martes, 13 de febrero de 2018

Soundgarden o los espejismos del rocanrol



“Me veo California y me siento Minnesota”

 Outshined, Chris Cornell



Comparados con sus contemporáneos de mayor éxito, la música de Soundgarden era más sofisticada que Pearl Jam y más pesada  que Nirvana. De la horda de bandas salidas de Seattle en los 90, el sonido de Soundgarden es el más cercano al del metal clásico, pero también es algo más. Las quejas de metaleros recalcitrantes sobre que el grunge nos hizo unos llorones, exhibe su propio berrinche. El grunge enseñó que hacía falta un tipo duro para llevar los sentimientos en la solapa. Black Sabbath conocía a los Smiths. Y quizá  te rendía la crudeza de Nirvana o la intensidad de Pearl Jam, pero si se trataba de imaginar a tu banda ideal, yo quería a Chris Cornell en el micro, la voz más poderosa  del grunge.



Los mismos metaleros enrabietados que ya mencionamos olvidan que en el amanecer de los 90 la línea no estaba tan clara, muchas de las bandas de Seattle en el apogeo de MTV pasaban lo mismo por Headbanger’s Ball (su espacio dedicado al metal) que en 120 Minutes (el programa de ‘alternativo’), baste recordar que Alice In Chains abrió una gira para Metallica. Si acaso, lo que hizo el grunge por muchos sometidos al cinturón de castidad del detector de metal fue abrirlos a la inmensidad musical (y emotiva) de esto que llamamos rocanrol, fíjense si no en los covers que hizo Cornell en su gira de 2016 con Temple Of The Dog (o sea, los integrantes de Pearl Jam) de Led Zeppelin a The Cure. Soundgarden entregó los discos más complejos de su camada. Tanto que al final uno ya no sabía si era grunge o no lo que hacían, ¿y a quién le importaba? Era música pesada que no caía en la perorata satánica y el alarde de proezas sexuales donde se había atascado el metal. Era progresivo sin ser rebuscado y punk sin desafinar.



Con lo buenos que eran Soundgarden, su sonido machacón podía tornarse agotador. Cornell ya había dado muestras de matices más suaves donde su voz alcanzaba a transmitir más con la canción “Seasons” de la película Singles. Por eso me entusiasmó Euphoria Morning, su debut solista, me parecía que al fin iba en camino de poner su garganta al servicio de lo que  me parecía su verdadera vocación: el blues. Me equivocaba, él optó por hacer rock llena-estadios con Audioslave y el resto de su discografía solista no me suena a la altura de ese primer esfuerzo, incluso lo considero autor de un disco que en su momento reseñé –y sigo convencido de ello- como el peor disco de la historia: Scream, una producción de Timbaland, quien entonces estaba de moda por su trabajo con Justin Timberlake, ahí Cornell busca disfrazarse del último fenómeno teen y el truco no le sale.



Eso no borra que haya sido autor de algunas canciones que se me hicieron emblemáticas en el largo y sinuoso camino. Mientras él iniciaba carrera por su cuenta, yo salía de la universidad y me veía con una chica a la que quería, pero no tanto como a esta otra chica que había elegido a un chico llamado ‘Arturo’ y ese ‘Arturo’ era alguien distinto a mí (creo que en ese momento decidí que iría como ‘el eRRe’ nomás). Cornell publicó “Sunshower” como parte de la banda sonora de Great Expectations, de Alfonso Cuarón (una peli que fui a ver 7 veces y en cada una salí de la sala llorando). “Dark as roses, fine as sand”, empieza en fórmula exacta de la naturaleza siniestra y frágil de la belleza… y sí, ella terminó “floreciendo en un dulce baño de sol”, como también dice la canción, yo permanecí morador de las tinieblas. “Me llamaste perro, bueno, eso es justo… yo te llamaré hermosa, si acaso tengo voz”, cantaba Cornell una de las primeras veces que lo escuché. “Me veo California y me siento Minnesota”, una frase de su primer éxito, “Outshined”, es un cuadro perfecto de buena parte del espíritu de los 90.


El 31 de mayo de 2013 los reunidos Soundgarden visitaron por primera vez México. Ya había visto a Cornell con Audioslave, pero no era lo mismo. Aquello había sido una visita al zoológico, pero esto debía ser el animal en estado salvaje (de hecho, venían en gira para su disco King Animal). No se llenó el Palacio de los Deportes, ni falta que hizo. La mayoría bien entrados en nuestra tercera década de vida nos inmolábamos en un slam no gandalla aunque sí severo. Acabamos descamisados, sudorosos, despeinados y adoloridos, con una sonrisa de oreja a oreja. Yo que fui feliz esa noche, acaso me dejé engañar por Soundgarden. Entre las versiones que interpretó el año pasado con Temple of the Dog estaba mi canción favorita de David Bowie, “Quicksand”, con una letra a contracorriente del egocéntrico optimismo moderno: “no creas en ti mismo, no te engañes con la fe, el conocimiento llega con la liberación de la muerte”. Es una pena… eso es tan obvio que debería dar vergüenza decirlo, pero igual lo haré: es una pena que ese cachito de salvación que Cornell me regaló hace cuatro años no haya alcanzado para sí mismo. Espejismos de rocanrol.

Mi disco salvavidas de 2016: La primavera del invierno, de La Maravillosa Orquesta del Alcohol

 

Descubrí a La Maravillosa Orquesta del Alcohol (conocidos también con el menos mágico acrónimo de La M.O.D.A.) revisando una lista de los mejores discos españoles de 2015, decidí que con tan sugerente nombre debían gustarme. Mi primer contacto fue como se oye música hoy en día: a través de YouTube, su video para “Hay un fuego”, me llamó la atención su discurso libre de maquillaje: “Él dijo una vez que no es la fama ni el dinero,/pero cada halago significa el mundo entero/si es sincero,/no importa si vivo de esto o de ser camarero”. Busqué algunas otras canciones que me gustaron y al final me puse a escuchar en Spotify La primavera del invierno.

La M.O.D.A. se decanta por un sonido acústico que incorpora banjo, mandolina, acordeón y metales con vientos de folklore celta (por momentos recuerdan a los primeros Pogues), un cantante con voz de navaja de afeitar y letras igualmente filosas. La breve introducción de “Nubes negras” marca el tono de La primavera del invierno, que es indudablemente oscuro desde la portada, que no necesariamente depresivo.  Sí, es un disco  nocturno, pero que busca desesperadamente salir de la noche; no la noche de metáfora romántica, este es el naufragio sin remedio en la noche de buscarse a uno mismo, el cual no tendrá sentido hasta poder asirse a las primeras sogas luminosas que tire el amanecer. Si hay que reducirlo a un adjetivo, yo elegiría el de “vital”. Es un disco comprometido con la intensidad de la vida en las buenas y en las malas en todas sus formas a la caza de, como enuncia “Miles Davis”, la primera canción ya en forma, “vivir en ese instante en el que la montaña rusa llega arriba y no antes… ni después”; es también, siguiendo la letra de “Hay un fuego”, un disco para “perdedores y perdidos, no vencidos”, o sea: para cualquiera que haya experimentado pérdida, sufrimiento, derrota, pero también el cálido alivio de los distintos remedios para cada mal.

 “PRMVR” se convirtió en himno personal en los primeros meses del año, una canción de denuncia sui generis que se resiste a dorar la píldora, primero desmitifica la libertad individual: “Asumido el hecho de que soy parte de un rebaño”, lo cual resalta el absurdo de ver ovejas con complejo de perro pastor  que “han atado nuestras manos/con las mismas manos con las que/acarician a sus hijos/antes de que duerman”, Sin necesidad de matrimonio ideológico, su disidencia más espiritual que política se resume en el mensaje: “dile al Capitán que renuncio a ser su guía,/yo sí quiero tener una musa que me escriba/o escribirle yo a ella/a través de esta botella”.

Es pertinente acotar que he atravesado una década dura. Mi padre tuvo un accidente en noviembre de 2016 que de un día para otro lo transformó de un viejo fuerte y bonachón en un anciano deteriorado y delirante, circunstancia que ha provocado desavenencias familiares, trastornos legales y angustias económicas que, en consecuencia dejaron a mi madre postrada en el primer trimestre del año por una extraña enfermedad de las piernas. Era simplemente natural que me calara la letra documentalista de “Los lobos”: “En Alaska cazan lobos,/con sangre de otros lobos,/la entierran con cuchillas en la nieve/y esperan a que lleguen./Los lobos tienen hambre/y empiezan a lamer/bebiendo y desangrándose,/matándose a sí mismos sin querer”. Y no hay menor verdad cuando afirman que “así funciona el hombre con sus adicciones”, porque “somos víctimas del estímulo”, algo que podría asimilarse a la teoría mimética del pensador francés René Girard, fallecido el pasado año y de quien les recomiendo empezar por el libro La violencia y lo sagrado.

Al finalizar mayo me quedé sin empleo. De un día para el otro, un trabajo de 11 años, sin indemnización, con ambos padres enfermos, préstamo en el banco y deudas para regalar. Mi rola de batalla se volvió “Catedrales”, con su propuesta de que “brindemos por la tempestad, ¿quién sabe qué vendrá detrás?”. Además está esta mujer que no he podido olvidar y con la cual este año intenté mantener una relación civilizada, “’No te rindas nunca’, me dejaste en un papel, pero el cinismo inunda los consejos”. Más tarde, con un montón de tiempo libre en mis manos, aparte de ver con detenimiento la Euro y los Juegos Olímpicos, descubrí que tenían un cover de la canción “Historia triste” del grupo de punk radical vasco Eskorbuto, cuyo tortuoso relato del paso del tiempo –“este puede ser tu último segundo”- encajaba con mi ociosidad forzosa. Ya entrado el 2016 publicarían un EP con una versión de “Ojalá”, de Silvio Rodríguez, lo cual me resulta un tanto conflictivo porque desde la adolescencia Silvio y yo no andamos en muy buenos términos, pero la verdad es que me sé la letra entera y La M.O.D.A. me hace sentir menos culpable –no estoy en edad- de entonar versos como “ojalá por lo menos que me lleve la muerte/para no verte tanto, para no verte siempre”.

La primavera del invierno no brilla precisamente por su optimismo, pero tampoco es pusilánime. Hace que te sientas valiente en épocas donde la natural sería amilanarte. Ignoro cuál haya sido la intención del grupo al usar ese título, pero para mis oídos suena a lo que cabe inferir de él: un momento de renacimiento en una época dura.

El final feliz de esta historia es que ahora tengo un programa en Rock 101 (lunes y martes a las 12 del día, eRRemental), "en este cementario por un día hay alegría", y que para terminar el año La M.O.D.A. publicó n disco en directo, Todavía no ha salido la luna, grabado en el cierre de su gira española, donde, además de las canciones La primavera del invierno, se suman algunos de los mejores temas de su discografía anterior –“Los hijos de Johnny Cash”, “Amoxicilina”, “Vasos vacíos”, “Gasolina”- y las ya mencionadas versionas de Eskorbuto y Silvio Rodríguez. Pónganse a La M.O.D.A., la ebriedad vale la pena.