Cuando en junio de 2015 falleció Arthur, el primero de dos hijos que ha perdido Nick Cave, era natural preguntarse qué nuevos efluvios de oscuridad recorrerían la obra de este príncipe de las tinieblas. Nueve años después, contra los pronósticos, el reencuentro con las Bad Seeds en Wild God tiende una invitación a renovar el siempre agridulce gusto por la vida, que se justifica en la maravilla de sobrevivir a los demás y a uno mismo, con un tono espiritual menos afectado por sarcasmos anteriores.
Repasemos el camino que nos trae hasta aquí, no sólo para que nos ilumine el duelo atravesado por Cave, sino acaso la jornada de cualquier duelo. Lo primero que podemos decir es que Cave se volcó en su trabajo como catarsis. Al escaso año del deceso de Arthur, en septiembre de 2016, ya publicaba Skeleton Tree; un réquiem en toda forma que empieza con el lamento por la aniquilación del ser querido, pero al final atisba redención: “Y todo está bien ahora”, es la línea que cierra ese disco. Pero quien haya experimentado un luto espeso, súbito, como la pérdida de un hijo, sabe que hay momentos alucinatorios, existencia e inexistencia, lo que fue y lo que pudo ser se confunden en un plano nebuloso, fantasmagórico, la evocación de Ghosteen, de 2019, un disco firmado junto a The Bad Seeds donde el conjunto apenas asoma la cabeza, como si temiera despertar a los muertos, es más un disco de Nick Cave y Warren Ellis, su fiel escudero de la última época, juntos han concebido numerosas bandas sonoras de películas en estos años, y se asumieron únicos responsables de Carnage, en 2021, pasada la pandemia y antes del fallecimiento de Jethro, el hijo mayor de Nick, en 2022.
The Bad Seeds se hacen sentir de inmediato en Wild God, ya no en el papel secundario que les reservó Ghosteen, sino como vehículo de exacta sutileza para seguir las corrientes de conciencia que mueven estas canciones. El otro pilar es un coro que flota por el disco como ánimas de paso a otro mundo.
“Song of the Lake” abre con un hombre y una mujer rotos sin recuperación posible para declarar que eso “no importa”. Según Schopenhauer, a cada momento, en las angustias de los problemas cotidianos, la vida parece una tragedia; pero frente a la fatalidad inevitable que nos espera, la suma de esos momentos resulta cómica. Vivimos a merced de un dios salvaje, como sugiere la canción homónima. Nos arroja a este mundo sin pedir permiso, lo llena de diluvios y plagas y pecado y dolor, y como después del nacimiento lo único que nos obsequia es silencio, tal vez los dioses salvajes seamos nosotros. Aspiramos a la trascendencia, pero recaemos en antiguas miserias, espejo de los anfibios protagonistas de “Frogs”, que hundidos en su estanque de fracaso aún se atreven a desafiar la noche con la música de su croar.
Nick Cave admite que la muerte de Arthur lo arrancó de la admiración por su propio genio. La religión, la Biblia en particular, antes sólo era una fuente de imágenes para abordar la lucha del bien y el mal. Hace años confesaba haber cambiado la violencia del Antiguo Testamento por la salvación ofrecida en el Nuevo Testamento. Aun entonces, Dios aparecía como posibilidad espiritual prescindible: “I don’t believe in an interventionist God”, declaraba “Into My Arms”. Ahora, la prueba de intervención divina está en una vida de preguntas sin respuesta. Esta es una declaración de fe dirigida a un dios igual de perdido que sus criaturas. Como dijo Leonard Cohen: la plegaria importa por la urgencia del remitente, no por la identidad del destinatario.
Cuando Nick cantaba de parvadas de murciélagos liberados y otras siniestradas en The Birthday Party, quién iba a pensar que algún día sentiría la necesidad de escribir una canción titulada “Joy” (alegría), la cual integra un sencillo verso, “ten piedad de mí”, antes usado en “Mercy”, de su disco Tender Pray (1988), ahí se suplicaba piedad por un castigo inminente; también estaba el condenado a muerte de “The Mercy Seat”, que mastica la palabra con ironía por su impostergable cita con la silla eléctrica. No hace falta cometer un crimen para recibir castigo en “Joy·”, basta levantarte cada mañana para caer, para que te traspasen las voces de encono que predican el fin del amor, aquí la “piedad” o “misericordia” no es una imploración, es un reclamo del derecho a los momentos felices, de por sí pocos y breves.
Detrás de “Final Rescue Attempt”, una balada quebradiza sobre la posibilidad del amor si nos rescatarnos unos a otros, seguimos el riachuelo de un susurro que desemboca en océano estentóreo. El tesoro del mapa. No sólo es que grupo y coro se retroalimenten de intensidad a la perfección en “Conversion”, es el episodio que condensa el mensaje central: la expiación del dolor a través de la belleza silvestre, aunque el dolor nunca desaparezcz porque es condición imprescindible para permanecer en esta, la única realidad que conocemos, hasta para amar. Así lo corrobora la hipnótica “Cinammon Horses”.
“Long Night Dark” es el corte más apesadumbrado a la vieja escuela, con su constante anuncio de la penumbra que viene. Le replica el tema de aires más pop en la colección, “Oh Wow Wow (How Wonderful She Is)” celebra esa natural belleza que nos purifica y, al parecer, homenajea a la ex de Cave y de The Bad Seeds, Anita Lane, perecida en 2021, pues acaba con un audio de ella hablando de fantasmas y otros juegos de la imaginación, el amor incluido. Si las sombras han de cubrirnos, que sea como las aguas cubren el mar. En “As the Waters Cover the Sea”, el coro se viste formalmente de góspel para despedir con deseos de “paz y buenas mareas a todas las cosas”. Que también son mis deseos para quien lea esto.

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