lunes, 19 de noviembre de 2007

Desvarío

El eRRe había planeado todo su día para mantenerse ocupado, de un lado a otro, para no quedarse solo con su pensamiento… No había contemplado que sería día de asueto, que la realidad siempre traiciona. Así que aquí está, hundido bajo un cielo nublado, ha empezado tres textos distintos y no ha terminado ninguno, por lo cual con este no se hace muchas esperanzas. El fin de semana cayó en sus manos un disco que no ha parado de escuchar, Raising Sand, de Robert Plant y Alison Krauss; está lleno de canciones melancólicas que con un sonido austero de cualidades altamente narcotizantes tiende la banda liderada por T. Bone Burnette (con el guitarrista Marc Ribot entre sus filas) como un tapete de fino bordado por el que Plant y Krauss despliegan el baile de sus cuerdas vocales. “Rich Woman” abre con un tono de relajada sensualidad que tiene a los dos protagonistas cantando “she’s all mine and I’m so glad”; luego, a partir de “Killing the Blues” una tríada de canciones lentas y adoloridas hasta llegar a “Gone, Gone, Gone (Done Moved On)”, junto con “Fortune Teller” una de las canciones canallas del disco que Plant vuelve completamente suya desde la estrofa inicial donde como si de una broma se tratara amenaza a su amante: “Some sunny day-hay baby/When everything seems okay, baby/You’ll wake up and find that you’re alone.” El álbum alcanza su cúspide entre “Through the Morning, Through the Night”, un lamento por un amor perdido con Alison Krauss al frente cantando con una fragilidad que de no ser absoluta resultaría intolerable “believe me when I tell you I could never kill a man”, y “Please Read the Letter”, en que la voz de Plant vuela en el tono más cálido que se le haya conocido. La elegía que es “Your Long Journey” viene como el cierre perfecto para un disco meditabundo y ensoñador, del cual sería recomendable que todos tuvieran una copia en casa para evitar el peligro de derrumbe a esas horas en que el peso de ciertas nostalgias amenaza con echar abajo el techo.
Como empaques para el fregadero de la cocina o fusibles por si falla la luz, hay que tener discos para cada emergencia. ¿Por qué si no le subimos al estéreo hasta que la cabeza nos estalla? Pues precisamente por eso, porque queremos volarnos los sesos, dejar de pensar, perdernos en la letra de una canción que hace parecer todo más brillante de lo que es en realidad o en un ritmo machacante que fulmina los nervios o en una red de sonidos psicodélicos que nos quemen la conciencia. La música piensa por nosotros cuando no queremos pensar y dice las palabras que tenemos prohibidas. Sirve para tapar las goteras que dejan todas las cosas que vamos perdiendo, para no extrañarlas tanto, aunque igual se filtra un poco de agua y es posible que lo que haga falta justamente sea decir de vez en cuando que uno las extraña y ya. O a lo mejor hace falta pedirle al dj que cambie la tonada y nos ponga a bailar otra canción favorita del fin de semana: Josele Santigo con “Pensando no se llega a ná”.

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