lunes, 28 de octubre de 2013

VELVET UNDERGROUND: GOLDEN ARCHIVE SERIES, por Ellen Willis


VELVET UNDERGROUND: GOLDEN ARCHIVE SERIES
The Velvet Underground (MGM GAS 131)
1967-1969/1970

Una traducción, hecha también hace tiempo, de un texto extraido del libro Stranded, una invitación que en 1978 tendió Greil Marcus para que diversos autores escribiran sobre algún disco que se llevarían a una isla desierta. En el presente caso Ellen Willis eligió el álbum recopitalorio VELVET UNDERGROUND: GOLDEN ARCHIVE SERIES


  1. TE DEJARÉ ESTAR EN MI SUEÑO

Cambio de fantasía: acabo de ganar el primer Concurso de Ensayo Anual a la Memoria de Keith Moon (este año el tema fue “¿Ha muerto el éxtasis?”). El premio es un refugio antinuclear en las entrañas de Manhattan al que sólo es posible acceder mediante una entrada secreta en el sótano de CBGB’s. Está bien pertrechado: cuando entré al concurso me pidieron elaborar una lista de mis favoritos: droga (LSD), comida chatarra (Milky Way), camiseta(“Eat the Rich”), libro (Parade’s End), película (El mago de Oz), sencillo de rocanrol (“Anarchy in the UK”) y álbum de rocanrol. El álbum es Velvet Underground (no confundir con The Velvet Underground), una antología conformada por material de sus tres primeros LPs. (La versión especial que ordené de esta colección difiere ligeramente de la original; sustituye “Afterhours”, una canción que nunca me ha gustado mucho, por “Pale Blue Eyes”, una de mis favoritas.) Todas las canciones incluidas en Velvet Underground abordan el pecado y la salvación. La suerte ha querido que examine mis ganancias en el momento que un terremoto masivo ha destruido un laboratorio de guerra bacteriológica en la planta nuclear de Indian Point, contaminando la ciudad de Nueva York con una virulenta forma radiactiva de la enfermedad de los legionarios. Según parece, voy a seguir contemplando pecado y salvación durante gran parte del porvenir.

  1. ME ENCANTA EL SONIDO DEL VIDRIO AL ROMPERSE

En la ciudad de Nueva York a mediados de los sesenta el cantante principal, guitarrista y auteur del Velvet Underground, Lou Reed, realizó una conexión aciaga entre dos ideas aparentemente dispares: el rocanrolero como esteta auto-consciente y el rocanrolero como truhán[i] auto-consciente. (Aunque la palabra punk no se usó en su acepción de género hasta principios de los años setenta, cuando los críticos empezaron a aplicarla a rocanroleros incorregibles con un estilo agresivo de clase baja, un concepto que data de Elvis.) Los Velvets se disolvieron en 1970, pero la conexión del punk-esteta la siguieron enarbolando principalmente en Nueva York e Inglaterra intérpretes influidos por los Velvet como Mott the Hoople, David Bowie (más en su faceta All The Young Dudes que Ziggy Stardust), Roxy Music, y sus retoños, los New York Dolls, además de bandas menos proto-punks que tocaban en el Mercer Arts Center de Manhattan antes de que (literalmente) colapsara, los anti-punk Modern Lovers, el arqueo-punk de Iggy Stooge/Pop. Para 1977 esta misma dualidad emergía en formas nuevas de renovada fuerza bajo nuevas condiciones,para convertirse en la base de la nueva ola[ii] del rocanrol.
Existen importantes diferencias, tanto temperamentales como musicales, que separan a los punks y punkoides actuales de los Velvet y otros precursores, lo mismo que entre sí; el punk estadounidense (que sigue teniendo a Nueva York como centro) y sus contrapartes británicas no sólo difieren sino que, en cierto sentido, son opuestos. Aunque toda esta música pertenece a un género coherente, definido de implícitamente por la tensión entre el término “punk” y el más incluyente “new wave” con sus connotaciones arty. Si bien los Velvet inventaron el género, éste fue claramente anticipado por los Who: Peter Townshend, después de todo, es una especie de esteta y Roger Daltrey, una especie de punk. No debe sorprender que el impulso por crear una música que uniera la elegancia formal con la crudeza desafiante saliera de la clase obrera inglesa y tomara forma entre los bohemios de Nueva York; cada ambiente, a su manera, estaba altamente estructurado y dominado por el conflicto. Y el rocanrol como vehículo para ese impulso ofrecía ventajas incomparables: era definitivamente crudo, y aun así para quienes se entusiasmaban con su onda también ofrecía un lenguaje musical, verbal y emocional, rico en posibilidades formales.
Los Who, los Velvet y las bandas new wave comparten esta concepción del rocanrol; sus presupuestos estéticos básicos tienen poco en común con lo que popularmente se conoce como “art rock”. La noción del rock-como-arte que inspiró la conversión de Dylan a la guitarra eléctrica –la idea de hacer un rocanrol más complejo musical y líricamente, de combinar elementos de música jazz, folk, clásica y de vanguardia a ritmo de rock, de crear una “ópera rock” y una “poesía rock”- era, desde la perspectiva de un fanático del rocanrol, sospechosa. En el mejor de los casos estimulaba un eclecticismo vital e imaginativo que propagaba los valores del rocanrol al tiempo que los difuminaba y diluía. En el peor, racionalizaba una forma de movilidad cultural ascendente preocupada más por alcanzar la apariencia y las pretensiones del arte que las de la realidad: lo que importaba era hacer que el rocanrol “avanzara” volviéndolo digerible para la clase media alta. De cualquier forma sumergía al rocanrol en algo más amorfo y de tono más elevado llamado rock. Pero desde principios de los sesenta (Phil Spector fue el primer gran ejemplo) existió una contra-tradición rocanrolera que tenía mucho más en común con el arte “elevado” –en particular con la vanguardia- que la baladronada síntesis del art-rock: implicaba el uso más o menos consciente de los cánones formales básicos del rocanrol como material (de manera muy semejante a como los artistas pop usaban el arte de masas en general), refinándolo, elaborándolo, confrontándolo, para producir algo que podría llamarse arte rocanrolero. Mientras el art rock de forma implícita se basaba en el alegato de que el rocanrol tenía o podía tener el mismo valor que otras expresiones artísticas establecidas, el arte rocanrolero era resultado de un compromiso obsesivo con el lenguaje del rocanrol y un desdén igualmente obsesivo por quienes rechazaban ese lenguaje o querían rebajarlo volviéndolo más accesible. En los sesenta por lo común el mejor rock trabajaba en ambos sentidos: la particular virtud de la cultura de los sesenta fue su capacidad para difuminar los límites, trascender las contradicciones, tirarlo todo de un jalón. Pero en los setenta ambas tendencias han crecido en polarización: mientras el art rock ha concretado sus posibilidades más chocantes en algo como Yes (o, para el caso, Meat Loaf), la new wave heredó la contra-tradición, menos popular y más consciente de su papel de tradición que hace una década.
Los Velvet superan las categorías. Eran de lo más ecléctico: su música y sensibilidad sugerían influencias tan diversas como Bob Dylan y Andy Warhol, Pete Townshend y John Cage; experimentaban con un feedback demencial y notas aisladas, puras, y ruido puro; mostraban parcialidad hacia las melodías dulces, casi folkis; tocaban la viola eléctrica en el Camino Desolación. Pero básicamente eran artistas rocanroleros, que construían sus canciones sobre un ritmo a veces más implícito que audible; sobre letras simples, duras, sucintas acerca de su peliagudo mundo urbano marginal; encima de la metáfora más antigua que tiene el rocanrol para la vida en la ciudad moderna: una energía anárquica contenida por una estructura ajustada y repetitiva. Algunas de las mejores canciones del Velvet –“Heroin”, especialmente- redefinieron la forma en como se suponía que debía sonar el rocanrol; otras –“I’m Waiting for the Man”, “White Light/White Heat”, “Beginning to See the Light”, “Rock & Roll”- utilizaban patrones básicos de rocanrol para redefinir cómo se suponía que la música debía sentirse.
Los Velvet fueron los primeros artistas rocanroleros de importancia que realmente no tenían posibilidades para atraer a un público masivo. Esto resultaba paradójico. El rocanrol era un arte de masas, cuya apelación directa, inmediata, a las emociones básicas subvertía las distinciones de clase y educación, y cuyos cánones formales encarnaban por completo la percepción de que el arte de masas no sólo era posible sino satisfactorio en nuevos y liberadores términos. En la medida que incorpora los valores formalistas de la élite de vanguardia, la idea misma de arte rocanrolero descansa en una contradicción. Sus más grandes exponentes –los Beatles, los Stones y (especialmente) los Who- disminuyen la contradicción volviendo el aspecto de la música casual en la superficie, y acaban por demolerla alcanzando a millones de jóvenes. Pero la música de los Velvet era demasiado abiertamente intelectual, estilizada y distante para ser comercial. Como en el arte pop, un componente muy importante del mundo de los Velvet, se trataba de arte anti-artístico hecho por elitistas anti-élite. La personalidad punk-esteta de Lou Reed, que tenía su obvio precedente en la tradición vanguardista del artista-como-criminal-como-forajido, también resultaba paradójica en el contexto del rocanrol. El punk típico del rocanrol era un muchacho (varón y blanco habitualmente) de clase obrera que pasaba el tiempo en una esquina con sus cuates; para los criterios de la clase obrera y/o de adultez pasaba por un huevón, un revoltoso, incluso un delincuente, pero en realidad no era siniestro ni criminal. El punk de Reed estaba más cerca del héroe bohemio (negro habitualmente), el hipster[iii] que llevaba gafas oscuras, consumía drogas fuertes, se involucraba en distintos tipos de perversión polimórfica; alguien que no se limitaba a matar el tiempo en una esquina, sino que vivía en la calle y se las arreglaba solo.
Como forma de explotación blanca de la música negra, el rocanrol siempre tuvo ironías intrínsecas, y conforme la música fue apartándose de sus orígenes, las ironías se agudizaron. Mientras, digamos, la ironía de Mick Jagger trataba de la identificación y la distancia que abie entre un bohemio blanco de clase media inglesa (y más tarde de una estrella de rock millonaria) y las raíces negras americanas de su música, su imagen proletaria y su público adolescente; la ironía de Lou Reed implicaba un salto aún mayor. No sólo se trataba de la identificación y la distancia que hay entre un bohemio judío de clase media con los hipsters negros (ambigüedad claramente definida cuando Reed-como-yonqui, mientras espera al efectivo en una esquina de Harlem, es retado con un “¡oye, niño blanco! ¿Quihaces en las afueras de la ciudad?”) sino con el hecho de usar una forma de arte masivo para expresar su enajenación estética y social respecto de prácticamente todo el mundo. Y una de las formas adquiridas por la enajenación apuntaba a otra ironía. Mientras el impulso originario, primigenio, del rocanrol era celebrar el cuerpo, lo que significaba una afirmación del placer material y sexual, el temperamento de Reed era no solamente cerebral sino ascético. No había nada parecido a la lujuria en la música de los Velvet, ni qué decir de los conceptos jipis sobre las bondades de la liberación sexual. Reed no celebraba el sadomasoquismo en “Venus in Furs” más de lo que celebraba la heroína; simplemente reconocía la atracción de lo que consideraba flores del mal. Tampoco compartía el entusiasmo de su generación por el consumo hedonista; para Reed el resplandor de los opulentos sesenta era oro de los tontos. Como Andy Warhol y los demás artistas pop, respondía a la potencia estética de los estilos culturales masivos; como a Warhol, le fascinaba la decadencia –es decir, el estilo sin significado o contenido moral-; pero permanecía impasible frente al aspecto de la mentalidad pop y del rocanrol desviados por el sueño americano. En un sentido, el formalismo autoconsciente de su música –la cualidad que volvía poco comerciales a los Velvet- era un intento por purificar el rocanrol, por purgarlo de todas esas asociaciones con bienes materiales y buenos momentos eróticos.
Aunque probablemente sólo la atmósfera todo-vale de los sesenta pudo haber inspirado un grupo como los Velvet, su música profetizaba una época más magra y malévola. Provenían de –y pertenecían a- la testaruda y suspicaz Nueva York, no a la utópica California buena vibra. Con toda la admiración que Lou Reed sentía por Dylan, no había rastro en él de la fe que Dylan tenía en las posibilidades liberadoras del extremo –lo que había tomado de Highway 61 Revisited y Blonde on Blonde era el sonido del extremo resquebrajándose. Igual que sus herederos punks, el mundo para él era un lugar hostil y no esperaba que fuese a cambiar. Al rechazar el consenso optimista de los sesenta, prefiguró el ataque de los punks contra el consenso petulante de los setenta; su rigurosa iconoclasia anticipó el desprecio de los punks por cualquier autoridad –incluyendo la autoridad estética y moral del propio rocanrol.
En la presente década[iv] el rocanrol ha batallado para reclamar su identidad como música de oposición cultural, no sólo diferente sino antagónica de su propio conglomerado cultural, el rock. El principal logro de los punks ha sido volver explícito y público ese antagonismo de manera claramente contemporánea –o sea sin tener que ver con “revivir” nada salvo el mismo espíritu de oposición. Lo novedoso del rocanrol –lo incómodo y abrasivo y demandante- es su insistencia en una postura defensiva; la verdadera nota de finales de los setenta más que otra cosa es el mal humor. Si bien el movimiento punk británico en algunos aspectos fue la clásica revuelta juvenil –en resumidas cuentas, una revuelta con conciencia de clase-, su nihilismo autoburlón es una clásica actitud malhumorada, mientras por su parte la new wave estadounidense compensa con sabihondez enajenada la falta de beligerancia con intención de mancharlo todo de mierda. El poder y la vitalidad de la postura malhumorada quedan avalados por su manera de conseguir que las sensibilidades de menor discordancia suenen a cursilería, incluso para aquellos de nosotros que preferiríamos sentirnos con otro estado de ánimo. Bruce Springsteen todavía es capaz de extraer un potaje creíble de insurgencia callejera adolescente de los cincuenta, romance apocalíptico de los sesenta y angustia de principios/mediados de los setenta, pero se trata de una anomalía; también Graham Parker, cuya terca y convincente fe en los valores tradicionales del rocanrol recuerda la de John Fogerty. Patti Smith, por otro lado, es una figura de transición, parte mesías del mal humor, parte malhumorada mesiánica. Los rocanroleros que ejemplifican la estética actual lo hacen con notables variaciones de intensidad, desde Johnny Rotten (malhumorado maniático) a Elvis Costello (malhumorado apasionado) a Nick Lowe y los Talking Heads (malhumorados cerebrales) a los Ramones (malhumorados a conveniencia). (Los Clash, una convulsión adelante, son valientemente anti o post mal humor -¿la primera banda de los ochenta?) El obvio núcleo de su mal humor radica en la conciencia de ser una minoría disidente, si bien es algo más complejo que eso. El rocanrol verdadero, el que no está diluido, es casi por definición la provincia de una minoría disidente (en ciertos casos más grande que en otros); en los sesenta alcanzó su hegemonía cultural sólo tras convertirse en rock –absorbiendo valores culturales con los cuales competía y siendo a cambio absorbido, volviendo necesaria una nueva rebelión. Ahora la diferencia es que por primera vez en los veinticinco años de historia de esta música, los rocanroleros parecen aceptar su condición de minoría como algo dado e incluso como algo dentro de lo cual rebelarse. Esto implica una contradicción enorme, ya que casi por definición el verdadero rocanrol aspira a cambiar el mundo.
Volvemos así a la paradoja del punk-esteta. En ciertas formas el mal humor de los rocanroleros actuales recuerda el descontento de una época anterior de bohemios y artistas de vanguardia convencidos de poseer una visión que el público obstinadamente estúpido y complaciente era incapaz de comprender. Pero dado que la visión del rocanrol es inherentemente populista, los punks no pueden tomarse muy en serio a sí mismos como artistas enajenados; la ironía suaviza su mal humor. Al mismo tiempo, como han renunciado al mundo, tampoco pueden tomarse en serio como rocanroleros. No sólo son artistas antiarte sino populistas antipersonas –los punks ingleses en particular parecería que no sólo aborrecen a la reina, los Estados Unidos, las estrellas de rock ricas y el público incomprensivo, sino a la humanidad misma. El estilo proletario-cum-lumpen de los punks es político implícitamente; sugiere una oposición colectiva y por lo tanto una afirmación comunitaria. Pero esta afirmación es de una especie particularmente limitada y sombría. La concepción minimalista que la new wave tiene del rocanrol tiende a excluir no sólo el placer sensual sino todo el abanico de emociones humanas positivas, dejando exclusivamente lo que es duro y violento, o duro y distante, o ambas posibilidades: si los punks hacen del sexo una obscenidad, al amor lo convierten en algo embarazoso.
Al reducir el rocanrol a su esencia más áspera, la new wave llevó la presunción del punk-esteta de Lou Reed a un sitio que él jamás intentó. Para los Velvet la postura del punk-esteta era una forma de sobrevivir a un mundo que busca matarte; lo importante no era glorificar al punk, ni siquiera mentarle la madre al mundo, sino ser honestos sobre las estrategias que la gente adopta en una situación desesperada. Los Velvet no eran nihilistas, eran moralistas. En su universo el nihilismo frecuentemente aparece como una tentación vívida pero profana, el amor y la vulnerabilidad que lo acompaña como imperativos dolorosos que dan miedo. Si bien Lou Reed rechazaba el optimismo, pertenecía lo suficiente a su época para anhelar la trascendencia. Y finalmente –como hace explícito “Rock & Roll”-, que los Velvet emplearan una forma de arte masivo era una metáfora de la trascendencia, la vinculación, la resistencia frente al solipsismo y la desesperación. Que también es el significado que tiene para los punks; lo admitan o no, de eso trata su ironía. Tal vez sea pura coincidencia, pero fue en el amanecer de la new wave que Reed grabó “Street Hassle”, un himno antinihilista en tres partes de once minutos de duración que por mucho es el trabajo más convincente de su carrera solista post-Velvet. Ahí el nihilismo se representa como doble maldición: a la fe perdida en la posibilidad del amor se suma la negación de que esto tenga alguna importancia. “Eso no es más que una mentira”, masculla al final de la tercera parte. “Por eso ella se la cuenta a sus amigos. Porque la verdadera canción… la verdadera canción ni siquiera ante sí misma la admitiría”.

  1. LA VERDADERA CANCIÓN O YO SERÉ TU ESPEJO

Si bien los Velvet sugerían una continuidad entre arte y violencia, orden y caos, planteaban una división radical entre cuerpo y espíritu. En este aspecto también estaban más cerca de los Who que cualquier otro de sus contemporáneos. Como los Velvet, los Who eran fundamentalmente ascéticos; ellos también sentían que el mundo era hostil –particularmente el mundo organizado según el sistema de clases británico. Enfrentaban un desafío más fuerte que el de los Velvet, la música de sus inicios era tan dura y violenta como cualquiera que haya dado la new wave. Pero no eran malhumorados; estaban determinados a convertir al mundo, y la destrucción de las guitarras de Townshend expresaba su necesidad por tocar a su audiencia lo mismo que su desprecio por la autoridad, incluyendo la autoridad del propio rocanrol. Esa necesidad por conectarse adquirió también otra forma: aun antes que Townshend descubriera a Meher Baba, había un lado de la música de los Who que sólo puede denominarse religioso. Si al principio parecía sorprendente que la misma banda pudiera producir música de tan inflexible amargura como “Substitute” y tan milagrosamente trascendente como el coro “You are forgiven” de “A Quick One”, esto no era contradictorio; al contrario, expresaba precisamente el sentido que tenía Townshend de la dureza de la vida, de lo implacable del mundo, de lo que generaba su hambre espiritual.
Lo mismo puede decirse de Lou Reed, excepto que “hambre espiritual” parece una frase demasiado grandilocuente para aplicársela; la clase de espiritualidad de los Velvet tiene poco en común con los grandes estallidos de éxtasis místico de los Who o la preocupación autoconsciente de Townshend por buscar la iluminación. Resulta imposible imaginarse a Lou Reed adoptando a un gurú, aunque bien pudo haber escrito una canción salvajemente divertida (y quizá escalofriantemente seria) acerca de uno. El punk-esteta y sus compinches no buscan la iluminación, aunque de vez en cuando tropiezan con ella; como la mayoría de nosotros son peregrinos pese a sí mismos. Para Townshend la sensibilidad moral es un camino a la consciencia espiritual; para Reed la consciencia y la falta –o rechazo- de la misma posee una dimensión moral intrínseca. Aun cuando no es contrario al uso de metáforas sobre ilusión e iluminación –a veces con un efecto realmente brillante, como en “Beginning to See the Light” y “I’ll Be Your Mirror”-, éstas son menos centrales para su teología que los conceptos de pecado y gracia, maldición y salvación. Algunas de sus canciones (“Heroin”, “Jesus”, “Pale Blue Eyes”) invocan de manera directa ese lenguaje judeo-cristiano; muchas otras lo dejan implícito.
Pero “teología” asimismo es una palabra injustamente pretenciosa. A los Velvet no les ocupan las abstracciones sino los estados mentales. Sus canciones tratan de sentimientos que dieron origen a la descripción del vocabulario religioso –sentimientos profundos e indecibles de desesperación, enojo, aislamiento, confusión, culpa, anhelo, alivio, paz, claridad, libertad, amor- y de las maneras en que nosotros (y también ellos) acostumbramos enterrarlos, negarlos, volverlos materia sentimental, burlarnos de ellos, inspeccionarlos desde una distancia segura y sofisticada para sobrevivir en el mundo hostil y corrupto. Para los Velvet el pecado entierra sus raíces en esta arraigada resistencia a encarar nuestras emociones más profundas, dolorosas y sagradas; la esencia de la gracia está en comprender que nuestra sofisticación es una farsa, que nuestro deseo más profundo, doloroso y sagrado es recuperar una inocencia de tipo infantil que realmente nunca se ha perdido en nuestro corazón. Y la esencia del amor es compartir esa verdad redentora: en el primer álbum de los Velvet, dominado por imágenes de decadencia y muerte, de repente sale Nico de la nada con su nada artística voz cantando: “Yo seré tu espejo/…la luz en tu puerta que te señala que estás en casa./Cuando creas que la noche ha visto tu mente/que eres retorcido y desagradable por dentro/…Por favor baja las manos, porque yo te estoy viendo”.
Para una banda de rocanrol sofisticada con un público sofisticado, esta es una visión, por decir lo menos, arriesgada. La idea de inocencia infantil representa una invitación  tan grande a pasar de lo sublime a lo ridículo que volverla creíble parece apenas menos difícil que hacer pasar al camello de los Evangelios por el ojo de una aguja. Y la enajenación de los Velvet también es problemática: una cosa es que los jovencitos ingleses de la clase trabajadora decidan que la vida es una mierda, ¿pero qué tan mal puede irle a Lou Reed? Sin embargo, los Velvet la libran haciéndonos creer/admitir que las heridas psíquicas que nos inflingimos unos a otros son reales y terribles, que hacer sorna de la inocencia implica consentir una mentira desesperada, ya que nunca sucumben a la autoconmiseración. Puede que la vida sea una pelea brutal, el pecado inevitable, la inocencia elusiva y transitoria, la gracia un regalo en vez de una recompensa (“Hay personas que trabajan mucho/y aun así no consiguen que las cosas salgan bien”, observa Lou Reed en “Beginning to See the Light”); no obstante somos responsables de en quién o qué nos convertimos. Reed no trata de resolver esta paradoja espiritual tan familiar, tampoco la califica de injusta. Su presupuesto religioso básico (como el de Baudelaire) es que, querámoslo o no, habitamos un universo moral, que tenemos libre albedrío, que debemos elegir entre el bien y el mal, y que nuestras elecciones son de absoluta importancia; si rara vez tenemos la fuerza suficiente para tomar las decisiones correctas, si es imposible contar con los momentos de iluminación que lo propicien, de cualquier forma renunciar al esfuerzo equivale a la muerte espiritual.
Que los Velvet no sean precisamente inocentes, que mantengan una distancia estética y emocional incluso al describir –y evocar- la total desnudez espiritual, no disminuye lo que dicen, si acaso lo contrario. Los Velvet compelen a creer en parte porque, dado su contexto, lo que están diciendo requiere de mucho valor: no sólo  critican implícitamente su propia postura estética –corriendo el riesgo de arruinarlo todo y terminar en sinceras pero vergonzosas verdades banales. El riesgo es real porque los Velvet no utilizan la ironía a manera de red, como una forma de evadir su responsabilidad manteniendo a todos en la incertidumbre de lo que realmente estarán diciendo. Por el contrario, su ironía funciona como una metáfora de la paradoja espiritual, afirmando que la necesidad que uno tiene por encarar su propia desnudez y el impulso por esconderla son igualmente reales, igualmente humanos. Si el distanciamiento de los Velvet es una manera de protegerse (y por lo tanto, en sus propios términos, una maldición) también es revelador (y por lo tanto, redentor); deja en claro que los sentimientos que se protegen son de una intensidad tan insoportable que, de no controlarlos y contenerlos, terminarían sobrecogiendo tanto a los Velvet como a su público. La verdadera canción de los Velvet consiste en lo duro que es admitir esto, incluso ante sí mismos.
Esa canción y sus múltiples variaciones conforman la sustancia de Velvet Underground. Es un álbum que puede concebirse como –no linealmente; no todas las pistas están en el orden adecuado- el Progreso del peregrino[v] del punk-esteta en cuatro movimientos. (“Sha la la, caray, ¿por qué no simplemente te esfumas?”, puedo oír a Lou Reed respondiendo.)
UNO: SEDUCCIÓN MUNDANA Y TRAICIÓN. “Sunday Morning”, una canción de vaga y ominosa ansiedad, resume el tono emocional de este movimiento: “Cuidado, tienes al mundo detrás”. “Here She Comes Now” y “Femme Fatale”, dos canciones acerca de mujeres bellas pero insensibles (dentro de la poco adorable tradición de la misoginia pop –por no mencionar la religiosa-, las mujeres de Lou Reed por lo general son iconos demoníacos o angélicos, no personas) resumen esta filosofía: “Aah, se ve tan bien/Aah, pero está hecha de madera”. Estas canciones enfatizan el tema yuxtaponiendo melodías simples, dulces y pegajosas a letras amargas cantadas por voces planas, prácticamente despojadas de cualquier afecto (en “Sunday Morning” a la voz de Reed como que le falta aire, creando una sensación de pánico reprimido). “White Light/White Heat”, una canción acerca de inyectarse speed, empieza expresando como ninguna otra en el repertorio Velvet la euforia proveniente de la pura energía física; en la recta final del viaje la música se ha convertido en un aporreo ensordecedor, las palabras en un farfullar semiarticulado.
DOS: EL PECADO DE LA DESESPERACIÓN. “Heroin” es la obra maestra de los Velvet: siete minutos de atroz extremismo espiritual. Ninguna otra obra de arte que conozca ha vuelto la experiencia del yonqui más poderosa, más horrible, más atrayente; al escuchar “Heroin” me siento impelida simultáneamente a salvar de algún modo a este hombre y a probar la aguja. La canción está construida alrededor de la tensión entre altas y bajas –expresada musicalmente en un ritmo acelerado que da lugar a acordes lentos y solemnes que suenan como el tañido de una campana, y metafóricamente por la visión que el adicto tiene de la heroína como un camino a la trascendencia y la libertad, alternando con su descarnado reconocimiento de que lo que realmente ofrece es el entumecimiento de la muerte, abrazando la droga (“es mi esposa y es mi vida”) rechaza total y voluntariamente al mundo corrupto, a las personas, a los sentimientos. Al principio compara inyectarse con una travesía espiritual: va a tratar de alcanzar el Reino; en el subidón se siente como hijo de Jesús. Al final, con una rebeldía blasfema que contradice sus palabras, confiesa: “Gracias Dios porque no tengo conciencia/y gracias Dios ¡porque simplemente no me importa!”. Toda la canción parece precipitarse hacia el exterior y luego se cierra en sí misma, en el momento de la verdad, cuando el yonqui consciente y deliberadamente elige la muerte por encima de la vida: elige la maldición. Es la claridad de su consciencia lo que confiere al pecado un tamaño descomunal. Aunque esa claridad también brinda un tenue rayo de salvación. En el acto mismo de elegir el entumecimiento, el cantante admite lo profundo de su pena y su amargura, su anhelo de tener algo mejor; está consciente de cada uno de los matices que implica su rechazo a la consciencia; canta una canción de magnífica emotividad acerca de cómo ya nada le importa. (Una década más tarde, Johnny Rotten haría lo mismo de manera totalmente distinta.) Una nota clara y sostenida corre por la canción como un hilo luminoso; se desvanece o se ahoga en una distorsión caótica y adolorida, luego resurge, como si fuera la minúscula voz del alma. Reed finaliza cada estrofa con la frase “supongo que simplemente lo ignoro”. Su destino todavía no está decidido.
TRES: EL PARAÍSO BUSCADO, AVISTADO, RECORDADO. Este movimiento consta de cuatro canciones acerca de la sofisticación del hartazgo del mundo y el anhelo de inocencia. “Candy Says” define el problema: “He llegado a odiar mi cuerpo y todo lo que requiere en este mundo/…Me gustaría saber de qué hablan todos los demás con tanta discreción”. “Jesus” es una plegaria: “Ayúdame en mi debilidad pues he caído de la gracia”. En “I’m Set Free”, el cantante alcanza una iluminación, pero en cuanto intenta hablar de ella, definirla, se le escapa de las manos: “Vi mi cabeza riendo, rodando en la tierra/y ahora soy libre para encontrar una nueva ilusión”. En “Pale Blue Eyes”, el mundo se interpone entre el cantante y su amor trascendente: “Si pudiera volver el mundo tan puro y extraño como esto que veo/te colocaría en el espejo que coloco frente a mí”.
Musicalmente estas canciones forman un solo conjunto. Todas son amables, reflexivas. Todas recurren a la tensión entre voces planas y despojadas y melodías dulces. Todas tienen prístinas líneas de guitarra que llevan el peso de la emoción básica, que tiene un carácter agridulce: consuela saber que la inocencia es posible, tan inexpresablemente dolorosa que siempre parece situarse fuera del alcance. En “Pale Blue Eyes”, el ritmo lo lleva una pandereta, o más bien ésta va ligeramente descuadrada del ritmo que debería seguir, mientras una guitarra espectacular toma el mando, descargando ola tras ola de puro sentimiento.
CUATRO: LA SALVACIÓN Y SUS ESCOLLOS. “Beginning to See the Light” es el espejo colocado frente a “Heroin”. Siempre he tenido la convicción de que trata de un viaje de ácido, probablemente porque la primera vez que de verdad la escuché fue durante uno y la encontré muy apropiada. Probablemente también porque ambos, la canción y el ácido, me hicieron pensar en la descripción de un viaje de peyote elaborada por un escritor beat llamado Jack Green: “los que nos habíamos metido peyote teníamos poco que compartir con los que se habían metido mariguana, los fumadores de mariguana discutían asuntos de mucha profundidad y nosotros nos metíamos los dedos en el ombligo y nos poníamos a reír”. En “Beginning to See the Light”, la iluminación (o salvación) emerge de la carga que representa tomarse a uno mismo en serio, del egotismo, de la ilusión de que los sufrimientos propios llenan el universo; la inocencia infantil significa la posibilidad de jugar. No hay momento más encantador en el rocanrol que cuando Lou Reed se ríe y canta, sorprendido, alegre, agradecido, “¡Sólo quiero decirte que todo está bien!”
Pero “Beginning to See the Light” también es perversamente irónica. Hacia el final, arrastrado por la euforia, Reed chilla, “hay problemas en estos tiempos/pero ¡ooh, ninguno de ellos es mío!”. Súbitamente atravesamos el espejo y estamos de regreso en el manifiesto de “Heroin”: “¡Simplemente no me importa!”. La iluminación ha engendrado orgullo espiritual, un pecado que como su forma inversa, el nihilismo, arranca al pecador del resto de la raza humana. Especialmente de aquellas personas que, ya saben, trabajan mucho y aun así no consiguen que las cosas salgan bien. Al final nos quedamos con otra versión de la paradoja espiritual: experimentar la gracia equivale a ser conscientes de ella; ser conscientes de ella equivale a perderla.

CODA: ME ENCANTARÍA ENTUSIASMARLOS
Como todo genio, Lou Reed es impredecible. En “Street Hassle” realiza tan buen trabajo como el que más mostrando aquello que siempre le hizo falta a su visión y la de los Velvet. Al principio de la canción, una mujer (¿o es un trasvesti?) está en un bar pagándole a un muchachito sexy para que pase la noche con ella. Este encuentro, que se supondría sórdido, resulta trascendente. La descripción que Reed efectúa de la extravagante pareja haciendo el amor tiene tanto de tierna como de erótica: “Y luego sha la la la la él entró en ella despacio y le enseñó de qué iba/y luego sha la la la la le hizo el amor delicadamente, como si nunca antes ella se hubiera venido”. Claro que en la segunda parte se retracta prácticamente de todo al ligar sexo con muerte. Pero aun así.
          Para mí –como admiradora de los Velvet, amante del rocanrol, neoyorquina, esteta, punk, pecadora, ocasional buscadora de iluminación (y amor) (y sexo)- todo se reduce a esto: creo que todos, abierta o secretamente, luchamos contra uno u otro tipo de nihilismo. Creo que cuerpo y espíritu en realidad no están separados, aunque a menudo parezca que sí. Creo que la redención nunca es imposible y siempre es equívoca. Pero supongo que simplemente lo ignoro.



[i] Punk en el original. Se ha optado por traducir únicamente ésta, su primera mención, para aclarar el sentido que tendrá en el resto del texto; manteniendo por otra parte el anglicismo en este y otros términos de uso común en el argot rocanrolero, por lo que también se ha prescindido de recurrir a itálicas.
[ii] En adelante new-wave, anglicismo que refiere más claramente un subgénero de rocanrol surgido a partir de los presupuestos genéricos del punk a finales de la década de 1970.
[iii] Este término que ha terminado por aplicarse en general a los seguidores de las tendencias de moda, empezó a utilizarse en Estados Unidos alrededor de la década de 1950 para designar a los varones de raza negra que acostumbraban vestir con sacos y pantalones anchos en chillantes combinaciones y de los que se sospechaba no llevaban vidas precisamente honorables, justo como el personaje descrito en  letra de “Waiting for the Man”; en la cultura popular mexicana el burdo equivalente sería la figura del “pachucho”. Los hipsters representaron figuras tutelares para la generación beat en oposición a los valores tradicionales de la sociedad que consideraban cuadrada (square), derivando así en la palabra hippie (hip vs. square).
[iv] Se refiere a la de los setenta; la antología al cuidado de Greil Marcus de donde procede este texto fue publicada en 1979.
[v] Referencia a la novela alegórica (The Pilgrim’s Progress) de John Bunyan originalmente publicada en 1678 que relata las peripecias de un personaje, Christiano, por alcanzar la salvación en su vida

domingo, 27 de octubre de 2013

Hogar para los fantasmas: a 35 años del Berlin, de Lou Reed

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Les comparto este texto que escribí hace unos años, cuando el álbum Berlin, de Lou Reed, cumplía su 35 aniversario y se estrenó el concierto filmado por Julian Schnabel que lo celebraba. Me parece que originalmente fue publicado por alguno de los suplementos de Milenio Diario...

Para Tachepiranha

Berlín, ciudad sin remedio partida. Muro o no muro. Para darse cuenta basta con subirse al metro en medio del cosmopolitismo tecnofílico de la parte occidental e ir descubriendo los yermos parajes industriales cubiertos de graffiti de la antigua República Democrática. Ciudad de ángeles caídos como la muestra Wim Wenders en Faraway, so close!, que si uno lo piensa detenidamente tiene una de sus escenas clave cuando Cassiel, resacoso, desesperado y errabundo por las calles tras una noche desaforada que ha incluido ver desde lo alto de una tramoya un concierto de Lou Reed, de repente se cruza con el neoyorquino y parafraseando una de sus canciones le pregunta: “¿por qué no puedo ser bueno?”. Antes que David Bowie e Iggy Pop corrieran a sus brazos buscando refugio contra las adicciones cual niños recién fugados del reformatorio, Lou Reed tuvo que inventársela, una ciudad lacónica, de respiración más pesada que la melancolía, un lugar de perdición o salvación irreversible, y ni siquiera le hizo falta visitar Berlín.
Londres fue lo más lejos que llegó, ahí había grabado sus dos primeros discos como solista, escapando de la presión que RCA ejercía por usar sus estudios en Estados Unidos. La compañía tenía fe en que Lou seguiría Transformer (1972), el álbum precedente producido por Bowie, con la detonación glam que le diera el empujón definitivo al estrellato internacional posibilitado por el improbable éxito del sencillo “Walk on the Wild Side”. Lo que entregó a cambio fueron diez canciones lóbregas, escasas de guitarras eléctricas relampagueantes, pero ricas en arreglos de cuerdas, metales y coros, proporcionando el dramatismo pertinente a los episodios que atravesaban Jim y Caroline, una pareja de amantes anfetamínicos que se conoce al pie del muro de Berlín, cuyo idilio pronto descarrila en brumas de humillación, drogas, violencia e infidelidad hasta culminar en suicidio. Álbum conceptual de gusto macabro, Berlin en 1973 tendía un puente de los oropeles del glam-rock a la afección escatológica que habrían de recorrer muchos de los estilos que hoy genéricamente calificamos de “oscuros”. Ni primera ni última vez que Lou desconcertaría con un movimiento similar, al mismo tiempo simplemente retomaba la historia más antigua del mundo, la de la caída, el irreversible desmoronamiento de las diferencias entre bien y mal, de cómo el amor se echa a perder.
Berlin estuvo marcado por la frustración, menos a nivel comercial -aspecto que seguido exagera la leyenda-, sino en cuanto al cúmulo de expectativas que parecían defraudadas. Por un lado, en efecto, la casa discográfica no estaba satisfecha porque si bien los ingleses continuaron de romance con Lou otorgándole el puesto #7 en las listas de discos más vendidos, en Estados Unidos apenas alcanzó el #93, muy lejos del ascenso meteórico de Transformer. Por otro, desde muy temprano enfrentó serias dificultades para concretar sus aspiraciones iniciales. Luego de ciertas desavenencias con Bowie, la silla del productor en esta ocasión correspondió a Bob Ezrin, joven responsable de la popularidad de Alice Cooper -y que posteriormente trabajaría en otro clásico de talante berlinés: The Wall (1979), de Pink Floyd-. ¿Los músicos convocados? Casi nadie: Jack Bruce, de la fama de Cream, en el bajo; Steve Winwood en teclados; el baterista B.J. Wilson de Procol Harum; los hermanos Michael y Randy Brecker ocupándose de saxo tenor y trompeta respectivamente; y los guitarristas Steve Hunter y Dick Wagner, traídos de las sesiones con Alice Cooper; por si fuera poco, Tony Levin aportó el bajo de “Sad Song”. Esta banda de ensueño llegó a grabar una versión del álbum que superaba la hora de duración, lo que en tiempos del disco de acetato significaba sacar un álbum doble, posibilidad que los ejecutivos vetaron terminantemente. Cada una de las piezas significaba un eslabón fundamental de la historia, prescindir de alguna quedaba descartado, la continuidad narrativa se afectaría irremediablemente; a Ezrin no le quedó más que recortar catorce minutos de introducciones, codas, solos y diversas digresiones sonoras que reforzaban la vocación cinematográfica del proyecto, una idea tan clara en las cabezas de Reed y Ezrin que las fotos en el cuadernillo de las letras que incluía el LP original fueron tomadas con vistas a realizar una película que acompañara el espectáculo multimediático-teatral pensado para las presentaciones en vivo. Poco antes del delicado proceso de masterización, Bob Ezrin sufrió un colapso por querer seguirle el paso a Lou, al espectáculo multimedia se le dio carpetazo en favor de un formato de concierto que devolviera el animal de rocanrol que pedía el público, redituando al cabo en uno de los mejores discos en directo de la historia, justamente con el título de Rock N Roll Animal (1974).
Buena parte de 2007 Lou Reed la pasó por el mundo recogiendo los honores que su época le negó a Berlin, sacándolo de gira para por primera vez interpretarlo en su corregida y aumentada totalidad, acompañado de treinta músicos en escena, integrando partes filmadas que ilustraban las desventuras de Jim y Caroline. Las primeras presentaciones ocurrieron en noviembre de 2006, en el teatro St. Ann’s Warehouse de Brooklyn, Nueva York. Julian Schnabel, director de Basquiat (1976) y Antes que caiga la noche (2000), estuvo presente para registrarlas en un película traída a México en el pasado festival Ambulante y que acaba de ser editada en formato dvd, ganándose a pulso un huequito entre Stop Making Sense (Jonathan Demme, 1984), de Talking Heads, y El último vals, de The Band (Martin Scorsese, 1978), como uno de los grandes conciertos filmados de la historia. Nunca sabremos cómo habría sido la puesta en escena de 1973, la mirada de Schnabel salva los trazos nostálgicos por el amor a un álbum que antes del espectáculo declara “se convirtió en la banda sonora de mi vida”. La fiereza que disipó el escrupuloso proceder en el estudio florece aquí con una banda briosa y experimentada, destacando la presencia de Steve Hunter, el único de estos ejecutantes que tomó parte en la grabación de 1973, dando rienda suelta a la pirotecnia de su guitarra, particularmente majestuosa en “Men of Good Fortune”. Steven Bernstein, de Sex Mob, lidera una sección de metales bravía. Las voces del Brooklyn Youth Chorus, llenan la atmósfera de aires celestiales o siniestros (a veces, como en el estremecedor cierre de “The Bed”, simultáneamente). Siempre un maestro de la intencionalidad al cantar, Lou escarba sus propias creaciones hasta entregarnos el punto de vista medular en cada letra enfatizando la obstinación que los años habrían recargado a sus personajes. “Caroline Says II” de tan frágil parecería que va a romperse, el resentimiento de Jim triunfa sobre la desolación característica de “The Kids” en su versión original. Otras tres piezas del repertorio de Lou Reed, no pertenecientes a Berlin, pero que tampoco desentonan en su contexto, complementan la presentación a manera de encore, entre ellas una prístina interpretación a “Candy Says” en voz de Antony (el de los Johnsons) que las palabras no alcanzan a describir.
Otra de las añadidas, “Rock Minuet”, fue la canción que Julian Schnabel recitó de memoria hace poco al reunirse con Mr. Reed en la segunda emisión del programa “Spectacle” recientemente estrenado en el canal Sundance, con Elvis Costello de anfitrión. Uno de los versos al principio dice: “si asesinaba a su padre, pensaba que se sentiría completo”. Chicos disfuncionales, creciendo con música disfuncional. La combinación no necesariamente desemboca en tiroteos en las escuelas. Puede resultar en una rara sofisticación, como la de Schnabel. El recitado de “Rock Minuet” vino justo después de relatar que cuando su padre falleció, lo primero que se le ocurrió fue llamar a Lou, que vivía cruzando la calle, para pedirle que sostuviera la mano del difunto mientras escuchaban otro de sus discos, Magic and Loss. Quizá todo lo que nos pasa se reduce, como enuncia “The Bed”, a que ninguno de nosotros “habría empezado de haber sabido que terminaría así”: Pero la marea arrastra una resignación de mueca irónica: “lo gracioso es que no me siento triste de que haya terminado así”.



domingo, 6 de octubre de 2013

100 libros eRRementales

Recientemente, como algunos de ustedes sabrán, se dio a conocer una lista de 100 libros esenciales según David Bowie. Como generalmente ocurre con este tipo de ejercicios sirven más para despertar la polémica que para homologar opiniones. Personalmente me decepcionó no encontrar en la lista de este ídolo a otro ídolo, Jorge Luis Borges, quien me parece el mejor escritor que haya vivido jamás pero cuyo talento al parecer no alcanza para ser incluido en la lista del músico inglés. Así que como no hay mejor estimulante para ponerse a hacer las cosas que el desacuerdo, me dí a la tarea de elaborar la propia; después de todo Bowie no es ninguna autoridad en literatura y yo tampoco. Fue un ejercicio difícil aunque no tanto, la mayoría de los libros que incluí en la primera versión los tenía muy claros, después fue sólo cuestión de discriminar. Para empezar la condición era que se tratara de libros enteros, lo cual me obligó a dejar fuera textos cercanos a mi corazón como el que considero uno de los mejores cuentos del siglo XX, “In the Heart of the Heart of the Country”, de William H. Gass; el ensayo “Del asesinato como una de las Bellas Artes”, de Thomas de Quincy, u otro ensayo que considero fundamental para entender las manifestaciones culturales del mundo actual, “El arte en la era de la reproducción mecánica”, de Walter Benjamin, todos ellos con una existencia independiente, no exactamente como libro. Otra condición era un libro por autor, así aunque, por ejemplo, creo que El sexo y el espanto de Quignard debe acompañarse con Vida secreta, tuve que decidirme por el primero; y de Borges hubiera incluido todo, pero Ficciones es una gran introducción a su universo. Creo que quedó una lista variada, en el entendido, claro está, de que este no es un ejercicio canónico, sino más bien un retrato personal de mi ser como lector. A mí mismo me ha servido mucho para darme cuenta de quién soy y qué títulos releer en el futuro. Y viendo atrás, la verdad estoy contento de los libros que acabaron conformando la lista, creo que es una manera de llegar a conocerme. Aquí pues la tienen, la lista de los 100 libros eRRementales, sin orden particular, si les entra curiosidad por leer alguno sentiré que el ejercicio ya no fue ocioso. 

La historia interminable – Michael Ende
Sex, Drugs & Cocoa Puffs (A Low Culture Manifesto) – Chuck Klosterman
El erotismo – Georges Bataille
El llano en llamas – Juan Rulfo
Una temporada en el infierno – Arthur Rimbaud
Waterland – Graham Swift
¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? – Raymond Carver
La ley de Herodes – Jorge Irbagüengoitia
Confabulario – Juan José Arreola
La violencia y lo sagrado – René Girard
El Palacio de la Luna – Paul Auster
Rebelarse vende – Joseph Heath y Andrew Potter
El mundo como voluntad y representación – Arthur Schopenhauer
Los gazales – Hafiz
La colina de los sueños – Arthur Machen
El Spleen de París – Charles Baudelaire
Please Kill Me (The Uncensored Oral History of Punk) – Varios (Legs McNeils & Gillian McClain, eds.)
La morte d’Arthur – Sir Thomas Mallory
Ficciones – Jorge Luis Borges
El sexo y el espanto – Pascal Quignard
Psychotic Reaction & the Carburator Dung – Lester Bangs (Greil Marcus, ed.)
El guardador de rebaños – Alberto Caeiro (Fernando Pessoa)
Luz de agosto – William Faulkner
La luz que se extingue – Rudyard Kipling
Stranger than Fiction – Chuck Palahniuk
Roman de la Rose – Guillaume de Lorris
The Lost Gospels of Ministry According to… - Al Jourgensen
Jaco – Bill Mikowski
Comedia – Dante Aligheri
Todos los fuegos el fuego – Julio Cortázar
De perfil – José Agustín
La canción del verdugo – Norman Mailer
Buddha y el evangelio del budismo – Ananda K. Coomaraswamy
El rey criollo – Parménides García Saldaña
Gargantúa y Pantagruel – François Rabelais
Hiperión – Friedrich Hölderlin
El espejo que huye – Giovani Papini
Lecciones espirituales para jóvenes samuráis –Yukio Mishima
Antiafrodisíaco para el amor platónico – Ippolito Nievo
Novela con cocaína – Mark Agueiev
Wiseblood – Flannery O’Connor
Ilíada – Homero
Tumba de la ficción – Christian Salmon
Blood Meridian – Cormac McCarthy
Frankenstein (o el moderno Prometeo) – Mary W. Shelley
La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento – Mijaíl Bajtin
Farabeuf, o la crónica de un instante – Salvador Elizondo
Cuentos completos - Edgar Allan Poe
El libro de Job – Anónimo (en la Biblia)
El caso de Charles Dexter Ward - H.P. Lovecraft
Los Vedas – Anónimo
Killing Bono – Neil MacCormick
Esperando a Godot – Samuel Beckett
Del inconveniente de haber nacido – Emile M. Cioran
Joe Gould’s Secret – Joseph Mitchell
La espuma de los días – Boris Vian
Los 120 días de Sodoma, o la escuela del libertinaje – Marqués de Sade
Los cantos de Maldoror – Isidore Ducasse
El hombre que fue Jueves – G.K. Chesterton
Veintiún cuentos – Graham Greene
La llave de cristal - Dashiell Hammett
El proceso – Franz Kafka
Opiniones de un payaso – Heinrich Böll
Las cuitas del joven Werther – Goethe
Morirás lejos – José Emilio Pacheco
On the Road- Jack Kerouac
Love Is a Dog from Hell – Charles Bukowski
Ensayos – Montaigne
I Ching, el libro de las mutaciones - Anónimo
Pregúntale al polvo – John Fante
Las mil y una noches - Anónimo
High Fidelity – Nick Hornby
El divino fracaso – Rafael Cansinos-Asséns
Muerte en Venecia – Thomas Mann
El mandarín – Eça de Queiroz
La invención de Morel – Adolfo Bioy Casares
Misery – Stephen King
A Clockwork Orange – Anthony Burgess
Crimen y castigo – Fiodor Dostoievsky
Alicia en el país de las maravillas – Lewis Carroll
Musicofilia – Oliver Sacks
El arte ensimismado – Xavier Rubert de Ventos
Johnny Got His Gun – Dalton Trumbo
El desierto de los tártaros – Dino Buzzatti
Vacío perfecto – Stanislaw Lem
El fruto de la nada – Padre Eckhart
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha – Miguel de Cervantes Saavedra
La soledad del corredor de fondo – Alan Sillitoe
El futbol a sol y sombra – Eduardo Galeano
Putas asesinas – Roberto Bolaño
Dr. Jekyll & Mr. Hyde – Robert Louis Stevenson
La máquina del tiempo – H.G. Wells
Hamlet – William Shakespeare
La muerte de Gwen Stacy –Gerry Conway/Gil Kane (Marvel Comics en The Amazing Spider-Man)
No digas nada – una vida de Charly García – Sergio Marchi
El barón rampante – Italo Calvino
La humanidad perdida - Alain Finkielkraut
Zen and the Art of Motorcycle Maintenance: an Inquiry into Values – Robert M. Pirsig
Howl & Other Poems – Allen Ginsberg
Living Loaded: Tales of Sex, Salvation and the Pursuit of the Never-Ending Happy Hour – Dan “The Imbiber” Dunn