
Hasta los sucios pecadores de vez en cuando son aceptados en el seno de la sabiduría, uno de ellos acuñó la frase: “Hay honores que nunca voy a llevar tranquilo”. Como ser bueno, según parece, más allá de la bondad, en el sentido de “ser bueno en algo”. Corría el último año de prepa y un bufón que nos daba historia encargó el último trabajo del curso. Todos nos esforzamos en trabajos intrascendentes que no tenían otra intención que la de aprobar, sin embargo un amigo, un amigo entrañable que se ha ganado a pulso el sobrenombre de Maestro, entregó un trabajo en serio, un trabajo no nada más para salir del paso sino donde había un compromiso personal de pensamiento. En respuesta nuestro amigo recibió calificación reprobatoria y una mueca burlona: “mhahh, ¡me vas a decir que leíste el Poema de Gilgamesh! ¡Y en inglés!”. Pues sí qué tiene. Nuestro amigo no era precisamente el más puntual en los horarios de clase, no era el que mejor arreglado iba, seguro que no era el más lambiscón, pero de ese grupo no había duda que era el que más sabía de historia. El eRRe no les negará que la situación fue un tanto hilarante, la impotencia del amigo por conseguir que se reconociera su justo esfuerzo. Pero luego de las risas, da lástima, no por el buen Maestro al que finalmente no pudo importarle menos el episodio, pues pasó el examen extraordinario con excelencia, lástima por la necedad de ese otro mequetrefe que no era maestro más que de nombre.
Menos risa da lo que le ha pasado recientemente a Mystery Girl. Hace cosa de un año que a MG, no más porque sí, porque ya hay mucha pinche mierda en el mundo para seguirnos cagando en el prójimo, le dio por organizarse con unos vecinos para darle de desayunar una vez a la semana a un grupo de niños de la calle por el rumbo de Tlalpan. Para tal efecto y aunque no es creyente, a MG lo más lógico le pareció pedir el apoyo de un convento de monjas católicas –el eRRe ignora la orden. MG no llegó con dobles caras, desde un principio dejó claro ante la madre superiora y el sacerdote del lugar que ella no profesaba la religión, que apenas y estaba bautizada, y por lo tanto no quería que el asunto de los niños tuviera nada que ver con cuestiones de fe, era simplemente proveerles algo elemental para la vida: alimento…. desayuno… UNA vez por semana… sin que las santas madres intervinieran, con los vecinos encargándose de la preparación y la limpieza.
Conforme las semanas pasaron los vecinos poco a poco fueron ausentándose, hasta que en Navidad desaparecieron por completo esgrimiendo el muy devoto pretexto de “cómo voy a darle de comer a esos niños cuando tengo que ir a comprar los regalos y la cena para mi familia”, así hasta que sólo quedaron MG y un vecino encargándose de cumplir…. ja… religiosamente, con los desayunos. Los niños, como cabe suponer, no son los más disciplinados del mundo, mamá no les relame el pelo con limón y les da la bendición en camino a la escuela… es decir, pues ése es el punto, ¿no? Muchos de ellos llegaban con verdugones que MG también les curaba dedicadamente. Son niños que no conocen límites, mal educados, ¿por qué no decirlo?, bestiezuelas, y por qué no decir también: niños sin amor. A MG uno le mordió la pierna, otro tiro un Cristo, otro rompió una mecedora -¡qué grave pérdida para un convento, una mecedora!-, las cosas, hay que reconocer llegaron a un punto álgido cuando el nada tonto niño mordelón descalabró al padre T.
Cierto, un niño travieso saca de quicio a cualquiera. El eRRe mismo reconoce que si bien considera tener paciencia con los niños, la piel se le pone chinita cuando ve que uno se acerca, seguro que con funestas intenciones, a sus cosas. Y sí, uno entiende que cualquier persona se enoje cuando le rompen su Maradona de porcelana o la edición de Amazing Fantasy donde por primera vez aparece el hombre araña. Pero, ¿una esposa de Jesús? O, está bien, está bien, también son humanos, concedamos que se puedan enojar, pero uno pensaría que después de un tiempo le darían paso a una actitud menos egoísta, más cerca de la imitación de Cristo que proponía Kempis.
Quizá en otra vida… o en otro país. Desgraciadamente en México tenemos políticos que medio saben hacer política, maestros que medio saben enseñar, y, tal parece, religiosas que medio saben de religión. MG plantó cara y aceptó la responsabilidad por el incidente que terminó en el lamentable descalabro del padre T., pero también apeló a la caridad cristiana de la madre superiora para que le permitiera continuar con los desayunos de estos niños por los que básicamente nadie se interesa. Incluso el padre T. brindó su apoyo –aunque no total pues el miedo lo alejó del comedor del convento- advirtiéndole a la madre que si negaba el espacio “se le va a regresar”. Nada valió. La religiosa no se limito a permanecer inconmovible ante la súplica de un acto de humanismo tan elemental como el que practicó el buen samaritano, aparte se atrevió a entregarle a MG una carta vergonzosa, tosca y decididamente vulgar proviniendo de alguien que ha tomado los votos.
Esta señora, -permitan que a partir de este momento el eRRe retire a la investidura un respeto en este caso inmerecido- se atreve a empezar su carta con un “Estimada MG”, por favor no se puede ser tan hipócrita sin enseñar los dientes, si por lo que sigue se ve que no siente ningún tipo de estima por MG. Saludamos a la primera falta de ortografía -¿dónde quedaron los grandes amanuenses?, ¿los religiosos que se acababan los ojos practicando la lectura y refinando la escritura?: “Me pregunta usted las razones por las que he deSidido ya no prestarles el comedor para que hagan sus desayunos. Le respondo que son varias”. La carta está escrita en computadora, así que no hay excusa, hasta Word marca esos errores, ¿será que cuando vio aparecer esa quebrada línea rojiza se persignó esperando que no fuera un símbolo del Maligno? Pero revisemos las muy interesantes razones que ofrece. El primer reclamo es una cuestión de tiempos: “Ya le mencioné en otra ocasión que nosotros necesitamos el comedor a las ocho de la mañana y algunas veces usted y el señor A. se quedan limpiando hasta las ocho y media y eso atrás las labores del convento”, un problema que sería remediable ajustando la organización o si las monjitas se animaran a colaborar aparte de prestar el lugar.
A partir de aquí diríamos que empieza la diversión si el asunto no fuera tan patético. “Los niños que usted invita a desayunar son niños de la calle y por lo tanto su educación no es la mejor” –no me diga, oiga, qué brillante deducción, seguramente si estuvieran bien educados no les haría falta ir a desayunar a un convento. Y ¿qué es eso de invita? MG no invita a estos chilpayates como si fueran sus cuates a un reven, está bastante claro que son niños que no tienen qué comer, para los que ese desayuno consiste casi en su única comida en serio de la semana- “y esto causa algunos desastres en el convento”. Y a continuación enumera las peripecias ya mencionadas de las cuales la única realmente grave es la del padre T. Cuando Cristo dijo “dejad que los niños se acerquen a mí”, no dijo “pero sólo los que estén bien bañaditos, los bien portados, los que sacan 10 en la escuela”, nada se lo hubiera impedido, pero sólo dijo “los niños” sin mayores condiciones, sin adjetivos, todos los niños. ¿Y qué hay de ese otro pasaje de “estuve hambriento y me diste de comer”? Además, ¿no leemos en los Evangelios también algo así como que Él no vino a curar a los sanos sino a los que están enfermos?
Lo que nos lleva al siguiente –asombroso- reclamo: “Otra de las razones que me llevaron a tomar esta desesión [sic] es que usted ha confesado que no es católica y yo ya lo he hablado con las madres del convento y alguna mala intención debe tener con los niños porque no nos explicamos si usted no tiene fe cristiana por qué hace esos desayunos argumentado que es [sic] solamente porque ellos [sic] pasan hambre.”
Aquí es donde la historia del Maestro y la de Mystery Girl convergen y se vuelven muy tristes. Porque da tristeza que a alguien que es bueno no se le reconozca. Pero da más tristeza que nos hayamos vuelto tan desconfiados, tan maleados, que hasta dentro de los tengamos el ama tan podrida para no creer que haya una persona buena porque sí, que no persiga ningún interés, ni el reconocimiento, ni deducción en los impuestos, ni siquiera por satisfacción personal o buscar la salvación. Por eso al principio dije “simplemente ser bueno en algo”, y si en algo es buena MG es en hacer sentir bien a la gente. ¿Cómo habrá sido esa reunión que la señora tuvo con sus subordinadas? ¿Qué razones habrá expuesto para que concluyeran las malas intenciones de MG? ¿Habrá sido un brillo de sus ojos? ¿O el hecho de que casi siempre viste de negro? O, ¡ya sé!, la actitud desenfadada y, sí, un tanto, insolente, que fascina e/o impone a quien la conoce por primera vez. Que MG, aun aceptando su irreligiosidad, haya decidido acercarse a ellas para ayudar a esos niños, en todo caso daría más confianza por su sinceridad. No muy lejos del citado convento se ubicaba el malogrado albergue Casitas del Sur, donde ya ven lo que pasó, una niña perdida, actividades nebulosas, una imperdonable falta de supervisión por parte de las autoridades encargadas, y todo a manos de unos señores que ahora nadie está seguro de si eran un padre y una monja. Lejos de retirarle el muy elemental apoyo que la brindaban, uno pensaría que la falta de fe de MG las motivaría a trabajar aun más duro que ella para contagiarla del ejemplo.
1 comentario:
Uyyyyy como diría la cancion de Fobia, no me amenaces con tus negras intenciones...
Espero que todo ande bien por allá.
Un abrazo R.
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