viernes, 2 de marzo de 2012

Mamarracho de un viernes enclaustrado

Extraño como no debería tenerlo permitido. Sin lujuria ni esperanza, sin dejar pedruscos de pan como Hansel y Gretel, sin lluvia en las ventanas, entumido en la punta del segundero. Extraño cuando arrasa el día, recargado en el buró, al sacarme la máscara y la carne, extraño la música de unos ojos al amanecer, extraño mi niñez, el brillo de un juguete y la nerviosa intimidad, no la batalla, es el suspiro antes que el mariscal grite “al ataque” lo que extraño. El suspiro tejedor del primer hilo en la madeja de sangre, las armaduras lustrosas, no las conversaciones de tedio sobre café. Es la tempestad lo que extraño, el hechizo paralizante de la ribera del río, el descalabro de ciudad en yerbas malas, figuras inmóviles, el miedo. Extraño un sofá en el que tal vez nunca duerma, me acostumbré a camas amplias y desoladas, nativo de la tundra. Veo personas y pláticas y lugares, y todos parecen recortes en el álbum de palidez de una estrella retirada. El asilo de la galaxia. Extraño un cigarro, pero a un cigarro es imposible extrañarlo, así que extraño la boquilla, las pinzas en que volaba el cigarro. Extraña mi garganta raspada. Extraña la lengua animal que nunca hablé. Extraño la cacería, una comarca, los planos y los compases, un tatuaje, los modales afectados de palacio, los resplandores mortecinos cebados por esos maestros flamencos que no conocían más biografía que demencia. Extraño la primera vez que oí “Stairway to Heaven”. Todos estos papeles de colores en la calle al rato me devorarán en las sombras de mi cuarto. Extraño mi trabajo de piloto, delicado e implacable contra valles de la muerte.

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