no me gusta decir siempre la verdad”
-Andrés Calamaro
“crazy guy with a matted beard
standing on the corner
shouting out “end times are near”
and nobody noticing,
but I can hear him loud and clear….”
-Mark Oliver Everett, “E”
“Lo ideal sería ganar un montón de dinero y que tú no le importaras a nadie. La fama trae mucho equipaje que cargar. No quisiera ser Bruce Springsteen. No necesito tanto dinero y no quiero a 20 guardaespaldas detrás de mí.”
-Alex Chilton
Durante unos días de 2005, después del golpe que el huracán Katrina asestó a Nueva Orleans, nadie supo dónde quedó. Al rato ahí fue apareciendo, tan quitado de la pena en medio de la inundación, como si entrara y saliera a su gusto por una puerta dimensional, Alex Chilton, el cantante y guitarrista que recién empezada la década de los 70, animado por su amigo de la infancia, Chris Bell, integró el cuarteto Big Star, de músculo rocanrolero, nervio moreno de soul y corazón para las armonías vocales prístinas a la Byrds, un estofado con cuyos ingredientes las generaciones venideras jugarían hasta acuñarle el mote de “power-pop”. Pero las noticias en la mañana del 18 de marzo de 2010 dejaban poca esperanza en el truco de la puertita; parecía una alucinación inducida por algún duende perverso en la resaca de San Patricio: que el día anterior estaba a punto de subirse a un avión para tocar el sábado con los Big Star de los últimos años en el festival South by Southwest de Austin cuando se sintió mal, venga la ambulancia, derechito al hospital, y… nada, que antes que se terminara la cerveza verde en los pubs irlandeses Alex Chilton, de 59 años, era declarado muerto.
Se llamaban Big Star pero en una de esas risotadas del azar que ponen a retemblar los recónditos centros de la recabrona tierra, nunca estuvieron destinados para el “Máximo Estrellato”. ¿Cuál es el colmo de Big Star? Que su primer disco se llame #1 Record y en las listas de popularidad no haya nadado mejor que un yunque en una piscina. Alex Chilton venía acreditado por un éxito -“The Letter”- a finales de los 60, con sólo 16 años en la agrupación los Box Tops, esto valió para que Big Star fueran fichados por el sello Stax, casa legendaria en el terreno del soul, pero con poca experiencia para penetrar el mercado blanco del rock, aunado a que sus cuentas estaban en números rojos, las condiciones eran adecuadas para la debacle. Además les tocó enfrentar los cerrados criterios de la radio de los 70 y sus estaciones por géneros estrictamente divididos que no sabía dónde programar la campechana de Big Star. Tan estrepitoso fue el fracaso que la banda terminó por separarse, aunque brevemente. En 1974, cuando se reunieron para grabar el segundo, Radio City, Chris Bell ya no quiso entrarle al puerquito, decidiendo enfocarse a una carrera solista que realmente nunca comenzó. Era 27 de diciembre de 1978 y 27 años también contaba Chris el día que se le ocurrió ir a darle una vuelta a su papá en el restorán que tenía al este de Memphis. De regreso iba durmiéndose al volante y en una curva fue a estampar su vida. El disco solista que por entonces preparaba con ayuda del propio Chilton y sus otros ex compañeros quedaría guardado 14 años. Su funeral se llevaría a cabo al día siguiente, 28 de diciembre, día de Santos Inocentes… y cumpleaños de su compadrito Alex.
Ay, wey, pérame tantito, que visto así da vértigo y la piel se pone chinita. Pero de eso se trata la muerte, ¿no? De repente las trivialidades de la existencia como que cambian a una iluminación onda Goya, y adquieren tono solemne y de premonición quesque muy misteriosa, en el fondo pura mamonería, bendita mamonería a la que nos aferramos pa mantenernos a flote, porque si nos atreviéramos a verle la cara de a devis a Doña Pálida, una de dos: o salimos corriendo a la cueva más cercana para no abandonarla jamás o nos quedamos embelesados frente al níveo semblante peor de babosos que putigalán de taranovela.
Radio City, ni siquiera vio la luz. La disquera Columbia, que había tomado el control de Stax, decidió que en vista del mal fardo del Nómber güan récord ni siquiera valía la pena tomarse la molestia de lanzar este. Imagínense la decepción. Ahora sí que la banda valió madres. Sin embargo todavía en 1978 aparecería Third/Sister Lovers, anomalía monumental en los anales de la industria discográfica. ¡Vamos, ni siquiera tiene un título definido! Lo de Third, lógico, se trata del tercer disco bajo el sino de la Gran Estrella, aunque Chilton diría que “nunca debió salir con el nombre de Big Star”, porque cuando fue grabado, ya no había banda, no más Chilton solito, que abrazado de las drogas y el alcohol abandonó el proyecto inconcluso tentativamente titulado Sister Lovers en 1974. El origen accidentado repercute en un conjunto de armado precario, llevado al límite de la congruencia posible entre sus partes, que se oye disfuncional, destartalado, recorrido por una tensión sexual sofocante, de esa que pega tan duro que ya no proporciona placer, sino que sientes como millones de hormigas rojas mordisqueándote por debajo de la piel. A Big Star nunca les dio pena mostrar sus inseguridades, al contrario, las lucían cual galardones en la solapa, a través de su historia es la constante que termina por volverlos un grupo entrañable. Están en la liga de los Who en su habilidad para transformar en epopeyas devocionales letanías adolescentes que grupos antes y después han masticado vaciándolas de sabor. “I feel like I’m dying I’m never gonna live again”, canta Chris Bell en “Feel”, la canción que abre el primer disco, la voz venciéndose por el peso de la emoción, coritos ululantes como viento de ánimas en pena, guitarras broncas a contraluz de la sección de metales, tan exagerado es el drama que te convence, no de que el wey se muera por la chava, sino que se muere de verdad, que en dado caso lo único exagerado es la desmoronada materia que nos compone, la exagerada humanidad.
Alex Chilton pasó el resto de los 70 escabullándose y reapareciendo por la misma puerta que usó con Katrina, produjo el debut de los Cramps y de vez en cuando hacía discos y giras por su cuenta que insistían en mantenerlo de espaldas al éxito. Comenzando los años 80 abandonó el atasque, su Memphis natal y el negocio de la música para reubicarse en Nueva Orleans, donde ejerció de lavaplatos y jardinero, época que valoraría en términos de “una buena terapia. Y era divertido tener un ingreso fijo, eso te lo aseguro”.
Mientras tanto, el grupito de inadaptados que nunca falta estaba haciéndose mayor, escuchando los discos de Big Star, contagiándose de ideas para crear canciones. Si con frecuencia se destaca de Velvet Underground que vendió pocos discos en su tiempo, pero a cada persona que compró uno la inspiró a formar una banda, Alex Chilton podía presumir del mismo orgullo (dudoso cuando traes a los acreedores encima), aunque nadie sabía a ciencia cierta qué era de él; en efecto, “un hombre invisible de voz muy visible,” como lo describía Paul Westerberg en la canción “Alex Chilton” de los Replacements, una banda que comparte con Big Star el consistente tropiezo de camino al éxito, ellos localizarían a Chilton para que tocara en otro corte de Pleased to Meet Me, el disco de 1987 que incluía esta dedicatoria.
“Los niños por millones cantan por Alex Chilton cuando viene de visita”, exultaba Westerberg en el coro, “estoy enamorado. ¿Cuál es esa canción? Estoy enamorado de esa canción”. En la hora de su último acto de fuga cuesta imaginar que alguien le rinda un tributo que retrate tan bien la confusión muy real, nada de estéril cumplido, en que la música de Big Star sumerge a los espíritus afines, que llegan a un punto en que ya no distinguen su vida del espejismo proyectado por las bocinas, que son capaces de enamorarse nada más para que adquiera sentido una canción de Big Star
R.E.M., This Mortal Coil, Teenage Fanclub, Counting Crows, Wilco, Primal Scream, Dinosaur Jr., Jeff Buckley, Elliott Smith, los niños de los que hablaba Westerberg descollaban entrada la década de los 90 reconociendo en Big Star a un antepasado ilustre. “In The Street” fue empleada como tema principal de la serie de televisión That 70’s Show, que también recurrió a “September Gurls”. Había sido una jornada tortuosa que por fin pagaba.
¿Cuántos sueñan en convertirse en estrellas de rock? Alex había soñado lo suficiente y no se durmió en los laureles del inesperado respeto que recibía, él se conformaba con ser un simple obrero del rocanrol, lo que hizo fue ponerse a trabajar. Llamó al baterista original, Jody Stephens, y con el apoyo de Jon Auer y Ken Stringfellow, miembros de los Posies, otro de los grupos jóvenes que le tributaban admiración, arrancó la segunda era de Big Star, que noche tras noche tocó la misma selección de canciones los últimos 15 años, un periodo en el que Chilton concedió sólo tres entrevistas -dos para publicaciones especializadas en tocar la guitarra y otra para una revista de jardinería-, negándose en cada ocasión a profundizar en el asunto de Big Star, que le merecía la consideración de “un empleo magnífico, trabajo 6 meses al año y los otros 6 los tengo libres”. Esta versión renovada del grupo grabó Columbia, un disco en vivo, en 1993, y hasta 2004 pasó por el estudio para entregar In Space, un plato que no modificó en gran medida el canon de los tres primeros discos.
Y creías que el mundo giraba tranquilo, tú en lo tuyo y Alex Chilton tocando ocasionalmente con su Big Star. Un día saliste a tomar una cerveza sin pensar particularmente en Big Star, o Alex Chilton, o la música en general; nada más querías un dulce aturdimiento que anegara tu cerebro en medio del naufragio de unos ojos eléctricos partiendo tu penumbra de bar. Y al otro día te enteras que quizá justo en ese momento Alex Chilton se estaba muriendo. Fffta. Eso es lo encabronante de su partida, el despiadado recordatorio: que no importa cuánto cuidemos un orden, nunca tendremos la certeza de conservarlo. Que Penélope no siempre espera tejiendo chambritas. Que acechan incendios, bandoleros, pilotos galantes, caídas de las escaleras, infartos o cánceres hijos de puta para echarnos a perder la fiesta. Ni modo, Alex Chilton se subió a una estrella… y tú sencillamente estás crudo.
Necesitamos repetirlo: de vez en cuando la poesía sale sobrando. En ocasiones sólo falta afirmar lo evidente. Alguien que diga: “Mira los cervatillos que corretean por el bosque, ellos no se fijan en tu personalidad”. Con estas palabras, que de tan sencillas parecen obvias, nos recibe el reciente LP 2 (Everlasting Records, 2010) del quinteto español Los Punsetes; impulsadas por unos tambores de ceremonial aborigen y guitarras moviéndose con soltura por un paisaje tupido de distorsión, la sensación ominosa que transmiten impone un respeto por la naturaleza más poderoso que cien peroratas ecologistas. Los Punsetes pasan la hoz de sus canciones por la maleza de metáforas que impiden ver las cosas tal cual son, conquistando la contundencia requerida para revertir las necedad que trae la cursilería. Al final de “Los cervatillos” destruyen las normas de la etiqueta anímicamente correcta con la conclusión de “lo importante siempre está en el exterior”, y lo peor es que después de escuchar la canción a nadie le quedan argumentos para contradecirlos.
Un enfoque casi de científico (no en balde la portada entomológica de su primer disco) que abre una distancia desde la que parecerían inmunes a incurrir en arrebatos que falseen la información. A esta sensación contribuye la neutralidad emocional en la interpretación de su vocalista, Ariadna, que sumada a su inmovilidad en el escenario da un toque dramático fuera de lo común a sus conciertos. Pero no nos engañemos. No es que las canciones de Los Punsetes carezcan de emoción, es que la emoción hay que buscarla en otra parte. Dueños de dos de las guitarras más expresivas del rock en castellano hoy en día, Jorge y Anntona alternan en la construcción de una filigrana barroca en el detalle y en conjunto liberadora de dinámicas trepidantes, maleabilidad atmosférica y admirable instinto melódico. Con los cimientos de Chema en la batería y Gonzalo en el bajo, la gama de variaciones emotivas que la voz deja fuera ocurren aquí, con intensidad amplificada al ser puramente musicales y no venir de la mano de las palabras, ante la imposibilidad de asignarle significado, una bruma de inquietud arropa su sonido en un verdadero sello de trabajo grupal, es decir, donde no destaca una personalidad carismática por encima de otra, sino que es resultado de la tensión entre lo que se toca y lo que se canta, de la confusión que en realidad gobierna a estas canciones que al principio supusimos inconmoviblemente objetivas.
Escuchemos “De moda”: "no te preocupes, vas a ponerte de moda, haciendo exactamente eso que haces tú, no te preocupes es lo que se lleva ahora, exactamente eso que haces tú tan bien”, y no hallamos elementos para definirle un sentido: lo mismo puede tratarse de un halago –eres tan increíble que todo el mundo te quiere, vas a ponerte de moda- o de un insulto –estás chida para un ratito, vas a ponerte de moda. ¿Cuál de las dos interpretaciones es la correcta? ¿Ambas? ¿Ninguna? ¿Cada una dependiendo el estado de ánimo? Una táctica de suspenso en la vena del cine de Hitchcock que les permite atrapar la atención en torno a conductas que generalmente consideramos aberrantes transformándolas en materia prima de piezas pop irresistibles como “Tus amigos”, que básicamente consta de una lista de reclamos posesivos bordando en la psicopatía (“que le den por culo a tus amigos”), o la descarada confesión del huevonazo de “Dinero” (“conseguidme dinero, no quiero trabajar para tenerlo”).
Ahí, en el descaro, reside mucho del encanto de esta banda. La única opción de los personajes de las canciones de Los Punsetes es la primera que habitualmente nos empeñamos en rechazar: enfrentar la verdadera naturaleza de nuestras acciones, pensamientos, sentimientos. Para postergar ese momento nos entretenemos contándonos historias de la familia, el trabajo, la sociedad, el amor. Los personajes de las canciones de Los Punsetes no tienen historias. Al presentársenos despojados de sus motivos personales, condenados a la sinceridad despiadada o perecer en el enmudecimiento, para salvarse optan por el acto de exhibicionismo. Es lo que también los hace endemoniadamente divertidos como equilibristas emberrinchados en afirmar su existencia, niños berreando que ya son grandes, pero a cada momento en peligro de la disolución absoluta. De ahí la facilidad con que nos persuaden de convicciones que en la cotidianidad no nos damos el lujo de profesar. Probablemente “El artista” tenga razón y sea “mejor no intentarlo”. En "Estilo" aunque aparentan arrepentirse de lo dicho en "Los cervatillos" al declarar que “sin duda alguna la belleza está en el interior”, se apuran a matizar: “pero a algunos les asoma y a otros no", y rematan: "yo no es que gane desnudo, es que pierdo vestido”. Lo cierto en la vida real es que vale la pena intentarlo y vestirse para evitar peores complicaciones, pero eso no significa que la tentación desaparezca, o que en el fondo no estemos de acuerdo con ellos o no nos gustaría actuar igual. Porque, ojo, decir que los personajes de las canciones de Los Punsetes no tienen historias, es como decir que sus historias podrían ser las de cualquiera. Los personajes de las canciones de los Punsetes cantan de imperfecciones, mala suerte, catástrofes, defectos del carácter (o vicios que también se les llama, en el álbum la pista 4: “Por el vicio”), aspectos en los que no acostumbramos detenernos por el horror de quedar paralizados y que sin embargo son reales, una realidad con la que nos reconcilian exponiéndola como un juego, o por lo menos una caricatura: las personas reales no son así. La mayoría de las personas reales se desplaza por una cómoda medianía que da sentido a los extremos, solazándose en las espléndidas trivialidades que en buena medida dan sentido a la vida. Las personas reales nunca estamos tan desnudos como los personajes de las canciones de Los Punsetes, nunca somos tan sinceros.
A tres canciones del final Los Punsetes ensayan una explicación para el origen de la malevolencia (“mala leche” tal vez sería mejor término) que abunda en este LP2 (con todo y su oda al jefe de jefes de las tinieblas: “Creo que creo en Satanás”), en “Hospital Alchemilla” alguien se resigna: “todo es culpa mía, quería portarme bien”. No sé si creerle. Porque a Los Punsetes por encimita se les nota la escuela del pecado de los padres fundadores, Velvet Underground, y de otros alumnos avezados: Wire, los Modern Lovers, la Cura de Robert Smith, los Ramones, Richard Hell, Television, My Bloody Valentine, Ride, los Flaming Lips, y de los grupos de garage de los sesenta, y de Eduardo Punset, si se quiere. Pero a lo que más suenan Los Punsetes es a unas ganas tremendas de portarse mal.
Al principio nada.
Después uno
con frío de silencio
quiso compañía
y se acompañó con ella.
Un sonido.
Una palabra:
“Nada”
la palabra de uno
la piedra contra el estanque
el sonido de la nada
contra nada
quién fue el primero en tirarla
quién abrió esta grieta
perfecta
para el descalabro.
En la nada imperfecta.
Quién inventó la palabra
que quiero nombrar
y me evade
palabra anulada
en un mundo de nada.
La palabra piedra
sordera
para hablar de alguien
que hablaba
de la palabra “sangre”.
¿Y en la sangre
qué había?
Una flor oscura
Roja
Oscura.
Nada que decir.
Enmudecimiento.
Porque no hay palabras
cerillos quemados
las manos raspadas
nada que decir.
Uno que da manotazos
inventando una palabra,
más que palabra, gruñido,
jadeo
aullido.
El sonido que se escapa
en la primera embestida.

Me quema la memoria de la nieve. Su blancura en el amanecer extendiéndose hasta asfixiar la mirada. El vértigo de montes nevados coronados por flores psicodélicas de la primera vez. La electricidad tocándola por primera vez. La pureza de la nieve y echarla a perder con pisadas, con esperpentos replicando a hombres despreciables, y los cuadrados con tapetes de “Bienvenidos a nuestra casa”, y los juegos malditos de inocencia.
Pasados 60 inviernos fue el primero que volvió a nevar en este valle. Y todos se mostraban preocupados por mi locura de estación. Lanzándome montado al trineo por escarpadas colinas disparando carcajadas que laceraban el nervio de los valles. En los momentos de calma oyendo rap y heavy metal a todo volumen en el cuarto. Los vecinos tocaban, y vivían a dos kilómetros de distancia. Fue el tiempo de la carne desencadenada, de las palabras regurgitadas, de la sintonía lujuriosa. Mis padres, mis maestros, mis contrincantes de ajedrez, venían, para mantenerme entretenido, y evitar que bailara, de nuevo, con las sirenas detrás del horizonte de la nieve.
Hoy hasta yo creo que la fiebre ha pasado. Pero como un mastodonte famélico aguarda. El anhelo, de salir corriendo, a las montañas nevadas, y arrancar los brotes imposibles, masticarlos, tocar la nieve, bañarme con la nieve, robar la nieve. Que apague, que reviva el fuego de los hombres. Lo único que realmente me detiene es cómo reaccionará –cuando llegue- mi primavera.

Me describo a mí mismo cómo… un desastre. Soy maniaco depresivo y me gusta pensar que soy un artista, y me gusta pensar en hacer películas y dibujo muchas caricaturas y ahora incluso estoy ganándome la vida con eso también y creo que eso me define. Tengo un estilo de caricatura para tocar la guitarra, me gusta el arte de los aficionados, la manera de tocar la guitarra de los aficionados, los dibujos de los niños pequeños.
Cuando no estoy haciendo música… como un montón, como unas pizzas que me digo que son bastante buenas, a veces no se cocinan bien, pero me gusta que nada más tengan queso encima, cuando pides las que tienen carne no son tan buenas por alguna razón, y tomo un montón de refresco de dieta y fumo un montón de cigarrillos y yo y mi gato nos divertimos un montón. Nos sentamos a ver programas juntos, como “Time Bandit”.
Mi mayor vicio es… el arte. Me quedé encerrado en mi casa durante meses haciendo dibujos y escribiendo música y luego salía con mi perro y había un árbol y me quedaba mirando el árbol y era como “esto es arte”. Hay otras personas con mejor visión de la realidad, ellos ven un árbol, los artistas ven arte.

“Habían volado desde Inglaterra a Minneapolis para ver un mingitorio”, así empieza Annie a darse cuenta que ha desperdiciado los últimos 11 de sus 40 años junto a Duncan, un maestro de escuela experto en todo lo relacionado con Tucker Crowe, cantante ficticio que se retiró veintiséis años atrás, luego de un acontecimiento sucedido ahí, en ese baño, que la mitología del rock envuelve en el misterio. En su nueva novela, Juliet, Naked, Nick Hornby continúa desplegando las habilidades que ya le conocíamos de libros anteriores para captar los cambios que los oficios y artificios del pop (la cultura de masas que le llaman en círculos mamones) han introducido en la intimidad romántica de hombres y mujeres aproximadamente desde finales del siglo pasado-principios de éste. Nunca le ha faltado flexibilidad para colocarse a un extremo u otro de las pulsiones, pero tal vez nunca antes haya inclinado la voz tan decididamente del lado femenino, ni abordado con detenimiento las alteraciones que Internet vino a meter en este caldero de por sí revuelto.
Con efectos ambivalentes. Por un lado, el personaje de Duncan da la impresión de quedarse colgando para la importancia que tiene al principio y en ocasiones la presencia de Internet –como en la vida- interfiere más de lo que ayuda. Por otro, puede replicarse que si Duncan va difuminándose en la novela es porque así le va pasando a Annie, que si bien nunca asume por completo la carga narrativa –el narrador es un cuenta-cuentos como en libros anteriores de Hornby-, sí es nuestro hilo conductor en la historia de Juliet, Naked. El título se debe a una colección de demos del disco más famoso de Tucker Crowe, Juliet –similar al Let it be, Naked de los Beatles-, que sale tras no editarse nuevo material fonográfico desde su desaparición. Juliet, Naked detona el distanciamiento de Annie con Duncan cuando ambos perciben el álbum de maneras drásticamente distintas. Espoleada por la reseña deshecha en alabanzas que él sube a la página en la red donde mantiene una pequeña comunidad con otros obsesos de Tucker alrededor del mundo, Annie pone su primer post –la primera contribución femenina, de hecho- conteniendo una reseña que contradice punto por punto la de él, provocando entre otras reacciones la del mismísimo Tucker Crowe que desde su auto-reclusión inicia un intercambio epistolar electrónico con ella que Duncan desconoce. Más interesantes que los mails que se mandan, sin embargo, resultan las dudas que atraviesan al redactarlos, una inercia continuada en el texto. Hay intromisiones del universo-en-línea, como la entrada de Tucker Crowe en Wikipedia, que ciertamente se antojan prescindibles, pero compensadas al provocar observaciones sobre las repercusiones de internet fuera de la llamada “realidad virtual” en nuestra personalidad y en los ángulos desde el que nos es posible percibirnos a nosotros mismos. Antes la “tuckermanía” de Duncan era manejable, lo habían llamado a un documental de la BBC y organizaba encuentros, pero el fan más cercano vivía en Manchester, a varios kilómetros de Gooleness, el pequeño pueblo imaginario a la orilla del mar en el norte de Inglaterra donde comparte hogar con Annie. Para infortunio de ella “el internet vino a cambiarlo todo”. De repente Duncan tenía su página consagrada a Tucker Crowe y cientos de interlocutores en geografías impensables que, en un efecto superior a la comprensión de Annie, tenían mucho que decir para alguien que llevaba tanto tiempo sin crear una sola nota de música nueva.
Tucker echa mano de la misma frase, “el Internet vino a cambiarlo todo”, desde otro contexto que igualmente refiere problemas que suponía solucionados. Años dedicados a restarse importancia, resignándose a que para la mayoría de la gente ni siquiera fuese un recuerdo, a ser la referencia ocasional de un crítico snob en alguna revista, ahora se van por la borda cuando busca su nombre en Google y obtiene miles de respuestas creando la ilusión “de que su carrera musical era algo todavía vigente, de alguna manera, más que algo que había muerto hacía mucho tiempo”. Naturalmente al principio se siente halagado por todas esas personas que dedican horas de su vida a discutir su música; pasado un tiempo le resultan irritantes, como si lo conocieran de toda la vida, y ese montón de teorías absurdas que han tejido en torno a su retiro del ojo público. Si hay quien se refiere a Internet como la Biblioteca de Babel donde Borges cifraba su paraíso, Hornby nos recuerda lo esencialmente imposible de una utopía que también permite una de las máximas pesadillas borgeanas: la eterna perdurabilidad. “Ahora nadie es olvidado”, concluye Tucker, casi disculpándose con nuestros mayores por la elemental falta de cortesía.
Aun valiéndose de estos elementos, Juliet, Naked no se sube al debate del fin de la privacidad, su aspiración es menos ambiciosa, puede que más inmediatamente práctica: seguir explorando las formas inesperadas, ingeniosas, maravillosamente conmovedoras, increíblemente torpes en que buscamos complicarnos la vida. Como Duncan nos tranquiliza pensar que las personas embonan cual piezas de un mismo rompecabezas, hasta que un día despertamos a darnos cuenta que todo este tiempo no era “la perfección y un ajuste sensato” lo que nos movía, “sino los ojos, las bocas, las sonrisas, las mentes, los pechos y los torsos, el ingenio, la amabilidad, el encanto, la historia romántica y todo tipo de otras cosas que volvían imposible tener bordes bien definidos”. La cibernética en general trae ventajas en la medida que se suma al arsenal de herramientas de las que disponemos para cumplir este despropósito; especial, eso sí, porque le ha devuelto cualidades fantásticas a nuestro tiempo mermado de ilusión. Duncan lo comprueba cuando en la pantalla le aparecen los nombres de las canciones de un CD que acaba de insertar a la computadora, un hecho que sólo alcanza a concebir en términos mágicos: “no había sentido en buscarle explicación al truco porque no había una: o mejor dicho no había una que él pudiera entender”. En el colmo de su asombro, los mp3 por primera vez lo hacen conciente de que la música grabada no tenía que ser “como siempre había entendido con anterioridad una cosa en absoluto –un CD, un pedazo de plástico, un carrete de cinta. Podías reducirla a su esencia y su esencia era literalmente intangible”. Lejos de arrojarlo a los remilgos nostálgicos del coleccionista, “la nueva tecnología había hecho sus pasiones más románticas”.
Despojar de “objetualidad” a la música, una idea que ha dado vueltas de Pitágoras a Pete Townshend. Vivimos una época preciosa que nos acerca la oportunidad de romper con el valor de posesión de un “original”, algo que ha revestido de suntuosidad hipócrita la historia del arte. Lo que realmente significa la destrucción del halo sagrado alrededor del concepto de “autoría”, la democratización final del arte. Eso ya lo dijo Walter Benjamin en 1914 acerca del cine. En lo único que Nick Hornby vuelve a rizar el rizo es recordándonos que “no hay nada más difícil de soportar que una serie de días buenos”, observación que hace el doctor Paul Watzlawick en un libro de título tan explícito que ahorra muchas explicaciones: El arte de amargarse la vida. Mientras haya hombres y mujeres involucrados, el proceso correrá el riesgo de salir mal, y probablemente sea indispensable para darle continuidad. La diferencia de opinión sobre un disco obliga a que Duncan replantee sus certezas no sólo en la relación que lleva con Annie, incluso en aquello que cree conocer mejor en la vida, un disco de rock en este caso. Pero Tucker también aprende que el papel de creador no le da la verdad absoluta sobre su arte por la sencilla razón que da Duncan, “porque a la gente con talento se le da fácilmente y nunca valoramos las cosas que se nos dan fácilmente”. ¿Habría sido distinta la suerte de Kurt Cobain de haber existido Internet? A eso no tenemos respuesta. Sí hay respuesta en cambio para quienes le regatean méritos literarios a Hornby. Juliet, Naked no es ni la mitad de entretenida que Alta fidelidad o de punzante que Cómo ser buenos, pero vuelve a triunfar escribiendo de un modo que en este momento de la historia un montón de personas lo leen y les hace pensar que sabe quiénes son y cómo se sienten. Si eso no le alcanza al arte, entonces como el mismo Hornby tiene que decirnos acerca de su canción favorita, “Thunder Road”, de Bruce Springsteen, en su libro 31 canciones, ese por lo menos es “uno de los consuelos del arte”.
Nick Hornby. Juliet, Naked. Penguin Books. Londres, 2009.

Aunque Lou Reed era su héroe nunca lo amilanó su presencia. Si Lou tomaba drogas, Lester el doble; si Lou contaba anécdotas bizarras, Lester tenía unas espeluznantes; se trataba de probar quién era el tipo más duro y eso fue lo que lo mató. Infantil como un niño que sólo sabe expresar su admiración a papá haciéndolo enojar, la relación con Lou Reed apenas entreve la postura ampliamente cáustica que Lester Bangs le plantó a la vida. Su método de hacer entrevistas, por ejemplo, consistía en empezar formulando la pregunta más ofensiva posible, pues era de la opinión que las entrevistas, en lo concerniente a estrellas de rock, se habían convertido en pura lambisconería; “un acto de obediencia rastrera a gente no es tan especial, de verdad. Sólo es un sujeto, otra persona, ¿qué importa?”. Una actitud con poco futuro, pero que tampoco es una pose. Hablando de rocanrol o en las bravatas con pa Lou, Lester puede sonar “provocativo”, pero la evidencia prueba que no era su propósito primordial. No escribía para encajar en la tribu de inadaptados en turno, mucho menos para marcar “tendencia”. Escribía desde la tremenda soledad de un núcleo de alta tensión humana en el que pocas personas, ya no digamos “escritores”, soportan estar sin perecer electrocutados. Antes que impresionar a nadie era más bien una labor de ir removiendo capas: y si de repente ya no eres el que más ondas se mete, el gruexo, el Juan Camaney; si te limpiáramos el glamour de lo prohibido, ¿qué nos quedaría de ti?, ¿qué hay debajo del cascarón?.
“Tomen cualquier párrafo de Lester Bangs y es una jodida pieza de literatura genial”, concede Mick Farren aun a regañadientes por ver al amigo perdido en una muerte estúpida, apresurándose en aclarar: “pero todo trataba de la misma mierda”. La pregunta sería si la acusación es entendible pasado el estupor del duelo. Menospreciar como escritor a Lester Bangs porque sólo escribía de rocanrol equivale a evitar a Dostoievsky pretextando temor a contagiarse de alguna patología psicológica o catalogar el Quijote entre las novelas de caballería. Al fin: ¿cuán basta es la diversidad de materiales que cuenta el espíritu humano para alcanzar un mismo propósito: crear algo que no existía antes? Que nunca haya escrito un libro en forma sólo subrayar su crucial circunstancia: el rocanrol, el gatillo que Lester jalaba para escudriñar las tinieblas con el relumbrón del fogonazo. No era mero pretexto. A Lester, sí, “le importaba la música”, pero en la medida que disparaba la conciencia hacia los confines de oscura viscosidad que nos previene el asco; la búsqueda de una emoción con algo de significado –aunque sea la discapacidad emocional- en este mundo que a sus ojos, por cierto, se despeñaba enloquecidamente rumbo a “su descabellada, sucia y distorsionada pirueta final”, y que por lo mismo resulta tan angustiosa y desternilladamente divertido que te meas de las carcajadas, haciendo que escribir valga la pena por lo menos para disimular la mancha en tus pantalones.
Pecaríamos de imprecisos llamando a Lester Bangs escritor de rocanrol, si acaso fue un escritor rocanrolero. Un escritor al que le sobran los adjetivos. Sus textos tal vez empiecen hablándote de rocanrol, el hecho es que terminan navegando asuntos que en forma y contenido superan con creces las disquisiciones sobre fama, autenticidad, trayectoria y demás fruslerías a las que nos acostumbró la prensa musical. Si cualquier gran escritor demanda cierta concesión de sus lectores, Greil Marcus formuló el requisito indispensable para disfrutar de Lester en su introducción a la antología de artículos y escritos dispersos Psychotic reactions and carburator dung: “la voluntad de aceptar que el mejor escritor de Estados Unidos sólo puede escribir casi exclusivamente reseñas de discos”.