
“¿O sea que tu vida se divide en antes y después del concierto de The Cure?”, días atrás alguien le preguntó al eRRe ante su negativa a recibir en ese momento malas noticias que podían postergarse. Pues sí, ¿verdad?, qué baboso suena, como de escuincle caguengue, eso de que uno quiera mantenerse sano sólo por ir a un concierto de rock, eso de gastar una pequeña fortuna en boletos para los tres conciertos porque uno sabe que no podría dormir tranquilo sabiendo que una de sus bandas favoritas toca esa noche en la ciudad. Pero así es… igual es todo lo que hay. Porque en los tres días que acaban de pasar como que el tiempo se suspendió y prácticamente nada era capaz de empañar la felicidad que Porl Thompson, Simon Gallup, Jason Cooper y Robert Smith supieron derrochar en el Palacio de los Deportes.
Anoche, en el tercer concierto, el eRRe casi sentía que iba al bar de la esquina a ver a la banda de casa, tanta familiaridad para tan sólo tres noches. Al tercer concierto solo, como en el 2004, saldando su complicidad con Robert Smith, el último apretón de manos a un amigo que vino de visita (aunque esté a 30 filas de distancia, que después de todo, no está tan mal). Solo también para, como dicen, “no olvidarse de las raíces”, no olvidarse que todo empezó solo en una habitación, mordiéndose el alma de pena o rabia, escuchando todas estas canciones abrazándose a uno mismo como Robert en el escenario al entonar “Kyoto Song” y dibujársele una sonrisa por la efusión incontenible que obtiene del público.
Esta Cura sin teclados suena como un animal exótico indomesticable. Porl Thompson, que dejó el grupo al final de la gira Wish de 1992 y había visitado México antes con la banda de Page y Plant, regresó en 2005 para sutil pero efectivamente reimaginar las canciones en su guitarra calidoscópica. El bajo de Simon Gallup sigue proveyendo esa columna de sólida sencillez para el sonido Cure pocas veces advertida. Esto no es una reunión, porque The Cure siempre ha sido un vehículo con Robert Smith al volante, aunque dando crédito a los miembros de las alineaciones que lo han acompañado a lo largo de los años, y lo que estamos viendo aquí es el germen de la Cura más presente en la memoria colectiva, la de Head on the Door, Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me y Disintegration; Gallup y Thompson también estuvieron presentes en el primer álbum que concretó el sonido Cure, Seventeen Seconds; estaban incluso desde antes, desde Easy Cure. Con Jason Cooper en las baquetas -el más joven de la formación, que de cualquier forma lleva ya más de 10 años apoyando a Robert- por momentos durante los conciertos, especialmente en los cortes extraídos de Seventeen Seconds, Faith y Pornography, dan la impresión de ser una de las bandas que mejor ha aprendido las lecciones del Velvet Underground en manejo de estructuras repetitivas que varían su modo, no a nivel musical, sino de intensidad, hasta que en canciones como la extenuante “Watching Me Fall” o “End” revientan el ritmo más allá del rocanrol transformandose más bien en un grupo de guitarras interpretando música trance, término que parece apropiado para algo que bordea el ritual.
Y de repente se aclara el coro de “Inbetween Days”, una canción que sonó los tres días: “and I know I was wrong/when I said it wast true/that it couldn’t be me and be her/inbetween without you”, eso sin lo cual no podemos estar a gusto es también lo que nos mata, miren si no a esta gente que canta “Pictures of You” con la misma fuerza que cada uno usó en su frustración al romper las fotos que los lastimaban, y ahora eso es motivo para esta fiesta. Así que, supongo, que sí y no. Sí, la vida se divide en antes y después de los conciertos de The Cure, porque son "días intermedios" de algarabía por toda la mierda que habrá de venir después. No, porque uno sabe eso, que esta sensación como el resto de las cosas habrá de pasar, que será barrida en el vendaval de los días. Aunque siempre queda la posibilidad de que le prueben haber estado equivocado y que realmente nunca es tarde para llevársela leve, como se oyó en "Doing the Unstuck" del tercer concierto, con Robert Smith sintetizando el sentimiento entre la audiencia: "let's get happy!".
Anoche, en el tercer concierto, el eRRe casi sentía que iba al bar de la esquina a ver a la banda de casa, tanta familiaridad para tan sólo tres noches. Al tercer concierto solo, como en el 2004, saldando su complicidad con Robert Smith, el último apretón de manos a un amigo que vino de visita (aunque esté a 30 filas de distancia, que después de todo, no está tan mal). Solo también para, como dicen, “no olvidarse de las raíces”, no olvidarse que todo empezó solo en una habitación, mordiéndose el alma de pena o rabia, escuchando todas estas canciones abrazándose a uno mismo como Robert en el escenario al entonar “Kyoto Song” y dibujársele una sonrisa por la efusión incontenible que obtiene del público.
Esta Cura sin teclados suena como un animal exótico indomesticable. Porl Thompson, que dejó el grupo al final de la gira Wish de 1992 y había visitado México antes con la banda de Page y Plant, regresó en 2005 para sutil pero efectivamente reimaginar las canciones en su guitarra calidoscópica. El bajo de Simon Gallup sigue proveyendo esa columna de sólida sencillez para el sonido Cure pocas veces advertida. Esto no es una reunión, porque The Cure siempre ha sido un vehículo con Robert Smith al volante, aunque dando crédito a los miembros de las alineaciones que lo han acompañado a lo largo de los años, y lo que estamos viendo aquí es el germen de la Cura más presente en la memoria colectiva, la de Head on the Door, Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me y Disintegration; Gallup y Thompson también estuvieron presentes en el primer álbum que concretó el sonido Cure, Seventeen Seconds; estaban incluso desde antes, desde Easy Cure. Con Jason Cooper en las baquetas -el más joven de la formación, que de cualquier forma lleva ya más de 10 años apoyando a Robert- por momentos durante los conciertos, especialmente en los cortes extraídos de Seventeen Seconds, Faith y Pornography, dan la impresión de ser una de las bandas que mejor ha aprendido las lecciones del Velvet Underground en manejo de estructuras repetitivas que varían su modo, no a nivel musical, sino de intensidad, hasta que en canciones como la extenuante “Watching Me Fall” o “End” revientan el ritmo más allá del rocanrol transformandose más bien en un grupo de guitarras interpretando música trance, término que parece apropiado para algo que bordea el ritual.
Y de repente se aclara el coro de “Inbetween Days”, una canción que sonó los tres días: “and I know I was wrong/when I said it wast true/that it couldn’t be me and be her/inbetween without you”, eso sin lo cual no podemos estar a gusto es también lo que nos mata, miren si no a esta gente que canta “Pictures of You” con la misma fuerza que cada uno usó en su frustración al romper las fotos que los lastimaban, y ahora eso es motivo para esta fiesta. Así que, supongo, que sí y no. Sí, la vida se divide en antes y después de los conciertos de The Cure, porque son "días intermedios" de algarabía por toda la mierda que habrá de venir después. No, porque uno sabe eso, que esta sensación como el resto de las cosas habrá de pasar, que será barrida en el vendaval de los días. Aunque siempre queda la posibilidad de que le prueben haber estado equivocado y que realmente nunca es tarde para llevársela leve, como se oyó en "Doing the Unstuck" del tercer concierto, con Robert Smith sintetizando el sentimiento entre la audiencia: "let's get happy!".
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