jueves, 29 de marzo de 2012
Súbele al volumen
Súbele al volumen hasta que la música crezca en ola embravecida de ruido que barra el ritmo de tus pensamientos. Súbele hasta que los instrumentos enmarañados, unos encima de otros, como nido de serpientes o flores que se devoran como en la Pared de Pink Floyd, nublen tu sentido de orientación. Súbele y fuma cigarros, llena de humo la habitación, alguna canción se encargará de pedirte que arañes las paredes, pero no vas a escuchar la orden, lo harás por cuenta propia cuando el alcohol y las pastillas y la yerba hagan su labor de hormigas bien capacitadas en murmullos subterráneos. Súbele, que las flores se secan, que te escribirán “eres el mar” queriendo decir "necesito un salvavidas", e igual te vendarás los ojos y darás un paso al risco de la mano de un fantasma, porque el cuerpo es caldera. Y cuando escuches el “track” del búfer volando con tu compás cardiaco, tú síguele girando a la perilla, como si fuera agua del grifo, será un desastre pero llenarás la habitación. Oirás a los demás implorar que te detengas, pero tú súbele, poco a poco sus voces quedarán atrás, la ciudad desde un avión, cada vez más una farsa, una risa loca, una risa rota. Súbele al volumen hasta paralizarte. Hasta que tus manos paren de avanzar por el teclado, hasta que tiemblen las ventanas, hasta que la casa y el edificio entero caigan. Desmorona el mundo hasta que sea un espejo de tu zona interna de demolición. Súbele al volumen, que en el único momento de silencio que quieras en el día, tu vecino organizará una fiesta a la que ni siquiera fuiste invitado y sólo te quedará encajarte los audífonos y subirle al volumen, porque, si vas a morir ahogado, mejor que sea en un estruendo propio que en la cacofonía de otros.
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