viernes, 29 de abril de 2022

The Beatles: Get Back



Terminé de ver el documental Get Back, lo que supuso una hazaña para mí que no me gustan los Beatles. Mucha gente considera esto una declaración arrogante, como que uno lo dice por darse aires de falsa superioridad al declarar que no participa de un goce universalmente sancionado. Para mí, es más sencillo: los Beatles ya estaban ahí cuando nací, más institucionalizados que la revolución del PRI, hasta con su hora diaria fija en la radio mexicana, nunca la sentí mi música, yo sé que chicos y grandes la disfrutan, eso me hace pensar que algún trastorno debo tener en mi aparato afectivo porque a mí nunca me emocionó.


El primer episodio confirmó mis peores prejuicios sobre el cuarteto de Liverpool. Reencontrándose después de una pausa del grupo con el objetivo de hacer un nuevo disco y un concierto para la televisión, los muestra como niños melindrosos, cada uno encerrado en el personaje de estrella de rock que la mitología beatle les asignó, incapaces de ponerse de acuerdo en lo mínimo. Las 2 horas y media del sainete que termina con el berrinche de George dejando el grupo, me resultaron, para recurrir a una expresión ad hoc, un largo y sinuoso camino por no decir tortuoso. Lo odié y no creí que me quedaran fuerzas para soplarme las otras dos engolosinadas de Peter Jackson.


Pasados unos meses, más por culpa investigativa que por voluntad propia, me puse la segunda parte. Le entré con escepticismo, pero me alivianó cuando a Ringo le preguntan si le gustaba la India y él contesta que, en realidad, no. Supongo que por lo menos a George y John sí. Venían de todo ese rollo místico oriental que a gran parte de su público le costó entender. Y queda claro que por lo menos a uno de ellos también le costaba. ¿Cuántas cosas estaba haciendo cada beatle para mantener contento a otro beatle y ellos como grupo para mantener la maquinaria aceitada? Es el documental de un grupo que se sabe cayéndose a pedazos en el último resuello por evitar que el techo se derrumbe. Visto de este modo el concierto en la azotea del final intensifica su poesía. El especial para la televisión para el que se había sugerido llevarlos a África es cancelado. Este es un grupo que apenas puede mantenerse junto en la misma habitación, ¿cómo vas a hacerlo cruzar un hemisferio para tocar en medio de la jungla? Esa parece la verdadera dificultad, no tanto sacar las canciones. Hay un momento en que Paul le dice a uno de los cineastas que por eso no habla con él, está hablando con John. La multitud de voces que tienen una opinión sobre lo que deben hacer los Beatles mete ruido en su comunicación. Cuando George comenta sus inquietudes por hacer un disco aparte de la banda, John se muestra perplejo, como si lo esperara, pero también como si no supiera que decir. No hay los gritos ni grandes desplantes que uno esperaría y que, de hecho, se inventa una nota de prensa que el cuarteto toma a broma, pero se nota que les hiere por la atención que le dedican. Y sin embargo, cuando John expone a Paul su injustificada exigencia sobre lo que deben tocar los demás, al poco rato está pidiéndoles que acomoden tal acorde en tal canción. Quizá la mayor revelación es que Paul de hecho defendía a Yoko, pero no entiendo por qué algunas reseñas señalan que esta es la reivindicación de Yoko. Ella se sentaba en el círculo sagrado de la creación donde solo debería haber lugar para cuatro. Eso es una interferencia. Y para el caso, pasa lo mismo con Linda. Sólo dos presencias aligeran la tensión durante estas sesiones: la de Billy Preston, que llega a tocar los teclados, y la de Heather, la hija de Linda, que llega a jugar.


El tercer capítulo está dedicado casi por completo al concierto en la azotea. Momentos antes de realizarlo, todavía hay dudas. Pero es el único momento en las tres partes del documental en que el grupo se nota a gusto consigo mismo. El switch del ruido del mundo apagado y dejados a solas con sus propios medios. Tocando. Escandalizando Londres. Y cuando la policía aparece resplandecen de vida. Esto me confirma la falla en mi aparato afectivo de la que les hablaba, porque la gente entrevistada en la calle, joven, madura, mayor, afirma que le gustan los Beatles, si acaso que les gustaría verlos, porque la altura elegida no se los permitía; solo recuerdo dos opiniones en contra: la de un muchacho al que no le gustaban porque habían cambiado su sonido y la de una señora entrada en años quejándose porque habían interrumpido su siesta. Quizá sea la única vez que los Beatles me hayan emocionado. Y no puedo decir que me gusten más. Pero sí que me caen mejor.


lunes, 4 de abril de 2022

Borges está vivo / Competencia oficial

Acabo de ver el documental Borges está vivo. Combina declaraciones registradas en video de Jorge Luis Borges con comentarios de quienes entonces eran jóvenes escritores (fue estrenada en 2017). Lloré buena parte del metraje porque me emocionó ver los gestos tan humanos del maestro al enunciar en su endeble voz frases que sólo conocía por el poderío inmortal que transmiten por escrito. “Yo que imaginaba el paraíso como una biblioteca”. “Que otros se jacten de lo que han escrito, yo me jacto de lo que he leído”. “Si un libro es tedioso, no es un libro escrito para ustedes“. “La felicidad corresponde más bien al pasado, a la nostalgia, a la esperanza”. “Las mujeres están ausentes de mi obra porque están presentes en mi vida”.
Me quiero centrar por ahora en el capítulo 10 del documental, La muerte. Borges reflexiona que a veces la posibilidad de morir le resulta extrañísima. ¿Cómo va a pasarle una cosa nueva a un viejo? Se pregunta entonces: “¿Y si soy un inmortal? Bueno, pues me resignaré también”. Al joven autor que le toca comentar este fragmento de entrevista, le parece provocador hablar con tanta ligereza de la muerte. Yo la considero menos una declaración social que una feroz defensa del derecho a la ficción (por naturaleza, estrictamente individual). Debo explicar que la frase deriva del poema “Alguien”, donde se afirma que “las pruebas de la muerte son estadísticas, y nadie hay que no corra el albur de ser el primer inmortal”. No está negando la ciencia –en este caso, la estadística-, sino que se limita a mencionar lo evidente, que la ciencia humana sustenta su validez en datos constantes, monótonos, aburridos (los números estadísticos indican que todos vamos a morir). Eso no evita la posibilidad, a cada momento, de que nuestra delgada línea de certidumbre pueda romperse.
Entiéndanme bien, por favor. Borges no habla de leche bronca o pasteurizada, ni de una vacuna capaz de prevenir la enfermedad que me digan. Nos pone frente a la posibilidad de pensar una realidad distinta. ¿Qué pasaría si en lugar de un niño soy un pirata? ¿Qué pasaría si el cielo fuera el suelo? ¿Qué pasaría si fuera inmortal? Ese es el motor de la imaginación. Y también de la ciencia. La posibilidad de un cambio drástico de realidad. La ratificación de una frase inscrita al final del documental; “Todo mejoraría entre humanos si descubriéramos el verdadero sentido de ser un ciudadano del mundo o un patriota de los cielos”. Mientras tanto estaremos demasiado atados aquí.
PS.
Este postscriptum realmente podría ser un prólogo. Busqué en YouTube el documental Borges está vivo porque es obra de los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat. Vi su más reciente película, Competencia oficial, que reúne a Oscar Martínez, Penélope Cruz y Antonio Balderas.
Es una sátira metacinematográfica que empieza como tantas empresas artísticas: con un caballero sobrado de dinero dispuesto a gastarlo en grabar su nombre para la inmortalidad gracias al talento de otros. Entre un puente y una película, se decide por lo último. Adquiere los derechos de prestigiosa novela, contrata los servicios de una directora subversiva de moda, Lola (Cruz), y ella a dos actores: Iván (Martínez) y Félix (Banderas).
La película son los preparativos para hacer esa otra película. Iván es el actor dedicado y maduro, socialmente preocupado; Félix es más frívolo y goza de mayor popularidad. Aunque en cuanto Félix atraviesa una adversidad, Iván no tardará en ofrecerle a Lola que él bien podría interpretar ambos papeles sin saber para quién trabaja. Véanla si tienen chance. No es la gran cosa, pero funciona mostrando la contradicción ambulante que somos casi todos. Puede que incluso Borges.


sábado, 2 de abril de 2022

Mundo extraño: Él Mató a un Policía Motorizado en el Teatro Metropolitan

 

Poco a poco, por medio de muchos viajes, presentaciones en los festivales más importantes del país y, sobre todo, publicando discos interesantes con canciones sencillas en la forma, pero con un misterio sónico único, la banda argentina El Mató a un Policía Motorizado ha construido su propio culto en México que ya puede llenar un Teatro Metropolitan como quedó demostrado el pasado 31 de marzo.


Me perdí el acto abridor porque mi compa el Neto -gracias a quien pude asistir, cortesía de su +1 de prensa- se metió a ocupar su asiento después de visitar el sanitario y me dejó esperándolo con las chelas en el lobby. Se limitó a informarme que la chica estaba guapa y cantó clásicos del rock argentino.


Debo decir que me tocó ser testigo del crecimiento en la popularidad de Él Mató desde un club que acostumbraba frecuentar y hoy ya no existe, El Caradura, que se ubicaba en Nuevo León, colonia Condesa. Ahí los vi por primera vez junto a unas 30 personas, puro chavito y casi todos argentinos o de ascendencia argentina, muy fervorosos, eso sí, berreaban letras de canciones que yo por entonces desconocía, brincaban y bailaban con absoluto desparpajo. Unos 10 años después en el mismo lugar apenas conseguí entrar, la gente era más adulta y, definitivamente, no había espacio para bailar.


Tuvieron que migrar a un lugar más grande como el Foro Indierocks!, al que también asistí e incluso disfruté el concierto más que aquel último en Caradura, pues había mayor libertad de movimiento. De modo que esta noche en el Metropolitan es consecuencia natural de la relación que el grupo ha establecido con el público mexicano y debe resultar consagratoria.


Yo voy con la mejor disposición de pasármela bien. Es mi primer concierto postpandemia y mi primer día de vuelta al desempleo; no lo padezco, al contrario, me siento ligero y jubiloso, tengo algún dinero guardado que me permite obsequiar sendas chelas al Neto (que, además de invitarme esta noche, me ha regalado un apreciado disco de los Modern Lovers en mi cumpleaños). Pero hay algo que, al menos para mí, no termina de cuadrar para hacer de esta la velada excelsa que esperaba.


No me malinterpreten, el torrente sónico de Él Mató en vivo sigue siendo glorioso, solamente no me sentí arrasado como en ocasiones anteriores. No sé si el Metropolitan le impuso excesivo respeto al ingeniero de sonido; no creo, porque los he visto en YouTube tocar en teatros similares en Argentina, pero a mí me pareció que dos rayitas más de volumen no habrían lastimado a nadie. Admito, por otro lado, que quizás mis oídos ya estén tan cochambrosos que el sonido saturado de un antro como el Caradura los emociona más que la perfecta ecualización que requiere el Metropolitan.


Santiago Motorizado no es dado a hablar mucho entre canciones. Sin embargo, lo intentó en varias ocasiones; o la dinámica de la banda ha cambiado en el tiempo que no los he visto desde antes de la pandemia, o se sentía obligado por la elegancia del recinto. Cualquiera que haya visto a Él Mató el número de veces que yo, sabe que la banda no es dada a grandes aspavientos en escena y nunca había pensado que un escenario les quedara grande, esta noche sí.


Contribuye también a esta sensación el material que eligieron para tocar. Abandonaron las canciones sobre viejos ebrios y perdidos o las espesuras de “Día de Muertos” para favorecer sencillos más amigables de su material reciente, lo cual no es reprochable más que desde el capricho del fan. Me extrañó que tocaran “Chica Rutera” a mitad del set cuando en todas las ocasiones anteriores la habían usado para cerrar, y con justificada razón, el crescendo de una letra de apenas pocas palabras que se repite combinada con las explosiones de guitarrazos producen un efecto hipnótico que la hacen idónea para cerrar un espectáculo en paroxismo de éxtasis. O no. Así se sucedieron “El perro”, “La otra ciudad”, “Las luces” e infaltables como “Nuevos discos”, “Más o menos bien” o “Chica de oro”. Nuevamente me decepcionó que no tocaran “Guitarra comunista”, rola con la que los conocí, de mis favoritas y que nunca he escuchado en vivo. Esperaba que este concierto sería un repaso semiexhaustivo por su discografía, no fue así. Fue solo un concierto más de Él Mató, y ni siquiera de los mejores. La culpa no es de ellos, sino de mis expectativas. O probablemente solo sea que, como cantan en “El mundo extraño”, “no sé qué pasa en este lugar, todo el mundo es más joven que yo” (bueno, menos el Neto).


El que sí estuvo de 10 ha sido el público. No contentos con corear el recital del principio a fin, algunos se aglomeran en las escaleras del Metropolitan que dan a la calle para seguir entonando canciones. Algo especial tiene esta banda que mueve de esta manera a la gente. Veo que Chilango tituló su crónica del concierto “La noche eterna de Él Mató a un Policía Motorizado”. Aquella primera vez que los vi tocar en Caradura, empezó a oler a mota en cuanto acabaron y el personal de seguridad se volvió loco intentando localizar a el o la responsable, lo cual nunca consiguieron. Esa noche para mí fue más eterna y un final más apropiado para una tocada de Él Mató.