lunes, 31 de diciembre de 2007

Noche de Año Nuevo I

Primera parte de una traducción de Lester Bangs sobre nuestras peculiares celebraciones findeañeras. Cualquier coincidencia con la realidad es fruto exclusivamente de su imaginación. Esperen la segunda y última parte dentro de unos días. Que nos sea leve. Nos leemos en el 2008. Salud pues.

Noche de año nuevo

Últimamente a donde voltees alguien está diciendo: “¡ya se acercan los ochenta!”. Como si al llegar la media noche y con ella el Año Nuevo ¡todo fuera diferente! Y cuando les dices, “por favor, ya sabes que todo va a seguir hundiéndose poco a poco”, ¡se ponen como locos! ¡Aguafiestas! ¡Qué falta de sentido del deber social! ¡Es verdad que soy antisocial! Pero también lo son todas las personas con las que me junto. Cuando nuestro bar favorito el Bells Hell cerró hace unos cuantos meses todos nos quedamos en nuestros departamentos en lugar de ponernos a buscar un nuevo agujero donde chupar. (Lo que probablemente sugiera que, como los búfalos, pronto desapareceremos.) Se lo conté a mi loquero y me dijo: “todos son patéticos”.
En otra ocasión cuando me quejaba porque me sentía raro en proximidad de otras personas porque nunca las veía porque lo único que hacía era quedarme en cama con las cobijas echadas encima de mi cabeza porque de verdad creía que como dijeron los poderosos Ramones “no había nada qué hacer ni lugar adonde ir” y sólo quería estar sedado, mi loquero aconsejó que llamara uno por uno a todos mis amigos para que salieran de sus estrechas celdas a ver si juntos se nos ocurría una forma en que disfrutáramos repatriarnos a la raza humana. Así que llevé a cabo el plebiscito y cuando volví me dijo: “¿cuál fue el consenso?”. Yo le dije, “el consenso es, “¿para qué quieres estar cerca de la gente? ¡La mayoría de cualquier forma es una porquería!”.
Supongo que piensan que estoy siendo negativo. Está bien, si soy negativo, ¡vayan y díganle a Madre que algo anda mal en el útero! ¡Ja, los caché! Aparte de que conforme los ochenta se aproximan sospecho que mi minoría antisocial ¡pronto será mayoría y tendremos una antisociedad! ¡Imagínenselo! ¡Will Rogers el último forajido! ¡Y qué mejor momento para inaugurar este pueblo fantasma que la noche de Año Nuevo! ¡Afuera lo viejo, adentro lo viejo! Y lo más viejo y lo más viejo. Les pregunto, ¿alguna vez han disfrutado de un Año Nuevo? ¡Claro que no! ¿Por qué? ¡Porque persisten en esa demente ilusión de que por algún motivo las cosas deben mejorar, o que la naturaleza cíclica del ying y el yang implica que la Tierra se recarga o alguna mierda parecida! Ni siquiera la mierda se recarga. ¿Acaso lo hacen estas banquetas? ¿Esta pintura descarapelada, el yeso cuarteado, las tuberías reforzadas? ¿Hay un casero recargable? ¡Con una chingada que no!
Existen dos posibilidades: (a) el éxtasis o (b) la decadencia. Y la noche de Año Nuevo es el timo más grande de todos, porque todos salimos con estas expectativas y sólo nos ponemos bien borrachos para poder aguantar el estar juntos porque nos pasamos el final del otoño y el primer albor del invierno hundiéndonos cada vez más profundo en el Teleguía y ahora lo que se espera es que hallemos deleite en la cercanía de estas plastas de espantosa humanidad. Así que CLARO ESTÁ se producen escenas horribles.
El primer Año Nuevo que recuerdo con claridad probablemente sea el primero en que tuve edad para beber: en lugar de eso me drogué con nueces moscadas. Aunque todos mis amigos se emborracharon y saliendo de un club para adolescentes lleno de lumpen con granos reducidos a tibias cicatrices manejamos sin rumbo alrededor de El Cajon, inevitablemente acabamos en la línea Jack in the Box, donde, mientras la gente vomitaba todos las vestiduras de mi coche, debimos saber que eso de los jipis nunca funcionaría.
1968: Fui a una fiesta en la que todos habían bebido mucho vodka demasiado aprisa y se pateaban o intentaban hacerlo mientras Donovan cantaba sobre ángeles gordos. Solamente vi a una persona vomitar: mi novia, encima de sus nuevos pantalones entallados blancos. (Previamente en la velada le había hecho un comentario acerca de ese tipo de pantalones femeninos. “Pareces una prostituta de Tijuana”. Qué tipo tan refinado era.) Me había metido Marazine y no dejaba de ver hombrecitos con hachas y martillos machacando los demonios pigmeos desnudos que farfullaban por las solapas de las demás personas hasta matarlos. Cuando llegué a casa aluciné que toda clase de personas entraba a mi cuarto y al estirarme para tocarlas gritaba “¡no se disuelvan! ¡no se disuelvan!”. Pero claro que lo hicieron. Entonces creí ver la silueta de un amigo al otro lado de la persiana susurrando en el jardín: “¡Lester! ¡Lester!”. Salí dando un salto de la cama y me avalancé hacia la sombra, con un agradecimiento patético por contar con algo de compañía humana. No había nada excepto por la calle vacía con hojas arrastradas por el viento.
Entré al baño para echar una meada y aluciné que mi madre se quedaba mirándome la verga con un ojo descomunal a través de un orificio en la puerta. Luego volví a la cama y soñé que había oficiales antinarcóticos de trajes gris metálico apostados en puntos estratégicos de mi escuela vigilándome con lentes oscuros Silva-Thin de espejuelos removibles. Fui incapaz de ver directo a los ojos a nadie durante los primeros dos meses de 1968.
1969: Salimos por ahí con un montón de cuates en la carcacha de uno de ellos. Bebimos cerveza pero fue en vano. Un carnal que luego entraría a la marina donde se especializó en demoliciones subacuáticas (exhortándome a que me enlistara como él: “¡es muy divertido explotar cosas!”) dijo, “vamos a conseguir unas patochas”. Nadie más dijo nada. A la larga todos nos fuimos a casa demasiado deprimidos como para siquiera sentirnos ebrios y quedarnos dormidos. Toda la velada debió escribirla (o ser castigado con ella) Robbe-Grillet.
1970: Me pasé la Noche de Año Nuevo emborrachándome con cerveza viendo TV en la casa de los padres de mi novia, saliendo periódicamente para conducir hasta los bungalows de un motel donde estaban quedándose unos amigos amantes de las jeringas porque quería comprar algo de heroína, la cual nunca había probado. Finalmente los encontré y me vendieron un poco. Cuando volví a casa de mi novia corrí al baño para intentar inhalarla. Como no estaba acostumbrado a los billetes enrollados, tiré el material de un espejo que sostenía en un ángulo precario por encima del lavabo, lo balanceé a una pulgada de mi nariz y aspiré con fuerza. Nada sucede excepto que más tarde bebo algo de licor de malta Country Club, me voy a casa y escribo una reseña para Rolling Stone (que nunca llega a ser publicada) acerca de una grabación pirata de un concierto de Bob Dylan. Al día siguiente les presumo a mis amigos “¡anoche escribí una reseña con heroína!”. Ser tan torpe como para no haber sabido meterme esa mierda ha sido mi único momento afortunado en una noche de Año Nuevo.
1971: Me quedé en casa a leer la Biblia. Bueno, eso es una mentira. Lo que hice fue acudir al autocinema con mi novia bien armados (es decir, bien armado yo) de vodka y pastillas para la tiroides que usaba su madre, absolutamente incapaz de concentrarme en la doble función de I Drink Your Blood (estelarizada por Ronda Fultz, Jadine Wong y alguien a quien sencillamente acreditan como “Bhaskar”) y I Eat Your Skin (William Joyce, Heather Hewitt) lo que de cualquier modo hubiera sido imposible bajo cualesquiera otras circunstancias, pensando toda la noche en cómo a la mañana siguiente le haría igual que Kerouac y simplemente saltaría dentro de mi auto comiendo speed con una mano y encendiendo la marcha con la otra para manejar manejar manejar hasta toparme con grandes olas de luz blakeana en las doradas proas de las Rocallosas. Claro que no lo hice, en cambio me levanté con una resaca tremenda, lo que probablemente haya sido igual de bueno: pude haber terminado siendo John Denver.
1972: Pasé el Año Nuevo borracho como cuba y deprimido hasta la médula en casa de mi madre en California. Llamé a mi amigo Nick en Nueva York y le lloriqueé miserablemente a través de varios vasos de güisqui, “creo que me estoy convirtiendo en un alcohólico”. No era algo que él quisiera escuchar pues estaba a punto de pasar el Año Nuevo realizando un recorrido por Broadway desde la calle 99 parando a tomar un trago en todos los bares del camino hasta terminar en Broadway y la Tercera, en el último bar, el St. Adrian Co., también conocido como el Bar Central de Broadway, ya que está junto al Hotel Central de Broadway, un refugio para indigentes. Al día siguiente me devolvió la llamada: “disculpa, Les, estoy muy deprimido para hablar”.
1973: Fui a una fiesta con mi ex novia ojos-de-perrito (la que tiñó de verde los pantalones entallados), su hermana y su cuñado. La mayoría de las otras personas eran solteros flamantes o intentaban serlo. Bailé con la hostess de modo muy cachondo. Algo como sacado de Doctors’ Wives. Mi ex se piró, me reprendió por restregarme con una mujerzuela e hizo una pequeña rabieta. Apuesto a que Gore Vidal nunca salió con algo tan ingenioso como “¿a ti qué te importa? ¡A mí no me vas a joder!”. Eso fue lo que berreó. Más tarde en el coche presa de una horrible y alcoholizada frustración sexual le hundí una uña en la muñeca hasta hacerla sangrar. Me dijo que era un marica. Lo era.
1974: De nuevo en California, me quedo en el departamento desierto pero amueblado de una antigua novia, ya que, sin que su mamá lo sepa, ella vive ahora con un empresario de unos cuarenta-y-cinco años que cuando está parado junto a ti en el bar para beber siempre lleva un buen fajo de dólares apretado para poder irlos disparando conforme vaya alumbrándose. Esa clase de tipo. Así que aquí estoy disfrutando de su departamento vacío, echado por ahí escuchando Raw Power y Berlin todo el tiempo cuando se me ocurre una idea brillante: voy a tomar todos estos LPs de rock inmoral y voy a llevarlos a esa fiesta de solteros/casados/lo-que-crean-que-son y voy a volarles la cabeza. ¡TOMEN, PUTOS! De modo que junto el montón de discos y allá voy y toda la noche me la paso deslizándolos en el tocadiscos bajándole los ánimos a todo mundo aunque también están fascinados, como que la habitación se queda medio callada en ocasiones, incluso pulida, igual es entendible porque estos son los suburbios de California donde todos van vestidos para encajar en cualquier tipo de cadena y qué sé yo, coronándolo todo con un frappé de la Yardley al lado, arracadas enormes, todos los tipos arman tan bien sus gallos que se los fuman cuando Lou suelta: “Caroline says… while she gets up from the floor… ¿Why is it that you hit me?... It’s no fun at all…”
Mientras todos estos jóvenes se relajan entregándose a la dolce vita a través del espejo. Momentos congelados, todos malos. Labios helados y lentes de sol frígidos.
“¡La frígida no soy yo, son mis Foster Grants!”
“¡El impotente no soy yo, es mi cuero inglés!”
“¡Bueno, tengamos un intercambio!”
“¡Guau! ¡Está bien!”
“¡Oye, esta decadencia metida en el culo es divertida!”
Desgraciadamente, esto nunca sucedió. No puedo recordar este Año Nuevo y tuve que inventarme algo. Pero las historias que te inventas al día siguiente siempre son mejores que lo que pasó en realidad.
1975: Por una vez sensible. Combiné speed con Valium y me fui a la oficina, que estaba desierta, y me pasé la noche escribiendo un texto para la edición de febrero de Creem. ¿Devoción al deber? No. Retirada del holocausto.
1976: Había estado saliendo con una chica durante un par de semanas como que luciéndonos por la escena de Detroit con el pretexto de que era fotógrafa. Ella decidió que yo era maricón porque una noche entre octubre y noviembre en un concierto de Barry White sentados detrás de los Ohio Players, los peores teloneros del mundo, ella se fijó en el bajista, “tiene buenas nalgas”, yo me incliné un poco para ver y ella me dedicó una mirada de extrañeza y con eso tuvo. Pues como sea, esta chica y yo seguimos saliendo, pero nada de sexo. Yo era torpe y tímido y ella, bueno, supongo que sus cámaras le estorbaban. Como sea aquí viene la noche de Año Nuevo, el evento, y por dios que los cabrones de la revista Creem rentan toda una suite en un hotel lujoso del centro nada más para, ah, entretener a cualquier cuate importante que pueda aparecer como, digamos, los disc jockeys locales o Martin Mull que hizo su sketch en el piso de abajo y también arriba. Por alguna estúpida razón esta chica como que me gustaba. No sé por qué, bueno en realidad sí: de frente se parecía a una persona a la que había amado llamada Judy, y por detrás se parecía a alguien a quien amaba pero que en ese momento no quería verme llamada Nancy. Así que MEA CULPA CABR’, etc. Como sea, me di cuenta de que la única razón por la que había ido a esta bazofia conmigo era nada más porque daba la casualidad de que yo trabaja en la misma publicación que este sujeto de nombre Charlie Auringer que le gustaba a TODAS las chavas que andaban ahí por su sentadito indiferente que tiene todo el tiempo, la mirada perdida, ese tipo de cosa. Cuando noté que descaradamente me estaba UTILIZANDO para acercarse a Charlie me encabroné. E hice lo que cualquier otro rasta que se respete habría hecho: escabullirme al piso de abajo y beber hasta la nulidad. Pero no estaba solo en esta faena y mucho antes de media noche ella y yo milagrosamente acabamos juntos, ahí en una mesa de pista en el salón de abajo, con suficientes globos como para mandar a Steve Martin a surcar los aires, pedazos de papel por todas partes, Flo y Eddie por ahí metiendo mano a cuanto trasero podían EXACTAMENTE como en esa canción de los Fugs “Dirty Old Man”, el confetti caía, y yo y Lee Ann (pues así era como se llamaba) con gorritos de fantasía, todolindo, yacasi es medianoche, quémaravilla, fuera luces.
Yo paso mi brazo de ebrio por sus hombros y la beso. Ella voltea la cara apretando los labios.
“¡Oye! ¡Todo el tiempo te llevo a lugares ! ¡Me gustas! ¡Hacemos cosas juntos! ¡Chico y chica! ¡¡¡¡¿¡¡¡¡Y ni siquiera vas a besarme en la noche de Año Nuevo!!!!????!!!! ¿De qué se trata esta mierda?”
“Tienes mal aliento”, dijo.
La cosa sólo podía ponerse mejor. Tras haber conquistado el corazón de la ya mencionada Nancy, nos mudamos a Nueva York donde estuvimos muriéndonos de hambre Descalzos en el Parque y nos acurrucábamos en la ciudad para ver a Donnie y Marie todos los viernes por la noche. En su lugar vimos a Jimmy y Rosalynn la noche de Año Nuevo. Fue su baile de preinauguración. Lloramos juntos cuando Loretta Lynn cantó “One’s on the Way”. Nos dio esperanzas por la sociedad. Éramos jóvenes e idealistas y enamorados. Tan fascinados caminábamos sobre montañas de azúcar que nunca se nos ocurrió cuidarnos de la diabetes por todo el edulcorante que nos estábamos retacando en los conductos linfáticos. Seis meses después ella me había abandonado para escuchar a los Sex Pistols en paz.
Tuve un par de romances menores después de eso mientras me la pasaba principalmente borracho y prácticamente era un residente del CBGB’s donde interpreté el rol de bohemio/artista bukowskiano dentro de esa gran comedia. Lo cual me consiguió algunas mujeres de verdad: de esas que se sientan en tu departamento con las piernas cruzadas luego que ambos pasaron toda la noche despiertos metiéndose drogas malas y que no cogerán contigo pero son muy amenas describiendo en detalle al linóleo sus múltiples intentos de suicido y su compleja Weltenschauung postexistencial derivada de Richard Hell e incontables audiciones del querido Sydney gorgoreando “My Way”, una declaración filosófica que se reduce a la Vida no vale la pena vivirse y todo apesta pero suicidarte conlleva demasiado esfuerzo ¿así que qué otra chingada cosa tienes para beber?
Tarde o temprano fue evidente que era posible predecir a millas de distancia que cualquier mujer que compartiera mis gustos musicales sería una muda jorobada con el cerebro quemado, receptáculos de drogas medio retrasadas entregadas a una agitada acción de tics faciales. No es que buscara algo salido de Fascinating Womanhood. Puedo dar cuenta de un soufflé de espinacas de Stouffer’s con la pericia de la mismísima Régine, pero sentía que debería haber una ligera posibilidad de que existiera algo en medio de estos dos extremos del tienes-razón-dame-la-pistola-que-quiero-ser-el-primero-en-volarme-los-sesos. En realidad estaba listo como Li’l Abner con su rubor puesto y en las navidades del 77 me enamoré de la primera de lo que resultaría una sucesión de mujeres que, como yo, ocupaban destacados puestos en distintos campos de los medios y no les interesaba terminar abortando una botella de vodka en los escalones del CBGB’s. Estas eran mujeres refinadas y con un caché de urbanidad. ¡Algunas tomaban taxis a cualquier lugar que fuesen! También noté cierta propensión a emplear lo que entre risas ellas denominaban como “mi mayordomo marica”, haciendo bromas sobre lo práctico que resultaban sus compulsiones imaginarias y fijaciones infantiles cuando se trataba de fregar el baño. La primera con la que me comprometí incluso tenía un amo de llaves que me consideraba un barbaján y me aborrecía porque ningún hombre de treinta años anda por ahí sin trabajo vestido todo el tiempo con una chamarra de cuero, y quién sabe pero puede que tuviera razón.
En cuanto a mi nuevo amor, apenas habíamos terminado de reír con nuestras fantasías de tener una “luna de miel” en ese jacuzzi con forma de corazón en Poconos cuando ese bastardo, la Realidad (que debería ser exterminada con extremo prejuicio) llegó a instalarse. Tomó exactamente una semana para que resultara claro aunque velado por el silencio que no teníamos absolutamente nada en común, en realidad éramos la irracional atracción magnética de los polos opuestos. Yo no quería otra cosa que no fueran fuentes de chirriante sonido anormal mientras que su forma favorita de aprovechar su tiempo libre era pasársela viendo interminables películas para la TV acerca de ocultistas siniestramente encorvados que portan oscuros cascos de Nueva Inglaterra. No era culpa de nadie y no podíamos hacer algo al respecto aparte de pasarnos los siguientes meses torturándonos mutuamente. Nuestro Año Nuevo: despertamos y nos encontramos sentados en su sofá inmersos en el más profundo silencio viendo a la Royal Canadians interpretar la obra de Guy Lombardo “Auld Lang Syne” sin hacer siquiera un guiño a las revolucionarias interpolaciones de Jimi. Y luego la enorme pelota cayó sobre todos esos idiotas alegres lentamente como un meteorito senil. Era la primera vez en mi vida que presenciaba este ritual que me dicen es muy popular (aunque en definitiva yo soy un fan de Yule Log), y ciertamente será la última, ya que posiblemente seauna de las cuatro o cinco experiencias más tétricas que haya conocido. No bebimos nada, aunque teníamos dinero. Supongo que estábamos tan pasoneados que se nos olvidó beber, no hace falta decir que la marihuana habría resultado mucho más letal que de costumbre. Me sentía como una cuerda en re flotando a la deriva en algún punto de los golfos infraterrenos del segundo álbum de Dire Straits.
Al día siguiente fui a una cena con cinco de mis más antiguos y queridos amigos en la que absolutamente nadie pudo pensar en una sola palabra que decir. La mejor frase de la velada: “¿alguien se sabe algún buen chiste?”. (Soltada a mitad de la mesa acumuló un silencio que nos puso al borde de la catatonia.)

Continuará...

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Los eRRementales del 2007...

Por supuesto, el eRRe no ha escuchado todo lo que salió durante el año, pero de lo que cayó en sus manos aquí tienen lo más representativo. Y chéquense la palabrita, los títulos incluidos ni siquiera son los discos que más le gustaron al eRRe durante el año, la lista busca ser una fotografía balanceada y lo más heterogénea posible del año musical. El orden no es forzosamente significativo; la lista absolutamente inapelable y nada definitiva. Empiecen a leerla de abajo para arriba.

-Radiohead – In Rainbows
La revista inglesa Q lo dijo bien: no deja de ser paradójico que el acontecimiento del año en la industria también sea el esfuerzo más accesible que Radiohead haya presentado desde el OK Computer. Armados en esta ocasión con más canciones que juguetitos tecnológicos, los de Oxford regalaron –casi literalmente- un álbum que quienes van de iconoclastas aplaudieron como piedra puntual en el sepulcro de las grandes compañías discográficas al mismo tiempo que le hacían caras por favorecer un formato de composición más claramente rock. Exageran: los coros siguen brillando por su ausencia, manejan patrones rítmicos singularísimos y la explotación de las posibilidades del estudio se mantiene a todo lo que da… sólo que a servicio de la melodía. Si con Animal Collective hablamos del monje que vuelve al mercado, Radiohead entendieron que cuando uno se decide a dar un paso adelante hacia un sitio en el que nadie antes se ha atrevido a entrar, es también el momento de mostrar la mejor cara a la gente, para convencerlos de seguirte.

-Animal Collective – Strawberry Jam
Dice el antiguo texto budista Los diez toros del zen que el verdadero iluminado no se queda meditando aislado en la cumbre de una montaña sino que regresa a mezclarse con la gente del mundo pues aun en el bullicio del mercado la meditación va con él. Pues algo así es lo que hacen los integrantes del Animal Collective en Strawberry Jam, que indudablemente es su álbum más comercial hasta la fecha sin que esto signifique bajarle un ápice al ánimo experimental que ha construido su prestigo. Viajes psicodélicos en los que irrumpen voces sacadas de algún sueño de heavy-metal, melodías ondulantes que tan pronto perturban como remiten a fantasías oníricas. Esta jalea de fresa seguro que trae algo raro porque uno no deja de ver elefantitos rosados.

-Spoon – Ga Ga Ga Ga Ga
Este es uno de esos discos que a la primera suena tan bien que podemos dudar de su mérito. Pero justamente esa es una de las principales cualidades que han distinguido a Spoon desde hace algunos álbumes, hacer que lo difícil parezca fácil servido en dosis del mejor pop que una banda de rock pueda manufacturar. Como su balbuceante título, Ga Ga Ga Ga Ga, es un trabajo minimalista en el sentido más estricto del término: realizado desde lo mínimo. Lo que no forzasemente implica un ensimismamiento. Tal parece que la condición que Brit Daniels, líder de la banda, se impuso en esta ocasión fue hacer las canciones con los elementos justos. Y así se siente, música austera fiel en su espíritu primitivo al primer rocanrol, pero al mismo tiempo sutilmente innovadora con guitarras que apenas y tocan acordes limitándose a emitir ruidos que complementan la canción. Un edificio levantado en el puro fervor.

-Robert Plant & Alison Krauss – Raising Sand
¿Creeen que lo más importante que hizo Robert Plant este año fue la reunión de Led Zeppelin en Londres? Pues se equivocan, lo más importante que hizo este año se llama Raising Sand. Bajo la premisa de conseguir un disco de “americana sexy y oscura”, Plant unió fuerzas con la cantante de country y blue-grass Alison Krauss para llevar a buen término una de las combinaciones más inesperadas de todos los tiempos y producir una de las sorpresas del año. Crédito especial merece la producción de T. Bone-Walker, cuya mano se percibe a lo largo de todo el disco creando texturas de justa emotividad para redundar en lo que muy probablemente sea el disco más importante que Robert Plant ha producido después del Zeppelin. Escuchando algunas canciones hace poco un amigo le dijo al eRRe: “esa no es su voz”. Y es cierto, después de casi 40 años de carrera, Robert Plant decidió desafiarse a sí mismo y salió avante, canciones como “Gone, Gone, Gone”, “Please Read the Letter”, o “Nothing”, nos traen a un dios del rock entregándose con el corazón de un blusero cualquiera pidiendo monedas en las frágiles esquinas del alma.

-El-P – I’ll Sleep When You’re Dead
El-P (apócope de “El-Producto”) es el nombre que Jaime Meline ha elegido para dar batalla en el mundo del hip-hop. Cinco años después de su debut Fantastic Damage, un álbum que sentó nuevos parámetros para la el hip-hop abstracto, I’ll Sleep When You’re Dead profundiza en los conceptos de producción de su predecesor, aunque lo hace desde otro ángulo con una distribución de sonidos más espaciosa (e igual de espacial) construida sobre complejas bases rítmicas muy alejadas del hip-hop de las grandes ventas. Es evidente que no nos hallamos ante un álbum de hip-hop convencional desde el corte abridor, “Tasmanian Pain Coster”, que por sí solo posee valores que otros creadores del género tardarían años en siquiera esbozar con todo y la improbable colaboración de los miembros fundamentales de The Mars Volta, primeros en una lista de invitados estelares e inesperados como Trent Reznor de NIN o Chan Marshall (alias Cat Power), además de otros más próximo a un trabajo de esta naturaleza como Cage o Aesop Rock (a quien El-P tiene firmado en su disquera Definitive-Junx y cuyo álbum None Shall Pass estuvo a punto de ganarle el sitio a su patrón en esta lista. También recomendado)

-Holy Fuck – LP
En un momento donde buena parte de la electrónica parece agotada en la sampledelia, es de agradecer que Holy Fuck venga a darle una vuelta a la tuerca. Si Kraftwerk nos enseñó que el futuro sería del híbrido hombre-máquina, como antes lo había visto Walter Benjamin, inclinándose más por la segunda parte del binomio con su estética robótica (¿a qué viene tanto revuelo con los supuestos robots de Daft Punk, en realidad un par de tipos disfrazados que vuelven como de Disney todo lo siniestro de los maniquís mecánicos utilizados por Krafwerk?), Holy Fuck opta por la vía contraria. Su sonido tiene los efectos de la electrónica sin recurrir a los métodos tradicionales de esa música, en este sentido podría decirse que representan una ruptura dentro de una vanguardia que ya muestra signos de aburrimiento. Programaciones, loops y laptops quedan fuera para dar paso a teclados de juguete, viejas máquinas de 35 mm, instrumentos y no-instrumentos. Lo que van a escuchar en “LP” es una música potente, hipnótica e infecciosamente bailable como la que podría exigírsele al mejor disco de electrónica… sólo que aquí todo tiene carnita entre los huesos.

-Grinderman – Grinderman
Peludos, rudos y urgidos. Grinderman representó la parada intermedia en la preparación del siguiente disco de los Bad Seeds (que Nick Cave promete para el próximo año habrá de encabezar listas como esta). En complicidad con tres de sus malas semillas, Warren Ellis, Mick Harvey y Jim Sclavonous, Cave esta vez olvidó la llave del piano para en cambio desencadenar toda la furia de sus deseos reprimidos y la crisis de la mediana edad en chorros de guitarra eléctrica dando forma a un rock agreste por momentos evocador de sus tiempos con The Birthday Party, pero sobre todo del rancio blues que vaga por el mundo desde el encuentro de Robert Johnson y Satanás en una encrucijada cerca del Mississippi. A este sonido, más que terrenal pedestre, correspondía un cambio en el manual de letras de Mr. Cave, que puso a un lado la Biblia y no tuvo miedo en exponer las telarañas de su libido.

-Manu Chao – La Radiolina
Tras haber ofrecido uno de los conciertos más potentes del año pasado en la ciudad de México, este 2007 finalmente vio salir a las calles su tan esperado nuevo disco. Sin apartarse de los lineamientos marcados previamente por Manu Chao en su trabajo como solista (reunir músicas de los cuatro puntos cardinales alrededor de una base rítmica cercana al reggae con tiempos variable según amerite la ocasión, aderezando la mezcla con ruiditos y samples al gusto), La Radiolina es el momento donde se les oye mejor cohesionados, en absoluta sincronía con el Radio Bemba Sound System, la banda que lleva años acompañando a Manu, que así sea con las tranquilitas o las explosivas, siempre brinda una interpretación prendida, intimista y contagiosa.
-Andrew Bird – Armchair Apocrypha
Andrew Bird se dio a conocer tocando el violín para los Squirrel Nut Zippers y desde 1997 ha estado lanzando discos bajo su propio nombre. Armchair Apocrypha (sucesor del muy recomendable Andrew Bird and the Mysterious Production of Eggs, de 2005) muestra su lado más pop hasta el momento en 12 composiciones con las virtudes para encabezar el hit parade de un mundo ideal, arregladas con el personal instinto armónico de Bird, quien ejerce sus dotes como multi-instrumentalista y silbador experto… Si no lo creen nada más escúchenlo. No queda mucho más que agregar.

-The Good, the Bad and the Queen - The Good, the Bad and the Queen
A diferencia de Gorillaz, su creación junto a Jamie Hewlett cuyos miembros visibles eran cuatro personajes de dibujos animados que se ganaron una entrada en el Libro de Records Guinness como la Banda Virtual Más Exitosa, el nuevo proyecto de Damon Albarn, no era un intento por imaginar el futuro, sino una especie de salto al pasado. Aunque no totalmente… The Good, the Bad and the Queen asomaba su perfil revisionista desde la colaboración de Paul Simonon, ex bajista de The Clash ausente de la música por más de una década, pero el agregado de la guitarra de Simon Tong (ex The Verve) y Tony Allen (baterista de Fela Kuti, creador del afro-beat,), sumado a la producción de Danger Mouse, resultó en un disco donde se mezclaban añoranzas clásicas y resacas de vanguardia. Cadencias dominadas por un reggae dislocado, tenues pero vitales toques de electrónica y una imaginería sonora que se mueve como siluetas en la neblina acompañan unas letras que describen la vida moderna en Londres pero que igual podrían situarse en el siglo XVIII, haciendo del disco algo así como un pequeño curso de historia sobre la capital inglesa.

Otros discos destacados en el año:
Panda Bear - Person Pitch; Patti Smith - Twelve; Aesop Rock - None Shall Pass; LCD Soundsystem - Sound of Silver; Of Montreal - Hissing Fauna, Are You the Destroyer?; Devendra Barnhart - Smokey Rolls Down Thunder Canyon; Future of the Left - Curses; Tinariwen - Aman Iman; Bruce Springsteen - Magic; Carbon/Silicon - The Last Post

Recopilaciones, reediciones y similares:
-Sonic Youth - Daydream Nation (DeLuxe Edition)
-Varios - I'm Not There (OST)
-Pink Floyd - The Piper at the Gates of Down (40th Annyversary Edition)
-Varios - Block Rockin' Boots (descarga: blockrockinboots.blogspot.com)
-Counting Crows - August and Everything After (DeLuxe Edition)

Disco mexica del año:
-Niña - Punkrobot

Fiasco del año:
The Who pospuesto para la eternidad...

Sala de espera

No me gusta esperar, pero igual te espero
-Andrés Calamaro

Te he estado esperando con los duendes realizando actos aberrantes delante de mí. Adolorido por las horas que se me quemaron entre los dedos. Con los discos regados por todo el departamento a medio meter en sus fundas. Te he estado esperando subiéndole al volumen hasta que la música me arrinconó y me puso de cuclillas. Te he estado esperando entreteniendo a la locura con cerveza, pero la noche se le está subiendo a la cabeza y me preocupa mi sala nueva. Viendo en el balcón aletear a las niñas vestidas de verano en su lección de vuelo. Despellejando las palabras que no debo decirte la próxima vez que nos veamos. Te he estado esperando bailando sobre el cable de alta tensión que cuelga de mi ventana a la antena que de noche transmite a tus sueños para que por la mañana no tengas piedad del mundo. Te he estado esperando imaginando una condena apropiada para ambos. Entre estas bestias monolíticas a medio terminar he estado fregándoles los pisos, cuidando de sus resacas. Entre estos murmullos que oxidan el pensamiento. Te he estado esperando rayoneando los mapas, escurriendo baba, jugando a las canicas con mis ojos. Te he estado esperando con la daga guardada en el cuello de este lobo tierno que chorrea sueños escarlatas encima de mi regazo.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Las Cobras pican por Detroit

Está bien, yo no voy a decir como John Landau en esa frase legendaria que “en una noche en que necesitaba sentirme vivo me sentí como si escuchara música por primera vez”; mucho menos “he visto el futuro del rocanrol y su nombre es…”. Pero sí que en una noche donde el mundo parece irse de lado, en la que a uno le da por sentirse poeta sin una sola buena frase, sentado frente al televisor con la mente revuelta y un trago de un licor que ni siquiera apetece pero es algo que beber, con los audífonos encajados a los oídos jugando con esta nueva maquinita llamada iPod, de repente encontrarse con las Detroit Cobras es una forma de la felicidad.
La voz de Rachel Nagy es una de las más poderosamente sugestivas actuando en el rock actual y realmente es una lástima que ande cantando por clubes pantanosos de Norteamérica mientras el resto de la gente aspira oxígeno como si nada importante pasara en el mundo. A la vez ahí es donde pertenece. Las Cobras de Detroit, que se completan por Mary Ramirez en la guitarra, Nick Lucassian en el bajo, Joey Mazzola en la otra guitarra y Kenny Tudrick en los tambores, en realidad son como la banda del bar de tus sueños. El repertorio que han armado en cuatro lps e igual número de eps casi en su totalidad se compone de covers de canciones de soul olvidadas de las décadas de los 50 y 60. Ahora que eso de “covers” es un decir. Si bien es cierto que poseen un gusto infalible al sacar los viejos 45” de su cofre de los tesoros, las Cobras merecen crédito por el filtro de guitarras grasosas y la ponchada sección rítmica, herederas de la tradición garage por la que es famosa la ciudad que conforma un medio de su nombre, la misma que vio enloquecer a Iggy Pop al frente de los Stooges, a la que Kiss dedica uno de los himnos que hasta sus detractores aprueban: Detroit Rock City.
Pocas bandas, visibles o no, roquean hoy en día con la garra de Las Detroit Cobras. Suenan a un caballo de hierro abriéndose paso a través de la tribulación en turno para que la voz de Rachel termine de fulminar cualquier tipo de resistencia. Es como si una vez que abriera la boca exigiera toda tu atención… y no precisamente por las buenas. El casto público disculpará, pero la voz de Rachel Nagy se te mete en el culo para decirte “¿ah, sí, cabrón? ¿Con que te la quieres pasar mal? Pues te jodiste, porque esto es rocanrol”, entonces te das cuenta que las células te saltan y se te quita lo intelectual y da igual si esta canción la escribieron ayer o en la época de las cavernas, lo que sí es seguro que te sientes como un cavernícola, con la mente exaltada y vacía, sólo quieres más. ¿A poco no de eso se trata el rocanrol? ¿Cuántas rolas del rock no hablan de perder el control? No importa que sean las letras más inocentes del mundo “my love is growing stronger and I know that you can’t hold it too much longer”, “come on, baby, dance with me and then maybe we’ll be and see… won’t you dare?”, “you better leave my kitten alone”.. ¿Qué falta de ahí a creer que es posible un lenguaje basado en onomatopeyas? ¿“Bama-lama”? ¿“Ya ya ya”? Pura represión sexual. O sea, puro rocanrol. Y a veces cae tan bien.

*Agiten ese puerquecito, que buena falta le hace, al son de Life, Love and Loving, ponedor disco de The Detroit Cobras:

martes, 11 de diciembre de 2007

Los Odio

Y puede ser que sean las drogas
o puede ser mucha televisión
y puede ser que nos vayamos hoy
a ver qué reven

Aparte de tener uno de los mejores nombres para una banda de rock en español, Los Odio, el proyecto alterno del guitarrista de Fobia, Paco Huidobro (lo cual equivale a decir el proyecto alterno del cerebro de Fobia), cuenta con unas canciones rebosantes de mala leche para respaldarlo. Valiéndose de un bagaje roquero más crudo que el de la banda por la cual es famoso, destacando la presencia de guitarras fieles al credo del riff que no esconden su natural instinto pop, Huidobro acidifica el humor que siempre ha caracterizado a sus letras decantándose por el método de asomar verdades entre broma y broma, terminando así de afilar todas las esquinas de su nuevo juguetito.
Según rumores que corrieron por las cañerías del rock nacional cuando la separación de Fobia, ésta sobrevino en parte porque Paco, autor del 99.9 % de las canciones, llegó al punto de hartarse por la imagen de galán dominguero proyectada por el cantante, Leonardo, que muy poco tenía que ver con la música. Es uno de los conflictos más antiguos entre las bandas de rock, si nos apuramos, semejante a los relatos de gemelos terribles que algunas mitologías cuentan: Jagger, el seductor hombre de negocios, vs. Richards, el valemadrista pasado de blues; el intelectual Lennon vs. el niño bonito McCartney. Con una diferencia crucial: Paco no necesitaba ayuda para componer. Así que cuando Fobia llegó a su fin, muchos, en lugar de los olvidables discos solistas de Leonardo nos quedamos esperando qué sería lo siguiente con lo que saldría Huidobro. Y esperamos, y esperamos… Tocó un poco con Morbo, la propuesta individual del primer cantante de Moenia; algunas otras colaboraciones aquí y allá, pero de algo realmente propio nada…
Ahora sabemos por qué. “Los Odio es un proyecto que no avisa”, contestó Paco al preguntarle por futuras tocadas luego de presentarse como parte del Corona Music Fest 2007 para enseguida dejar en claro que no quiere tener nada que ver con las presiones de los grandes medios. Viendo a sus compañeros de banda, Jay de la Cueva (sí, otra vez el Brian Amadeus de Moderatto), Tito (el de Molotov) y un baterista que el eRRe no ha podido identificar (pero de fisonomía similar a la de Marcelo Lara, gerente de la estación radiofónica Reactor y guitarra de los moderattos), uno entiende por qué es tan enfático en este punto e incluso puede intuirse que el grupo tuvo mucho de terapia despresurisadora de tensiones. “Los Odio surgió en la sala de mi casa, de grabar las canciones en una sola toma”. Así, no debería resultar tan extraño que Los Odio surja en medio de la reunión de Fobia, es una respuesta reflejo de la víscera frente a la popularidad, tal y como lo confirmó su desenfadado pero sólido directo en el Corona Music, cerrando con una ruda versión del “Helter Skelter” de los Fab Four, letra chachalaquizada incluida -“cuando estamos arriba tú te quieres bajar, cuando estamos abajo te quieres regresar estoy hasta la madre de este amor caliente”-, que ejemplifica a la perfección la irreverencia de su propuesta.
Y como, por lo que se entiende, Paco quiere que la música fluya libre de restricciones impuestas por las leyes del mercado, seguramente no tendrá inconveniente alguno en que eRRemental ponga a su consideración cuatro rolitas de Los Odio: “El último”, “Radio”, “Superpompas” y “Sussy A”. Pueden escuchar una más, “No sé perder”, acudiendo al myspace del grupo: myspace.com/losodio… Está bien, si no quieren que no avisen, pero entonces que saquen un disco a la voz de ya.

Descarguen las rolas odiosas aquí:
http://rapidshare.com/files/75916334/Los_Odio.rar.html

lunes, 10 de diciembre de 2007

El eRRe en el Fondo...

Y no, no es que por fin haya tocado el suelo del abismo (salto que por lo demás ha pegado gustoso en más de una ocasión), sino que por descuido o exceso de indulgencia por parte de los editores de la Gaceta del Fondo de Cultura Económica, el texto aparecido en estas páginas virtuales, Jaco, en vuelo a lo imposible, ahora existe en páginas reales dentro de la edición de este mes de diciembre de dicha publicación. La Gaceta puede conseguirse gratuitamente en todas las librerías del Fondo de Cultura Económica, aunque también pueden consultarla en línea siguiendo este vínculo: http://www.fondodeculturaeconomica.com/subdirectorios_site/gacetas/DIC_2007.pdf
La versión aparecida es ligeramente distinta a la publicada en eRRemental, para que valga la pena su distracción.
A la salud de Jaco... y de todos ustedes.

P.S: En la misma edición también encontrarán la traducción del eRRe a una locochona entrevista de maese Lester Bangs al Capitán Beefheart.

martes, 4 de diciembre de 2007

Iggy & the Stooges: piromaniacos de profesión

Un comentario sobre la carrera de Iggy Pop junto a los Stooges con motivo de su visita el pasado 1 de diciembre encabezando el cartel del Corona Music Fest 2007 elaborado a petición de la agencia de noticias de Canal 22.

Iggy Pop solo inventó toda una manera de ser al frente de una banda de rock. A finales de la década de los sesenta James Newell Osterberg, jr. ya había desfilado como baterista de distintos grupos de blues y adquirido el mote de Iggy cuando el sonido crudo y primitivo de nuevas bandas como The Sonics o los MC5 lo inspiró a formar The Psychedelic Stooges con los hermanos Asheton, Ron y Scott en guitarra y batería respectivamente, y Dave Alexander en el bajo.
Sería realmente en el año jipi de 1967 que nacería una de las personalidades más claramente indicadoras de que el sueño de amor y paz estaba destruido. Iggy empezaría a transgredir los límites sobre el escenario luego de ver un concierto de los Doors contagiado por el estilo de Jim Morrison, pero acabaría siendo algo totalmente distinto. Porque lo que en Morrison o en Mick Jagger era una rebeldía sensual y carismática para las quinceañeras, el Pop lo volvía un acontecimiento monstruoso, la expresión de un sufrimiento desesperado que también manifestaba ese cuerpo tan escultural que era (y sigue siendo) como si cada parte de él gritara por una liberación irrealizable.
En 1969, con el nombre del grupo reducido a The Stooges, editan su álbum debut homónimo que presentaba en canciones como “1969”, “No Fun” o “I Wanna Be Your Dog” un potencial incendiario que no supo comprender el ex Velvet Underground John Cale, quien pretendió imponer en el estudio su trabajo metódico a una banda cuyo principal valor era lo impredecible de su ejecución en directo. Al final, el propio Iggy entraría al rescate del barco, asumiendo el control de las mezclas finales. Las cosas se compondrían para el segundo disco, Fun House, en el productor Don Galluci el grupo encontraría la libertad necesaria para explotar la intensidad de su sonido. En este, que para muchos músicos es el mejor álbum grabado en la historia, los hermanos Asheton y Alexander dan rienda suelta a su animal interno mediante unas improvisaciones basadas, no en el virtuosismo, sino en la electricidad de sus organismos conectados a los instrumentos que dan a luz un paisaje sónico del Bosco por el cual Iggy va desparramando los demonios que saltan en su voz. Existen horas de grabación que dan testimonio de una de las sesiones más delirantes en la historia y que Elektra puso a disposición de los aferrados hasta 1999 en una caja de siete discos.
Poco después de la salida de Fun House desafortunadamente la banda se desmembraría debido al romance que Iggy mantenía con la heroína. Y luego vendría un penoso episodio cuyas rencorosas consecuencias tardarían años en aclararse. Apoyado por David Bowie para salir de su adicción, en 1973 intenta revivir a los Stooges con los servicios del guitarrista James Williamson. A falta de mejores reemplazos, los hermanos Asheton son llamados a participar como simples músicos de apoyo en un grupo que era tan suyo como de Iggy (Alexander no fue requerido pues en ese momento batallaba con un alcoholismo que en 1975 lo llevaría a la tumba), sin participación en el proceso creativo y, para colmo, con Ron teniendo que pasarse al bajo para el lucimiento de la guitarra de Williamson. El resultado fue Raw Power, un disco estridente, caótico, la tensión que reinaba entre los involucrados se hace perceptible confiriéndole un aire amenazador, como si las cosas fueran a salirse de control en cualquier momento, escucharlo no es lo que uno describiría como una experiencia bonita, y tan traumático debe haber sido que por eso no tuvimos el placer perverso de que “Search and Destroy” o “Gimme Danger” sonaran durante la pasada visita de los Stooges a la ciudad de México, esas canciones no les traen buenos recuerdos.
El final de los Stooges ocurrió en medio de la escandalosa sordidez que siempre los rodeó el 9 de febrero de 1974, cuando tocaron en el Michigan Palace de Detroit para una audiencia compuesta mayormente por motociclistas beodos que terminaría con Iggy madreándose abajo del escenario, lo cual quedó documentado en Metallic K.O., una grabación del evento que a través de los años ha circulado en distintas ediciones cuyo atractivo primordial radica en ser, como escribió el crítico Lester Bangs, el único disco de rocanrol “donde de verdad puede oírse el ruido de botellas de cerveza rompiéndose contra cuerdas de guitarra”.
Después Iggy volvería a perder el norte un tiempo. Se internó en un hospital mental y todo indicaba que no viviría mucho más. Entonces Bowie volvió a echarle la mano, se lo llevó de gira y luego a Berlín donde en un solo año (1977) le produjo los dos álbumes más emblemáticos de su carrera solista The Idiot y Lust For Life. Durante los ochenta y los noventa Iggy Pop fue una presencia esporádica en los medios que se consolidó en su estatus de celebridad bizarra.
Las semillas para la reunión de los Stooges quedarían sembradas en el año 2003, cuando los hermanos Asheton graban junto a Iggy tres cortes para el álbum Skull Ring de este último, lo que representa su primera colaboración desde 1974. Decidiendo que se siente bien tocar de nuevo juntos, mandan llamar al ex Minutemen y FireHOSE Mike Watt para suplir al difunto Dave Alexander en el bajo y al saxofonista Steve McKey, quien participó en las sesiones de aquel Fun House, iniciando giras mundiales y concretando un disco entero de nuevo material, The Weirdness, aparecido este mismo año, que si bien dista de ser imprescindible, habrá que agradecerle haya servido de pretexto para traer a los Stooges al Corona Music Fest del 2007.
Ya no se revolcará sobre vidrios rotos en el escenario, pero ver a Iggy en acción sigue siendo uno de los espectáculos más vibrantes en el rock. Después de todo, él en gran parte originó esa estética decadentista que desde entonces muchos han querido adoptar con diversos niveles de credibilidad; sólo que mientras en Iggy aquello era manifestación de una locura genuina, en muchos de sus clones el efecto es más ofensivo que aterrador, como deberían darse cuenta muchos otros participantes en el cartel del Corona Music Fest. Iggy sigue manteniéndose vital frente a los escenarios ya que su espectáculo nunca ha pretendido el lucimiento del ego, es un acto desmoronado de pensamiento en donde la personalidad queda aplastada por la energía fuera de control… qué otra estrella, si no, se promovería con el sobrenombre de “El Idiota”?