martes, 3 de febrero de 2009

Alguien páseme una pistola cargada por favor…

Es el pensamiento que cruza en estos momentos la mente del eRRe mientras escucha el nuevo disco de Chris Cornell, Scream. Hubo una época en que Cornell parecía la grandeza hecha carne y hueso, Kurt Cobain y Eddie Vedder habrán sido los cantantes más populares de lo que todavía algunos insisten en llamar “grunge” debido a la fama que alcanzaron sus respectivas bandas, Nirvana y Pearl Jam, pero a los que conocían un poquito más allá de la superficie, no les quedaba duda: Soundgarden tenía el mejor cantante que había dado el grunge. Cuando pasaban el video de “Rusty Cage” en MTV, esa voz inevitablemente movía algo en ti, potente y metálica, una mezcla de Robert Plant y Ozzy Osborne, pero que también sabía ponerse ríspida y desafiante como dicta la usanza punk. Daba la impresión de que Chris Cornell podía hacer lo que le viniera en gana con sus cuerdas vocales.

Su primer disco solista tras la disolución de Soundgarden, Euphoria Morning, si ben defraudó a los críticos, al eRRe le pareció un esfuerzo bastante digno. Las canciones no eran nada del otro mundo, pero al menos estaban bien armaditas y sonaban sinceras, la orientación al blues parecía favorable para lucir su rango vocal. Pero no vendió. Entonces vino la aventura con los ex miembros de Rage Against the Machine para formar Audioslave, en lo que, más que un supergrupo, parecía un intento desesperado de ambas partes por construirse un público reciclado de antiguos fans de Soundgarden y RATM. La megalomanía creció tanto que acábó vencida por su propio peso. Los ex Rage al darse cuenta del error salieron corriendo a buscar a Zach de la Rocha para reformar una banda que la gente de verdad tenía ganas de oír, mientras Cornell se dedicó a modelar abrigos de Dolce & Gabanna (o una mamada así).

Aunque al eRRe no le entusiasman mucho las resurrecciones de grupos finiquitados, el caso de Cornell es grave, y, de verdad, lo mejor que le podría pasar sería volver a juntar Soundgarden antes de seguir hundiéndose en el lodo y acabar con el poco prestigio que pueda quedarle. Ya Carry On, su anterior disco, había encendido las luces de alarma con canciones insulsas y una versión al “Beat It” de Michael Jackson que a muchos les despertó la carcajada final –el eRRe, sólo por la entrañable relación que tiene con todo el Thriller de Jacko y por el respeto que todavía sentía por Cornell prefirió contenerse. Pero con este Scream, las cosas parecen haber llegado demasiado lejos. El disco, argumenta Cornell, “es una búsqueda por unir la música de club con la psicodelia setentara onda Dark Side of the Moon”. Ay, nanita, la descripción ya pone un poco los pelos de punta y uno busca de donde sujetarse para no irse de espaldas. Para conseguir su meta, el equipo de producción incluye a Timbaland y Justin Timberlake (sí, leyeron bien, el greñudo que grabó discos rebosantes de furia como Screaming Live o Badmotorfinger ahora es amiguito de un güey que cantaba en N*Sync), lo cual, dejando los prejuicios a un lado, no tendría nada de malo… hasta que uno le pone “play”…

Scream tiene uno de los peores inicios de disco que jamás se hayan escuchado: unas trompetitas sintetizadas entonando una fanfarria que quiere sonar a medieval pero quedaría mejor para la entrada de un segmento del programa de Chavelo, abruptamente interrumpidas por una voz distorsionada y unos teclados que proveen una ambientación onda King Diamond… entonces viene lo peor, la primera canción empieza en forma… En efecto, un engendro discotequero con toda la huella Timbaland que suena a lado B de Justin Timberlake. ¿De verdad Cornell espera volverse una estrella mundial a sus cansados años con esto? Porque no puede haber ninguna otra clase de intención detrás de este álbum. Que no me vengan con el cuento de la visión artística, porque aquí nada hay que valide ese argumento. Las canciones ni siquiera son buenas, ni son pegajosas, ni cachondas, ni dan ganas de bailar, son revoltijos de beats y loops que no van a ningún lado. ¿Y la voz de Cornell? Bueno, la voz de Cornell daría igual que no estuviera porque de todos modos para el caso está muerta, el potencial sigue ahí pero nada de emoción, por momentos incluso pareciera estorbar y en más de un tema aparece procesada, quizá para disminuir el ridículo de que a un hombre de cuarentaytantos le de por jugar a la boy-band.

El miembro de un foro que frecuenta el eRRe lo ha llamado "el mejor álbum de comedia del año", lo cual sería bastante atinado de no ser por lo patético que resulta escucharlo. Son este tipo de artilugios los que deberían traer una advertencia en la portada: "Cuidado, incluye música que puede anquilar su optimismo y hacerle prguntarse si valió la pena vivir para presenciar este momento". Pero la depresión es lo de menos. Más allá de las decisiones que Chris Cornell ha tomado desde la separación de Soundgarden, el verdadero enigma que plantea Scream –lo que de verdad da miedo- es: ¿qué tan bajo puede caer un hombre antes de perder por completo su dignidad?
Cállense, por lo menos déjenme la ilusión de que todavía le queda una poca...

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