Hace falta una sobredosis de ingenuidad para imaginarse que, a los 72 años y con sus muy públicas afectaciones de salud, Charly García entregaría una obra maestra en su nuevo álbum. La lógica del escorpión dista del genio que derrochan Clics modernos (1983), Piano Bar (1984) y Parte de la religión (1987), la experiencia será sufrida si se escucha a la sombra del pasado glorioso. Un enfoque erróneo. Sencillamente, “es lo que hay”. Ni ganará nuevos fans, ni su legión de incondicionales en Argentina dejará de venerarlo como prócer existencial. El mérito de este adendum discográfico radica en el simple milagro de que sigue vivo, y aun así, depara instantes de belleza, fracturada, pero belleza al fin.
A Charly le pasa un poco lo que Chuck Klosterman escribió sobre Van Halen: que todo el mundo deseaba la reunión con David Lee Roth, pero nadie necesitaba un nuevo disco. Porque es pedantería exigir que un grupo mantenga la originalidad al paso de los años, décadas ni decir. El problema, por supuesto, es que con Charly no hablamos de una banda separada, sino de un símbolo nacional y una influencia continental, siempre habrá alguien pendiente de su próximo movimiento. Hay quien lo da por muerto desde que grabó Say No More (1996) –opinión con la que discrepo, a mí me parece una joya-, independientemente de la percepción que se tenga de su trayectoria, ésta se caracterizó por la convulsión creativa manifestada en discos, si se quiere irregulares, pero constantes. La espera por La lógica del escorpión ha sido tan intensa que seguramente defraudará expectativas.
Después de una especie de gong, “Rompela” abre directo con la voz de Charly, y el que avisa no es traidor, desde un principio esta voz de dientes postizos enseña sus grietas, más pronunciadas que en el anterior, Random (2017); tú sabes si te quedas o te bajas del vagón. Richard Coleman –colaborador de Gustavo Cerati que tocó con García- se preguntaba en su cuenta de X si La lógica del escorpión tiene productor. Los créditos responsabilizan a Say No More, el antimétodo arbitrario, espontáneo, caótico con el que Charly aborda sus grabaciones desde los 90. El disco está “sobreproducido”, amplía Coleman en una réplica al mismo tuit, y creo que le asiste la justicia cuando afirma que “hay partes feas y no por la voz de Charly”. Ese oído absoluto, alguna vez curioso y juguetón, aquí se nota extraviado, empantanado en sonoridades pastosas que rinden un efecto artificial.
Cosechar perlas en este mar revuelto demanda paciencia. Tras el roquero inicio de la aludida “Rompela”, sigue a paso más moderado “Yo ya sé”, cumplidora y hasta ahí, la guitarra cede protagonismo a los teclados para lamentar que “Freud ha arruinado todo, como internet”. El blusecito convencional de "El club de los 27” pasaría sin pena ni gloria de no ser porque Charly anuncia que se afiliará (27, que al revés es 72) y por la guitarrota que mete David Lebón, también colaborador en “La medicina no. 9”. Esta se conoció años atrás por grabaciones de concierto con el título de “La medicina del amor”; en el estudio es arropada con un ensamblaje instrumental brillante, deslustrado por los ya comentados defectos de producción, y la mermada voz cantante drena el vigor natural de la composición que arranca con acordes de “Rap de las hormigas”. Ejercicio autorreferencial común en Charly prolongado al incluir “Te recuerdo invierno”, pieza grabada de frugal manera para el en vivo de Cassandra Lange (1995), esta adaptación de 2024 la enriquece y ajusta a las actuales condiciones vocales del intérprete mejor que el corte previo y el que le sucede, “Autofemiciidio”.
Tocamos cúspide casi a mitad de la travesía. “América” pide prestada una tonada de la industrial “I’m Afraid of Americans”, de Bowie/Eno (de Earthlng, 1997), para transmutarla en una entidad distinta, con esqueleto de guitarras acústicas, percusiones sincopadas musculosas y microorganismos sónicos reminiscentes del modo Say No More más óptimo; no sé si el acompañamiento de Pedro Aznar sirva para potenciarlo, este es el mejor Charly que podemos tener a estas alturas. Y el clímax se extiende a “Juan Represión”, transcurridos 50 años de su publicación en el álbum Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (1974) de Sui Géneris, no diré que este tema encuentra su versión definitiva, cuesta competirle a la historia, pero sí se reinventa exponencialmente bordado de cuchilladas corales que traspasan la melodía como voces de desaparecidos, ayer estaban, hoy ya no. Todavía “Estrellas al caer” engancha y se las arregla para emanar frescura, si bien tira de un motivo de “Chipi chipi” –de La hija de la lágrima (1992)-, con la cual comparte cierta aspiración zen: si aquella proponía “una canción sin amor, sin dolor” que conquistaba la eternidad, en esta “la pena sideral nunca te va a dejar”, mientras puedas "recoger estrellas al caer, verás que es imposible perder”.
Desafortunadamente, la recta final corre cuesta abajo. Pese a la sinceridad del tributo, la resurrección de la voz de Spinetta para “La pelícana y el androide” se siente forzada y, ultimadamente, anticlimática. El “Watching the Wheels” de Lennon recibe mejor tratamiento en Kill Gil (2010) –y mejor aún en los demos de preparación para ese álbum-. La pista titular es una especie de cuentito para conferir una justificación conceptual que sale sobrando. Y mi principal decepción viene al cierre, considerando que uno de los máximos ejemplos de expropiación García es “Me siento mucho mejor”, la perspectiva de otro cover a The Byrds, “Rock and Roll Star” en esta ocasión, me despertó ilusiones de floja y deslucida realidad, ni el dueto de Fito Páez la salva, quédense con la ejecución de 2006 en el programa de José Alberto Badia disponible en el canal Rarezas SNM de YouTube.
La lógica de este escorpión no suelta toda su ponzoña a la primera picadura. Posteriores audiciones revelan virtudes bajo la superficie, va tomando cuerpo, le descubres riqueza aromática, notas de pimienta y el paladar cae subyugado por el veneno cual vino maduro de compleja catadura sensorial. ¿Y si no te gusta? Bueno, Charly respondió a eso hace tiempo: “Te podés matar”. Él, felizmente, seguirá su constant concept hasta donde le alcance la vida.

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