo de pedir que lo metieran a un manicomio. Daniel salió de ahí y los güeyes de Sonic Youth se lo llevaron a Nueva York con intención de grabar y tocar. Una tarde emprendieron la típica visita por las entrañas de la Estatua de la Libertad, donde dicen que hay un acuario –no sé, yo nunca he estado-, quién sabe de dónde Daniel sacó una lata de pintura en aerosol y empezó a trazar peces en las paredes, ya sabes, el símbolo de los primeros cristianos. Los policías detuvieron a Daniel y le advirtieron que no volviera a pararse por ahí, los de Sonic Youth pagaron una fianza y decidieron que sería buena idea que Daniel volviera con sus papás. Daniel fuera de sí les replicó que si no se daban cuenta de que eso era una artimaña del demonio, que estaban siendo usados por el mal, que su misión era acabar con las legiones de Satán que hay en este mundo. Igual subieron a Daniel a un camión. Igual Daniel se bajó antes y casi mata a una viejilla que le pidió que dejara de hacer ruido mientras caminaba por la calle canturreando. Subió al edificio donde vivía la anciana y estuvo a punto de tirarla por un balcón. Daniel también casi mata a su papá. Su papá había sido piloto en la Segunda Guerra Mundial. Tenía su avionetita para no perder la práctica. Un día invitó a Daniel a dar una vuelta. Daniel leía un cómic de Gasparín en cuya portada se veía al Fantasma amigable saltando de un avión. Daniel decidió que era buen momento para intentar eso mismo. Papá dijo que no. Papá ya no era papá, era Satanás. Daniel quería terminar con las legiones de Satán en este mundo. Daniel y papá terminaron estrellándose en el campo… pero como papá había sido piloto, ejecutó una maniobra que les permitió salir con vida. Papá regresó a aliviarse a casa y Daniel al manicomio. Encerrado ahí nunca se enteró de que a Kurt Cobain, el cantante del grupo punk de moda, se la había ocurrido asistir a unos premios MTV ataviado con una playera que exhibía uno de sus diseños monstruosos. Daniel no sabía que su fama estaba creciendo. Cuando salió del manicomio el amigo que fungía de manager lo contactó para decirle que estaba en tratos con Elektra para firmar un contrato discográfico. Al amigo le costó mucho pero consiguió que Elektra le ofreciera el contacto con más concesiones en la industria para una persona que no fuera Bob Dylan: tenía en cuenta “su condición”, podía grabar cuando quisiera, las regalías íntegras de sus composiciones irían para él. Daniel no quiso firmarlo porque en Elektra grababa una banda de esbirros de Satán que temía pudieran romperle el culo: Metallica. El amigo no contuvo su enojo. Daniel pensó que él también había sido dominado por los espíritus de las tinieblas. Pero el amigo siguió comercializando las cintas por Internet. Y Daniel siguió perdido dentro de Daniel. Una mañana unos chavitos de 16 y 17 años que habían salido a tomar unas chelas en campo abierto encontraron a un hombre corpulento de más de 40 años, con la ropa desgarrada, sucio y el pelo revuelto, “hey, ¿podrían decirme cómo llego a-tal-sitio?”, uno de ellos que era fanático de la música se le quedó viendo y le preguntó: “¿qué, no eres Daniel Johnston?”. “Sí, vaya, qué bien, me conocen”. Ese mismo día Daniel y los chicos formaron una banda: Danny & The Nightmares. Daniel los atavió con camisetas de “Death to Satan” y se puso a cantar con la voz más punk que pudo rolas con títulos como “Love is for Losers” y “I Killed Satan”. Eventualmente los doctores encontraron la medicación adecuada para Daniel y él pudo tocar en Alemania y Dinamarca. Daniel actualmente vive con sus papás, que se ponen a llorar porque “él está solo y a nosotros ya no nos queda mucho tiempo”. Lo único que no le gustó a Daniel cuando proyectaron por primera vez The Devil & Daniel Johnston, el documental sobre su vida, fue “ver a mis padres llorar”. Esa misma noche, durante la premier, el productor y el director presentaron a Laurie, la mujer que había inspirado tantas de las canciones de Daniel, pero cuando lo buscaron a él nadie lo encontró. Fue hasta después, en una fiesta privada, que Daniel abrazaría a Laurie y le diría “you look like a movie star” y “let’s get married”. Laurie no sabía muy bien qué decir, así que le decía que había escuchado toda su música. Daniel se le quedaba viendo con una sonrisa gigante y no paraba de darle las gracias por ese momento al director y tomaba de la mano a Laurie que con mucho esfuerzo intentaba tener una conversación natural. Cuando MTV todavía trataba de música Daniel salió en MTV. No estaba programado, quién sabe cómo, pero salió en MTV y le mandó un saludo a un amigo de la prepa “I told you I would be in MTV!”, y cantó una canción, todo con mucha efusión, si la palabra “efusión” es la correcta aquí. Daniel roquea más que cualquier estrellita derrumbado en su cuarto de hotel con su corona de botellas de Crystal vacía y la nariz taponeada de producto colombiano. Daniel vende los dibujos que hace en hojas de cuaderno arrancadas por cientos de dólares y él no entiende muy bien por qué, aunque le gusta ser conocido. Daniel quiere hacer un cómic con Matt Groening, creador de los Simpson. Daniel hace canciones tan reales e inocentes que de verdad resulta duro escucharlo mucho tiempo, aguantar su pegada. Daniel es un miembro del Fight Club.