
Me quema la memoria de la nieve. Su blancura en el amanecer extendiéndose hasta asfixiar la mirada. El vértigo de montes nevados coronados por flores psicodélicas de la primera vez. La electricidad tocándola por primera vez. La pureza de la nieve y echarla a perder con pisadas, con esperpentos replicando a hombres despreciables, y los cuadrados con tapetes de “Bienvenidos a nuestra casa”, y los juegos malditos de inocencia.
Pasados 60 inviernos fue el primero que volvió a nevar en este valle. Y todos se mostraban preocupados por mi locura de estación. Lanzándome montado al trineo por escarpadas colinas disparando carcajadas que laceraban el nervio de los valles. En los momentos de calma oyendo rap y heavy metal a todo volumen en el cuarto. Los vecinos tocaban, y vivían a dos kilómetros de distancia. Fue el tiempo de la carne desencadenada, de las palabras regurgitadas, de la sintonía lujuriosa. Mis padres, mis maestros, mis contrincantes de ajedrez, venían, para mantenerme entretenido, y evitar que bailara, de nuevo, con las sirenas detrás del horizonte de la nieve.
Hoy hasta yo creo que la fiebre ha pasado. Pero como un mastodonte famélico aguarda. El anhelo, de salir corriendo, a las montañas nevadas, y arrancar los brotes imposibles, masticarlos, tocar la nieve, bañarme con la nieve, robar la nieve. Que apague, que reviva el fuego de los hombres. Lo único que realmente me detiene es cómo reaccionará –cuando llegue- mi primavera.
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