miércoles, 28 de noviembre de 2007

Only the lonely

For the mystery girl, like all the rest...
“Only the lonely knows the way I feel tonight”. Ah, qué cabrón rompe la voz de Roy Orbison una noche como esta. Cuando él abre la boca más le vale a los mamones de los lobos dejarse de aullidos y al mundo escuchar. El darketo originario: invariablemente vestido de negro de pies a cabeza –literalmente, incluso llevaba siempre lentes oscuros-, tocando su guitarrita, entonando unas canciones de amor no correspondido con una voz de tenor malherido que elevaba la más trivial de las miserias románticas a la novena esfera concéntrica. Es capaz de transformar los versos más cursis en armas letales que te van cortando desde la médula y en el cielo inspira que los ángeles rompan sus arpas. Su versión de “Love Hurts” es definitiva. Sólo en su garganta adquieren el dramatismo de su rotunda inocencia verdades como “your baby doesn’t love you anymore” o “in dreams I walk with you”. La vida del buen Roy quiso empatarse con sus temas desconosolados: su primera esposa murió en un accidente de moto, su casa se le incendió ocasionando la muerte de dos de sus hijos. Un infarto acabó con él apenas cuando recuperaba popularidad vía su colaboración con los Traveling Wilburys (el supergrupo que conformó junto a Dylan, Harrison, Tom Petty y más) y el disco que recién le habían producido Bono y The Edge: Mystery Girl. Un discazo por cierto. En el tema homónimo –compuesto por la pareja de U2- canta sobre una dama que al caer la noche lo lleva de la mano a un lugar donde todo, excepto el amor, es gris. No obstante, con la luz del día, aquellos paraísos “se desgarran en infiernos”, dejando al protagonista preguntándose si lo han dejado ardiendo y deberá arder eternamente. Muy aparte de las metáforas budistas sobre el deseo que pueda facilitar la imagen, esto nos devuelve al personaje de “Only the lonely”. Si al solitario se le hace perceptible su soledad es porque antes solía estar acompañado, y de hecho así lo hace saber bien pronto: “there goes my baby”. Pero el siguiente verso, en su aparente candor conlleva todo el peso del asunto: “there goes my heart”. No es tanto perder a una persona como perderse a sí mismo lo que acongoja al de la voz, más aún cuando parece que “they’re gone forever”. Después de eso la verdad es que poco importan los motivos, poco importa si se encuentra solo porque apareció otro hombre, por la muerte de su amante o simplemente porque ésta se fue de vacaciones. En la interpretación de Roy Orbison lo único que hay es el peso de esa ausencia, la plenitud del abandono, lo desesperanzador de ese momento en que la soledad parece la única realidad viable, cuando nos dan la espalda, dicho no de manera poética sino descarnadamente real, como cuando vamos a despedir a una persona al aeropuerto o a una estación de autobuses –o para el caso cuando nos despedimos de ella todos los días- y, con una confianza que si uno se detiene a pensarla da escalofríos, dejamos abierta la posibilidad de nunca volver a verla. El solitario de “Only the lonely”, no está simplemente solo, se siente solo porque de momento ni siquiera sabe si habita dentro de sí mismo, de momento el vacío que deja esa pérdida, la fractura de esas cosas insignificantes que nunca deben pensarse, parece enorme: ni siquiera se siente solo, arde en un infierno de soledad. Sin embargo, y ahí radica lo grandioso de esta canción, el solitario de “Only the lonely”, en realidad no está solo… O por lo menos no quiere estarlo… está llamando al solitario, a la única persona que podría entender su condición. Años después Bruce Springsteen captaría el mensaje haciéndolo explícito en los primeros versos de su “Thunder Road”: “Roy Orbison sings for the lonely/hey, that’s me and I want you only”. Lo que quiere el solitario es a alguien que comparta su soledad. El solitario quiere que lo acompañen. A estar solo. Juntos. Al fin solos. Los dos.

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