
¿Cuál será la prehistoria del beso? Del beso en la boca, por supuesto, casi el único de valor para el eRRe. Él sabe que hay libros al respecto, pero ese tipo de asuntos prefiere imaginárselos a partir de cosas que le pasan a él mismo, o que ve en la gente, o de rolas, o de sí, lecturas, pero no tratados, estas son materias de laboratorio, no de salón de clase. Al eRRe no le parece complicado intuir el origen de los besos en otras partes del cuerpo, a la hora de la calentura, donde caiga el beso es bueno y, en todo caso, en el reinado de la carne lo importante no es tanto besar como apachurrar. El resto de los cariñitos tienen una explicación fácil, a las personas que uno aprecia quiere agasajarlas, y lo más inmediato que tenemos para realizarlo es nuestro cuerpo, y vamos eso hasta con los padres o los hermanos, incluso a los perros acariciamos (y no me digan que nunca les ha tocado el reclamo de “¡aay, me acariciaste como a un perro!”). Pero si se ponen a pensarlo, el beso en la boca implica una lógica más intrincada. ¿Por qué uno querría besar la boca de alguien? Y ni siquiera hablemos de los microbios y otros peligros microscópicos que el fortuito montículo de historia en que habitamos nos permite apreciar. Aun poniéndonos en el lugar del cavernícola: la boca debió ser un lugar vedado, era el orificio donde entraba la comida, una parte casi tan abyecta como su contraparte fisiológica; además estaban esas armas terribles, los dientes, aunque ya era un riesgo permitirle a alguien posar la boca donde sea en el cuerpo, al eRRe le da por suponer que un daño de boca a boca adquiriría una significación profunda, justamente por las consecuencias que tendría para la más elemental supervivencia y por la humillación que supondría haber sido tan tonto para permitir semejante daño –reflexionando, no parece probable que los cromañones hayan sido muy dados a darse besos en la zona que me digan, no creo que hayan practicado mucho la fellatio.
El eRRe ha llegado a la conclusión de que besar en la boca y la aparición del lenguaje oral guardan lazos estrechos. Tuvo la revelación el otro día mientras veía la trilladísima escena de la dama joven que acude a contarle sus penurias al apuesto galán, quien, a falta de mejor consejo, literalmente le calla la boca plantándole tremendo beso de trompa, buche y amígdala. Vaya violencia, tanto como decirle a quién le importa lo que dices, vámonos a coger. Por eso los besos no deseados ameritan el castigo de una cachetada –muchas veces simple pretexto para avivar la lógica de aproximación-separación seguida por el beso. Cuando es correspondido, qué salto al vacío. El beso silencia la realidad, marca la entrada al mundo aparte que se construyen los amantes, que sólo ellos entienden porque ahí no se intercambian palabras, exclusivamente actos de amor, y cuesta pensar en órgano que se preste mejor para el intercambio de muestras de cariño recíproco que la boca, a las manos les falta ese grado de intimidad, y lo siguiente significaría amar con todo el cuerpo. Un buen beso preludia crecida en los caudales de la pasión o representa la sublimación de un ideal, cualquier cosa menor equivale a beso defectuoso.
Habrán de conceder que las situaciones propicias para el beso por lo general tienden a cierto desprecio o impotencia ante las posibilidades del alfabeto; aun cuando se da premeditadamente o en busca de segundas intenciones, al querer aprovecharlo estos casos confirman el único efecto claramente desprendible de un beso en la boca: el estado de confusión. La última prueba en estas cavilaciones llega por el irrefutable conducto de Los Simpson. En el capítulo donde la escrupulosa Lisa desarrolla una atracción, a todas luces desconcertante, por Nelson, el niño peleonero de la escuela, una noche la pareja acude a contemplar el paisaje de Springfield desde una colina, Lisa, deshecha en un elogio del momento romántico, hastiado por el panegírico que Lisa emprende, Nelson le da un beso en la boca, mientras ella vuela en la experiencia de su primer beso, él sólo piensa “a ver si con esto se calla”.
O, en realidad, esta letanía termina cuando el eRRe admite que se le agotaron los recursos para prolongar artificialmente aquello que desde un principio nos habría quedado bastante más claro del modo directo y emocionante que plantean los New York Dolls:
there’s one reason
I’m tellin’ you this
I feels BAAAAAD
and I’m looking for a kiss
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