Brindis por un difunto, de Nina Galindo y Sigue La Mata Dando, es para mí un templo imprescindible del culto al rock nacional, aunque me informan mis fuentes que no tan sagrado para recibir la bendición de los pontífices que recientemente han publicado su biblia de 200 discos chingones del rocanrol mexicano. Aparecido en 1991, más rocanrol de lo que trae este álbum no se puede: canciones perrísimas de un grupo importante de roleros que venían desarrollándose desde los años 80 bajo el oblicuo apelativo “rupestre” (encuentro de rock y blues con jiribilla mexicana) cantadas por el temple intocable de Nina Galindo.
Estaba Cecilia Toussaint con la garra curtida en los hoyos fonqui de la generación inmediatamente anterior y las nocturnas ondulaciones con las que Rita Guerrero seducía desde Santa Sabina. Nina ocupaba otro universo, más sutil y al mismo tiempo más bravo. Le bastaba con pararse frente al micrófono, abrir la boca y hacer valer la ley de su canto cuando disparaba el exquisito arsenal de su repertorio. Con presencia serena pero firme, hirsuta cabellera de color atardecer en la playa, ojos fijos en un planeta más allá que el tuyo y un estilo de vestir sencillo que a mí me parecía de mucha clase, apenas le faltaba moverse, con eso dominaba a las bestias. Un puñado de veces la vi en el Teatro Isabela Corona de Tlatelolco y si un gandalla le gritaba la infaltable guarrada, ella invariablemente encontraba la revirada que dejaba callado al fulano. Y ahí me tenían como un chiquillo anonadado, admirado. Era una diva de otro lugar. Una estrella que sólo podía existir cuando cantaba y como pasa con las maravillas fuera de nuestro alcance viví un poquito enamorado de ella.
Su discografía es en realidad breve. Después del aludido Brindis…, vino Antropofagia amorosa (1993), Antes del toque de queda (1995) y El desliz (1999). De esos, el único que se me escapó fue El desliz porque, ya saben cómo rebasa la vida, las deudas, las pérdidas irreparables y los hallazgos milagrosos, los libros, las películas, los imprevistos, el alcohol, las angustias y hasta el propio amor con sus delicias y sinsabores… hacen que, sin buscarlo ni desearlo, un día te des cuenta de que has pasado un par de décadas sin ir a ver a una de tus cantantes favoritas, Nina Galindo. Y yo no sé si algo parecido le pasó a ella, que de repente descubro que ha sacado un nuevo disco doble, Canciones atoradas, y está por desatorar un concierto el 27 de mayo en el Sindicato Rupestre.
Le debo uno de los momentos inesperados más gozosos que he vivido últimamente.
Si conocen el Sindicato Rupestre, saben que es un espacio de máxima libertad con absoluto respeto, alérgico al oropel y sanamente dispuesto al desmadre, sin grandes separaciones entre público y artista. Antes de subir, veo que el maestro Simón retiene a Nina en el pasillo que conduce al escenario para que le hagan la respetuosa presentación que amerita. La tengo a pocos metros de mí y quedo arrebatado, suspendido, pasmado como el puberto que iba a encenderle sus veladoras internas en Tlatelolco.
Acompañada únicamente por su guitarrista Jorge García Montemayor, recuerdo que “Algo de suerte”, del Rockdrigo fue una de las primeras que se reventaron y sí, sentía la tinta en estas páginas dibujadas por la muerte de correr con algo de suerte para compartir este momento, este lugar, este oxígeno en donde Nina Galindo derrocha su voz. Y cavernícolas como somos, adentrados en esta catacumba, no son tanto estas pobres antorchas que hemos traído para lacerar la noche las que nos iluminarán, sino el sonido, esta música desaprobada por los canónigos de Rhythm & Books, lo que trazará las pinturas mentales que cada uno se lleve en forma de aplausos, chiflidos, el beso que se da una pareja, una cerveza destapada, un triste tabaco encendido a escondidas de esta vieja ciudad de hierro que ya ni siquiera permite semejante consuelo al distante instante del corazón exaltado antes de convertirse en pinche instante de olvido.
Al menos yo me siento muy vivo en el momento que Nina se arranca con “La muerte de los viejos locos”, y me arrebata la respiración en pétalos aun cuando canta de “Ellla”, la que reniega de su mala suerte, porque yo llevo años latiendo con ese "corazón que naufragó”. Tan demolido estoy que no me queda más que juntar mis pedazos en esos gritos triviales de “¡Viva, Nina!” “¡Gracias, Nina!” “¡Eres grande, Nina”. Y ella me contesta con la edad que está próxima a cumplir. Me he convertido en uno esos rucos que gritaban cosas parecidas en Rockotitlán. Y soy tan feliz. ¿Por qué no brindar? Y se descorcha una de mi maestro Gerardo Enciso, “El vino”, que como todos sabemos, es buen amigo, pero como todo buen amigo puede traicionar. No es el caso esta noche, que mientras finiquito la tercera chela de la velada, el maestro Simón se me presenta para regalarme la cuarta al tiempo que Nina desde el micrófono pregunta por él sobre un asunto de la firmeza del escenario.
Así es el Sindicato. Sin pedos, sin mamonerías, sin propinas de a webo. Y por eso ha de permanecer inquebrantablemente Rupestre –denominación de origen que ya alguna vez les quisieron pelear-. Llegará el momento en que esto será un buen recuerdo, por ahora nos congregamos aquí para respirarlo, absorberlo, tomarlo, brindarlo justo cuando Nina por fin nos regala una de las más pedidas de la noche: “Habrá tiempo”
Parece que se va y muchos quedaremos helados porque no ha encendido “El boiler”, pero bien que regresa para dejarnos mejor esta luz que la oscuridad. Yo sigo entre nubes. Cuando Nina regresa del escenario por el pasillo donde la he visto antes del concierto, algunos asistentes la detienen para tomarse una selfie. Despierto. No lo había pensado. No se me había ocurrido que podía acercarme a Nina Galindo para sacarme una foto con ella. Lo hago apresuradamente. Antes de soltarla para que huya a cualquier galaxia que habite, alcanzo a decirle "te amo". Me he quitado un peso de encima.

3 comentarios:
Que padrísimo escrito!!!
Qué chido! Puro corazón!
Quedé asombrada! Y lo tuve que leer 2 veces. Mi querida Nina, debe de estar muy feliz con tu amistad.
Padrísimo escrito!
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