Terminé de ver el documental Get Back, lo que supuso una hazaña para mí que no me gustan los Beatles. Mucha gente considera esto una declaración arrogante, como que uno lo dice por darse aires de falsa superioridad al declarar que no participa de un goce universalmente sancionado. Para mí, es más sencillo: los Beatles ya estaban ahí cuando nací, más institucionalizados que la revolución del PRI, hasta con su hora diaria fija en la radio mexicana, nunca la sentí mi música, yo sé que chicos y grandes la disfrutan, eso me hace pensar que algún trastorno debo tener en mi aparato afectivo porque a mí nunca me emocionó.
El primer episodio confirmó mis peores prejuicios sobre el cuarteto de Liverpool. Reencontrándose después de una pausa del grupo con el objetivo de hacer un nuevo disco y un concierto para la televisión, los muestra como niños melindrosos, cada uno encerrado en el personaje de estrella de rock que la mitología beatle les asignó, incapaces de ponerse de acuerdo en lo mínimo. Las 2 horas y media del sainete que termina con el berrinche de George dejando el grupo, me resultaron, para recurrir a una expresión ad hoc, un largo y sinuoso camino por no decir tortuoso. Lo odié y no creí que me quedaran fuerzas para soplarme las otras dos engolosinadas de Peter Jackson.
Pasados unos meses, más por culpa investigativa que por voluntad propia, me puse la segunda parte. Le entré con escepticismo, pero me alivianó cuando a Ringo le preguntan si le gustaba la India y él contesta que, en realidad, no. Supongo que por lo menos a George y John sí. Venían de todo ese rollo místico oriental que a gran parte de su público le costó entender. Y queda claro que por lo menos a uno de ellos también le costaba. ¿Cuántas cosas estaba haciendo cada beatle para mantener contento a otro beatle y ellos como grupo para mantener la maquinaria aceitada? Es el documental de un grupo que se sabe cayéndose a pedazos en el último resuello por evitar que el techo se derrumbe. Visto de este modo el concierto en la azotea del final intensifica su poesía. El especial para la televisión para el que se había sugerido llevarlos a África es cancelado. Este es un grupo que apenas puede mantenerse junto en la misma habitación, ¿cómo vas a hacerlo cruzar un hemisferio para tocar en medio de la jungla? Esa parece la verdadera dificultad, no tanto sacar las canciones. Hay un momento en que Paul le dice a uno de los cineastas que por eso no habla con él, está hablando con John. La multitud de voces que tienen una opinión sobre lo que deben hacer los Beatles mete ruido en su comunicación. Cuando George comenta sus inquietudes por hacer un disco aparte de la banda, John se muestra perplejo, como si lo esperara, pero también como si no supiera que decir. No hay los gritos ni grandes desplantes que uno esperaría y que, de hecho, se inventa una nota de prensa que el cuarteto toma a broma, pero se nota que les hiere por la atención que le dedican. Y sin embargo, cuando John expone a Paul su injustificada exigencia sobre lo que deben tocar los demás, al poco rato está pidiéndoles que acomoden tal acorde en tal canción. Quizá la mayor revelación es que Paul de hecho defendía a Yoko, pero no entiendo por qué algunas reseñas señalan que esta es la reivindicación de Yoko. Ella se sentaba en el círculo sagrado de la creación donde solo debería haber lugar para cuatro. Eso es una interferencia. Y para el caso, pasa lo mismo con Linda. Sólo dos presencias aligeran la tensión durante estas sesiones: la de Billy Preston, que llega a tocar los teclados, y la de Heather, la hija de Linda, que llega a jugar.
El tercer capítulo está dedicado casi por completo al concierto en la azotea. Momentos antes de realizarlo, todavía hay dudas. Pero es el único momento en las tres partes del documental en que el grupo se nota a gusto consigo mismo. El switch del ruido del mundo apagado y dejados a solas con sus propios medios. Tocando. Escandalizando Londres. Y cuando la policía aparece resplandecen de vida. Esto me confirma la falla en mi aparato afectivo de la que les hablaba, porque la gente entrevistada en la calle, joven, madura, mayor, afirma que le gustan los Beatles, si acaso que les gustaría verlos, porque la altura elegida no se los permitía; solo recuerdo dos opiniones en contra: la de un muchacho al que no le gustaban porque habían cambiado su sonido y la de una señora entrada en años quejándose porque habían interrumpido su siesta. Quizá sea la única vez que los Beatles me hayan emocionado. Y no puedo decir que me gusten más. Pero sí que me caen mejor.

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