lunes, 4 de junio de 2012
La cofradía del Perro
jueves, 29 de marzo de 2012
Súbele al volumen
martes, 27 de marzo de 2012
eRRe visita el Vive Latino 2012
viernes, 2 de marzo de 2012
Mamarracho de un viernes enclaustrado
Rock and roll will someday die...
Para Enrique Sierra y el resto...
...y para JVS por la conclusión.
Poco a poco nos vamos quedando solos. Es lo que nos pone tristes, lo que nos da miedo. Ver partir a nuestros mayores. La ley de la vida, te advierten. A mí no me ha tocado pasar por la muerte de mis padres, pero presiento que ni así lo entiendes. Hasta que quienes de verdad te educaron empiezan a irse, con los que creciste, esas personas más inventadas que reales injertadas en tu sistema nervioso-espiritual. La muerte de tus ídolos te recuerda que tú también estás en la lista. Un bajón por donde lo veas (a menos que seas darky o death metalero, pero entonces no sé quién te invitó).
El año pasado Clarence Clemons, saxofonista de Bruce Springsteen; la semana pasada Spinetta; hoy Enrique Sierra, ex guitarrista de Radio Futura. Ninguno era el centro de los reflectores, a excepción de Spinetta, por supuesto, emblema del rock argentino, nunca fue muy escuchado en nuestro país. Una amiga se burló de mí por poner una foto de él en mi perfil, “si ni siquiera oyes sus rolas", espetó. Aparte de aclararle que eso era impreciso –en efecto no entiendo a Spinetta pero hay por lo menos diez de sus rolas que considero geniales-, le explicaba que era un acto de solidaridad, puede que Spinetta no me guste mucho pero escribió “Rezo por vos” –un himno que ahora ha cobrado auténtica dimensión religiosa- con Charly García, uno de mis máximos héroes, y que había pesado en un montón de otros artistas que disfrutaba. Cierto, una tontería, parte de la relación que te inventas con estas personas cuyas vidas desconoces pero que han hecho canciones que parecen saberlo todo de la tuya, te duelen ellos, sus amigos, lo que los rodea, aunque ni Clemons ni Sierra eran unos segundones, el primero integrante fundamental de la banda de Springsteen –único con el que compartió una portada- y la guitarra del otro un elemento indispensable para redondear el sonido de la gran banda española Radio Futura.
¿Qué nos espera al resto si tipos como ellos serán sólo un pie de página cuando se hable de los grandes, a los que llamas maestros? ¿Ah, sí, y qué les aprendiste? Tienes 36 años y el otro día te caíste de borracho como uno de dieciséis, y de las relaciones disfuncionales que emprendes con las viejas, ni hablamos. Deberías saberlo mejor ahora que ya estás grande, ¿no cantaban eso los Faces? Pero, ¡mira!, quizá dimos en el clavo, el germen de tu mal, creer a ciegas en lo que dice una canción de rocanrol, cuando una canción es lo más mentiroso del mundo, una tarjetita que cree resolverlo todo en tres minutos, eso por cierto es de una rola de Los Rodríguez. ¿Ves? Tu caso es grave, probablemente incurable. Tienes la cabeza llena de canciones porque crees que te sanan, que te dan respuestas, que te enseñan algo. Pero tú no aprendes nada, claro, ahora te atreves a decir y hacer cosas que antes no habrías soñado –la timidez es linda, pero la timidez impide muchas cosas que te gustaría hacer, cantan los Smiths-, sé honesto, ni siquiera lo haces porque tengas el valor, lo haces porque te desespera el tic-tac del reloj, la fiesta se está terminando –eso lo sacas de Loquillo.
Una noche un amigo que de hecho trabaja de estrella de rock -"soy músico", me corregiría serio y con razón, un caballero sencillo y noble, raras cualidades en cualquier atmósfera roquera- lanzó el ominoso comentario “…pues a ver cuánto más nos dura el rocanrol…”. Le contesté que si se refería a su banda, bastante, porque les está yendo bien. La muerte de tus ídolos te restriega en la cara lo que no quise afrontar en esa pregunta. Que al final pierdes por cansancio, si hasta ellos se van… y tan seguido… empiezas a creer en tu propia muerte y te pasearás por bares y clubes arriba o abajo del escenario como una estrella de rock, pero un día van a desconectarte el amplificador… y te molestas con Neil por cacharlo en la flagrante mentira… hey, hey, my, my, tu rocanrol will someday die.
Mamarracho viendo el dvd de un concierto de Smashing Pumpkins
martes, 28 de febrero de 2012
Aquí
El siguiente ¿relato, ejercicio narrativo, mamarracho? –nunca cuento- está basado en -robado de- la canción “Round Here” del grupo Counting Crows. Fue escrito en 1997 como parte de una pequeña colección de similares objetos impublicables que llevaba el título Festín de amigos (un blues). La siguiente es una versión remozada en este incipiente enero de 2012 para dejarla más presentable a los ojos del lector, digno de todo respeto. Una disculpa.
Round here we’re carving out our names
Round here we all look the same
Round here we talk just like lions
But we sacrifice like lambs
Round here she’s slipping through my hands…
-“Round Here”, Adam F. Duritz
I
Porque hay mar le llaman playa. En realidad se asemeja más a un desierto. Por eso no aparece en las guías turísticas, a nadie le interesa visitar un pueblo fantasma que al menos en parte no ofrezca la tranquilidad de un montaje hollywoodense. Los habitantes de aquí venimos por el olvido, preferimos enterrarnos en la arena a tomar el sol, si nadamos es sólo para que el agua lave nuestros secretos… fingir que cada uno puede esconder el suyo e ignora el de los demás es la única economía que conocemos, así que no nos quita el sueño contribuir al producto interno bruto del país. Nunca dormimos.
Por lo general evitamos vernos a la cara. Una especie de regla no escrita. Siempre acabas atorado en el brillo de unos ojos, en un recuerdo, aquí venimos a ser libres. Pasamos los días deambulando por la costa, inmersos en un silencio que, a diferencia de la neblina, nunca se disipa. Si alguien llega a saludarte, ni siquiera te detienes, emites un gruñido o medio levantas la mano de marioneta manejada por un titiritero artrítico.
Sentado en los escalones a la entrada de mi cabaña, contemplo el cielo agrietarse de crepúsculo. A esta hora me da la impresión de volverme translúcido. No veo mi mano frente a la nariz, atravesada por agujas de sol. No me asusta. Desaparecer. Al contrario. Es un alivio amanecer y darte cuenta que tienes un recuerdo menos que ayer. Vas sintiendo tus pasos ligeros. Pronto empezaré a levitar, los ángeles desde lo alto vislumbrarán un panorama mejor del derrumbe de los muros entre el bien y el mal aquí.
Hoy, además del silencio, bajó la neblina. Una blancura imprecisa diluye los límites entre las casas, la angustia de las palmeras, las sombras de los cuerpos. Contornos vaporosos. Ojalá todos los días fueran como hoy.
II
La tarde que conocí a María arrastraba una maleta escuálida y volteaba a todas partes como un animalillo perseguido. La cara que pone cualquier recién llegado. Vacilante se acercó a preguntarme si sabía de algún lugar dónde conseguir alojamiento. Me sobresaltó y tardé en hilar una respuesta, pasaron semanas desde la última vez que me había tomado la molestia de sostener una plática. Lo primero que me llamó la atención fue su piel, más blanca y triste que la nieve. Y, luego, el problema de los ojos. Me habría derrumbado de no saber que estoy proscrito, he dedicado muchas fatigas al coraje del océano para ahogarme en un estanque esmeralda, el suyo, además, era de niña.
Caminamos descalzos siguiendo la ebullición de espuma en la bahía, una pareja de arlequines haciendo equilibrios en la cuerda floja de un circo.
-Me gustaría encontrar a un chico parecido a Elvis- dijo de la nada.
-No es tan fácil aprenderse la letra de “Love Me Tender”- observé.
Regresamos a la cabaña. Ella empezó a mostrarme la naturaleza de su cuerpo: las tetas colgándole breves donde sus pezones brotaban en dos ciruelas irreales, la piel pegada a las costillas y un mapa de quemaduras de cigarro. Al acoplarnos dijo: “estoy cerca de entender a Cristo”. Desde aquel primer encuentro, cada vez que lo hacemos le pregunto: “¿Cómo vas?”. Ella contesta: “Cerca, más cerca”.
Esta ocasión en lugar de eso me besó en el cuello y masculló: “Te amo, eres hermoso y te amo”. Estaba nerviosa, le da por decir disparates si no ha tomado cerveza antes de la una.
III
Recostado en el cofre junto a la chica del Chevrolet ’74. Un día aparecieron el auto y ella en este solar, nadie hizo preguntas, asumimos que ahora pertenecían a nuestra simpática comunidad. De vez en cuando la visito, no es que le tenga cariño, ni lástima me provoca, simplemente me relaja perderme en el cielo tendido encima de un auto que se cae a pedazos al lado de una chica que se cae a pedazos, y columnas de polvo irguiéndose, y cuervos picoteando basura y ratas muertas. Ningún parque de diversiones cuenta con el presupuesto para instalar la Casa de los Espantos perfecta.
“Un día deberías probar una de estas”, me dice con la hipodérmica enlodada de heroína y sangre todavía colgándole del jirón de brazo, alargando su sonrisa de muñeca deshauciada.
Jala aire y va a sentarse al asiento del conductor. Me repugnan esas sacudidas que la recorren por oleadas. Nuevas lágrimas limpian el rastro de las anteriores. Dirige la vista al edificio sin terminar al otro lado de la cerca de adobe gris, vestigio de la locura de alguna vez creer que esto podía transformarse en un emporio hotelero. Estira una mano como queriendo alcanzarlo y sofocada escupe: “He estado pensando en saltar de ahí. ¿Qué pensarás mientras vas cayendo? ¿Morirás mientras flotas en el aire o hasta que tu cabeza revienta contra el suelo? ¡Dios, imagina ese sonido!”
Detesto oírla hablar, es mejor cuando se queda ahí tumbada, jadeando con ronquera.
“No flotas.”
“¿Cómo?”
“No flotas en el aire, te precipitas al vacío. No te da tiempo de pensar más que te carga la chingada.”
Lanza una última frase displicente: “Estoy cansada de la vida.”
Vaya con la perra. Todos estamos cansados de algo.
IV
Coge la mano de quien quieras. No habrá diferencia en las bocas que elijas para besar. Poco a poco andamos con pasos idénticos. Respondemos con gestos invariables. Topo con mi rostro garabateado en diferentes siluetas.
Respira hondo, el día medra y los niños corren a guarecerse en las faldas de mamá, huyendo de este sueño que ciega y ensordece como la tormenta. Desconocidos comienzan a reunirse frente al océano para conmemorar la batalla que pelearon bien, la que perdieron. Encenderán fogatas, escribirán sus nombres en la arena con mano quirúrgica para borrarlo con pies de bailarín, desgatillada la lengua por el aguardiente, correrán la noche empeñados en sonar como leones, por la mañana serán corderos en el altar de la iglesia abandonada frente al muelle, donde organizamos las fiestas.
Nuestras fiestas son muy calladas. Pero siempre hay música.
Alguien desgasta mi cabeza, erosiona la emoción, dicta las palabras. Voy a quedarme parado aquí hasta que venga a buscarme o suelte el microfonito-cincel. No importa cuánto tarde, por aquí hay montones de tiempo que perder y ninguna cita que cumplir. Por aquí escasea el pecado desde que nos hartamos de salvación. Apagamos la voz que nos mandaba temprano a la cama con un padrenuestro colgado de los labios. Ahora que podemos, vamos a quedarnos despiertos hasta muy tarde. Tengo carne viva en los nudillos y párpados de plomo y voy a quedarme despierto hasta muy, muy tarde.
lunes, 27 de febrero de 2012
No soy una estrella de rock
domingo, 26 de febrero de 2012
Vísceras de eRRe
Pascal Quignard en Vida secreta
Took my diamond to the pawnshop - but that don't make it junk
-L. Cohen
¿Por qué no salí despavorido? Debí advertir la premonición La primera mujer de la que me enamoré se llamaba Olvido. Quiero decir, ¿qué clase de padres le ponen ese nombre a una hija? “Feliz cumpleaños, Olvido”. “¿Hiciste la tarea o se te olvidó, Olvido”. “Te amo, Olvido”. “Quédate conmigo, Olvido”. Un día en una representación del jardín de niños, mientras interpretaba mi digno papel de Rey de Chocolate, vi a mi Princesa Caramelo entre el público dándole a mi mejor amigo lo que debió ser su primer beso en la boca (el mío tardaría todavía unos diez años).
Comenzó una serie que me gustaría llamar de episodios fatídicos, pero más bien ridículos, con las chicas que me atraen. No se asusten, no me propongo abochornarlos con una lista de los patéticos detalles que han plagado mi relación con "el sexo que siempre expulsa", por usar la expresión de Quignard. Baste con citar la odisea de Homero [Simpson], conozco todos los pretextos: te prefiero como amigo, mi mamá no me deja, no quiero matarte pero si me obligas… He superado la etapa de autoconmiseración, de sentirme infravalorado, de pensar en “algo” que ellas no alcanzan a ver. Estoy convencido que el error está en mí y si acaso ese “algo” existe, ellas marcan su distancia porque son las primeras en advertirlo, dejándome a mí sin idea, y, ¿les confieso la verdad?, ya dejé de preguntarme qué puede ser.
Ni para un vulgar silogismo alcanza. La mayoría de las mujeres con las que me he relacionado sentimental y/o sexualmente opinan que soy un buen muchacho, atento, simpático, pero nada para volverse loco (mientras yo, por su puesto he enloquecido por ellas, en sentido sexual o sentimental, que no necesariamente van de la mano, aunque da igual su obsesión se parece tanto que produce justo eso, locura, disolución de las diferencias).
No me quejo, me han pasado cosas increíbles, cosas que crees que sólo les pasan a las estrellas de rock. He tenido noches salvajes sin tregua y crepúsculos de abrazo tierno. Por lo menos dos mujeres han perdido la cabeza por mí, las desollé y les di una patada. No lo digo con orgullo, sentí que les hacía lo mismo de lo que tantas veces me había quejado –incluso con mayor vileza. Me han llamado un gran amante y un pervertido decepcionante. Encontré el amor, pero con eso pasó lo que Bruce Springsteen canta en For You: “vine por ti, pero no necesitabas mi urgencia”. He ofrecido amor incondicional. He ofrecido sexo sin complicaciones. Sólo que nada parece encajar. Todo es muy confuso.
Así que en esta confusión hace poco cometí un error. O, más precisamente, un acto de maldad. Obedeciendo la apurada lógica de si no puedes con el enemigo únetele, si te hagas adonde te hagas acabas como bolita de papel, actué conciente del mal, abrazándolo. Y en este trato con el diablo siento que a cada paso las cosas empeoran y me hundo más en el fango sin por lo menos recibir las recompensas terrenales prometidas en las tinieblas. Miren esta suerte que puede volver a un hombre malo. "Please, please, please, let me get what I want", los Smiths. Yo no buscaba ser malo, sólo una explicación a por qué todo sale tan mal... y sí, coger.
El otro día me rompí media cara contra una banqueta cayéndome de borracho. Me preguntaron si había sido por una mujer. Sí y no. Fue por todas las mujeres o fue por mí o para darme una lección que necesitaba… no saber dar una respuesta precisa me llena de vergüenza, quizá sea la justificación para escribir esto, un intento por dilucidarlo, esperando quién sabe qué respuesta al absurdo de a estos cansados 36 años ignorar el tipo de hombre que soy. Ahora mismo me encuentro correteando a cinco mujeres distintas, como perrito sin dueño, como siempre torpemente, como siempre con poco o nulo éxito, persiguiendo mendrugos de amor o sexo, o ya ni siquiera un beso, sino una sonrisa. Y no, no necesito una novia, no soy un adolescente, es como si me diera por ponerme a estudiar la discografía de Menudo. Tengo claro que parte de la urticaria la provoca esto del paso del tiempo y que no ceda este desasosiego. Confieso mi pavor a terminar como el viejo raboverde de La muerte de Bunny Munro, una novela de Nick Cave, impotente y gritando blasfemias, de rodillas en medio de la calle bajo una lluvia torrencial.
¿Qué quiero, qué espero, que necesito de una mujer? Creo que Radio Futura me dio una pista oyendo su magistral adaptación al poema “Annabel Lee” de Edgar Allan Poe, en el cual habla de una flor “que crecía sin pensar en nada más que en amar y ser amada, ser amada por mí”. Alguien que no le estorbe tu cariño, alguien que no te estorbe por quererte, y cada uno tranquilo a lo suyo, no una vida de cadenas, una vida que ayude a concentrarse por cerrar la herida del desgarramiento original. Pero, claro, el amor de Annabel Lee y el galán que la enaltece, más grande que el amor de los mayores –que saben más, como dicen, de las cosas de la vida- provoca envidia entre los ángeles del cielo que mandan un oscuro viento para helar el corazón de la hermosa doncella. Entonces… supongo que es una de esas batallas que se ganan dándolas por perdidas, olvidándose de ellas. Y aun así, ya ven, a veces me acuerdo de Olvido.