lunes, 21 de diciembre de 2009

Ni me gusta ni es sólo rocanrol: un brindis por Lester Bangs


De haber sido menos vulnerable y humano Lester Bangs pudo tener una vida más larga, en consecuencia nunca sabremos qué tanto lo habría resentido su manera de escribir, pues son dos atributos que acechan salvajes a quien hurga entre sus páginas. El día que murió había acudido a su primera reunión de Alcóholicos Anónimos, como al finalizar un libro o un artículo de largo aliento tenía por costumbre organizarse una fiestecita unipersonal con sus discos, esa noche decidió pasar por la farmacia y abastecerse de pastillas de prescripción médica pero ponedoras, surtiendo tanto efecto la receta que no sólo se mantuvo lejos de la bebida sino de volver a despertar. Conocemos este rumor gracias a Robert Quine, guitarrista con Richard Hell & the Voidods a finales de los setenta, amigo desde que Lester se mudó a Nueva York hasta el final. A Bangs “le importaba la música y eso fue en parte lo que lo mató, porque la música en los ochenta era una mierda absoluta”, alcanzó a agregarnos Quine antes de unirse al reven de ultratumba, alimentando una imagen romántica de Lester, tan consentido de Dios que no le permitió vivir para ver MTV. Lástima que sea una patraña. Seguramente Lester encontraría carnita para regodearse en las camadas de jóvenes enchufados al iPod, la conmoción de los sistemas de promoción tradicionales, los Beatles convertidos en videojuego, los chicos suburbanos queriendo pasar por parias de ghetto, ¿le gustaría Radiohead? Sufriría mucho. Pero, ¿se ahorró el sufrimiento con morirse? No. En palabras del periodista inglés Mick Farren: “Seguro con un carajo que no es muy divertido tener una sobredosis de NyQuill. Es decir, hay mejores cosas de que morirse”. Esa es otra forma de verlo. Para Farren “un cerebro desperciado”, incapaz de “escribir nada fuera de su estrecho campo de literatura rocanrolera. Ni siquiera pudo escribir un libro funcional acerca de Blondie”. Por su parte, el juicio que le merece a Lou Reed es que simplemente fue “una de las personas más irresponsables que haya conocido en su consumo de drogas”.

Aunque Lou Reed era su héroe nunca lo amilanó su presencia. Si Lou tomaba drogas, Lester el doble; si Lou contaba anécdotas bizarras, Lester tenía unas espeluznantes; se trataba de probar quién era el tipo más duro y eso fue lo que lo mató. Infantil como un niño que sólo sabe expresar su admiración a papá haciéndolo enojar, la relación con Lou Reed apenas entreve la postura ampliamente cáustica que Lester Bangs le plantó a la vida. Su método de hacer entrevistas, por ejemplo, consistía en empezar formulando la pregunta más ofensiva posible, pues era de la opinión que las entrevistas, en lo concerniente a estrellas de rock, se habían convertido en pura lambisconería; “un acto de obediencia rastrera a gente no es tan especial, de verdad. Sólo es un sujeto, otra persona, ¿qué importa?”. Una actitud con poco futuro, pero que tampoco es una pose. Hablando de rocanrol o en las bravatas con pa Lou, Lester puede sonar “provocativo”, pero la evidencia prueba que no era su propósito primordial. No escribía para encajar en la tribu de inadaptados en turno, mucho menos para marcar “tendencia”. Escribía desde la tremenda soledad de un núcleo de alta tensión humana en el que pocas personas, ya no digamos “escritores”, soportan estar sin perecer electrocutados. Antes que impresionar a nadie era más bien una labor de ir removiendo capas: y si de repente ya no eres el que más ondas se mete, el gruexo, el Juan Camaney; si te limpiáramos el glamour de lo prohibido, ¿qué nos quedaría de ti?, ¿qué hay debajo del cascarón?.

“Tomen cualquier párrafo de Lester Bangs y es una jodida pieza de literatura genial”, concede Mick Farren aun a regañadientes por ver al amigo perdido en una muerte estúpida, apresurándose en aclarar: “pero todo trataba de la misma mierda”. La pregunta sería si la acusación es entendible pasado el estupor del duelo. Menospreciar como escritor a Lester Bangs porque sólo escribía de rocanrol equivale a evitar a Dostoievsky pretextando temor a contagiarse de alguna patología psicológica o catalogar el Quijote entre las novelas de caballería. Al fin: ¿cuán basta es la diversidad de materiales que cuenta el espíritu humano para alcanzar un mismo propósito: crear algo que no existía antes? Que nunca haya escrito un libro en forma sólo subrayar su crucial circunstancia: el rocanrol, el gatillo que Lester jalaba para escudriñar las tinieblas con el relumbrón del fogonazo. No era mero pretexto. A Lester, sí, “le importaba la música”, pero en la medida que disparaba la conciencia hacia los confines de oscura viscosidad que nos previene el asco; la búsqueda de una emoción con algo de significado –aunque sea la discapacidad emocional- en este mundo que a sus ojos, por cierto, se despeñaba enloquecidamente rumbo a “su descabellada, sucia y distorsionada pirueta final”, y que por lo mismo resulta tan angustiosa y desternilladamente divertido que te meas de las carcajadas, haciendo que escribir valga la pena por lo menos para disimular la mancha en tus pantalones.

Pecaríamos de imprecisos llamando a Lester Bangs escritor de rocanrol, si acaso fue un escritor rocanrolero. Un escritor al que le sobran los adjetivos. Sus textos tal vez empiecen hablándote de rocanrol, el hecho es que terminan navegando asuntos que en forma y contenido superan con creces las disquisiciones sobre fama, autenticidad, trayectoria y demás fruslerías a las que nos acostumbró la prensa musical. Si cualquier gran escritor demanda cierta concesión de sus lectores, Greil Marcus formuló el requisito indispensable para disfrutar de Lester en su introducción a la antología de artículos y escritos dispersos Psychotic reactions and carburator dung: “la voluntad de aceptar que el mejor escritor de Estados Unidos sólo puede escribir casi exclusivamente reseñas de discos”.

Precisamente de Psychotic reactions… provienen los tres textos que les propone el eRRe para conmemorar el primer berrido que soltara Lester en la Tierra hace 61 años recién cumplidos el pasado 13 de diciembre. Primero desde su perspectiva la muerte de John Lennon que en lugar de dar pie al epitafio llorica, denuncia un comercio carroñero de emociones huecas en una pieza que desmitifica rindiendo a la vez uno de los mejores tributos a la personalidad histórica de Lennon. Luego dos textos nunca publicados en vida, tanto así que Psychotic reactions… los incluye bajo una sección con el título Impublicables (Unpublishable). De los “Documentos del desdén” Lester da buen uso a la infancia que pasó rodeado de testigos de Jehová con una carta ¿imaginaria? a la neoyorquina revista Village Eye donde maneja un recurso no muy distante del rastreo genealógico que San Mateo emprende al principio de su Evangelio, aquí aplicado en un ensayo de historia del punk simultáneamente precisa y disparatada que desbarata los linderos que median entre ficción y no-ficción. El último, fragmento de Todos mis amigos son ermitaños, uno de numerosos libros jamás concretados, es Lester en estado concentrado, bordando el filo del sentido, asomado al infinito y saltando más allá del rocanrol… resecándonos la boca por las posibilidades cortadas una noche de abril de 1982. eRRemental así lo honra en su no-cumpleaños con una humilde compensación de la deuda que el castellano tiene en traducciones de Lester Bangs, además que sirve de regalo navideño y deseo de albricias el año que viene para ustedes, distraídos y afables visitantes del blogk.

*Todas las selecciones que leerán a continuación fueron tomadas de Psychotic Reactions and Carburetor Dung. Lester Bangs. Greil Marcus, ed. Anchor Books. Nueva York, 2003.

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