martes, 25 de septiembre de 2007

Jaco, en vuelo a lo imposible

El pasado 21 de septiembre se cumplieron 20 años de la muerte de Jaco Pastorius, el bajista más grande que haya pisado la Tierra, como él mismo acostumbraba presentarse. Personas que lo conocieron bien lo describen como “una fuerza de la naturaleza”. De niño, cuentan que tenía que correr por el bosque como un salvaje, nadar en el mar durante horas o trepar hileras de palmeras en las playas de Florida para sacudirse su provisión de energía aparentemente inagotable. Por su apabullante condición física pronto destacó en los deportes. Mamá decidió que si Jaco era el atleta estrella, entonces su hermano Gregory sería el músico de la familia. Resultó que un día levantó la guitarra y como si nada sacó una canción de los Beatles con la que Rory había estado batallando meses. Eso fue a los 12 años. A los 13 había formado The Sonics, su primera banda. Los compañeros de la escuela se acercaban a Rory para decirle “vaya, Jaco no sólo es el mejor atleta de la escuela, ¡también es el mejor baterista!”. Pobre de Rory, pobre de Jaco. Un día se rompió la muñeca jugando futbol americano y tuvo que dejar los tambores, pero tomó el bajo. Todo el tiempo se la pasaba practicando con el bajo hasta que un día volteó y le dijo a Rory, “soy el mejor bajista del mundo”. Lo único que su hermano atinó a responderle fue: “lo sé”.
A los 19 años se le ocurrió quitarle las divisiones entre trastes a un bajo Jazz Fender ’62, rellenando los espacios vacíos con masilla de madera Duratite y cubriendo el cuello con una resina epóxica llamada Petit’s Poly-Poxy, sumado a otras modificaciones técnicas esto dotaba al instrumento de una cualidad “cantora” muy particular, inventando con ello el bajo “fretless”, modalidad que no tardarían en adoptar otros bajistas de jazz y rock. Tan especial era el sonido que Jaco sabía sacarle a su bajo que cuando mandó un demo de prueba para el puesto vacante en Weather Report, Joe Zawinul, mandamás del grupo, se comunicó con el muchacho para comentarle “tu demo suena muy bien, pero quería preguntarte si no tocas el bajo eléctrico”. “¿De qué me hablas? Todo lo que oíste fue bajo eléctrico”, fue la inesperada respuesta que recibió Zawinul. El jovenzuelo fue reclutado.
Jaco construyó su fama alrededor del mundo en Weather Report. Con ellos grabó discos que los sacaron del reducido círculo de snobs jazzeros a un público mayoritario, y con ellos a buena parte del jazz. Así como podía tocar escalas imposibles de 16 notas, incursionando en terrenos inéditos para la historia del bajo eléctrico, Jaco era muy conciente de la parte del espectáculo y la asumía con idéntico vigor. Pedía que barnizaran el escenario con aceite de bebé para con los pies descalzos efectuar entradas espectaculares y contonearse en movimientos que el mismísimo James Brown envidiaría, sin dejar de poner cada chispeante nota en su lugar, desplantes que junto con sus homenajes a Jimi Hendrix y su sensibilidad para la música popular atrajeron a un público rock que de paso salía con su primera probadita de Charlie Parker o John Coltrane.
Fueron los años del mejor Jaco -finales de los setenta, todavía los primeros dos años de la siguiente década-, el que puede oírse en temas de Heavy Weather y Night Time de Weather Report, Hejira y Lights & Shadows de Joni Mitchell, el concierto Trilogue al alimón con el baterista Alphonse Mouzon y el trombonista alemán Albert Manglesdorff, el alucinante Word of Mouth como solista. Aunque hay quien sostiene que no, que el mejor Jaco fue el que tocaba con la orquesta de Ira Sullivan en pequeños bares de Florida, cuando recién había aprendido a leer notación musical y su cabeza bullía de ideas que desarrollaría en los años venideros, al que le bastaba la música para ponerse. Porque los años de gloria también fueron los años en que la gente hacía cualquier cosa con tal de estar cerca del ídolo: conseguirle un trago, una línea de cocaína, lo que fuera para presumir “yo me codeé con el grande”.
Para 1983, cuando registró Twins, el disco grabado en vivo durante la gira de Japón que captaba en acción a su espectacular Word of Mouth Big Band (una especie de orquesta all-star de jazzistas neoyorquinos), el comportamiento de Jaco ya era muy errático; podía estar genial una noche y a la siguiente salía con la cara pintada de guerrero apache o cubierto de marcador negro, pulsando la misma nota interminable, distorsionada e inaudible. Desaparecía y lo encontraban desnudo entre unas rocas cerca del mar. Una vez entró al vestíbulo de un hotel montado en una motocicleta sólo para de inmediato caer inconsciente, cuando trataron de reanimarlo descubrieron que llevaba un calamar muerto debajo de la camiseta. En Tokio cayó de varios pisos de altura al tratar de caminar por una cornisa, sus acompañantes creyeron que se trataba de otra broma pesada, supieron que iba en serio cuando uno le oyó decir “el mejor bajista del mundo acaba de romperse un hombro… bueno, tal vez no el mejor”.
Particularmente desoladora resulta la historia de Jaco saliendo a toda prisa de una disquería en Nueva York con un montón de discos suyos y de Weather Report bajo el brazo y un vendedor pisándole los talones, corriendo sobre una acera que tenía grabadas las manos de algunos músicos locales destacados, a semejanza del Paseo de las Estrellas en Hollywood, justo cuando Jaco pisa el recuadro con sus huellas, el cargamento de lp’s cae, pero él no detiene su escapatoria. Esa imagen del maestro convertido en un vulgar ladrón que dilapida su legado en un punto que conmemora su grandeza compendia la debacle de Jaco Pastorius de una forma específicamente lastimera que no transmiten los cientos de cuentos de terror que circulan sobre él. Más si uno piensa que seguramente los había hurtado para regalárselos a la gente que pasara por la calle, eso hacía cuando todavía le quedaba algo de dinero, agotaba las existencias de sus propios álbumes en las tiendas o, en los kioskos alguna revista que le hubiera concedido la portada , y los entregaba a los transeúntes como una forma de decir “éste que ven de camino a las cloacas de la humanidad una vez fue dueño del mundo… éste podría ser cualquiera de ustedes, pero no lo es”.
Para Jaco la música debía tener un carácter comunitario, si no podía compartirse carecía de sentido. Si bien conocía a fondo las estructuras jazzísticas tradicionales, dedicaba mucho tiempo a oír la radio, los éxitos del momento, lo que le gustaba a la gente común, estudiando los contagiosos compases del sonido Motown y absorbiendo la inmediatez del rock para trasladarla a nuevos campos. Ese primer disco homónimo, Jaco Pastorius, constituye un buen muestrario de todos los estilos por los que se decantaba: el soul de “Come On, Come Over” con la participación vocal de los legendarios Sam & Dave; las etéreas sonoridades de “Continuum”, las cadencias latinas de “(Used to Be a) Cha-Cha” y el jazz más conservador de “Forgotten Love”, ambas con Herbie Hancock al piano; nada más su inconcebible adaptación al bajo eléctrico del clásico “Donna Lee” de Charlie Parker que abre la placa basta para calificarlo de revolucionario. Pese a sus fanfarronadas, siempre lo más importante fue sustentarlas haciendo música. En cuanto algunos billetes caían a sus manos, alquilaba unos estudios, reunía a los primeros músicos que hubiera disponibles y armaba una jam session. Claro que el dinero acababa metiéndoselo por la nariz y Jaco se marchaba sin tomarse la molestia de rescatar las grabaciones, total, el gusto de tocar ya nadie se lo quitaba.
A mí, la primera vez que escuché a Jaco, vía un disco recopilatorio, lo que me impresionó fue la vehemente humanidad que respira su música. Hablo de una cualidad irreductible a los extraordinarios malabares que sus dedos ejecutaban con sólo cuatro cuerdas, porque el virtuosismo nace muerto y lo que subyace a sus sofisticadas composiciones volviéndolas accesibles y tarareables al mismo tiempo es algo que respira y se retuerce y golpea y acaricia, un ser con vida propia que cada audición la hace irrepetible. Como si no se tratara de una determinada sucesión de notas, sino transmisiones desde el centro neurálgico de la música misma.
Cuenta Charly García –quien quedara profundamente impresionado por Jaco al conocerlo en un festival brasileño a principios de los 80 y a quien años más tarde dedicaría el tema instrumental “Jaco & Chofi”, incluido en La hija de la lágrima- que desde muy temprana edad descubrió que tenía “oído absoluto”, una condición que le revela en qué tonalidad está cualquier sonido. “Es horrible”, afirma Charly, “como si tuvieras una partitura frente a ti todo el tiempo de la cual no puedes escapar”. Para desgracia suya y fortuna nuestra, al parecer Jaco compartía el padecimiento de Charly. En ocasiones iba con alguien a la orilla del mar y de repente le decía, “shh, escucha”, el otro no escuchaba nada mientras Jaco parecía inmerso en la sinfonía universal. Sí, todo era música para Jaco, pero nunca la suficiente. Para el percusionista Airto Moreira, “su música se volvió más grande que él mismo. Realmente no podía tocar todo lo que quería. El tipo estaba muy allá. Y yo respeto eso”. Y nosotros también deberíamos, porque en el descalabro de lo imposible Jaco tuvo el valor de animarse a volar… aunque al final, digno descendiente de la estirpe de Ícaro, haya merecido una caída monumental.
La noche del 11 de septiembre de 1987, un Jaco fuertemente intoxicado quiso entrar al Midnight Bottle Club, ubicado en un suburbio de Fort Lauderdale, Florida, localidad en la que pasó su niñez y adolescencia. Un tipo de seguridad le impidió el paso. A las 4 am del 12 de septiembre Jaco era encontrado en un charco de sangre, con varias costillas rotas y severas fracturas en el cráneo. Un día después caería en coma. El 21 de septiembre su familia decidió retirarle los aparatos que lo mantenían con vida. Jaco dejó de respirar, pero su corazón continúo latiendo unas buenas dos horas. Jack, su padre, que había sido crooner en orquestas de salón comentó “ya sabía que Jaco tenía buen ritmo, pero esto es ridículo”, luego lo rodeó con sus brazos y empezó a cantarle una balada llamada “Watch What Happens”. Al igual que su admirado Charlie Parker, no rebasó los 35 años, como él siempre había predicho.
Cada septiembre se suceden las notas en revistas especializadas, radio, televisión, periódicos para conmemorar la muerte de Jimi Hendrix (acaecida el día 18 de 1970). Uno pensaría que este 2007 el vigésimo aniversario luctuoso de Jaco sería el pretexto perfecto para revalorar su trabajo de frente al gran público. No fue así. Ni siquiera el fallecimiento de Joe Zawinul, su mentor en Weather Report y un músico vital para entender el viraje eléctrico que Miles Davies dio en los sesenta, mereció mayor atención de los medios, acaso por el mal día que eligió para soltar el último aliento: 11 de septiembre. Por cierto, en los últimos años, cuando vagaba con esos ojos descomunales inyectados de sangre por las calles de Nueva York y dormía en canchas de basquetbol, a Jaco se le oía decir “Jimi Hendrix y yo, los dos levantamos las Torres Gemelas solo con nuestras manos ”. Las torres que los hombres construyen también hacen posible su desmoronamiento. Pero hay otros edificios, eternos... por ser invisibles. Como sea, septiembre parece la fecha ideal para darse una vueltecita por ese club colmado de humos de cigarro y whiskey que hay más allá.

viernes, 21 de septiembre de 2007

GHP se raya...

Para quienes hayan leído el texto "RIP Go Home Productions", les alegrará saber que nada de venta, la obra completa de Mark Vidler en su vida como bootleger puede descargarse por tiempo limitado desde su página www.gohomeproductions.co.uk. Vayan ahora y dense un atasque. El eRRe seguro no dejará pasar la oportunidad.
Pump up the motherfuckin' volume!!

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Tache Rock Machine

En la relación con el amigo y maestro Tachepiranha, la música siempre ha jugado un papel fundamental. Nos conocimos en el primer año de secundaria, en medio de pleno boom del “Rock en tu idioma”. Felizmente el azar quiso que Tachepiranha viviera a una cuadra de casa del eRRe y así fue como creció la amistad, recorriendo todos los días cansina y fervientemente (con ese fervor que sólo tienen los niños de 13 años) el camino que llevaba de la secundaria a nuestras casas platicando de bandas, intercambiando discos y, en buena parte, burlándonos de todos los demás. Ni modo habrá que caer en el cliché y decir que fuimos creciendo al ritmo que marcaban Espacio 59 y Rock 101, como muchos otros compañeros de generación, casi nunca WFM, sólo cuando pasaban conciertos. Nos recorrimos todo el diccionario de bandas de rock en español de la época, Radio Futura, Soda Stereo, Charly García, Sabina, Neón, Caifanes, Huizar. En el último año de la secundaria llegó el desmadre que fue el salón 37, sin saberlo sería el germen para esa potencia de conquista mundial llamada toqueyrol (golpearán su localidad próximamente).
Ya en la prepa nos tocó el apogeo del grunge y eso que por entonces llamaban música “alternativa” y ahora “indie”. Una época en que MTV todavía trataba de música y no de ver cuántos mocos se saca un pelado en una hora, con programas obligados como 120 Minutes, Headbanger’s Ball o Alternative Nation. Una época en la que los discos costaban alrededor de 70 pesos (los caros). Una época en que las tiendas Mix-up todavía no manejaba códigos de barras y discretamente podía intercambiar las etiquetas del precio de los discos para que salieran más baratos. Una época en que todos los días uno parecía sentirse emocionado por haber descubierto una banda nueva. Fueron días llenos de angustia y valemadrismo adolescente. Días llenos de alcohol y risotadas a media noche. Días agotando las calles que llevaban de Coyoacán a la Naravarte. Días llenos de Alice in Chains, Red Hot Chili Peppers, The Cure, The Smiths, Metallica, Pink Floyd, Jane’s Addiction, Beastie Boys, Rollins Band, Ministry, Ramones, Nine Inch Nails, mucho Nirvana, mucho Pearl Jam, la banda favorita de Tachepiranha. Los dos compramos Ten, el debut del quinteto de Seattle, e inmediatamente se convirtió en otro punto de identificación, cantando “Jeremy”, “Why Go”, “Black” y “Garden” llegamos a la universidad, luego de la fugaz carrera de Tachepiranha como escritor maldito, una historia que, como diría Michael Ende, debe ser contada en otra ocasión.
De nuestra época en la universidad hay muchos episodios musicales dignos de recordar. Especialmente los conciertos y sobre todo los conciertos de C.U. Uno de los primeros –si no es que el primero- en plenas islas atascadas de banda bien pacheca y cervecera. Los zapatistas recién habían emergido a la luz y con la falta de respeto político que nos caracteriza, Tachepiranha y eRRe emprendieron el fatigoso camino a la tienda por más chelas, el primero ataviado con pasamontañas y el otro pidiendo monedas para la causa –por supuesto, las caguamas. Recuerdo también el Día de Muertos en que fuimos a ver a los Aterciopelados a un bar del centro, cuando “Bolero falaz” apenas empezaba a sonar, con Andrea Echeverri desde el escenario hablando con nosotros y arrojándonos flores de xempaxochitl. La noche en que tuvimos que convencer al Pregonero y al Prisionero para que nos acompañaran a ver el Hard Rock con Eliades Ochoa y se pasaran una de las mejores noches de su vida, cerrando con don Eliades dedicándonos una canción que nosotros le habíamos pedido toda la noche y que ninguno de los demás asistentes sabía que tocaba. No menos inolvidables son las desaforadas sesiones de viniles en el cuartito trasero de su casa o la noche en que rodeado de hermanos borrachos canté “Round Here” de los Counting Crows abrazado a una bocina de su estéreo.
Cuando Pearl Jam por fin vino a México, tuve la oportunidad de ver a un Tachepiranha que pocos conocen. La tarde que llegamos al primer concierto en los Palacios de los Deportes, su mirada no era la de un tirano, era la de un niño no muy distante al que muchos años atrás yo había conocido en el salón 110 del Instituto México, llena de ilusión porque uno de sus sueños estaba por hacerse realidad, de un lado para otro, comprando camisetas, pósters… y por un momento yo también me sentí como uno de esos engendros de inocencia que alguna vez fuimos, cuando el mundo era nuevo y caminábamos entre las rosas sin pensar en las espinas.
Poco después Tachepiranha partió un año a estudiar a Alemania. Resulto que su partida se sumaba a otra muy sentida por el eRRe, pero ese fue el mismo año en que descubrió “Left and Leaving” de los Weakerthans, ese disco que habla de personas que se van y personas que se quedan, de las cosas del tiempo, le servía de consuelo para las ausencias y si bien Tachepiranha no tuvo nada que ver con dicho descubrimiento, seguramente si él no hubiera estado lejos no representaría un título tan significativo en mi fonoteca.
Luego regresó. Y abrazado a él lloré “Something I Can Never Have” en el concierto de Nine Inch Nails. Y un día llegó a proponerme que nos fuéramos a ver a Pearl Jam. Y ahí fuimos, a Praga, a Berlín, a Zagreb, el eRRe torpe como siempre, el Tachepiranha ostentando su inagotable sabiduría. Y nos apretujamos con los checos e hicimos enojar a las lesbianas alemanas y sobrevivimos a los salvajes guerreros y guerreras croatas… Y la última noche en Berlín nos deleitamos con un desfile de damas nocturnas mientras bebíamos cerveza alemana y tequila mexicano en un restaurante español. Y el mundo lucía en paz consigo mismo, y nuestras caras chorreaban cansancio y felicidad, y a nadie le importaba pensar en el día de mañana…
Ahora Tachepiranha vuelve a Alemania, esta vez por dos años. Acá la ciudad se quedará un poco más sola, pero la música seguirá sonando y no nos cansaremos de rockear en el mundo libre. Que así sea.

viernes, 7 de septiembre de 2007

R.I.P. Go Home Productions

Desafortunadamente el dj y productor inglés Mark Vidler anuncia la muerte de Go Home Productions, faceta bajo la cual perpetró algunos de los bootlegs con vena más infecciosamente rockera en esta primera década del milenio. Dícese bootleg o mash-up del compuesto resultante de tomar elementos de dos canciones distintas para crear una nueva mediante manipulaciones técnicas significativas. GHP supo desmentir a los aguafiestas que acusaban a los bootlegers de ocultar su falta de talento tomando dos temas mediocres para crear uno más o menos aceptable, eligiendo para sus (re)creaciones himnos rockeros como “Back in Black” de AC/DC y “We Will Rock You” de Queen para sumar su potencia en la explosión bailable de “Rock in Black”; al mismo tiempo es de agradecerse el desenfado de Vidler al no permitir que su querencia por el rock clásico inhiba los poderes de su imaginación confirmados en el maridaje de Christina Aguilera con el Velvet Underground en “Girl Wants (to Say Goodbye to) Rock & Roll” o de acompañar a Britney con el sonido Motown de los O'Jays en “Backstab Me One More Time”, alcanzando una cumbre de su arte con la epifánica "Abba & the Bunnymen".
Muchas de estas versiones salieron en ediciones de vinil muy limitadas o en recopitalorios difíciles de conseguir por los problemas que involucran los derechos. Ahora que Vidler anuncia su retiro del mundo mash-up para dedicarse a proyectos de música original y producción para otros artistas, por demanda popular ha colocado en la sección de mp3 del sitio http://www.gohomeproductions.co.uk/ una colección con 20 de sus menjurjes más cotizados que con el título de "This Was Pop 2002-2007" está disponible para todo aquel que se tome la molestia de descargarlo como probadita de los 16 cds de material con sello Go Home Productions que pronto lanzará en la tienda I Tunes.
Go Home Productions dejará un espacio insustituible en el panorama de los mash-ups, sin duda un divertimento que de vez en cuando alcanza alturas de incuestionable gloria. Habrá que estar pendientes de lo que Mark Vidler haga en el futuro y por lo pronto descargar esta muy efectiva antología que nos deja de su vida como bootleger... y a buscar más en www.mashuptown.com.


Rockeando con Lester Bangs

El pasado lunes 3 de septiembre "El ángel exterminador", de la sección cultural de Milenio Diario publicó un artículo del eRRe sobre su personal héroe, el maese Lester Bangs, bajo el título "El crítico nada críptico de rock" que pueden leer en su versión on-line aquí: http://www.milenio.com/mexico/milenio/notaanterior.asp?id=841706

De todos modos a continuación tienen la versión tamizada por el paso de los días. Que les sea leve.



Suena a rocanrol

“Conocí a Dios recién llegué aquí… Le pregunté por qué. Ya sabes, si tenía 33 años y todo eso. Él nada más me dijo, “M.T.V”, no quería que lo viviera, quién sabe qué chingadera sea esa.”
-Carta desde la nube de Lester Bangs para Dave Marsh; enero, 1986

Todos mis amigos son ermitaños, así habría de llamarse uno de los tantos libros que Lester Bangs nunca publicó. Algunos empezó a escribirlos, otros nada más por los títulos que dejó anotados dan ganas de leerlos: Todo lo que ya serías si tu mamá fuera la esposa de Iggy Pop, Guía razonable del ruido horrible, Vive como multimillonario sin ganar dinero: yo lo hago todo el tiempo y este libro te dice cómo. El aparente silencio de la grandeza en realidad marca la pauta, el beat de un estilo: "Probablemente nunca produzca una obra maestra, ¿y qué? Siento que tengo un sonido nacido en mí, que me pertenece, y aun si es errático, ese sonido sigue siendo mi principal orgullo, porque prefiero escribir como una bailarina que mueve las nalgas al ritmo del cabaret dentro de mi cabeza y llegar tal vez a esos lectores que usan los libros para limpiarse el culo, que ser o escribir para el hombre que se encierra en un armario a leer a Esquilo mientras este mundo estupidizante se apresura enloquecidamente delante de su ventana hacia su descabellada, sucia y distorsionada pirueta final”.
Y eso suena como a rocanrol.
De botepronto Lester Bangs da la impresión de un Bukowski anfetaminizado o patiño de Hunter S. Thompson; en el fondo toca cuestiones de mayor interés que uno en tono menos politizado que el otro, con el mejor sentido del humor de los tres. Un escritor, no cabe duda, dueño de una de las voces más definidamente personales entre la generación de pos-guerra. Eso sí, para disfrutarlo, como señala Greil Marcus en el prólogo a la antología Psychotic Reactions and the Carburetor Dung, exige a sus lectores conceder una premisa: “que el mejor escritor de Estados Unidos pueda ser alguien que prácticamente no escribe otra cosa que reseñas de discos”.
A diferencia de los VJ’s en la televisión musical o los divos de martini que alimentan la vanidad progre de los medios en la post-época, desde 1969 hasta 1982 -año en que murió al tratarse un catarro con libérrimas prescripciones de Vicodin y Darvon- Lester Bangs en sus textos para Rolling Stone, Creem, The Village Voice y otras publicaciones no buscaba que le salpicara un poquito del glamour levantado al divino paso de vuestras majestades, las estrellas de rock, tampoco ensalzar un estilo de vida “alternativo”. Quién sabe qué tan real sea el diálogo que Cameron Crowe le adjudica en la película Almost Famous -“no somos cool, siempre tendremos problemas porque nos falta una mujer, pero de eso se trata el mejor arte, el arte de la gente bonita no perdura”-, lo cierto es que va de acuerdo con su personalidad. Admiraba a The Velvet Underground por sacudir la Nación Woodstock, que tenía “el cerebro lavado por álbumes narcisistas y buena-onda de grupos contentos de servir como escuadrones de la cultura juvenil en su fervor por los “muchachitos hermosos” pero que fracasan en distinguir que cuando el arte trata de la oscuridad no necesariamente la apoya”, igual que era capaz de exhibir al ídolo Lou Reed mediante una discusión absurda sobre drogas químicas o de vislumbrar a la primera banda católica del rock en Black Sabbath -un grupo que 20 años después acusarían de satánico en México-, al tiempo que denunciaba los engaños de la prédica contracultural: “ahora tenemos un chamán recargado en cada esquina y los mesías de ocasión andan de oferta. Unos son “políticos” y otros “místicos”, algunos construyen sus reinos con un estofado “cósmico” de ambos elementos, y cada cual parece tener su tropita de heroinómanos-ojos-sumidos haciendo proselitismo”.
Tampoco le quitaba el sueño ascender los peldaños estatutarios de la intelectualidad, “profesionalmente soy calificado como crítico de rock, lo aceptaré (sin embargo) el punto es que no sé qué clase de escritor soy, sólo sé que lo hago bien y hay montones de gente que leen todo lo que escribo, y me gusta que sea así”; ni pretendía ennoblecer el circo de frivolidades en que se movía: “hay quien argumenta que el material de los Dead Boys es sexista. Vaya deducción tan brillante. Sólo que como The Spokemen dijeron en “Dawn of Correction”, “se han perdido la parte buena”. La parte buena es que los Dead Boys probablemente se pongan tan borrachos que no se les pare y le tengan tanto puto miedo al verdadero sadomasoquismo que conciban el sexo en general no como un asunto de supremacía masculina sino como cosa de cochinadas”.
Al final casi nos toma el pelo exponiendo la ridiculez de una mitología que tiende a las glándulas para en saltos espasmódicos referir “los problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo”, que de acuerdo con William Faulkner, “es lo único que conforma la buena escritura, porque sólo de eso vale la pena escribir”.