miércoles, 3 de marzo de 2010

Juguemos a portarnos mal: el LP2 de Los Punsetes

Necesitamos repetirlo: de vez en cuando la poesía sale sobrando. En ocasiones sólo falta afirmar lo evidente. Alguien que diga: “Mira los cervatillos que corretean por el bosque, ellos no se fijan en tu personalidad”. Con estas palabras, que de tan sencillas parecen obvias, nos recibe el reciente LP 2 (Everlasting Records, 2010) del quinteto español Los Punsetes; impulsadas por unos tambores de ceremonial aborigen y guitarras moviéndose con soltura por un paisaje tupido de distorsión, la sensación ominosa que transmiten impone un respeto por la naturaleza más poderoso que cien peroratas ecologistas. Los Punsetes pasan la hoz de sus canciones por la maleza de metáforas que impiden ver las cosas tal cual son, conquistando la contundencia requerida para revertir las necedad que trae la cursilería. Al final de “Los cervatillos” destruyen las normas de la etiqueta anímicamente correcta con la conclusión de “lo importante siempre está en el exterior”, y lo peor es que después de escuchar la canción a nadie le quedan argumentos para contradecirlos.

Un enfoque casi de científico (no en balde la portada entomológica de su primer disco) que abre una distancia desde la que parecerían inmunes a incurrir en arrebatos que falseen la información. A esta sensación contribuye la neutralidad emocional en la interpretación de su vocalista, Ariadna, que sumada a su inmovilidad en el escenario da un toque dramático fuera de lo común a sus conciertos. Pero no nos engañemos. No es que las canciones de Los Punsetes carezcan de emoción, es que la emoción hay que buscarla en otra parte. Dueños de dos de las guitarras más expresivas del rock en castellano hoy en día, Jorge y Anntona alternan en la construcción de una filigrana barroca en el detalle y en conjunto liberadora de dinámicas trepidantes, maleabilidad atmosférica y admirable instinto melódico. Con los cimientos de Chema en la batería y Gonzalo en el bajo, la gama de variaciones emotivas que la voz deja fuera ocurren aquí, con intensidad amplificada al ser puramente musicales y no venir de la mano de las palabras, ante la imposibilidad de asignarle significado, una bruma de inquietud arropa su sonido en un verdadero sello de trabajo grupal, es decir, donde no destaca una personalidad carismática por encima de otra, sino que es resultado de la tensión entre lo que se toca y lo que se canta, de la confusión que en realidad gobierna a estas canciones que al principio supusimos inconmoviblemente objetivas.

Escuchemos “De moda”: "no te preocupes, vas a ponerte de moda, haciendo exactamente eso que haces tú, no te preocupes es lo que se lleva ahora, exactamente eso que haces tú tan bien”, y no hallamos elementos para definirle un sentido: lo mismo puede tratarse de un halago –eres tan increíble que todo el mundo te quiere, vas a ponerte de moda- o de un insulto –estás chida para un ratito, vas a ponerte de moda. ¿Cuál de las dos interpretaciones es la correcta? ¿Ambas? ¿Ninguna? ¿Cada una dependiendo el estado de ánimo? Una táctica de suspenso en la vena del cine de Hitchcock que les permite atrapar la atención en torno a conductas que generalmente consideramos aberrantes transformándolas en materia prima de piezas pop irresistibles como “Tus amigos”, que básicamente consta de una lista de reclamos posesivos bordando en la psicopatía (“que le den por culo a tus amigos”), o la descarada confesión del huevonazo de “Dinero” (“conseguidme dinero, no quiero trabajar para tenerlo”).

Ahí, en el descaro, reside mucho del encanto de esta banda. La única opción de los personajes de las canciones de Los Punsetes es la primera que habitualmente nos empeñamos en rechazar: enfrentar la verdadera naturaleza de nuestras acciones, pensamientos, sentimientos. Para postergar ese momento nos entretenemos contándonos historias de la familia, el trabajo, la sociedad, el amor. Los personajes de las canciones de Los Punsetes no tienen historias. Al presentársenos despojados de sus motivos personales, condenados a la sinceridad despiadada o perecer en el enmudecimiento, para salvarse optan por el acto de exhibicionismo. Es lo que también los hace endemoniadamente divertidos como equilibristas emberrinchados en afirmar su existencia, niños berreando que ya son grandes, pero a cada momento en peligro de la disolución absoluta. De ahí la facilidad con que nos persuaden de convicciones que en la cotidianidad no nos damos el lujo de profesar. Probablemente “El artista” tenga razón y sea “mejor no intentarlo”. En "Estilo" aunque aparentan arrepentirse de lo dicho en "Los cervatillos" al declarar que “sin duda alguna la belleza está en el interior”, se apuran a matizar: “pero a algunos les asoma y a otros no", y rematan: "yo no es que gane desnudo, es que pierdo vestido”. Lo cierto en la vida real es que vale la pena intentarlo y vestirse para evitar peores complicaciones, pero eso no significa que la tentación desaparezca, o que en el fondo no estemos de acuerdo con ellos o no nos gustaría actuar igual. Porque, ojo, decir que los personajes de las canciones de Los Punsetes no tienen historias, es como decir que sus historias podrían ser las de cualquiera. Los personajes de las canciones de los Punsetes cantan de imperfecciones, mala suerte, catástrofes, defectos del carácter (o vicios que también se les llama, en el álbum la pista 4: “Por el vicio”), aspectos en los que no acostumbramos detenernos por el horror de quedar paralizados y que sin embargo son reales, una realidad con la que nos reconcilian exponiéndola como un juego, o por lo menos una caricatura: las personas reales no son así. La mayoría de las personas reales se desplaza por una cómoda medianía que da sentido a los extremos, solazándose en las espléndidas trivialidades que en buena medida dan sentido a la vida. Las personas reales nunca estamos tan desnudos como los personajes de las canciones de Los Punsetes, nunca somos tan sinceros.

A tres canciones del final Los Punsetes ensayan una explicación para el origen de la malevolencia (“mala leche” tal vez sería mejor término) que abunda en este LP2 (con todo y su oda al jefe de jefes de las tinieblas: “Creo que creo en Satanás”), en “Hospital Alchemilla” alguien se resigna: “todo es culpa mía, quería portarme bien”. No sé si creerle. Porque a Los Punsetes por encimita se les nota la escuela del pecado de los padres fundadores, Velvet Underground, y de otros alumnos avezados: Wire, los Modern Lovers, la Cura de Robert Smith, los Ramones, Richard Hell, Television, My Bloody Valentine, Ride, los Flaming Lips, y de los grupos de garage de los sesenta, y de Eduardo Punset, si se quiere. Pero a lo que más suenan Los Punsetes es a unas ganas tremendas de portarse mal.


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