domingo, 26 de febrero de 2012

Vísceras de eRRe

No tenemos sobre las mujeres más ascendiente que el abrazo, en el instante del abrazo. Ahora bien, ¿es posesión o sueño? Las mujeres se abren, pero nosotros no permanecemos en aquello a lo que se abren. Nacer nos expulsa de su sexo. Gozar nos expulsa una vez más. ¿Podemos decir que está abierto para siempre el sexo que siempre expulsa?
Pascal Quignard en Vida secreta

Took my diamond to the pawnshop - but that don't make it junk
-L. Cohen

¿Por qué no salí despavorido? Debí advertir la premonición La primera mujer de la que me enamoré se llamaba Olvido. Quiero decir, ¿qué clase de padres le ponen ese nombre a una hija? “Feliz cumpleaños, Olvido”. “¿Hiciste la tarea o se te olvidó, Olvido”. “Te amo, Olvido”. “Quédate conmigo, Olvido”. Un día en una representación del jardín de niños, mientras interpretaba mi digno papel de Rey de Chocolate, vi a mi Princesa Caramelo entre el público dándole a mi mejor amigo lo que debió ser su primer beso en la boca (el mío tardaría todavía unos diez años).

Comenzó una serie que me gustaría llamar de episodios fatídicos, pero más bien ridículos, con las chicas que me atraen. No se asusten, no me propongo abochornarlos con una lista de los patéticos detalles que han plagado mi relación con "el sexo que siempre expulsa", por usar la expresión de Quignard. Baste con citar la odisea de Homero [Simpson], conozco todos los pretextos: te prefiero como amigo, mi mamá no me deja, no quiero matarte pero si me obligas… He superado la etapa de autoconmiseración, de sentirme infravalorado, de pensar en “algo” que ellas no alcanzan a ver. Estoy convencido que el error está en mí y si acaso ese “algo” existe, ellas marcan su distancia porque son las primeras en advertirlo, dejándome a mí sin idea, y, ¿les confieso la verdad?, ya dejé de preguntarme qué puede ser.

Ni para un vulgar silogismo alcanza. La mayoría de las mujeres con las que me he relacionado sentimental y/o sexualmente opinan que soy un buen muchacho, atento, simpático, pero nada para volverse loco (mientras yo, por su puesto he enloquecido por ellas, en sentido sexual o sentimental, que no necesariamente van de la mano, aunque da igual su obsesión se parece tanto que produce justo eso, locura, disolución de las diferencias).

No me quejo, me han pasado cosas increíbles, cosas que crees que sólo les pasan a las estrellas de rock. He tenido noches salvajes sin tregua y crepúsculos de abrazo tierno. Por lo menos dos mujeres han perdido la cabeza por mí, las desollé y les di una patada. No lo digo con orgullo, sentí que les hacía lo mismo de lo que tantas veces me había quejado –incluso con mayor vileza. Me han llamado un gran amante y un pervertido decepcionante. Encontré el amor, pero con eso pasó lo que Bruce Springsteen canta en For You: “vine por ti, pero no necesitabas mi urgencia”. He ofrecido amor incondicional. He ofrecido sexo sin complicaciones. Sólo que nada parece encajar. Todo es muy confuso.

Así que en esta confusión hace poco cometí un error. O, más precisamente, un acto de maldad. Obedeciendo la apurada lógica de si no puedes con el enemigo únetele, si te hagas adonde te hagas acabas como bolita de papel, actué conciente del mal, abrazándolo. Y en este trato con el diablo siento que a cada paso las cosas empeoran y me hundo más en el fango sin por lo menos recibir las recompensas terrenales prometidas en las tinieblas. Miren esta suerte que puede volver a un hombre malo. "Please, please, please, let me get what I want", los Smiths. Yo no buscaba ser malo, sólo una explicación a por qué todo sale tan mal... y sí, coger.

El otro día me rompí media cara contra una banqueta cayéndome de borracho. Me preguntaron si había sido por una mujer. Sí y no. Fue por todas las mujeres o fue por mí o para darme una lección que necesitaba… no saber dar una respuesta precisa me llena de vergüenza, quizá sea la justificación para escribir esto, un intento por dilucidarlo, esperando quién sabe qué respuesta al absurdo de a estos cansados 36 años ignorar el tipo de hombre que soy. Ahora mismo me encuentro correteando a cinco mujeres distintas, como perrito sin dueño, como siempre torpemente, como siempre con poco o nulo éxito, persiguiendo mendrugos de amor o sexo, o ya ni siquiera un beso, sino una sonrisa. Y no, no necesito una novia, no soy un adolescente, es como si me diera por ponerme a estudiar la discografía de Menudo. Tengo claro que parte de la urticaria la provoca esto del paso del tiempo y que no ceda este desasosiego.
Confieso mi pavor a terminar como el viejo raboverde de La muerte de Bunny Munro, una novela de Nick Cave, impotente y gritando blasfemias, de rodillas en medio de la calle bajo una lluvia torrencial.

¿Qué quiero, qué espero, que necesito de una mujer? Creo que Radio Futura me dio una pista oyendo su magistral adaptación al poema “Annabel Lee” de Edgar Allan Poe, en el cual habla de una flor “que crecía sin pensar en nada más que en amar y ser amada, ser amada por mí”. Alguien que no le estorbe
tu cariño
, alguien que no te estorbe por quererte, y cada uno tranquilo a lo suyo, no una vida de cadenas, una vida que ayude a concentrarse por cerrar la herida del desgarramiento original. Pero, claro, el amor de Annabel Lee y el galán que la enaltece, más grande que el amor de los mayores –que saben más, como dicen, de las cosas de la vida- provoca envidia entre los ángeles del cielo que mandan un oscuro viento para helar el corazón de la hermosa doncella. Entonces… supongo que es una de esas batallas que se ganan dándolas por perdidas, olvidándose de ellas. Y aun así, ya ven, a veces me acuerdo de Olvido.

No hay comentarios: