viernes, 11 de octubre de 2024

La línea dura de Midnight Oil


Cada vez que Bono nos causa urticaria por su exuberancia concientizadora, olvidamos que se queda chiquito si lo comparamos con Peter Garrett. El líder de Midnight Oil no sólo introdujo en  sus letras problemas de racismo, ecología y carrera armamentista, sino que incluso saltó directamente a la arena política, llegando a ser ministro del medio ambiente en Australia. Un nuevo documental, Midnight Oil: The Hardest Line, traza la singular historia de la banda que puso a bailar al mundo con una canción de protesta: “Beds Are Burning”.

Cuesta saber con U2 qué tanto afectan las instancias políticas de su cantante al resto de los integrantes, rara vez lo acompañan en esas ocasiones. Pasa lo mismo en el caso de Midnight Oil, aunque el pleno de la banda siempre ha manifestado su respaldo sin reservas a Garrett desde la primera vez que intentó ocupar un escaño del parlamento australiano, momento en el que concentra un documental anterior, Midnight Oil: 1984, planeado durante más de 30 años, se estrenó en 2018.


A principios de la década de los 70, al guitarrista Andrew James y al baterista Rob Hirst les parecía que eso de “la tierra de los afortunados”, el lema con el cual se pretendía vender Australia al mundo, era una tremenda jalada. Formaron una banda a la que llamaron The Farm más que nada para sacudirse el aburrimiento. Les gustaba la música surf y cuando empezaron a hilar tocadas, Hirst se dio cuenta de que resultaba muy demandante aporrear los tambores y ocuparse de las responsabilidades vocales como venía haciendo. Pusieron un anuncio en busca de un cantante y Peter entró en escena. 


La energía del grupo cambia igual que su nombre. El nuevo vocalista trajo elementos progresivos y descubrieron el punk. Tocar en los pubs de Sydney te sometía a una “experiencia de selección natural”. El salvajismo de la audiencia influyó su ataque. La voz de Peter inyectaba veneno de serpiente. Siendo adolescente su casa se había incendiado, le resultó imposible rescatar a su madre y se quedó escuchando los gritos que daba mientras moría consumida por el fuego. Eso te transforma irreversiblemente. Aquellos primeros tokines de Midnight Oil herbían una caldera de euforia, cuando no de abierta furia, que cocinó su personalidad sobre el escenario.


Graban un primer disco con el legendario productor Glynn Johns que les rechazaron. Responden con la creación de su propio sello, Powderworks. Sin otro apoyo que el del público, el grupo crece y por fin conquista éxito nacional con el sencillo “Power and the Passion” en 1983. Un viaje a Japón al año siguiente marcaría su futuro. Durante una visita al museo que conmemora a las víctimas por la bomba atómica de Hiroshima, Peter, que había presenciado cómo su madre perecía calcinada, no digería que alguien fuese capaz de hacerle eso a otro ser humano. Su activismo se intensifica a partir de ese momento y el Partido por el Desarme Nuclear acaba postulándolo al senado, había rechazado la candidatura, pero acepta luego de consultarlo con sus compañeros de banda.


En este documental, The Hardest Line, uno de esos mismos compañeros ahora admite que sintió alivio cuando no ganó la elección, porque habría significado poner la banda en pausa. En cambio, se retiraron una temporada al desierto, donde la tribu warumpi les educó sobre la tierra y la cultura aborigen de Australia. También hubo un giro en “el sentido del tiempo y las cualidades espaciales” de sus canciones. La música antes caótica y con un montón de cambios en la misma pieza fue reemplazada por cadencias más apaciguadas que acentuaban la pasión. Así nació Diesel & Dust, el disco que los catapultó globalmente exponía “el absurdo de la vida del hombre blanco en las ciudades”, según describen sus creadores. Con los 12 años que tenía cuando escuché “Beds Are Burning”, apenas aprendiendo inglés y quizá porque me ganaba la hormona, yo creí que hablaba de sexo, y algo similar pensaban chavas y chavos a los que veía y todavía veo arrimar sus cuerpecitos cada que suena la infaltable rola de fiesta ochentera. Un amigo mío la odia, casi estoy seguro que se debe a esta tergiversación de impresiones. Es el peligro de combinar conciencia social y música pop, nadie pone atención a lo que dices hasta que se viene el coro. 


Nadie sale bien librado de una canción que se escucha hasta la náusea. Midnight Oil publicó otro puñado de buenos discos: Blue Sky Minning; Earth, and Sun, and Moon; Redneck Wonderland, ninguno con la repercusión de Diesel & Dust. Peter Garrett estaba cansado en los primeros años 2000 y con ganas de retomar su carrera política. Para 2007 fue nombrado ministro del medio ambiente y, posteriormente, de educación. Martin y Rob, los fundadores, sabían que no podrían seguir llamándose Midnight Oil, retomaron sus orígenes surf y fundaron The Brake. Casi una década después del parón, la banda volvió a tocar regularmente y en 2020 se cumplió el sueño de grabar con artistas de la Primera Nación australiana el miniálbum The Marrkata Project. Realizaron una gira de despedida en 2022. Alguna colega del Garret funcionario lamenta hacia el final del documental que los logros de su administración no vayan a recordarse tanto como sus canciones. Sirve para demostrarnos que el arte está hecho para durar; la política, para dudar.



viernes, 4 de octubre de 2024

Incierto y sinuoso: el manual del despropósito de Daniel Melero

Estuvo genial, pero no sabía que era música.

-David Niven luego de ver un concierto de Can


Incierto y sinuoso, paradójicamente, resulta un título preciso para una autobiografía de Daniel Melero. Soda Stereo, Babasónicos, bandas de inmensa popularidad, han buscado su asesoría., pero él permanece casi anónimo para el gran público. No le interesa la profesión de la música, sino la posibilidad que ofrece de intervención en la experiencia auditiva. Porque si 70% de nuestro cuerpo es agua, también lo que escuchamos nos conforma desde aquellos 9 meses a oscuras en el mundo acuático y sonoro del vientre materno. Antes que respirar, escuchamos. En esa medida, arte y vida se mezclan en la obra del argentino, y este libro, firmado junto a Mariano Vespa, es una extensión de lo mismo.


Antes que relato biográfico, se trata de un manual para transitar el universo meleriano. Aunque esa imagen es engañosa. Supone obedecer instrucciones, un orden establecido conducente a una meta predeterminada. En cambio, encontramos un despropósito: el narrador temprano resuelve dedicar su vida a algo que no sabe hacer “y con el interés de no aprender a hacerlo”. Nada de manual, se lee como una novela alrededor del “(no)conjunto de sonoridades discontinuas que orbitan a partir de la trayectoria artística de Daniel Melero”, por citar el prólogo de Vespa. Si bien el aludido pormenoriza que nunca piensa en términos de carrera. “Como artista, lo único que conozco es la coronación de fracasos transformados en un éxito que a veces no tiene nada que ver con la fama”.


El fracaso de hoy abre puertas a la belleza de mañana. Melero presume que “la verdadera historia del arte pasa por cómo se potencia el estilo a través de lo que otros consideran una inadecuación o un error”. El antifilósofo Georges Bataille levantaría su copa cuando afirma: “Confío mucho en lo que está en el container de la basura de cualquier lenguaje, en la arqueología de lo carcomido. En aquello que es despreciado tiene que haber algún mensaje muy poderoso para que se lo desprecie”. Después de todo, según manifiesta en el documental Retrato incompleto de la canción infinita (2020), “los cambios en la historia del rock nunca vinieron de músicos bien formados, sino de gente que no sabía tocar y desarrollaron su habilidad”.


Al basurero, sin duda, querían tirar a Los Encargados, la primera banda tecno de Argentina, recibida en un par de festivales a principios de los 80 con lluvia de naranjazos y monedazos –y hace falta odiar mucho a una banda para agredirla con tu dinero-. Luego de cuatro años en funcionamiento y dos discos abortados, Silencio, su debut, en realidad fue la despedida de una etapa iniciática. Nuestro protagonista advierte entonces su peculiar conciencia del tiempo. “Mis contemporáneos a esas alturas ya tienen tres discos”.


Asegura que Soda Stereo fueron los primeros que apreciaron su “yo no sé tocar”. Al verlos ensayar, les vaticina: “Ustedes van a ser la banda más grande de Latinoamérica”. De adolescente había descubierto que la música podía transformarse en arte plástica y con el trío aplica el precepto de que los conceptos superan las aptitudes musicales durante la grabación de Canción animal. Inercia prolongada en Colores santos, la dupla con Gustavo Cerati, un álbum definitivamente de estudio. Para Dynamo buscará “explorar la selva inmensa de los ruidos”, pero se desmarca del proyecto porque el grupo se ha tornado “agresivo. Son peores que los Rolling Stones. Se dicen cosas muy feas”. Describe una “pelea ética” que lo distancia particularmente de Cerati. Reconciliados poco antes del sueño infinito de este último, planeaban sin gran seriedad un disco para siempre imposible. La crónica de esta amistad humedece los ojos.


Un ejecutivo como productor del primer álbum de Soda en 1982 sentenciando: “Melero está loco, nunca va a producir un disco” (casi simultáneamente su parangón Brian Eno era blanco de críticas similares), a finales de la década casi sin proponérselo empieza a grabar grupos y a publicarlos mediante cassettes de limitadísima edición en su sello Catálogo Incierto, ahí aparecieron a Los Mimilocos, Los Corrosivos y Todos Tus Muertos. Otra camada de fuerzas renovadoras emerge en el rock albiceleste entrando los 90. A las heterogéneas bandas encasilladas en la denominada movida sónica “no hay un sonido que los una, pero sí sus actitudes”, y esa diversidad le entusiasma. Se cuentan por cientos los discos que ha producido desde entonces, títulos para Los Brujos, Juana la Loca, Suárez, Carca, Victoria Mil, Avant Press, Giradioses, Juana Molina, el oscuro dueto electrónico Estupendo (a quienes califica de “la banda definitiva de los noventa”) y, curiosamente, pese a su cercanía, nunca a Babasónicos. 


“Para mí producir es generar más rápidamente un fenómeno que no ocurriría, o profundizar en los conceptos”, opina Melero. El papel viene bien para quien tiene la colaboración por “un grado elevado de espiritualidad artística”. Reconoce que siempre necesita de otro para su trabajo, odia la palabra “arreglos”, pero ejerce “una suerte de liderazgo desde un lugar un poco jodido: las ideas”. Y detalla: “el productor debe ser un mediador entre el lenguaje musical y el técnico y a la vez debe innovar, no apoltronarse en ninguna fórmula”. Innovación que no persigue el valor de la originalidad tan exagerado en nuestros tiempos. “Yo no creo en lo original, creo que a veces existe lo auténtico”. Tampoco es avant-garde, eso implicaría dejar atrás a los demás. Es un intenso estar en el presente. 


El nombre del juego, incierto y sinuoso, es imaginación. También se le llama vida. ¿Cómo viviríamos sin imaginación? No confundamos esto con la abulencia idiota del enajenado. La imaginación es una forma de conocimiento (y mejor aún: de des-conocimiento) que no pasa por la razón ni sirve a fines prácticos, pero siempre parte de la realidad. Tan real como Conga, Cámara, Travesti, Rocío, Tecno, Vaquero, Disco, Atlas, el más reciente Ultracromático o el resto de la amplia discografía solista de Melero, y las anécdotas alrededor de su creación: un discurso del dictador Galtieri detona la letra de “Trátame suavemente”, un sencillo titulado “No dejes que llueva” lanzado con malhadado tino durante la peor sequía de Buenos Aires, el hilo que va del futbolista Martín Palermo a Brian Eno, la asidua lectura de Borges, los ecos de John Foxx, el porno y la ciencia que aportan la disrupción perdida en el rock. Una imaginación tan basta que, a principios de este 2024, alcanzó para la reimaginación de Líneas estratégics, merecido tributo que varias bandas mexicanas rindieron a este no-músico cuya única meta es interesarse "por las cosas y por las personas”. En eso consiste la vida.




domingo, 15 de septiembre de 2024

Charly García, del simple milagro a la catadura compleja: La lógica del escorpión


Hace falta una sobredosis de ingenuidad para imaginarse que, a los 72 años y con sus muy públicas afectaciones de salud, Charly García entregaría una obra maestra en su nuevo álbum. La lógica del escorpión dista del genio que derrochan Clics modernos (1983), Piano Bar (1984) y Parte de la religión (1987), la experiencia será sufrida si se escucha a la sombra del pasado glorioso. Un enfoque erróneo. Sencillamente, “es lo que hay”. Ni ganará nuevos fans, ni su legión de incondicionales en Argentina dejará de venerarlo como prócer existencial. El mérito de este adendum discográfico radica en el simple milagro de que sigue vivo, y aun así, depara instantes de belleza, fracturada, pero belleza al fin.


A Charly le pasa un poco lo que Chuck Klosterman escribió sobre Van Halen: que todo el mundo deseaba la reunión con David Lee Roth, pero nadie necesitaba un nuevo disco. Porque es pedantería exigir que un grupo mantenga la originalidad al paso de los años, décadas ni decir. El problema, por supuesto, es que con Charly no hablamos de una banda separada, sino de un símbolo nacional y una influencia continental, siempre habrá alguien pendiente de su próximo movimiento. Hay quien lo da por muerto desde que grabó Say No More (1996) –opinión con la que discrepo, a mí me parece una joya-, independientemente de la percepción que se tenga de su trayectoria, ésta se caracterizó por la convulsión creativa manifestada en discos, si se quiere irregulares, pero constantes. La espera por La lógica del escorpión ha sido tan intensa que seguramente defraudará expectativas.


Después de una especie de gong, “Rompela” abre directo con la voz de Charly, y el que avisa no es traidor, desde un principio esta voz de dientes postizos enseña sus grietas, más pronunciadas que en el anterior, Random (2017); tú sabes si te quedas o te bajas del vagón. Richard Coleman –colaborador de Gustavo Cerati que tocó con García- se preguntaba en su cuenta de X si La lógica del escorpión tiene productor. Los créditos responsabilizan a Say No More, el antimétodo arbitrario, espontáneo, caótico con el que Charly aborda sus grabaciones desde los 90. El disco está “sobreproducido”, amplía Coleman en una réplica al mismo tuit, y creo que le asiste la justicia cuando afirma que “hay partes feas y no por la voz de Charly”. Ese oído absoluto, alguna vez curioso y juguetón, aquí se nota extraviado, empantanado en sonoridades pastosas que rinden un efecto artificial. 


Cosechar perlas en este mar revuelto demanda paciencia. Tras el roquero inicio de la aludida “Rompela”, sigue a paso más moderado “Yo ya sé”, cumplidora y hasta ahí, la guitarra cede protagonismo a los teclados para lamentar que “Freud ha arruinado todo, como internet”. El blusecito convencional de "El club de los 27” pasaría sin pena ni gloria de no ser porque Charly anuncia que se afiliará (27, que al revés es 72) y por la guitarrota que mete David Lebón, también colaborador en “La medicina no. 9”. Esta se conoció años atrás por grabaciones de concierto con el título de “La medicina del amor”; en el estudio es arropada con un ensamblaje instrumental brillante, deslustrado por los ya comentados defectos de producción, y la mermada voz cantante drena el vigor natural de la composición que arranca con acordes de “Rap de las hormigas”. Ejercicio autorreferencial común en Charly prolongado al incluir “Te recuerdo invierno”, pieza grabada de frugal manera para el en vivo de Cassandra Lange (1995), esta adaptación de 2024 la enriquece y ajusta a las actuales condiciones vocales del intérprete mejor que el corte previo y el que le sucede, “Autofemiciidio”.


Tocamos cúspide casi a mitad de la travesía. “América” pide prestada una tonada de la industrial “I’m Afraid of Americans”, de Bowie/Eno (de Earthlng, 1997), para transmutarla en una entidad distinta, con esqueleto de guitarras acústicas, percusiones sincopadas musculosas y microorganismos sónicos reminiscentes del modo Say No More más óptimo; no sé si el acompañamiento de Pedro Aznar sirva para potenciarlo, este es el mejor Charly que podemos tener a estas alturas. Y el clímax se extiende a “Juan Represión”, transcurridos 50 años de su publicación en el álbum Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (1974) de Sui Géneris, no diré que este tema encuentra su versión definitiva, cuesta competirle a la historia, pero sí se reinventa exponencialmente bordado de cuchilladas corales que traspasan la melodía como voces de desaparecidos, ayer estaban, hoy ya no. Todavía “Estrellas al caer” engancha y se las arregla para emanar frescura, si bien tira de un motivo de “Chipi chipi” –de La hija de la lágrima (1992)-, con la cual comparte cierta aspiración zen: si aquella proponía “una canción sin amor, sin dolor” que conquistaba la eternidad, en esta “la pena sideral nunca te va a dejar”, mientras puedas "recoger estrellas al caer, verás que es imposible perder”. 


Desafortunadamente, la recta final corre cuesta abajo. Pese a la sinceridad del tributo, la resurrección de la voz de Spinetta para “La pelícana y el androide” se siente forzada y, ultimadamente, anticlimática. El “Watching the Wheels” de Lennon recibe mejor tratamiento en Kill Gil (2010) –y mejor aún en los demos de preparación para ese álbum-. La pista titular es una especie de cuentito para conferir una justificación conceptual que sale sobrando. Y mi principal decepción viene al cierre, considerando que uno de los máximos ejemplos de expropiación García es “Me siento mucho mejor”, la perspectiva de otro cover a The Byrds, “Rock and Roll Star” en esta ocasión, me despertó ilusiones de floja y deslucida realidad, ni el dueto de Fito Páez la salva, quédense con la ejecución de 2006 en el programa de José Alberto Badia disponible en el canal Rarezas SNM de YouTube. 


La lógica de este escorpión no suelta toda su ponzoña a la primera picadura. Posteriores audiciones revelan virtudes bajo la superficie, va tomando cuerpo, le descubres riqueza aromática, notas de pimienta y el paladar cae subyugado por el veneno cual vino maduro de compleja catadura sensorial. ¿Y si no te gusta? Bueno, Charly respondió a eso hace tiempo: “Te podés matar”. Él, felizmente, seguirá su constant concept hasta donde le alcance la vida.

Nick Cave y la fe silvestre de Wild God

Cuando en junio de 2015 falleció Arthur, el primero de dos hijos que ha perdido Nick Cave, era natural preguntarse qué nuevos efluvios de oscuridad recorrerían la obra de este príncipe de las tinieblas. Nueve años después, contra los pronósticos, el reencuentro con las Bad Seeds en Wild God tiende una invitación a renovar el siempre agridulce gusto por la vida, que se justifica en la maravilla de sobrevivir a los demás y a uno mismo, con un tono espiritual menos afectado por sarcasmos anteriores.


Repasemos el camino que nos trae hasta aquí, no sólo para que nos ilumine el duelo atravesado por Cave, sino acaso la jornada de cualquier duelo. Lo primero que podemos decir es que Cave se volcó en su trabajo como catarsis. Al escaso año del deceso de Arthur, en septiembre de 2016, ya publicaba Skeleton Tree; un réquiem en toda forma que empieza con el lamento por la aniquilación del ser querido, pero al final atisba redención: “Y todo está bien ahora”, es la línea que cierra ese disco. Pero quien haya experimentado un luto espeso, súbito, como la pérdida de un hijo, sabe que hay momentos alucinatorios, existencia e inexistencia, lo que fue y lo que pudo ser se confunden en un plano nebuloso, fantasmagórico, la evocación de Ghosteen, de 2019, un disco firmado junto a The Bad Seeds donde el conjunto apenas asoma la cabeza, como si temiera despertar a los muertos, es más un disco de Nick Cave y Warren Ellis, su fiel escudero de la última época, juntos han concebido numerosas bandas sonoras de películas en estos años, y se asumieron únicos responsables de Carnage, en 2021, pasada la pandemia y antes del fallecimiento de Jethro, el hijo mayor de Nick, en 2022.


The Bad Seeds se hacen sentir de inmediato en Wild God, ya no en el papel secundario que les reservó Ghosteen, sino como vehículo de exacta sutileza para seguir las corrientes de conciencia que mueven estas canciones. El otro pilar es un coro que flota por el disco como ánimas de paso a otro mundo.  


“Song of the Lake” abre con un hombre y una mujer rotos sin recuperación posible para declarar que eso “no importa”. Según Schopenhauer, a cada momento, en las angustias de los problemas cotidianos, la vida parece una tragedia; pero frente a la fatalidad inevitable que nos espera, la suma de esos momentos resulta cómica. Vivimos a merced de un dios salvaje, como sugiere la canción homónima. Nos arroja a este mundo sin pedir permiso, lo llena de diluvios y plagas y pecado y dolor, y como después del nacimiento lo único que nos obsequia es silencio, tal vez los dioses salvajes seamos nosotros. Aspiramos a la trascendencia, pero recaemos en antiguas miserias, espejo de los anfibios protagonistas de “Frogs”, que hundidos en su estanque de fracaso aún se atreven a desafiar la noche con la música de su croar.


Nick Cave admite que la muerte de Arthur lo arrancó de la admiración por su propio genio. La religión, la Biblia en particular, antes sólo era una fuente de imágenes para abordar la lucha del bien y el mal. Hace años confesaba haber cambiado la violencia del Antiguo Testamento por la salvación ofrecida en el Nuevo Testamento. Aun entonces, Dios aparecía como posibilidad espiritual prescindible: “I don’t believe in an interventionist God”, declaraba “Into My Arms”. Ahora, la prueba de intervención divina está en una vida de preguntas sin respuesta. Esta es una declaración de fe dirigida a un dios igual de perdido que sus criaturas. Como dijo Leonard Cohen: la plegaria importa por la urgencia del remitente, no por la identidad del destinatario.


Cuando Nick cantaba de parvadas de murciélagos liberados y otras siniestradas en The Birthday Party, quién iba a pensar que algún día sentiría la necesidad de escribir una canción titulada “Joy” (alegría), la cual integra un sencillo verso, “ten piedad de mí”, antes usado en “Mercy”, de su disco Tender Pray (1988), ahí se suplicaba piedad por un castigo inminente; también estaba el condenado a muerte de “The Mercy Seat”, que mastica la palabra con ironía por su impostergable cita con la silla eléctrica. No hace falta cometer un crimen para recibir castigo en “Joy·”, basta levantarte cada mañana para caer, para que te traspasen las voces de encono que predican el fin del amor, aquí la “piedad” o “misericordia” no es una imploración, es un reclamo del derecho a los momentos felices, de por sí pocos y breves.


Detrás de “Final Rescue Attempt”, una balada quebradiza sobre la posibilidad del amor si nos rescatarnos unos a otros, seguimos el riachuelo de un susurro que desemboca en océano estentóreo. El tesoro del mapa. No sólo es que grupo y coro se retroalimenten de intensidad a la perfección en “Conversion”, es el episodio que condensa el mensaje central: la expiación del dolor a través de la belleza silvestre, aunque el dolor nunca desaparezcz porque es condición imprescindible para permanecer en esta, la única realidad que conocemos, hasta para amar. Así lo corrobora la hipnótica “Cinammon Horses”. 


“Long Night Dark” es el corte más apesadumbrado a la vieja escuela, con su constante anuncio de la penumbra que viene. Le replica el tema de aires más pop en la colección, “Oh Wow Wow (How Wonderful She Is)” celebra esa natural belleza que nos purifica y, al parecer, homenajea a la ex de Cave y de The Bad Seeds, Anita Lane, perecida en 2021, pues acaba con un audio de ella hablando de fantasmas y otros juegos de la imaginación, el amor incluido. Si las sombras han de cubrirnos, que sea como las aguas cubren el mar. En “As the Waters Cover the Sea”, el coro se viste formalmente de góspel para despedir con deseos de “paz y buenas mareas a todas las cosas”. Que también son mis deseos para quien lea esto.




sábado, 14 de septiembre de 2024

El rock en apoteosis de Nothin’ But a Good Time

Acabo de leer Nothin’ but a Good Time, una historia oral del glam metal ochentero que este 17 de septiembre de 2024 se convertirá en serie documental de Paramount+. Van Halen dio el pistoletazo de salida para que Mötley Crüe, W.A.S.P, Ratt, Poison, Cinderella, Skid Row o Guns N’Roses ganaran popularidad global con un sonido de rock duro, letras libertinas y estrafalarias vestimentas.


Pero los 80 no amanecieron con buenos augurios para el rock basado en guitarras. A Van Halen los contrató Warner gracias a unos demos que les produjo Gene Simmons, de KISS; no obstante, los sellos discográficos en general se inclinaban por la novedosa tendencia new-wave, en particular por el estilo new romantic de tersas melodías moldeadas por sintetizadores y presentadas por artistas de aspecto sofisticado.


Se consideraba que las rolas estridentes y festivas que hacía un grupo como Quiet Riot eran “música de dinosaurios”, tuvieron que firmar con la división japonesa de Sony para publicar sus primeros discos, que en general pasaron inadvertidos hasta que Ozzy les robó al prodigio trágicamente fenecido de Randy Rhodes. A la distancia, el papel crucial de Quiet Riot en el ascenso del hard rock ochentero suele barrerse bajo la alfombra. Reformados a instancias de un productor en busca de una banda que grabara una nueva versión de “Cum On Feel the Noiz”, clásico de los ingleses Slade, y con la reticencia inicial del grupo, la canción se convirtió en un éxito apoyado por un llamativo video que difundió ampliamente  MTV, la banda irrumpía en el cuarto de un adolescente a punta de decibeles, como pronto haría la marabunta que les pisaba los talones.

El naciente canal de videos evidenciaba la relevancia que había adquirido la imagen en la promoción musical. Para competir con los churrigurescos modelitos que portaban los nuevos románticos, estas bandas –que provenían mayormente de los clubes en el Sunset Strip de Los Ángeles- elevaron la apuesta; más maquillaje, más laca en el pelo para obtener cabelleras más voluminosas y atuendos más recargados que no variaban mucho de un grupo a otro porque todos acudían al mismo diseñador. Una de las curiosidades que nos revela el libro de Tom Beajour y Richard Bienstock es que, cuando Michael Jackson desarrollaba el look para su álbum Bad, buscó al vestuarista de Warrant, agrupación que todavía no firmaba contrato discográfico.

Era una época distinta, las bandas tenían que distribuir volantes y disputarse postes de luz para pegar propaganda de sus tocadas y generar alboroto a su alrededor. Tras el improbable éxito de Mötley Crüe, los ejecutivos disqueros deambulaban por la eterna fiesta que dicen que eran las noches angelinas a la caza de la siguiente gallina de los huevos de oro, aunque de repente llegaban sorpresas desde la costa este, caso de Bon Jovi, Cinderella y Skid Row. 

Ahora que no todo era exceso, había espacio para el romanticismo. Cualquier banda glam metal que se preciara debía incluir en su repertorio una buena power ballad, o las “canciones mojacalzones”, como les llama el guitarrista de Warrant Joey Allen. La lógica era presentarse con una rola prendida para ganar credibilidad, luego lanzar la balada de sencillo para traer chicas a los conciertos y detrás vendrían los machines persiguiéndolas. Visión que cabía esperar de una corriente que presentaba a las mujeres como poco más que accesorios de lujo, apenas distantes de un coche, una botella de champán o cualquier otra comodidad que supuestamente identifica a una estrella de rock. Penelope Spheres retrató en su documental The Decline of Western Civilization Part II: The Metal Years, esa depravación y decadencia que era apoteosis de todos los clichés engendrados por el rock. Resulta gracioso revisar las críticas contra el glam metal por parte del grupo de señoras indignadas que promovieron colocar sellos de advertencia en los discos subidos de tono, y comprobar su parecido a los dardos que orgullosos pero rancios roqueros lanzan actualmente contra las huestes del reguetón. El tiempo es circular y los momentos, pasajeros. No era de extrañarse que siguiera algo muy distinto.

Guns N’Roses trajo los primeros vientos de cambio. Banda formada por integrantes de Hollywood Rose y L.A. Guns, compartía algunos de los principios hair metal, pero con apariencia más callejera y el sonido más blues de Slash reemplazaba los malabares guitarrísticos que ya saturaban el género. Esa plática sobada de que el grunge mató al metal de los 80, es cierta sólo en parte. El libro menciona que llegó el punto en que había “38 Guns N’Roses, 20 Ratts, 14 Warrants”. Al abuso de la fórmula en los nuevos actos, se sumó el natural desgaste de los consagrados con tal de alimentar la máquina de la popularidad, lo cual cobró su factura de trastornos mentales y adicción. Una de las escenas más tristes que me quedan de la lectura de Nothin’ But a Good Time es la de uno de los guitarristas de Ratt, Robbin Crosby, internado en un sanatorio, infestado de SIDA, adicto a la heroína, con una obesidad mórbida que le dificultaba el movimiento y aferrándose a la fantasía de algún día volver a grabar discos, murió a los 42 años. En cambio, la parte que más me hizo reír implica una noche en que Axl Rose terminó persiguiendo a David Bowie por la calle con instinto asesino. Y la mejor (o peor, según se vea) historia de éxito incumplido fue la de Jetboy.


Vince Neil, de Mötley Crüe, concluye que las bandas de grunge fueron más anónimas, por lo que sus fans les son menos leales y no pueden hacer giras 30 años después. Eso, aparte de inexacto, puede verse de otra manera: después de haber alcanzado su pico de extroversión con el glam metal, al rock sólo le quedaba recorrer la senda del ensimismamiento, cuestionar sus propios valores, un pico introspectivo que el grunge saldó con el sacrificio de su máximo exponente. Y desde entonces, el rock anda preguntándose ¿y, ahora, pa’ dónde me hago? Un destino vagabundo que le viene muy saludable.



lunes, 5 de junio de 2023

El Corona Capital y el cochinito de la soledad

 

Acabo de leer un meme: “Si nadie quiere ir contigo a un concierto, ve solo, sin miedo al éxito”. Me causa gracia porque de no haber aplicado el principio hace décadas, me habría perdido la mayoría de los actos en directo que he disfrutado y algunos de los momentos más felices de mi vida. Recuerdo el grito en el cielo que puso mi madre cuando le conté, con toda naturalidad, que había ido al cine solo; entiendo la preocupación de que un malandro te haga algo (más si eres una chava), pero ya tenía 15 años y era un cine; es decir, ya no estaba en una edad para que me hicieran tan pendejo a lo wey.


Hay una discriminación de la que poco se habla en este país hacia los solitarios. Escribí algo parecido en Facebook y uno de mis contactos, buen hombre, pero muy sácale punta, me contestó que vivíamos en una sociedad y quien no lo aceptaba no tenía derecho a chillar por no recibir tarjetas de Navidad. Estas palabras, en el fondo, no hacen más que evidenciar la visión generalizada del solitario como un perdedor Bueno, me viene la imagen de Pascal Quignard a quien puedo pensar como un solitario, pero jamás como un perdedor. Para empezar el alejamiento del grupo humano, el aislamiento, es uno de los llamados más antiguos que cualquier sociedad ha ejercido sobre cierto tipo de individuos –anacoretas, chamanes y hasta el mismo Jesucristo lo sintieron-, y no se trata de esperar felicitaciones de Fin de Año, sino simplemente de un poco de respeto, por ejemplo, en un restaurante, donde la prioridad de servicio al solitario es evidentemente inferior a la mesa de numerosos comensales. En esos letreros que este tipo de negocios ahora están obligados a exhibir por ley, además de la preferencia sexual, posición social, raza o creencia religiosa, debería agregarse que no se discriminará por preferencia social o soledad.


Ahora, acaban de anunciar el cartel para este Corona Capital 2023. Tres noches, cada una encabezada por una banda simbólica de mi generación: Pulp, Blur y The Cure. Había estado ahorrando sobre todo por si venían Pulp y The Cure. Pero cada uno en su concierto separado, no los esperaba en festival. A todas las bandas ya las vi y con The Cure, particularmente, me había prometido nunca perderme un concierto suyo en la Ciudad de México. Mi disyuntiva es distinta a la del meme del principio y a la que atravesaba cada vez que quería ver a un grupo que a nadie más la interesaba. No faltarán los amigos que me acompañen, pero ¿de verdad quiero gastarme en tres días –lo que incluye boletos y chupe- el varo que planeaba en un más largo intervalo? Y, sobre todo, ¿de verdad estoy preparado para aventarme tres días seguidos el ritual –cada vez más desgastante- de la caminata y los empujones entre miles de desconocidos? ¿O sólo voy a The Cure? O, de plano, ya a ninguno. ¿Valdrá ese clavado en la muchedumbre romper el cochinito de mi soledad? ¿Me la voy a pasar mejor?

miércoles, 31 de mayo de 2023

Nina Galindo en el Sindicato Rupestre: Calor que no da el boiler


Brindis por un difunto, de Nina Galindo y Sigue La Mata Dando, es para mí un templo imprescindible del culto al rock nacional, aunque me informan mis fuentes que no tan sagrado para recibir la bendición de los pontífices que recientemente han publicado su biblia de 200 discos chingones del rocanrol mexicano. Aparecido en 1991, más rocanrol de lo que trae este álbum no se puede: canciones perrísimas de un grupo importante de roleros que venían desarrollándose desde los años 80 bajo el oblicuo apelativo “rupestre” (encuentro de rock y blues con jiribilla mexicana) cantadas por el temple intocable de Nina Galindo. 

Estaba Cecilia Toussaint con la garra curtida en los hoyos fonqui de la generación inmediatamente anterior y las nocturnas ondulaciones con las que Rita Guerrero seducía desde Santa Sabina. Nina ocupaba otro universo, más sutil y al mismo tiempo más bravo. Le bastaba con pararse frente al micrófono, abrir la boca y hacer valer la ley de su canto cuando disparaba el exquisito arsenal de su repertorio. Con presencia serena pero firme, hirsuta cabellera de color atardecer en la playa, ojos fijos en un planeta más allá que el tuyo y un estilo de vestir sencillo que a mí me parecía de mucha clase, apenas le faltaba moverse, con eso dominaba a las bestias. Un puñado de veces la vi en el Teatro Isabela Corona de Tlatelolco y si un gandalla le gritaba la infaltable guarrada, ella invariablemente encontraba la revirada que dejaba callado al fulano. Y ahí me tenían como un chiquillo anonadado, admirado. Era una diva de otro lugar. Una estrella que sólo podía existir cuando cantaba y como pasa con las maravillas fuera de nuestro alcance viví un poquito enamorado de ella.


Su discografía es en realidad breve. Después del aludido Brindis…, vino Antropofagia amorosa (1993), Antes del toque de queda (1995) y El desliz (1999). De esos, el único que se me escapó fue El desliz porque, ya saben cómo rebasa la vida, las deudas, las pérdidas irreparables y los hallazgos milagrosos, los libros, las películas, los imprevistos, el alcohol, las angustias y hasta el propio amor con sus delicias y sinsabores… hacen que, sin buscarlo ni desearlo, un día te des cuenta de que has pasado un par de décadas sin ir a ver a una de tus cantantes favoritas, Nina Galindo. Y yo no sé si algo parecido le pasó a ella, que de repente descubro que ha sacado un nuevo disco doble, Canciones atoradas, y está por desatorar un concierto el 27 de mayo en el Sindicato Rupestre.


Contacto al maestro Simón Zamora, buen camarada ideólogo del Sindicato, con el inocente propósito de que me dé chance de presentarme a comprar un disco y llegarle, la neta ya no me alcanza pa quedarme a la tocada. Con la generosidad que le caracteriza, Simón contesta que me lance a adquirir mi disco y de paso me quede a presenciar el chou.


Le debo uno de los momentos inesperados más gozosos que he vivido últimamente.


Si conocen el Sindicato Rupestre, saben que es un espacio de máxima libertad con absoluto respeto, alérgico al oropel y sanamente dispuesto al desmadre, sin grandes separaciones entre público y artista. Antes de subir, veo que el maestro Simón retiene a Nina en el pasillo que conduce al escenario para que le hagan la respetuosa presentación que amerita. La tengo a pocos metros de mí y quedo arrebatado, suspendido, pasmado como el puberto que iba a encenderle sus veladoras internas en Tlatelolco.


Acompañada únicamente por su guitarrista Jorge García Montemayor, recuerdo que “Algo de suerte”, del Rockdrigo fue una de las primeras que se reventaron y sí, sentía la tinta en estas páginas dibujadas por la muerte de correr con algo de suerte para compartir este momento, este lugar, este oxígeno en donde Nina Galindo derrocha su voz. Y cavernícolas como somos, adentrados en esta catacumba, no son tanto estas pobres antorchas que hemos traído para lacerar la noche las que nos iluminarán, sino el sonido, esta música desaprobada por los canónigos de Rhythm & Books, lo que trazará las pinturas mentales que cada uno se lleve en forma de aplausos, chiflidos, el beso que se da una pareja, una cerveza destapada, un triste tabaco encendido a escondidas de esta vieja ciudad de hierro que ya ni siquiera permite semejante consuelo al distante instante del corazón exaltado antes de convertirse en pinche instante de olvido.


Al menos yo me siento muy vivo en el momento que Nina se arranca con “La muerte de los viejos locos”, y me arrebata la respiración en pétalos aun cuando canta de “Ellla”, la que reniega de su mala suerte, porque yo llevo años latiendo con ese "corazón que naufragó”. Tan demolido estoy que no me queda más que juntar mis pedazos en esos gritos triviales de “¡Viva, Nina!” “¡Gracias, Nina!” “¡Eres grande, Nina”. Y ella me contesta con la edad que está próxima a cumplir. Me he convertido en uno esos rucos que gritaban cosas parecidas en Rockotitlán. Y soy tan feliz. ¿Por qué no brindar? Y se descorcha una de mi maestro Gerardo Enciso, “El vino”, que como todos sabemos, es buen amigo, pero como todo buen amigo puede traicionar. No es el caso esta noche, que mientras finiquito la tercera chela de la velada, el maestro Simón se me presenta para regalarme la cuarta al tiempo que Nina desde el micrófono pregunta por él sobre un asunto de la firmeza del escenario.


Así es el Sindicato. Sin pedos, sin mamonerías, sin propinas de a webo. Y por eso ha de permanecer inquebrantablemente Rupestre –denominación de origen que ya alguna vez les quisieron pelear-. Llegará el momento en que esto será un buen recuerdo, por ahora nos congregamos aquí para respirarlo, absorberlo, tomarlo, brindarlo justo cuando Nina por fin nos regala una de las más pedidas de la noche: “Habrá tiempo” 


Parece que se va y muchos quedaremos helados porque no ha encendido “El boiler”, pero bien que regresa para dejarnos mejor esta luz que la oscuridad. Yo sigo entre nubes. Cuando Nina regresa del escenario por el pasillo donde la he visto antes del concierto, algunos asistentes la detienen para tomarse una selfie. Despierto. No lo había pensado. No se me había ocurrido que podía acercarme a Nina Galindo para sacarme una foto con ella. Lo hago apresuradamente. Antes de soltarla para que huya a cualquier galaxia que habite, alcanzo a decirle "te amo". Me he quitado un peso de encima.


lunes, 16 de enero de 2023

¿Apagarlo? No si puedo evitarlo


Joe Jackson, músico de pop elegante, también es un escritor de pensamiento sagaz que denuncia los atentados a la libertad individual enmascarados de prevención sanitaria. El presente texto data de 2003, cuando varios motivos lo llevaron a abandonar Nueva York, el principal: las leyes antifumadores. La alteración del vínculo social en los espacios de esparcimiento, la manipulación de la investigación científica para sembrar pánico y la honda contradicción suyacente son algunos de los puntos que señala en esta política; si ni en las cantinas se puede fumar, acabaremos haciéndolo en el hogar junto a los hijos que queríamos proteger, lo que deja una duda perturbadora: ¿no será que hay una necesidad social latente por encontrar una minoría a la cual atacar ahora que todas las otras están prohibidas? Para mala fortuna de Jackson, el llamado al sentido común que aquí hacía a las autoridades inglesas pre Brexit cayó en saco roto y actualmente reside en Alemania, donde la regulación en torno al tabaco es más prudente. Sus esfuerzos en el tema cristalizarían en el ensayo Smoke, Lies & The Nanny State (Humo, mentiras y el Estado niñera, 2007), disponible para consulta en su sitio web: joejackson.com. (El texto fue publicado originalmente en Daily Telegraph el 28 de noviembre de 2003,;mi presente traducción junto a esta introducción aparecieron en 2019 en la revista Inundación Castálida de la Universidad del Claustro de Sor Juana.)


Noche de viernes en la ciudad. Acudo a una fiesta en un centro nocturno promovida por mis amigos Mimi y James, cuyas fiestas del pasado son legendarias. Pero hay poca concurrencia y un ánimo apagado. La economía local anda mal, pero ése no es el único problema.


Por ejemplo, nadie baila: es ilegal. El recinto no cuenta con el permiso debidamente caro y complicado de obtener. Todos tenemos historias: el bar castigado porque dejó a una pareja besuquearse junto a la rocola; la clase de swing que fue cancelada; incluso el club del centro que recibió una cuantiosa multa después de una velada de música klezmer judía cuando las setenta y pico personas que conformaban el público fueron vistas meneándose.


Pero ¿qué hace este grupo de gente fuera del club? No están bailando; fuman. 


Gracias a una nueva ley, es ilegal fumar en el interior. También es ilegal beber en el exterior. Entonces: una fumada entre trago y trago, o dejas tu bebida dentro con la esperanza de que ahí continúe cuando regreses. En cualquier caso, se desarrolla toda una fiesta por separado en la calle. Aunque no demasiado festiva. Todo el mundo refunfuña sobre cómo el actual alcalde es peor que el anterior, el que inició esta disneyficación de la ciudad con la idea de hacerla amigable para empresarios y turistas, exiliando el elemento creativo, “bohemio”, cerrando incluso los bares topless.


Los no fumadores poco a poco también empiezan a escaparse, y Judy, la bartender, toma su pausa de cinco minutos para un cigarrillo. La prohibición supuestamente busca proteger su salud, pero ella dice que preferiría no ser un poli que vigila su cumplimiento, muchas gracias, y por menos propina, ya entrados en gastos. Y de vez en cuando, uno de los promotores tiene que salir corriendo para avisar a los fumadores de algún acontecimiento importante dentro. Ah, sí, y para recordarles que no hagan mucho ruido. El club puede ser multado por eso, también. 


La ciudad, por supuesto, es Nueva York. La ciudad de la que me enamoré cuando era un forúnculo en el trasero de la América reaganista: más sucia, pero bastante más divertida. Me radiqué ahí desde entonces, pero este año volví a vivir de lleno en Inglaterra. Mi desilusión tiene que ver más con el presidente Bush que con el alcalde Bloomberg, pero la gota que derramó el vaso –lo que finalmente me puso a hacer mis maletas con absoluta indignación- fue la prohibición de fumar. Imaginen mi consternación al oír que la Policía del Humo promueve una prohibición similar en Britania. 


Una prohibición como ésa sería aun más devastadora aquí que en Nueva York, con todo y que la propaganda de Bloomberg diga “¡Amamos Nueva York libre de humo!”. Manhattan conserva una especie de glamour inamovible que Londres quizá nunca iguale, pero Londres –con todos sus problemas- es más sociable y su vida nocturna hoy en día es más libre, más amigable y por alguna razón más adulta. Se mueve en la dirección correcta además, con sus ridículas leyes para otorgar permisos a punto de cambiar. Mientras tanto, Nueva York está pensando en cerrar sus bares y clubes más temprano, en parte para retirar de las calles a esas molestas aglomeraciones de fumadores


Yo soy un fumador moderado; disfruto un par de cigarrillos o un cigarro puro con una copa. Pero también soy una persona consciente de la salud y, durante los últimos años, he investigado ampliamente todos los ángulos sobre el tema de fumar. He concluido que fumar es riesgoso, pero no tan peligroso como los oficiales fanáticos y los activistas antifumadores nos harían creer. Para ser más claro, estoy convencido (como muchos científicos respetados) que el peligro para los “fumadores pasivos” es en esencia un engaño, con dudosas estadísticas manipuladas y exageradas por la intención manifiesta de estigmatizar a los fumadores y horrorizarnos a todos.  

 

En mis incursiones dentro del loco mundo de la estadística, he descubierto, por ejemplo, que es más probable que mueras en un accidente de bicicleta, o como resultado de ser zurdo y usar objetos para diestro, que por ser un fumador pasivo. Pero los oficiales de la salud acostumbran ocultar cualquier evidencia que no sea de su agrado y alteran la información. Todo es parte de una campaña propagandística a gran escala y muy bien financiada para cambiar la percepción que tiene el público de fumar como algo que da placer a algo sucio y antisocial. Bueno, personalmente me considero una excepción a la acusación de que es un “hábito asqueroso”. ¿Dónde está lo asqueroso exactamente? Yo no soy una persona asquerosa, ¡venga, miren mis uñas!


Independientemente de las estadísticas, está el sentido común, y nuestras propias observaciones a menudo contrastan con la línea oficial. Por ejemplo, los antifumadores ahora nos dicen que aproximadamente la mitad de todos los fumadores (se refieren a personas que llevan mucho tiempo haciéndolo, adictos sin remedio, pero se olvidan de las letras pequeñas) morirán por este hábito.


Ahora bien, ¿por qué, si hay menos gente fumando, más gente como yo que fuma moderadamente y todo el mundo en general tiene hábitos más saludables, este cálculo ha ido en aumento constante? Además, si esto fuera remotamente cierto, todos sabríamos de docenas de fatalidades por fumar. ¿Ustedes de cuántas saben? Yo de una y, como en la mayoría de casos parecidos, murió a los 74 años después de haber fumado en grandes cantidades desde los 14. En realidad, la mayoría de nosotros moriremos pasados los 70 a causa del mismo tipo de enfermedades, seamos fumadores o no. Tampoco hemos visto generaciones enteras de fumadores pasivos que trabajaron en un bar cayendo como moscas, aun cuando en el pasado había más humo en los bares. 


El sentido común británico es algo que con mucha frecuencia eché de menos en Estados Unidos. Admitámoslo, los yanquis tienen una historia preocupante de embestidas santurronas en direcciones erróneas. Vean la Prohibición, por ejemplo. No porque el alcohol sea inofensivo; de hecho, fácilmente puede probarse que causa más daño que el tabaco. El tabaco, sin embargo, es un flagelo de la humanidad menos popular que el trago o las hamburguesas, y por eso los antifumadores se han enfocado tanto en él durante el último par de décadas


El sentimiento antifumador se ha exacerbado tanto en ciertas regiones de Estados Unidos que uno debe preguntarse si hay en juego algo más oscuro que la preocupación por la salud pública: una necesidad latente en la sociedad de tener una minoría a la cual atacar, ahora que todas las demás minorías son intocables. ¿De qué otro modo explicar la increíble rudeza que experimentan los fumadores, o los restaurantes que prohíben fumar en mesas al aire libre, o los edificios de oficinas donde no se permite fumar y luego colocan letreros de “No fumar” a dos metros de la entrada? Uno casi espera ver a los fumadores en instrumentos de tortura y que sean arrojados a la basura.


¿Es esto lo que queremos en Britania? El enfoque estadounidense ante temas polémicos no siempre funciona. No parece que Estados Unidos pueda curar a Los Ängeles de su perniciosa niebla tóxica, y aun así esa ciudad ahora intenta que no se fume en parques y playas. No parece que Estados Unidos entienda cómo frenar la obesidad descontrolada, o las 11,000 muertes por arma de fuego al año, y aun así un exfumador convertido en tabacofóbico puede llegar a alcalde de Nueva York y prohibir que se fume en los bares. El enfoque estadounidense no siempre funciona en Estados Unidos, por Dios. Y lo crean o no, en lo que toca al tema del cigarro Britania es de hecho notoriamente más progresiva.


La industria de la hospitalidad británica, con su recién adoptado Registro de Voluntarios, está haciendo grandes avances para brindar voluntariamente más opciones a la gente y aire más limpio. La gente está dándose cuenta de que los modernos sistemas de ventilación e higienización del aire logran un aire perfectamente confortable para todos salvo los resentidos del cigarro más fanatizados. Con eso no basta, dicen los antifumadores. Pero yo he estado en bares –en Japón, sobre todo, pero más recientemente en las excelentes nuevas áreas para fumar de alta tecnología en el aeropuerto de Heathrow- donde hay montones de personas fumando, pero la calidad del aire es perceptiblemente mejor que la de afuera.


En el caso de los pubs, particularmente, a los antifumadores les vendría bien un baño de realidad. Aun si es cierto que sólo alrededor del 30 por ciento de los británicos fuma, cualquier inepto se dará cuenta de que ese porcentaje al interior del pub es muy superior. Más aún, virtualmente todo no fumador del pub socializa con fumadores y lo hace alegremente, mientras la ventilación opere correctamente, se vacíen los ceniceros y el ambiente no esté plagado de humo. 


El pub inglés* siempre ha sido un bastión de tolerancia. Y es en el pub, no en el hogar, donde el fumador encuentra su último refugio. ¿Nadie ha notado un defecto cuando nos dicen que no debemos fumar en los pubs, tampoco con nuestra pareja, ni –sobre todo- con nuestros hjos? No pueden arrebatarnos ese refugio sin volver ilegal el tabaco de facto. Y la Prohibición en la realidad nunca funciona. Además, se perderían 7 mil millones de libras esterlinas al año en impuesto al tabaco.


Britania puede guiar al mundo en este tema, con una política más considerada hacia los no fumadores que, digamos, la de Europa del Este, pero más realista que las prohibiciones extremistas de California y de Nueva York. Políticos, tomen nota: pueden ganar titulares y popularidad con menos legislación restrictiva, no más; si son más razonables, no menos. ¿No es ése el modelo británico? Yo en verdad es lo que espero, detestaría tener que hacer mis maletas con indignación otra vez.


*Se ha optado por dejar aquí la palabra “pub” en lugar de encontrarle algún equivalente en español, pues parece evidente la intención del autor por desmarcarse de la palabra “bar” que apenas utilizó en el párrafo anterior en relación a Estados Unidos. “Pub” designa un establecimiento típico de la cultura inglesa donde se consumen viandas y bebidas alcóholicas; del mismo modo que una cantina es un espacio de encuentro único de la cultura mexicana (N. del t)


lunes, 17 de octubre de 2022

The Mission en ajuste de cuentas


The Mission UK toca este 19 de octubre en el Auditorio BB de la Ciudad de México. Formada a finales de los 80, la banda conoció el éxito gracias al toque de rock clásico que añadió al sonido gótico del momento. Las hordas de las sombras más recalcitrantes no les perdonaron el pecado de la popularidad ni lo que consideraban su traición a Sisters of Mercy. Pero el misionero mayor, Wayne Hussey, hace un ajuste de cuentas con tal percepción en su reciente libro de memorias Salad Daze y, de paso, aporta razones para no perdernos su inminente concierto.


¿La identidad secreta de Harry Potter?

Hussey nació en Bristol, en 1958, aunque siempre fue hincha del Liverpool FC. Soñaba convertirse en futbolista profesional hasta que Marc Bolan con su T. Rex se le cruzaron en la televisión y descubrió que tocar la guitarra era más fácil. Otro factor que truncó sus planes en el balompié fue una deficiencia visual detectada en la infancia que lo condenó a usar lentes por el resto de sus días. Eso lo volvió un chico taciturno e introspectivo, sólo superó el trauma años después cuando le fue revelado que podía mandarse hacer gafas oscuras con graduación, por eso las lleva puestas incluso entre las profundas penumbras del escenario.


Unos grados más abajo, en la misma primaria a la que asistió, tuvo de compañera a una tal Joanne Rowling; si les digo J. K., quizá la ubiquen mejor. Efectivamente, la creadora de Harry Potter ha manifestado que ese colegio inspiró varios personajes de sus libros, y si uno ve la foto del imberbe Wayne con los pelillos cayéndole de lado en la frente y sus redondos anteojos, la semejanza con el protagonista de las novelas despierta sospechas.


Su crianza en la fe mormona lo llevó a conocer a través de uno de los campamentos que organizaba la iglesia a otro gótico en ciernes, John Klein. El futuro guitarrista de Siouxsie & The Banshees le compraría un amplificador primero y luego una guitarra, moldeaba ya desde entonces el sonido del movimiento. Por cierto, el campamento terminó para Hussey tras provocar un incendio, ¿qué tan intencional o fortuito fue?, no lo recuerda.



De camino a las tinieblas

Una vez instalado en la ciudad del equipo de sus amores (y también de sus admirados Beatles), tuvo su primera banda en forma como guitarrista de The Ded Byrds. Más que melodías oscuras, tomaban el toro de la new-wave por los cuernos del ska. Cambiaron de nombre a The Walkie Talkies cuando grabaron un único sencillo con el cual no pasó gran cosa, pero la experiencia sirvió para ubicar a Hussey entre las caras habituales de Eric’s, el club que albergaba a bandas en ascenso del subsuelo de Liverpool y alrededores, semillero de propuestas que lograrían reconocimiento internacional como The Teardrop Explodes, Echo & the Bunnymen, The KLF o Frankie Goes to Hollywood, a estos últimos recibió la oferta de unirse, pero le pareció que con un nombre tan ridículo nunca serían exitosos. 


Separados The Wallkie Talkies, pasó lo mismo con otra banda de la escena, Tontrix, y Wayne se unió a su cantante para formar Hamibi and The Dance. Su paso fue breve, pues saltaron chispas al tocar el tema de la autoría de las canciones; el vocalista pensaba que debía recibir el crédito absoluto, el resto del grupo creía que merecía una parte. Wayne se detiene en este punto para aconsejar a las bandas que empiezan: los créditos de publicación de las canciones pueden ser una fuente de mucho resentimiento, por lo que recomienda establecer porcentajes desde un principio. En The Mission, por ejemplo, el criterio es 80% por música, 20% por letra; al tratarse de un cuarteto, cada integrante recibe su 20% correspondiente por mínima -y aun inexistente- que sea su contribución musical; Wayne, al tratarse del letrista principal, recibe 40%. Hamibi and the Dance sacaría su disco Heartache en 1982 con la totalidad de los temas adjudicados a Hamibi


Los ex de Hamibi continuaron un rato desafiantemente como …and the Dance, pero a Hussey el destino lo esperaba en Pauline Murray & The Invisible Girls, una banda con miembros de los Buzzcocks y Be-Bop Deluxe originalmente planeada para acompañar a John Cooper Clarke y de la que era bajista el legendario productor Martin Hannett. Con él, mientras producían las nuevas pistas en el estudio, nuestro misionero inhaló su primera raya de cocaína, recuerda con cariño cómo torpemente tiró un poco del polvo y Hannet al rescate se puso de rodillas a escarbar los gránulos caídos en concienzudo afán de no desperdiciar. Hussey fue acreditado como coautor en el sencillo resultante, “Searching for Heaven”, que ocupó al sitio 83 de las listas del Reino Unido, primera vez que sucedía con una canción en la que hubiera estado involucrado; si la escuchan, aparte de su guitarra, se llevan de regalo un solo del Bernard Sumner, ese de Joy Division y New Order.


Fue invitado entonces a incorporarse a la banda de Pete Burns, Dave Or Alive. Con ellos grabó el EP It’s Been Hours Now y el álbum Sophisticated Boom Boom. Su salida sobrevino en parte por su propia mano, al introducir el uso de DAT en el grupo redefinió el camino irrevocablemente hacia la música electrónica y ya no tenía mucho sentido ser el guitarrista si sus partes podían cubrirse con apretar un botón. Burns, además, era muy posesivo y no le gustó enterarse de sus colaboraciones con otros músicos. Hussey escribe en Salad Daze que se les saltaron las lágrimas al enterarse de su muerte el 24 de octubre de 2016, no por el Pete Burns al que sus drásticas modificaciones corporales hicieron una celebridad, “a ese Pete no lo conocí, sino por el Pete más joven que una vez conocí y admiré tanto, al que incluso amé”. Esa noche The Mission tocó y le dedicó su canción más popular, “Tower of Strength”, una melodía cuyos orígenes rastrea hasta un corte de Sophisticated Boom Boom, “The Stranger”. Reciclar es bueno.



Hermanita de la caridad

La acusación que parte del público de Sisters of Mercy dirige hacia Wayne Hussey se basa en la suposición de que conspiró para sacar al guitarrista fundador Gary Max y, con ello, causó la debacle de la alineación que grabó el venerado primer larga duración de la agrupación. Es categórico en su defensa: “Creo que sin mi presencia la banda se habría separado antes de siquiera grabar First and Last and Always. Lo cierto es que estaba desintegrándose frente a mis ojos desde el momento en que me uní”.


El propio ideólogo y voz de las Hermanitas, Andrew Eldritch (maliciosamente apodado Von), lo contactó para trasladarse a Leeds como reemplazo del segundo guitarrista, Ben Gunn. Pambolero incorregible, Hussey anota que debió saber que su relación siempre sería conflictiva cuando supo que Eldritch apoyaba al Manchester United. El problema estaba en los hábitos del cantante: no ensayaba con los instrumentistas, y mientras Hussey, junto al bajista Craig Adams, estaban ávidos por salir de fiesta y socializar; Von, de carácter más taciturno, pasaba días a puerta cerrada. La principal diferencia consistía en la velocidad de trabajo, como hicieron evidente las sesiones para registrar First and Last and Always. La música quedó lista, pero Andrew no salía de su aislamiento, luchaba por terminar las letras y, en consecuencia, no estaba preparado para ejecutar sus tomas vocales; hasta que una madrugada grabó casi todas las canciones de un tirón, a solas con el productor David M. Allen. Complicaciones posteriores que llevaban cocinándose quién sabe cuántos años ocasionaron la salida de Gary Marx en medio de una gira.


Hussey reconoce que, si bien lo ha negado en entrevistas, probablemente ese álbum sea el mejor trabajo de todos los implicados porque cada nueva obra que cada uno ha perpetrado desde entonces acaba por ser comparada con aquel disco de 1985. “Al terminar la grabación, sentí que me había vaciado de cada onza de mi energía, de cada idea”, y admite que, años después, entendería mejor los modales y exigencias de Eldritch por situaciones similares atravesadas con The Mission.


De conformidad a los tiempos de Von, la composición del segundo álbum empezó a tardar mucho. Wayne llevó una nueva canción, “Garden of Delight”, que el mandamás cantó, pero a regañadientes, no le convencía la letra y la pieza iría a paarar en el debut de The Mission (la versión demo de Sisters la encuentran en YouTube). Harto de las tácticas de su hermético líder, Craig Adams botó el bajo en un ensayo  y anunció su salida del grupo. Al día siguiente, Hussey visitó a Eldritch para informarle que también se iba y formaría una nueva banda con Adams. Von todavía le preguntó si estaría dispuesto a tocar en el próximo álbum y aceptó (esto nunca se concretó). Todo muy civilizado y amistoso para las habladurías que se tejerían . Volvieron a verse hasta pasados vario años, un amigo mutuo conspiró para dejarlos a solas, y, según relata Wayne, Andrew le confío que él “seguía siendo el mejor guitarrista que haya tenido esta banda”, y aunque no era dado a las demostraciones efusivas de afecto, Von no respingó cuando lo estrecho en fuerte abrazo.


Salad Daze termina en el rompimiento con Sisters of Mercy, por sus páginas desfilan integrantes de The Pretenders, Joy Division, XTC y The Cult, así como Courtney Love, Thom Yorke, Brad Pitt y Lemmy. Un segundo volumen, Heady Daze, que indagará de lleno en los años de The Mission, completará estas memorias con su publicación en 2023. Por lo pronto, aprovechemos la oportunidad este 19 de octubre para presenciar historia viva del llamado rock gótico en la distinguida compañía de otra insignia del género, Gene Loves Jezebel.