El siguiente ¿relato, ejercicio narrativo, mamarracho? –nunca cuento- está basado en -robado de- la canción “Round Here” del grupo Counting Crows. Fue escrito en 1997 como parte de una pequeña colección de similares objetos impublicables que llevaba el título Festín de amigos (un blues). La siguiente es una versión remozada en este incipiente enero de 2012 para dejarla más presentable a los ojos del lector, digno de todo respeto. Una disculpa.
Round here we’re carving out our names
Round here we all look the same
Round here we talk just like lions
But we sacrifice like lambs
Round here she’s slipping through my hands…
-“Round Here”, Adam F. Duritz
I
Porque hay mar le llaman playa. En realidad se asemeja más a un desierto. Por eso no aparece en las guías turísticas, a nadie le interesa visitar un pueblo fantasma que al menos en parte no ofrezca la tranquilidad de un montaje hollywoodense. Los habitantes de aquí venimos por el olvido, preferimos enterrarnos en la arena a tomar el sol, si nadamos es sólo para que el agua lave nuestros secretos… fingir que cada uno puede esconder el suyo e ignora el de los demás es la única economía que conocemos, así que no nos quita el sueño contribuir al producto interno bruto del país. Nunca dormimos.
Por lo general evitamos vernos a la cara. Una especie de regla no escrita. Siempre acabas atorado en el brillo de unos ojos, en un recuerdo, aquí venimos a ser libres. Pasamos los días deambulando por la costa, inmersos en un silencio que, a diferencia de la neblina, nunca se disipa. Si alguien llega a saludarte, ni siquiera te detienes, emites un gruñido o medio levantas la mano de marioneta manejada por un titiritero artrítico.
Sentado en los escalones a la entrada de mi cabaña, contemplo el cielo agrietarse de crepúsculo. A esta hora me da la impresión de volverme translúcido. No veo mi mano frente a la nariz, atravesada por agujas de sol. No me asusta. Desaparecer. Al contrario. Es un alivio amanecer y darte cuenta que tienes un recuerdo menos que ayer. Vas sintiendo tus pasos ligeros. Pronto empezaré a levitar, los ángeles desde lo alto vislumbrarán un panorama mejor del derrumbe de los muros entre el bien y el mal aquí.
Hoy, además del silencio, bajó la neblina. Una blancura imprecisa diluye los límites entre las casas, la angustia de las palmeras, las sombras de los cuerpos. Contornos vaporosos. Ojalá todos los días fueran como hoy.
II
La tarde que conocí a María arrastraba una maleta escuálida y volteaba a todas partes como un animalillo perseguido. La cara que pone cualquier recién llegado. Vacilante se acercó a preguntarme si sabía de algún lugar dónde conseguir alojamiento. Me sobresaltó y tardé en hilar una respuesta, pasaron semanas desde la última vez que me había tomado la molestia de sostener una plática. Lo primero que me llamó la atención fue su piel, más blanca y triste que la nieve. Y, luego, el problema de los ojos. Me habría derrumbado de no saber que estoy proscrito, he dedicado muchas fatigas al coraje del océano para ahogarme en un estanque esmeralda, el suyo, además, era de niña.
Caminamos descalzos siguiendo la ebullición de espuma en la bahía, una pareja de arlequines haciendo equilibrios en la cuerda floja de un circo.
-Me gustaría encontrar a un chico parecido a Elvis- dijo de la nada.
-No es tan fácil aprenderse la letra de “Love Me Tender”- observé.
Regresamos a la cabaña. Ella empezó a mostrarme la naturaleza de su cuerpo: las tetas colgándole breves donde sus pezones brotaban en dos ciruelas irreales, la piel pegada a las costillas y un mapa de quemaduras de cigarro. Al acoplarnos dijo: “estoy cerca de entender a Cristo”. Desde aquel primer encuentro, cada vez que lo hacemos le pregunto: “¿Cómo vas?”. Ella contesta: “Cerca, más cerca”.
Esta ocasión en lugar de eso me besó en el cuello y masculló: “Te amo, eres hermoso y te amo”. Estaba nerviosa, le da por decir disparates si no ha tomado cerveza antes de la una.
III
Recostado en el cofre junto a la chica del Chevrolet ’74. Un día aparecieron el auto y ella en este solar, nadie hizo preguntas, asumimos que ahora pertenecían a nuestra simpática comunidad. De vez en cuando la visito, no es que le tenga cariño, ni lástima me provoca, simplemente me relaja perderme en el cielo tendido encima de un auto que se cae a pedazos al lado de una chica que se cae a pedazos, y columnas de polvo irguiéndose, y cuervos picoteando basura y ratas muertas. Ningún parque de diversiones cuenta con el presupuesto para instalar la Casa de los Espantos perfecta.
“Un día deberías probar una de estas”, me dice con la hipodérmica enlodada de heroína y sangre todavía colgándole del jirón de brazo, alargando su sonrisa de muñeca deshauciada.
Jala aire y va a sentarse al asiento del conductor. Me repugnan esas sacudidas que la recorren por oleadas. Nuevas lágrimas limpian el rastro de las anteriores. Dirige la vista al edificio sin terminar al otro lado de la cerca de adobe gris, vestigio de la locura de alguna vez creer que esto podía transformarse en un emporio hotelero. Estira una mano como queriendo alcanzarlo y sofocada escupe: “He estado pensando en saltar de ahí. ¿Qué pensarás mientras vas cayendo? ¿Morirás mientras flotas en el aire o hasta que tu cabeza revienta contra el suelo? ¡Dios, imagina ese sonido!”
Detesto oírla hablar, es mejor cuando se queda ahí tumbada, jadeando con ronquera.
“No flotas.”
“¿Cómo?”
“No flotas en el aire, te precipitas al vacío. No te da tiempo de pensar más que te carga la chingada.”
Lanza una última frase displicente: “Estoy cansada de la vida.”
Vaya con la perra. Todos estamos cansados de algo.
IV
Coge la mano de quien quieras. No habrá diferencia en las bocas que elijas para besar. Poco a poco andamos con pasos idénticos. Respondemos con gestos invariables. Topo con mi rostro garabateado en diferentes siluetas.
Respira hondo, el día medra y los niños corren a guarecerse en las faldas de mamá, huyendo de este sueño que ciega y ensordece como la tormenta. Desconocidos comienzan a reunirse frente al océano para conmemorar la batalla que pelearon bien, la que perdieron. Encenderán fogatas, escribirán sus nombres en la arena con mano quirúrgica para borrarlo con pies de bailarín, desgatillada la lengua por el aguardiente, correrán la noche empeñados en sonar como leones, por la mañana serán corderos en el altar de la iglesia abandonada frente al muelle, donde organizamos las fiestas.
Nuestras fiestas son muy calladas. Pero siempre hay música.
Alguien desgasta mi cabeza, erosiona la emoción, dicta las palabras. Voy a quedarme parado aquí hasta que venga a buscarme o suelte el microfonito-cincel. No importa cuánto tarde, por aquí hay montones de tiempo que perder y ninguna cita que cumplir. Por aquí escasea el pecado desde que nos hartamos de salvación. Apagamos la voz que nos mandaba temprano a la cama con un padrenuestro colgado de los labios. Ahora que podemos, vamos a quedarnos despiertos hasta muy tarde. Tengo carne viva en los nudillos y párpados de plomo y voy a quedarme despierto hasta muy, muy tarde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario