lunes, 28 de diciembre de 2009

Juliet, menos desnuda

Antes de Año Nuevo un comentario de la más reciente novela de Nick Hornby, Juliet, Naked. Que el 2010 nos agarre confesados...

“Habían volado desde Inglaterra a Minneapolis para ver un mingitorio”, así empieza Annie a darse cuenta que ha desperdiciado los últimos 11 de sus 40 años junto a Duncan, un maestro de escuela experto en todo lo relacionado con Tucker Crowe, cantante ficticio que se retiró veintiséis años atrás, luego de un acontecimiento sucedido ahí, en ese baño, que la mitología del rock envuelve en el misterio. En su nueva novela, Juliet, Naked, Nick Hornby continúa desplegando las habilidades que ya le conocíamos de libros anteriores para captar los cambios que los oficios y artificios del pop (la cultura de masas que le llaman en círculos mamones) han introducido en la intimidad romántica de hombres y mujeres aproximadamente desde finales del siglo pasado-principios de éste. Nunca le ha faltado flexibilidad para colocarse a un extremo u otro de las pulsiones, pero tal vez nunca antes haya inclinado la voz tan decididamente del lado femenino, ni abordado con detenimiento las alteraciones que Internet vino a meter en este caldero de por sí revuelto.

Con efectos ambivalentes. Por un lado, el personaje de Duncan da la impresión de quedarse colgando para la importancia que tiene al principio y en ocasiones la presencia de Internet –como en la vida- interfiere más de lo que ayuda. Por otro, puede replicarse que si Duncan va difuminándose en la novela es porque así le va pasando a Annie, que si bien nunca asume por completo la carga narrativa –el narrador es un cuenta-cuentos como en libros anteriores de Hornby-, sí es nuestro hilo conductor en la historia de Juliet, Naked. El título se debe a una colección de demos del disco más famoso de Tucker Crowe, Juliet –similar al Let it be, Naked de los Beatles-, que sale tras no editarse nuevo material fonográfico desde su desaparición. Juliet, Naked detona el distanciamiento de Annie con Duncan cuando ambos perciben el álbum de maneras drásticamente distintas. Espoleada por la reseña deshecha en alabanzas que él sube a la página en la red donde mantiene una pequeña comunidad con otros obsesos de Tucker alrededor del mundo, Annie pone su primer post –la primera contribución femenina, de hecho- conteniendo una reseña que contradice punto por punto la de él, provocando entre otras reacciones la del mismísimo Tucker Crowe que desde su auto-reclusión inicia un intercambio epistolar electrónico con ella que Duncan desconoce. Más interesantes que los mails que se mandan, sin embargo, resultan las dudas que atraviesan al redactarlos, una inercia continuada en el texto. Hay intromisiones del universo-en-línea, como la entrada de Tucker Crowe en Wikipedia, que ciertamente se antojan prescindibles, pero compensadas al provocar observaciones sobre las repercusiones de internet fuera de la llamada “realidad virtual” en nuestra personalidad y en los ángulos desde el que nos es posible percibirnos a nosotros mismos. Antes la “tuckermanía” de Duncan era manejable, lo habían llamado a un documental de la BBC y organizaba encuentros, pero el fan más cercano vivía en Manchester, a varios kilómetros de Gooleness, el pequeño pueblo imaginario a la orilla del mar en el norte de Inglaterra donde comparte hogar con Annie. Para infortunio de ella “el internet vino a cambiarlo todo”. De repente Duncan tenía su página consagrada a Tucker Crowe y cientos de interlocutores en geografías impensables que, en un efecto superior a la comprensión de Annie, tenían mucho que decir para alguien que llevaba tanto tiempo sin crear una sola nota de música nueva.

Tucker echa mano de la misma frase, “el Internet vino a cambiarlo todo”, desde otro contexto que igualmente refiere problemas que suponía solucionados. Años dedicados a restarse importancia, resignándose a que para la mayoría de la gente ni siquiera fuese un recuerdo, a ser la referencia ocasional de un crítico snob en alguna revista, ahora se van por la borda cuando busca su nombre en Google y obtiene miles de respuestas creando la ilusión “de que su carrera musical era algo todavía vigente, de alguna manera, más que algo que había muerto hacía mucho tiempo”. Naturalmente al principio se siente halagado por todas esas personas que dedican horas de su vida a discutir su música; pasado un tiempo le resultan irritantes, como si lo conocieran de toda la vida, y ese montón de teorías absurdas que han tejido en torno a su retiro del ojo público. Si hay quien se refiere a Internet como la Biblioteca de Babel donde Borges cifraba su paraíso, Hornby nos recuerda lo esencialmente imposible de una utopía que también permite una de las máximas pesadillas borgeanas: la eterna perdurabilidad. “Ahora nadie es olvidado”, concluye Tucker, casi disculpándose con nuestros mayores por la elemental falta de cortesía.

Aun valiéndose de estos elementos, Juliet, Naked no se sube al debate del fin de la privacidad, su aspiración es menos ambiciosa, puede que más inmediatamente práctica: seguir explorando las formas inesperadas, ingeniosas, maravillosamente conmovedoras, increíblemente torpes en que buscamos complicarnos la vida. Como Duncan nos tranquiliza pensar que las personas embonan cual piezas de un mismo rompecabezas, hasta que un día despertamos a darnos cuenta que todo este tiempo no era “la perfección y un ajuste sensato” lo que nos movía, “sino los ojos, las bocas, las sonrisas, las mentes, los pechos y los torsos, el ingenio, la amabilidad, el encanto, la historia romántica y todo tipo de otras cosas que volvían imposible tener bordes bien definidos”. La cibernética en general trae ventajas en la medida que se suma al arsenal de herramientas de las que disponemos para cumplir este despropósito; especial, eso sí, porque le ha devuelto cualidades fantásticas a nuestro tiempo mermado de ilusión. Duncan lo comprueba cuando en la pantalla le aparecen los nombres de las canciones de un CD que acaba de insertar a la computadora, un hecho que sólo alcanza a concebir en términos mágicos: “no había sentido en buscarle explicación al truco porque no había una: o mejor dicho no había una que él pudiera entender”. En el colmo de su asombro, los mp3 por primera vez lo hacen conciente de que la música grabada no tenía que ser “como siempre había entendido con anterioridad una cosa en absoluto –un CD, un pedazo de plástico, un carrete de cinta. Podías reducirla a su esencia y su esencia era literalmente intangible”. Lejos de arrojarlo a los remilgos nostálgicos del coleccionista, “la nueva tecnología había hecho sus pasiones más románticas”.

Despojar de “objetualidad” a la música, una idea que ha dado vueltas de Pitágoras a Pete Townshend. Vivimos una época preciosa que nos acerca la oportunidad de romper con el valor de posesión de un “original”, algo que ha revestido de suntuosidad hipócrita la historia del arte. Lo que realmente significa la destrucción del halo sagrado alrededor del concepto de “autoría”, la democratización final del arte. Eso ya lo dijo Walter Benjamin en 1914 acerca del cine. En lo único que Nick Hornby vuelve a rizar el rizo es recordándonos que “no hay nada más difícil de soportar que una serie de días buenos”, observación que hace el doctor Paul Watzlawick en un libro de título tan explícito que ahorra muchas explicaciones: El arte de amargarse la vida. Mientras haya hombres y mujeres involucrados, el proceso correrá el riesgo de salir mal, y probablemente sea indispensable para darle continuidad. La diferencia de opinión sobre un disco obliga a que Duncan replantee sus certezas no sólo en la relación que lleva con Annie, incluso en aquello que cree conocer mejor en la vida, un disco de rock en este caso. Pero Tucker también aprende que el papel de creador no le da la verdad absoluta sobre su arte por la sencilla razón que da Duncan, “porque a la gente con talento se le da fácilmente y nunca valoramos las cosas que se nos dan fácilmente”. ¿Habría sido distinta la suerte de Kurt Cobain de haber existido Internet? A eso no tenemos respuesta. Sí hay respuesta en cambio para quienes le regatean méritos literarios a Hornby. Juliet, Naked no es ni la mitad de entretenida que Alta fidelidad o de punzante que Cómo ser buenos, pero vuelve a triunfar escribiendo de un modo que en este momento de la historia un montón de personas lo leen y les hace pensar que sabe quiénes son y cómo se sienten. Si eso no le alcanza al arte, entonces como el mismo Hornby tiene que decirnos acerca de su canción favorita, “Thunder Road”, de Bruce Springsteen, en su libro 31 canciones, ese por lo menos es “uno de los consuelos del arte”.

Nick Hornby. Juliet, Naked. Penguin Books. Londres, 2009.

No hay comentarios: