sábado, 14 de septiembre de 2024

El rock en apoteosis de Nothin’ But a Good Time

Acabo de leer Nothin’ but a Good Time, una historia oral del glam metal ochentero que este 17 de septiembre de 2024 se convertirá en serie documental de Paramount+. Van Halen dio el pistoletazo de salida para que Mötley Crüe, W.A.S.P, Ratt, Poison, Cinderella, Skid Row o Guns N’Roses ganaran popularidad global con un sonido de rock duro, letras libertinas y estrafalarias vestimentas.


Pero los 80 no amanecieron con buenos augurios para el rock basado en guitarras. A Van Halen los contrató Warner gracias a unos demos que les produjo Gene Simmons, de KISS; no obstante, los sellos discográficos en general se inclinaban por la novedosa tendencia new-wave, en particular por el estilo new romantic de tersas melodías moldeadas por sintetizadores y presentadas por artistas de aspecto sofisticado.


Se consideraba que las rolas estridentes y festivas que hacía un grupo como Quiet Riot eran “música de dinosaurios”, tuvieron que firmar con la división japonesa de Sony para publicar sus primeros discos, que en general pasaron inadvertidos hasta que Ozzy les robó al prodigio trágicamente fenecido de Randy Rhodes. A la distancia, el papel crucial de Quiet Riot en el ascenso del hard rock ochentero suele barrerse bajo la alfombra. Reformados a instancias de un productor en busca de una banda que grabara una nueva versión de “Cum On Feel the Noiz”, clásico de los ingleses Slade, y con la reticencia inicial del grupo, la canción se convirtió en un éxito apoyado por un llamativo video que difundió ampliamente  MTV, la banda irrumpía en el cuarto de un adolescente a punta de decibeles, como pronto haría la marabunta que les pisaba los talones.

El naciente canal de videos evidenciaba la relevancia que había adquirido la imagen en la promoción musical. Para competir con los churrigurescos modelitos que portaban los nuevos románticos, estas bandas –que provenían mayormente de los clubes en el Sunset Strip de Los Ángeles- elevaron la apuesta; más maquillaje, más laca en el pelo para obtener cabelleras más voluminosas y atuendos más recargados que no variaban mucho de un grupo a otro porque todos acudían al mismo diseñador. Una de las curiosidades que nos revela el libro de Tom Beajour y Richard Bienstock es que, cuando Michael Jackson desarrollaba el look para su álbum Bad, buscó al vestuarista de Warrant, agrupación que todavía no firmaba contrato discográfico.

Era una época distinta, las bandas tenían que distribuir volantes y disputarse postes de luz para pegar propaganda de sus tocadas y generar alboroto a su alrededor. Tras el improbable éxito de Mötley Crüe, los ejecutivos disqueros deambulaban por la eterna fiesta que dicen que eran las noches angelinas a la caza de la siguiente gallina de los huevos de oro, aunque de repente llegaban sorpresas desde la costa este, caso de Bon Jovi, Cinderella y Skid Row. 

Ahora que no todo era exceso, había espacio para el romanticismo. Cualquier banda glam metal que se preciara debía incluir en su repertorio una buena power ballad, o las “canciones mojacalzones”, como les llama el guitarrista de Warrant Joey Allen. La lógica era presentarse con una rola prendida para ganar credibilidad, luego lanzar la balada de sencillo para traer chicas a los conciertos y detrás vendrían los machines persiguiéndolas. Visión que cabía esperar de una corriente que presentaba a las mujeres como poco más que accesorios de lujo, apenas distantes de un coche, una botella de champán o cualquier otra comodidad que supuestamente identifica a una estrella de rock. Penelope Spheres retrató en su documental The Decline of Western Civilization Part II: The Metal Years, esa depravación y decadencia que era apoteosis de todos los clichés engendrados por el rock. Resulta gracioso revisar las críticas contra el glam metal por parte del grupo de señoras indignadas que promovieron colocar sellos de advertencia en los discos subidos de tono, y comprobar su parecido a los dardos que orgullosos pero rancios roqueros lanzan actualmente contra las huestes del reguetón. El tiempo es circular y los momentos, pasajeros. No era de extrañarse que siguiera algo muy distinto.

Guns N’Roses trajo los primeros vientos de cambio. Banda formada por integrantes de Hollywood Rose y L.A. Guns, compartía algunos de los principios hair metal, pero con apariencia más callejera y el sonido más blues de Slash reemplazaba los malabares guitarrísticos que ya saturaban el género. Esa plática sobada de que el grunge mató al metal de los 80, es cierta sólo en parte. El libro menciona que llegó el punto en que había “38 Guns N’Roses, 20 Ratts, 14 Warrants”. Al abuso de la fórmula en los nuevos actos, se sumó el natural desgaste de los consagrados con tal de alimentar la máquina de la popularidad, lo cual cobró su factura de trastornos mentales y adicción. Una de las escenas más tristes que me quedan de la lectura de Nothin’ But a Good Time es la de uno de los guitarristas de Ratt, Robbin Crosby, internado en un sanatorio, infestado de SIDA, adicto a la heroína, con una obesidad mórbida que le dificultaba el movimiento y aferrándose a la fantasía de algún día volver a grabar discos, murió a los 42 años. En cambio, la parte que más me hizo reír implica una noche en que Axl Rose terminó persiguiendo a David Bowie por la calle con instinto asesino. Y la mejor (o peor, según se vea) historia de éxito incumplido fue la de Jetboy.


Vince Neil, de Mötley Crüe, concluye que las bandas de grunge fueron más anónimas, por lo que sus fans les son menos leales y no pueden hacer giras 30 años después. Eso, aparte de inexacto, puede verse de otra manera: después de haber alcanzado su pico de extroversión con el glam metal, al rock sólo le quedaba recorrer la senda del ensimismamiento, cuestionar sus propios valores, un pico introspectivo que el grunge saldó con el sacrificio de su máximo exponente. Y desde entonces, el rock anda preguntándose ¿y, ahora, pa’ dónde me hago? Un destino vagabundo que le viene muy saludable.



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