lunes, 5 de junio de 2023

El Corona Capital y el cochinito de la soledad

 

Acabo de leer un meme: “Si nadie quiere ir contigo a un concierto, ve solo, sin miedo al éxito”. Me causa gracia porque de no haber aplicado el principio hace décadas, me habría perdido la mayoría de los actos en directo que he disfrutado y algunos de los momentos más felices de mi vida. Recuerdo el grito en el cielo que puso mi madre cuando le conté, con toda naturalidad, que había ido al cine solo; entiendo la preocupación de que un malandro te haga algo (más si eres una chava), pero ya tenía 15 años y era un cine; es decir, ya no estaba en una edad para que me hicieran tan pendejo a lo wey.


Hay una discriminación de la que poco se habla en este país hacia los solitarios. Escribí algo parecido en Facebook y uno de mis contactos, buen hombre, pero muy sácale punta, me contestó que vivíamos en una sociedad y quien no lo aceptaba no tenía derecho a chillar por no recibir tarjetas de Navidad. Estas palabras, en el fondo, no hacen más que evidenciar la visión generalizada del solitario como un perdedor Bueno, me viene la imagen de Pascal Quignard a quien puedo pensar como un solitario, pero jamás como un perdedor. Para empezar el alejamiento del grupo humano, el aislamiento, es uno de los llamados más antiguos que cualquier sociedad ha ejercido sobre cierto tipo de individuos –anacoretas, chamanes y hasta el mismo Jesucristo lo sintieron-, y no se trata de esperar felicitaciones de Fin de Año, sino simplemente de un poco de respeto, por ejemplo, en un restaurante, donde la prioridad de servicio al solitario es evidentemente inferior a la mesa de numerosos comensales. En esos letreros que este tipo de negocios ahora están obligados a exhibir por ley, además de la preferencia sexual, posición social, raza o creencia religiosa, debería agregarse que no se discriminará por preferencia social o soledad.


Ahora, acaban de anunciar el cartel para este Corona Capital 2023. Tres noches, cada una encabezada por una banda simbólica de mi generación: Pulp, Blur y The Cure. Había estado ahorrando sobre todo por si venían Pulp y The Cure. Pero cada uno en su concierto separado, no los esperaba en festival. A todas las bandas ya las vi y con The Cure, particularmente, me había prometido nunca perderme un concierto suyo en la Ciudad de México. Mi disyuntiva es distinta a la del meme del principio y a la que atravesaba cada vez que quería ver a un grupo que a nadie más la interesaba. No faltarán los amigos que me acompañen, pero ¿de verdad quiero gastarme en tres días –lo que incluye boletos y chupe- el varo que planeaba en un más largo intervalo? Y, sobre todo, ¿de verdad estoy preparado para aventarme tres días seguidos el ritual –cada vez más desgastante- de la caminata y los empujones entre miles de desconocidos? ¿O sólo voy a The Cure? O, de plano, ya a ninguno. ¿Valdrá ese clavado en la muchedumbre romper el cochinito de mi soledad? ¿Me la voy a pasar mejor?

miércoles, 31 de mayo de 2023

Nina Galindo en el Sindicato Rupestre: Calor que no da el boiler


Brindis por un difunto, de Nina Galindo y Sigue La Mata Dando, es para mí un templo imprescindible del culto al rock nacional, aunque me informan mis fuentes que no tan sagrado para recibir la bendición de los pontífices que recientemente han publicado su biblia de 200 discos chingones del rocanrol mexicano. Aparecido en 1991, más rocanrol de lo que trae este álbum no se puede: canciones perrísimas de un grupo importante de roleros que venían desarrollándose desde los años 80 bajo el oblicuo apelativo “rupestre” (encuentro de rock y blues con jiribilla mexicana) cantadas por el temple intocable de Nina Galindo. 

Estaba Cecilia Toussaint con la garra curtida en los hoyos fonqui de la generación inmediatamente anterior y las nocturnas ondulaciones con las que Rita Guerrero seducía desde Santa Sabina. Nina ocupaba otro universo, más sutil y al mismo tiempo más bravo. Le bastaba con pararse frente al micrófono, abrir la boca y hacer valer la ley de su canto cuando disparaba el exquisito arsenal de su repertorio. Con presencia serena pero firme, hirsuta cabellera de color atardecer en la playa, ojos fijos en un planeta más allá que el tuyo y un estilo de vestir sencillo que a mí me parecía de mucha clase, apenas le faltaba moverse, con eso dominaba a las bestias. Un puñado de veces la vi en el Teatro Isabela Corona de Tlatelolco y si un gandalla le gritaba la infaltable guarrada, ella invariablemente encontraba la revirada que dejaba callado al fulano. Y ahí me tenían como un chiquillo anonadado, admirado. Era una diva de otro lugar. Una estrella que sólo podía existir cuando cantaba y como pasa con las maravillas fuera de nuestro alcance viví un poquito enamorado de ella.


Su discografía es en realidad breve. Después del aludido Brindis…, vino Antropofagia amorosa (1993), Antes del toque de queda (1995) y El desliz (1999). De esos, el único que se me escapó fue El desliz porque, ya saben cómo rebasa la vida, las deudas, las pérdidas irreparables y los hallazgos milagrosos, los libros, las películas, los imprevistos, el alcohol, las angustias y hasta el propio amor con sus delicias y sinsabores… hacen que, sin buscarlo ni desearlo, un día te des cuenta de que has pasado un par de décadas sin ir a ver a una de tus cantantes favoritas, Nina Galindo. Y yo no sé si algo parecido le pasó a ella, que de repente descubro que ha sacado un nuevo disco doble, Canciones atoradas, y está por desatorar un concierto el 27 de mayo en el Sindicato Rupestre.


Contacto al maestro Simón Zamora, buen camarada ideólogo del Sindicato, con el inocente propósito de que me dé chance de presentarme a comprar un disco y llegarle, la neta ya no me alcanza pa quedarme a la tocada. Con la generosidad que le caracteriza, Simón contesta que me lance a adquirir mi disco y de paso me quede a presenciar el chou.


Le debo uno de los momentos inesperados más gozosos que he vivido últimamente.


Si conocen el Sindicato Rupestre, saben que es un espacio de máxima libertad con absoluto respeto, alérgico al oropel y sanamente dispuesto al desmadre, sin grandes separaciones entre público y artista. Antes de subir, veo que el maestro Simón retiene a Nina en el pasillo que conduce al escenario para que le hagan la respetuosa presentación que amerita. La tengo a pocos metros de mí y quedo arrebatado, suspendido, pasmado como el puberto que iba a encenderle sus veladoras internas en Tlatelolco.


Acompañada únicamente por su guitarrista Jorge García Montemayor, recuerdo que “Algo de suerte”, del Rockdrigo fue una de las primeras que se reventaron y sí, sentía la tinta en estas páginas dibujadas por la muerte de correr con algo de suerte para compartir este momento, este lugar, este oxígeno en donde Nina Galindo derrocha su voz. Y cavernícolas como somos, adentrados en esta catacumba, no son tanto estas pobres antorchas que hemos traído para lacerar la noche las que nos iluminarán, sino el sonido, esta música desaprobada por los canónigos de Rhythm & Books, lo que trazará las pinturas mentales que cada uno se lleve en forma de aplausos, chiflidos, el beso que se da una pareja, una cerveza destapada, un triste tabaco encendido a escondidas de esta vieja ciudad de hierro que ya ni siquiera permite semejante consuelo al distante instante del corazón exaltado antes de convertirse en pinche instante de olvido.


Al menos yo me siento muy vivo en el momento que Nina se arranca con “La muerte de los viejos locos”, y me arrebata la respiración en pétalos aun cuando canta de “Ellla”, la que reniega de su mala suerte, porque yo llevo años latiendo con ese "corazón que naufragó”. Tan demolido estoy que no me queda más que juntar mis pedazos en esos gritos triviales de “¡Viva, Nina!” “¡Gracias, Nina!” “¡Eres grande, Nina”. Y ella me contesta con la edad que está próxima a cumplir. Me he convertido en uno esos rucos que gritaban cosas parecidas en Rockotitlán. Y soy tan feliz. ¿Por qué no brindar? Y se descorcha una de mi maestro Gerardo Enciso, “El vino”, que como todos sabemos, es buen amigo, pero como todo buen amigo puede traicionar. No es el caso esta noche, que mientras finiquito la tercera chela de la velada, el maestro Simón se me presenta para regalarme la cuarta al tiempo que Nina desde el micrófono pregunta por él sobre un asunto de la firmeza del escenario.


Así es el Sindicato. Sin pedos, sin mamonerías, sin propinas de a webo. Y por eso ha de permanecer inquebrantablemente Rupestre –denominación de origen que ya alguna vez les quisieron pelear-. Llegará el momento en que esto será un buen recuerdo, por ahora nos congregamos aquí para respirarlo, absorberlo, tomarlo, brindarlo justo cuando Nina por fin nos regala una de las más pedidas de la noche: “Habrá tiempo” 


Parece que se va y muchos quedaremos helados porque no ha encendido “El boiler”, pero bien que regresa para dejarnos mejor esta luz que la oscuridad. Yo sigo entre nubes. Cuando Nina regresa del escenario por el pasillo donde la he visto antes del concierto, algunos asistentes la detienen para tomarse una selfie. Despierto. No lo había pensado. No se me había ocurrido que podía acercarme a Nina Galindo para sacarme una foto con ella. Lo hago apresuradamente. Antes de soltarla para que huya a cualquier galaxia que habite, alcanzo a decirle "te amo". Me he quitado un peso de encima.


lunes, 16 de enero de 2023

¿Apagarlo? No si puedo evitarlo


Joe Jackson, músico de pop elegante, también es un escritor de pensamiento sagaz que denuncia los atentados a la libertad individual enmascarados de prevención sanitaria. El presente texto data de 2003, cuando varios motivos lo llevaron a abandonar Nueva York, el principal: las leyes antifumadores. La alteración del vínculo social en los espacios de esparcimiento, la manipulación de la investigación científica para sembrar pánico y la honda contradicción suyacente son algunos de los puntos que señala en esta política; si ni en las cantinas se puede fumar, acabaremos haciéndolo en el hogar junto a los hijos que queríamos proteger, lo que deja una duda perturbadora: ¿no será que hay una necesidad social latente por encontrar una minoría a la cual atacar ahora que todas las otras están prohibidas? Para mala fortuna de Jackson, el llamado al sentido común que aquí hacía a las autoridades inglesas pre Brexit cayó en saco roto y actualmente reside en Alemania, donde la regulación en torno al tabaco es más prudente. Sus esfuerzos en el tema cristalizarían en el ensayo Smoke, Lies & The Nanny State (Humo, mentiras y el Estado niñera, 2007), disponible para consulta en su sitio web: joejackson.com. (El texto fue publicado originalmente en Daily Telegraph el 28 de noviembre de 2003,;mi presente traducción junto a esta introducción aparecieron en 2019 en la revista Inundación Castálida de la Universidad del Claustro de Sor Juana.)


Noche de viernes en la ciudad. Acudo a una fiesta en un centro nocturno promovida por mis amigos Mimi y James, cuyas fiestas del pasado son legendarias. Pero hay poca concurrencia y un ánimo apagado. La economía local anda mal, pero ése no es el único problema.


Por ejemplo, nadie baila: es ilegal. El recinto no cuenta con el permiso debidamente caro y complicado de obtener. Todos tenemos historias: el bar castigado porque dejó a una pareja besuquearse junto a la rocola; la clase de swing que fue cancelada; incluso el club del centro que recibió una cuantiosa multa después de una velada de música klezmer judía cuando las setenta y pico personas que conformaban el público fueron vistas meneándose.


Pero ¿qué hace este grupo de gente fuera del club? No están bailando; fuman. 


Gracias a una nueva ley, es ilegal fumar en el interior. También es ilegal beber en el exterior. Entonces: una fumada entre trago y trago, o dejas tu bebida dentro con la esperanza de que ahí continúe cuando regreses. En cualquier caso, se desarrolla toda una fiesta por separado en la calle. Aunque no demasiado festiva. Todo el mundo refunfuña sobre cómo el actual alcalde es peor que el anterior, el que inició esta disneyficación de la ciudad con la idea de hacerla amigable para empresarios y turistas, exiliando el elemento creativo, “bohemio”, cerrando incluso los bares topless.


Los no fumadores poco a poco también empiezan a escaparse, y Judy, la bartender, toma su pausa de cinco minutos para un cigarrillo. La prohibición supuestamente busca proteger su salud, pero ella dice que preferiría no ser un poli que vigila su cumplimiento, muchas gracias, y por menos propina, ya entrados en gastos. Y de vez en cuando, uno de los promotores tiene que salir corriendo para avisar a los fumadores de algún acontecimiento importante dentro. Ah, sí, y para recordarles que no hagan mucho ruido. El club puede ser multado por eso, también. 


La ciudad, por supuesto, es Nueva York. La ciudad de la que me enamoré cuando era un forúnculo en el trasero de la América reaganista: más sucia, pero bastante más divertida. Me radiqué ahí desde entonces, pero este año volví a vivir de lleno en Inglaterra. Mi desilusión tiene que ver más con el presidente Bush que con el alcalde Bloomberg, pero la gota que derramó el vaso –lo que finalmente me puso a hacer mis maletas con absoluta indignación- fue la prohibición de fumar. Imaginen mi consternación al oír que la Policía del Humo promueve una prohibición similar en Britania. 


Una prohibición como ésa sería aun más devastadora aquí que en Nueva York, con todo y que la propaganda de Bloomberg diga “¡Amamos Nueva York libre de humo!”. Manhattan conserva una especie de glamour inamovible que Londres quizá nunca iguale, pero Londres –con todos sus problemas- es más sociable y su vida nocturna hoy en día es más libre, más amigable y por alguna razón más adulta. Se mueve en la dirección correcta además, con sus ridículas leyes para otorgar permisos a punto de cambiar. Mientras tanto, Nueva York está pensando en cerrar sus bares y clubes más temprano, en parte para retirar de las calles a esas molestas aglomeraciones de fumadores


Yo soy un fumador moderado; disfruto un par de cigarrillos o un cigarro puro con una copa. Pero también soy una persona consciente de la salud y, durante los últimos años, he investigado ampliamente todos los ángulos sobre el tema de fumar. He concluido que fumar es riesgoso, pero no tan peligroso como los oficiales fanáticos y los activistas antifumadores nos harían creer. Para ser más claro, estoy convencido (como muchos científicos respetados) que el peligro para los “fumadores pasivos” es en esencia un engaño, con dudosas estadísticas manipuladas y exageradas por la intención manifiesta de estigmatizar a los fumadores y horrorizarnos a todos.  

 

En mis incursiones dentro del loco mundo de la estadística, he descubierto, por ejemplo, que es más probable que mueras en un accidente de bicicleta, o como resultado de ser zurdo y usar objetos para diestro, que por ser un fumador pasivo. Pero los oficiales de la salud acostumbran ocultar cualquier evidencia que no sea de su agrado y alteran la información. Todo es parte de una campaña propagandística a gran escala y muy bien financiada para cambiar la percepción que tiene el público de fumar como algo que da placer a algo sucio y antisocial. Bueno, personalmente me considero una excepción a la acusación de que es un “hábito asqueroso”. ¿Dónde está lo asqueroso exactamente? Yo no soy una persona asquerosa, ¡venga, miren mis uñas!


Independientemente de las estadísticas, está el sentido común, y nuestras propias observaciones a menudo contrastan con la línea oficial. Por ejemplo, los antifumadores ahora nos dicen que aproximadamente la mitad de todos los fumadores (se refieren a personas que llevan mucho tiempo haciéndolo, adictos sin remedio, pero se olvidan de las letras pequeñas) morirán por este hábito.


Ahora bien, ¿por qué, si hay menos gente fumando, más gente como yo que fuma moderadamente y todo el mundo en general tiene hábitos más saludables, este cálculo ha ido en aumento constante? Además, si esto fuera remotamente cierto, todos sabríamos de docenas de fatalidades por fumar. ¿Ustedes de cuántas saben? Yo de una y, como en la mayoría de casos parecidos, murió a los 74 años después de haber fumado en grandes cantidades desde los 14. En realidad, la mayoría de nosotros moriremos pasados los 70 a causa del mismo tipo de enfermedades, seamos fumadores o no. Tampoco hemos visto generaciones enteras de fumadores pasivos que trabajaron en un bar cayendo como moscas, aun cuando en el pasado había más humo en los bares. 


El sentido común británico es algo que con mucha frecuencia eché de menos en Estados Unidos. Admitámoslo, los yanquis tienen una historia preocupante de embestidas santurronas en direcciones erróneas. Vean la Prohibición, por ejemplo. No porque el alcohol sea inofensivo; de hecho, fácilmente puede probarse que causa más daño que el tabaco. El tabaco, sin embargo, es un flagelo de la humanidad menos popular que el trago o las hamburguesas, y por eso los antifumadores se han enfocado tanto en él durante el último par de décadas


El sentimiento antifumador se ha exacerbado tanto en ciertas regiones de Estados Unidos que uno debe preguntarse si hay en juego algo más oscuro que la preocupación por la salud pública: una necesidad latente en la sociedad de tener una minoría a la cual atacar, ahora que todas las demás minorías son intocables. ¿De qué otro modo explicar la increíble rudeza que experimentan los fumadores, o los restaurantes que prohíben fumar en mesas al aire libre, o los edificios de oficinas donde no se permite fumar y luego colocan letreros de “No fumar” a dos metros de la entrada? Uno casi espera ver a los fumadores en instrumentos de tortura y que sean arrojados a la basura.


¿Es esto lo que queremos en Britania? El enfoque estadounidense ante temas polémicos no siempre funciona. No parece que Estados Unidos pueda curar a Los Ängeles de su perniciosa niebla tóxica, y aun así esa ciudad ahora intenta que no se fume en parques y playas. No parece que Estados Unidos entienda cómo frenar la obesidad descontrolada, o las 11,000 muertes por arma de fuego al año, y aun así un exfumador convertido en tabacofóbico puede llegar a alcalde de Nueva York y prohibir que se fume en los bares. El enfoque estadounidense no siempre funciona en Estados Unidos, por Dios. Y lo crean o no, en lo que toca al tema del cigarro Britania es de hecho notoriamente más progresiva.


La industria de la hospitalidad británica, con su recién adoptado Registro de Voluntarios, está haciendo grandes avances para brindar voluntariamente más opciones a la gente y aire más limpio. La gente está dándose cuenta de que los modernos sistemas de ventilación e higienización del aire logran un aire perfectamente confortable para todos salvo los resentidos del cigarro más fanatizados. Con eso no basta, dicen los antifumadores. Pero yo he estado en bares –en Japón, sobre todo, pero más recientemente en las excelentes nuevas áreas para fumar de alta tecnología en el aeropuerto de Heathrow- donde hay montones de personas fumando, pero la calidad del aire es perceptiblemente mejor que la de afuera.


En el caso de los pubs, particularmente, a los antifumadores les vendría bien un baño de realidad. Aun si es cierto que sólo alrededor del 30 por ciento de los británicos fuma, cualquier inepto se dará cuenta de que ese porcentaje al interior del pub es muy superior. Más aún, virtualmente todo no fumador del pub socializa con fumadores y lo hace alegremente, mientras la ventilación opere correctamente, se vacíen los ceniceros y el ambiente no esté plagado de humo. 


El pub inglés* siempre ha sido un bastión de tolerancia. Y es en el pub, no en el hogar, donde el fumador encuentra su último refugio. ¿Nadie ha notado un defecto cuando nos dicen que no debemos fumar en los pubs, tampoco con nuestra pareja, ni –sobre todo- con nuestros hjos? No pueden arrebatarnos ese refugio sin volver ilegal el tabaco de facto. Y la Prohibición en la realidad nunca funciona. Además, se perderían 7 mil millones de libras esterlinas al año en impuesto al tabaco.


Britania puede guiar al mundo en este tema, con una política más considerada hacia los no fumadores que, digamos, la de Europa del Este, pero más realista que las prohibiciones extremistas de California y de Nueva York. Políticos, tomen nota: pueden ganar titulares y popularidad con menos legislación restrictiva, no más; si son más razonables, no menos. ¿No es ése el modelo británico? Yo en verdad es lo que espero, detestaría tener que hacer mis maletas con indignación otra vez.


*Se ha optado por dejar aquí la palabra “pub” en lugar de encontrarle algún equivalente en español, pues parece evidente la intención del autor por desmarcarse de la palabra “bar” que apenas utilizó en el párrafo anterior en relación a Estados Unidos. “Pub” designa un establecimiento típico de la cultura inglesa donde se consumen viandas y bebidas alcóholicas; del mismo modo que una cantina es un espacio de encuentro único de la cultura mexicana (N. del t)