miércoles, 23 de septiembre de 2020

Creciendo con Bruce Springsteen, o ventura y desventura de un deslumbrado en México


No defenderé que Blinded By The Light, película de este 2019, sea una gloria cinematográfica, pero sí triunfa en retratar lo poco cool que era ser fan de Bruce Springsteen hacia finales de los 80; su mera existencia testifica la reivindicación artística que ha atravesado el nativo de Nueva Jersey recién cumplidos los 70 años y justifica a su feligresía.

 

Reivindicación necesaria solo para los ajenos. Sus incondicionales siempre hemos sabido que “Bruce es la línea directa a todo lo que hay de verdadero en este mundo de mierda”, como dice el protagonista, Javed, un adolescente de origen pakistaní, tímido en la escuela -sobre todo con las chicas-, oprimido en casa por su padre conservador y discriminado en general por la sociedad inglesa en la que crece. Cuando un amigo lo inicia en la música de Springsteen, además debe lidiar con críticas a su nueva afición: el futuro son los sintes, es música de tu papá, apesta a gringo, hasta Tiffany es mejor, ja ja ja… Me da risa porque son todas opiniones que yo soporté en su momento, incluso también mi papá, como el de Javed, creía que el apellido Springsteen era judío (desciende de italianos e irlandeses).

Javed tenía 16 en 1987, cuando descubrió a Bruce. Mi iluminación ocurrió unos tres años antes, alrededor de mi décimo cumpleaños. Mi mamá me dejó solo con la radio y giré el dial hasta que topé con una batería portentosa que punzó mi infantil corazón, vino una especie de fanfarria y después… no sé, una horda de broncos salvajes, un remolino sonoro, un alarido. Esto no era lo que escuchaban en mi casa. ¿Qué carajos era? ¿Por qué me emocionaba como no lograban los discos de Cri  Cri, Chabelo y Odisea Burbujas? Sería alguien muy distinto sin ese momento .

 

Pena es lo que dabas si decías que te había trastornado la vida una rola llamada “Born in the U.S.A” en un país como México, el vecino del sur –o el patio trasero- de Estados Unidos, con la rivalidad natural entre naciones limítrofes agravada por el detalle de que una es potencia mundial, ¿cómo puede gustarte esa oda a Gringolandia? Por supuesto, el coro grandilocuente apantallaba tanto que se olvidaban de poner atención al resto de la letra. Born in the U.S.A., el álbum, es una paradoja, los atributos de su megaéxito pueden considerarse defectos en la medida que transmiten un mensaje erróneo. La producción es hecha a la medida de los estadios que pronto llenaría Bruce, suena inmenso, pero habla de gente pequeña con historias secretas; la música es en general movida, los estribillos pegajosos, pero ocultan al beisbolista fracasado de “Glory Days” que pasa los días en el bar, el reo harto por la faena despiadada de “Working on the Highway”, el onanista alienado de “Dancing in the Dark” o el veterano de Vietnam cagado por su país en “Born in the U.S.A.”..

 

Los new romantics y glam metaleros que dominaban la época no eran adeptos de Springsteen porque se les corría el maquillaje con su sudoroso personaje de héroe de la clase obrera. En 1987, Bruce se quitó el paliacate del cuello para secarse la frente, colgó los jeans para ponerse pantalón de vestir, para ser más preciso un traje, y casarse. En vísperas de su divorcio, que no tardó mucho, sacó el álbum “romántico” Tunnel of Love. Los 90 no fueron positivos, separado de su E Street Band –que son como su aorta-, a principios de la década sacaría un par de discos desafortunados –Lucky Town y Human Touch- que desentonaban con el grunge. Un recopilatorio de grandes éxitos en 1995 parecía condenarlo al letargo en pasados laureles adecuado para su edad; se resistió sacando nuevo álbum ese mismo año. Austero y oscuro, The Ghost of Tom Joad  retomaba los esbozos acústicos de la América profunda que dieron forma a su disco Nebraska trece años antes, pero ahora desde la frontera. Radicado en Los Ángeles, Bruce se había familiarizado con los pesares de los migrantes hispanos. Debieron escucharlo quienes acá lo consideraban emblema del imperialismo yanqui porque es como una carta de amor a México; pocos paisanos, sin embargo, conocen a Miguel y Luis, dos hermanos que en “Sinaloa Cowboys” instalan una choza para fabricar metanfetamina, una explosión sobreviene y Miguel entierra a su hermano Luis en medio del desierto, espejismo del sueño americano.

 

Javed al menos tenía un amigo que amaba con idéntica intensidad a Bruce. Brincos hubiera dado yo por encontrar a alguien, ya no que compartiera, que mínimamente entendiera mi pasión springteeniana. Pudo ayudarme a crecer menos aislado y tal vez tendría más sentido con lo que él cantaba. Acompañado por el amigo, Javed se presenta en la estación de radio de su colegio, quieren hacer un programa que transmita puro Springsteen. Como cabía esperar, reciben de respuesta una sonora carcajada. Cuando salen con lo de que son canciones que oiría tu papá, Javed replica “no mi papá” (yo hubiera contestado lo mismo), pero prefieren tocar a Debbie Gibson (¡por Dios!). Ambos camaradas corresponden metiéndose a la cabina, ponen “Born To Run” a todo volumen en los altavoces del instituto, cierran con llave, salen corriendo y lo que sigue es  uno de los tres o cuatro “musicales engañosos” de Blinded By The Light. Los defino en tales términos porque, sí, hay gente que canta, pero no en circunstancias forzadas; que baila, pero ninguna coreografía rebuscada, esto no es Rocketman. Los musicales me fastidian porque falsean el valor de la música para la vida y viceversa: la vida no se convierte de la nada en una canción, la vida entra en suspenso cuando suena una canción que te cala, si acaso deseas vivir en la canción, no que tu vida sea una canción, le pasa a Javed con Bruce, a mí me pasó, me sigue pasando, percibir que Bruce sabe mejor que yo cómo me siento. Y entonces que el mundo se calle, debe escuchar. Yo tuve amigos clavados de la música, pero ninguno oía lo que yo escuchaba en Bruce.


Hay otro amigo de Javed, que sí se decantaba por la música de moda, confunde a Bruce con Billy Joel al verlo en un póster y el padre de este chico (que resulta haber asistido a un concierto en 1981) lo acusa de mal gusto y ridiculiza su máxima de “los sintes son el futuro” apoyado por Javed. Era un amigo que desde la infancia lo había defendido de ataques racistas, lo alentaba a escribir pidiéndole letras para su banda, estaba empeñado en conseguirle novia. Javed entiende que este compa vive tan sobajado como él por su padre y que la música que escucha merece respeto si le significa algo. Es lo que aprendes de Bruce Springsteen. Contrario a la engañosa imagen que algunos se han formado, Bruce no es para mentes cerradas, Bruce te abre a escuchar, lo mismo música que ideas, y lo ha demostrado contundentemente quizá cuando menos se esperaba.

 

Desde que inició el nuevo milenio, Bruce Springsteen se ha mantenido activo y mostrando en ocasiones aspectos insospechados de su obra. Una tragedia nos lo devolvió con una reunida E Street Band en magnífica forma vía The Rising, un álbum de 2002 inspirado por los acontecimientos del 11 de septiembre del año anterior, uno de los cortes incursiona en el imprevisto terreno del canto qwalii (¡pakistaní, Javed!). Devils & Dust de 2005 sigue la senda acústica de Nebraska y The Ghost of Tom Joad aunque con arreglos más ornamentados, incluye el primer encuentro con una prostituta en una canción de Springsteen con todo y una descripción explícita de sexo oral que alteró a las buenas conciencias. En 2008 formó la Seeger Sessions Band para grabar We Shall Overcome, tributo a canciones de protesta que popularizó Pete Seeger interpretadas en vena de folk montañés con fuerte aroma a Irlanda (los conciertos de Dublín fueron grabados para un CD/DVD). Magic, Working on a Dream, Wrecking Ball, High Hopes, al lado de la E Street Band, fueron álbumes sólidos, unos más que otros, pero para nada trabajos decrépitos; a cada uno siguió una gira. Publicó Born to Run, un libro de memorias, y basado en él montó un espectáculo en Broadway (cuya filmación puede verse por Netflix).  Lo más reciente, este 2019, es Western Stars, disco orquestal de material inédito que ha dado pie al debut de Springsteen como director de una película asimismo titulada de próximo estreno. Arcade Fire, Vampire Weekend, Lorde, Hot Chip, Downtown Boys, Lucy Dacus y otros variados actos de cuño reciente han hecho covers a sus canciones que validan el aguante de aquellos años en los que, supuestamente, Bruce no tenía nada que decir a los jóvenes.

 

En 20012, Bruce vino por primera -y única vez hasta la fecha- a tocar en México. Lo recibió un Palacio de los Deportes vergonzosamente a medio llenar, el concierto menos vendido de la gira Wrecking Ball (y de sus últimos años). Hizo falta que una chica naciera 12 años después que yo y viniera desde Bélgica para encontrar acompañante, alguien que entendía un poco el idioma en que él me hablaba. En una canción, Bruce la tomó de la mano, ella le murmuró algo al oído y no se soltaron un rato largo, casi creí que se lo traía con nosotros. De vuelta en su departamento, yo sólo pensaba en besarla… y que la situación recordaba mucho la letra de “I’m on Fire”… nunca me resolví a dar ese beso. Pero tal vez fue mejor, ¿no? Ya saben cómo el amor apesta las cosas, y ella y yo seguimos siendo amigos, habría sido una tontería arruinar la primera amistad que vislumbraba esa luz al final del túnel en las canciones de Bruce Springsteen, ¿cierto? ¿Cierto? No hace falta que respondan, algunos amigos ya lo han hecho… seguido de un sopapo.

En el camino han quedado algunos compañeros de armas de la E Street. El teclista Danny Federici, el saxofonista Clarence Clemons… Clarence fue el único morador de la Calle E que llegó a compartir portada con Bruce, la del disco Born to Run. Su figura de monolítico ébano contrastando la del pálido y enclenque Bruce. La historia de raza y amistad que contaban juntos en el escenario supera cualquiera de sus canciones, admite Bruce, que asimismo es el primero en señalar la ironía sobre sí mismo: para escribir tantas canciones de trabajadores, él nunca ha tenido un empleo de día. Su único oficio ha sido el rocanrol. Para tratar de explicar en qué consiste, ha escrito en el prólogo de sus memorias: “Estoy aquí para dar una prueba de vida de ese ‘nosotros’ siempre elusivo, nunca totalmente creíble. Ese es mi truco de magia”. Presentando “Born to Run” –la canción-, ha declarado que cuando la compuso, a los veintitantos, creía que hablaba de un chico que salía de casa para nunca dejar de correr; pero décadas después descubría que en realidad trata de un chico que sale de casa para buscarse un hogar. Yo sólo digo que si un futuro periodista pakistaní, una chica belga encantadora y un mexicano irredento encontraron ese hogar en su música, el truco le ha salido bien. 


 

No hay comentarios: