
Nosotros tocamos con la crema y nata de los artistas de rock en Estados Unidos. O sea, por lo menos una o dos tocadas, tocamos con Bob Seger, tocamos con AC/DC, tocamos con Cheap Trick, tocamos con los Dead Boys, tocamos con Styx, tocamos con Uriah Heep, Foreigner, tocamos con Rush. Todos eran una bola de pendejos excepto por AC/DC.
-Handsome Dick Manitoba (cantante de The Dictators)
Directo desde Alemania Tachepiranha y el eRRe desde una dimensión más cercana, pero no por eso menos extraña –planeta Narwaiten-, traspasando la entrada al Foro Sol ya nos saludaban un montón de cuernitos luminosos. Entrábamos a la dimensión del mal, donde los boletos más caros están más lejos del escenario, las chelas cuestan setenta varos y las camisetas 250 para una noche de puro rock chachalaco, la noche en que AC/DC regresa a la ciudad de México después de 13 años. Quién sabe por qué pero hacía mucho –por lo menos desde la última vez que vino la Cura o Morrissey, qué distancia, ¿verdad?- que el eRRe no se sentía tan emocionado por un concierto. Quizá fuera porque desde la última vez que vinieron, el eRRe lleva 13 años más escuchando al “Hace Dese” y ha encontrado en ellos una esencia de rocanrol que tenía muchas ganas de volver a respirar. En la memoria todavía el olor a pólvora concentrada de la última vez que tocaron aquí, en el Palacio de los Deportes.
A las nueve y media ya el reloj parecía que marcaba tarde la hora del rocanrol, entonces se apagaron las luces, en el escenario tronaron los fuegos artificiales y en las pantallas un tren y chicas tetonas que maniobran una palanca como si fuera un sexo masculino. Sí, preparémonos para un concierto llenos de clichés, lleno de referencias falocéntricas como dirían mis (no tan) amigas a las que les da por emprender estudios de género. Abren con “Rock’n’Roll Train”, que tiene la frase “This could be the last time”, que inevitablemente me remite a la más reciente novela de Nick Hornby, la cual por estos días ando leyendo, trata de una estrella de rock ficticia que repentinamente se retira de la fama prestándose a infinidad de especulaciones, así esta sencilla línea ha motivado que muchos piensen que se trata de un prefacio a la separación del grupo. ¡No se claven! Es de lo más natural. Estos muchachitos ya no se cuecen al primer hervor, cualquiera a su edad la pudo haber escrito, realmente uno nunca sabe cuando uno de ellos pueda caer fulminado en medio del escenario. El pedo es que quién sabe de dónde sacan los huevos… y perdonen, pero es que no hay otra palabra. Esto es puro balls’n’roll. Y sí, cuando el cantante Brian Johnson recorre la extensa pasarela que han puesto en medio del foro y lo saluda la multitud de cuernitos luminosos esto al principio no parece más que un baño de ego: “ellos compraron el merchandising y ahora nosotros no hacemos más que darle sentido al dinero que gastaron”. Eso nada más visto por encimita.
Aquí hay gente de todas las generaciones. Desde chavos de 15 años hasta señores de 60 sosteniendo ridículas guitarras de plástico inflable. Pero así de absurdo se supone que debe ser el rocanrol. Y no se equivoquen, esto no es un acto de nostalgia. No son los putos Rolling Stones. ¡Qué hueva! No son viejitos tratando de rescatar glorias de su muy pasada juventud. Lo de AC/DC, incluso desde sus inicios, siempre fueron rolas de viejos raboverdes. Esta es la mejor banda de bar que puedas ver ahorita mismo en toditito el mundo. Es cagado cómo los otros tres monitos apenas se mueven durante todo el concierto, mientras Angus con su lira y Brian con su garganta van convenciendo a cada uno de los ahí presentes. Hasta los güeyes más mamones con cara de escépticos cuando suena “Thunderstruck” están sonriendo. No hay nadie que se salve. Porque si no qué chingados haces aquí. Hasta esos greñudos que traen sus playeras de Nightwish y Hammerfall, que no tienen nada que ver. Queda claro que AC/DC no es metal, vienen de la raíz más clara y asquerosa del rocanrol. AC/DC hace que te quieras sentir malo, malote. Por más bohemio, romántico, o lo que sea que te quieras sentir. AC/DC no oculta nada, te devuelve a lo más cochino de tu ser, aquí no importa el amor y sólo el sexo. Sí, es música para strippers. Y bendita sea la música para strippers. No todos podemos ser Leonard Cohen. A quién chingados le importa la poesía en este momento. Y lo más inverosímil es que en este concierto de música para strippers uno de los momentos climáticos sea cuando un cabrón flacucho, rayando los sesenta se encuera en el escenario. Te hace notar lo patético que luce Mick Jagger. A ese cabrón sólo le interesa ser una estrella de rocanrol. A estos sólo les interesa ser el alma de la fiesta. Igual quieren llevarse a todas las chavas, pero antes que cualquier otra cosa son unos valemadre y por eso mismo la gigantesca muñeca inflable de voluptuosas tetas que aparece durante "Mucha Rosita" tiene mucho más sentido que el diablito onda Simpsons en "Sympathy for the Devil".
Aunque tampoco nos equivoquemos. Cuando Angus se echa su solo de guitarra al final de “Let There Be Rock” y es levantado por encima de toda la multitud en una plataforma de la que salen disparados confetis que en el contraste de las luces y la noche semejan una lluvia de astros… carajo, es lo más claro que puedes llegar a entender cómo funciona la mitología… ahorrándote la lectura de Hesíodo y de Joseph Campbell y de Calasso y de Girard… . Así se construyen los dioses, maestros. Y te queda absolutamente claro cuando vuelve al escenario principal y solito, con su lira y una pantalla reflejando su imagen al fondo, domina a estos millares de personas que para entonces ya no saben ni cómo se llaman. Y lo más chingón es que ni siquiera tiene que ver con el virtuosismo. Chingue a su madre Yngwie Malmsteen. Esto no es quedarte pasmado por lo rápido que mueve los dedos sobre los trastes de la lira. Esto es como el mejor orgasmo de tu vida. Es algo que no depende sólo de ti. Es una rola, maestro. Es moverte con el ritmo. Es el puro pinche ruido. Esto no es Vivaldi ni Yes para el caso. Ni siquiera es que te sientas parte del público. Es como que por descuido te metiste un toque… un toque eléctrico… como los que dan aquí en Mexicalpan en las cantinas. Es hacerle al pendejo no más porque no hay de otra, porque los intelectuales aquí son los sátrapas que ellos nos hacen sentir allá afuera, en el mundo real. Como ponerte esos estúpidos cuernitos luminosos. ¿Quién chingados te va a juzgar si todos alguna vez la hemos regado? ¿Y estos son los adoradores de Satán? ¡Pues qué agradables! ¿Y por qué nadie menciona que también son autores de uno de los capítulos perdidos del Génesis? “Let there be rock” dijo el Señor de Allá Arriba… y vio que era bueno… y dejó vivir a sus criaturas en el pecado… pidiendo aventones en la carretera al infierno. Amén.
Directo desde Alemania Tachepiranha y el eRRe desde una dimensión más cercana, pero no por eso menos extraña –planeta Narwaiten-, traspasando la entrada al Foro Sol ya nos saludaban un montón de cuernitos luminosos. Entrábamos a la dimensión del mal, donde los boletos más caros están más lejos del escenario, las chelas cuestan setenta varos y las camisetas 250 para una noche de puro rock chachalaco, la noche en que AC/DC regresa a la ciudad de México después de 13 años. Quién sabe por qué pero hacía mucho –por lo menos desde la última vez que vino la Cura o Morrissey, qué distancia, ¿verdad?- que el eRRe no se sentía tan emocionado por un concierto. Quizá fuera porque desde la última vez que vinieron, el eRRe lleva 13 años más escuchando al “Hace Dese” y ha encontrado en ellos una esencia de rocanrol que tenía muchas ganas de volver a respirar. En la memoria todavía el olor a pólvora concentrada de la última vez que tocaron aquí, en el Palacio de los Deportes.
A las nueve y media ya el reloj parecía que marcaba tarde la hora del rocanrol, entonces se apagaron las luces, en el escenario tronaron los fuegos artificiales y en las pantallas un tren y chicas tetonas que maniobran una palanca como si fuera un sexo masculino. Sí, preparémonos para un concierto llenos de clichés, lleno de referencias falocéntricas como dirían mis (no tan) amigas a las que les da por emprender estudios de género. Abren con “Rock’n’Roll Train”, que tiene la frase “This could be the last time”, que inevitablemente me remite a la más reciente novela de Nick Hornby, la cual por estos días ando leyendo, trata de una estrella de rock ficticia que repentinamente se retira de la fama prestándose a infinidad de especulaciones, así esta sencilla línea ha motivado que muchos piensen que se trata de un prefacio a la separación del grupo. ¡No se claven! Es de lo más natural. Estos muchachitos ya no se cuecen al primer hervor, cualquiera a su edad la pudo haber escrito, realmente uno nunca sabe cuando uno de ellos pueda caer fulminado en medio del escenario. El pedo es que quién sabe de dónde sacan los huevos… y perdonen, pero es que no hay otra palabra. Esto es puro balls’n’roll. Y sí, cuando el cantante Brian Johnson recorre la extensa pasarela que han puesto en medio del foro y lo saluda la multitud de cuernitos luminosos esto al principio no parece más que un baño de ego: “ellos compraron el merchandising y ahora nosotros no hacemos más que darle sentido al dinero que gastaron”. Eso nada más visto por encimita.
Aquí hay gente de todas las generaciones. Desde chavos de 15 años hasta señores de 60 sosteniendo ridículas guitarras de plástico inflable. Pero así de absurdo se supone que debe ser el rocanrol. Y no se equivoquen, esto no es un acto de nostalgia. No son los putos Rolling Stones. ¡Qué hueva! No son viejitos tratando de rescatar glorias de su muy pasada juventud. Lo de AC/DC, incluso desde sus inicios, siempre fueron rolas de viejos raboverdes. Esta es la mejor banda de bar que puedas ver ahorita mismo en toditito el mundo. Es cagado cómo los otros tres monitos apenas se mueven durante todo el concierto, mientras Angus con su lira y Brian con su garganta van convenciendo a cada uno de los ahí presentes. Hasta los güeyes más mamones con cara de escépticos cuando suena “Thunderstruck” están sonriendo. No hay nadie que se salve. Porque si no qué chingados haces aquí. Hasta esos greñudos que traen sus playeras de Nightwish y Hammerfall, que no tienen nada que ver. Queda claro que AC/DC no es metal, vienen de la raíz más clara y asquerosa del rocanrol. AC/DC hace que te quieras sentir malo, malote. Por más bohemio, romántico, o lo que sea que te quieras sentir. AC/DC no oculta nada, te devuelve a lo más cochino de tu ser, aquí no importa el amor y sólo el sexo. Sí, es música para strippers. Y bendita sea la música para strippers. No todos podemos ser Leonard Cohen. A quién chingados le importa la poesía en este momento. Y lo más inverosímil es que en este concierto de música para strippers uno de los momentos climáticos sea cuando un cabrón flacucho, rayando los sesenta se encuera en el escenario. Te hace notar lo patético que luce Mick Jagger. A ese cabrón sólo le interesa ser una estrella de rocanrol. A estos sólo les interesa ser el alma de la fiesta. Igual quieren llevarse a todas las chavas, pero antes que cualquier otra cosa son unos valemadre y por eso mismo la gigantesca muñeca inflable de voluptuosas tetas que aparece durante "Mucha Rosita" tiene mucho más sentido que el diablito onda Simpsons en "Sympathy for the Devil".
Aunque tampoco nos equivoquemos. Cuando Angus se echa su solo de guitarra al final de “Let There Be Rock” y es levantado por encima de toda la multitud en una plataforma de la que salen disparados confetis que en el contraste de las luces y la noche semejan una lluvia de astros… carajo, es lo más claro que puedes llegar a entender cómo funciona la mitología… ahorrándote la lectura de Hesíodo y de Joseph Campbell y de Calasso y de Girard… . Así se construyen los dioses, maestros. Y te queda absolutamente claro cuando vuelve al escenario principal y solito, con su lira y una pantalla reflejando su imagen al fondo, domina a estos millares de personas que para entonces ya no saben ni cómo se llaman. Y lo más chingón es que ni siquiera tiene que ver con el virtuosismo. Chingue a su madre Yngwie Malmsteen. Esto no es quedarte pasmado por lo rápido que mueve los dedos sobre los trastes de la lira. Esto es como el mejor orgasmo de tu vida. Es algo que no depende sólo de ti. Es una rola, maestro. Es moverte con el ritmo. Es el puro pinche ruido. Esto no es Vivaldi ni Yes para el caso. Ni siquiera es que te sientas parte del público. Es como que por descuido te metiste un toque… un toque eléctrico… como los que dan aquí en Mexicalpan en las cantinas. Es hacerle al pendejo no más porque no hay de otra, porque los intelectuales aquí son los sátrapas que ellos nos hacen sentir allá afuera, en el mundo real. Como ponerte esos estúpidos cuernitos luminosos. ¿Quién chingados te va a juzgar si todos alguna vez la hemos regado? ¿Y estos son los adoradores de Satán? ¡Pues qué agradables! ¿Y por qué nadie menciona que también son autores de uno de los capítulos perdidos del Génesis? “Let there be rock” dijo el Señor de Allá Arriba… y vio que era bueno… y dejó vivir a sus criaturas en el pecado… pidiendo aventones en la carretera al infierno. Amén.
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