lunes, 19 de noviembre de 2018

Dios despertó, un poema de Stan Lee

Dios despertó.
Se estiró, bostezó y su alrededor miró,
Atormentado por un pensamiento que no encontraba,
Un pensamiento vagabundo que a morir se negaba.
Se levantó y el cielo infinito escrutó.
Sondeó el es, siguió el rastro del fue
Buscó lo que todavía estaba por ser,
Y entonces encontró el planeta Tierra,
El medio olvidado planeta Tierra,
Inmerso en pena y tragedia,
Y lo supo de inmediato,
Vio el mundo que había forjado para encajar en su plan maestro.
Y entonces vio los cambios que la mano del hombre indujo.
El hombre, tan frágil, tan pequeño,
Y aun así dueño de todo,
Luchando, prosperando,
Afanando, fracasando,
Sembrando, creciendo, siempre andando,
Siempre aprendiendo, jamás conociendo.
Menos que recto, menos que justo
Y finalmente al polvo condenado.
Oyó los ruidos del hombre por todos lados:
Los disparos, los clangs, los rugidos, los bangs
El estrépito, el repiqueteo, martillos y armas.
Y luego descubrió, para su desesperación,
El tortuoso y hueco sonido de la oración.
Mil millones de cuerpos en eterna postración
Mil millones de voces donde nunca el silencio cabe:
“Dame…”, “consígueme…”,
“concédeme, “permíteme…”,
“ámame…”, “libérame…”,
“escúchame…”, “mírame…”.
Mientras él reflexionaba, observaba y aguardaba,
Ellos interminablemente suplicaban,
Cantaban, vociferaban,
Gemían, sollozaban,
Engañaban, mentían,
¿pero con qué fin? ¿En qué magna dirección
Esta devota marea de genuflexión?
Para agradar a su señor, para agradar a su dios.
Dios levantó la cabeza y rió,  a carcajadas rió,
Del hombre, el enigma, que ayuda pedía,
Que siempre exigía, siempre temía.
El hombre, el enigma, que  lamentaba su suerte.
Pero la inactividad lo infesta hasta que es muy tarde ya.
El paradójico hombre, con tanto miedo a la muerte,
Pero despilfarra su vida y su aliento derrocha
Desperdicia sus horas, disuelve sus días,
Sin conseguir nada mientras reza que reza.
El hipócrita hombre,
Pretencioso y engreído,
Pronunciando su nombre
Sólo con cuerdas vocales,
Palabras sin sentimiento,
Sonido sin significado,
Cuánta arrogancia, qué gran soberbia,
Pensar en el propio ser como elitario,
Exigiendo atención en cada ruego,
Mientras dolorosamente, vanamente, sin saberlo,
El omnipotente, infinito y absoluto señor de uno mismo
Yace enterrado.
Dios se enfadó.
¿Cómo se atrevían a creer que la Luz y el Camino
pueden ser atosigados con insistencia, de la mañana a la noche?
¿Cuál es el insensato modelo? ¿Qué insensata norma siguen?
¿Acaso prodigan a su creador el trato de una herramienta
al tiempo que proclaman su gloria, por un tonto lo tomaban?
¿Quién más, sino un tonto, con un cosmos para saborear,
se amarraría a la Tierra para concederle su favor y ayuda?
¿Quién más, sino un tonto, con un cosmos que desdobla,
se quedaría con el hombre, todo alabanza y regaño?
¿Quién, más sino un tonto, con un cosmos para deambular
concebiría un hormiguero para volverse su preso?
¿De quién más, sino de un tonto, cabría esperar
que cree hombres mortales a quienes cuidar, arreglar,
para llorar por ellos, morir por ellos una vez tras otra y otra
Dios suspiró
Les di mentes hasta donde recuerdo, fue hace demasiado tiempo.
Les di mentes que podrían usar para elegir, pensar, conocer,
Pues el desventurado que nace débil debe ser sabio para probar su valor.
Y luego les di el paraíso, la Tierra, fértil y verde.
Al principio el plan me pareció juicioso y un tanto entretenido,
Pero una vez iniciado, habiendo cumplido el acto, mi interés declinó.
Con la semilla sembrada,
El tallo crecido,
Ahí los dejé yo.
Solos.
Solos entre los planetas y las estrellas,
Y todo lo que es insondable y no tiene final.
Solos, bañados de luz y arropados por la oscuridad,
En medio de lo difuso y lo vasto y la nimiedad.
Solos.
Solos como siempre he estado, como yo siempre estaré.
¿Por qué no lo aceptan ellos? ¿Cómo, si no, serán libres?
¿Por qué?
Cuando sus pequeñas vidas son tan breves y estériles,
Cuando el dolor acaba por mancillar todos sus placeres;
En lo que dura un suspiro, su presencia se vuelve pasado;
Se aferran a cada momento, pero no hay momento duradero.
Cuando el fin llega tan rápido y tan pronto son olvidados,
¿Por qué buscan lo que ya no es?
Semejantes a niños perdidos en la noche,
Buscan a Dios para que él los guíe.
Semejantes a niños contraídos de terror,
Deben tener a Dios de su lado.
Pero ¿qué clase de niños, de la cuna al sepulcro,
Le jurarían obediencia al tiempo que lo hacen su esclavo?
Le conjuraron un cielo en el que debe quedarse morando,
Receptivo siempre, si cae la noche o si el día ha iniciado,
Debe amarlos y perdonarlos, y obedecer a sus rezos.
Por siempre atento, nunca lejano.
Y semejantes a niños, en su infantil ardor,
Adoran su sueño, piensan que la fantasía es real.
Dios reflexionó.
Él, que es todo, el fin de todo, la voluntad y la senda,
El poder, la gloria, la noche tanto como el día,
El mundo y la ley, el origen, lo mismo que el plan;
Al Señor Dios Todopoderoso, el hombre desconcertó.
Se sentía confundido por la paradoja,
Por la ironía que existía en todo eso.
Si tuviera oportunidad de enseñarles…
Pero ¿por dónde debería empezar?
¿Cómo hacerles entender, cómo lograr que vean,
cómo hacer que reconozcan su particular locura?
Viven para lucrar y vanamente se esfuerzan
Por tratar de escapar a la muerte,
Pero ni todo el oro, ni una riqueza impensable
Servirán para comprarles un aliento adicional  
Dispensan aplausos y bañan en fama
A aquellos que el poder alcanzan
Pero a los que velan, a los que comparten y aman,
Los olvidan cuando mucho en una hora
Tienden a la reyerta, a disponer sus fuerzas
Al servicio de la bandera en turno que veneran.
Pero no muren los que “¡A las armas!” llaman.
Son sus jóvenes a quienes a perecer mandan.
Sí, privados de reconocimiento, a sus jóvenes matan,
Ellos caen y mueren, para que después les lloren.
Pero ¿por qué?
¿Por una adoración diferente? ¿Por otro color en la piel?
Se codicia un palmo de tierra y arrancan tambores de guerra
Sólo puede triunfar la muerte, no hay lugar para esconderse,
Y aun así, los locos hombres ofician,   dicen que de su lado a Dios tienen.
De todos los seres que viven, que se arrastran y que trepan,
Que toman y que dan, que se duermen y que despiertan,
Que corren, que se levantan, que de costa a costa pululan la Tierra;
El hombre, sólo el hombre, nada más que el hombre, hace la guerra.
Sólo el hombre, en eterna matanza,
Sólo el hombre, con infernal voluntad,
Puede otorgarse la gracia
De enterrar a su raza,
Sólo el hombre solemne reza a su dios mientras mata y dice piadoso,
Conforme la batalla aumenta,
Que él hace lo que debe, pues lo mueven razones justas.
El caos, la masacre, el matadero no cesan,
Pero nada motivo de angustia, Dios está en su esquina, él mata para la paz.
El hombre,
Su codicia, su odio, su crimen, su guerra.
El señor, nuestro Dios, no pudo aguantarlo más.
Echó un último vistazo al hombre, tan pequeño,
De tan tardía crianza, de caída tan prematura.
Una última mirada y la necesidad de saber:
¿Quién es culpable de tamaña angustia, de esta mortal congoja?
¿El hombre defraudó al Creador? ¿O el Creador al hombre?
¿Quién es el trazador y quién el trazo?
Una oteada final y la mirada apartó.
Él conocía la respuesta,  
por eso es que Dios lloró.



jueves, 8 de noviembre de 2018

10 días sin Falkor



Detesto los segunderos
Detesto que hayan pasado 10 días
Desde que te fuiste
Y que el mundo pueda seguir tan normal
Detesto las palabras frívolas de la gente
Como aquello de que el tiempo
Cura cualquier herida
Yo no quiero que me cure de ésta
Quiero llevarla sangrante en el pecho
Como llaga abierta,
como insignia de lo que marcó
tu vida
en mi vida

La otra noche vi un documental
Se llama Heart of a Dog,
Ahí dicen que según no sé qué creencia oriental
No hay que llorarles porque eso les impide
Irse y no pueden regresar.
Yo te lloro todas las mañanas, no quiero
Que te vayas, quiero ir a todas partes
Rodeado por tus moléculas,
Como a ti te hubiera gustado
Cuando me ladrabas triste
Por dejarte solo en casa.
Sin embargo, detesto
cada mañana
llorarte un poco menos.

En Heart of a Dog también dicen
Que te tomará 49 días acostumbrarte a la muerte
Detesto la idea de algún día acostumbrarme
A que estás muerto. Cuando sigues tan vivo.
Todavía me cuido de no tropezar contigo
Al despertar. Todavía busco tu carita pegada al vidrio
De la puerta de la cocina cuando entro con el coche.
Todavía pienso en no dejar mi cena a tu alcance
Y cuando la mente anda por la estratósfera,
todavía alcanzo a oír tus bostezos, tu sollozo leve
para pedir algo, tus patitas entrando al estudio,
Tus muy escasos ladridos. De reojo juro
que todavía puedo verte echado en tu sillón,
tomando una siesta mientras los hombres
se destrozan en el mundo.

Detesto ya no tener que cuidar ese plato de comida.
Detesto voltear a la puerta de la cocina y verla vacía.
Detesto no fijarme en dejar tirado algo que puedas comer.
Detesto no vigilar la pisada por una caca o una meada
Que dejabas al final dentro de la casa. Detesto
No mentar madres por tenerlas que limpiar y detesto
No enojarme porque ya traes un papel en el hocico.
Detesto que llegue el momento en que no hayan pasado
10 días,
sino 10 años.

Pero para todo lo que ahora mismo detesto,
De repente descifro el significado oculto
de los últimos 18 años: cuando extrañas
las cosas que antes te molestaban
es porque has descubierto
el verdadero amor.

domingo, 28 de octubre de 2018

Obsesión por el instante: La Maravillosa Orquesta del Alcohol en México


 La Maravillosa Orquesta del Alcohol es una banda de Burgos, España, que decidió abrirse camino en México sin grandes estrategias de marketing. La primera vez que vinieron, en mayo de 2017, tocaron literalmente en las calles de la capital, regalando calcomanías y vendiendo sus cedés a todo transeúnte que quisiera escucharlos. Por eso se sintió como una reivindicación para la música libre de parafernalias el vibrante concierto que brindaron el pasado sábado en El Plaza de la Ciudad de México frente a una más que aceptable concurrencia tan intensa en su entrega como el grupo sobre el escenario. 


 Tuve oportunidad de entrar en contacto con la banda por un texto que escribí sobre La primavera del invierno, donde relataba que ese disco me había salvado la vida en un año difícil de padres enfermos, despido laboral y aprietos económicos. Lo leyeron y a través de Twitter me expresaron cuánto les había gustado. En aquella primera visita nos vimos las caras y cuando David y Joselito, dos de sus integrantes, vinieron en marzo pasado para darnos un adelanto en formato dueto, tuvimos oportunidad de saludarnos de nuevo e incluso hacer una entrevista para mi programa A la Deriva. No sé si ellos alcancen a considerarme un amigo, pero he convidado su música a quien se ha dejado y su trato me ha hecho considerarlos camaradas existenciales. Así que el sábado 27 de octubre de 2018 quedó marcado como una fecha especial, el primer concierto formal en la Ciudad de México de La MODA, una banda que tanto te ha acompañado en los últimos años, buena gente valedera de la mejor fortuna. Se suponía que sería una fecha feliz. Sin embargo, las nubes negras que siempre me guían quisieron que mi perro Falkor muriera el día anterior, lo que significa la pérdida de un compañero de más de 18 años es otra historia que debe ser contada en otra ocasión. El hecho es que otra vez necesitaba que La MODA me llevara a ese lugar al que he llamado hogar, que me salvaran la vida como la primera vez que los escuché. Sé que no es peso menor para poner sobre los hombros de cualquier grupo, pero si ellos son los primeros que aconsejan “perder la voz cantando una canción es la mejor medicación”, sabía que podían con ello.


 El primero en poner ese mantra a prueba sería el propio David, que desde el principio confesó que pocos días antes había contraído una infección en la garganta. Si sus cuerdas vocales estaban dañadas, combatió el malestar con coraje, prolongando algunas notas como queriendo obrar un milagro del espíritu imponiéndose a la materia, cantó con una garra capaz de ahuyentar a los “Mil demonios” de su primera canción y de milagro su voz no dejó marcadas las paredes del Plaza con huellas animales. El resto de la banda te envuelve en un torbellino de perfecto ensamblaje, un tren emocional. Cada uno de sus componentes aporta una cualidad musical y una presencia escénica personales que juntos rinden más que la suma de sus partes. Cuando suena “Suelo gris”, el público está por completo en las garras de este monstruo que ya puede hacer lo que quiera con ellos. “Todos quieren desaparecer alguna vez”, es cierto, como al darte cuenta que quizás el amor de tu vida fue el cocker-spaniel que acabas de perder; pero no ahora. Ahora “no tengo fuerzas para rendirme”, una estrofa de “Amoxicilina” que necesitaba gritar esta noche para elevarme por encima de la duda que plantea “O naufragar”: “¿A qué venimos a este mar?” ¿Cuándo vamos a parar? A estas alturas en que los ahí presentes nos hallamos unidos por el sudor, el sentimiento, el baile y el canto que adoptan como lema el estribillo de “Miles Davis”: “Quiero quedarme a vivir en ese instante, en el que la montaña rusa llega arriba y no antes”.


 En este marco nos ofrecen dos de las canciones 7:47 (ni un minuto más), el EP que revelaron hace poco; no en balde grabado por Steve Albini (Black Flag, Pixies, PJ Harvey, et. Al), “El camino” y “Colgados del sol” indican un perfil más endurecido y acaso el inicio de un nuevo sendero.


Porque para quien no lo sepa, habrá que repetir que La MODA es una banda basada principalmente en instrumentos acústicos con la virtud de producir electricidad punketa como la que ya recorre nuestros cuerpos. Nadie hay quien se resista al alto voltaje de “1932”, “¿Quién nos va a salvar?”, “PRMVR”, con la que levanto el resto de la botellita de Jack Daniels que logré colar porque “yo sí quiero tener una musa que me escriba o escribirle yo a ella a través de esta botella”. Y le doy un beso a ella. Y por un momento, como ya casi no hago, me aviento al slam para sentir en carne propia esta obsesión por el instante. Y pienso que una de las principales lecciones que aprendí de Falkor fue que amaba la vida más que yo y en este momento me siento tan vivo que con “Catedrales” brindo por la tempestad, porque quién sabe qué vendrá detrás, una sensación que me autoriza a caer en el cliché de que en una noche  que necesitaba sentirme vivo me sentí como Jon Landau viendo a Bruce Springsteen por primera vez.


 Llega “Hay un fuego”, la primera canción de ellos que canté, en la parte de “no van a poder parar la fuerza del destino y sonreímos”, uno de los amigos con los que fui me acaricia la cabeza, nos abrazamos, tengo ganas de abrazar a toda esa gente. Se despiden con “Flores del mal” y la contribución de un hip-hop cortesía del nacional Tino el Pingüino. Por supuesto, vuelven, han ejercido en los asistentes el truco del flautista de Hamelin, entregan tres más. En un sábado donde obraron una gesta épica, se despiden con “Héroes del sábado” para mandarnos por ahí, si nos hieren hoy, si nos hacen daño, a intentarlo una vez.


Al terminar, salen a saludar a la gente, firmar autógrafos, sacarse fotos. Yo no quiero nada de eso, sólo quiero agradecerles. Al verme, el saxofonista, Alvar, exclama, "¡ah, me salvaron la vida¡”, esto en referencia a un grito que vociferé en su primera visita, durante una presentación en el Centro Cultural de España. Joselito me da el pésame por Falkor, me dice que lo espere para platicar, le contesto que sé que su agenda es apretada y lo dejo atendiendo a los fans. David me abraza en cuanto me ve, también me da ánimos por lo de mi perro, con Jacobo hablamos de que nos debemos un mezcal desde la primera visita, será para la próxima. Cuando ellos me tuitearon por ese comentario a La primavera del invierno me decían que su música no estaba a la altura de lo que había escrito. Yo ahora quiero decirles que nada de lo que pueda escribir está a la altura de lo que su música hizo por mí esa noche. Gracias.


martes, 13 de febrero de 2018

Soundgarden o los espejismos del rocanrol



“Me veo California y me siento Minnesota”

 Outshined, Chris Cornell



Comparados con sus contemporáneos de mayor éxito, la música de Soundgarden era más sofisticada que Pearl Jam y más pesada  que Nirvana. De la horda de bandas salidas de Seattle en los 90, el sonido de Soundgarden es el más cercano al del metal clásico, pero también es algo más. Las quejas de metaleros recalcitrantes sobre que el grunge nos hizo unos llorones, exhibe su propio berrinche. El grunge enseñó que hacía falta un tipo duro para llevar los sentimientos en la solapa. Black Sabbath conocía a los Smiths. Y quizá  te rendía la crudeza de Nirvana o la intensidad de Pearl Jam, pero si se trataba de imaginar a tu banda ideal, yo quería a Chris Cornell en el micro, la voz más poderosa  del grunge.



Los mismos metaleros enrabietados que ya mencionamos olvidan que en el amanecer de los 90 la línea no estaba tan clara, muchas de las bandas de Seattle en el apogeo de MTV pasaban lo mismo por Headbanger’s Ball (su espacio dedicado al metal) que en 120 Minutes (el programa de ‘alternativo’), baste recordar que Alice In Chains abrió una gira para Metallica. Si acaso, lo que hizo el grunge por muchos sometidos al cinturón de castidad del detector de metal fue abrirlos a la inmensidad musical (y emotiva) de esto que llamamos rocanrol, fíjense si no en los covers que hizo Cornell en su gira de 2016 con Temple Of The Dog (o sea, los integrantes de Pearl Jam) de Led Zeppelin a The Cure. Soundgarden entregó los discos más complejos de su camada. Tanto que al final uno ya no sabía si era grunge o no lo que hacían, ¿y a quién le importaba? Era música pesada que no caía en la perorata satánica y el alarde de proezas sexuales donde se había atascado el metal. Era progresivo sin ser rebuscado y punk sin desafinar.



Con lo buenos que eran Soundgarden, su sonido machacón podía tornarse agotador. Cornell ya había dado muestras de matices más suaves donde su voz alcanzaba a transmitir más con la canción “Seasons” de la película Singles. Por eso me entusiasmó Euphoria Morning, su debut solista, me parecía que al fin iba en camino de poner su garganta al servicio de lo que  me parecía su verdadera vocación: el blues. Me equivocaba, él optó por hacer rock llena-estadios con Audioslave y el resto de su discografía solista no me suena a la altura de ese primer esfuerzo, incluso lo considero autor de un disco que en su momento reseñé –y sigo convencido de ello- como el peor disco de la historia: Scream, una producción de Timbaland, quien entonces estaba de moda por su trabajo con Justin Timberlake, ahí Cornell busca disfrazarse del último fenómeno teen y el truco no le sale.



Eso no borra que haya sido autor de algunas canciones que se me hicieron emblemáticas en el largo y sinuoso camino. Mientras él iniciaba carrera por su cuenta, yo salía de la universidad y me veía con una chica a la que quería, pero no tanto como a esta otra chica que había elegido a un chico llamado ‘Arturo’ y ese ‘Arturo’ era alguien distinto a mí (creo que en ese momento decidí que iría como ‘el eRRe’ nomás). Cornell publicó “Sunshower” como parte de la banda sonora de Great Expectations, de Alfonso Cuarón (una peli que fui a ver 7 veces y en cada una salí de la sala llorando). “Dark as roses, fine as sand”, empieza en fórmula exacta de la naturaleza siniestra y frágil de la belleza… y sí, ella terminó “floreciendo en un dulce baño de sol”, como también dice la canción, yo permanecí morador de las tinieblas. “Me llamaste perro, bueno, eso es justo… yo te llamaré hermosa, si acaso tengo voz”, cantaba Cornell una de las primeras veces que lo escuché. “Me veo California y me siento Minnesota”, una frase de su primer éxito, “Outshined”, es un cuadro perfecto de buena parte del espíritu de los 90.


El 31 de mayo de 2013 los reunidos Soundgarden visitaron por primera vez México. Ya había visto a Cornell con Audioslave, pero no era lo mismo. Aquello había sido una visita al zoológico, pero esto debía ser el animal en estado salvaje (de hecho, venían en gira para su disco King Animal). No se llenó el Palacio de los Deportes, ni falta que hizo. La mayoría bien entrados en nuestra tercera década de vida nos inmolábamos en un slam no gandalla aunque sí severo. Acabamos descamisados, sudorosos, despeinados y adoloridos, con una sonrisa de oreja a oreja. Yo que fui feliz esa noche, acaso me dejé engañar por Soundgarden. Entre las versiones que interpretó el año pasado con Temple of the Dog estaba mi canción favorita de David Bowie, “Quicksand”, con una letra a contracorriente del egocéntrico optimismo moderno: “no creas en ti mismo, no te engañes con la fe, el conocimiento llega con la liberación de la muerte”. Es una pena… eso es tan obvio que debería dar vergüenza decirlo, pero igual lo haré: es una pena que ese cachito de salvación que Cornell me regaló hace cuatro años no haya alcanzado para sí mismo. Espejismos de rocanrol.

Mi disco salvavidas de 2016: La primavera del invierno, de La Maravillosa Orquesta del Alcohol

 

Descubrí a La Maravillosa Orquesta del Alcohol (conocidos también con el menos mágico acrónimo de La M.O.D.A.) revisando una lista de los mejores discos españoles de 2015, decidí que con tan sugerente nombre debían gustarme. Mi primer contacto fue como se oye música hoy en día: a través de YouTube, su video para “Hay un fuego”, me llamó la atención su discurso libre de maquillaje: “Él dijo una vez que no es la fama ni el dinero,/pero cada halago significa el mundo entero/si es sincero,/no importa si vivo de esto o de ser camarero”. Busqué algunas otras canciones que me gustaron y al final me puse a escuchar en Spotify La primavera del invierno.

La M.O.D.A. se decanta por un sonido acústico que incorpora banjo, mandolina, acordeón y metales con vientos de folklore celta (por momentos recuerdan a los primeros Pogues), un cantante con voz de navaja de afeitar y letras igualmente filosas. La breve introducción de “Nubes negras” marca el tono de La primavera del invierno, que es indudablemente oscuro desde la portada, que no necesariamente depresivo.  Sí, es un disco  nocturno, pero que busca desesperadamente salir de la noche; no la noche de metáfora romántica, este es el naufragio sin remedio en la noche de buscarse a uno mismo, el cual no tendrá sentido hasta poder asirse a las primeras sogas luminosas que tire el amanecer. Si hay que reducirlo a un adjetivo, yo elegiría el de “vital”. Es un disco comprometido con la intensidad de la vida en las buenas y en las malas en todas sus formas a la caza de, como enuncia “Miles Davis”, la primera canción ya en forma, “vivir en ese instante en el que la montaña rusa llega arriba y no antes… ni después”; es también, siguiendo la letra de “Hay un fuego”, un disco para “perdedores y perdidos, no vencidos”, o sea: para cualquiera que haya experimentado pérdida, sufrimiento, derrota, pero también el cálido alivio de los distintos remedios para cada mal.

 “PRMVR” se convirtió en himno personal en los primeros meses del año, una canción de denuncia sui generis que se resiste a dorar la píldora, primero desmitifica la libertad individual: “Asumido el hecho de que soy parte de un rebaño”, lo cual resalta el absurdo de ver ovejas con complejo de perro pastor  que “han atado nuestras manos/con las mismas manos con las que/acarician a sus hijos/antes de que duerman”, Sin necesidad de matrimonio ideológico, su disidencia más espiritual que política se resume en el mensaje: “dile al Capitán que renuncio a ser su guía,/yo sí quiero tener una musa que me escriba/o escribirle yo a ella/a través de esta botella”.

Es pertinente acotar que he atravesado una década dura. Mi padre tuvo un accidente en noviembre de 2016 que de un día para otro lo transformó de un viejo fuerte y bonachón en un anciano deteriorado y delirante, circunstancia que ha provocado desavenencias familiares, trastornos legales y angustias económicas que, en consecuencia dejaron a mi madre postrada en el primer trimestre del año por una extraña enfermedad de las piernas. Era simplemente natural que me calara la letra documentalista de “Los lobos”: “En Alaska cazan lobos,/con sangre de otros lobos,/la entierran con cuchillas en la nieve/y esperan a que lleguen./Los lobos tienen hambre/y empiezan a lamer/bebiendo y desangrándose,/matándose a sí mismos sin querer”. Y no hay menor verdad cuando afirman que “así funciona el hombre con sus adicciones”, porque “somos víctimas del estímulo”, algo que podría asimilarse a la teoría mimética del pensador francés René Girard, fallecido el pasado año y de quien les recomiendo empezar por el libro La violencia y lo sagrado.

Al finalizar mayo me quedé sin empleo. De un día para el otro, un trabajo de 11 años, sin indemnización, con ambos padres enfermos, préstamo en el banco y deudas para regalar. Mi rola de batalla se volvió “Catedrales”, con su propuesta de que “brindemos por la tempestad, ¿quién sabe qué vendrá detrás?”. Además está esta mujer que no he podido olvidar y con la cual este año intenté mantener una relación civilizada, “’No te rindas nunca’, me dejaste en un papel, pero el cinismo inunda los consejos”. Más tarde, con un montón de tiempo libre en mis manos, aparte de ver con detenimiento la Euro y los Juegos Olímpicos, descubrí que tenían un cover de la canción “Historia triste” del grupo de punk radical vasco Eskorbuto, cuyo tortuoso relato del paso del tiempo –“este puede ser tu último segundo”- encajaba con mi ociosidad forzosa. Ya entrado el 2016 publicarían un EP con una versión de “Ojalá”, de Silvio Rodríguez, lo cual me resulta un tanto conflictivo porque desde la adolescencia Silvio y yo no andamos en muy buenos términos, pero la verdad es que me sé la letra entera y La M.O.D.A. me hace sentir menos culpable –no estoy en edad- de entonar versos como “ojalá por lo menos que me lleve la muerte/para no verte tanto, para no verte siempre”.

La primavera del invierno no brilla precisamente por su optimismo, pero tampoco es pusilánime. Hace que te sientas valiente en épocas donde la natural sería amilanarte. Ignoro cuál haya sido la intención del grupo al usar ese título, pero para mis oídos suena a lo que cabe inferir de él: un momento de renacimiento en una época dura.

El final feliz de esta historia es que ahora tengo un programa en Rock 101 (lunes y martes a las 12 del día, eRRemental), "en este cementario por un día hay alegría", y que para terminar el año La M.O.D.A. publicó n disco en directo, Todavía no ha salido la luna, grabado en el cierre de su gira española, donde, además de las canciones La primavera del invierno, se suman algunos de los mejores temas de su discografía anterior –“Los hijos de Johnny Cash”, “Amoxicilina”, “Vasos vacíos”, “Gasolina”- y las ya mencionadas versionas de Eskorbuto y Silvio Rodríguez. Pónganse a La M.O.D.A., la ebriedad vale la pena.