Traducción de un fragmento más extraído del libro autobiográfico de Mark Oliver Everett, Things the Grandchildren Should Know.
En esta ocasión el cerebro detrás de los Eels nos permite un vistazo a su vida sentimental examinando el dilema que seguro ustedes también se han planteado más de una vez: ¿qué tendrán las chicas locas que enloquecemos por ellas? Al parecer no existe solución posible, pero, como todo, llegará el día en que estaremos demasiado cansados para seguir haciéndolo.
Muy bien, éste es un tema delicado, y no es que me sienta particularmente cómodo hablando de él –porque finalmente significa que yo he sido un chico loco. Pero justo en este momento de la historia, tras haber encontrado mi primera novia en años y embarcarme en una infernal gira por deber después de la cual nos separamos, parece que es buen momento para abordar este asunto. Echémosle un vistazo a la historia.
Históricamente hablando, si me encontraba en una habitación donde también había alguien capaz de convertir mi vida en un infierno en la tierra, me las arreglaba para dar con esa persona, esperando que me enganchara en su conversación, sintiendo que había encontrado la pieza perdida de mi rompecabezas, viendo en mi cabeza imágenes de nosotros despertando juntos, nuestros hijos, nuestras tumbas una pegada a la otra cincuenta años después y de verdad creía que todo era para mejor. Por alguna razón, Dios hizo a las mujeres que me atraían, locas. Pero puesto que no creo en Dios, supongo que es un hecho vital que probablemente tenga más que ver con mi crianza. Personas que trabajaron conmigo incluso acostumbraban referirse a cierto tipo de mujeres como “chicas E”. Así de lamentable era la situación.
Si parecía recién salida del sanatorio mental del condado, la perseguía. He tenido varias novias a través de los años que pasaban de la risa histérica a los más lastimeros sollozos en un abrir y cerrar de ojos.
Woody Allen tenía un nombre para estas chicas, el cual explicó en su película Esposos y esposas. Las llamaba “mujeres Kamikaze”, porque no sólo son autodestructivas, sino que estrellan su avión en ti, llevándote con ellas.
Tomemos a la primera novia que tuve, tres años después de mudarme a California, mi Vietnam personal. Supongo que va incluido en el menú, como suele decirse. Si quieres estar con una persona interesante, sensible, de tipo artístico, esa sensibilidad probablemente quiere decir que se pondrán sensibles con todo tipo de cosas con las que no contabas. Vietnam y yo por estos días somos amigos, y pasados muchos años podemos voltear a ver la pesadilla emocional de la gira por deber con humor, pero como le diría una mesera al cliente que ordena un plato fuertemente especiado que lo hará sentirse fatal al día siguiente, eso no significa que “sea recomendable”.
Un día estaba enamorada de mí, al día siguiente no estaba segura de haber superado a su ex novio y volvía con él, sólo para regresar conmigo uno o dos días después. La montaña rusa era veloz e implacable. El que había sido su novio antes de su ex novio una noche le llamó para anunciarle su inminente matrimonio y ella me llamó para que fuera a consolarla, aun cuando el día anterior me había dicho que no podía seguir viéndome (yo, por supuesto, fui y la consolé). De cumpleaños le escribí una bonita canción llamada “Manchester Girl”, pensado que era la cosa más hermosa y auténtica que podía darle. La detestó. Dijo que el verso sobre la “caja de deperdicios de Pandora” la hacía parecer una mala ama de casa. ¡Y aun así, cuando me botó, me sentí devastado!
Luego vino la novia que se quitó la playera en el coche, nada más porque se le ocurrió, durante nuestra primera cita, ella enseñaba sus pechos mientras yo manejaba para ir a cenar en un restaurante. Después de la cena volvimos a casa, nos sentamos en el sillón y empezamos a besarnos. Cuando estábamos besándonos, empezó a llorar, salió corriendo a su coche y se marchó. A la siguiente noche me llamó para explicar que su intempestiva salida se debió a que había sentido la presencia de su ex novio en el cuarto.
Aun así, continué viéndola. Otra noche me llamó, lista para suicidarse, porque había oído que su ex tenía una novia nueva. Me pasé la noche hablando con ella para tranquilizarla.
Luego vino la que no dejaba de ponerse celosa por los enredos imaginarios en los que yo andaba metido, que durante un ataque psicótico azotó la puerta del dormitorio con tanta fuerza que un espejo de la pared cayó haciéndose añicos en el suelo. Estoy seguro que los vecinos gozaron con ésta, y gracias por los siete años de mala suerte (funcionó).
O qué me dicen de la otra, que una noche estaba acostada en la cama y soltó la inmortal frase:
“¿VER AL JODIDO DAVID LETTERMAN ES MÁS IMPORTANTE QUE CUCHAREARME?”
Y la lista sigue y sigue.
Quizás esto haga que mi vida parezca más emocionante de lo que realmente es. Tengan en cuenta que estos ejemplos fueron sucediéndose durante un periodo de tiempo muy largo, aproximadamente veinte años, intercalados con muchas “temporadas de sequía” y momentos de no-tanta-locura.
Ahora, cuando digo locura, quiero que sepan que en determinado momento tracé una línea. No hablo de locura tipo completamente esquizoide. Eso es demasiado, incluso para mí. Pero algunas de ellas en ocasiones se acercaban mucho.
¿Qué era lo que me atraía a estas ovejas descarriadas? Probablemente una combinación de varias cosas, entre las cuales la menor no era que yo también fuera una oveja descarriada, de modo que probablemente me sentía seguro con ellas (qué ironía, ya lo sé). Es para eso que te prepara crecer en una familia de locos, si no tienes cuidado. Y quizás yo tenía ganas de pasar por los puntos más bajos de la montaña rusa en nombre de las oh, tan gloriosas cumbres. Pero, conforme han pasado los años, la atracción por las locas ha disminuido, producto de puro agotamiento.
No todas han sido locas, pero debo enfrentar el hecho de que la mayoría sí. Supongo que todos estamos locos, de verdad. Simplemente algunos encontramos maneras distintas de lidiar con eso. Mírenme a mí y a mi hermana. Somos dos caras de la misma moneda. Es sólo que tratamos nuestros problemas de formas distintas: ella no sentía aprecio alguno por sí misma y se sumergió en una espiral nebulosa de drogas y alcohol. Yo me volqué en mis canciones. Simplemente tuve suerte de que mi método fuera más constructivo.
En defensa de ellas también debo decir que no soy la persona más fácil con la cual convivir en el mundo. En algunos sentidos sí, una vez se acepta que siempre estoy trabajando en algo, y cuando no, tiendo a ser muy retraído, cocinando ideas en mi cabeza. Hace falta ser una persona muy segura para estar con alguien así, de modo que probablemente todos estos años estuve equivocado, intentado la combinación errónea.
Le tengo mucho cariño a todas y cada una de mis chicas locas y no me arrepiento de las experiencias que pasé con ellas (bueno, de la mayoría. Algunas fueron de verdad malas).
A todas las chicas locas que amé en el pasado: gracias, pero ahora ya estoy muy cansado.
Mark Oliver Everett. Things the Grandchildren Should Know. Little, Brown. Londres, 2008.Versión al castellano: eRRe - erremental.blogspot.com