martes, 22 de enero de 2008

The R Files - Portarretrato

He aquí la primera entrega de los archivos perdidos del eRRe, presentando una selección de textos antiguos que las artes de los más expertos arqueólogos recientemente han sacado a la luz. En esta ocasión, "Portarretrato", parte de Festín de amigos, una colección de ¿relatos? armada por el eRRe allá por el irrealmente lejano 1997.

Portarretrato

I hate my generation
-Cracker

El rocanrol no es ningún funeral
Tampoco el límite del bien y del mal
-Def Con Dos

Te gusta llorar por las estrellas de rock. Por sus semblantes patéticos que te miran desde los pósters que cuelgan por las cuatro paredes de tu cuarto (desordenado escrupulosamente). Por una respiración truncada de un golpe en el momento menos oportuno. En tus sueños eres el hada negra que murmuró una palabra secreta en el oído de Jim Morrison bañándose en su tina de París. Elvis, moviendo su colosal pelvis toca a tu puerta suplicando cobijo en medio de la tormenta. Besas la limpia frente de Kurt justo antes de ser afeada por la escopeta que zurce una bala entre los sesos y el cráneo.
Te gusta llorar por esas vidas hechas añicos como un frasco de barbitúricos arrojado con estrépito al piso. Por el divorcio de sus padres y por sus hijos huérfanos -¡si yo pudiera cuidarlos! También lloras por la aguja que inyectaba sueños y succionaba ganas de vivir. Caminas hechizada por la visión de Hendrix, luminoso, con una Fender en lugar de arpa y un juego de alas gigantescas brotándole de la espalda. Y de verdad te retuerces y suspiras y te limpias los mocos con la manga de tu camisa de franela. Y, por supuesto, bebes una cerveza o forjas un carrujo en honor a sus memorias divinas; lo vuelves rito, te acercas al sacrificio. Quisieras ser el cordero que con sangre sanara sus culpas, exorcista de las miserias que acecharon su pasado o limpiar el futuro de espíritus afines, colmados de arte, gracia, creatividad. ¡Oh, creatividad! ¡Virtud envidiable, monarca de nuestro tiempo! …Este tiempo inconcebible en un mundo que rueda por la pendiente, con el Anticristo que celebramos a cada beso, esparciéndolo, regalándole horas extras.
Te gusta llorar por las estrellas de rock. E incluso se te olvida que ninguno creía en Dios, tú te hincas y rezas por la salvación de sus almas y cierras los ojos y los imaginas en un templo silencioso, nubes de mariguana en lugar de incienso y una aureola rodeando sus sienes magníficas. Te gusta vestirte de negro, gritar lo puta que es la vida, coger en un coche distinto cada fin de semana y llorar y gemir y quedarte dormida con el dedo hundido en la yaga por las estrellas de rock.
Pero en cambio, nada te conmueven estos días que nunca terminan, de manteles de plástico con cuadros rojos, inmutables como la pareja de viejos sentados frente al televisor que sólo mueven los labios para susurrar sí o no a un tipo que los mira abrazado del teléfono esperando una llamada -¡sólo una!- que le diga si vale la pena el ejercicio de respirar... exhalar...

miércoles, 9 de enero de 2008

Meditación sobre los bootlegs...

Por esto se popularizaron las reliquias de los santos. El sábado pasado en el tianguis del Chopo conseguí la grabación del concierto que The Cure ofreció el 22 de octubre del 2007 en la ciudad de México. El audio es decente y de cualquier modo parte del encanto de los bootlegs radica en esas reacciones de la audiencia que se filtran como nunca lo harían en una grabación oficial. Intensifican la sensación de haber estado ahí. A veces me pregunto por qué habemos tipos como yo, capaces de dar la vuelta al mundo o pagar lo que sea por uno de estos discos no oficiales. Es claro que el placer por la música no basta para explicarlo, siendo que muchas veces su calidad es apenas audible. No, tiene que ser algo más.
Yo he llegado a explicármelo conforme la lógica del amuleto. El cántico multitudinario que opaca la voz de Robert Smith al entonar “Fascination Street”, la joven próxima al micrófono de la grabadora que recibe a gritos “A Letter to Elise”, el eco del Palacio de los Deportes, no pueden más que inevitablemente arrancarme una sonrisa no sólo por recordarme el concierto de una manera tan vívida sino por todo lo que rodeó a esos días. Por supuesto, el efecto es más concentrado en un bootleg de un concierto al que fuiste. Pero el encanto por cualquier bootleg sigue los mismos rasgos generales. Queremos retener los buenos momentos. Que no se nos escapen y, cuando ya se fueron, mantener algo que sobreviva la erosión de la memoria, algo que nos haga creer que debe haber días más luminosos porque antes los hemos conocido. Si nuestra banda favorita va a tardar dos años en sacar nuevo disco, pues consigamos todos los conciertos que podamos para soportar la espera. Es como si en algunas canciones o artistas que nos gustan y de los cuales quisiéremos tenerlo todo –aun cuando sea la vigésima versión de Dylan silbando “Like A Rolling Stone” sentado en el retrete- encontráramos cierta protección, la seguridad de que mientras giremos en su órbita nada vulgar nos manchará, porque a través de las salvajes embestidas del animal intempestivo que es la vida son lo único que ha permanecido inmutable, como los caballeros que velaban sus armas antes de la batalla esperamos que su compañía nos salve de todo mal.
A los no iniciados este tipo de cultos les parece algo excéntrico. “¿Para qué quieres 34 discos dobles de la gira de verano de Pearl Jam? ¿De verdad, qué diferencia hay entre la versión de Thunder Road que Springsteen tocaba a finales del 74 y la de la primavera del 75? ¿Por qué tanto alboroto por ese concierto recientemente descubierto de Joy Division?”. Con idéntica extrañeza los aludidos responden, “¿cómo es posible que no aprecies ese prolongado solo al final de “Traveling Band”?” o “por favor, el quiebre vocal que Leonard Cohen hace en el primer coro de “So Long, Marianne” en este concierto de suiza cambia por completo la intención de la canción, nadie debería morir sin antes haberla escuchado”. En sus reuniones los cofrades, usando un lenguaje extraterrerste, se enfrascan en discusiones interminables sobre en qué año, mes, día, hora, minuto, segundo exacto los Ramones interpretaron de manera más contundente el riff de “Blitzkrieg Bop” o cuál ha sido el mejor bajista que ha pasado por King Crimson.
Lo cierto es que no debería extrañarnos tanto. En la novela Alta Fidelidad el personaje Rob Fleming se pregunta “¿qué fue primero: la música o la tristeza? ¿Me dio por escuchar música porque estaba triste? ¿O es que estaba triste por escuchar música?”. Y es que como bien destaca su autor, el inglés Nick Hornby, más del 90 % de las composiciones pop abordan de un modo u otro la temática del corazón destrozado. Aunque no lo parezca, un libro muy distinto aparecido más recientemente podría orientarnos. El castillo en el bosque, la última novela que Norman Mailer publicó en vida es una ficción-histórica sobre la infancia de Hitler que al principio subraya lo difundido del incesto en el medio agrario: “Es una excelente razón para que los viejos campesinos sean devotos. El miedo intenso de un pecador tiene que manifestarse por uno de estos dos extremos: devoción absoluta. O nihilismo”. Se trata en el fondo del antiguo anhelo de encontrarle algún sentido a nuestro dolor, que sirva por lo menos para redimirnos de los desgarramientos de nuestra precaria condición de pecadores. De los objetos que le arrebatamos al mundo, del que vivimos con miedo porque algún día nos lo reclame. Ahora que las deidades a las que antes implorábamos misericordia han sido segadas, algunos todavía buscamos el absurdo consuelo de "ese acorde secreto que David pulsó y complació al Señor"… pero a ustedes no les importa un carajo la música, ¿o sí? No, ustedes vinieron a ver cómo los satélites se caen .