Clasificar a Tom Brady como el mejor jugador de futbol americano de todos los tiempos es una de las afirmaciones menos controvertidas posibles respecto a cualquier tema. Es una opinión subjetiva aceptada como una verdad objetiva: jugó como mariscal de campo durante 23 temporadas profesionales, y si esas 23 temporadas se dividieran en tres carreras distintas, las tres podrían calificar para el Salón de la Fama del Futbol Americano Profesional. Ganó seis Super Bowls con los New England Patriots y un séptimo con los Tampa Bay Buccaneers. Es el jugador con más victorias, el que más tiempo ha jugado a un nivel de élite y la respuesta irreflexiva a este debate.
El único problema es que se trata de una afirmación errónea. Y no es una crítica a Brady, de ningún modo. Es una crítica a cómo se juzga la grandeza.
La creencia de que Brady era el mejor que haya existido comenzó a filtrarse alrededor de 2015, endureciéndose hasta convertirse en intransigencia después de su séptimo campeonato en 2021. Antes de eso, el título se le había asignado oficialmente al receptor abierto Jerry Rice por la NFL Network en 2010; antes de la coronación de Rice, la respuesta intermitente durante las tres décadas precedentes era el corredor Jim Brown. A lo largo de la historia, el estatus de GOAT se ha aplicado (temporal y caprichosamente) a numerosos individuos, posiblemente comenzando con William (Pudge) Heffelfinger, un liniero que actuó en Yale en 1888.
Este proceso de reinvención histórica jamás termina. Dentro de 20 años, alguien diferente será inevitablemente clasificado como el mejor jugador de futbol de todos los tiempos, y eso es un problema, porque la reinvención perpetua vuelve irrelevante toda la discusión.
Me refiero a lo siguiente: si tú, como yo, piensas que los Beatles son la mejor banda pop de todos los tiempos, y alguien te pide que expliques por qué, te sientes obligado a decir que se debe a que hicieron las mejores canciones. Se siente como la respuesta que que uno debe dar.
Pero ese argumento no se sostiene, aun si es cierto. En un lapso de ocho años, los Beatles grabaron 213 canciones, 188 autoría de ellos mismos. Alrededor de 80 de esas 213 canciones se encuentran entre muy buenas y más que excepcionales, una asombrosa explosión de genialidad en una reducida ventana de tiempo.
Sin embargo, no es la gran cantidad de buenas canciones que publicaron por lo que los Beatles son incomparables. La grandeza no es un juego de números. No es acumulativa ni matemática. La grandeza tiene que ver con la creación de arquetipos.
Es posible que un artista pop moderno tenga una carrera semejante a la de los Beatles y que sea cinco veces más duradera que la de ellos, duplicando la cantidad de temas que superen la clasificación de “muy buenos”. Pero aun si eso sucediera, no bastaría para volver a este hipotético artista más grande que los Beatles, a menos que inventara algún nuevo tipo de música previamente inimaginable capaz de alterar la definición de lo que es la música pop. De lo contrario, significaría que en esencia sigue trabajando dentro del mismo idioma que establecieron los Beatles, y su cúmulo de himnos reflejaría principalmente dedicación, longevidad y capacidad para absorber y desentrañar los miles de canciones que nos resultan familiares amasadas a la sombra de los Beatles.
De modo que si tú, como yo, piensas que los Beatles son la mejor banda pop de la historia, un argumento más adecuado sería: aunque los Beatles no inventaron el rock 'n' roll, las canciones que compusieron y grabaron representan la comprensión perdurable del rock, el pop, la psicodelia y casi todo lo que todavía es relevante de esas categorías musicales se remonta a su catálogo de 213 canciones, es decir que ningún artista posterior a ellos que trabaje dentro de tales categorías puede superar su grandeza, independientemente de la calidad o la cantidad del trabajo que produzca.
Esto no significa que la “mejor” versión de algo automáticamente sea la primera versión de ese algo, porque la primera versión con mucha frecuencia está desconectada de aquello que genera. Ser el primero no basta. Para ser el más grande de todos los tiempos [en lo que sea], hace falta ser la primera representación de élite de una entidad capaz de contener las características esenciales de su versión más moderna.
En otras palabras, se trata de la encarnación más primigenia de una grandeza que conserva íntima relación con todos los ejemplos que le siguen. Por eso, a pesar de tanta evidencia en contra, el mejor jugador de futbol de todos los tiempos sigue siendo Jim Thorpe, un nativo americano que se retiró del juego en 1928 y murió cuando Dwight D. Eisenhower era presidente.
Soy consciente de que esto parece un equívoco. Contradice la manera en que la mayoría de la gente está condicionada a juzgar la grandeza. Brady y Rice son, ciertamente, los jugadores de futbol americano más exitosos de todos los tiempos, y así es como se mide la grandeza en la mayoría de los ámbitos profesionales. Pero el atletismo plantea la cuestión (o debería plantearla) de otra forma. En el atletismo, la grandeza acostumbra medirse como se valora en un patio de recreo: Estamos a punto de jugar al futbol. ¿A quién elegirías primero?
"Seguro que no a Jim Thorpe", respondes, porque eres una persona razonable. Thorpe medía un metro con 86 centímetros, pesaba poco más de 90 kilos y rara vez levantaba pesas. En los Juegos Olímpicos de 1912, corrió los 100 metros planos en 11.2 segundos. En 2025, eso no alcanzaría para ubicarlo entre los 10 estudiantes de preparatoria más rápidos de Oregón.
Si alguien hubiese arrojado a Thorpe a una máquina del tiempo y fuera transportado con su anticuado cuerpo de 1920 hasta el presente, podría ser back defensivo para la universidad de Dakota South State. Manda a Saquon Barkley en la misma máquina a los Canton Bulldogs de 1920, y anotará las tres primeras veces que toque el balón.
Este, sin embargo, es un modo muy estúpido de plantearse la cuestión, y no sólo porque viajar en el tiempo sea imposible. Es una métrica deficiente para tratar de definir cualquier forma de grandeza, a menos que uno esté dispuesto a admitir que “el mejor jugador de todos los tiempos” siempre será el mejor jugador del momento. Es como tratar de identificar la película comercialmente más popular de la historia sin hacer un ajuste de los precios de las entradas conforme a la inflación. Si comparamos individuos de distintos períodos, la comparación debe reflejar la totalidad de la experiencia en cada detalle que esta implica: sí, de la persona, pero también de las circunstancias.
Una de las historias más conocidas sobre el triunfo olímpico de Thorpe es que le robaron los zapatos el primer día de la competencia de decatlón, por lo que se vio obligado a pedirle prestado un zapato a un oponente y a hurgar en la basura para encontrar otro. Los zapatos eran de diferentes tallas y uno de ellos tan grande que debió ponerse dos pares de calcetines para que le calzara bien. Llevaba esas zapatillas aleatorias cuando corrió su 11.2 en los 100 metros, sobre una pista hecha de ceniza y antes de la legalización de los tacos de salida. Esto incita a cualquier analista a proyectar que su tiempo real en los 100 metros fue bastante más rápido.
Pero lo más instructivo de la anécdota, aunque imposible de verificar, es la manera en que retrata cómo era el mundo en 1912: un atleta de talla mundial podía presentarse a los Juegos Olímpicos con un solo par de zapatillas para correr. Cuando se las robaron, no presentó quejas ni protestó ante los funcionarios, y de no haber podido conseguir otro par buscando en la basura, probablemente habría competido con zapatos de vestir o descalzo. En 1912, el evento deportivo más importante del mundo era más descuidado e informal que cualquier competencia de atletismo en una secundaria de 1982. Y esos Juegos Olímpicos no son un ejemplo aislado: era una constante en todos los ámbitos relacionados con el deporte y con gran parte de la vida cotidiana.
Si comparamos a alguien como Jim Thorpe con alguien como Tom Brady, no basta con estimar cuánto pudo beneficiarse Thorpe de la nutrición moderna o cuánto pudo sufrir Brady si se hubiera visto obligado a crecer en la zona rural de Oklahoma antes de la invención del cereal para el desayuno. También hay que considerar cómo esos entornos diferentes les habrían hecho comprender de maneras completamente distintas casi todos los aspectos del mundo material.
No tenemos videos de Thorpe corriendo con el balón. Ese tipo de material no existe. Sin embargo, sabemos que fue el mejor acarreador de su época, y sabemos que fue la época en que nació el futbol americano (como lo entendemos hasta hoy).
Era un deporte de 11 contra 11 y de impacto total. Se tenían cuatro oportunidades y un touchdown valía seis puntos. Un juego de 1920 no se desarrollaría igual que uno del presente, pero sus semejanzas superan las diferencias. Y dentro de ese mundo similar, aunque primitivo, Thorpe era el T.rex.
Era el corredor más fuerte, el tacleador que más castigaba y el mejor pateador que se hubiera visto. Él es el modelo de cómo se suponía que debía jugarse el futbol, y se materializó en un momento en el que no se había elegido ningún modelo anterior. Era el prototipo de lo que debía ser un jugador de futbol americano, el primer ejemplo que otros jugadores trataron de emular. No necesitamos video de Jim Thorpe para apreciar la figura de "Jim Thorpe". Lo vemos cada vez que alguien corre con un balón de futbol americano, al nivel que digan.
Intenta recordar la carrera a terreno abierto más emocionante que hayas presenciado. (Yo elegiría la encarnación de Reggie Bush en 2005 contra Fresno State, aunque hay miles de otras opciones igual de buenas.) Cualquiera que sea la imagen que veas en tu televisión mental es la estructura atómica de lo que implica el futbol: velocidad, potencia, agilidad e instinto
Ves a 11 hombres que intentan detener a uno, y los 11 fallan. El hombre que acarrea el balón es más veloz y más potente. Debido a su agilidad e instintos es imposible conseguir derribarlo. La forma en que porta el balón y se mueve son únicas y familiares, y si fuera posible eliminar los logotipos de los cascos y los colores de los uniformes y los números de la espalda de cada jugador, eso podría estar sucediendo en cualquier década. Podría estar sucediendo en 1920. Es eterno y es natural, y es siempre Jim Thorpe.
