viernes, 21 de febrero de 2025

La vida es sueño

I know, I know my world’s grown old

“Nothing Is Forever”, The Cure


Los sueños me acercan a la realidad

"Nada es real", 091


Con la muerte de mi madre, algunas personas se mostraron preocupadas por la soledad que habría de atravesar. A la soledad estoy acostumbrado, desde niño fui introvertido, me pone nervioso el roce social y llego a sorprenderme de los pasos que he dado para sobreponerme a mi innata timidez, como el mero hecho de tener un podcast. Afortunadamente, me caigo bien. Aun en compañía de mi madre, llevábamos vidas bastante independientes. La soledad para mí significa poder ver más pelis, leer más libros, escuchar más música. El principal cambio ha sido la irrealidad con la que de repente percibo el pasado.

Encuentro increíble que alguna vez haya estado viva. Que hasta hace poco mi mamá hablaba y caminaba. No podría refutar a Calderón de la Barca con eso de que la vida es sueño, justo así se siente ahora que contemplo su inmóvil bastón y que su voz ya sólo es un sonido imaginado. Volteo al sillón donde se sentaba a comer y no me asombra tanto su ausencia como el hecho de que en un tiempo la imagen de verla sentada ahí haya sido posible. Escarbo recuerdos, fotografías en busca de pruebas y me llegan como postales de un mundo raro, diría José Alfredo Jiménez, sucesos acontecidos a un avatar.

Fue irreal el mes que le costó morirse. Acaso un período breve, comparado con ciertas enfermedades degenerativas o con los 10 años que vi a mi padre deteriorarse, pero me costaba, me sigue costando entender la marejada de dolor que la arrastró a su final. Yo estaba preparado para su muerte, no para el horror de verla fustigada por el sufrimiento. Ell refrán miente, claro que Dios aprieta, ahoga y pisotea sin contemplaciones. Tampoco me vengan con prédicas de la ley del karma, mi mamá no era perfecta, pero me consta que perdonaba a sus enemigos, se desvivía por ayudar siempre que podía, no deseaba mal a nadie y cultivaba su espiritualidad a conciencia de acuerdo con los medios que le fueron dados. Uno de los libros que leí durante aquel mes de fatal desenlace fue Leit It Blur, la biografía que Jim DeRogatis escribió sobre el crítico de rock Lester Bangs; su madre, una devota testigo de Jehova cuyos arranques fanáticos nunca atisbó el catolicismo de mi madre, se queda dormida en su cuarto una noche y al día siguiente la encuentran muerta, algo así pensaba que pasaría con mi jefa. Ella misma determinó que Arturo y Christian, dos amigos que perdí en años recientes, ambos por infarto fulminante, habían tenido “la muerte de un santo”. Mis amigos eran grandes personas, me pegó duro la partida de cada uno y los extraño un chingo. Pero si lo suyo fue “muerte de santo”, ¿qué clase de muerte merecía mi madre? Cuando un creyente reza “líbranos del mal”, ¿no espera como mínimo ser guardado del látigo del dolor? Digo, la pasión de Cristo no duró más de dos días. No existe orden en el universo. Dios es un crupier desquiciado que reparte los naipes disparejamente, o por ponerlo en palabras de Tom Waits: “No existe el diablo, es sólo dios cuando está borracho”.  

Si ni siquiera las explicaciones que hemos inventado para consolarnos del ancestral desasosiego te traen consuelo, has saltado al terreno de lo insólito, el terreno de la pesadilla. Verás algunas de las escenas más crudas de tu vida. En las salas de urgencias se pierden líquidos vitales, pudor, distinciones sociales, paciencia, ganas de vivir. También descubres muestras de la más sincera solidaridad. Personas que se organizan para llevarnos una cenita navideña a los acongojados, una señora a quien más temprano le cedí el asiento a la salida de una de las alucinantes visitas a los pacientes se me acerca con una sonrisa de oreja a oreja y me dice –no entiendo muy bien por qué-  “usted se merece un diez”. Trabo fugaz amistad con un chavo de hirsuta cabellera llamado Israel, un mediodía lo encuentro en los baños del quinto piso del hospital, también trajeron a su padre de urgencias a pocos cuartos del que ocupa mi mamá. Quedamos en buscarnos esa medianoche. Mi palabra queda para siempre incumplida porque para esas horas mi madre ya estaba muerta. Si alguien conoce a Israel, que me disculpe.

Ahora, la pesadilla ha terminado en más de un sentido. Uno de mis principales miedos era morir antes que mi madre, porque entonces ¿quién la cuidaría? En cuanto a mí, no doy mucho por mi vida y me tiene sin cuidado, como en una canción de Charly García. Los peligros importan menos, ya no hay un par de ojos marrones que esperen por mí, para recordar otra canción, esta vez de los Pogues. Todavía no pasa un día sin abrir un paréntesis para las lágrimas, pero no me siento particularmente devastado, mi madre sería la primera disgustada si su muerte sirviera de pretexto para mi debacle. Pensar que ya no está me maravilla, no doy con mejor verbo. Es decir que no termino por creerlo, la familia que formamos junto a mi padre ya sólo existe en mi memoria, y de la memoria a la imaginación sólo hace falta un suspiro. Es un buen lugar para habitar, la imaginación, pero como Bastian nos enseñó en La historia interminable, Fantasía es un lugar que sólo vale la pena visitar si sabes cómo volver de ahí

Un niño protesta porque su mamá lo despierta y él se resiste a ir al colegio en la canción de Klaus & Kinski que pongo por quinta ocasión. Quién sabe si Sartre se le apareció en sueños, pero amaneció de ánimo existencialista. El chamaco no quiere levantarse porque no se quiere morir. Ha comprendido de golpe todo lo que David Benatar expone en su libro Better Never to Have Been: “No debí comprometerme con la vida en general”. Es un retrato fidedigno de ese momento en que la posibilidad de no ser irrumpe entre las ilusiones de nuestra conciencia infantil. El momento que nos arranca del reino de los sueños para arrojarnos a una realidad que jamás aceptará nuestra imposible apuesta: “Déjame, yo me quedo aquí a dormir, o garantízame que nunca me voy a morir”. 

Estoy consciente de que el deceso de mi madre preludia mi propia aniquilación. Con la suerte de mis progenitores a la vista, sólo me atormenta el horizonte del dolor extremo. Ruego a mis muertos que aparten de mí ese cáliz. Yo quiero que me parta un rayo. ¿Pero me escuchan mis muertos? “Todo se ha ido, nada queda de lo que amé”. Cuando The Cure sacó Songs of a Lost World a finales del año pasado, supe que Robert Smith lo cantaba para mí. Faltaba una pieza. Ya encajó. Llegará el tiempo en que yo también sólo seré el sueño de un puñado de personas que, a la postre, dejarán de soñar. Al final de cada canción yo también me quedo solo y sin nada.



sábado, 8 de febrero de 2025

¿Sensibilidad o sensiblería?

En el mejor mensaje que recibí tras la muerte de mi madre, un amigo derrochaba palabras muy conmovedoras respecto al vínculo que sostenía con la mujer que me trajo al mundo según su percepción. Concluía que si él tuviera un hijo, le gustaría que fuera parecido a mí. “Pero la verdad, menos sensible”, matizaba.

Desde entonces le he dado vueltas al asunto: ¿qué tanto una sensibilidad receptiva nos redime o condena? Mi amigo apoyó su dicho en un consejo recibido de su maestro de artes marciales: “debes ser menos sensible. Tal vez ahora no lo entiendas, pero al paso del tiempo lo harás”. No me extraña. Hace falta un yo sensible para sentir, disminuir la sensibilidad debe ser ventajoso en los deportes de contacto, además de una ruta a la disolución del ego que proponen varias filosofías orientales y occidentales.

Lo cierto es que sólo tenemos esta entidad que somos para experimentar el mundo y, antes de poder trascenderla, tendríamos que agotarla en sus máximas posibilidades, probar su punto de quiebre. Como sucede con la poesía, algunos genios directamente empiezan a escribir verso libre, pero los simples mortales tenemos que ejercitarnos en las cansinas reglas de versificación clásica antes de dar el salto al vacío, so pena de que nos salga un mamarracho (que de hecho es como llamo a mis tanteos poéticos). Tenemos que sentir. Permitirnos sentir sin restricciones equivale a una vida plena. Cuando no se siente a la ligera, cuando se va al fondo de cada sentimiento, este pasa, porque se agota, y lo reemplaza un sentimiento nuevo. Si cada sentimiento reclama nuestra entera atención, eso significa que estamos en constante cambio, sería absurdo hablar de un yo que nunca termina por definirse. Es una ruta opuesta a la misma disolución del ego, más accesible para cualquiera.


Me asusta saber de la alexitimia, la incapacidad de identificar y expresar emociones. Condición tan abominable como la amusia, ¡imagínense!, la imposibilidad de percibir la música, de distinguirla del repiqueteo de un taladro o los rebuznos de un mulo. La música, que transforma el ambiente íntimo o social de golpe, tiempo que escapa al tiempo, también es un idioma que habla directo al sentimiento sin filtro de razón o lógica alguna. Cualquier intento de explicación a la música o los sentimientos es un acto reflejo posterior que se aferra al filo del pensamiento para no caer presos de la angustia; en el momento simplemente ocurren, se viven como arrebatos, desbordamientos del ser. No estoy calificado para decir si la alexitimia necesariamente acarrea amusia, pero sí creo que la amusia es una especie de alexitimia, una deformidad del sentimiento.

Yo prefiero, parafraseando un poema en prosa de Olverio Girondo: “Sentirlo todo, pero sentirlo bien”. Una vez asumida esta postura sentimental se corre el riesgo de cruzar la delgada línea que la separa de la sensiblería. El sentimentalismo puede hacernos perder piso porque pone en juego la totalidad del yo, la sensiblería es un perrito amaestrado por la pulsión egoísta más primaria, el deseo, y lo que perdemos es la dignidad. Vean la parte que dirige Martin Scorsese en la película Historias de Nueva York. El personaje de Patricia Arquette le solicita como prueba de amor al personaje de Nick Nolte que se acerque a pedirle un beso a uno de los policías en la patrulla que tienen delante. Él sigue fielmente sus órdenes. A primera vista, parece un acto de inflamado amor; en realidad, es títere del deseo de complacerla, de ganarla para sí. Ninguna liberación se alcanza por medio de la humillación. Como alguien que ha tropezado innumerables veces con el fino lindero que divide la sensibilidad de la sensiblería, puedo decirles que es mejor andarse con tiento cuando empiezas a perder la dignidad. 

Hace tiempo, décadas atrás, salí con una chica que de repente me salió con que yo sentía como mujer. El comentario sobresaltó al incurable heterosexual que soy. Pero no usó un tono ofensivo, hablaba con dulzura, la noté incluso agradecida, algo extrañada por toparse a tamaño espécimen. He comprendido que demostrar mis sentimientos no me hace menos hombre, pero sí más humano. Es uno de los máximos legados que debo a mi madre. Una manera de honrarla. 



sábado, 1 de febrero de 2025

Mosaico musical de doña Jose

El pasado 18 de enero falleció mi madre, Josefina o doña Jose, y yo estaba empeñado, bajo la convicción de que así le habría gustado, en que su sepelio no resultara un desfile de condolencias, sino una celebración de su vida. La música fue un fuerte vínculo entre nosotros sobre todo a partir de que ella inició su senectud y yo mi edad adulta. Mi madre podía criticar la música que escuchaba, pero tenía oído para una buena canción. Mientras yo batallaba con las definiciones para una melodía que le compartía, ella sabía precisar con soltura: esto suena a un swing, un foxtrot, un merengue, un guagancó. A veces fallaba el dardo y definía como metal algo que realmente era ska. Pero era una buena contraparte de pláticas musicales que, por supuesto, entre otras muchas cosas, voy a extrañar. 

Tiempo atrás le hice su playlist, que reproduje a lo largo de esa última despedida y, al final, balbuceé algunas barbaridades que aquí me gustaría precisar. Empiezo por “Put No Headstone On My Grave”, la lágrima con la que interpretaba Esther Phillips no podía escapar al radar de mi madre, el típico ejemplo de cantante que podía gustarle –y, de paso, que puede gustarme a mí-: dolida pero fortalecida en la pena, desbordada de sentimiento blusero. Cuando le traduje el título –ella no sabía inglés y constantemente me inquiría por el significado de las letras-, se mostró de acuerdo y dijo que tampoco quería lápida para su tumba. Con la sutileza en cada nota que salía de su garganta, Ella Fitzgerald era la voz femenina predilecta de mi madre, y me pareció apropiado elegir “Black Coffee”, como la bebida que cada mañana bendecía por poder seguir tomando. De Etta James le gustaba “Sunday Kind of Love”, aunque otra de sus canciones, “I’d Rather Go Blind”, pero en la titánica versión de Beth Hart con Joe Bonamassa, se convirtió en una de nuestras favoritas durante las tardes que degustábamos prolongados aperitivos. Sarah Vaughan era otra que le encantaba, especialmente la historia de ingenuo amor malavenido que entrega su “Poor Butterfly”. Le conmovía el trágico destino de Amy Winehouse, a quien había descubierto pocos meses antes de su deceso y que hizo dueto con uno de sus crooners favoritos, Tony Bennett, en “Body and Soul”. 

"Only You”, de los Platters, le sacaba lágrimas, aunque eso no era una anomalía, mi mamá, como yo, chillaba con cualquier canción que le calaba grueso. Muchas del soul y el góspel, por eso incluí a ilustres representantes de tales géneros como Sam Cooke, Bobby “Blue” Bland, Otis Redding, Solomon Burke, Dinah Washington y los Blind Boys of Alabama, que aportaron un significativo “Jesus Gonna Be Here”, una original de Tom Waits –la verdad un tanto irónica- sobre el mesías a quien mi madre quiso dedicar su vida cuando de joven entró al convento y que veneraría el resto de sus días con fe, pero sin fanatismo. Por la misma razón incorporé el “Christo Redemptor” inmolado en la armónica de Charlie Musslewhite, un instrumento que la embelesaba. Ahora que lo pienso, debí incluir la versión del “Ave María” que hace Aretha Franklin. No faltó, en cambio, la balsámica Nina Simone con “Lilac Wine”, sus versos de alucinatorias cualidades que confunden lo real con lo imaginado, presencias con ausencias, me sonaron a una premonición de los días por venir, estos que ahora vivo mientras mi madre ya es cenizas. 

Nacida en Orizaba, Veracruz, el 19 de abril de 1937, se ufanaba de ser una octogenaria que estaba más o menos enterada del rock y sus distintas vertientes, pero cuando se trataba de complacencias volvía a sus añoranzas y no fallaba en pedirle al trío del restaurante Amaranto “Veracruz”, el canto que dedicó a su terruño Agustín Lara, de quien asimismo incluí “Ya no me acuerdo”, esta composición del Flaco de Oro que busca en la amnesia voluntaria la sanación de un amor que no prosperó le fue redescubierta a mi mamá por mi igualmente ya difunto amigo Arturo López-Portillo, nunca se conocieron en persona, pero sí a través de mí, y coincidían en muchas querencias musicales.

Presumía el recuerdo de cuando Santiago Auserón le dio un beso al borde del escenario del Lunario, adonde mi mamá se acercó para obsequiarle un ejemplar de un libro que me habían publicado. Me llevó a mi primer concierto, Miguel Mateos en el entonces Salón Margó, hoy La Maraka, y vimos juntos al Buena Vista Social Club. Nuestra última salida nocturna fue a una tocada del maestro Gerardo Enciso. Se quedó con ganas de asistir a algún concierto de Fito Páez, quien tocaba en el Zócalo de la Ciudad de México la noche que ella exhaló su último aliento. No dejo de buscarle simbolismo a esa coincidencia, como si hubiera volado de su cuerpo para irse a gozar de “Dar es dar”, una canción que adoraba por afirmaciones como “no marcar las cartas, simplemente dar” o “no cuento el vuelto, siempre es de más”. “Dar es dar, es solamente una manera de andar”, y así iba mi madre por la vida, la recuerdo enfrascada en fuertes discusiones con mi padre para convencerlo de prestarle dinero a una de sus empleadas o de gastar un poco más en el regalo cumpleañero para uno de mis medios hermanos. “Dar es dar”… y al final la vida le pidió entregarlo todo. 

Pero no sólo se trata de dar, hay que repartir con justicia, y ya que hablamos de argentinos, amaba ferozmente el tango “Cambalache” en la versión orquestal con Roberto “Polaco” Goyeneche, el recuento de las indolencias que marcarían el siglo XX cuyo inicio sentencia “Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé” bien puede seguir aplicando a lo que va del siglo XXI y mi mamá soñaba con algún día plantar frente a las cámaras de diputados, senadores y palacio nacional monumentales altavoces que tocaran el tema día y noche, como cuando torturaron al dictador Noriega en Panamá con heavy-metal. Y como no hay justicia sin verdad, la epopeya auditiva que Kamasi Washington elabora justo con ese nombre, “Truth”, ponía trémula de emoción a mi jefa y es apenas un ejemplo de cuánto disfrutaba del jazz. El flamenco, las grandes bandas, la música coral, el bossanova, los tríos con sus boleros, Marco Antonio Muñiz, Pedro Vargas, los Hermanos Castro, los Manhattan Transfer, el son, la salsa completaban el mosaico de sus deleites musicales. 

Me encargó una canción específica para el adiós final: “Who Can I Turn To (When Nobody Needs Me)”. El fervor que le inspiraba esta lacerante balada en la magistral interpretación de Tony Bennett me inquietaba. ¿“A quién puedo recurrir cuando nadie me necesita”? ¿A qué se refería? Yo la necesitaba, aún la necesito. Pero entiendo que mucha de su desilusión en los últimos tiempos derivó del abierto odio que le prodigaron los hijos del primer matrimonio de mi padre a raíz del accidente que este sufrió en noviembre de 2006. Para mi mamá, el himno de batalla de su relación siempre fue “Si nos dejan”, de José Alfredo Jiménez, no estoy seguro de qué tanto les hayan dejado. Como sea, tras su partida, al que le queda bien preguntarse “¿a quién puedo recurrir cuando nadie me necesita?” es a mí. Aunque, antes de que la llevaran al crematorio, se la reviré, ni más ni menos que a través de su cantante favorito, Frank Sinatra. “Cycles” le resta importancia al dolor individual y pasajero porque muchas otras personas experimentan el mismo sentimiento y el único aprendizaje posible es que le vida corre en ciclos, si hoy hay risas, mañana tendrán que venir las lágrimas. Cuando el viejo ojos azules canta que casi resulta gracioso cómo las cosas no podrían estar peor, me recuerda un pasaje de Vida secreta donde Pascal Quignard escribe que la melancolía no es una descarga repentina como la risa, pero es una risa. “Una risa silenciosa. Es una voluptuosidad más lenta que reír a carcajadas. Es una risa sin carcajadas”, abunda. Por su lado, Sinatra asegura que seguirá cantando mientras no lo agobiemos con preguntas. Me reconforta esa resignación contrahecha, que no se pretende absoluta ni exorciza la tristeza, sino que la saborea, es puramente melancólica. “Es un goce paralelo, pero tal vez se extienda más que cualquier alegría”, deduce Quignard. Es a lo que me aferro.