viernes, 4 de octubre de 2024

Incierto y sinuoso: el manual del despropósito de Daniel Melero

Estuvo genial, pero no sabía que era música.

-David Niven luego de ver un concierto de Can


Incierto y sinuoso, paradójicamente, resulta un título preciso para una autobiografía de Daniel Melero. Soda Stereo, Babasónicos, bandas de inmensa popularidad, han buscado su asesoría., pero él permanece casi anónimo para el gran público. No le interesa la profesión de la música, sino la posibilidad que ofrece de intervención en la experiencia auditiva. Porque si 70% de nuestro cuerpo es agua, también lo que escuchamos nos conforma desde aquellos 9 meses a oscuras en el mundo acuático y sonoro del vientre materno. Antes que respirar, escuchamos. En esa medida, arte y vida se mezclan en la obra del argentino, y este libro, firmado junto a Mariano Vespa, es una extensión de lo mismo.


Antes que relato biográfico, se trata de un manual para transitar el universo meleriano. Aunque esa imagen es engañosa. Supone obedecer instrucciones, un orden establecido conducente a una meta predeterminada. En cambio, encontramos un despropósito: el narrador temprano resuelve dedicar su vida a algo que no sabe hacer “y con el interés de no aprender a hacerlo”. Nada de manual, se lee como una novela alrededor del “(no)conjunto de sonoridades discontinuas que orbitan a partir de la trayectoria artística de Daniel Melero”, por citar el prólogo de Vespa. Si bien el aludido pormenoriza que nunca piensa en términos de carrera. “Como artista, lo único que conozco es la coronación de fracasos transformados en un éxito que a veces no tiene nada que ver con la fama”.


El fracaso de hoy abre puertas a la belleza de mañana. Melero presume que “la verdadera historia del arte pasa por cómo se potencia el estilo a través de lo que otros consideran una inadecuación o un error”. El antifilósofo Georges Bataille levantaría su copa cuando afirma: “Confío mucho en lo que está en el container de la basura de cualquier lenguaje, en la arqueología de lo carcomido. En aquello que es despreciado tiene que haber algún mensaje muy poderoso para que se lo desprecie”. Después de todo, según manifiesta en el documental Retrato incompleto de la canción infinita (2020), “los cambios en la historia del rock nunca vinieron de músicos bien formados, sino de gente que no sabía tocar y desarrollaron su habilidad”.


Al basurero, sin duda, querían tirar a Los Encargados, la primera banda tecno de Argentina, recibida en un par de festivales a principios de los 80 con lluvia de naranjazos y monedazos –y hace falta odiar mucho a una banda para agredirla con tu dinero-. Luego de cuatro años en funcionamiento y dos discos abortados, Silencio, su debut, en realidad fue la despedida de una etapa iniciática. Nuestro protagonista advierte entonces su peculiar conciencia del tiempo. “Mis contemporáneos a esas alturas ya tienen tres discos”.


Asegura que Soda Stereo fueron los primeros que apreciaron su “yo no sé tocar”. Al verlos ensayar, les vaticina: “Ustedes van a ser la banda más grande de Latinoamérica”. De adolescente había descubierto que la música podía transformarse en arte plástica y con el trío aplica el precepto de que los conceptos superan las aptitudes musicales durante la grabación de Canción animal. Inercia prolongada en Colores santos, la dupla con Gustavo Cerati, un álbum definitivamente de estudio. Para Dynamo buscará “explorar la selva inmensa de los ruidos”, pero se desmarca del proyecto porque el grupo se ha tornado “agresivo. Son peores que los Rolling Stones. Se dicen cosas muy feas”. Describe una “pelea ética” que lo distancia particularmente de Cerati. Reconciliados poco antes del sueño infinito de este último, planeaban sin gran seriedad un disco para siempre imposible. La crónica de esta amistad humedece los ojos.


Un ejecutivo como productor del primer álbum de Soda en 1982 sentenciando: “Melero está loco, nunca va a producir un disco” (casi simultáneamente su parangón Brian Eno era blanco de críticas similares), a finales de la década casi sin proponérselo empieza a grabar grupos y a publicarlos mediante cassettes de limitadísima edición en su sello Catálogo Incierto, ahí aparecieron a Los Mimilocos, Los Corrosivos y Todos Tus Muertos. Otra camada de fuerzas renovadoras emerge en el rock albiceleste entrando los 90. A las heterogéneas bandas encasilladas en la denominada movida sónica “no hay un sonido que los una, pero sí sus actitudes”, y esa diversidad le entusiasma. Se cuentan por cientos los discos que ha producido desde entonces, títulos para Los Brujos, Juana la Loca, Suárez, Carca, Victoria Mil, Avant Press, Giradioses, Juana Molina, el oscuro dueto electrónico Estupendo (a quienes califica de “la banda definitiva de los noventa”) y, curiosamente, pese a su cercanía, nunca a Babasónicos. 


“Para mí producir es generar más rápidamente un fenómeno que no ocurriría, o profundizar en los conceptos”, opina Melero. El papel viene bien para quien tiene la colaboración por “un grado elevado de espiritualidad artística”. Reconoce que siempre necesita de otro para su trabajo, odia la palabra “arreglos”, pero ejerce “una suerte de liderazgo desde un lugar un poco jodido: las ideas”. Y detalla: “el productor debe ser un mediador entre el lenguaje musical y el técnico y a la vez debe innovar, no apoltronarse en ninguna fórmula”. Innovación que no persigue el valor de la originalidad tan exagerado en nuestros tiempos. “Yo no creo en lo original, creo que a veces existe lo auténtico”. Tampoco es avant-garde, eso implicaría dejar atrás a los demás. Es un intenso estar en el presente. 


El nombre del juego, incierto y sinuoso, es imaginación. También se le llama vida. ¿Cómo viviríamos sin imaginación? No confundamos esto con la abulencia idiota del enajenado. La imaginación es una forma de conocimiento (y mejor aún: de des-conocimiento) que no pasa por la razón ni sirve a fines prácticos, pero siempre parte de la realidad. Tan real como Conga, Cámara, Travesti, Rocío, Tecno, Vaquero, Disco, Atlas, el más reciente Ultracromático o el resto de la amplia discografía solista de Melero, y las anécdotas alrededor de su creación: un discurso del dictador Galtieri detona la letra de “Trátame suavemente”, un sencillo titulado “No dejes que llueva” lanzado con malhadado tino durante la peor sequía de Buenos Aires, el hilo que va del futbolista Martín Palermo a Brian Eno, la asidua lectura de Borges, los ecos de John Foxx, el porno y la ciencia que aportan la disrupción perdida en el rock. Una imaginación tan basta que, a principios de este 2024, alcanzó para la reimaginación de Líneas estratégics, merecido tributo que varias bandas mexicanas rindieron a este no-músico cuya única meta es interesarse "por las cosas y por las personas”. En eso consiste la vida.




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