domingo, 8 de mayo de 2022

Pumas, o la herida de la felicidad

Mi primer recuerdo del fútbol no tiene tanto que ver con la pelota como con la felicidad de ser de Pumas. Entre las tinieblas de mi memoria veo a mi papá regocijado por los campeonatos de los últimos años setenta y primeros ochenta del siglo pasado. Cuento como evidencia con los periódicos Esto que con dedicación guardaba al día siguiente de la victoria. Y mi papá no era un fanático del futbol, era un médico muy dedicado a su profesión pero que por eso amaba a su equipo: los Pumas de la UNAM. Hijo de campesinos chiapanecos, sentía que por lo menos le debía ese fervor cada fin de semana, mediado por la televisión, a la casa de estudios que le había dado una vida.


Detesto al Real Madrid porque se quedaron con Hugo Sánchez. Mientras que por esta misma razón otros pumas –empezando, obviamente, por el propio Hugo- se convirtieron al madridismo, mi lógica era que no amaría a la escuadra que se embolsó al mejor jugador de mi equipo. Mi lógica puede parecer disparatada o no, pero soy un firme creyente de que tratándose de futbol todas las opiniones delirantes deberían tener validez. ¿Por qué todo habría de ser técnica, estrategia y diagramitas si también mucho del encanto del juego está en la duda, la pasión y la maravilla? Debería ser un espacio para imprecarnos con argumentos alucinados para luego volver a nuestras vidas prudentes, racionadas y respetables. Sin pegarnos, escupirnos, ni matarnos, se sobreentiende; si de lo que hablamos es de un juego.


Retomando a mis Pumas, estuve presente cuando ocurrió la tragedia del túnel 29. Fue la única vez que mi papá me llevó al estadio, él no era muy dado a ir y supongo que después de lo sucedido no le quedaron ganas de repetir. Mis recuerdos de ese día son de lo más emocionantes, recuerdo la cara preocupada de mi papá y a gente trepada hasta lo más alto del estadio, en ese momento no sabíamos de la tragedia que en ese mismo momento acontecía, yo me sentía contagiado por la fiebre de la multitud que seguía un partido al final anticlimático, que debió resolverse en el estadio Corregidora de Querétaro a favor de los deleznables cremas.


La última vez que Pumas fue campeón de Liga tuve un mal presentimiento porque me sentía muy feliz. Me encontraba en un departamento de Acapulco, junto a la chica que más quería, en forma física medianamente aceptable y tenía un trabajo que me divertía. Salí con mi camiseta vintage de Pumas, me senté en el camastro de playa a contemplar detrás de mis gafas de sol a contemplar a la chica en cuestión revolcarse entre las olas y a gritar un ¡Goya! Interno. Di un sorbo a mi coctel exótico y me dije: saborea toda esta felicidad porque debe ser un accidente, una herida en tus días que pronto será una cicatriz y poco después ni siquiera una mancha. Y en ese momento sentí como una estocada y que tal vez pasarían muchos años en volver a ver a Pumas campeón.

Pero todo esto es un sueño y en cualquier momento la grieta por donde entra la luz se vuelve a abrir, como dijo Leonard Cohen, o Hemingway, o un místico chino, o quien chingados lo haya dicho primero. Por eso siempre con Pumas. Siempre sin dudas. Porque aún no consigo el valor de negarme que algún día vuelva a abrirse la herida de la felicidad.

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