lunes, 28 de diciembre de 2009

Juliet, menos desnuda

Antes de Año Nuevo un comentario de la más reciente novela de Nick Hornby, Juliet, Naked. Que el 2010 nos agarre confesados...

“Habían volado desde Inglaterra a Minneapolis para ver un mingitorio”, así empieza Annie a darse cuenta que ha desperdiciado los últimos 11 de sus 40 años junto a Duncan, un maestro de escuela experto en todo lo relacionado con Tucker Crowe, cantante ficticio que se retiró veintiséis años atrás, luego de un acontecimiento sucedido ahí, en ese baño, que la mitología del rock envuelve en el misterio. En su nueva novela, Juliet, Naked, Nick Hornby continúa desplegando las habilidades que ya le conocíamos de libros anteriores para captar los cambios que los oficios y artificios del pop (la cultura de masas que le llaman en círculos mamones) han introducido en la intimidad romántica de hombres y mujeres aproximadamente desde finales del siglo pasado-principios de éste. Nunca le ha faltado flexibilidad para colocarse a un extremo u otro de las pulsiones, pero tal vez nunca antes haya inclinado la voz tan decididamente del lado femenino, ni abordado con detenimiento las alteraciones que Internet vino a meter en este caldero de por sí revuelto.

Con efectos ambivalentes. Por un lado, el personaje de Duncan da la impresión de quedarse colgando para la importancia que tiene al principio y en ocasiones la presencia de Internet –como en la vida- interfiere más de lo que ayuda. Por otro, puede replicarse que si Duncan va difuminándose en la novela es porque así le va pasando a Annie, que si bien nunca asume por completo la carga narrativa –el narrador es un cuenta-cuentos como en libros anteriores de Hornby-, sí es nuestro hilo conductor en la historia de Juliet, Naked. El título se debe a una colección de demos del disco más famoso de Tucker Crowe, Juliet –similar al Let it be, Naked de los Beatles-, que sale tras no editarse nuevo material fonográfico desde su desaparición. Juliet, Naked detona el distanciamiento de Annie con Duncan cuando ambos perciben el álbum de maneras drásticamente distintas. Espoleada por la reseña deshecha en alabanzas que él sube a la página en la red donde mantiene una pequeña comunidad con otros obsesos de Tucker alrededor del mundo, Annie pone su primer post –la primera contribución femenina, de hecho- conteniendo una reseña que contradice punto por punto la de él, provocando entre otras reacciones la del mismísimo Tucker Crowe que desde su auto-reclusión inicia un intercambio epistolar electrónico con ella que Duncan desconoce. Más interesantes que los mails que se mandan, sin embargo, resultan las dudas que atraviesan al redactarlos, una inercia continuada en el texto. Hay intromisiones del universo-en-línea, como la entrada de Tucker Crowe en Wikipedia, que ciertamente se antojan prescindibles, pero compensadas al provocar observaciones sobre las repercusiones de internet fuera de la llamada “realidad virtual” en nuestra personalidad y en los ángulos desde el que nos es posible percibirnos a nosotros mismos. Antes la “tuckermanía” de Duncan era manejable, lo habían llamado a un documental de la BBC y organizaba encuentros, pero el fan más cercano vivía en Manchester, a varios kilómetros de Gooleness, el pequeño pueblo imaginario a la orilla del mar en el norte de Inglaterra donde comparte hogar con Annie. Para infortunio de ella “el internet vino a cambiarlo todo”. De repente Duncan tenía su página consagrada a Tucker Crowe y cientos de interlocutores en geografías impensables que, en un efecto superior a la comprensión de Annie, tenían mucho que decir para alguien que llevaba tanto tiempo sin crear una sola nota de música nueva.

Tucker echa mano de la misma frase, “el Internet vino a cambiarlo todo”, desde otro contexto que igualmente refiere problemas que suponía solucionados. Años dedicados a restarse importancia, resignándose a que para la mayoría de la gente ni siquiera fuese un recuerdo, a ser la referencia ocasional de un crítico snob en alguna revista, ahora se van por la borda cuando busca su nombre en Google y obtiene miles de respuestas creando la ilusión “de que su carrera musical era algo todavía vigente, de alguna manera, más que algo que había muerto hacía mucho tiempo”. Naturalmente al principio se siente halagado por todas esas personas que dedican horas de su vida a discutir su música; pasado un tiempo le resultan irritantes, como si lo conocieran de toda la vida, y ese montón de teorías absurdas que han tejido en torno a su retiro del ojo público. Si hay quien se refiere a Internet como la Biblioteca de Babel donde Borges cifraba su paraíso, Hornby nos recuerda lo esencialmente imposible de una utopía que también permite una de las máximas pesadillas borgeanas: la eterna perdurabilidad. “Ahora nadie es olvidado”, concluye Tucker, casi disculpándose con nuestros mayores por la elemental falta de cortesía.

Aun valiéndose de estos elementos, Juliet, Naked no se sube al debate del fin de la privacidad, su aspiración es menos ambiciosa, puede que más inmediatamente práctica: seguir explorando las formas inesperadas, ingeniosas, maravillosamente conmovedoras, increíblemente torpes en que buscamos complicarnos la vida. Como Duncan nos tranquiliza pensar que las personas embonan cual piezas de un mismo rompecabezas, hasta que un día despertamos a darnos cuenta que todo este tiempo no era “la perfección y un ajuste sensato” lo que nos movía, “sino los ojos, las bocas, las sonrisas, las mentes, los pechos y los torsos, el ingenio, la amabilidad, el encanto, la historia romántica y todo tipo de otras cosas que volvían imposible tener bordes bien definidos”. La cibernética en general trae ventajas en la medida que se suma al arsenal de herramientas de las que disponemos para cumplir este despropósito; especial, eso sí, porque le ha devuelto cualidades fantásticas a nuestro tiempo mermado de ilusión. Duncan lo comprueba cuando en la pantalla le aparecen los nombres de las canciones de un CD que acaba de insertar a la computadora, un hecho que sólo alcanza a concebir en términos mágicos: “no había sentido en buscarle explicación al truco porque no había una: o mejor dicho no había una que él pudiera entender”. En el colmo de su asombro, los mp3 por primera vez lo hacen conciente de que la música grabada no tenía que ser “como siempre había entendido con anterioridad una cosa en absoluto –un CD, un pedazo de plástico, un carrete de cinta. Podías reducirla a su esencia y su esencia era literalmente intangible”. Lejos de arrojarlo a los remilgos nostálgicos del coleccionista, “la nueva tecnología había hecho sus pasiones más románticas”.

Despojar de “objetualidad” a la música, una idea que ha dado vueltas de Pitágoras a Pete Townshend. Vivimos una época preciosa que nos acerca la oportunidad de romper con el valor de posesión de un “original”, algo que ha revestido de suntuosidad hipócrita la historia del arte. Lo que realmente significa la destrucción del halo sagrado alrededor del concepto de “autoría”, la democratización final del arte. Eso ya lo dijo Walter Benjamin en 1914 acerca del cine. En lo único que Nick Hornby vuelve a rizar el rizo es recordándonos que “no hay nada más difícil de soportar que una serie de días buenos”, observación que hace el doctor Paul Watzlawick en un libro de título tan explícito que ahorra muchas explicaciones: El arte de amargarse la vida. Mientras haya hombres y mujeres involucrados, el proceso correrá el riesgo de salir mal, y probablemente sea indispensable para darle continuidad. La diferencia de opinión sobre un disco obliga a que Duncan replantee sus certezas no sólo en la relación que lleva con Annie, incluso en aquello que cree conocer mejor en la vida, un disco de rock en este caso. Pero Tucker también aprende que el papel de creador no le da la verdad absoluta sobre su arte por la sencilla razón que da Duncan, “porque a la gente con talento se le da fácilmente y nunca valoramos las cosas que se nos dan fácilmente”. ¿Habría sido distinta la suerte de Kurt Cobain de haber existido Internet? A eso no tenemos respuesta. Sí hay respuesta en cambio para quienes le regatean méritos literarios a Hornby. Juliet, Naked no es ni la mitad de entretenida que Alta fidelidad o de punzante que Cómo ser buenos, pero vuelve a triunfar escribiendo de un modo que en este momento de la historia un montón de personas lo leen y les hace pensar que sabe quiénes son y cómo se sienten. Si eso no le alcanza al arte, entonces como el mismo Hornby tiene que decirnos acerca de su canción favorita, “Thunder Road”, de Bruce Springsteen, en su libro 31 canciones, ese por lo menos es “uno de los consuelos del arte”.

Nick Hornby. Juliet, Naked. Penguin Books. Londres, 2009.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Ni me gusta ni es sólo rocanrol: un brindis por Lester Bangs


De haber sido menos vulnerable y humano Lester Bangs pudo tener una vida más larga, en consecuencia nunca sabremos qué tanto lo habría resentido su manera de escribir, pues son dos atributos que acechan salvajes a quien hurga entre sus páginas. El día que murió había acudido a su primera reunión de Alcóholicos Anónimos, como al finalizar un libro o un artículo de largo aliento tenía por costumbre organizarse una fiestecita unipersonal con sus discos, esa noche decidió pasar por la farmacia y abastecerse de pastillas de prescripción médica pero ponedoras, surtiendo tanto efecto la receta que no sólo se mantuvo lejos de la bebida sino de volver a despertar. Conocemos este rumor gracias a Robert Quine, guitarrista con Richard Hell & the Voidods a finales de los setenta, amigo desde que Lester se mudó a Nueva York hasta el final. A Bangs “le importaba la música y eso fue en parte lo que lo mató, porque la música en los ochenta era una mierda absoluta”, alcanzó a agregarnos Quine antes de unirse al reven de ultratumba, alimentando una imagen romántica de Lester, tan consentido de Dios que no le permitió vivir para ver MTV. Lástima que sea una patraña. Seguramente Lester encontraría carnita para regodearse en las camadas de jóvenes enchufados al iPod, la conmoción de los sistemas de promoción tradicionales, los Beatles convertidos en videojuego, los chicos suburbanos queriendo pasar por parias de ghetto, ¿le gustaría Radiohead? Sufriría mucho. Pero, ¿se ahorró el sufrimiento con morirse? No. En palabras del periodista inglés Mick Farren: “Seguro con un carajo que no es muy divertido tener una sobredosis de NyQuill. Es decir, hay mejores cosas de que morirse”. Esa es otra forma de verlo. Para Farren “un cerebro desperciado”, incapaz de “escribir nada fuera de su estrecho campo de literatura rocanrolera. Ni siquiera pudo escribir un libro funcional acerca de Blondie”. Por su parte, el juicio que le merece a Lou Reed es que simplemente fue “una de las personas más irresponsables que haya conocido en su consumo de drogas”.

Aunque Lou Reed era su héroe nunca lo amilanó su presencia. Si Lou tomaba drogas, Lester el doble; si Lou contaba anécdotas bizarras, Lester tenía unas espeluznantes; se trataba de probar quién era el tipo más duro y eso fue lo que lo mató. Infantil como un niño que sólo sabe expresar su admiración a papá haciéndolo enojar, la relación con Lou Reed apenas entreve la postura ampliamente cáustica que Lester Bangs le plantó a la vida. Su método de hacer entrevistas, por ejemplo, consistía en empezar formulando la pregunta más ofensiva posible, pues era de la opinión que las entrevistas, en lo concerniente a estrellas de rock, se habían convertido en pura lambisconería; “un acto de obediencia rastrera a gente no es tan especial, de verdad. Sólo es un sujeto, otra persona, ¿qué importa?”. Una actitud con poco futuro, pero que tampoco es una pose. Hablando de rocanrol o en las bravatas con pa Lou, Lester puede sonar “provocativo”, pero la evidencia prueba que no era su propósito primordial. No escribía para encajar en la tribu de inadaptados en turno, mucho menos para marcar “tendencia”. Escribía desde la tremenda soledad de un núcleo de alta tensión humana en el que pocas personas, ya no digamos “escritores”, soportan estar sin perecer electrocutados. Antes que impresionar a nadie era más bien una labor de ir removiendo capas: y si de repente ya no eres el que más ondas se mete, el gruexo, el Juan Camaney; si te limpiáramos el glamour de lo prohibido, ¿qué nos quedaría de ti?, ¿qué hay debajo del cascarón?.

“Tomen cualquier párrafo de Lester Bangs y es una jodida pieza de literatura genial”, concede Mick Farren aun a regañadientes por ver al amigo perdido en una muerte estúpida, apresurándose en aclarar: “pero todo trataba de la misma mierda”. La pregunta sería si la acusación es entendible pasado el estupor del duelo. Menospreciar como escritor a Lester Bangs porque sólo escribía de rocanrol equivale a evitar a Dostoievsky pretextando temor a contagiarse de alguna patología psicológica o catalogar el Quijote entre las novelas de caballería. Al fin: ¿cuán basta es la diversidad de materiales que cuenta el espíritu humano para alcanzar un mismo propósito: crear algo que no existía antes? Que nunca haya escrito un libro en forma sólo subrayar su crucial circunstancia: el rocanrol, el gatillo que Lester jalaba para escudriñar las tinieblas con el relumbrón del fogonazo. No era mero pretexto. A Lester, sí, “le importaba la música”, pero en la medida que disparaba la conciencia hacia los confines de oscura viscosidad que nos previene el asco; la búsqueda de una emoción con algo de significado –aunque sea la discapacidad emocional- en este mundo que a sus ojos, por cierto, se despeñaba enloquecidamente rumbo a “su descabellada, sucia y distorsionada pirueta final”, y que por lo mismo resulta tan angustiosa y desternilladamente divertido que te meas de las carcajadas, haciendo que escribir valga la pena por lo menos para disimular la mancha en tus pantalones.

Pecaríamos de imprecisos llamando a Lester Bangs escritor de rocanrol, si acaso fue un escritor rocanrolero. Un escritor al que le sobran los adjetivos. Sus textos tal vez empiecen hablándote de rocanrol, el hecho es que terminan navegando asuntos que en forma y contenido superan con creces las disquisiciones sobre fama, autenticidad, trayectoria y demás fruslerías a las que nos acostumbró la prensa musical. Si cualquier gran escritor demanda cierta concesión de sus lectores, Greil Marcus formuló el requisito indispensable para disfrutar de Lester en su introducción a la antología de artículos y escritos dispersos Psychotic reactions and carburator dung: “la voluntad de aceptar que el mejor escritor de Estados Unidos sólo puede escribir casi exclusivamente reseñas de discos”.

Precisamente de Psychotic reactions… provienen los tres textos que les propone el eRRe para conmemorar el primer berrido que soltara Lester en la Tierra hace 61 años recién cumplidos el pasado 13 de diciembre. Primero desde su perspectiva la muerte de John Lennon que en lugar de dar pie al epitafio llorica, denuncia un comercio carroñero de emociones huecas en una pieza que desmitifica rindiendo a la vez uno de los mejores tributos a la personalidad histórica de Lennon. Luego dos textos nunca publicados en vida, tanto así que Psychotic reactions… los incluye bajo una sección con el título Impublicables (Unpublishable). De los “Documentos del desdén” Lester da buen uso a la infancia que pasó rodeado de testigos de Jehová con una carta ¿imaginaria? a la neoyorquina revista Village Eye donde maneja un recurso no muy distante del rastreo genealógico que San Mateo emprende al principio de su Evangelio, aquí aplicado en un ensayo de historia del punk simultáneamente precisa y disparatada que desbarata los linderos que median entre ficción y no-ficción. El último, fragmento de Todos mis amigos son ermitaños, uno de numerosos libros jamás concretados, es Lester en estado concentrado, bordando el filo del sentido, asomado al infinito y saltando más allá del rocanrol… resecándonos la boca por las posibilidades cortadas una noche de abril de 1982. eRRemental así lo honra en su no-cumpleaños con una humilde compensación de la deuda que el castellano tiene en traducciones de Lester Bangs, además que sirve de regalo navideño y deseo de albricias el año que viene para ustedes, distraídos y afables visitantes del blogk.

*Todas las selecciones que leerán a continuación fueron tomadas de Psychotic Reactions and Carburetor Dung. Lester Bangs. Greil Marcus, ed. Anchor Books. Nueva York, 2003.

Pensando lo impensable acerca de John Lennon. Por Lester Bangs.



Siempre te preguntas cómo reaccionarás con estas cosas, pero no puedo decir que me haya sorprendido demasiado cuando la NBC interrumpió “The Tonight Show” para decir que Johnn Lennon había muerto. Siempre pensé que sería el primero de los Beatles en morir porque siempre fue el que más vivió en el borde existencial, ya sea zambulléndose hasta las rodillas en aventuras izquierdosas o simplemente cerrando la boca cinco años cuando decidió que realmente no tenía mucho que decir; pero siempre me había imaginado que sería por su propia mano. Que meramente haya sido la celebridad más reciente en ser baleada por un posible psicótico no hace más que acentuar la banalidad alrededor de su muerte.
Miren: no creo ser insensible o cascarrabias. En 1965 John Lennon era una de las personas más importantes del mundo. Es simplemente que hoy por hoy me siento profundamente enajenado por el rocanrol y lo que ha significado o puede significar, alienado por mis compañeros hombres y mujeres y sus sueños o aspiraciones.
No sé quiénes resulten más patéticos, la gente de mi generación que se niega a que su adolescencia sesentera muera de una muerte natural, o los más jóvenes, que arrebatan y tragan cualquier trozo, cualquier morona de un sueño que alguien declaró terminado hace diez años. Probablemente los más jóvenes resulten más tristes, porque al menos mis congéneres pueden tener algún recuerdo nostálgico de las brasas largo tiempo enfriadas que se arrodillan a soplar, mientras que los chavos tienen que conformarse con cosas como el espectáculo de la Beatlemanía que les venden con recibo de bienes de consumo.
No puedo lamentarme por Lennon. No conocí al tipo. Pero sé que una vez dicho y hecho todo, sólo eso es lo que era: un tipo. La eterna negativa de sus fans por dejarlo ser nada más que eso al final fue casi tan letal como su “asesino” (y por favor, basta de hablar de esto como un asesinato “político” y dejen de llamarlo un “mártir del rocanrol”). ¿Vieron los especiales de televisión del jueves por la noche? ¿Vieron a todas esas personas frente al departamento de la calle Dakota en donde vivió Lennon cantando “Hey Jude”? ¿Qué creen ustedes que el verdadero John Lennon –cínico, burlonamente sarcástico, abrasivamente ingenioso e iconoclasta- habría dicho de eso?
El mejor John Lennon despreciaba el sentimentalismo barato y tuvo que aprender por las malas que cuando has dejado tu marca en la historia los menos capaces de agradecimiento lo convertirán en una jaula donde meterte. Quienes prefieren falsear sus recuerdos –los que suspiran por la tierra imposible de unos sesenta que para empezar nunca ocurrieron de ese modo- insultan el Edén retroactivo que consagran.
Así que en este tiempo de predicar los últimos íconos, espero que compartan mis pontificaciones personales lo suficiente para permitirme decir que los Beatles ciertamente fueron mucho más que un grupo de cuatro músicos talentosos que incluso probablemente fueran los mejores de su generación. Más que todo los Beatles fueron un momento. Pero la suya no fue la única generación de la historia, y seguir dirigiendo la destripada linterna de aquellos sueños en esta dirección con esperanza de que la llama de algún modo brille de nuevo en los ochenta es una aspiración tan inútil como tratar de convertir las letras de Lennon en poesía. Es por ese momento –y no por John Lennon, el hombre- por lo que se lamentan, si es que se lamentan. A fin de cuentas se lamentan por ustedes mismos.
¿Recuerdan a ese otro tipo, el viejo amigo de ellos que una vez dijo “no sigas a los líderes”? Bueno, pues tenía razón. Pero las mismas personas que tomaron esas palabras y las pusieron en letreros estaban violando la consigna que enarbolaban. Y lo siguen haciendo hasta la fecha. Los Beatles fueron líderes, pero lo fueron guiñando un ojo. Puede que hayan sido más famosos que Jesús, pero no creo que hayan querido ser la religión del mundo. Eso habría abaratado y cubierto de oropel lo que tenían de especiales y maravillosos. Eso no era lo que Lennon quería, de lo contrario no se habría retirado en la segunda mitad de los setenta. Lo que pasó la noche del lunes fue solamente la máxima extensión de todas las fuerzas que lo llevaron a tomar esa decisión en primer lugar.
En algunas de las últimas entrevistas que dio antes de morir, dijo, “de lo que me di cuenta en los cinco años que me alejé fue que cuando dije que el sueño había terminado, había cortado físicamente con los Beatles, pero mentalmente sigue habiendo una gran carga en lo que la gente espera de mí”. Y: “Nosotros éramos los buena onda de los sesenta. Pero el mundo no es como los sesenta. El mundo entero ha cambiado”. Y: “Produzcan su propio sueño. Es bastante posible hacer cualquier cosa… es de lo desconocido que se trata. Y tenerle miedo a eso es lo que hace a la gente salir despavorida por ahí persiguiendo sueños, ilusiones”.
Adiós, nene, y amén.
Los Angeles Times, diciembre 11, 1980.
Versión al castellano: eRRe

De "Documentos del desdén" 1981. Por Lester Bangs

Querida East Village Eye: A través de sus páginas me he enterado hasta ahora que tanto Richard Hell como John Holmstrom son los inventores del punk, supuestamente también lo hicieron en épocas distintas. Así que pensé que yo también podía aportar el valor de mis dos centavos: Yo soy el inventor del punk. Lo sabe todo el mundo. Pero se lo robé a Greg Shaw, también inventor del power pop. Y él se lo robó a Dave Marsh, que de hecho llegó a ver una vez un concierto de Question Mark & the Mysterians . Pero él se lo robó a John Sinclair. Que se lo robó a Rob Tyner. Que se lo robó a Iggy. Que se lo robó a Lou Reed. Que se lo robó a Gene Vincent. Que se lo robó a James Dean. Que se lo robó a Marlon Brando. Que se lo robó a Robert Mitchum. Qué cara puso cuando le cayeron por posesión de yerba. Y él se lo robó a Humphrey Bogart. Que se lo robó a James Cagney. Que se lo robó a Pretty Boy Floyd. Que se lo robó a Harry Crosby. Que se lo robó a Teddie Roosevelt. Que se lo robó a Billy the Kid. Que se lo robó a Mike Fink. Que se lo robó a Stonewall Jackson. Que se lo robó a Napoleón. Que se lo robó a Voltaire. Que se lo robó a un borracho anónimo al cual le sacó la cartera mientras el hombre yacía comatoso en una cuneta de París, ustedes los escritores saben cómo se pone la cosa en lo que esperas el cheque de tus regalías. El borracho se lo robó a su madre, una arpía desdentada que alguna vez vendió su cuerpo hasta que se volvió muy vieja y fea momento en que se hizo costurera excepto que no era muy buena, sus manos tiesas temblaban tanto que todas las costuras de sus bordados le salían flojas y los vestidos se les caían a las elegantes mujeres parisinas en medio de la calle. Así es como fue posible lo de Lady Godiva. Lady Godiva también era punk, se lo robó a la arpía como venganza. Y el caballo de Godiva se lo robó a ella. Poco después dicho caballo fue jineteado a una batalla en la cual murió, pero no sin que antes el mayor que lo usaba de montura le robara el punk. El mayor era un alcohólico en serio dado a caer en largos periodos de inconciencia que le duraban semanas y aun meses, de modo que olvidó habérselo robado. Olvidó que alguna vez lo tuvo. Olvidó lo que fue o significó alguna vez. Igual que el resto de nosotros. Pero en una noche de estupor etílico farfulló el ancestral e invaluable grial del Secreto del Punk a otro alcohólico con mejor memoria. Cuando el mayor recuperó la sobriedad, el otro alcohólico, carterista y un ladronzuelo de poca monta en general, mintió diciéndole al mayor que él, el carterista, era el dueño original del punk pero que una noche cuando él, el carterista, estaba hasta las manitas, el mayor le había robado el punk. El mayor se lo creyó. Pero luego se puso borracho y volvió a olvidar todo lo relacionado con el punk. De modo que pudo haber estado perdido en una de las grietas de la historia y John Holmstrom podría ser un vendedor de revestimientos de aluminio de puerta en puerta y Richard Hell podría estar recogiendo heno del granero de una granja en el medio Oeste como mano de obra alquilada EN ESTE PRECISO MOMENTO en el que también yo, creador del punk como no debería hacer falta que les recordara, no sería crítico de rock y músico ocasional para irritación de muchos y placer de algún iluminado, sino más bien una autoridad muy respetada en el cuartel general de los testigos de Jehová en Brooklyn. En lugar de estar reseñando a Devo para Voice sería el autor del artículo “Resortes: Metal Maravilloso”, publicado en la revista Awake! en algún momento de 1978. Y eso también sería motivo de orgullo.

Versión al castellano: eRRe

De "Todos mis amigos son ermitaños", 1980. Por Lester Bangs

La llamé. Justo a media conversación, ella dijo: “¿Qué te dan ganas de hacer en este momento?”. Repliqué, automáticamente, con el mismo tono de voz con el que uno diría “podría comerme un sándwich de centeno con atún”, diciendo: “Quiero coger”. Un segundo de silencio. Luego: “Está bien”, dijo, igual de casualmente. “Ven acá”. Fui rápido allá. Me recibió con un juego desaliñado de ropa interior negra, el cabello todo revuelto, sin maquillaje, descalza, medio dormida, neutral emocionalmente al mundo. Pensé que era lo más sexy que había visto en mi vida. Especialmente con esa ropa interior vieja y andrajosa. No acababa de creerme que estaba a punto de estrechar algo de tal magnificencia entre mis brazos, semejante pedazo de muu-jer, semejante Diosa de la Tierra primigenia, semejante creación tan jugosa y exuberante del Señor Todopoderoso de los Cielos o los Infiernos, no me importaba de cuál, ¡y además con cerebro! Lo había conseguido. ¡La vida no podía ponerse mejor que esto! Como Swamp Dogg cantó alguna vez: “Si mañana muero/¡Esta noche he vivido!” ¡Claro que sí! ¿A quién le importaba que la civilización occidental estuviera hundiéndose en la entropía o preparándose para el Armagedón, nunca podía decidirme por cuál de las dos? Toda mi filosofía era una sandez y la civilización occidental para empezar una cubeta de mierda. ¡A quién le importaba! ¡Quería cogerme a esta mujer en el lodo de una trinchera mientras una tormenta de pólvora de la Organización para la Liberación Palestina y de balas israelíes pasaba zumbando por encima de nuestras cabezas! Quería llevarla a los Everglades y aventarla en el pantano y hacerle cochinadas hasta que gritara como una mustela enredada en una reja eléctrica “¡Más! ¡Más! ¡Más! ¡Para! ¡Para! ¡Para! ¡No, no pares! ¡Cómeme! ¡Mátame! ¡Rómpeme! ¡Cógeme!”. ¡Y luego la empujaría tan profundamente en el lodo que las caras y el cabello y las bocas de los dos casi quedarían enterradas por el cieno verde y la vegetación tropical putrefacta que crece fuera de control y amaríamos como reptiles deslizándose más abajo de la alcantarilla martilleando juntos nuestros vientres chillones en el estiércol de donde toda la vida surgió antes que los medios o las carreras en revistas de Nueva York o cualquier otra cosa fuera equivalente a mierda! ¡Los caimanes se acercarían trabajosamente, nos echarían una mirada y se darían la vuelta de inmediato apresurados por alejarse en dirección contraria! ¡Mocasines de agua acobardados en el fondo del río, con miedo a que les demos una mordida y mueran! ¡Porque somos muerte tanto como vida! ¡Somos fiebre de la selva, beri-beri, mau maus hambrientos uno del otro y después tomaríamos nuestros machetes y nos haríamos una barbacoa de misioneros! ¡Nos hemos vuelto uno solo con la viscosidad primordial! ¡Le gana a la zona alta del East Side seguro con una mierda! Luego de un jalón la levantaría del cieno y volaríamos sin escalas hasta Camboya. ¡Quiero cogérmela encima de una pila de huesos blanqueados, montañas de calaveras, centenares de cadáveres en descomposición! ¡Quiero sentir muerte en todo mi alrededor, así de vivo me siento nada más de mirarla, y ESTAR DENTRO… sí quiero muerte de un resplandeciente mar a otro, montañas de muerte emborronando el horizonte, quiero gritar con la alegría salvaje de un perro en la fosa de un osario humeante! ¡Quiero que Idi Amin nos vea! ¡Él ha visto mucho, ya lo sé, pero nunca ha visto esto! ¡Podría aprender algo! ¡Quiero cogerme a la muerte, quiero que la muerte vea que esto no es mamada, puedo lamerla, porque lo que estrecho en mis brazos en este momento y estoy a punto de llevarme al cuarto y a lo que entregaré mi cuerpo y mi alma en el profundo centro de su vientre, el centro de ella, ahora mismo me doy cuenta que es la final y absoluta refutación que anula para siempre a la muerte!

Versión al castellano: eRRe