miércoles, 24 de marzo de 2010

Obrero del rocanrol: El adiós de Alex Chilton (y Big Star)

Hay gente que dice que Big Star hizo algunos de los mejores discos de rocanrol de la historia. Y yo les digo que están equivocados.”

“Lo ideal sería ganar un montón de dinero y que tú no le importaras a nadie. La fama trae mucho equipaje que cargar. No quisiera ser Bruce Springsteen. No necesito tanto dinero y no quiero a 20 guardaespaldas detrás de mí.”

-Alex Chilton

Durante unos días de 2005, después del golpe que el huracán Katrina asestó a Nueva Orleans, nadie supo dónde quedó. Al rato ahí fue apareciendo, tan quitado de la pena en medio de la inundación, como si entrara y saliera a su gusto por una puerta dimensional, Alex Chilton, el cantante y guitarrista que recién empezada la década de los 70, animado por su amigo de la infancia, Chris Bell, integró el cuarteto Big Star, de músculo rocanrolero, nervio moreno de soul y corazón para las armonías vocales prístinas a la Byrds, un estofado con cuyos ingredientes las generaciones venideras jugarían hasta acuñarle el mote de “power-pop”. Pero las noticias en la mañana del 18 de marzo de 2010 dejaban poca esperanza en el truco de la puertita; parecía una alucinación inducida por algún duende perverso en la resaca de San Patricio: que el día anterior estaba a punto de subirse a un avión para tocar el sábado con los Big Star de los últimos años en el festival South by Southwest de Austin cuando se sintió mal, venga la ambulancia, derechito al hospital, y… nada, que antes que se terminara la cerveza verde en los pubs irlandeses Alex Chilton, de 59 años, era declarado muerto.

Se llamaban Big Star pero en una de esas risotadas del azar que ponen a retemblar los recónditos centros de la recabrona tierra, nunca estuvieron destinados para el “Máximo Estrellato”. ¿Cuál es el colmo de Big Star? Que su primer disco se llame #1 Record y en las listas de popularidad no haya nadado mejor que un yunque en una piscina. Alex Chilton venía acreditado por un éxito -“The Letter”- a finales de los 60, con sólo 16 años en la agrupación los Box Tops, esto valió para que Big Star fueran fichados por el sello Stax, casa legendaria en el terreno del soul, pero con poca experiencia para penetrar el mercado blanco del rock, aunado a que sus cuentas estaban en números rojos, las condiciones eran adecuadas para la debacle. Además les tocó enfrentar los cerrados criterios de la radio de los 70 y sus estaciones por géneros estrictamente divididos que no sabía dónde programar la campechana de Big Star. Tan estrepitoso fue el fracaso que la banda terminó por separarse, aunque brevemente. En 1974, cuando se reunieron para grabar el segundo, Radio City, Chris Bell ya no quiso entrarle al puerquito, decidiendo enfocarse a una carrera solista que realmente nunca comenzó. Era 27 de diciembre de 1978 y 27 años también contaba Chris el día que se le ocurrió ir a darle una vuelta a su papá en el restorán que tenía al este de Memphis. De regreso iba durmiéndose al volante y en una curva fue a estampar su vida. El disco solista que por entonces preparaba con ayuda del propio Chilton y sus otros ex compañeros quedaría guardado 14 años. Su funeral se llevaría a cabo al día siguiente, 28 de diciembre, día de Santos Inocentes… y cumpleaños de su compadrito Alex.

Ay, wey, pérame tantito, que visto así da vértigo y la piel se pone chinita. Pero de eso se trata la muerte, ¿no? De repente las trivialidades de la existencia como que cambian a una iluminación onda Goya, y adquieren tono solemne y de premonición quesque muy misteriosa, en el fondo pura mamonería, bendita mamonería a la que nos aferramos pa mantenernos a flote, porque si nos atreviéramos a verle la cara de a devis a Doña Pálida, una de dos: o salimos corriendo a la cueva más cercana para no abandonarla jamás o nos quedamos embelesados frente al níveo semblante peor de babosos que putigalán de taranovela.

Radio City, ni siquiera vio la luz. La disquera Columbia, que había tomado el control de Stax, decidió que en vista del mal fardo del Nómber güan récord ni siquiera valía la pena tomarse la molestia de lanzar este. Imagínense la decepción. Ahora sí que la banda valió madres. Sin embargo todavía en 1978 aparecería Third/Sister Lovers, anomalía monumental en los anales de la industria discográfica. ¡Vamos, ni siquiera tiene un título definido! Lo de Third, lógico, se trata del tercer disco bajo el sino de la Gran Estrella, aunque Chilton diría que “nunca debió salir con el nombre de Big Star”, porque cuando fue grabado, ya no había banda, no más Chilton solito, que abrazado de las drogas y el alcohol abandonó el proyecto inconcluso tentativamente titulado Sister Lovers en 1974. El origen accidentado repercute en un conjunto de armado precario, llevado al límite de la congruencia posible entre sus partes, que se oye disfuncional, destartalado, recorrido por una tensión sexual sofocante, de esa que pega tan duro que ya no proporciona placer, sino que sientes como millones de hormigas rojas mordisqueándote por debajo de la piel. A Big Star nunca les dio pena mostrar sus inseguridades, al contrario, las lucían cual galardones en la solapa, a través de su historia es la constante que termina por volverlos un grupo entrañable. Están en la liga de los Who en su habilidad para transformar en epopeyas devocionales letanías adolescentes que grupos antes y después han masticado vaciándolas de sabor. “I feel like I’m dying I’m never gonna live again”, canta Chris Bell en “Feel”, la canción que abre el primer disco, la voz venciéndose por el peso de la emoción, coritos ululantes como viento de ánimas en pena, guitarras broncas a contraluz de la sección de metales, tan exagerado es el drama que te convence, no de que el wey se muera por la chava, sino que se muere de verdad, que en dado caso lo único exagerado es la desmoronada materia que nos compone, la exagerada humanidad.

Alex Chilton pasó el resto de los 70 escabullándose y reapareciendo por la misma puerta que usó con Katrina, produjo el debut de los Cramps y de vez en cuando hacía discos y giras por su cuenta que insistían en mantenerlo de espaldas al éxito. Comenzando los años 80 abandonó el atasque, su Memphis natal y el negocio de la música para reubicarse en Nueva Orleans, donde ejerció de lavaplatos y jardinero, época que valoraría en términos de “una buena terapia. Y era divertido tener un ingreso fijo, eso te lo aseguro”.

Mientras tanto, el grupito de inadaptados que nunca falta estaba haciéndose mayor, escuchando los discos de Big Star, contagiándose de ideas para crear canciones. Si con frecuencia se destaca de Velvet Underground que vendió pocos discos en su tiempo, pero a cada persona que compró uno la inspiró a formar una banda, Alex Chilton podía presumir del mismo orgullo (dudoso cuando traes a los acreedores encima), aunque nadie sabía a ciencia cierta qué era de él; en efecto, “un hombre invisible de voz muy visible,” como lo describía Paul Westerberg en la canción “Alex Chilton” de los Replacements, una banda que comparte con Big Star el consistente tropiezo de camino al éxito, ellos localizarían a Chilton para que tocara en otro corte de Pleased to Meet Me, el disco de 1987 que incluía esta dedicatoria.

“Los niños por millones cantan por Alex Chilton cuando viene de visita”, exultaba Westerberg en el coro, “estoy enamorado. ¿Cuál es esa canción? Estoy enamorado de esa canción”. En la hora de su último acto de fuga cuesta imaginar que alguien le rinda un tributo que retrate tan bien la confusión muy real, nada de estéril cumplido, en que la música de Big Star sumerge a los espíritus afines, que llegan a un punto en que ya no distinguen su vida del espejismo proyectado por las bocinas, que son capaces de enamorarse nada más para que adquiera sentido una canción de Big Star

R.E.M., This Mortal Coil, Teenage Fanclub, Counting Crows, Wilco, Primal Scream, Dinosaur Jr., Jeff Buckley, Elliott Smith, los niños de los que hablaba Westerberg descollaban entrada la década de los 90 reconociendo en Big Star a un antepasado ilustre. “In The Street” fue empleada como tema principal de la serie de televisión That 70’s Show, que también recurrió a “September Gurls”. Había sido una jornada tortuosa que por fin pagaba.

¿Cuántos sueñan en convertirse en estrellas de rock? Alex había soñado lo suficiente y no se durmió en los laureles del inesperado respeto que recibía, él se conformaba con ser un simple obrero del rocanrol, lo que hizo fue ponerse a trabajar. Llamó al baterista original, Jody Stephens, y con el apoyo de Jon Auer y Ken Stringfellow, miembros de los Posies, otro de los grupos jóvenes que le tributaban admiración, arrancó la segunda era de Big Star, que noche tras noche tocó la misma selección de canciones los últimos 15 años, un periodo en el que Chilton concedió sólo tres entrevistas -dos para publicaciones especializadas en tocar la guitarra y otra para una revista de jardinería-, negándose en cada ocasión a profundizar en el asunto de Big Star, que le merecía la consideración de “un empleo magnífico, trabajo 6 meses al año y los otros 6 los tengo libres”. Esta versión renovada del grupo grabó Columbia, un disco en vivo, en 1993, y hasta 2004 pasó por el estudio para entregar In Space, un plato que no modificó en gran medida el canon de los tres primeros discos.

Y creías que el mundo giraba tranquilo, tú en lo tuyo y Alex Chilton tocando ocasionalmente con su Big Star. Un día saliste a tomar una cerveza sin pensar particularmente en Big Star, o Alex Chilton, o la música en general; nada más querías un dulce aturdimiento que anegara tu cerebro en medio del naufragio de unos ojos eléctricos partiendo tu penumbra de bar. Y al otro día te enteras que quizá justo en ese momento Alex Chilton se estaba muriendo. Fffta. Eso es lo encabronante de su partida, el despiadado recordatorio: que no importa cuánto cuidemos un orden, nunca tendremos la certeza de conservarlo. Que Penélope no siempre espera tejiendo chambritas. Que acechan incendios, bandoleros, pilotos galantes, caídas de las escaleras, infartos o cánceres hijos de puta para echarnos a perder la fiesta. Ni modo, Alex Chilton se subió a una estrella… y tú sencillamente estás crudo.

4 comentarios:

11:11 dijo...

la jardineria, a huevo, eso seguro fue una gran terapia, y si, nada mas parecido a los replacements y su constante autosabotaje, que cruz tan irlandesa y gran subidon en estrella de primera

eRRe dijo...

Súper de acuerdo con su comentario, mi Mau. Gracias por la visita.

Gerardo de la Cruz dijo...

tope: ahora sí que esto no entra en mi discoteca, ¿algún link para vibrarlos?

eRRe dijo...

Por Feisbu se lo mando, sr. Wero.