viernes, 24 de diciembre de 2010
Navidad con el eRRe
Está bien, concedo, puede que el 2009 haya sido peor, pero depende el punto de vista. De la misma forma que con la crisis, a lo mejor no cayeron los mercados este año pero fue cuando entendimos cómo nos afectaba, las acciones legales que mis hermanos emprendieron el año pasado en contra mía fue hasta nuestro demacrado 2010 que rindieron su negro fruto de bilis. Esto es impreciso, en realidad las acciones legales no fueron en mi contra, peor para ellos, fueron contra mi mamá. Claro que mi mamá no es mamá de mis hermanos que este año me aclararon que ya no me consideran hermano suyo, como si el Liquid Paper enmendara la sangre… ojalá…
Cumplí 35 años. Desde los 31 con mi papá enfermo tras un accidente que de la noche a la mañana lo transformó en otra persona, costándole una operación cerebral que a todos nos puso de cabeza –a unos más, de ahí el litigio de mis hermanos. Cuatros años sintiéndome estancado porque cuando debería estar persiguiendo las mejores oportunidades de mi vida profesional, o por lo menos dedicándome a mis rollos por más perniciosos que fuesen, pero míos -desde chico básicamente aspiro a que me dejen en paz, por eso no me caso ni vivo con nadie-, ¡pues toma!, heme aquí teniendo que hablar con abogados y yendo a tribunales de circo, que es como una chambita aparte pero más ingrata porque todavía te la pagaran, pero al contrario… y estar al pendiente de mi mamá tristísima por el torbellino familiar, con puros gastos y ninguna entrada, hipertensa, sola en la ciudad donde hacemos hogueras con los policías.
Habría sido imposible sobrevivir al telenovelón que les cuento de no ser por el apoyo que recibí los últimos tres años de una mujer estupenda. Claro, tan estupenda que cometí el error –¡aprendan muchachos!- de enamorarme y ahora que ella pasea con un ex novio europeo por el Sureste mexicano, por supuesto que mi mente es atormentada con imágenes de los dos teniendo un randez-vous a los pies de algún monolito maya, ella regresando na’ más pa’ la despedida, nos dimos cuenta que sí nos amamos, en tres horas sale nuestro avión. No me ha llamado desde que se fue más que para una pregunta de chamba y yo no le llamo por este trauma idiota e insalvable que tengo como desde los 13 años, cuando conocí a una chavita en la posada de mi escuela y al llamarle nunca perdió el tono de “a-qué-horas-cuelgas-tengo-mil-cosas-más-entretenidas-para-mi-Navidad-que-hablar-con-un-fenómeno”. Verán, el problema con esta mujer no es tanto que sea estupenda –tampoco es que haya un harén de chavas así esperando tu atención-, el problema es cuánto nos queremos y haberme acostumbrado a que alguien me quisiera así a tal grado que ahora soy capaz de resignarme a mantenerla girando como amiga en la órbita de mi vida, aunque me represente un dolor inmenso, y entiendo que el mero hecho de ponerlo así no es buen presagio para el 2011. A su mamá le descubrieron un tumor maligno a principios de año. Los muchos amigos de esa familia tan diferente a la mía peleamos con ellas, a menor o mayor medida. Como en toda batalla sabíamos que habría daños colaterales, insignificantes comparados a la batalla ganada.
Me refiero a que háganme el favor de no creerme tan estúpido: soy consciente que podría ser peor. Te podría faltar una pata, como siempre amonestan los optimistas, o perder la movilidad de un brazo semanas atrás, cuando azoté como estúpido quinceañero rebasado de chela, vino y güisqui, pa’ qué te miento, cruda moral, no te extrañaba. Podrían haberme chocado en serio en lugar del abollón que le dieron a mi coche de pre-posada. Podría encontrarme la cabeza de mi perro en la almohada con una nota de mis oh, muy caros fratelli, su imaginación se agota donde comienza El Padrino. Y sí, el año trajo los conciertos de Pixies, de Charly García, la muralla esquizoide de Roger Waters. Pero, vamos, es Navidad, esa época del año que si no te despierta sentimientos de paz y concordia hacia tus semejantes ya sabemos que explotará tu lado cascarrabias y qué importa, por más que nos desgañitemos refunfuñando, no arruinaremos la Feliz Navidad de ustedes, los de regalitos con moños gigantes, y nieve en aerosol, y fotos muy juntitos en el árbol con gorritos rojiblancos, demostrándonos que todavía somos capaces de la indiferencia suficiente para tolerarnos hasta entrar de panzaso al año que entra sin volarnos la cabeza –es cierto, en algunos lugares ni eso. Alguna vez fui uno de los suyos, pero como Darth Vadder les informará, ya que das el paso al lado oscuro de la fuerza, ‘tá cabrera el regreso. Qué quieren, mis recuerdos de las navidades son una horda de gente, cada año más grande, viniendo a devorar lo que había en casa y mi madre atendiéndolos con una sonrisa que ellos le correspondían por encima del hombro cuando papá miraba y un juguete para farolear que tragaban al chamaco huraño, los criaditos del clan. Entonces, den chance: la chamba no levanta, la autodestrucción avanza a paso firme, el amor al rastro, la balanza sexual va tendiendo a la abstinencia (¡sorpréndenos 2011!), España ganó el Mundial. ¿Es época de compartir? Bueno, mi mamá anda de viaje, no exactamente turisteando; mi papá a las 10 de la noche, si no es que antes, estará dormido en su cama de hospital; mis hermanos desean que desaparezca como la cruda del día siguiente; a la mayoría de mis amigos los quiere de menos un miembro de su familia para tener compromiso de cena y los pocos que podrían venir son tan ermitaños como el eRRe para no tener un ápice de ganas de salir esta noche; de las mujeres sólo digamos que ni por error alguna me ha invitado a compartir un trocito de su fruit-cake. Asumo que en el abrumador conjunto no hay espacio para la coincidencia y debo haberme ganado a pulso mi solitaria Navidad. Ok, Santa, es justo.
Así que pienso pasarme la Noche Buena tomando vino tinto y arrullando a mi perro con un disco de Modest Mouse que empieza con la frase “everything that keeps me together is falling apart” y de ahí el cantante arranca una letanía de rolas sobre cómo jode a las personas que se le acercan, quizá luego un par de episodios de Dexter, no se me ocurre mejor propuesta para celebrar que ya nació Chuchito y en primavera podremos crucificarlo para que nos den vacaciones de Semana Santa. Bueno, claro que ha cruzado por mi mente la opción de buscar en las secciones de compra-venta de los periódicos –antes las nuevas leyes las exterminen- a unas gemelas cariñosas y despojadas de inhibiciones, pero eso está fuera del presupuesto tanto en sentido literal como figurado. Si alguien guarda una escopeta de doble cañón, sería buena compañía, ahora que mi mamá me dejó encargada su casa mientras está fuera, percibí lo que probablemente sea otro síntoma de vejez: la paranoia, porque mi departamento está solo pero yo estoy quedándome aquí porque es más llamativo y me la paso a ver a qué horas salta un rufián por la terraza, lo que antes me causaba un placer enorme, quedarme solo en casa de mis papás, de grande me come los nervios gracias a que en apenas un puñado de meses se metieron a robar los hogares de tres de mis mejores amigos, un obsequio más con las sinceras atenciones de 2010. ¿Para la noche de Año Nuevo qué tengo planeado? No sé, pero si traen esa escopeta prometo darle una muerte rápida y misericordiosa.
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Pero como en serio deseo que quien pueda la pase bien esta Navidad, aquí les comparto una de mis canciones favoritas de la temporada. En el programa de David Letterman es una tradición de hace 17 años que la protegida de Phil Spector de los 60, Darlene Love, se presente antes de Noche Buena a cantar su éxito "Christmas (Baby, Please Come Home)". Todavía ningún ocioso ha subido la interpretación de anoche, pero aquí tienen la del año pasado. Disfruten. Un abrazo y cochambroso rocanrol para sus vidas.
martes, 1 de junio de 2010
Por México viendo a Charly García, parte II: No voy a parar, déjalo que suba
La última visita que Charly nos hizo fue en 2002, se presentó en el defeño salón 21 visiblemente alterado, con un brazo enyesado, aunque igual sacando maravillas del marañón de teclados que lo rodeaban. Aquel intento de gira terminó con Charly acusando al empresario de haberlo estafado. Antes de eso, por a’i del ’99, cubierto de pintura plateada fue al Teatro Metropolitan para marcharse tres rolas después no sin antes amenazar: “vayan mañana, ahí sí va a estar bueno”; en efecto al día siguiente dio para quien quisiera un concierto en el Zócalo de tres majestuosas horas junto a su mamá “Negra”, Mercedes Sosa. La primera vez que vino debe haber sido alrededor de 1989, en la época del álbum Cómo conseguir chicas, apareció en el programa “Mala noche no” de Verónica Castro y tocó en el Auditorio Nacional, antes de la remodelación, con intento de portazo, pero de eso el eRRe no puede contarles mucho, era una edad en la que todavía no le daban permiso de asistir toquines.
Si antes la letra de “Fanky” (“no voy a parar, déjalo que suba”) podía interpretarse como declaración de los principios decadentistas que regían a Charly, ahora la resignifica en un ni por la vida que he llevado voy parar, ni por la sobriedad En el pasado tal vez representó mejor el salvajismo que se supone propio del rocanrol, pero ni quien se queje. Da gusto ver a este Charly recuperado con color en las mejillas, robustecido, sin olvidarse de la letra de las canciones, arrasando en una locomotora de banda sobre rieles de puro portento, una vez arranca te aprieta de los riñones para no soltarte lo que dura el concierto.
¡Qué banda! Una combinación del trío chileno que le ha servido de base en los últimos años (Kiuye Hayashida en guitarra, Toño Silva Peña en batería y Carlos González en bajo) con músicos que lo acompañaron en los 80 y 90: el “Negro” García López en el requinto, el Zorrito von Quintieros en los sintes y la princesísima Hilda, acomodando florituras vocales precisas, con la cadencia exacta en el baile para materializar las canciones de Charly García frente a tus ojos, sílfide afinada en la inquebrantable armonía del maestro que deja caer otra pedrada en el estanque del eRRe: “Una canción que me gusta mucho. Se llama ‘Filosofía barata y zapatos de goma’.” Porque a nadie le interesa que la única banda en la que alguna vez cantó el eRRe también se llamaba así, “Filosofía Barata”, y era en honor a esa rola de Charly, pero quién no ha conocido ese sentimiento despreciable del que ahora canta: “quise quedarme cuando morí de pena, quise quedarme pero me fui. Filosofía barata y zapatos de goma, quizás es todo lo que te di”. La voz de Hilda erupciona en trazos arabescos y la siguen los demás instrumentos, que apremian el galope, lo detienen, apremian de nuevo, como caballería marchando al despeñadero. Desfilan “No te animas a despegar” –pero de qué hablas Charly, si hace rato andamos volando-, “Rezo por vos”, “Yendo de la cama al living”… Con “Nos siguen pegando abajo (pecado mortal)” aquello ya es un hervidero de brincos y frenesí, Doc Cuajo, que ha regresado de la correría chelera con pinta de náufrago ahí está practicando sus mejores pasos de baile y dónde dejan la monstruosa imitación de Travolta en Pulp Fiction que el eRRe se atreve a ensayar. La esperpéntica escena se repite con “Estoy verde (no me dejan salir)”. La multitud corea el riff de “No voy en tren” desde el inicio y cuando llega la parte de “soy el que prende y el que apaga la luz”, Charly predica con el ejemplo, el escenario se pone a oscuras, y se retira con su banda.
Pero no lo dejamos ir tan fácil. Charly vuelve a salir para obsequiar la primera canción que grabó luego de la recuperación en la finca de “Palito”, “Deberías saber por qué”, una melodía a medio tiempo que bajo su aparente sosiego suelta la carga combativa que Charly nunca podrá dejar atrás: “che, si es que entraste a mi apartamento, deberías saber por qué”. La guitarra del “Negro” García López inicia la ofensiva final con “No toquen”. El concierto pasó como un incendio de combustión acelerada, ha durado poco más de una hora y aunque todos quedamos con ganas de más, los comentarios que se oyen por donde quiera son “qué banda, suena poca madre”, “qué buen concierto”, “¡es Charly, güey!”. Y el eRRe les responde que no pierdan las esperanzas, contándoles cómo en el dvd de El concierto subacuático –el disco grabado en vivo que supuestamente vino a presentar pero que inexplicablemente todavía no está en las tiendas- cuando toda la gente ya va de salida, Charly regresa, y en la toma cenital es muy chistoso ver a ese mundo de gente apurándose a regresar…
Pero aquí no pasa lo mismo, y resignados Doc Cuajo y eRRe enfilan a la salida, en el camino un cuate que flota en mullidas nubes de intoxicación balbucea: “tsss, qué sonidote le sacaba al pianote ese el Charly”… y sí, el comandante desde ahí llevaba las riendas de su ejército.
Hay que apurarse, a media noche sale el camión a Gudalajara, donde mañana Charly reparte la segunda dosis de esta visita a México. Antes de despedirse, Doc Cuajo le comunica eRRe que Feisbuk le tronó la página de amigos de la película en la que está trabajando con el pretexto de alguna de las nuevas políticas fumadas que está implementando. ¡Qué mamada! ¡Los amigos de La revolución de Juan Escopeta queremos que regrese, pinche Feisbuk!
lunes, 31 de mayo de 2010
Por México viendo a Charly García, parte I: Beatles, diluvio y Doctor Cuajo
La verdad es que de haberse quedado a ver a Paul, el eRRe sentiría que estaba traicionándose a sí mismo sabiendo que podía ir a ver a Charly García. Como cualquiera de su generación y posteriores (incluso anteriores), a Paul el eRRe lo recibió en paquete, no muy distinto a los tabicones de Biología que tenías que leer en la escuela y te quitaban cualquier amague por saber más de los seres vivos, te tienen que gustar los Beatles, pus si de ahí viene toda esta onda, y sí, la música está chida y lo que innovaron y tal, pero en cierto sentido es algo un poco muerto, ¿no?, como un animal disecado, mira qué chingón era pero por más que le hagas nadie puede moverle a la leyenda de los Beatles. Al eRRe lo que le tocó fue crecer pedazo tras pedazo descubriendo la genialiad de Charly García con los discos impecables que sacó en los 80 y para el final de la década ya estaba enganchado, siguió escuchando concienzudamente cada nuevo álbum, escombrando en el Tianguis del Chopo y luego en internet, viejas grabaciones, conciertos, material inédito, además de enterarse de las noticias escandalosas que rodeaban la vida de Charly, lo de menos si se comparan con la música, pero sin las cuales Charly no sería la leyenda que es, una leyenda que por lo menos viste construirse. Para que entiendan: el eRRe ha escuchado más veces Parte de la Religión o Say no more de lo que nunca escuchará el Sgt. Pepper’s. Y si quieren una confesión: los Bicles ni siquiera lo entusiasman como deberían si tan amante del rocanrol se dice.
¡Hayase visto tamaño embustero! El primero en sorrajarle una guitarra en la cabezota sería el propio Charly García, que mientras diluvia previo al concierto gratuito que ofrecerá en el marco del XII Festival Internacional de la ciudad de Puebla, el 28 de mayo de 2010, mismo día en que Paul ofrece el primero de dos conciertos en el Foro Sol de la ciudad de México, hace esperar al público poniéndoles pura música de los Bicles. Cuidado con ese “nos hace esperar”, que dada la fama que ha criado Charly podría prestarse a oscuras especulaciones. A las 8 de la noche en punto –hora en que estaba programado el inicio del concierto- Charly sale al escenario acompañado de sus músicos para pedir paciencia, que nada más amaine la lluvia empiezan a tocar. Explosión de cánticos a Charly. Guau. Así que este es el tipo que salió de la finca de Palito Ortega. Habrá quienes digan que extrañan el rocanrol, pero cualquiera agradece la cortesía, y es una mentira que uno tenga que estar peleado con la otra para existir como lo demuestran Leonard Cohen, o Tom Waits, o el recién fallecido Ronnie James Dio, o para el caso Sir Paul. Hasta Charly en una entrevista con ocasión de su paso por México reconoce el cliché de los excesos: “creo que los rocanroleros en un punto han hecho eso antes y ya no necesitan más hacerlo”.
La lluvia en Angelópolis quizá merma en el número de asistentes al concierto en la explanada del Complejo Cultural Universitario BUAP, pero una vez llegando no hay mayor inconveniente, se ha instalado una generosa carpa que, según le comentan al eRRe, fue desbordada por los seguidores del Buki y Joan Sebastian –total ni llovió cuando estuvieron-, pero en esta ocasión alcanza a la perfección para cobijar del clima a las mil y cacho de personas -¿quizá 2 mil?, soy muy malo para estos cálculos- que nos hemos congregado para el primer concierto de esta minigira que Charly García realiza en México. Sin embargo el escenario, con un techito más bien precario, no corre con la misma suerte, de ahí la tardanza, pues luego de la cantidad de coctelitos extravagantes a los que debe haber sobrevivido, Charly García no se nos va a morir de una vulgar mezcla de agua y electricidad. Hombres en impermeables se afanan trapeando el tablado en lo que parece una tarea imposible, esta lluvia ladina apenas finta calmarse suelta un nuevo latigazo de agua, que ataca, no de arriba p’abajo, sino por los costados.
La falta de previsión contra las inclemencias pluviales no es la única falla de organización. Algún poblano ilustre tuvo la idea de programar el mismo día, en el mismo lugar y casi a la misma hora otro concierto, ni más ni menos que de Miguel Bosé (“ese gran rocanrolero”, diría agobiado Alex Lora antes de volver a hablar con los abogados de su hija). Charly gratis, afuera, en la explanada, y “Papito” Bosé enfrente, en el interior del auditorio del mismo Complejo Cultural, él sí cobrando para complacer a la snobiza poblana. Esto ocasiona que llegar sea un desmadre, que no haya lugar en el estacionamiento –en la entrada una manta advierte: “Exclusivo para el evento de Miguel Bosé”- y que ubicar los accesos para cada espectáculo sea un desmadre –no te confundas y de repente ya estés cantando “yo seré un hombre por ti” en lugar de “y cuando estés masturbando a la nena…”.
Pero las apariencias engañan. eRRe acompañado de Doctor Cuajo –quien actualmente dirige una película de animación en Puebla que pronto los dejará con el ojo cuadrado- a la llegada se encuentran con un par de damas –una de ellas harto de bonita-, vestidas de negro, muy arregladitas, cubriéndose con su paraguas, con toda la pinta de ir a ver a Miguel Bosé. Tamaña sorpresa cuando la bonita les dice, “¿Van a Charly García? Vengan es por acá”. Cuajo y eRRe, acostumbrados a las miradas despectivas de las damas capitalinas con porte similar, que sólo se calienten oyendo a Camila, casi al unísono exclaman: “¿A poco ustedes también?”. “¡Claro! ¡Qué Miguel Bosé ni qué la chingada… ¡esas son mamadas!”. ¡Y esa es la actitud, mi angelito poblano! Por falta de fortuna y aplicación, en cuanto entran el angelito se pierde en la multitud, tal vez abriéndose paso hasta la primera hilera de batalla.
Aguanta, eRRe, ¿cómo? ¿Te echaste un viaje siguiendo a Charly García y no estuviste hasta delante? La única explicación que podría dar es que ya aprendió a disfrutar los conciertos y no a sufrirlos. Si en el disco Say no more Charly ponía que “la película te la montás vos”, el eRRe opina “el concierto te lo montás vos”, qué importa la distancia a la que estés en tanto te la pases bien bailando y cantando a tus anchas, , eso es mejor que cuidarte de no quedar aplastado entre el mastodonte de 120 kilos zangoloteándose a tus espaldas y la barra de contención que tienes delante.
En suma, que “el rocanrol te lo montás vos”; si tú no te crees la estrella de tu propia película, ¿tons a quién vas a convencer de nada?, ¿para qué parapetarse horas apartando un lugar hasta el frente? Mejor, tanto que hablamos de películas, vamos a dar el rol por los estudios donde Doc Cuajo tiene a un impresionante equipo de animadores, diseñadores y demás artífices visuales dedicados a sacar adelante la película de un niño que busca la revolución de sí mismo en plena Revolución Mexicana. Luego una parada por chelas y choros en casa del compa Gamba. Liberado momentáneamente por las naturales presiones que un cineasta ocupado en su ópera prima carga en la cabeza y ante la indefinida espera impuesta por la lluvia, Doc Cuajo está que da su reino por una chela. Tras discernir sobre la posibilidad de comprar un boleto para Bosé con tal de sacar una chela del bar del auditorio, Cuajo emprende una incursión al Oxxo en la que casi le iría la vida. Déjenlo, que de peores se ha salvado. A poco de su partida parece que la lluvia por fin se deja vencer por el sueño, retiran las lonas de los instrumentos, el rumor de expectación aumenta en la muchedumbre. Un golpe de baqueta al snare de la bataca seguido de otro y otro más anuncian “Demoliendo hoteles”. La banda pisa la tarima. En cuanto sale el hombre del bigote bicolor la gente lo abraza en una oleada de júbilo. El concierto de Charly García acaba de empezar.
martes, 6 de abril de 2010
Invocación de los apestados
-Siniestro Total
"¡Chinguen a su madre las mujeres preciosas y los hombres guapos, The beautiful people, the beautiful people!"
-Armando Vega-Gil
"Nosotros somos los marranos."
Nosotros somos los apestados. Los que resbalamos
despacio al fondo de una taza de café interminable,
colgados del cable del teléfono, despellejando relojes,
caras acorraladas frente al tablero por instrucciones
de mantis en abrazo bisturí al rey. Nosotros somos
a los que dio la pálida al otro lado de la lluvia
en el salón azotado la tarde que te vimos arreglada
para subir al carruaje, los que te jalábamos
de las trenzas para ver si nos dedicabas por lo menos
tu indiferencia. Dedos de gaitero enredados
y estómago revuelto de melodías de feria. Los barridos
en uno solo de tus pestañeos. Desfigurados,
políticos de flor y mazo, insomnes paramédicos,
publicistas matarratas, arquitectos de la perversión,
malabaristas genéticos, guardabosques, carpinteros,
narcomenudistas y señores traficantes, párrocos
y sus limosneros… en pantano puente de seda. Al principio
fue la campanada de claridad abriendo la noche en canal
lo que nos atrajo. Como moscas. Ya de cerca: el infierno
que rodea tus ojos. Ya muy tarde, ya calcinados, caemos.
Como las buenas moscas que somos. Salitre tapando
la tubería de tu memoria, bagazo de pasatiempos pirotécnicos,
libros con moho, varillas retorcidas que sacan de la mansión
masticada por la familia y los años. Vestigio de respiración.
Somos cascajo, focos fundidos, humedad, telarañas. Perseguidos
por coches en llamas. Muñequitos a los que caducó la gracia.
Ni siquiera piezas de repuesto, somos
sobrantes, virutas de acero, clavos enchuecados,
tornillos flojos, corto circuito, combustible quemado
en la máquina de huesos, semilla de los accidentes.
Basura de hospital o pollería, agujas y entrañas
usadas, pulmones relamidos de humo de escape,
desafinados, lengua trabada, cuerdas que revientan,
batería perdiendo el ritmo, hilillo de durazno
y el escenario se inunda, samba de media octava llorada,
ceniza y colilla en los vasos cuando termina el concierto.
Somos ejército en campaña contra la poesía, de una pedrada
te devuelve a la vida, desplome de borrachos por las calles,
dientes nadando en tu boca, gritos como vidrios rotos
en las bardas de esta ciudad, los ojos del médico antes
de dar tu diagnóstico, manos temblorosas color enjambre
de culpa en sonido psico-estereofónico, estofado
de presidiarios. Somos los apestados, los que sacaron
en carretas para no contagiar al resto del pueblo.
Briznas de espejismo estrellado. Desahuciados,
los desterrados hijos de Eva, hoy suplicamos, a ti
clamamos, reina de la fiesta; nosotros, huéspedes
incómodos, a ti que bailas desnuda en la playa; nosotros,
los patizambos, a ti, caireles en guirnaldas; nosotros,
banquete de los jardines, a ti, lozana sinfonía; nosotros,
asma de los violines, a ti, nubes en las comisuras; nosotros,
aeroterroristas. Suena la hora de terminar la sequía,
consumada nuestra parte del sacrificio, te toca
honrar la promesa de tu belleza. La promesa de
pegarnos, redimirnos, afinarnos, limpiarnos, repararnos,
arrullarnos; la hora de soldarnos, lijarnos, desinfectarnos,
secarnos, restaurarnos, o colorearnos. O verás
sombras salvajes abrirse paso entre los arbustos gruñendo
disparos de óxido, saldremos de las coladeras, de tu cuarto
de trebejos, de la televisión en la que no te miras,
abandonaremos la lección de espanto, las camisas
de fuerza hawaianas, pabellones de pulcra blancura,
nuestros hoyos enlodados de olvido, sacudido
el sueño de la madriguera tóxica hecha de duela, raíces
a medio comer y pósters de Star Wars. Volaremos de nuevo
las moscas derrocando al infierno, aniquilación total
para tu imperio, sin paciencia ni rescoldo. Y el reposo
llegará de cabeza cuero negro en pedestal helada caricia,
la estación que pasamos felices entre los esclavos.
miércoles, 31 de marzo de 2010
Todo se está rompiendo
no me gusta decir siempre la verdad”
-Andrés Calamaro
“crazy guy with a matted beard
standing on the corner
shouting out “end times are near”
and nobody noticing,
but I can hear him loud and clear….”
-Mark Oliver Everett, “E”
miércoles, 24 de marzo de 2010
Obrero del rocanrol: El adiós de Alex Chilton (y Big Star)
“Lo ideal sería ganar un montón de dinero y que tú no le importaras a nadie. La fama trae mucho equipaje que cargar. No quisiera ser Bruce Springsteen. No necesito tanto dinero y no quiero a 20 guardaespaldas detrás de mí.”
-Alex Chilton
Durante unos días de 2005, después del golpe que el huracán Katrina asestó a Nueva Orleans, nadie supo dónde quedó. Al rato ahí fue apareciendo, tan quitado de la pena en medio de la inundación, como si entrara y saliera a su gusto por una puerta dimensional, Alex Chilton, el cantante y guitarrista que recién empezada la década de los 70, animado por su amigo de la infancia, Chris Bell, integró el cuarteto Big Star, de músculo rocanrolero, nervio moreno de soul y corazón para las armonías vocales prístinas a la Byrds, un estofado con cuyos ingredientes las generaciones venideras jugarían hasta acuñarle el mote de “power-pop”. Pero las noticias en la mañana del 18 de marzo de 2010 dejaban poca esperanza en el truco de la puertita; parecía una alucinación inducida por algún duende perverso en la resaca de San Patricio: que el día anterior estaba a punto de subirse a un avión para tocar el sábado con los Big Star de los últimos años en el festival South by Southwest de Austin cuando se sintió mal, venga la ambulancia, derechito al hospital, y… nada, que antes que se terminara la cerveza verde en los pubs irlandeses Alex Chilton, de 59 años, era declarado muerto.
Se llamaban Big Star pero en una de esas risotadas del azar que ponen a retemblar los recónditos centros de la recabrona tierra, nunca estuvieron destinados para el “Máximo Estrellato”. ¿Cuál es el colmo de Big Star? Que su primer disco se llame #1 Record y en las listas de popularidad no haya nadado mejor que un yunque en una piscina. Alex Chilton venía acreditado por un éxito -“The Letter”- a finales de los 60, con sólo 16 años en la agrupación los Box Tops, esto valió para que Big Star fueran fichados por el sello Stax, casa legendaria en el terreno del soul, pero con poca experiencia para penetrar el mercado blanco del rock, aunado a que sus cuentas estaban en números rojos, las condiciones eran adecuadas para la debacle. Además les tocó enfrentar los cerrados criterios de la radio de los 70 y sus estaciones por géneros estrictamente divididos que no sabía dónde programar la campechana de Big Star. Tan estrepitoso fue el fracaso que la banda terminó por separarse, aunque brevemente. En 1974, cuando se reunieron para grabar el segundo, Radio City, Chris Bell ya no quiso entrarle al puerquito, decidiendo enfocarse a una carrera solista que realmente nunca comenzó. Era 27 de diciembre de 1978 y 27 años también contaba Chris el día que se le ocurrió ir a darle una vuelta a su papá en el restorán que tenía al este de Memphis. De regreso iba durmiéndose al volante y en una curva fue a estampar su vida. El disco solista que por entonces preparaba con ayuda del propio Chilton y sus otros ex compañeros quedaría guardado 14 años. Su funeral se llevaría a cabo al día siguiente, 28 de diciembre, día de Santos Inocentes… y cumpleaños de su compadrito Alex.
Ay, wey, pérame tantito, que visto así da vértigo y la piel se pone chinita. Pero de eso se trata la muerte, ¿no? De repente las trivialidades de la existencia como que cambian a una iluminación onda Goya, y adquieren tono solemne y de premonición quesque muy misteriosa, en el fondo pura mamonería, bendita mamonería a la que nos aferramos pa mantenernos a flote, porque si nos atreviéramos a verle la cara de a devis a Doña Pálida, una de dos: o salimos corriendo a la cueva más cercana para no abandonarla jamás o nos quedamos embelesados frente al níveo semblante peor de babosos que putigalán de taranovela.
Radio City, ni siquiera vio la luz. La disquera Columbia, que había tomado el control de Stax, decidió que en vista del mal fardo del Nómber güan récord ni siquiera valía la pena tomarse la molestia de lanzar este. Imagínense la decepción. Ahora sí que la banda valió madres. Sin embargo todavía en 1978 aparecería Third/Sister Lovers, anomalía monumental en los anales de la industria discográfica. ¡Vamos, ni siquiera tiene un título definido! Lo de Third, lógico, se trata del tercer disco bajo el sino de la Gran Estrella, aunque Chilton diría que “nunca debió salir con el nombre de Big Star”, porque cuando fue grabado, ya no había banda, no más Chilton solito, que abrazado de las drogas y el alcohol abandonó el proyecto inconcluso tentativamente titulado Sister Lovers en 1974. El origen accidentado repercute en un conjunto de armado precario, llevado al límite de la congruencia posible entre sus partes, que se oye disfuncional, destartalado, recorrido por una tensión sexual sofocante, de esa que pega tan duro que ya no proporciona placer, sino que sientes como millones de hormigas rojas mordisqueándote por debajo de la piel. A Big Star nunca les dio pena mostrar sus inseguridades, al contrario, las lucían cual galardones en la solapa, a través de su historia es la constante que termina por volverlos un grupo entrañable. Están en la liga de los Who en su habilidad para transformar en epopeyas devocionales letanías adolescentes que grupos antes y después han masticado vaciándolas de sabor. “I feel like I’m dying I’m never gonna live again”, canta Chris Bell en “Feel”, la canción que abre el primer disco, la voz venciéndose por el peso de la emoción, coritos ululantes como viento de ánimas en pena, guitarras broncas a contraluz de la sección de metales, tan exagerado es el drama que te convence, no de que el wey se muera por la chava, sino que se muere de verdad, que en dado caso lo único exagerado es la desmoronada materia que nos compone, la exagerada humanidad.
Alex Chilton pasó el resto de los 70 escabullándose y reapareciendo por la misma puerta que usó con Katrina, produjo el debut de los Cramps y de vez en cuando hacía discos y giras por su cuenta que insistían en mantenerlo de espaldas al éxito. Comenzando los años 80 abandonó el atasque, su Memphis natal y el negocio de la música para reubicarse en Nueva Orleans, donde ejerció de lavaplatos y jardinero, época que valoraría en términos de “una buena terapia. Y era divertido tener un ingreso fijo, eso te lo aseguro”.
Mientras tanto, el grupito de inadaptados que nunca falta estaba haciéndose mayor, escuchando los discos de Big Star, contagiándose de ideas para crear canciones. Si con frecuencia se destaca de Velvet Underground que vendió pocos discos en su tiempo, pero a cada persona que compró uno la inspiró a formar una banda, Alex Chilton podía presumir del mismo orgullo (dudoso cuando traes a los acreedores encima), aunque nadie sabía a ciencia cierta qué era de él; en efecto, “un hombre invisible de voz muy visible,” como lo describía Paul Westerberg en la canción “Alex Chilton” de los Replacements, una banda que comparte con Big Star el consistente tropiezo de camino al éxito, ellos localizarían a Chilton para que tocara en otro corte de Pleased to Meet Me, el disco de 1987 que incluía esta dedicatoria.
“Los niños por millones cantan por Alex Chilton cuando viene de visita”, exultaba Westerberg en el coro, “estoy enamorado. ¿Cuál es esa canción? Estoy enamorado de esa canción”. En la hora de su último acto de fuga cuesta imaginar que alguien le rinda un tributo que retrate tan bien la confusión muy real, nada de estéril cumplido, en que la música de Big Star sumerge a los espíritus afines, que llegan a un punto en que ya no distinguen su vida del espejismo proyectado por las bocinas, que son capaces de enamorarse nada más para que adquiera sentido una canción de Big Star
R.E.M., This Mortal Coil, Teenage Fanclub, Counting Crows, Wilco, Primal Scream, Dinosaur Jr., Jeff Buckley, Elliott Smith, los niños de los que hablaba Westerberg descollaban entrada la década de los 90 reconociendo en Big Star a un antepasado ilustre. “In The Street” fue empleada como tema principal de la serie de televisión That 70’s Show, que también recurrió a “September Gurls”. Había sido una jornada tortuosa que por fin pagaba.
¿Cuántos sueñan en convertirse en estrellas de rock? Alex había soñado lo suficiente y no se durmió en los laureles del inesperado respeto que recibía, él se conformaba con ser un simple obrero del rocanrol, lo que hizo fue ponerse a trabajar. Llamó al baterista original, Jody Stephens, y con el apoyo de Jon Auer y Ken Stringfellow, miembros de los Posies, otro de los grupos jóvenes que le tributaban admiración, arrancó la segunda era de Big Star, que noche tras noche tocó la misma selección de canciones los últimos 15 años, un periodo en el que Chilton concedió sólo tres entrevistas -dos para publicaciones especializadas en tocar la guitarra y otra para una revista de jardinería-, negándose en cada ocasión a profundizar en el asunto de Big Star, que le merecía la consideración de “un empleo magnífico, trabajo 6 meses al año y los otros 6 los tengo libres”. Esta versión renovada del grupo grabó Columbia, un disco en vivo, en 1993, y hasta 2004 pasó por el estudio para entregar In Space, un plato que no modificó en gran medida el canon de los tres primeros discos.
Y creías que el mundo giraba tranquilo, tú en lo tuyo y Alex Chilton tocando ocasionalmente con su Big Star. Un día saliste a tomar una cerveza sin pensar particularmente en Big Star, o Alex Chilton, o la música en general; nada más querías un dulce aturdimiento que anegara tu cerebro en medio del naufragio de unos ojos eléctricos partiendo tu penumbra de bar. Y al otro día te enteras que quizá justo en ese momento Alex Chilton se estaba muriendo. Fffta. Eso es lo encabronante de su partida, el despiadado recordatorio: que no importa cuánto cuidemos un orden, nunca tendremos la certeza de conservarlo. Que Penélope no siempre espera tejiendo chambritas. Que acechan incendios, bandoleros, pilotos galantes, caídas de las escaleras, infartos o cánceres hijos de puta para echarnos a perder la fiesta. Ni modo, Alex Chilton se subió a una estrella… y tú sencillamente estás crudo.
miércoles, 3 de marzo de 2010
Juguemos a portarnos mal: el LP2 de Los Punsetes
Necesitamos repetirlo: de vez en cuando la poesía sale sobrando. En ocasiones sólo falta afirmar lo evidente. Alguien que diga: “Mira los cervatillos que corretean por el bosque, ellos no se fijan en tu personalidad”. Con estas palabras, que de tan sencillas parecen obvias, nos recibe el reciente LP 2 (Everlasting Records, 2010) del quinteto español Los Punsetes; impulsadas por unos tambores de ceremonial aborigen y guitarras moviéndose con soltura por un paisaje tupido de distorsión, la sensación ominosa que transmiten impone un respeto por la naturaleza más poderoso que cien peroratas ecologistas. Los Punsetes pasan la hoz de sus canciones por la maleza de metáforas que impiden ver las cosas tal cual son, conquistando la contundencia requerida para revertir las necedad que trae la cursilería. Al final de “Los cervatillos” destruyen las normas de la etiqueta anímicamente correcta con la conclusión de “lo importante siempre está en el exterior”, y lo peor es que después de escuchar la canción a nadie le quedan argumentos para contradecirlos.
Un enfoque casi de científico (no en balde la portada entomológica de su primer disco) que abre una distancia desde la que parecerían inmunes a incurrir en arrebatos que falseen la información. A esta sensación contribuye la neutralidad emocional en la interpretación de su vocalista, Ariadna, que sumada a su inmovilidad en el escenario da un toque dramático fuera de lo común a sus conciertos. Pero no nos engañemos. No es que las canciones de Los Punsetes carezcan de emoción, es que la emoción hay que buscarla en otra parte. Dueños de dos de las guitarras más expresivas del rock en castellano hoy en día, Jorge y Anntona alternan en la construcción de una filigrana barroca en el detalle y en conjunto liberadora de dinámicas trepidantes, maleabilidad atmosférica y admirable instinto melódico. Con los cimientos de Chema en la batería y Gonzalo en el bajo, la gama de variaciones emotivas que la voz deja fuera ocurren aquí, con intensidad amplificada al ser puramente musicales y no venir de la mano de las palabras, ante la imposibilidad de asignarle significado, una bruma de inquietud arropa su sonido en un verdadero sello de trabajo grupal, es decir, donde no destaca una personalidad carismática por encima de otra, sino que es resultado de la tensión entre lo que se toca y lo que se canta, de la confusión que en realidad gobierna a estas canciones que al principio supusimos inconmoviblemente objetivas.
Escuchemos “De moda”: "no te preocupes, vas a ponerte de moda, haciendo exactamente eso que haces tú, no te preocupes es lo que se lleva ahora, exactamente eso que haces tú tan bien”, y no hallamos elementos para definirle un sentido: lo mismo puede tratarse de un halago –eres tan increíble que todo el mundo te quiere, vas a ponerte de moda- o de un insulto –estás chida para un ratito, vas a ponerte de moda. ¿Cuál de las dos interpretaciones es la correcta? ¿Ambas? ¿Ninguna? ¿Cada una dependiendo el estado de ánimo? Una táctica de suspenso en la vena del cine de Hitchcock que les permite atrapar la atención en torno a conductas que generalmente consideramos aberrantes transformándolas en materia prima de piezas pop irresistibles como “Tus amigos”, que básicamente consta de una lista de reclamos posesivos bordando en la psicopatía (“que le den por culo a tus amigos”), o la descarada confesión del huevonazo de “Dinero” (“conseguidme dinero, no quiero trabajar para tenerlo”).
Ahí, en el descaro, reside mucho del encanto de esta banda. La única opción de los personajes de las canciones de Los Punsetes es la primera que habitualmente nos empeñamos en rechazar: enfrentar la verdadera naturaleza de nuestras acciones, pensamientos, sentimientos. Para postergar ese momento nos entretenemos contándonos historias de la familia, el trabajo, la sociedad, el amor. Los personajes de las canciones de Los Punsetes no tienen historias. Al presentársenos despojados de sus motivos personales, condenados a la sinceridad despiadada o perecer en el enmudecimiento, para salvarse optan por el acto de exhibicionismo. Es lo que también los hace endemoniadamente divertidos como equilibristas emberrinchados en afirmar su existencia, niños berreando que ya son grandes, pero a cada momento en peligro de la disolución absoluta. De ahí la facilidad con que nos persuaden de convicciones que en la cotidianidad no nos damos el lujo de profesar. Probablemente “El artista” tenga razón y sea “mejor no intentarlo”. En "Estilo" aunque aparentan arrepentirse de lo dicho en "Los cervatillos" al declarar que “sin duda alguna la belleza está en el interior”, se apuran a matizar: “pero a algunos les asoma y a otros no", y rematan: "yo no es que gane desnudo, es que pierdo vestido”. Lo cierto en la vida real es que vale la pena intentarlo y vestirse para evitar peores complicaciones, pero eso no significa que la tentación desaparezca, o que en el fondo no estemos de acuerdo con ellos o no nos gustaría actuar igual. Porque, ojo, decir que los personajes de las canciones de Los Punsetes no tienen historias, es como decir que sus historias podrían ser las de cualquiera. Los personajes de las canciones de los Punsetes cantan de imperfecciones, mala suerte, catástrofes, defectos del carácter (o vicios que también se les llama, en el álbum la pista 4: “Por el vicio”), aspectos en los que no acostumbramos detenernos por el horror de quedar paralizados y que sin embargo son reales, una realidad con la que nos reconcilian exponiéndola como un juego, o por lo menos una caricatura: las personas reales no son así. La mayoría de las personas reales se desplaza por una cómoda medianía que da sentido a los extremos, solazándose en las espléndidas trivialidades que en buena medida dan sentido a la vida. Las personas reales nunca estamos tan desnudos como los personajes de las canciones de Los Punsetes, nunca somos tan sinceros.
A tres canciones del final Los Punsetes ensayan una explicación para el origen de la malevolencia (“mala leche” tal vez sería mejor término) que abunda en este LP2 (con todo y su oda al jefe de jefes de las tinieblas: “Creo que creo en Satanás”), en “Hospital Alchemilla” alguien se resigna: “todo es culpa mía, quería portarme bien”. No sé si creerle. Porque a Los Punsetes por encimita se les nota la escuela del pecado de los padres fundadores, Velvet Underground, y de otros alumnos avezados: Wire, los Modern Lovers, la Cura de Robert Smith, los Ramones, Richard Hell, Television, My Bloody Valentine, Ride, los Flaming Lips, y de los grupos de garage de los sesenta, y de Eduardo Punset, si se quiere. Pero a lo que más suenan Los Punsetes es a unas ganas tremendas de portarse mal.
martes, 16 de febrero de 2010
Nota cavernícola
Al principio nada.
Después uno
con frío de silencio
quiso compañía
y se acompañó con ella.
Un sonido.
Una palabra:
“Nada”
la palabra de uno
la piedra contra el estanque
el sonido de la nada
contra nada
quién fue el primero en tirarla
quién abrió esta grieta
perfecta
para el descalabro.
En la nada imperfecta.
Quién inventó la palabra
que quiero nombrar
y me evade
palabra anulada
en un mundo de nada.
La palabra piedra
sordera
para hablar de alguien
que hablaba
de la palabra “sangre”.
¿Y en la sangre
qué había?
Una flor oscura
Roja
Oscura.
Nada que decir.
Enmudecimiento.
Porque no hay palabras
cerillos quemados
las manos raspadas
nada que decir.
Uno que da manotazos
inventando una palabra,
más que palabra, gruñido,
jadeo
aullido.
El sonido que se escapa
en la primera embestida.
jueves, 11 de febrero de 2010
Temporada invierno 2009-2010

Me quema la memoria de la nieve. Su blancura en el amanecer extendiéndose hasta asfixiar la mirada. El vértigo de montes nevados coronados por flores psicodélicas de la primera vez. La electricidad tocándola por primera vez. La pureza de la nieve y echarla a perder con pisadas, con esperpentos replicando a hombres despreciables, y los cuadrados con tapetes de “Bienvenidos a nuestra casa”, y los juegos malditos de inocencia.
Pasados 60 inviernos fue el primero que volvió a nevar en este valle. Y todos se mostraban preocupados por mi locura de estación. Lanzándome montado al trineo por escarpadas colinas disparando carcajadas que laceraban el nervio de los valles. En los momentos de calma oyendo rap y heavy metal a todo volumen en el cuarto. Los vecinos tocaban, y vivían a dos kilómetros de distancia. Fue el tiempo de la carne desencadenada, de las palabras regurgitadas, de la sintonía lujuriosa. Mis padres, mis maestros, mis contrincantes de ajedrez, venían, para mantenerme entretenido, y evitar que bailara, de nuevo, con las sirenas detrás del horizonte de la nieve.
Hoy hasta yo creo que la fiebre ha pasado. Pero como un mastodonte famélico aguarda. El anhelo, de salir corriendo, a las montañas nevadas, y arrancar los brotes imposibles, masticarlos, tocar la nieve, bañarme con la nieve, robar la nieve. Que apague, que reviva el fuego de los hombres. Lo único que realmente me detiene es cómo reaccionará –cuando llegue- mi primavera.
martes, 9 de febrero de 2010
Autorretrato de Daniel Johnston

Me describo a mí mismo cómo… un desastre. Soy maniaco depresivo y me gusta pensar que soy un artista, y me gusta pensar en hacer películas y dibujo muchas caricaturas y ahora incluso estoy ganándome la vida con eso también y creo que eso me define. Tengo un estilo de caricatura para tocar la guitarra, me gusta el arte de los aficionados, la manera de tocar la guitarra de los aficionados, los dibujos de los niños pequeños.
Cuando no estoy haciendo música… como un montón, como unas pizzas que me digo que son bastante buenas, a veces no se cocinan bien, pero me gusta que nada más tengan queso encima, cuando pides las que tienen carne no son tan buenas por alguna razón, y tomo un montón de refresco de dieta y fumo un montón de cigarrillos y yo y mi gato nos divertimos un montón. Nos sentamos a ver programas juntos, como “Time Bandit”.
Mi mayor vicio es… el arte. Me quedé encerrado en mi casa durante meses haciendo dibujos y escribiendo música y luego salía con mi perro y había un árbol y me quedaba mirando el árbol y era como “esto es arte”. Hay otras personas con mejor visión de la realidad, ellos ven un árbol, los artistas ven arte.
lunes, 8 de febrero de 2010
Cuatro poemas de Bukowski
los chicos
juegan el juego de la poesía
otra vez
escribiendo
líneas sin sentido
y haciéndolas pasar por arte
otra vez.
los chicos
están al teléfono
otra vez
escribiendo cartas
otra vez
a las editoriales y los
editores
diciéndoles
a quién editar y a quién
publicar.
los chicos
saben que o
perteneces o
no.
hay una forma de hacerlo
ves
y
sólo unos pocos saben cómo
hacerlo
de la forma correcta.
todos los demás
están fuera
y
si no sabes
quién está fuera
o quién dentro
bueno
los chicos
te lo dirán
otra vez.
los chicos
han estado por aquí
mucho tiempo:
un par de
siglos
por lo menos.
y antes de
morir
los viejos chicos
pasan su sabiduría a
los chicos
más jóvenes
de forma que ellos escriban
las líneas sin sentido
y las hagan pasar como arte
otra vez.
esta noche
tantas de mis neuronas devoradas por
el alcohol
me siento aquí a beber ahora
todos mis compañeros de bebida muertos,
me rasco la panza y sueño con el
albatros
bebo solo ahora.
bebo conmigo mismo y por mí mismo.
bebo por mi vida y por mi muerte.
mi sed todavía no está saciada.
enciendo otro cigarrillo, volteo la
botella lentamente, la
admiro.
una buena compañía.
años como este.
¿qué más pude haber hecho
que hiciera así de bien?
he bebido más que los primeros
cien hombres que te cruces
por la calle
o que veas en el manicomio.
yo me rasco la panza y sueño con el
albatros.
me he unido a los grandes ebrios de
los siglos.
he sido seleccionado.
me detengo ahora, levanto la botella, le doy
un trago poderoso.
me resulta imposible pensar que
algunos realmente se hayan detenido y se
convirtieran en ciudadanos
sobrios.
me entristece.
están secos, torpes, seguros.
yo me rasco la panza y sueño con el
albatros.
esta habitación está llena de mí y yo estoy
lleno.
bebo esta por todos ustedes
y por mí.
pasa de la media noche ahora y un perro
solitario aúlla en la
noche.
y yo estoy tan joven como el fuego que todavía
arde
ahora.
