La venganza aparenta ser el tema central de la película The Northman, pero es, en realidad, el rito. Pertenecemos primero al mundo del ensueño, de la oscuridad donde apenas es un rumor esa vida de luz cegadora a la que somos arrojados 9 meses después entre sangre y llanto. Por eso la película de Robert Eggers–The Witch, The Lighthouse- está llena de eso mismo, sangre, llanto; sí, violencia, pero principalmente de rituales que desgarran de concreta fantasía la ilusoria realidad.
El rito implica la vuelta a esa tiniebla primigenia. Se ingresa por una grieta como de la cual salimos al nacer. Es una regresión al sueño que conocimos antes de la vigilia, al animal que se arrastraba en cuatro patas antes de conocer el habla y al andar erguido. Para ser humano, antes hay que ser un animal. Y en el rito hay fuego deslumbrante como aquel destello cegador con el que arrancó nuestra pulmonación. Todo esto lo descubre Athen en su rito de iniciación.
Su padre, el rey Aurvandil War-Raven, ha vuelto malherido de una guerra, como sabe inevitable su muerte, buscará el máximo honor vikingo: ser aniquilado de manera violenta en manos de un enemigo para poder entrar al Valhalla. El exterminio por voluntad propia, sin embargo, no exime de responsabilidades a quienes quedan en el mundo de los vivos; antes del momento definitivo, el rey instruirá a Athen sobre sus obligaciones hacia la venganza.
The Northman te pone a pensar en qué se entretenían nuestros antepasados antes del YouTube y las redes sociales en tu teléfono inteligente Bueno, pues en esto: la venganza, la intriga; nada los divertía tanto como la crueldad -en la película hablan de "el juego por sangre"- y dedicaban tanto esmero en refinar las técnicas de sufrimiento como tú a embellecer tus stories de Instagram. Dejados a solas con su pensamiento, en una naturaleza constantemente amenazante, imaginaban formas de ganar los favores de fuerzas supremas con el poder de inclinar el tan desconfiable azar a su favor o en contra del grupo rival.
En la historia de cada uno siempre falta el primer capítulo. Por más que conozcamos la identidad de nuestros padres, la escena de nuestro origen, de nuestra concepción, siempre nos quedará vedada. El rito es la manera de compensar esa incógnita, de apaciguar esa ansiedad y, en última instancia, de unirnos en lo desconocido, en lo inexplicable de lo que procedemos, antes de empezar a respirar, a caminar, a platicar, a inventar historias de héroes y dioses, de enredar el mundo con humanidad. Es también el camino para seguir ocultando la escena, como debe permanecer. Si nos guiamos por la historia de Athen, desvelar la escena prohibida trae un horror y una locura que ningún amor contiene, que rompe el secreto necesario para la supervivencia del rito, para la cohesión de la realidad humana.
De ahí venimos. El nacimiento de la civilización en todos sentidos es la guerra, hasta en la paz, un rito celebrado cuando la matanza se vuelve insostenible. Ahora que nos hemos dado a la tarea de construir un mundo aséptico, libre de agravios, homogéneo, desinfectado de supersticiones, pero sin nada cercano a los significados profundos del rito, la pregunta es: ¿qué extrañas formas están cobrando las fuerzas que cuentan la historia de The Northman, la historia de lo que somos?
Mi primer recuerdo del fútbol no tiene tanto que ver con la pelota como con la felicidad de ser de Pumas. Entre las tinieblas de mi memoria veo a mi papá regocijado por los campeonatos de los últimos años setenta y primeros ochenta del siglo pasado. Cuento como evidencia con los periódicos Esto que con dedicación guardaba al día siguiente de la victoria. Y mi papá no era un fanático del futbol, era un médico muy dedicado a su profesión pero que por eso amaba a su equipo: los Pumas de la UNAM. Hijo de campesinos chiapanecos, sentía que por lo menos le debía ese fervor cada fin de semana, mediado por la televisión, a la casa de estudios que le había dado una vida.
Detesto al Real Madrid porque se quedaron con Hugo Sánchez. Mientras que por esta misma razón otros pumas –empezando, obviamente, por el propio Hugo- se convirtieron al madridismo, mi lógica era que no amaría a la escuadra que se embolsó al mejor jugador de mi equipo. Mi lógica puede parecer disparatada o no, pero soy un firme creyente de que tratándose de futbol todas las opiniones delirantes deberían tener validez. ¿Por qué todo habría de ser técnica, estrategia y diagramitas si también mucho del encanto del juego está en la duda, la pasión y la maravilla? Debería ser un espacio para imprecarnos con argumentos alucinados para luego volver a nuestras vidas prudentes, racionadas y respetables. Sin pegarnos, escupirnos, ni matarnos, se sobreentiende; si de lo que hablamos es de un juego.
Retomando a mis Pumas, estuve presente cuando ocurrió la tragedia del túnel 29. Fue la única vez que mi papá me llevó al estadio, él no era muy dado a ir y supongo que después de lo sucedido no le quedaron ganas de repetir. Mis recuerdos de ese día son de lo más emocionantes, recuerdo la cara preocupada de mi papá y a gente trepada hasta lo más alto del estadio, en ese momento no sabíamos de la tragedia que en ese mismo momento acontecía, yo me sentía contagiado por la fiebre de la multitud que seguía un partido al final anticlimático, que debió resolverse en el estadio Corregidora de Querétaro a favor de los deleznables cremas.
La última vez que Pumas fue campeón de Liga tuve un mal presentimiento porque me sentía muy feliz. Me encontraba en un departamento de Acapulco, junto a la chica que más quería, en forma física medianamente aceptable y tenía un trabajo que me divertía. Salí con mi camiseta vintage de Pumas, me senté en el camastro de playa a contemplar detrás de mis gafas de sol a contemplar a la chica en cuestión revolcarse entre las olas y a gritar un ¡Goya! Interno. Di un sorbo a mi coctel exótico y me dije: saborea toda esta felicidad porque debe ser un accidente, una herida en tus días que pronto será una cicatriz y poco después ni siquiera una mancha. Y en ese momento sentí como una estocada y que tal vez pasarían muchos años en volver a ver a Pumas campeón.
Pero todo esto es un sueño y en cualquier momento la grieta por donde entra la luz se vuelve a abrir, como dijo Leonard Cohen, o Hemingway, o un místico chino, o quien chingados lo haya dicho primero. Por eso siempre con Pumas. Siempre sin dudas. Porque aún no consigo el valor de negarme que algún día vuelva a abrirse la herida de la felicidad.
La mejor definición de rocanrol que conozco se la escuché a Lalo Tex. “¿Qué es el rocanrol? ¡Echar desmadre!”. Me gusta porque no es pretendidamente ideológica ni forzadamente contracultural, no habla de reinventar la sociedad ni de la tan sobada rebeldía; en cambio es neta, exacta y humanamente alcanzable. Si hay una constante en la experiencia humana es la ocasional necesidad de escapar a la cadena utilitaria de nuestra subsistencia para entregarnos a la fiesta, la dilapidación, el desmadre. La gente olvida que el rocanrol sacudió nuestros cuerpos antes de sacudir nuestras mentes. El grupo vigués Siniestro Total lo tuvo muy claro durante 40 años, pero nos los tomamos a broma.
Y a broma está muy bien, esa era su naturaleza, lo que costaba aceptar es que la broma iba en serio. Les colgaron la etiqueta punk, y aunque tienen una canción llamada “Somos ultraístas”, yo los identifico más con la mirada infantil que se tomaba todo a juego del primer dadaísmo. Al no asumir los posturismos modernosos de la movida madrileña ni el radicalismo político del punk vasco, tal parece que venir de Vigo los dotó de un singular sentido del humor escéptico y libérrimo.
Siniestro Total surgió en 1981 tras un accidente automovilístico (del que sacaron el nombre) al fusionarse los grupos Coco y los 1,500 con Mari Cruz Soriano y Los Que Afinan Su Piano. En la maqueta de estos últimos o la primera de Siniestro, Gusanos en tu alcoba, predomina el ánimo lúdico sobre cualquier actitud antisistema, algunas de las pistas ni siquiera incluyen guitarras y suenan a niños jugando con el pianosaurio. El cantante original Germán Coppini llegó sólo hasta el álbum debut Cuándo se come aquí y salió cuando el dueto que armó con Teo Cardalda, Golpes Bajos, le ganó mejor reputación; murió en 2013. El guitarrista Miguel Costas y Julián Hernández, que saltaría de baterista a ocuparse de otra guitarra, se repartirían las funciones vocales. Costas saldría en 1994, y la peña quedaría dividida entre Costistas y Julianistas. A mí me parece que Costas tiene las mejores letras, pero me gusta más la actitud de Julián.
“Este grupo no está más allá del bien y del mal, sino que gustosamente eligió el mal”, señala bien alguien en el documental de XX aniversario Que parezca un accidente. Elegir el mal significa elegir la imaginación de ilimitadas posibilidades fuera de las tiránicas restricciones de la realidad, significa elegir la fealdad –aunque esto ya deben saberlo, Baudelaire lo escribió hace más de un siglo-, y también, muchas veces, significa agarrar al toro por los cuernos. Incomoda el fervor con el que esta banda puede dedicar canciones al único factor de unión entre las personas, que por supuesto no es la razón ni la capacidad de diálogo, sino la estupidez humana.
Si un tipo canta que no quiere tocar las tetas de su novia porque tienen cáncer de mama, tu primera reacción debería ser reírte porque es una pendejada. El problema viene cuando la gente olvida que una canción es un ejercicio de ficción. “¿Cómo puede existir un sujeto así?”. “¿Qué sistema moral lo rige?”. La intelectualización posterior a la ficción ya es responsabilidad de cada quien, no de Siniestro Total que ha cumplido su rocanrolero deber de ponernos a echar desmadre; de hecho, llegan demasiado lejos al mostrar que la existencia de semejante criatura –en la que de otro modo acaso no hubiéramos pensado- es posible.
La valentía de Siniestro Total es que no aparta la mirada de lo indisimulable. Si el noble llamado de “¡proletarios del mundo, uníos” ha fracasado, sería honesto tener una canción llamada “Pueblos del mundo, extinguíos” que ni siquiera pierde raíz socialista, no invita al exterminio individual de cada uno por sus propios medios, jubilosamente clama que acudamos “¡juntos de la mano hacia la extinción!”.Si la ciencia todavía no nos resuelve la cuestión fundamental de ¿quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos?, lo prudente sería que exista una canción con ese título. Si el mensaje para la gente guapa es que los feos somos muchos más, ciertamente la democracia nunca pierde su condición de amenaza lapidaria. Mientras el lenguaje supuestamente incluyente, en lugar de acercar diferencias, las agranda con medidas tan confusas como el uso de aplicar un artículo plural a un sujeto singular, sin tanto enredo en “¿Qué tal, homosexual?” entendías que una persona gay no distaba mucho de ti, experimentaba los mismos problemas y, sin embargo, el acento en la orientación sexual del interlocutor ponía una trababa la comunicación
Mecano te hacían creer lo de siempre, que podías aspirar a una mejor versión de ti mismo. “Mujer contra mujer” presuntamente ayudaba a crear conciencia y romantizaban la violencia de dos machos posesivos en “Cruz de navajas”. Siniestro Total, en cambio, te presentaba a una familia que agradecía a Freddie Krueger sus enseñanzas en el manejo del serrucho. Mecano quiere hacerte sentir bien con lo que eres, su música es edificante, civilizatoria, bien portadita como te enseñaron en la escuela y hasta ahí nomás. Siniestro es la Naranja Mecánica que te abre los ojos a los horrores de los que voltearías por acto reflejo, la mierda que llevas dentro, en la que podrías convertirte y que probablemente ya empiezas a ser, además lo hacen de modo divertido y bailable. Escuchar a Siniestro Total te transporta al choque primigenio del sonido musical con el sonido de la palabra; mientras la palabra se empeña en amarrarle un significado, la música insubordinada se sacude la brida y retiene su espíritu liberador. Eso origina los cantos y danzas tribales, de ahí el rito y, finalmente, la experiencia de lo sagrado. Mecano se queda en un grupo superficial si se le contrasta con el sacrosanto desmadre que propicia Siniestro Total.
Siniestro Total eran desenfadados, pero creo que nunca irreverentes por la sencilla razón de que nada les merecía el respeto suficiente para sublevarse. Si acaso la ingenua creencia de que este caos pueda tener salvación. El niño que en el coro de iglesia que dice “¡Yeah!” en lugar de cantar el salmo correspondiente, lo hace solo en el espíritu del desmadre. Y es que, coño, todo esto es tan hermoso.
Si soy honesto, este chorizo que les acabo de aventar sale sobrando porque una rola deja muy en claro son sus intenciones:
No, no, no quiero hablar de arte
Ni de otros temas importantes
No me preocupa la cultura
Tampoco la literatura
No me interesa la pintura
Ni mucho menos la escultura
Sigue así tocando esos tambores
Porque me quiero divertir
Quiero bailar rock and roll
Toda la noche hasta que salga el sol
Y yo también lo quiero casi todos los días, aunque a veces la vida no lo permita. Esta vida que a 40 años de distancia, pasa por una época de literalidad al pie de la letra, urgida de instrucciones, en la que quizá ya no tiene cabida esa otra literalidad de imaginación delirante y nada didáctica que maneja Siniestro Total. El 6 y 7 de mayo de 2022 dan los últimos conciertos de su historia en el WiZink Center de Madrid. Cuando más los necesitamos, se van. Lo cierto es que nunca los merecimos. Yo soy el mejor ejemplo, jamás pude verlos en vivo. Bailaré sobre su tumba. Y como dicta la liturgia: echaré desmadre en conmemoración suya.
Terminé de ver el documental Get Back, lo que supuso una hazaña para mí que no me gustan los Beatles. Mucha gente considera esto una declaración arrogante, como que uno lo dice por darse aires de falsa superioridad al declarar que no participa de un goce universalmente sancionado. Para mí, es más sencillo: los Beatles ya estaban ahí cuando nací, más institucionalizados que la revolución del PRI, hasta con su hora diaria fija en la radio mexicana, nunca la sentí mi música, yo sé que chicos y grandes la disfrutan, eso me hace pensar que algún trastorno debo tener en mi aparato afectivo porque a mí nunca me emocionó.
El primer episodio confirmó mis peores prejuicios sobre el cuarteto de Liverpool. Reencontrándose después de una pausa del grupo con el objetivo de hacer un nuevo disco y un concierto para la televisión, los muestra como niños melindrosos, cada uno encerrado en el personaje de estrella de rock que la mitología beatle les asignó, incapaces de ponerse de acuerdo en lo mínimo. Las 2 horas y media del sainete que termina con el berrinche de George dejando el grupo, me resultaron, para recurrir a una expresión ad hoc, un largo y sinuoso camino por no decir tortuoso. Lo odié y no creí que me quedaran fuerzas para soplarme las otras dos engolosinadas de Peter Jackson.
Pasados unos meses, más por culpa investigativa que por voluntad propia, me puse la segunda parte. Le entré con escepticismo, pero me alivianó cuando a Ringo le preguntan si le gustaba la India y él contesta que, en realidad, no. Supongo que por lo menos a George y John sí. Venían de todo ese rollo místico oriental que a gran parte de su público le costó entender. Y queda claro que por lo menos a uno de ellos también le costaba. ¿Cuántas cosas estaba haciendo cada beatle para mantener contento a otro beatle y ellos como grupo para mantener la maquinaria aceitada? Es el documental de un grupo que se sabe cayéndose a pedazos en el último resuello por evitar que el techo se derrumbe. Visto de este modo el concierto en la azotea del final intensifica su poesía. El especial para la televisión para el que se había sugerido llevarlos a África es cancelado. Este es un grupo que apenas puede mantenerse junto en la misma habitación, ¿cómo vas a hacerlo cruzar un hemisferio para tocar en medio de la jungla? Esa parece la verdadera dificultad, no tanto sacar las canciones. Hay un momento en que Paul le dice a uno de los cineastas que por eso no habla con él, está hablando con John. La multitud de voces que tienen una opinión sobre lo que deben hacer los Beatles mete ruido en su comunicación. Cuando George comenta sus inquietudes por hacer un disco aparte de la banda, John se muestra perplejo, como si lo esperara, pero también como si no supiera que decir. No hay los gritos ni grandes desplantes que uno esperaría y que, de hecho, se inventa una nota de prensa que el cuarteto toma a broma, pero se nota que les hiere por la atención que le dedican. Y sin embargo, cuando John expone a Paul su injustificada exigencia sobre lo que deben tocar los demás, al poco rato está pidiéndoles que acomoden tal acorde en tal canción. Quizá la mayor revelación es que Paul de hecho defendía a Yoko, pero no entiendo por qué algunas reseñas señalan que esta es la reivindicación de Yoko. Ella se sentaba en el círculo sagrado de la creación donde solo debería haber lugar para cuatro. Eso es una interferencia. Y para el caso, pasa lo mismo con Linda. Sólo dos presencias aligeran la tensión durante estas sesiones: la de Billy Preston, que llega a tocar los teclados, y la de Heather, la hija de Linda, que llega a jugar.
El tercer capítulo está dedicado casi por completo al concierto en la azotea. Momentos antes de realizarlo, todavía hay dudas. Pero es el único momento en las tres partes del documental en que el grupo se nota a gusto consigo mismo. El switch del ruido del mundo apagado y dejados a solas con sus propios medios. Tocando. Escandalizando Londres. Y cuando la policía aparece resplandecen de vida. Esto me confirma la falla en mi aparato afectivo de la que les hablaba, porque la gente entrevistada en la calle, joven, madura, mayor, afirma que le gustan los Beatles, si acaso que les gustaría verlos, porque la altura elegida no se los permitía; solo recuerdo dos opiniones en contra: la de un muchacho al que no le gustaban porque habían cambiado su sonido y la de una señora entrada en años quejándose porque habían interrumpido su siesta. Quizá sea la única vez que los Beatles me hayan emocionado. Y no puedo decir que me gusten más. Pero sí que me caen mejor.
Acabo de ver el documental Borges está vivo. Combina declaraciones registradas en video de Jorge Luis Borges con comentarios de quienes entonces eran jóvenes escritores (fue estrenada en 2017). Lloré buena parte del metraje porque me emocionó ver los gestos tan humanos del maestro al enunciar en su endeble voz frases que sólo conocía por el poderío inmortal que transmiten por escrito. “Yo que imaginaba el paraíso como una biblioteca”. “Que otros se jacten de lo que han escrito, yo me jacto de lo que he leído”. “Si un libro es tedioso, no es un libro escrito para ustedes“. “La felicidad corresponde más bien al pasado, a la nostalgia, a la esperanza”. “Las mujeres están ausentes de mi obra porque están presentes en mi vida”.
Me quiero centrar por ahora en el capítulo 10 del documental, La muerte. Borges reflexiona que a veces la posibilidad de morir le resulta extrañísima. ¿Cómo va a pasarle una cosa nueva a un viejo? Se pregunta entonces: “¿Y si soy un inmortal? Bueno, pues me resignaré también”. Al joven autor que le toca comentar este fragmento de entrevista, le parece provocador hablar con tanta ligereza de la muerte. Yo la considero menos una declaración social que una feroz defensa del derecho a la ficción (por naturaleza, estrictamente individual). Debo explicar que la frase deriva del poema “Alguien”, donde se afirma que “las pruebas de la muerte son estadísticas, y nadie hay que no corra el albur de ser el primer inmortal”. No está negando la ciencia –en este caso, la estadística-, sino que se limita a mencionar lo evidente, que la ciencia humana sustenta su validez en datos constantes, monótonos, aburridos (los números estadísticos indican que todos vamos a morir). Eso no evita la posibilidad, a cada momento, de que nuestra delgada línea de certidumbre pueda romperse.
Entiéndanme bien, por favor. Borges no habla de leche bronca o pasteurizada, ni de una vacuna capaz de prevenir la enfermedad que me digan. Nos pone frente a la posibilidad de pensar una realidad distinta. ¿Qué pasaría si en lugar de un niño soy un pirata? ¿Qué pasaría si el cielo fuera el suelo? ¿Qué pasaría si fuera inmortal? Ese es el motor de la imaginación. Y también de la ciencia. La posibilidad de un cambio drástico de realidad. La ratificación de una frase inscrita al final del documental; “Todo mejoraría entre humanos si descubriéramos el verdadero sentido de ser un ciudadano del mundo o un patriota de los cielos”. Mientras tanto estaremos demasiado atados aquí.
PS.
Este postscriptum realmente podría ser un prólogo. Busqué en YouTube el documental Borges está vivo porque es obra de los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat. Vi su más reciente película, Competencia oficial, que reúne a Oscar Martínez, Penélope Cruz y Antonio Balderas.
Es una sátira metacinematográfica que empieza como tantas empresas artísticas: con un caballero sobrado de dinero dispuesto a gastarlo en grabar su nombre para la inmortalidad gracias al talento de otros. Entre un puente y una película, se decide por lo último. Adquiere los derechos de prestigiosa novela, contrata los servicios de una directora subversiva de moda, Lola (Cruz), y ella a dos actores: Iván (Martínez) y Félix (Banderas).
La película son los preparativos para hacer esa otra película. Iván es el actor dedicado y maduro, socialmente preocupado; Félix es más frívolo y goza de mayor popularidad. Aunque en cuanto Félix atraviesa una adversidad, Iván no tardará en ofrecerle a Lola que él bien podría interpretar ambos papeles sin saber para quién trabaja. Véanla si tienen chance. No es la gran cosa, pero funciona mostrando la contradicción ambulante que somos casi todos. Puede que incluso Borges.
Poco a poco, por medio de muchos viajes, presentaciones en los festivales más importantes del país y, sobre todo, publicando discos interesantes con canciones sencillas en la forma, pero con un misterio sónico único, la banda argentina El Mató a un Policía Motorizado ha construido su propio culto en México que ya puede llenar un Teatro Metropolitan como quedó demostrado el pasado 31 de marzo.
Me perdí el acto abridor porque mi compa el Neto -gracias a quien pude asistir, cortesía de su +1 de prensa- se metió a ocupar su asiento después de visitar el sanitario y me dejó esperándolo con las chelas en el lobby. Se limitó a informarme que la chica estaba guapa y cantó clásicos del rock argentino.
Debo decir que me tocó ser testigo del crecimiento en la popularidad de Él Mató desde un club que acostumbraba frecuentar y hoy ya no existe, El Caradura, que se ubicaba en Nuevo León, colonia Condesa. Ahí los vi por primera vez junto a unas 30 personas, puro chavito y casi todos argentinos o de ascendencia argentina, muy fervorosos, eso sí, berreaban letras de canciones que yo por entonces desconocía, brincaban y bailaban con absoluto desparpajo. Unos 10 años después en el mismo lugar apenas conseguí entrar, la gente era más adulta y, definitivamente, no había espacio para bailar.
Tuvieron que migrar a un lugar más grande como el Foro Indierocks!, al que también asistí e incluso disfruté el concierto más que aquel último en Caradura, pues había mayor libertad de movimiento. De modo que esta noche en el Metropolitan es consecuencia natural de la relación que el grupo ha establecido con el público mexicano y debe resultar consagratoria.
Yo voy con la mejor disposición de pasármela bien. Es mi primer concierto postpandemia y mi primer día de vuelta al desempleo; no lo padezco, al contrario, me siento ligero y jubiloso, tengo algún dinero guardado que me permite obsequiar sendas chelas al Neto (que, además de invitarme esta noche, me ha regalado un apreciado disco de los Modern Lovers en mi cumpleaños). Pero hay algo que, al menos para mí, no termina de cuadrar para hacer de esta la velada excelsa que esperaba.
No me malinterpreten, el torrente sónico de Él Mató en vivo sigue siendo glorioso, solamente no me sentí arrasado como en ocasiones anteriores. No sé si el Metropolitan le impuso excesivo respeto al ingeniero de sonido; no creo, porque los he visto en YouTube tocar en teatros similares en Argentina, pero a mí me pareció que dos rayitas más de volumen no habrían lastimado a nadie. Admito, por otro lado, que quizás mis oídos ya estén tan cochambrosos que el sonido saturado de un antro como el Caradura los emociona más que la perfecta ecualización que requiere el Metropolitan.
Santiago Motorizado no es dado a hablar mucho entre canciones. Sin embargo, lo intentó en varias ocasiones; o la dinámica de la banda ha cambiado en el tiempo que no los he visto desde antes de la pandemia, o se sentía obligado por la elegancia del recinto. Cualquiera que haya visto a Él Mató el número de veces que yo, sabe que la banda no es dada a grandes aspavientos en escena y nunca había pensado que un escenario les quedara grande, esta noche sí.
Contribuye también a esta sensación el material que eligieron para tocar. Abandonaron las canciones sobre viejos ebrios y perdidos o las espesuras de “Día de Muertos” para favorecer sencillos más amigables de su material reciente, lo cual no es reprochable más que desde el capricho del fan. Me extrañó que tocaran “Chica Rutera” a mitad del set cuando en todas las ocasiones anteriores la habían usado para cerrar, y con justificada razón, el crescendo de una letra de apenas pocas palabras que se repite combinada con las explosiones de guitarrazos producen un efecto hipnótico que la hacen idónea para cerrar un espectáculo en paroxismo de éxtasis. O no. Así se sucedieron “El perro”, “La otra ciudad”, “Las luces” e infaltables como “Nuevos discos”, “Más o menos bien” o “Chica de oro”. Nuevamente me decepcionó que no tocaran “Guitarra comunista”, rola con la que los conocí, de mis favoritas y que nunca he escuchado en vivo. Esperaba que este concierto sería un repaso semiexhaustivo por su discografía, no fue así. Fue solo un concierto más de Él Mató, y ni siquiera de los mejores. La culpa no es de ellos, sino de mis expectativas. O probablemente solo sea que, como cantan en “El mundo extraño”, “no sé qué pasa en este lugar, todo el mundo es más joven que yo” (bueno, menos el Neto).
El que sí estuvo de 10 ha sido el público. No contentos con corear el recital del principio a fin, algunos se aglomeran en las escaleras del Metropolitan que dan a la calle para seguir entonando canciones. Algo especial tiene esta banda que mueve de esta manera a la gente. Veo que Chilango tituló su crónica del concierto “La noche eterna de Él Mató a un Policía Motorizado”. Aquella primera vez que los vi tocar en Caradura, empezó a oler a mota en cuanto acabaron y el personal de seguridad se volvió loco intentando localizar a el o la responsable, lo cual nunca consiguieron. Esa noche para mí fue más eterna y un final más apropiado para una tocada de Él Mató.
The Worst Person in the World, nominada al Oscar 2022 como Mejor Película en Lengua Extranjera, corrobora aquel adagio consignado en el libro del profeta Ian Curtis: el amor nos separará otra vez. Lo hará innumerables veces, hasta que un día quedamos perplejos al descubrir que las decisiones que en su momento creímos tomar con plena consciencia, en realidad eran puro instinto de supervivencia emocional frente a la marea brava de la vida.
Licorice Pizza, por hablar de otra nominada, bajo la magistral dirección de Paul Thomas Anderson básicamente cuenta la típica historia de chico-conoce-chica que enfrentan tribulaciones para unirse en un amor más grande que la vida entre camas de agua y máquinas de pinball. Yo me quedo con el filme del noruego Joachim Trier, dividido en12 capítulos con prólogo y epílogo, porque deja claro la importancia de no entender lo que hacemos en la construcción del sentimiento amoroso, e igual luce bien a la vista.
Julie, una chava que ha dado bruscos volantazos vocacionales, en el umbral de sus 30 opta por ser fotógrafa debido a que la profesión viene con promesas de conocer gente interesante. Así le presentan a Aksel, dibujante de cómics independientes, que le lleva más de diez años. Después de su primer acostón, Aksel le dice que será mejor que no vuelvan a verse porque la diferencia de edades a la larga resultaría insalvable. Mientras lo vemos soltar su perorata en pantalla, no podemos sacudirnos el pensamiento de “qué tipo tan arrogante este”, y es que realmente lo está siendo. Sin embargo, la narradora en off nos informa que ese fue el momento en que Julie supo que se había enamorado de Aksel, y cuando vuelve a la habitación que había dejado instantes atrás es para vivir juntos. ¿Quién puede explicar eso? Y sin embargo, ¿por qué lo entendí tan directamente? ¿Por qué me siento tan seguro de que no debo ser el único?
Tengo un tío baterista de quien aprendí que “siempre hay más arriba y más abajo”. Él se refería a la técnica en el fino arte de aporrear tambores. Pero si eso sucede con el virtuosismo musical, ¿por qué no habría de ser lo mismo en algo que ocurre todos los días como caer perdidamente enamorado? En una fiesta, en un bar, en una galería, en una nevería, en un parque o hasta en un vagón del metro, tu chica, tu chico puede conocer a alguien más guapo, más interesante, con mejor plática, por cualquier motivo más atractivo que tú. Me ha pasado a mí, a ti, y ciertamente le pasa a Aksel cuando Julie conoce a Elvind. A veces tú eres uno; a veces, el otro.
A pregunta expresa de Aksel sobre si lo abandone por otro hombre, Julie contesta que no. Años después, le preguntará por qué lo negó. La respuesta de Julie es sincera y sencilla: “No lo sé”. El retrato de esa incertidumbre persistente en la que consiste el amor, hace que uno constantemente establezca analogías no a partir de la identificación con uno solo de los personajes, sino con varios en distintos momentos que atraviesan: el sexo juguetón, la erosión de la rutina, la discusión sobre tener hijos, la irrupción familiar en una relación, los celos de la ex que sigues en Instagram y hasta los aderezos de realismo mágico (¿quién puede discutir que el tiempo se detiene cada vez que vas a ver a la persona de tus sueños?).
Menos polarizadora que 500 Days of Summer, en The Worst Person in The World lo que separa al animal humano de otras especies es menos la razón que nuestra capacidad de rompernos el corazón unos a otros y seguir adelante.
Yo no sé si la ilusión se aprende. De ser
así, Maradona fue mi maestro. Me enseñó, por lo menos, que esta era posible
fuera de las páginas de los cómics. Antes de cruzarme con él mi único héroe era
el Hombre Araña.
Y me resistí con todas las fuerzas de mi
realidad. En el Mundial de España 82, prefería al brasileño Zico. Cuando llegó
el 86, me caía mal y adopté el bando de sus detractores en la mano del partido
contra Inglaterra. En la final, apoyé a Alemania. Pero al concluir ese encuentro,
no puede más que rendirme ante su ilusión. Ver esos prodigios repetirse sobre
el césped no podía ser real (al menos, no podía proceder de la realidad), si esos
trucos de magia cautivaron a los aficionados más veteranos del futbol, ¿cómo no
iba a caer subyugado yo, que apenas descubría el mundo?
Esto que llamo ilusión, bien podría admitir
una definición más aérea, “fantasía”; o una bien a nivel de lodo, como barrida
de Diego, quien decía que “el futbol es el arte de engañar”. De aquel choque entre argentinos e ingleses en el 86 el lugar común es decir que mostró su
peor y su mejor lado. Yo me atrevería a afirmar que es vida sublimada hasta sus
últimas deficiencias en la ensoñación del futbol. ¿El futbol es injusto? ¡La
vida es injusta! Y también es capaz de ofrecernos fugaces prodigios que parecen
sacados de otro planeta y marcan la diferencia en nuestro paso por este. Celebro
que ni siquiera el VAR ha podido quitarle al futbol el encanto de ser el
deporte más imperfecto del mundo, el más parecido a lo que nos sucede todos los días, mientras haya espacio
para la polémica, habrá un hogar para la ilusión o la fantasía. El oficio de futbolista
consiste en sacar conejos de la chistera, que cada quien decida si en ello ve
“trampa” o “la mano de Dios”, eso no nos revela como seres de ruindad, sino susceptibles
al misterio. Diego Armando Maradona fue el ilusionista supremo, y si uso el término
“ilusión” es porque puede romperse.
“Trivial, pero maravillosa”. Según ha
contado María Kodama, ese fue el dictamen
de Borges después de escuchar la música de los Beatles por primera –y muy
probablemente última- vez. Un pronunciamiento que calza bien al personaje de
Maradona y, si me apuran, a las máximas expresiones de cultura pop, su
potencial de absurda admiración y, también, su alto grado de inevitabilidad.
Para entendernos mejor, permítanme citar la
película El camino de San Diego. Tal
como otras personas han visto figuras de Cristos o Vírgenes en cochambre de
sartenes o humedades en el techo, esta “road movie maradoniana” trata de un
joven pobre en la provincia de Misiones que encuentra un pedazo de tronco que parece
perfilar al idolatrado futbolista, por lo que emprende una peregrinación a Buenos
Aires para a entregar el milagroso objeto al jugador. La historia proporciona
evidencia de un momento en que una camiseta a rayas blanquiazules con un 10
estampado en la espalda era emblema de identidad, no argentina, sino internacional.
¿Recuerdan el lema de México 86? ¿El mundo unido por un balón? Bueno, Maradona
lo volvió realidad. Igual que ese muchacho con su tronco al hombro, cada quien inventó
su propio Maradona, lo que ha permitido desde ficciones fílmicas o literarias, murales,
montones de canciones (no siempre elogiosas, busquen “Maradona”, de Nosequién y
los Nosecuántos) hasta declaraciones sin duda inventivas como la de Albert Plá respecto
a que Maradona le interesaba como drogadicto, no tanto como jugador de futbol.
Después, si lo desean, podemos discutir en
la medida que nuestro conocimiento de la vida privada de cualquier persona y
los argumentos nos lo permitan. A veces tengo la impresión de que la mayoría de
los reproches a Maradona se deben a que parecía que se tomaba todo a juego. Si
lo reflexionamos a la luz de Johan Huizinga en su libro Homo ludens, casi cualquier institución social cae en la categoría
de juego. Y aquí es donde hasta las más joviales almas disfrazan su rencor de
seriedad, porque no les moleta propiamente el juego, sino la ilusión que este provoca.
Diego habrá sido un ignorante que no
sabía nada fuera del futbol. Para mí es suficiente. Frank Zappa consideraba que
quienes transformaban la realidad en un espacio más extravagante nos hacían un
bien a todos. Ni más ni menos valor le concedo a Maradona. Es como le comenta a
Charly García en una plática que sostuvieron durante uno de sus programas de La noche del 10 : “A nosotros la gente
nos eligió por amor, no nos eligió en una urna”. En medio de tanta transa y
tanta farsa, eso ya es ganancia. Love is
love, ¿no?
La ilusión agota las posibilidades del pensamiento.
A partir de ahí, se abre un umbral que siempre permanecerá innombrado… Aunque a
veces le llamamos “gol”.
No defenderé que Blinded By The Light, película de este 2019,
sea una gloria cinematográfica, pero sí triunfa en retratar lo poco cool que
era ser fan de Bruce Springsteen hacia finales de los 80; su mera existencia
testifica la reivindicación artística que ha atravesado el nativo de Nueva
Jersey recién cumplidos los 70 años y justifica a su feligresía.
Reivindicación necesaria
solo para los ajenos. Sus incondicionales siempre hemos sabido que “Bruce es la
línea directa a todo lo que hay de verdadero en este mundo de mierda”, como
dice el protagonista, Javed, un adolescente de origen pakistaní, tímido en la
escuela -sobre todo con las chicas-, oprimido en casa por su padre conservador
y discriminado en general por la sociedad inglesa en la que crece. Cuando un
amigo lo inicia en la música de Springsteen, además debe lidiar con críticas a
su nueva afición: el futuro son los sintes, es música de tu papá, apesta a
gringo, hasta Tiffany es mejor, ja ja ja… Me da risa porque son todas opiniones
que yo soporté en su momento, incluso también mi papá, como el de Javed, creía
que el apellido Springsteen era judío (desciende de italianos e irlandeses).
Javed tenía 16 en 1987, cuando
descubrió a Bruce. Mi iluminación ocurrió unos tres años antes, alrededor de mi
décimo cumpleaños. Mi mamá me dejó solo con la radio y giré el dial hasta que
topé con una batería portentosa que punzó mi infantil corazón, vino una especie
de fanfarria y después… no sé, una horda de broncos salvajes, un remolino
sonoro, un alarido. Esto no era lo que escuchaban en mi casa. ¿Qué carajos era?
¿Por qué me emocionaba como no lograban los discos de CriCri, Chabelo y Odisea Burbujas? Sería
alguien muy distinto sin ese momento .
Pena es lo que dabas si
decías que te había trastornado la vida una rola llamada “Born in the U.S.A” en
un país como México, el vecino del sur –o el patio trasero- de Estados Unidos,
con la rivalidad natural entre naciones limítrofes agravada por el detalle de
que una es potencia mundial, ¿cómo puede gustarte esa oda a Gringolandia? Por
supuesto, el coro grandilocuente apantallaba tanto que se olvidaban de poner
atención al resto de la letra. Born in
the U.S.A., el álbum, es una paradoja, los atributos de su megaéxito pueden
considerarse defectos en la medida que transmiten un mensaje erróneo. La producción
es hecha a la medida de los estadios que pronto llenaría Bruce, suena inmenso,
pero habla de gente pequeña con historias secretas; la música es en general
movida, los estribillos pegajosos, pero ocultan al beisbolista fracasado de
“Glory Days” que pasa los días en el bar, el reo harto por la faena despiadada
de “Working on the Highway”, el onanista alienado de “Dancing in the Dark” o el
veterano de Vietnam cagado por su país en “Born in the U.S.A.”..
Los new romantics y
glam metaleros que dominaban la época no eran adeptos de Springsteen porque se les corría el maquillaje con su sudoroso personaje de héroe de la clase obrera. En 1987, Bruce se quitó el paliacate del
cuello para secarse la frente, colgó los jeans para ponerse pantalón de vestir, para ser más preciso un traje, y casarse. En vísperas de su divorcio, que no tardó mucho, sacó el álbum “romántico” Tunnel of Love. Los 90 no fueron positivos,
separado de su E Street Band –que son como su aorta-, a principios de la década
sacaría un par de discos desafortunados –Lucky
Town y Human Touch- que
desentonaban con el grunge. Un recopilatorio de grandes éxitos en 1995 parecía condenarlo
al letargo en pasados laureles adecuado para su edad; se resistió sacando nuevo
álbum ese mismo año. Austero y oscuro, The
Ghost of Tom Joad retomaba los esbozos acústicos de la América profunda que
dieron forma a su disco Nebraska trece años
antes, pero ahora desde la frontera. Radicado en Los Ángeles, Bruce se había
familiarizado con los pesares de los migrantes hispanos. Debieron escucharlo quienes
acá lo consideraban emblema del imperialismo yanqui porque es como una carta de
amor a México; pocos paisanos, sin embargo, conocen a Miguel y Luis, dos
hermanos que en “Sinaloa Cowboys” instalan una choza para fabricar
metanfetamina, una explosión sobreviene y Miguel entierra a su hermano Luis en
medio del desierto, espejismo del sueño americano.
Javed al menos tenía un
amigo que amaba con idéntica intensidad a Bruce. Brincos hubiera dado yo por
encontrar a alguien, ya no que compartiera, que mínimamente entendiera mi
pasión springteeniana. Pudo ayudarme a crecer menos aislado y tal vez tendría
más sentido con lo que él cantaba. Acompañado por el amigo, Javed se presenta
en la estación de radio de su colegio, quieren hacer un programa que transmita
puro Springsteen. Como cabía esperar, reciben de respuesta una sonora carcajada.
Cuando salen con lo de que son canciones que oiría tu papá, Javed replica “no mi
papá” (yo hubiera contestado lo mismo), pero prefieren tocar a Debbie Gibson
(¡por Dios!). Ambos camaradas corresponden metiéndose a la cabina, ponen “Born
To Run” a todo volumen en los altavoces del instituto, cierran con llave, salen
corriendo y lo que sigue esuno de
los tres o cuatro “musicales engañosos” de Blinded
By The Light. Los defino en tales términos porque, sí, hay gente que canta,
pero no en circunstancias forzadas; que baila, pero ninguna coreografía
rebuscada, esto no es Rocketman. Los
musicales me fastidian porque falsean el valor de la música para la vida y
viceversa: la vida no se convierte de la nada en una canción, la vida entra en
suspenso cuando suena una canción que te cala, si acaso deseas vivir en la
canción, no que tu vida sea una canción, le pasa a Javed con Bruce, a mí me
pasó, me sigue pasando, percibir que Bruce sabe mejor que yo cómo me siento. Y entonces que el mundo se calle, debe escuchar. Yo tuve amigos clavados de la música, pero ninguno oía lo que yo escuchaba en Bruce.
Hay otro amigo de Javed, que
sí se decantaba por la música de moda, confunde a Bruce con Billy Joel al verlo
en un póster y el padre de este chico (que resulta haber asistido a un
concierto en 1981) lo acusa de mal gusto y ridiculiza su máxima de “los sintes
son el futuro” apoyado por Javed. Era un amigo que desde la infancia lo había
defendido de ataques racistas, lo alentaba a escribir pidiéndole letras para su
banda, estaba empeñado en conseguirle novia. Javed entiende que este compa vive
tan sobajado como él por su padre y que la música que escucha merece respeto si
le significa algo. Es lo que aprendes de Bruce Springsteen. Contrario a la
engañosa imagen que algunos se han formado, Bruce no es para mentes cerradas, Bruce
te abre a escuchar, lo mismo música que ideas, y lo ha demostrado
contundentemente quizá cuando menos se esperaba.
Desde que inició el nuevo
milenio, Bruce Springsteen se ha mantenido activo y mostrando en ocasiones aspectos
insospechados de su obra. Una tragedia nos lo devolvió con una reunida E Street
Band en magnífica forma vía The Rising,
un álbum de 2002 inspirado por los acontecimientos del 11 de septiembre del año
anterior, uno de los cortes incursiona en el imprevisto terreno del canto
qwalii (¡pakistaní, Javed!). Devils &
Dust de 2005 sigue la senda acústica de Nebraska
y The Ghost of Tom Joad aunque con
arreglos más ornamentados, incluye el primer encuentro con una prostituta en
una canción de Springsteen con todo y una descripción explícita de sexo oral
que alteró a las buenas conciencias. En 2008 formó la Seeger Sessions Band para
grabar We Shall Overcome, tributo a
canciones de protesta que popularizó Pete Seeger interpretadas en vena de folk
montañés con fuerte aroma a Irlanda (los conciertos de Dublín fueron grabados
para un CD/DVD). Magic, Working on a
Dream, Wrecking Ball, High Hopes, al lado de la E Street Band, fueron álbumes
sólidos, unos más que otros, pero para nada trabajos decrépitos;
a cada uno siguió una gira. Publicó Born to Run, un libro de memorias, y basado en él montó un espectáculo en Broadway (cuya filmación puede verse por
Netflix). Lo más reciente, este
2019, es Western Stars, disco
orquestal de material inédito que ha dado pie al debut de Springsteen como
director de una película asimismo titulada de próximo estreno. Arcade Fire,
Vampire Weekend, Lorde, Hot Chip, Downtown Boys, Lucy Dacus y otros variados actos
de cuño reciente han hecho covers a sus canciones que validan el aguante de
aquellos años en los que, supuestamente, Bruce no tenía nada que decir a los
jóvenes.
En 20012, Bruce vino por
primera -y única vez hasta la fecha- a tocar en México. Lo recibió un Palacio
de los Deportes vergonzosamente a medio llenar, el concierto menos vendido de
la gira Wrecking Ball (y de sus últimos años). Hizo falta que una chica naciera
12 años después que yo y viniera desde Bélgica para encontrar acompañante, alguien
que entendía un poco el idioma en que él me hablaba. En una canción, Bruce la
tomó de la mano, ella le murmuró algo al oído y no se soltaron un rato largo, casi
creí que se lo traía con nosotros. De vuelta en su departamento, yo sólo pensaba
en besarla… y que la situación recordaba mucho la letra de “I’m on Fire”…
nunca me resolví a dar ese beso. Pero tal vez fue mejor, ¿no? Ya saben cómo el
amor apesta las cosas, y ella y yo seguimos siendo amigos, habría sido una
tontería arruinar la primera amistad que vislumbraba esa luz al final del túnel
en las canciones de Bruce Springsteen, ¿cierto? ¿Cierto? No hace falta que
respondan, algunos amigos ya lo han hecho… seguido de un sopapo.
En el camino han quedado algunos compañeros de armas de la E Street. El teclista
Danny Federici, el saxofonista Clarence Clemons… Clarence fue el único morador
de la Calle E que llegó a compartir portada con Bruce, la del disco Born to Run. Su figura de monolítico
ébano contrastando la del pálido y enclenque Bruce. La historia de raza y
amistad que contaban juntos en el escenario supera cualquiera de sus
canciones, admite Bruce, que asimismo es el primero en señalar la ironía sobre
sí mismo: para escribir tantas canciones de trabajadores, él nunca ha tenido un
empleo de día. Su único oficio ha sido el rocanrol. Para tratar de explicar en
qué consiste, ha escrito en el prólogo de sus memorias: “Estoy aquí para dar una
prueba de vida de ese ‘nosotros’ siempre elusivo, nunca totalmente creíble. Ese
es mi truco de magia”. Presentando “Born to Run” –la canción-, ha declarado que
cuando la compuso, a los veintitantos, creía que hablaba de un chico que salía
de casa para nunca dejar de correr; pero décadas después descubría que en
realidad trata de un chico que sale de casa para buscarse un hogar. Yo sólo digo
que si un futuro periodista pakistaní, una chica belga encantadora y un
mexicano irredento encontraron ese hogar en su música, el truco le ha salido bien.
En 1990 cumplí 15 años y The
Mission era uno de mis grupos favoritos. Así que cuando anunciaron que visitarían
México por primera vez, compré mis boletos con la debida anticipación y esperé
impaciente la fecha. Habrá sido el tercer concierto de mi vida, recordando que
por entonces los conciertos de rock en general se organizaban con muchas
dificultades, y más si se trataba de artistas internacionales. A The Mission
los había conocido en algún programa de Rock 101y no paraba de escuchar su disco Carved In Sand, que venían promocionando en esa gira. Era la época
en que germinaba mi pasión por el rock, el coleccionismo de discos y la
incasable búsqueda de rarezas, lo que me llevó a desarrollar una especial pasión
por los llamados bootlegs. En el Chopo me armaba con estas grabaciones de
conciertos no oficiales pasadas a cassettes que iban desde bandas de la escena
local (Las Insólitas, La Maldita, Los Amantes…) hasta nombres de peso mundial
(The Cure, U2, The Cult). Poseían un enigma particular, daban vuelo a mi
imaginación adolescente que se ponía a elucubrar cómo introducían la grabadora,
dónde se colocaban, qué equipo usaban; o, en las tomadas de consola, ¿qué tipo
de gnomo mágico las proveía? Pronto me conseguí la mejor grabadora que mis
domingos podían comprar y me preparé para que surgiera la primera oportunidad
de probarme como artesano bootleg. Y surgió, en forma del concierto de The
Mission UK el 31 de agosto de 1990 en el Teatro Ángela Peralta de la Ciudad de
México. Me apretujé la grabadora en la entrepierna, libré sin problemas el
cateo de entrada y pude liberarme de la incómoda carga para metérmela en la
chamarra. Los lugares eran de a como uno iba llegando y, con mi amigo El Carita
que me acompañó, pudimos acomodarnos más o menos en medio de las gradas al aire
libre, al centro, fijándome en qué lugar podría captar mejor el audio. Una
larguísima pieza instrumental de carácter circense sirvió de introducción, uno
de nuestros vecinos bromeó que empezaban desde entonces para acabar en el
segundo show que tenían programado. La primera canción está tronchada porque
estúpidamente coloqué primero la cara B del cassette para grabar, el “rec” se
me saltaba y no entendía el porqué, le daba “rewind”, y otra vez… hasta que se
me hizo evidente mi error y lo volteé a la cara A. Ustedes disculparán, era un
novato y mucha la emociónn. Creo que, aparte de eso, la grabación se deja
escuchar bien para haber sido registrada de tan precario modo. Escuchándola a
tres décadas de distancia, me asaltan otras reflexiones: Lo poco que se escucha
a la gente que tenía alrededor; no sé, pero me parece que la grabación
transmite lo embebida que estaba la gente con el espectáculo, sus gritos de “¡México,
México!” al final de “Butterfly On a Wheel”, una rola que góticos de grueso
calibre en otras partes del mundo desprecian, pero que fue el mayor éxito del
grupo en nuestro país. Ellos arriba del escenario también se oyen contentos; ciertamente
hicieron cosas inusuales: abrieron con su versión a “Tomorrow Never Knows” de
los Beatles, cuando en la mayoría de los conciertos de esa gira lo hacían con “Amelia”,
el primer corte del Carved…; se oye
al cantante, Wayne Hussey, brindando con el público antes de“Mr. Pleasant” –los gritos de “¡pasa el
pomo!”, provocados por la enigmática botella que se pasó sorbiendo toda la
noche- , esta canción de los Kinks que después incluirían en el disco Grains of Sand pocas veces ha sido
interpretada en vivo y según la leyenda misionera la tocaban sólo en noches que
sentían especialmente auspiciosas. Por otro lado, me da un poco de risa
escucharme un grito de “¿qué pedo?” en una mínima pausa del mismo tema, delatando
mi inexperiencia en conciertos de rock. Y yo sé que “Dream On” es rola emblemática de Aerosmith, pero
a mí me resulta inolvidable por esta noche de hace 30 años en que mientras
contemplaba el cielo nocturno de la ciudad en la que nací, en la que
probablemente moriré, la escuché en la versión de The Mission UK. Grabé unos
pocos conciertos más con esa grabadora, de hecho la actualicé por una más pequeña
que no me castigara tanto los cojones al esconderla, pero de todos creo que
este es mi favorito. También he ido a ver a The Mission en sus visitas
subsecuentes a México, buenos conciertos, pero este fue un momento definitivo
en mi historia. De ninguna manera es mi intención perjudicar a la banda, por el contrario, es testimonio de la huella que dejaron en la música de México y sin duda que en mi vida, un
documento que me he guardado 30 años.
Las canciones interpretadas esa noche fueron:
Tomorrow Never Knows (versión de The Beatles, tronchada)