lunes, 4 de junio de 2012

La cofradía del Perro


Allá por 1987, descubrimos a la banda española Radio Futura, cuando “A cara o cruz” explotó en las radios. El éxito incluso los trajo como punta de lanza del llamado “Rock en tu idioma” al entonces Hotel de México –hoy World Trade Center- para ofrecer lo que sería su primera y última tocada en este país. La noche del 1 de junio en el Teatro Diana de Guadalajara, con motivo de la Feria Internacional de la Música (FIM) 2012, es la primera canción que Santiago Auserón, vocalista de la extinta agrupación, ejecuta acompañado de su guitarra y la del virtuoso pero cálido Joan Vinyás. Antes, José Fors (cantante de Cuca, Forseps) y Los Perros Impostores, grupo improvisado para la ocasión, lo han homenajeado versionando tres canciones de su catálogo. “A cara o cruz”, cuenta, fue improvisada para calentar la noche. Se trata en realidad de un regalo especial, no acostumbra colgarse las viejas medallas, México a cambio le responde con un teatro a medio llenar.

Sublevándose a los estrechos cánones de triunfo en la industria del disco, bajo el nombre de Juan Perro emprendió una exploración personal de sonoridades que enraizaban el rock anglosajón de tiempos recientes con la tradición musical y lírica hispana. Las dos ocasiones anteriores que intentó presentar en este país su deliciosa apuesta solista marinada en blues, son, pinceladas moriscas y de jazz, encontró una recepción, ya no indiferente, sino abiertamente hostil por parte de un público quizá demasiado joven que le mostró la espalda en su turno durante la primera edición del Vive Latino y luego, en un festival Rock en Ñ del Teatro Metropolitan, lo vituperó desesperado por rendir pleitesía al ídolo Bunbury. De pensamiento sagaz y lengua certera, el Perro recusó con rabiosa inteligencia y piedad. De eso hace más de diez años.

Esta vez los fantasmas del pasado vuelven con las voces de los asistentes que piden las conocidas de Radio Futura. Abrir con “A cara o cruz” también funciona de exorcismo. Auserón pide paciencia para transitar sus nuevas canciones, “siéntanse libres de entrar por puertas y ventanas de esta Casa en el Aire” –como ha llamado su espectáculo en dueto acústico-, pero también a no quedarse callados, a entablar un diálogo que cierre el eslabón con México.

Y así, la deuda empezó a saldarse, la de nosotros con él y la que él tenía con nosotros por habérselo impedido. Cuenta que en España ya desde hace un tiempo ha marcado distancia con las costumbres del negocio, y si bien su público dista de ser masivo, “es eso sí muy selecto”. El Teatro Diana se convierte entonces en el recinto para esta cofradía que por una noche celebrará su secreto jubileo. Como los pocos que según el Evangelio de Brian Eno formaron una banda después de comprar el debut del Velvet Underground. Como el concierto de los Pistols en el Free Trade Hall de Manchester en junio de 1976. Una experiencia que cambia la vida.

No exagero. Con relativa sencillez uno encuentra un artista que sabe montar un buen espectáculo (un entertainer, un show-man en la jerga de la música popular), una banda acoplada. Más raro es hallar alguien que además de grandes canciones sepa abrir la boca en el escenario. Ex alumno de Deleuze, escritor concienzudo sobre temas que abarcan las más distintas áreas de la curiosidad humana, Santiago Auserón desmenuza el repertorio centrado en su nuevo disco, Río Negro, con incorporaciones del resto de su discografía solista, además de ejercer sus dotes de conversador recordando a los ausentes, el padrino del son Compay Segundo y las oscuras tascas de Barcelona merodeadas junto a Joe Strummer, que inspiró “José Rasca”; explica el sentido igualitario en el nombre artístico que eligió (“en Zaragoza es increíble, todos se dicen perros… dicen ‘¡Perro moro!’. Pero el moro también le dice ‘¡Perro gallego!’ a su majestad el rey de Castilla”); bromea sobre la reflexión del insecto que protagoniza la nueva canción “Ámbar” al ver caer la gota que lo cristalizará para el fin de los tiempos. Los comentarios en ningún caso obstaculizan el curso de la velada, por el contrario, suman a su carácter entrañable.

Terminado el sendero acústico por donde las seis cuerdas de Joan Vinyals pulen destellos fantásticos, ambos intérpretes se retiran y tras breve pausa la sobria pero apropiada escenografía diseñada por José Fors descubre al ensamble Sí Son que acompañarán al Perro (y a Vinyals ahora con la guitarra eléctrica colgada). Primero “Obstinado en mi error” y de ahí, una tanda de melodías abrasadoras, desde las épocas de Radio Futura hasta la era canina, destacando “Negril”, “Paseo con la negra flor”, “A un perro flaco”, “Fonda de dolores”, “Charla del pescado”, una versión que hace justicia al título clásico de Cuca, “El son del dolor” –con la intervención vocal de Fors - y la voluptuosidad última de “Semilla negra” que cuelga el olor de una verbena que ha durado casi tres horas en lo que sin duda marca una noche de leyenda para el segundo año de la FIM.

Faltan dos conciertos en nuestro país, uno en Tijuana y otro en el D.F. Años atrás, en el disco titulado La huella sonora, Juan Perro incluyó “Historia de la radio”, que básicamente examinaba mediante alegorías cómo este potencial puente de comunicación para los lenguajes musicales se vendió a intereses mercenarios. Que casi no se haya movido el boletaje para el concierto del Lunario en la capital programado el próximo jueves revela eones de las costumbres auditivas de nuestro pueblo. El perro es un animal humilde que desaprobaría el tono adoptado a continuación, pero: peor para ustedes si no valoran las artes caninas. Ojalá que escribiendo se vendieran boletos.





jueves, 29 de marzo de 2012

Súbele al volumen

Súbele al volumen hasta que la música crezca en ola embravecida de ruido que barra el ritmo de tus pensamientos. Súbele hasta que los instrumentos enmarañados, unos encima de otros, como nido de serpientes o flores que se devoran como en la Pared de Pink Floyd, nublen tu sentido de orientación. Súbele y fuma cigarros, llena de humo la habitación, alguna canción se encargará de pedirte que arañes las paredes, pero no vas a escuchar la orden, lo harás por cuenta propia cuando el alcohol y las pastillas y la yerba hagan su labor de hormigas bien capacitadas en murmullos subterráneos. Súbele, que las flores se secan, que te escribirán “eres el mar” queriendo decir "necesito un salvavidas", e igual te vendarás los ojos y darás un paso al risco de la mano de un fantasma, porque el cuerpo es caldera. Y cuando escuches el “track” del búfer volando con tu compás cardiaco, tú síguele girando a la perilla, como si fuera agua del grifo, será un desastre pero llenarás la habitación. Oirás a los demás implorar que te detengas, pero tú súbele, poco a poco sus voces quedarán atrás, la ciudad desde un avión, cada vez más una farsa, una risa loca, una risa rota. Súbele al volumen hasta paralizarte. Hasta que tus manos paren de avanzar por el teclado, hasta que tiemblen las ventanas, hasta que la casa y el edificio entero caigan. Desmorona el mundo hasta que sea un espejo de tu zona interna de demolición. Súbele al volumen, que en el único momento de silencio que quieras en el día, tu vecino organizará una fiesta a la que ni siquiera fuiste invitado y sólo te quedará encajarte los audífonos y subirle al volumen, porque, si vas a morir ahogado, mejor que sea en un estruendo propio que en la cacofonía de otros.

martes, 27 de marzo de 2012

eRRe visita el Vive Latino 2012

Gogol Bordello y el despegue
“Ya sé que no soy el mismo que cuando tenía quince años, que ya se notan los daños, ¡ay!, en todo mi mecanismo…” Pero veo con optimismo que una nueva vida empieza, y ahí va el eRRe con sus 37 años estrenados en esta semana rara y frenética, rumbo a la decimotercera edición de Vive Latino en un principio planeado tan distinto. La buena noticia es que el azar todavía sorprende. Por momentos incluso resplandece.
En lo musical el plan se mantiene. A tiempo con la chica más guapa del festival para ignorar el infierno de Hello Seahorse, hidratarse a gusto con una chela y buscar un buen lugar para ver a Gogol Bordello, el colectivo gitano-inmigrante afincado en Nueva York, que la revienta en el escenario principal con su caldero de ritmos balcánico-latino-punketos. La chaviza levanta las lonas que deberían servir de suelo para mandar cuerpos –de chicas, particularmente- volando por los aires que luego caen en descompuestas formas. La chica más guapa del festival está fascinada fotografiando a los “voladores del Vive”, el eRRe le advierte que se acerca mucho al peligro, una vez los controladores de la alfombra voladora eligen a la aeronauta en turno son inflexibles. Y pasa. Pronto claman por “¡la güera, la güera, la güera!”, sobre aviso no hay engaño y ahí tienen a la güera, que al concluir su visita a la estratósfera reclama al pésimo fotógrafo del eRRe no haberle sacado una foto con nubes de fondo, mientras a él le preocupaba cómo explicaría a su familia en Bélgica que la niña terminó desnucada en un inocente festival de rockcito en México. En fin, que “la güera” –a la que aquí preferimos llamar Sunshine Girl-, es una mujer excepcional, pero no deja de ser mujer.

Dale de comer al conejito: El nutritivo Personal
Después de chorromil años El Personal en el D.F., el escenario Indio Blanco. No sólo, en otra de esas afortunadas coincidencias, tengo el privilegio de contar entre mis amigos a Alfredo Sánchez, caballero tapatío tecladista del grupo, también resulta que El Personal fue una de las primeras bandas mexicanas que a primera oída atraparon al eRRe desde muy chavito.
¡Arránquese mariachi, que todavía “no me hallo” y “en Guadalajara fue donde yo me enamoré”! El sonido al principio no es el mejor, sobre todo en las voces, pero la emoción compensa. Poco a poco va juntándose la gente para ver a este grupo como nunca habrá en el rock nacional. Y agarramos lugar más o menos adelantito, y ahí está el Alfred y su cuate el eRRe le grita y salta cuando canta, con la inútil esperanza de que ser localizado en este mar de rostros que cantan al pie de la letra cada estrofa de ese primer disco del Personal, ese que bajita la mano cambió la historia del rock aquí, aunque ante la mención de su estatus de culto Alfredo invariablemente revire "se supone que éramos muy chingones y cuando tocábamos en los 80 nos iban a ver cinco pelagatos".
Invitan al Sabo Romo a tocar la guitarra de palo y el Rubén-Pinche-Juan de Café Tacuba la prende con “Dale de comer al conejito”, no se me ocurre mejor declaración de amor: "Yo no quiero ser tu padre, yo no quiero ser tu madre, yo no quiero ser pariente, ¡ay!, ni siquiera un buen amigo. Yo lo que quiero contigo es asunto muy aparte, es a picarte el ombligo, a lo que aspiro yo tanto, y por eso yo te canto, para ver si lo consigo...” Oscurece y bailamos y el espíritu de Julio Haro desde su nube debe disfrutarlo un chingo, que por este paréntesis de tiempo nos lavemos de la herrumbre, y brillemos, y seamos aves con alas abiertas al cielo gorgojeando sus canciones de picardía y sabiduría y corazón. Increíble que a nadie le haya interesado organizar una tocada con El Personal solos en algún lugar de la ciudad.

Jaime López y su Chilanga Rockandsnob Band
Al López lo había checado meses atrás en un concierto que organizó en el Teatro de la Ciudad con esta misma Chilanga Banda, un grupo en realidad armado por los de Café Tacuba y algunos de sus amigos con la intención de acompañar a Santiago Auserón, antiguo cantante de Radio Futura, en un concierto de la primera edición del Festival internacional de Música de Guadalajara el año pasado. Por razones hasta la fecha misteriosas, hubo cambio de improviso, le cancelaron el viaje de Auserón y milagrosamente lo que sería la “Escuela de Calor”, cambió a ser la Chilanga Banda de López al quite.
Como sea, el López no tiene la culpa. El grupo suena bien acopladito sin mucho esfuerzo y le hacen mediana justicia a unas cuantas de las mejores rolas de un catálogo riquísimo en calidad lírica e invenciones de rock con moldes de música tradicional mexicana. Desde cierto ángulo Café Tacuba le debe una carrera a la rola que le da el nombre a esta nueva banda y Rubén Albarrán-Pinche-Juan sale cumplido para cerrar con el público coreando aquello de “Pachucos cholos y chundos…”. A estas alturas la gente la identifica más con ellos que con el López y lo cagante de esta ocasión es lo mismo que aquella noche en el Teatro de la Ciudad, muy cuidadito y esquemático y hecho más a gusto de los fans de Café Tacuba que para quienes conocemos la espontánea expresión del oriundo de Puerto Bagdad, Tamaulipas.
Quizá por eso mismo, lo más entretenido es platicar con Sunshine Girl, conocedora por obligación laboral de la vida nocturna en el corredor “jipsteril” Condesa-Roma, sobre cuál de los músicos que tocaba frecuentaba qué bares y su comportamiento en los mismos. El eRRe empieza a sentirse absorbido por una noche en espirales turquesas similares a un fenómeno en el océano abisal o las profundidades del espacio todavía no descubierto.

Los Horrorosos
El eRRe nunca había ido a un festival de rock acompañado de una chica. Nunca ha hecho muchas cosas por primera vez junto a una chica… No, tampoco, tampoco… y eso menos, “pero a pesar de todo sigo siendo heterosexual”, como cantaron los Def Con Dos en el Vive del día anterior.
Es sólo que nunca había ido a un festival con una chica porque los festivales de por sí lo ponen nervioso y más la seguridad de las chicas. Ahora, si vas con una chica que de entrada se deja aventar por unos trogloditas en un juego potencialmente mortal ya llevas un poco de ganancia. Armonía de festival magnífica. Ante la disyuntiva de moverse al escenario principal para los maestros del ska Madness o quedarse a checar a la nueva sensación de reciclaje nuevaolero, los Horrors, acuerdan que todo festival marca un punto de renuncia. Si ellos están dándose frutas orgánicas y rayas larguísimas de coca en los camerinos, ¿por qué tu no vas a gozar el derecho de recostarte en el pasto y hablar-de-lo-que-sea y que te valga un poco madres lo que pasa en el entarimado? Más cuando los Horrors suenan en verdad horrorosos, el hijo que nunca debieron engendrar los Strokes e Interpol –dos bandas que siempre merecieron ser ahogadas al estilo espartano. “Ya sé por qué le gustan a la gente, por guapos”, sentencia ella con desdén. eRRe aplaude el dictamen. La única vez que aplaude en todo el concierto de los Horrores.

¿Molotov o cohetón?
Cumplidas las necesidades impuestas por un festival –fila para baños, resurtido de cerveza- de regreso al escenario principal. A Molotov el eRRe los ha visto un puñado de veces en su vida, una de ellas en la presentación de su primer disco, quizá acababa de salir de la universidad. Sunshine Girl tenía trece años entonces pero cuenta que ya usaban la de “Puto” para molestar a los compañeritos. ¿Dónde jugaran las niñas?, se llamaba ese disco. Y aquí están eRRe y Sunshine Girl, dos personas que la lógica elemental indicaría que no deberían de conocerse compartiendo una misma felicidad cuando tocan esa y alguna otra de aquella época tan distinta para cada uno. Una felicidad exclusiva de ellos, una hoguera personal, porque si somos sinceros Molotov pudo armar una selección de canciones avasallante, de esas que marcan historia en un Vive Latino. Se les nota cansados, no sé si no hayan ensayado en algún tiempo pero es lo que parece, se echan un covercito de “Perro negro y callejero” del Three Souls que les queda chido, pero luego cierran con un batidillo de canción que suena a mala copia de “Perro negro y callejero”.
Es la sala de espera para el cielo.

Fatboy Slim is fucking in Heaven…
Parálisis y baile y estallido. Ella ha esperado toda su vida por ver a Fatboy Slim. Él sólo está feliz de traer un sol de noche. Avanzan entre la multitud para ganar sitio más adelante. La toma del brazo, no de la mano. Esto por alguna razón es importante. Entre tanta gente realmente no basta con tomar de la mano al otro, tienes que tomarlo del brazo para que realmente se apoye. Por alguna razón siempre que tomas la mano de alguien existe mayor riesgo para el tropiezo. Aunque hay quienes dicen que los riesgos son para correrlos. Pero esta noche no queremos a nadie caído –y se los dice el de la cicatriz en el ojo-, queremos estar seguros y saltar de alegría y deslumbrarnos… and just fuck in heaven, bro!
“Fucking in heaven”, la tercera pista de su disco de 1998, You've come a long way, baby es una imagen que deshilacha la imaginación. I mean fucking in heaven… it has to be better than fucking, and you and me and I and we all know there are no many things better than fucking… Pero también sabemos que una de esas pocas cosas , una es la música, que según el escritor francés Pascal Quignard, es como el amor: un sentimiento que extravía por completo. Y el señor Cook con sus aparatos mezcla bien los ingredientes para perderte abriendo una compresa eufórica de melodía, ritmo y armonía que los diyéis de ahora llaman “viejo”, pero, con sus disculpas, irresistible.
Si la película del eRRe altera un poco la realidad, es por cuestiones de iluminación. No ayuda mucho a la objetividad haber estado bailando con la chica más radiante de la noche, la más feliz aquí, ahora, y por un momento, apenas por un parpadeo en la vigilia de la galaxia, I just get it… this is fucking in heaven, this is better than fucking, this is better than heaven, just this… to be alive… right here and now… and maybe that was my chance, which maybe I missed, but then maybe not… and you don’t think in terms of chances when you’re just being blinded by the light… Y cuando avienta "Praise you", cumple su justo deber: I have to praise you like I should… if you know what I mean, and if you don’t, well, I’m really not looking for your approval. “Mis papás me matarían, pero es mejor que ver a los Rolling Stones”. Hey, hey, hey! That’s what I mean! -y para aumentar el enigma, antes de concluir la noche "Satisfaction" serviría de cama para "Funk Soul Brother".
Entonces aterrizamos… pero no por completo. Antes de la retirada, un pedazo de cielo que ha sobrevivido. Un hombre y una mujer bailan el vals que han soltado apenas Fatboy Slim termina la masacre. La gente ha formado un círculo a su alrededor para contemplar el inesperado espectáculo, varios les sacan video o toman fotos. La gracia con que ella se movía disimulaba la torpeza de él, que pese a sus burdos desplazamientos, intentaba lucirse con galanura a la altura de la dama, imprimiéndole a la escena un aire de auténtica nobleza en medio de la muchedumbre, dos cortesanos que bailaban solos en un amplio salón de palacio, quienes los observamos en un hechizo no existíamos, ellos habían logrado la gran fuga definitiva, escaparse del tiempo y el lugar, bailaban lejos, en un planeta habitado solo por ellos. Al eRRe le esperaban malas noticias, buenas noticias. Lo salva pensar que en algún lugar esos dos seres de otro mundo siguen ahí, bailando su vals… o the funk soul, brother!

viernes, 2 de marzo de 2012

Mamarracho de un viernes enclaustrado

Extraño como no debería tenerlo permitido. Sin lujuria ni esperanza, sin dejar pedruscos de pan como Hansel y Gretel, sin lluvia en las ventanas, entumido en la punta del segundero. Extraño cuando arrasa el día, recargado en el buró, al sacarme la máscara y la carne, extraño la música de unos ojos al amanecer, extraño mi niñez, el brillo de un juguete y la nerviosa intimidad, no la batalla, es el suspiro antes que el mariscal grite “al ataque” lo que extraño. El suspiro tejedor del primer hilo en la madeja de sangre, las armaduras lustrosas, no las conversaciones de tedio sobre café. Es la tempestad lo que extraño, el hechizo paralizante de la ribera del río, el descalabro de ciudad en yerbas malas, figuras inmóviles, el miedo. Extraño un sofá en el que tal vez nunca duerma, me acostumbré a camas amplias y desoladas, nativo de la tundra. Veo personas y pláticas y lugares, y todos parecen recortes en el álbum de palidez de una estrella retirada. El asilo de la galaxia. Extraño un cigarro, pero a un cigarro es imposible extrañarlo, así que extraño la boquilla, las pinzas en que volaba el cigarro. Extraña mi garganta raspada. Extraña la lengua animal que nunca hablé. Extraño la cacería, una comarca, los planos y los compases, un tatuaje, los modales afectados de palacio, los resplandores mortecinos cebados por esos maestros flamencos que no conocían más biografía que demencia. Extraño la primera vez que oí “Stairway to Heaven”. Todos estos papeles de colores en la calle al rato me devorarán en las sombras de mi cuarto. Extraño mi trabajo de piloto, delicado e implacable contra valles de la muerte.

Rock and roll will someday die...

Para Enrique Sierra y el resto...

...y para JVS por la conclusión.


Poco a poco nos vamos quedando solos. Es lo que nos pone tristes, lo que nos da miedo. Ver partir a nuestros mayores. La ley de la vida, te advierten. A mí no me ha tocado pasar por la muerte de mis padres, pero presiento que ni así lo entiendes. Hasta que quienes de verdad te educaron empiezan a irse, con los que creciste, esas personas más inventadas que reales injertadas en tu sistema nervioso-espiritual. La muerte de tus ídolos te recuerda que tú también estás en la lista. Un bajón por donde lo veas (a menos que seas darky o death metalero, pero entonces no sé quién te invitó).


El año pasado Clarence Clemons, saxofonista de Bruce Springsteen; la semana pasada Spinetta; hoy Enrique Sierra, ex guitarrista de Radio Futura. Ninguno era el centro de los reflectores, a excepción de Spinetta, por supuesto, emblema del rock argentino, nunca fue muy escuchado en nuestro país. Una amiga se burló de mí por poner una foto de él en mi perfil, “si ni siquiera oyes sus rolas", espetó. Aparte de aclararle que eso era impreciso –en efecto no entiendo a Spinetta pero hay por lo menos diez de sus rolas que considero geniales-, le explicaba que era un acto de solidaridad, puede que Spinetta no me guste mucho pero escribió “Rezo por vos” –un himno que ahora ha cobrado auténtica dimensión religiosa- con Charly García, uno de mis máximos héroes, y que había pesado en un montón de otros artistas que disfrutaba. Cierto, una tontería, parte de la relación que te inventas con estas personas cuyas vidas desconoces pero que han hecho canciones que parecen saberlo todo de la tuya, te duelen ellos, sus amigos, lo que los rodea, aunque ni Clemons ni Sierra eran unos segundones, el primero integrante fundamental de la banda de Springsteen –único con el que compartió una portada- y la guitarra del otro un elemento indispensable para redondear el sonido de la gran banda española Radio Futura.


¿Qué nos espera al resto si tipos como ellos serán sólo un pie de página cuando se hable de los grandes, a los que llamas maestros? ¿Ah, sí, y qué les aprendiste? Tienes 36 años y el otro día te caíste de borracho como uno de dieciséis, y de las relaciones disfuncionales que emprendes con las viejas, ni hablamos. Deberías saberlo mejor ahora que ya estás grande, ¿no cantaban eso los Faces? Pero, ¡mira!, quizá dimos en el clavo, el germen de tu mal, creer a ciegas en lo que dice una canción de rocanrol, cuando una canción es lo más mentiroso del mundo, una tarjetita que cree resolverlo todo en tres minutos, eso por cierto es de una rola de Los Rodríguez. ¿Ves? Tu caso es grave, probablemente incurable. Tienes la cabeza llena de canciones porque crees que te sanan, que te dan respuestas, que te enseñan algo. Pero tú no aprendes nada, claro, ahora te atreves a decir y hacer cosas que antes no habrías soñado –la timidez es linda, pero la timidez impide muchas cosas que te gustaría hacer, cantan los Smiths-, sé honesto, ni siquiera lo haces porque tengas el valor, lo haces porque te desespera el tic-tac del reloj, la fiesta se está terminando –eso lo sacas de Loquillo.


Una noche un amigo que de hecho trabaja de estrella de rock -"soy músico", me corregiría serio y con razón, un caballero sencillo y noble, raras cualidades en cualquier atmósfera roquera- lanzó el ominoso comentario “…pues a ver cuánto más nos dura el rocanrol…”. Le contesté que si se refería a su banda, bastante, porque les está yendo bien. La muerte de tus ídolos te restriega en la cara lo que no quise afrontar en esa pregunta. Que al final pierdes por cansancio, si hasta ellos se van… y tan seguido… empiezas a creer en tu propia muerte y te pasearás por bares y clubes arriba o abajo del escenario como una estrella de rock, pero un día van a desconectarte el amplificador… y te molestas con Neil por cacharlo en la flagrante mentira… hey, hey, my, my, tu rocanrol will someday die.


Mamarracho viendo el dvd de un concierto de Smashing Pumpkins


Soy un muchacho de rocanrol, de cables pelados
y estrobos fundidos de los noventa, las grietas
de aeronáutica, creciendo en silencio, peligrosas
y no alcanza para pagarle a los mecánicos.
Soy estéreo caminado, nunca he sonado mejor
que con esta víscera enhollinada de tristeza,
disfraz de resonancia en un diapasón de catatonia.

Soy un muchacho de rocanrol, que no debería usar
estas palabras, estas piedras, que debería sacar
la navaja. Soy un muchacho con una callle de demonios
viciosos en la espalda. Soy un muchacho incongruente.
Sin rima. Que da golpes en la mesa. Soy un muchacho
solitario. Soy de quien Bruce Springsteen canta
que Roy Orbison canta. Soy la última carcajada
de la vela. Una fila en Rockotitlán. Soy el muchacho
que debería estar con las muchachas hasta las seis
de la mañana pero a las dos se despide, saludos
a la familia, me esperan los brazos del valium.

Soy lo contrario de lo que les haga creer con lo que digo.
Soy un muchacho de rocanrol y nunca me atraparán.
Soy el paseo del dandy por un callejón. Soy punk erudito.
Soy lo peor que hay y tu enamorado más prendido.
Soy el restaurador del panteón para enterrar a sus ídolos.
Soy la botella vacía contra el gimnasio de la preparatoria.
Soy sueño siamés. Compresión. Mareas de flanger.
Martin Hannet gritando en la azotea. Péndulo.
Soy un muchacho de rocanrol, siempre me están matando,
Mi gracia es resucitar. Soy, mientras ¿tú te apagas?

martes, 28 de febrero de 2012

Aquí

El siguiente ¿relato, ejercicio narrativo, mamarracho? –nunca cuento- está basado en -robado de- la canción “Round Here” del grupo Counting Crows. Fue escrito en 1997 como parte de una pequeña colección de similares objetos impublicables que llevaba el título Festín de amigos (un blues). La siguiente es una versión remozada en este incipiente enero de 2012 para dejarla más presentable a los ojos del lector, digno de todo respeto. Una disculpa.


Round here we’re carving out our names

Round here we all look the same

Round here we talk just like lions

But we sacrifice like lambs

Round here she’s slipping through my hands…

-“Round Here”, Adam F. Duritz


I

Porque hay mar le llaman playa. En realidad se asemeja más a un desierto. Por eso no aparece en las guías turísticas, a nadie le interesa visitar un pueblo fantasma que al menos en parte no ofrezca la tranquilidad de un montaje hollywoodense. Los habitantes de aquí venimos por el olvido, preferimos enterrarnos en la arena a tomar el sol, si nadamos es sólo para que el agua lave nuestros secretos… fingir que cada uno puede esconder el suyo e ignora el de los demás es la única economía que conocemos, así que no nos quita el sueño contribuir al producto interno bruto del país. Nunca dormimos.

Por lo general evitamos vernos a la cara. Una especie de regla no escrita. Siempre acabas atorado en el brillo de unos ojos, en un recuerdo, aquí venimos a ser libres. Pasamos los días deambulando por la costa, inmersos en un silencio que, a diferencia de la neblina, nunca se disipa. Si alguien llega a saludarte, ni siquiera te detienes, emites un gruñido o medio levantas la mano de marioneta manejada por un titiritero artrítico.

Sentado en los escalones a la entrada de mi cabaña, contemplo el cielo agrietarse de crepúsculo. A esta hora me da la impresión de volverme translúcido. No veo mi mano frente a la nariz, atravesada por agujas de sol. No me asusta. Desaparecer. Al contrario. Es un alivio amanecer y darte cuenta que tienes un recuerdo menos que ayer. Vas sintiendo tus pasos ligeros. Pronto empezaré a levitar, los ángeles desde lo alto vislumbrarán un panorama mejor del derrumbe de los muros entre el bien y el mal aquí.

Hoy, además del silencio, bajó la neblina. Una blancura imprecisa diluye los límites entre las casas, la angustia de las palmeras, las sombras de los cuerpos. Contornos vaporosos. Ojalá todos los días fueran como hoy.


II

La tarde que conocí a María arrastraba una maleta escuálida y volteaba a todas partes como un animalillo perseguido. La cara que pone cualquier recién llegado. Vacilante se acercó a preguntarme si sabía de algún lugar dónde conseguir alojamiento. Me sobresaltó y tardé en hilar una respuesta, pasaron semanas desde la última vez que me había tomado la molestia de sostener una plática. Lo primero que me llamó la atención fue su piel, más blanca y triste que la nieve. Y, luego, el problema de los ojos. Me habría derrumbado de no saber que estoy proscrito, he dedicado muchas fatigas al coraje del océano para ahogarme en un estanque esmeralda, el suyo, además, era de niña.

Caminamos descalzos siguiendo la ebullición de espuma en la bahía, una pareja de arlequines haciendo equilibrios en la cuerda floja de un circo.

-Me gustaría encontrar a un chico parecido a Elvis- dijo de la nada.

-No es tan fácil aprenderse la letra de “Love Me Tender”- observé.

Regresamos a la cabaña. Ella empezó a mostrarme la naturaleza de su cuerpo: las tetas colgándole breves donde sus pezones brotaban en dos ciruelas irreales, la piel pegada a las costillas y un mapa de quemaduras de cigarro. Al acoplarnos dijo: “estoy cerca de entender a Cristo”. Desde aquel primer encuentro, cada vez que lo hacemos le pregunto: “¿Cómo vas?”. Ella contesta: “Cerca, más cerca”.

Esta ocasión en lugar de eso me besó en el cuello y masculló: “Te amo, eres hermoso y te amo”. Estaba nerviosa, le da por decir disparates si no ha tomado cerveza antes de la una.


III

Recostado en el cofre junto a la chica del Chevrolet ’74. Un día aparecieron el auto y ella en este solar, nadie hizo preguntas, asumimos que ahora pertenecían a nuestra simpática comunidad. De vez en cuando la visito, no es que le tenga cariño, ni lástima me provoca, simplemente me relaja perderme en el cielo tendido encima de un auto que se cae a pedazos al lado de una chica que se cae a pedazos, y columnas de polvo irguiéndose, y cuervos picoteando basura y ratas muertas. Ningún parque de diversiones cuenta con el presupuesto para instalar la Casa de los Espantos perfecta.

“Un día deberías probar una de estas”, me dice con la hipodérmica enlodada de heroína y sangre todavía colgándole del jirón de brazo, alargando su sonrisa de muñeca deshauciada.

Jala aire y va a sentarse al asiento del conductor. Me repugnan esas sacudidas que la recorren por oleadas. Nuevas lágrimas limpian el rastro de las anteriores. Dirige la vista al edificio sin terminar al otro lado de la cerca de adobe gris, vestigio de la locura de alguna vez creer que esto podía transformarse en un emporio hotelero. Estira una mano como queriendo alcanzarlo y sofocada escupe: “He estado pensando en saltar de ahí. ¿Qué pensarás mientras vas cayendo? ¿Morirás mientras flotas en el aire o hasta que tu cabeza revienta contra el suelo? ¡Dios, imagina ese sonido!”

Detesto oírla hablar, es mejor cuando se queda ahí tumbada, jadeando con ronquera.

“No flotas.”

“¿Cómo?”

“No flotas en el aire, te precipitas al vacío. No te da tiempo de pensar más que te carga la chingada.”

Lanza una última frase displicente: “Estoy cansada de la vida.”

Vaya con la perra. Todos estamos cansados de algo.


IV

Coge la mano de quien quieras. No habrá diferencia en las bocas que elijas para besar. Poco a poco andamos con pasos idénticos. Respondemos con gestos invariables. Topo con mi rostro garabateado en diferentes siluetas.

Respira hondo, el día medra y los niños corren a guarecerse en las faldas de mamá, huyendo de este sueño que ciega y ensordece como la tormenta. Desconocidos comienzan a reunirse frente al océano para conmemorar la batalla que pelearon bien, la que perdieron. Encenderán fogatas, escribirán sus nombres en la arena con mano quirúrgica para borrarlo con pies de bailarín, desgatillada la lengua por el aguardiente, correrán la noche empeñados en sonar como leones, por la mañana serán corderos en el altar de la iglesia abandonada frente al muelle, donde organizamos las fiestas.

Nuestras fiestas son muy calladas. Pero siempre hay música.

Alguien desgasta mi cabeza, erosiona la emoción, dicta las palabras. Voy a quedarme parado aquí hasta que venga a buscarme o suelte el microfonito-cincel. No importa cuánto tarde, por aquí hay montones de tiempo que perder y ninguna cita que cumplir. Por aquí escasea el pecado desde que nos hartamos de salvación. Apagamos la voz que nos mandaba temprano a la cama con un padrenuestro colgado de los labios. Ahora que podemos, vamos a quedarnos despiertos hasta muy tarde. Tengo carne viva en los nudillos y párpados de plomo y voy a quedarme despierto hasta muy, muy tarde.


lunes, 27 de febrero de 2012

No soy una estrella de rock

No soy una estrella de rock pero he visto al monstruo mecánico desvencijarse con la primera luz del día, recargado en un balcón de marfil en la bóveda celeste, copa de champán en mano lívida. No he destrozado habitaciones pero he masacrado colchones de pena, lujuria y traición, emitiendo una sustancia tan espesa, tan contaminante, que causaría daño psicológico irreversible a un niño de Greenpeace. No soy una estrella de rock pero he vivido la soledad del éxito, y me encanta dar entrevistas, ¿a quién no le gusta que lo amen sólo por existir? No soy una estrella de rock pero he pasado horas pegándome la cabeza contra la pared del estudio –sin aislamiento anti-pesadillas- con tal de sacar un sonido que le dé voz a Dios, no el Dios crucificado, no el Dios que ordena el mundo, no el Dios de los que bailan al dealer, sino el Dios de las hierbas que pisoteamos, el único Dios, el de las maldiciones, el Dios saqueado por las abejas. No soy una estrella de rock pero inmolado en altares han comido de mi carne. No soy una estrella de rock pero me ha bastado para sacudir el mundo de dos tres jovencitas y arrojarle su corazón a los perros. No soy una estrella de rock pero tampoco me alcanzó con tratar de portarme bien para salvar el Amazonas. No soy una estrella de rock, pero me he vendido, he defraudado a quienes desde el principio creían en mí, me he defraudado a mí mismo. No soy una estrella de rock aunque tampoco me gusta escuchar los consejos de mi mánager, tampoco quiero repetir la fórmula de la única rola que me ha pegado, aun si se acaba el dinero en el banco. No soy una estrella de rock pero también me ha temblado la mano al empuñar una pistola. No soy una estrella de rock pero igual no tengo una sola respuesta y aparento que las sé todas, el mundo no se desboca, eres tú el que tiene un problema con la gravedad, les invito a todos una ronda en el bar, estrello mi copa en el suelo y me salgo, arrogante, como sólo hace un vaquero en película del oeste, como sólo hace una estrella de rock. Pero no soy una estrella de rock, todos piensan simplemente “pobre imbécil” y nunca te llevas a la modelo... ni siquiera a la recamarera.

domingo, 26 de febrero de 2012

Vísceras de eRRe

No tenemos sobre las mujeres más ascendiente que el abrazo, en el instante del abrazo. Ahora bien, ¿es posesión o sueño? Las mujeres se abren, pero nosotros no permanecemos en aquello a lo que se abren. Nacer nos expulsa de su sexo. Gozar nos expulsa una vez más. ¿Podemos decir que está abierto para siempre el sexo que siempre expulsa?
Pascal Quignard en Vida secreta

Took my diamond to the pawnshop - but that don't make it junk
-L. Cohen

¿Por qué no salí despavorido? Debí advertir la premonición La primera mujer de la que me enamoré se llamaba Olvido. Quiero decir, ¿qué clase de padres le ponen ese nombre a una hija? “Feliz cumpleaños, Olvido”. “¿Hiciste la tarea o se te olvidó, Olvido”. “Te amo, Olvido”. “Quédate conmigo, Olvido”. Un día en una representación del jardín de niños, mientras interpretaba mi digno papel de Rey de Chocolate, vi a mi Princesa Caramelo entre el público dándole a mi mejor amigo lo que debió ser su primer beso en la boca (el mío tardaría todavía unos diez años).

Comenzó una serie que me gustaría llamar de episodios fatídicos, pero más bien ridículos, con las chicas que me atraen. No se asusten, no me propongo abochornarlos con una lista de los patéticos detalles que han plagado mi relación con "el sexo que siempre expulsa", por usar la expresión de Quignard. Baste con citar la odisea de Homero [Simpson], conozco todos los pretextos: te prefiero como amigo, mi mamá no me deja, no quiero matarte pero si me obligas… He superado la etapa de autoconmiseración, de sentirme infravalorado, de pensar en “algo” que ellas no alcanzan a ver. Estoy convencido que el error está en mí y si acaso ese “algo” existe, ellas marcan su distancia porque son las primeras en advertirlo, dejándome a mí sin idea, y, ¿les confieso la verdad?, ya dejé de preguntarme qué puede ser.

Ni para un vulgar silogismo alcanza. La mayoría de las mujeres con las que me he relacionado sentimental y/o sexualmente opinan que soy un buen muchacho, atento, simpático, pero nada para volverse loco (mientras yo, por su puesto he enloquecido por ellas, en sentido sexual o sentimental, que no necesariamente van de la mano, aunque da igual su obsesión se parece tanto que produce justo eso, locura, disolución de las diferencias).

No me quejo, me han pasado cosas increíbles, cosas que crees que sólo les pasan a las estrellas de rock. He tenido noches salvajes sin tregua y crepúsculos de abrazo tierno. Por lo menos dos mujeres han perdido la cabeza por mí, las desollé y les di una patada. No lo digo con orgullo, sentí que les hacía lo mismo de lo que tantas veces me había quejado –incluso con mayor vileza. Me han llamado un gran amante y un pervertido decepcionante. Encontré el amor, pero con eso pasó lo que Bruce Springsteen canta en For You: “vine por ti, pero no necesitabas mi urgencia”. He ofrecido amor incondicional. He ofrecido sexo sin complicaciones. Sólo que nada parece encajar. Todo es muy confuso.

Así que en esta confusión hace poco cometí un error. O, más precisamente, un acto de maldad. Obedeciendo la apurada lógica de si no puedes con el enemigo únetele, si te hagas adonde te hagas acabas como bolita de papel, actué conciente del mal, abrazándolo. Y en este trato con el diablo siento que a cada paso las cosas empeoran y me hundo más en el fango sin por lo menos recibir las recompensas terrenales prometidas en las tinieblas. Miren esta suerte que puede volver a un hombre malo. "Please, please, please, let me get what I want", los Smiths. Yo no buscaba ser malo, sólo una explicación a por qué todo sale tan mal... y sí, coger.

El otro día me rompí media cara contra una banqueta cayéndome de borracho. Me preguntaron si había sido por una mujer. Sí y no. Fue por todas las mujeres o fue por mí o para darme una lección que necesitaba… no saber dar una respuesta precisa me llena de vergüenza, quizá sea la justificación para escribir esto, un intento por dilucidarlo, esperando quién sabe qué respuesta al absurdo de a estos cansados 36 años ignorar el tipo de hombre que soy. Ahora mismo me encuentro correteando a cinco mujeres distintas, como perrito sin dueño, como siempre torpemente, como siempre con poco o nulo éxito, persiguiendo mendrugos de amor o sexo, o ya ni siquiera un beso, sino una sonrisa. Y no, no necesito una novia, no soy un adolescente, es como si me diera por ponerme a estudiar la discografía de Menudo. Tengo claro que parte de la urticaria la provoca esto del paso del tiempo y que no ceda este desasosiego.
Confieso mi pavor a terminar como el viejo raboverde de La muerte de Bunny Munro, una novela de Nick Cave, impotente y gritando blasfemias, de rodillas en medio de la calle bajo una lluvia torrencial.

¿Qué quiero, qué espero, que necesito de una mujer? Creo que Radio Futura me dio una pista oyendo su magistral adaptación al poema “Annabel Lee” de Edgar Allan Poe, en el cual habla de una flor “que crecía sin pensar en nada más que en amar y ser amada, ser amada por mí”. Alguien que no le estorbe
tu cariño
, alguien que no te estorbe por quererte, y cada uno tranquilo a lo suyo, no una vida de cadenas, una vida que ayude a concentrarse por cerrar la herida del desgarramiento original. Pero, claro, el amor de Annabel Lee y el galán que la enaltece, más grande que el amor de los mayores –que saben más, como dicen, de las cosas de la vida- provoca envidia entre los ángeles del cielo que mandan un oscuro viento para helar el corazón de la hermosa doncella. Entonces… supongo que es una de esas batallas que se ganan dándolas por perdidas, olvidándose de ellas. Y aun así, ya ven, a veces me acuerdo de Olvido.