por eso es que Dios lloró.
lunes, 19 de noviembre de 2018
Dios despertó, un poema de Stan Lee
por eso es que Dios lloró.
jueves, 8 de noviembre de 2018
10 días sin Falkor
Tus muy escasos ladridos. De reojo juro
que todavía puedo verte echado en tu sillón,
tomando una siesta mientras los hombres
se destrozan en el mundo.
el verdadero amor.
domingo, 28 de octubre de 2018
Obsesión por el instante: La Maravillosa Orquesta del Alcohol en México
La Maravillosa Orquesta del Alcohol es una banda de Burgos, España, que decidió abrirse camino en México sin grandes estrategias de marketing. La primera vez que vinieron, en mayo de 2017, tocaron literalmente en las calles de la capital, regalando calcomanías y vendiendo sus cedés a todo transeúnte que quisiera escucharlos. Por eso se sintió como una reivindicación para la música libre de parafernalias el vibrante concierto que brindaron el pasado sábado en El Plaza de la Ciudad de México frente a una más que aceptable concurrencia tan intensa en su entrega como el grupo sobre el escenario.
Tuve oportunidad de entrar en contacto con la banda por un texto que escribí sobre La primavera del invierno, donde relataba que ese disco me había salvado la vida en un año difícil de padres enfermos, despido laboral y aprietos económicos. Lo leyeron y a través de Twitter me expresaron cuánto les había gustado. En aquella primera visita nos vimos las caras y cuando David y Joselito, dos de sus integrantes, vinieron en marzo pasado para darnos un adelanto en formato dueto, tuvimos oportunidad de saludarnos de nuevo e incluso hacer una entrevista para mi programa A la Deriva. No sé si ellos alcancen a considerarme un amigo, pero he convidado su música a quien se ha dejado y su trato me ha hecho considerarlos camaradas existenciales. Así que el sábado 27 de octubre de 2018 quedó marcado como una fecha especial, el primer concierto formal en la Ciudad de México de La MODA, una banda que tanto te ha acompañado en los últimos años, buena gente valedera de la mejor fortuna. Se suponía que sería una fecha feliz. Sin embargo, las nubes negras que siempre me guían quisieron que mi perro Falkor muriera el día anterior, lo que significa la pérdida de un compañero de más de 18 años es otra historia que debe ser contada en otra ocasión. El hecho es que otra vez necesitaba que La MODA me llevara a ese lugar al que he llamado hogar, que me salvaran la vida como la primera vez que los escuché. Sé que no es peso menor para poner sobre los hombros de cualquier grupo, pero si ellos son los primeros que aconsejan “perder la voz cantando una canción es la mejor medicación”, sabía que podían con ello.
El primero en poner ese mantra a prueba sería el propio David, que desde el principio confesó que pocos días antes había contraído una infección en la garganta. Si sus cuerdas vocales estaban dañadas, combatió el malestar con coraje, prolongando algunas notas como queriendo obrar un milagro del espíritu imponiéndose a la materia, cantó con una garra capaz de ahuyentar a los “Mil demonios” de su primera canción y de milagro su voz no dejó marcadas las paredes del Plaza con huellas animales. El resto de la banda te envuelve en un torbellino de perfecto ensamblaje, un tren emocional. Cada uno de sus componentes aporta una cualidad musical y una presencia escénica personales que juntos rinden más que la suma de sus partes. Cuando suena “Suelo gris”, el público está por completo en las garras de este monstruo que ya puede hacer lo que quiera con ellos. “Todos quieren desaparecer alguna vez”, es cierto, como al darte cuenta que quizás el amor de tu vida fue el cocker-spaniel que acabas de perder; pero no ahora. Ahora “no tengo fuerzas para rendirme”, una estrofa de “Amoxicilina” que necesitaba gritar esta noche para elevarme por encima de la duda que plantea “O naufragar”: “¿A qué venimos a este mar?” ¿Cuándo vamos a parar? A estas alturas en que los ahí presentes nos hallamos unidos por el sudor, el sentimiento, el baile y el canto que adoptan como lema el estribillo de “Miles Davis”: “Quiero quedarme a vivir en ese instante, en el que la montaña rusa llega arriba y no antes”.
En este marco nos ofrecen dos de las canciones 7:47 (ni un minuto más), el EP que revelaron hace poco; no en balde grabado por Steve Albini (Black Flag, Pixies, PJ Harvey, et. Al), “El camino” y “Colgados del sol” indican un perfil más endurecido y acaso el inicio de un nuevo sendero.
Porque para quien no lo sepa, habrá que repetir que La MODA es una banda basada principalmente en instrumentos acústicos con la virtud de producir electricidad punketa como la que ya recorre nuestros cuerpos. Nadie hay quien se resista al alto voltaje de “1932”, “¿Quién nos va a salvar?”, “PRMVR”, con la que levanto el resto de la botellita de Jack Daniels que logré colar porque “yo sí quiero tener una musa que me escriba o escribirle yo a ella a través de esta botella”. Y le doy un beso a ella. Y por un momento, como ya casi no hago, me aviento al slam para sentir en carne propia esta obsesión por el instante. Y pienso que una de las principales lecciones que aprendí de Falkor fue que amaba la vida más que yo y en este momento me siento tan vivo que con “Catedrales” brindo por la tempestad, porque quién sabe qué vendrá detrás, una sensación que me autoriza a caer en el cliché de que en una noche que necesitaba sentirme vivo me sentí como Jon Landau viendo a Bruce Springsteen por primera vez.
Llega “Hay un fuego”, la primera canción de ellos que canté, en la parte de “no van a poder parar la fuerza del destino y sonreímos”, uno de los amigos con los que fui me acaricia la cabeza, nos abrazamos, tengo ganas de abrazar a toda esa gente. Se despiden con “Flores del mal” y la contribución de un hip-hop cortesía del nacional Tino el Pingüino. Por supuesto, vuelven, han ejercido en los asistentes el truco del flautista de Hamelin, entregan tres más. En un sábado donde obraron una gesta épica, se despiden con “Héroes del sábado” para mandarnos por ahí, si nos hieren hoy, si nos hacen daño, a intentarlo una vez.
Al terminar, salen a saludar a la gente, firmar autógrafos, sacarse fotos. Yo no quiero nada de eso, sólo quiero agradecerles. Al verme, el saxofonista, Alvar, exclama, "¡ah, me salvaron la vida¡”, esto en referencia a un grito que vociferé en su primera visita, durante una presentación en el Centro Cultural de España. Joselito me da el pésame por Falkor, me dice que lo espere para platicar, le contesto que sé que su agenda es apretada y lo dejo atendiendo a los fans. David me abraza en cuanto me ve, también me da ánimos por lo de mi perro, con Jacobo hablamos de que nos debemos un mezcal desde la primera visita, será para la próxima. Cuando ellos me tuitearon por ese comentario a La primavera del invierno me decían que su música no estaba a la altura de lo que había escrito. Yo ahora quiero decirles que nada de lo que pueda escribir está a la altura de lo que su música hizo por mí esa noche. Gracias.
martes, 13 de febrero de 2018
Soundgarden o los espejismos del rocanrol
Mi disco salvavidas de 2016: La primavera del invierno, de La Maravillosa Orquesta del Alcohol
Descubrí a La Maravillosa Orquesta del Alcohol (conocidos también con el menos mágico acrónimo de La M.O.D.A.) revisando una lista de los mejores discos españoles de 2015, decidí que con tan sugerente nombre debían gustarme. Mi primer contacto fue como se oye música hoy en día: a través de YouTube, su video para “Hay un fuego”, me llamó la atención su discurso libre de maquillaje: “Él dijo una vez que no es la fama ni el dinero,/pero cada halago significa el mundo entero/si es sincero,/no importa si vivo de esto o de ser camarero”. Busqué algunas otras canciones que me gustaron y al final me puse a escuchar en Spotify La primavera del invierno.
La M.O.D.A. se decanta por un sonido acústico que incorpora banjo, mandolina, acordeón y metales con vientos de folklore celta (por momentos recuerdan a los primeros Pogues), un cantante con voz de navaja de afeitar y letras igualmente filosas. La breve introducción de “Nubes negras” marca el tono de La primavera del invierno, que es indudablemente oscuro desde la portada, que no necesariamente depresivo. Sí, es un disco nocturno, pero que busca desesperadamente salir de la noche; no la noche de metáfora romántica, este es el naufragio sin remedio en la noche de buscarse a uno mismo, el cual no tendrá sentido hasta poder asirse a las primeras sogas luminosas que tire el amanecer. Si hay que reducirlo a un adjetivo, yo elegiría el de “vital”. Es un disco comprometido con la intensidad de la vida en las buenas y en las malas en todas sus formas a la caza de, como enuncia “Miles Davis”, la primera canción ya en forma, “vivir en ese instante en el que la montaña rusa llega arriba y no antes… ni después”; es también, siguiendo la letra de “Hay un fuego”, un disco para “perdedores y perdidos, no vencidos”, o sea: para cualquiera que haya experimentado pérdida, sufrimiento, derrota, pero también el cálido alivio de los distintos remedios para cada mal.
“PRMVR” se convirtió en himno personal en los primeros meses del año, una canción de denuncia sui generis que se resiste a dorar la píldora, primero desmitifica la libertad individual: “Asumido el hecho de que soy parte de un rebaño”, lo cual resalta el absurdo de ver ovejas con complejo de perro pastor que “han atado nuestras manos/con las mismas manos con las que/acarician a sus hijos/antes de que duerman”, Sin necesidad de matrimonio ideológico, su disidencia más espiritual que política se resume en el mensaje: “dile al Capitán que renuncio a ser su guía,/yo sí quiero tener una musa que me escriba/o escribirle yo a ella/a través de esta botella”.
Es pertinente acotar que he atravesado una década dura. Mi padre tuvo un accidente en noviembre de 2016 que de un día para otro lo transformó de un viejo fuerte y bonachón en un anciano deteriorado y delirante, circunstancia que ha provocado desavenencias familiares, trastornos legales y angustias económicas que, en consecuencia dejaron a mi madre postrada en el primer trimestre del año por una extraña enfermedad de las piernas. Era simplemente natural que me calara la letra documentalista de “Los lobos”: “En Alaska cazan lobos,/con sangre de otros lobos,/la entierran con cuchillas en la nieve/y esperan a que lleguen./Los lobos tienen hambre/y empiezan a lamer/bebiendo y desangrándose,/matándose a sí mismos sin querer”. Y no hay menor verdad cuando afirman que “así funciona el hombre con sus adicciones”, porque “somos víctimas del estímulo”, algo que podría asimilarse a la teoría mimética del pensador francés René Girard, fallecido el pasado año y de quien les recomiendo empezar por el libro La violencia y lo sagrado.
Al finalizar mayo me quedé sin empleo. De un día para el otro, un trabajo de 11 años, sin indemnización, con ambos padres enfermos, préstamo en el banco y deudas para regalar. Mi rola de batalla se volvió “Catedrales”, con su propuesta de que “brindemos por la tempestad, ¿quién sabe qué vendrá detrás?”. Además está esta mujer que no he podido olvidar y con la cual este año intenté mantener una relación civilizada, “’No te rindas nunca’, me dejaste en un papel, pero el cinismo inunda los consejos”. Más tarde, con un montón de tiempo libre en mis manos, aparte de ver con detenimiento la Euro y los Juegos Olímpicos, descubrí que tenían un cover de la canción “Historia triste” del grupo de punk radical vasco Eskorbuto, cuyo tortuoso relato del paso del tiempo –“este puede ser tu último segundo”- encajaba con mi ociosidad forzosa. Ya entrado el 2016 publicarían un EP con una versión de “Ojalá”, de Silvio Rodríguez, lo cual me resulta un tanto conflictivo porque desde la adolescencia Silvio y yo no andamos en muy buenos términos, pero la verdad es que me sé la letra entera y La M.O.D.A. me hace sentir menos culpable –no estoy en edad- de entonar versos como “ojalá por lo menos que me lleve la muerte/para no verte tanto, para no verte siempre”.
La primavera del invierno no brilla precisamente por su optimismo, pero tampoco es pusilánime. Hace que te sientas valiente en épocas donde la natural sería amilanarte. Ignoro cuál haya sido la intención del grupo al usar ese título, pero para mis oídos suena a lo que cabe inferir de él: un momento de renacimiento en una época dura.
El final feliz de esta historia es que ahora tengo un programa en Rock 101 (lunes y martes a las 12 del día, eRRemental), "en este cementario por un día hay alegría", y que para terminar el año La M.O.D.A. publicó n disco en directo, Todavía no ha salido la luna, grabado en el cierre de su gira española, donde, además de las canciones La primavera del invierno, se suman algunos de los mejores temas de su discografía anterior –“Los hijos de Johnny Cash”, “Amoxicilina”, “Vasos vacíos”, “Gasolina”- y las ya mencionadas versionas de Eskorbuto y Silvio Rodríguez. Pónganse a La M.O.D.A., la ebriedad vale la pena.
