martes, 24 de febrero de 2009

Una butaca vacía

Te acuerdas de la primera vez que vinimos al cine. Recuerdas la ansiedad con que nadaban nuestras manos por debajo del descansabrazos, haciendo de su encuentro una proeza. Y de lo bien que encajaron. De la pelotita de fuego que en la oscuridad de la sala nadie vio que nos jugábamos entre los dedos. Te acuerdas de las figuras caprichosas que formaban, de las cuevas y de los montes, de los animales que sacaste a pastar en mi palma. Qué diferente a esta ocasión, apenas depositas una oquedad en el tacto y me das la espalda, y todos los ensayos de mis manos aventuran el abismo, donde el frío quema, donde el alma pende de un hilo. Daría lo mismo estar uno a cada extremo del Gran Cañón de Colorado. Modestamente dejo una butaca vacía. Un símbolo de la distancia para no sólo pensarla. De mala gana acomodo mi cabeza de trapo en las manos de alambre y no me queda de otra más que resignarme a ponerle atención a la película.

Esta locura que crece cuando te pasas la vida tumbado bajo el sol de la isla Toqueyrol.

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