Joe Jackson, músico de pop elegante, también es un escritor de pensamiento sagaz que denuncia los atentados a la libertad individual enmascarados de prevención sanitaria. El presente texto data de 2003, cuando varios motivos lo llevaron a abandonar Nueva York, el principal: las leyes antifumadores. La alteración del vínculo social en los espacios de esparcimiento, la manipulación de la investigación científica para sembrar pánico y la honda contradicción suyacente son algunos de los puntos que señala en esta política; si ni en las cantinas se puede fumar, acabaremos haciéndolo en el hogar junto a los hijos que queríamos proteger, lo que deja una duda perturbadora: ¿no será que hay una necesidad social latente por encontrar una minoría a la cual atacar ahora que todas las otras están prohibidas? Para mala fortuna de Jackson, el llamado al sentido común que aquí hacía a las autoridades inglesas pre Brexit cayó en saco roto y actualmente reside en Alemania, donde la regulación en torno al tabaco es más prudente. Sus esfuerzos en el tema cristalizarían en el ensayo Smoke, Lies & The Nanny State (Humo, mentiras y el Estado niñera, 2007), disponible para consulta en su sitio web: joejackson.com. (El texto fue publicado originalmente en Daily Telegraph el 28 de noviembre de 2003,;mi presente traducción junto a esta introducción aparecieron en 2019 en la revista Inundación Castálida de la Universidad del Claustro de Sor Juana.)
Noche de viernes en la ciudad. Acudo a una fiesta en un centro nocturno promovida por mis amigos Mimi y James, cuyas fiestas del pasado son legendarias. Pero hay poca concurrencia y un ánimo apagado. La economía local anda mal, pero ése no es el único problema.
Por ejemplo, nadie baila: es ilegal. El recinto no cuenta con el permiso debidamente caro y complicado de obtener. Todos tenemos historias: el bar castigado porque dejó a una pareja besuquearse junto a la rocola; la clase de swing que fue cancelada; incluso el club del centro que recibió una cuantiosa multa después de una velada de música klezmer judía cuando las setenta y pico personas que conformaban el público fueron vistas meneándose.
Pero ¿qué hace este grupo de gente fuera del club? No están bailando; fuman.
Gracias a una nueva ley, es ilegal fumar en el interior. También es ilegal beber en el exterior. Entonces: una fumada entre trago y trago, o dejas tu bebida dentro con la esperanza de que ahí continúe cuando regreses. En cualquier caso, se desarrolla toda una fiesta por separado en la calle. Aunque no demasiado festiva. Todo el mundo refunfuña sobre cómo el actual alcalde es peor que el anterior, el que inició esta disneyficación de la ciudad con la idea de hacerla amigable para empresarios y turistas, exiliando el elemento creativo, “bohemio”, cerrando incluso los bares topless.
Los no fumadores poco a poco también empiezan a escaparse, y Judy, la bartender, toma su pausa de cinco minutos para un cigarrillo. La prohibición supuestamente busca proteger su salud, pero ella dice que preferiría no ser un poli que vigila su cumplimiento, muchas gracias, y por menos propina, ya entrados en gastos. Y de vez en cuando, uno de los promotores tiene que salir corriendo para avisar a los fumadores de algún acontecimiento importante dentro. Ah, sí, y para recordarles que no hagan mucho ruido. El club puede ser multado por eso, también.
La ciudad, por supuesto, es Nueva York. La ciudad de la que me enamoré cuando era un forúnculo en el trasero de la América reaganista: más sucia, pero bastante más divertida. Me radiqué ahí desde entonces, pero este año volví a vivir de lleno en Inglaterra. Mi desilusión tiene que ver más con el presidente Bush que con el alcalde Bloomberg, pero la gota que derramó el vaso –lo que finalmente me puso a hacer mis maletas con absoluta indignación- fue la prohibición de fumar. Imaginen mi consternación al oír que la Policía del Humo promueve una prohibición similar en Britania.
Una prohibición como ésa sería aun más devastadora aquí que en Nueva York, con todo y que la propaganda de Bloomberg diga “¡Amamos Nueva York libre de humo!”. Manhattan conserva una especie de glamour inamovible que Londres quizá nunca iguale, pero Londres –con todos sus problemas- es más sociable y su vida nocturna hoy en día es más libre, más amigable y por alguna razón más adulta. Se mueve en la dirección correcta además, con sus ridículas leyes para otorgar permisos a punto de cambiar. Mientras tanto, Nueva York está pensando en cerrar sus bares y clubes más temprano, en parte para retirar de las calles a esas molestas aglomeraciones de fumadores
Yo soy un fumador moderado; disfruto un par de cigarrillos o un cigarro puro con una copa. Pero también soy una persona consciente de la salud y, durante los últimos años, he investigado ampliamente todos los ángulos sobre el tema de fumar. He concluido que fumar es riesgoso, pero no tan peligroso como los oficiales fanáticos y los activistas antifumadores nos harían creer. Para ser más claro, estoy convencido (como muchos científicos respetados) que el peligro para los “fumadores pasivos” es en esencia un engaño, con dudosas estadísticas manipuladas y exageradas por la intención manifiesta de estigmatizar a los fumadores y horrorizarnos a todos.
En mis incursiones dentro del loco mundo de la estadística, he descubierto, por ejemplo, que es más probable que mueras en un accidente de bicicleta, o como resultado de ser zurdo y usar objetos para diestro, que por ser un fumador pasivo. Pero los oficiales de la salud acostumbran ocultar cualquier evidencia que no sea de su agrado y alteran la información. Todo es parte de una campaña propagandística a gran escala y muy bien financiada para cambiar la percepción que tiene el público de fumar como algo que da placer a algo sucio y antisocial. Bueno, personalmente me considero una excepción a la acusación de que es un “hábito asqueroso”. ¿Dónde está lo asqueroso exactamente? Yo no soy una persona asquerosa, ¡venga, miren mis uñas!
Independientemente de las estadísticas, está el sentido común, y nuestras propias observaciones a menudo contrastan con la línea oficial. Por ejemplo, los antifumadores ahora nos dicen que aproximadamente la mitad de todos los fumadores (se refieren a personas que llevan mucho tiempo haciéndolo, adictos sin remedio, pero se olvidan de las letras pequeñas) morirán por este hábito.
Ahora bien, ¿por qué, si hay menos gente fumando, más gente como yo que fuma moderadamente y todo el mundo en general tiene hábitos más saludables, este cálculo ha ido en aumento constante? Además, si esto fuera remotamente cierto, todos sabríamos de docenas de fatalidades por fumar. ¿Ustedes de cuántas saben? Yo de una y, como en la mayoría de casos parecidos, murió a los 74 años después de haber fumado en grandes cantidades desde los 14. En realidad, la mayoría de nosotros moriremos pasados los 70 a causa del mismo tipo de enfermedades, seamos fumadores o no. Tampoco hemos visto generaciones enteras de fumadores pasivos que trabajaron en un bar cayendo como moscas, aun cuando en el pasado había más humo en los bares.
El sentido común británico es algo que con mucha frecuencia eché de menos en Estados Unidos. Admitámoslo, los yanquis tienen una historia preocupante de embestidas santurronas en direcciones erróneas. Vean la Prohibición, por ejemplo. No porque el alcohol sea inofensivo; de hecho, fácilmente puede probarse que causa más daño que el tabaco. El tabaco, sin embargo, es un flagelo de la humanidad menos popular que el trago o las hamburguesas, y por eso los antifumadores se han enfocado tanto en él durante el último par de décadas
El sentimiento antifumador se ha exacerbado tanto en ciertas regiones de Estados Unidos que uno debe preguntarse si hay en juego algo más oscuro que la preocupación por la salud pública: una necesidad latente en la sociedad de tener una minoría a la cual atacar, ahora que todas las demás minorías son intocables. ¿De qué otro modo explicar la increíble rudeza que experimentan los fumadores, o los restaurantes que prohíben fumar en mesas al aire libre, o los edificios de oficinas donde no se permite fumar y luego colocan letreros de “No fumar” a dos metros de la entrada? Uno casi espera ver a los fumadores en instrumentos de tortura y que sean arrojados a la basura.
¿Es esto lo que queremos en Britania? El enfoque estadounidense ante temas polémicos no siempre funciona. No parece que Estados Unidos pueda curar a Los Ängeles de su perniciosa niebla tóxica, y aun así esa ciudad ahora intenta que no se fume en parques y playas. No parece que Estados Unidos entienda cómo frenar la obesidad descontrolada, o las 11,000 muertes por arma de fuego al año, y aun así un exfumador convertido en tabacofóbico puede llegar a alcalde de Nueva York y prohibir que se fume en los bares. El enfoque estadounidense no siempre funciona en Estados Unidos, por Dios. Y lo crean o no, en lo que toca al tema del cigarro Britania es de hecho notoriamente más progresiva.
La industria de la hospitalidad británica, con su recién adoptado Registro de Voluntarios, está haciendo grandes avances para brindar voluntariamente más opciones a la gente y aire más limpio. La gente está dándose cuenta de que los modernos sistemas de ventilación e higienización del aire logran un aire perfectamente confortable para todos salvo los resentidos del cigarro más fanatizados. Con eso no basta, dicen los antifumadores. Pero yo he estado en bares –en Japón, sobre todo, pero más recientemente en las excelentes nuevas áreas para fumar de alta tecnología en el aeropuerto de Heathrow- donde hay montones de personas fumando, pero la calidad del aire es perceptiblemente mejor que la de afuera.
En el caso de los pubs, particularmente, a los antifumadores les vendría bien un baño de realidad. Aun si es cierto que sólo alrededor del 30 por ciento de los británicos fuma, cualquier inepto se dará cuenta de que ese porcentaje al interior del pub es muy superior. Más aún, virtualmente todo no fumador del pub socializa con fumadores y lo hace alegremente, mientras la ventilación opere correctamente, se vacíen los ceniceros y el ambiente no esté plagado de humo.
El pub inglés* siempre ha sido un bastión de tolerancia. Y es en el pub, no en el hogar, donde el fumador encuentra su último refugio. ¿Nadie ha notado un defecto cuando nos dicen que no debemos fumar en los pubs, tampoco con nuestra pareja, ni –sobre todo- con nuestros hjos? No pueden arrebatarnos ese refugio sin volver ilegal el tabaco de facto. Y la Prohibición en la realidad nunca funciona. Además, se perderían 7 mil millones de libras esterlinas al año en impuesto al tabaco.
Britania puede guiar al mundo en este tema, con una política más considerada hacia los no fumadores que, digamos, la de Europa del Este, pero más realista que las prohibiciones extremistas de California y de Nueva York. Políticos, tomen nota: pueden ganar titulares y popularidad con menos legislación restrictiva, no más; si son más razonables, no menos. ¿No es ése el modelo británico? Yo en verdad es lo que espero, detestaría tener que hacer mis maletas con indignación otra vez.
*Se ha optado por dejar aquí la palabra “pub” en lugar de encontrarle algún equivalente en español, pues parece evidente la intención del autor por desmarcarse de la palabra “bar” que apenas utilizó en el párrafo anterior en relación a Estados Unidos. “Pub” designa un establecimiento típico de la cultura inglesa donde se consumen viandas y bebidas alcóholicas; del mismo modo que una cantina es un espacio de encuentro único de la cultura mexicana (N. del t)

No hay comentarios:
Publicar un comentario