domingo, 30 de marzo de 2025

De paseo por la felicidad mutilada de David Johansen

Los New York Dolls acudieron presurosos cuando Lou Reed llamó a caminar por el lado salvaje. Antes de grabar un disco ya se les había muerto un baterista. En su corta existencia de apenas dos álbumes, el grupo generó ondas expansivas que cuartearon las placas tectónicas del rock setentero, no sólo surtieron de combustible al punk, KISS o Aerosmith engordaron su cochinito con fórmulas más estudiadas de aquella espontánea desfachatez. A David Johansen, último de los Dolls que acaba de pelársenos el pasado 28 de febrero, esto no les molestaba. “Si algún valor tuvimos fue demostrar que cualquiera podía hacerlo”.

Pueden constatar esa declaración en Personality Crisis: One Night Only, un documental de Martin Scorsese y David Tedeschi. Tomando como base un espectáculo del mismo título que Johansen presentó el 9 de enero de 2020 (día de su cumpleaños) intercalan entrevistas de antaño y recientes además intervenciones en su programa de radio satelital Mansion of Fun para confeccionar un retrato emocional antes que profesional del cantante. Ahí precisa el momento exacto del nacimiento del punk, una noche de 1972 en que los Dolls tocaban en Newcastle, Inglaterra. Antes del magno evento se les agasajó con los mejores elíxires que la región tenían para ofrecer: unos toneles de poderosa cerveza oscura. Como consecuencia, cuando salieron a tocar, el bataco empezó a vomitar, parte de sus efluvios gástricos salpicaron al vocalista, quien también soltó la guácara, y así cada uno de los músicos contribuyó a un banquete de bazofias que los jóvenes británicos encontraron estimulante.


Johansen venía del teatro del absurdo, según se lee a su amiga Cyrinda Foxe –mamá de Liv Tyler, por cierto- en la historia oral del punk Please Kill Me, era un ambiente “mucho más emocionante que el rock & roll. Era más vivo, no estaba todo cortado, remendado, limpiado y vendido a los medios masivos como el rock & roll”. De ahí sacó el exótico estilo para la vestimenta de los Dolls, para él no eran atuendos de mujer, simplemente como debía vestir una estrella de rock. Seguramente ayudó que Syl Sylvain y Billy Murcia vendieran ropa en un mercado cerca de un taller donde reparaban muñecas antiguas, un local que se anunciaba como el New York Doll Hospital y se robaron el nombre para su banda.


Johansen empezó a cantar con The Vagabond Missionaries. Un día se aparecieron en la puerta de su apartamento un güero larguirucho y un moreno chaparrito para proponerle mejor unirse a su grupo. Eran Arthur Kane y Billy Murcia, bajista y baterista de los New York Dolls. Sylvain se encargaba de una guitarra y el otro guitarrista, reventado al filo de lo alarmante, aunque romántico hasta la médula y erudito en riffs de rocanroles olvidados de los 50, se hacía llamar Johnny Thunders.

El rock institucionalizado de la época les hizo el fuchi por la misma razón que sus escasos incondicionales los veneraban: casi no sabían tocar sus instrumentos, pero traían de vuelta y recargada la energía de la canción de tres minutos frente a los engolosinados solos de guitarra o batería que hinchaban la escena dominante. Era música agresiva, rápida y depravada, como las calles de Nueva York. Y respecto a la imagen afeminada, Jerry Nolan, baterista que reemplazó al fenecido Murcia, aseguraba que la aversión venía de los chicos refundidos al fondo de los auditorios, las chicas sí que lo entendían y se lanzaban encima de ellos.

Cuando los Dolls terminaron, Johansen emprendió una carrera solista, de la que yo les recomiendo el álbum debut homónimo y Here Comes The Night, de 1981. Más que sus lanzamientos discográficos, el respeto se lo ganarían sus demoledores directos. Emprendía giras agotadoras junto al David Johansen Group y al fijarse que en un año había pasado 250 noches lejos de casa, decidió inventarse un alter ego que sólo pudiera cantar en Nueva York. Al menos es la explicación que da para su transformación en Buster Poindexter.

Buster Poindexter fue tanto una bendición como una maldición. Un crooner coctelero de voz engolada que vestía de smoking y llevaba un voluminoso copete engominado, contraste absoluto de lo que se suponía debía ser el iconoclasta padrino del punk. Buster le trajo exposición a una escala que jamás recibieron los Dolls y, seguramente, fajos de billetes que ni soñaron. Pero fue un precipicio de credibilidad. Su sencillo “Hot, Hot, Hot” en 1987 logró lo que más tarde conseguirían “Aserejé” o “Macarena” volverse una tonadita que de tan ubicua en bodas, quince años, bautizos nadie resiste bailar ni ridiculizar universalmente. David Johansen llama la atención el documental sobre un programa de One-Hit Wonders realizado por la cadena VH1 donde es el único que aparece dos veces: una como Buster Poindexter con “Hot, Hot, Hot” y otra por un medley de los Animals que hizo con su propio nombre. Qué ironía, ¿no? ¿Cómo puedes ser un One-Hit Wonder con dos éxitos? El caso omiso a esta evidente contradicción dará una idea de cuán bajos andaban sus bonos en los 90.

Inmune a la veleta de las tendencias, mientras la entrada de un nuevo milenio exacerbaba fantasías futuristas, David se abrazaba a las raíces. En sus años mozos había frecuentado la compañía de Harry Smith, etnógrafo, pero sobre todo dedicado bohemio, que reunió las grabaciones de la fundamental recopilación Anthology of American Folk Music. Johansen rescataría varias de esas piezas arqueológicas para los dos discos que grabó con un ensamble de blues acústico al cual llamó The Harry Smiths

En el hogar de su infancia creció con un papá que se la pasaba escuchando ópera. Él lo odiaba. No obstante, en el documental le hacen ver que su show radiofónico abunda en esa música. Su desaforado amor por Maria Callas sería aprovechado por un controvertido muchacho que en los setenta fue fundador –y, según él, único miembro- del club de fans de los New York Dolls en Inglaterra. Morrissey le llamó para recordarle el video de la mítica gala en el Royal Festival Hall donde La Divina se despidió de Londres en 1973. Para ir al grano, se trataba de un chantaje: si quería pisar el mismo escenario sólo tenía que reunir a su antigua banda. El 16 de junio de 2004, los New York Dolls resucitaron en el Meltdown Festival organizado por el ex The Smiths, buena revancha para Johansen, Syl Sylvain y, en especial, para Arthur Kane, que se había refugiado en la religión mormona tras años de sentirse pisoteado por el ambiente musical. Murió 22 días después del concierto y fue motivo de su propio documental, New York Doll. Johnny Thunders había muerto en 1991 (su documental: Looking For Johnny) y a los pocos meses, en 1992, le siguió Jerry Nolan. 

Syl Sylvain falleció en julio de 2021 por lo mismo que se llevó a David Johansen el este 28 de febrero de 2025: pinche cáncer. Alcanzaron a grabar en 2006 un tercer disco y último como New York Dolls, One Day It Will Please Us to Remember Even This. Incluye una canción inspirada por una frase del filósofo William James: “Maimed Happiness”. En su letra, hay un doctor que porta un diagnóstico devastador: “tienes la condición humana, muchacho, siento lástima por ti”. La vida es una felicidad mutilada. Si estamos desahuciados, el paliativo lo propone una alocución del programa Mansion of Fun en el documental Personality Crisis: “los resultados no nos preocupan, porque en la tristeza hay una esencia; porque cuando hay tiempo, hay tristeza, y no nos podemos librar de ella, pero podemos elegir vivir con alegría”.



lunes, 17 de marzo de 2025

Mapa rolero de la CDMX

El 13 de marzo de 1325, según códices, el pueblo mexica terminó un vagabundeo que duró más de dos siglos. Encontraron por fin la señal que les había profetizado su máxima deidad, Huitzipochtli. Un águila que devoraba una serpiente encima de un nopal sobre un islote en medio de un lago, ahí debían fundar su nación. Son ya 700 años de esta capital del caos que hoy llamamos CDMX y hasta hace poco Distrito Federal. La ciudad donde nací y he pasado toda mi vida. De la que siempre he querido irme, pero en la que hasta la fecha permanezco. La ciudad que amo y odio simultáneamente, lo cual considero la relación más saludable que uno pueda tener con el sitio donde habita. Desde muy temprano tomé consciencia de que mi ciudad no era chinampa en un lago escondido, si quería encontrar un sentido de pertenencia, tendría que buscarme mis rolas que me ayudaran a reconocerme en la urbe para poder llamarla hogar. 

Cuando empezaba a descubrir la ciudad a mí mismo, la rola que me salvó no la hizo un chilango. La primera vez que publiqué un texto, en una revista de la prepa, apareció firmado bajo el seudónimo de “Corredor callejero”, un corte de A contracorriente (1988), álbum de Gerardo Enciso, poblano de nacimiento, tapatío por adopción. Su cuestionamiento fundamental también era el mío: “¿La ciudad te pertenece o perteneces a la ciudad?”. Me movía por la ciudad, no tanto porque me gustara, sino por esa búsqueda de “un lugar donde pasarla bien”. “Corredor callejero” me identificaba como no podría hacerlo, digamos, “Sabádo Distrito Federal” de Chava Flores, por más que disfrute cada vez que suena.

Como toda corriente estética, el rocanrol tiene sus metáforas recurrentes: coches, chicas, luces de neón, anonimato en la muchedumbre y la alienación que esto conlleva, elementos que congrega una ciudad. Todas las ciudades se parecen porque “destruyen las costumbres” –como observó José Alfredo Jiménez-, pero en cada una dicha destrucción sucede a su estilo, y quien sabe captar eso en su canto, expresa el espíritu más profundo de la metrópoli en cuestión. Ahí tenemos a Jaime López, el natural de Puerto Bagdad (Matamoros, Tamaulipas) al grito de “¡nena, haz patria, ama a un chilango”, ha elaborado una poética de la capirucha cuya más palpable muestra es la popularizada por Café Tacuba “Chilanga banda”, pero igualmente se manifiesta en “El mequetrefe”, “1.ª Calle de la Soledad” o “Corazón de cacto”. Su intérprete de cabecera, Cecilia Toussaint, ofrece por lo menos un par de discos imprescindibles para esta suerte de Guía Roji auditiva: En esta ciudad (1988) y Arpía (1987), por donde cruza el “Viaducto piedad”, composición de Pepe Elorza que sentencia: “porque aquí a nadie le importa un carajo si lloro, si muero, si grito”.  

Otro que también emigró desde Tamaulipas (Tampico, en su caso) para convertirse en Profeta del Nopal fue Rockdrigo González. De las numerosas coplas que dedicó a esta metrópoli, me conmueven especialmente las enunciadas en “Vieja ciudad de hierro”: “Capital de mil formas,/de bellezas que se pierden entre el polvo,/de tus carros, de tus fábricas y gentes/que se hacinan y tu muerte no la sienten”. Mención aparte merecen la desoladora “Perro en el Periférico” y la más cábula “Las aventuras en el DeFe” porque evidencia la plasticidad a la que se prestaba el antiguo nombre al deformarlo en “Detritus Hiederal”. Lo cual, por cierto, trae a mi mente la demoledora “Ciudad de Cagadas”, de los thrasheros Makina, con sus idílicos versos: “Cuando salgo de mi casa/mi nariz respira mierda,/mi cerebro se atrofia/con el ruido de cagadas./Pinche mierda, pinche mierda,/se convierte la ciudad./Pinche mierda, el Distrito Federal”.

Al Redrogo se le extraña con particular melancolía porque murió de un pasón de cemento a causa del sismo del 19 de septiembre de 1985. Le levantaron su estatua en un pasillo de la estación del metro Balderas por la rola que le dedicó (luego manoseada por El Tri). “Metro busco amor” de Los Lagartos, “Viaje en metro” de Chava Flores y “El metro” de Café Tacuba son otros chidos cantares inspirados por el gran gusano naranja. Además, claro, del “Heavy metro” de Botellita de Jerez: “Cruel destino que arrojas mi vida/a otras rutas que no son de mí,/hoy me encuentro entre gente perdida/que ha olvidado que debo salir./Quiero salir, quieren entrar”. Ya Pedro y las Tortugas avisaban en las síncopas tecno-pop de “A veces”, una predilecta personal de todos los tiempos del rock mexicano, que “a veces pasa el metro”, dictamen que cada año ha venido haciéndose más patente hasta llegar al punto en que tienes suerte si pasa, no vaya a ser que se caiga o choque. Y ya que viajamos en transporte colectivo, los confines de Texcoco urdieron el lamento perfecto sobre lo desmoralizante que puede resultar la experiencia cuando en “Un toque mágico” los muñecos de Tex-Tex cantaban: “Es viernes por la tarde,/me encamino a mi hogar./Me subo al autobús,/qué lleno, qué lleno va./El operador/me está cobrando de más,/ya no digo nada,/lo que quiero es llegar”.

Esa rola de Pedro y las Tortugas de la que les hablaba, se encuentra en el doble LP (o cassette, nunca salió en cedé) 21 grupos finalistas del concurso nacional Rock en tu Idioma (1988), lo mismo que “La Herida”, de Radio Carolina. Poseída de una fuerza que, para mí, trasciende su momento, los versos introductorios todavía me paralizan: “A veces la suerte mala es más rápida que la vista./A veces una bala de muerte le gana a la vida./Y tanto que hace parecer estúpido mirar/las piernas de las chicas por la calle”. Era una época, finales de los 80, en que la ciudad empezaba a tornarse violenta y a los niños ya no los dejaban salir a jugar tan fácilmente por temor a un secuestro, una situación que desde entonces sólo ha recrudecido. Luego asestan ese gruñido con una pregunta irresoluble desde el principio de los tiempos: “¿A dónde carajos lleva este camión, y dónde hemos de bajarnos cada uno de nosotros?”, para rematar con que “aquí el único delito es estar vivo”. Bien pudo haberse grabado ayer o mañana, “La Herida” sigue abierta.

Empecé a ir a mis primeros toquines en Rockotitlán. Los Botellita de Jerez fueron sus primeros dueños, luego pasó por manos de Kerigma y de los hermanos Rodamilans. Hay discos que no necesitan nombrar locaciones específicas para sonar a la ciudad, incluso a la zona donde fueron concebidos. Es lo que pasa con Mil marionetas (1988), de Ninot, donde intervenía uno de los Rodamilans, Enric. La página de Ninot en Facebook se anuncia con el subtítulo “el sonido Coyoacán”. Y tienen razón. Desde el organillero que se oye al principio del disco hasta los tintes oscuros y psicodélicos que bañarían a la siguiente generación de bandas al sur de la ciudad durante los 90, muchas producidas por otro de los Rodamilans, Marc (que a finales de los 70 formó parte de Mistus).

Antes de Ninot, con ruido y mensaje más canalla, por el sur se movían los Newspaper. Su único álbum, apropiadamente titulado Rock (1984), es como meter los dedos en el enchufe de la desesperación atravesada por la ciudad durante la crisis económica que inauguró la década de los 80. Cartas explosivas con letras de frenética alcoholemia, sexo casual y represión policial, berridos, tamborazos y guitarrazos que pueden asemejarse al llamado rock urbano, aunque no eran marginados de Neza, sino chavitos clasemedieros del Colegio Madrid. Me suenan a los ibéricos de La Banda Trapera del Río antes que a cualquier símil del país. Alguien debería reeditar ese pirómano disco.

No menos clasemediero, yo soy de la Narvarte, o Medianía, así le llamaba Parménides García Saldaña en sus andanzas con ese otro narvarteño ilustre, José Agustín. Para representar a la colonia elijo “Mariposa en la Narvarte”, Mamá-Z pintan un cuadro del que fui muchas veces testigo en casas, departamentos, covachas: “aceptó ser mariposa en una fiesta en la Narvarte”… whatever that means! Reconozco, sin embargo, que no hay mejor himno a un barrio que “Domingo en la ciudad”, de Paco Gruexxo, con su contagioso coro de blues cacheteadito que sigue al furtivo encuentro con una chava a quien amablemente se invita a “sexear”: “Yo sé que Tlatelolco es el mejor lugar/para escuchar el rock que te hace vibrar”. Viene, de hecho, en el plato Una sinfonía de Tlatelolco (1981), junto con la no menos indispensable “Insurgensex”.

Rita Guerrero en Santa Sabina cantó a dos vialidades que desde niño me reventaban la imaginación, Niño Perdido y Calzada de Misterios se mencionan en “Gasto de saliva”, pasando por Tlalpan y el Eje 10. Arturo Meza, más rotundo, afirma que “la Constitución sólo sirve para nombrar una plaza” en una obra imbuida de capitalino estiércol, 70 centavos (1989). El lado romántico lo aporta Trolebús con el insuperable arranque de su “Balada chilanga”: “Ayer me acordé de ti/mirando a dos perros hacer el amor,/entre Copilco y Revolución/vi tu nombre escrito/en el muro de un panteón,/en una pinta punk”. No estoy seguro de que haga falta ser muy chilango para dejarse conmover. Todo su disco En sentido contrario (1987) es una oda a las delicias y miserias que depara el irreversiblemente DeFectuoso, sobre todo para los jodidos. Ahí tocaba la guitarra Pato antes de unirse a Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, autores de “Un gran circo”, otro clásico desclasado: “mientras más pobreza hay, más alegría se ve”. Por su lado, Nina Galindo proponía un “brindis por muchos difuntos en una cárcel de la capital”.

Caras modernas (1992), el primer disco del Juguete Rabioso que caminé tanto como estas calles, trae “Canción de ciudad”, habla de destierro, Federico y Santiago, integrantes del grupo, eran hijos de exiliados sudamericanos, cuando cantaban ”porque me  voy a ir de la ciudad que es mi ciudad”, me gustaba imaginar que quien se iba era yo, no faltaba en mi walkman cada vez que conseguía treparme en algún camión para escapar. “Es sólo algo entre yo y la ciudad que se queda atrás”. El Juguete grabó para el fugaz sello discográfico que tuvo Rockotitlán, ahí también Ansia registró su debut homónimo (1991) que incluye “Inversión térmica”, compendio de la náusea que significó volverme adulto durante los 90 con mi costal de angustias y represiones: “Camión lleno a reventar,/el calor me empieza a ahogar,/o mato a alguien o denme paz,/tú en mi cabeza y afuera este gas”.

La Banda Bostik, Size, Factotum, Syndrome, Mara, Rebel d’Punk, Flor de Asfalto, SS20, Lira’N Roll, El Haragán y Compañía, Real de Catorce, Roberto González, Carmen Leñero, Chávez Teixeiro, Tere Estrada, Rafael Catana, Los Estrambóticos, Next, los Yap’s, Psicodencia, Escoria, Ultrasónicas, Intestino Grueso completan este rocanrol. He bailado en Reforma frente a la embajada de Estados Unidos, la tira me apañó a la vuelta de mi prepa, he huido de la montada en Pantitlán, me llovió jugo de riñón en Tlalnepantla, he saltado al slam en C.U., sacudido el cráneo en Culhuacán, fajado en Bellas Artes, he visto banda arponearse en el Zócalo, una torre de fuego en el Toreo y un trompo de pastor volar en el Cine Ópera, hice colas infinitas en el L.U.C.C., casi me asfixio en Rockotitlán, quedé ciego de alcohol en Rock Stock, toqué con mi banda en la delegación Venustiano Carranza, respiré gases de extinguidor en el Palacio de los Deportes, fui al Tianguis del Chopo como quien acude a un templo en busca de revelaciones, me enamoré en Taxqueña, di traspiés en la Condesa, choqué en el Periférico, me han manoseado en el metro y asaltado en un taxi. Diría el Three Souls in My Mind en el sudoroso “Blues de la llanta”: “varias veces me han parchado, pero aún sigo rodando”. He rolado mi ciudad, pagado el derecho de piso a cambio de mi actual soledad, que ahora me permite deslizar el Metal caído del cielo (1985) de Luzbel en el tocadiscos. “Sólo estoy soñando en un río de muertos”, canta Arturo Huizar, que ya nada en esas aguas. Le trepo al volumen. “Me atrapa en sus adentros la gran ciudad”. Afuera, la tarde se desangra.


domingo, 2 de marzo de 2025

Never Understood o la fraternal incomprensión de Jesus & Mary Chain


Los Gallagher de Oasis, los Davis de los Kinks, los Fogherty de los Creedence. Entre la larga lista de hermanos en pugna que formaron bandas de rocanrol, los hermanos William y Jim Reid de The Jesus & Mary Chain destacan porque la animadversión entre ellos repercutió en abierta hostilidad por parte de su público, al menos en sus principios. Cuatro décadas después, en su autobiografía a dos voces Never Understood (publicada en español como Incomprendidos), se encargan de aclararnos que todo fue un mal entendido.

Las diferencias entre los dos se advierten pronto, mientras William se convertiría en ardiente hincha de los Rangers –aunque crecieron a pocos pasos del estadio del Celtic en Glasgow, Escocia-, a Jim le trae sin cuidado el futbol. La distancia que separa al mayor del menor especialmente en la pubertad se reduce cuando llega un tocadiscos al hogar de los Reid, la familia era tan pobre que el pequeño Jim tuvo que correr a pedir un disco prestado a los vecinos para estrenar el aparato.

Poco después compartían una pequeña colección, aunque cada uno a su gusto, William era fan de Dylan, Jim pensaba que Slade era la mejor banda del mundo. La música los había acercado, pero no lo suficiente para concebir la idea de formar una banda juntos, cada uno lo intentaba por su cuenta hasta que les hicieron ver que eso era una locura.

Su padre les obsequió parte del dinero de una indemnización con la esperanza de que lo invirtieran en un coche o cualquier otro aditamento que les ayudara a progresar entre la clase trabajadora de East Kilbride, donde habitaban por entonces. Para horror del señor Reid, los hermanitos lo usaron para comprarse un portaestudio que, sumado a una guitarra Gretsch conseguida a precio irrisorio y un pedal de fuzz, plantaba el germen del sonido Mary Chain. 

Ambos eran reticentes a encargarse de la voz, así que definen mediante un volado quién sería el cantante, y no entraña algún misterio religioso el nombre que eligieron, fue una ocurrencia de Wiliam. Se encerraban por turnos en su cuarto a grabar demos, cada uno sus canciones, no componían juntos. De ahí salió un cassette que empezaron a mover en el circuito musical escocés, pero nadie los peló. Tajantemente aseguran que nada le deben a Escocia y si bien declaran su amor por bandas coterráneas como Orange Juice, The Fire Engines o Josef K, se preocupan en aclarar que les gustaban porque “podían ser de cualquier lugar, no armaban gran alboroto por ser escoceses”.

Ya que nadie les daba la oportunidad de tocar, debieron recurrir a medidas desesperadas. Colgaron una manta negra en su habitación y se tomaron fotos simulando un concierto con el fin de imprimir unos pósters y pegarlos por las calles para hacer algo de ruido. Claro que no había imágenes de los dos tocando juntos, porque mientras uno posaba, el otro debía disparar la cámara. Aquel cassette se abrió camino hasta los oídos de Bobby Gillespie, quien aparte de convertirse en su baterista, los pondría en contacto con Alan McGee, quien estaba levantando el sello Creation. Este conocería a los hermanos en medio de una prueba de sonido donde empezaron a gritarse por una insignificancia y casi llegan a los golpes. A McGhee casi no le importaba qué música hacían, embelesado por esa exhibición de agresividad, los promovería en ese mismo tenor, una publicidad que termina por incomodar a la banda cuando sus shows se convierten más en batallas campales que en ocasiones para escucharlos. Jim vencía el pánico escénico con alcohol y cocaína, William se entregaba al consumo excesivo de marihuana. Pese a la fama que se ganaron cuando un dj de la BBC interpretó “Some Candy Talking” como una apología de la heroína, ellos afirman que dicha droga nunca les interesó demasiado, pero admiten que la diferencia entre las sustancias elegidas por cada uno abrió fracturas en su relación.

La misión de Jesus & Mary Chain era terminar con lo que describen como el sonido estándar del rock purgado de guitarras en los 80. Para probar su caso, Jim acusa que dos éxitos de la década, “Jump” de Van Halen y “Born in the U.S.A.” de Bruce Springsteen, son ejemplos de grandes canciones arruinadas por el abuso de sintetizadores. “Ese déficit crónico de mediados de los ochenta fue lo que The Jesus & Mary Chain se proponía compensar. Puedes opinar lo que quieras sobre nuestro primer single, ‘Upside Down’, nadie puede negar que ahí hay una guitarra”.

La guitarra seguirá presente a lo largo de sus discos, lo que varía es la intención. Si con su debut, Psychocandy (1985), probaron el ruido que eran capaces de hacer; en el segundo, Darklands (1987), le bajan a la distorsión para dirigir la atención al aspecto melódico. Empiezan a experimentar con ritmos electrónicos en Automatic (1989) y para Honey’s Dead (1992) se proponían una renovación radical. La narcolepsia acústica de Stoned & Dethroned (1994) responde al desencanto por la falta de apoyo de Warner, disquera con la que se arrepienten de haber firmado. Munki (1998) anunciaría el principio del fin cuando Jim termina una canción sin dejar espacio para la guitarra de William, y el rompimiento se vuelve definitivo después de una pelea por un puñado de nueces de macadamia. Pondrían un océano de distancia entre ellos. Hicieron falta años y que su hermanita Linda les pidiera canciones para un disco que tramaba (el injustamente olvidado Little Pop Rock de Sister Vanilla). A partir de ahí, reanudaran el contacto. The Jesus & Mary Chain volvieron con todo su esplendor en el festival Coachella de 2007 y desde ese momento se han mantenido en activo, publicando dos discos de rolas inéditas, Damage and Joy (2022) y Glasgow Eyes (2024).

Al concluir su lectura, uno entiende por qué le pusieron ese título al libro. Los Reid se sienten inadaptados entre los inadaptados. La rama televisiva de la BBC los vetó por incidentes ridículos. El shoegaze no les dio crédito por su notoria influencia. Promovieron a Blur, aunque no les devolvieron el favor cuando estos llegaron a la cima. Guardan ingratos recuerdos de su participación en el festival Lollapalooza, durante el supuesto auge de la música alternativa. Quedaban mal cada vez que conocían a sus ídolos, como Iggy Pop o David Bowie.

Estas decepciones en común bordan un lazo de afecto que prevalece aun a pesar de ellos mismos. En el tiempo que pasaron alejados se dieron cuenta de que sólo funcionan haciendo música juntos. Con sus demonios a cuestas, están condenados a quererse. Esa es la verdadera cadenita.


viernes, 21 de febrero de 2025

La vida es sueño

I know, I know my world’s grown old

“Nothing Is Forever”, The Cure


Los sueños me acercan a la realidad

"Nada es real", 091


Con la muerte de mi madre, algunas personas se mostraron preocupadas por la soledad que habría de atravesar. A la soledad estoy acostumbrado, desde niño fui introvertido, me pone nervioso el roce social y llego a sorprenderme de los pasos que he dado para sobreponerme a mi innata timidez, como el mero hecho de tener un podcast. Afortunadamente, me caigo bien. Aun en compañía de mi madre, llevábamos vidas bastante independientes. La soledad para mí significa poder ver más pelis, leer más libros, escuchar más música. El principal cambio ha sido la irrealidad con la que de repente percibo el pasado.

Encuentro increíble que alguna vez haya estado viva. Que hasta hace poco mi mamá hablaba y caminaba. No podría refutar a Calderón de la Barca con eso de que la vida es sueño, justo así se siente ahora que contemplo su inmóvil bastón y que su voz ya sólo es un sonido imaginado. Volteo al sillón donde se sentaba a comer y no me asombra tanto su ausencia como el hecho de que en un tiempo la imagen de verla sentada ahí haya sido posible. Escarbo recuerdos, fotografías en busca de pruebas y me llegan como postales de un mundo raro, diría José Alfredo Jiménez, sucesos acontecidos a un avatar.

Fue irreal el mes que le costó morirse. Acaso un período breve, comparado con ciertas enfermedades degenerativas o con los 10 años que vi a mi padre deteriorarse, pero me costaba, me sigue costando entender la marejada de dolor que la arrastró a su final. Yo estaba preparado para su muerte, no para el horror de verla fustigada por el sufrimiento. Ell refrán miente, claro que Dios aprieta, ahoga y pisotea sin contemplaciones. Tampoco me vengan con prédicas de la ley del karma, mi mamá no era perfecta, pero me consta que perdonaba a sus enemigos, se desvivía por ayudar siempre que podía, no deseaba mal a nadie y cultivaba su espiritualidad a conciencia de acuerdo con los medios que le fueron dados. Uno de los libros que leí durante aquel mes de fatal desenlace fue Leit It Blur, la biografía que Jim DeRogatis escribió sobre el crítico de rock Lester Bangs; su madre, una devota testigo de Jehova cuyos arranques fanáticos nunca atisbó el catolicismo de mi madre, se queda dormida en su cuarto una noche y al día siguiente la encuentran muerta, algo así pensaba que pasaría con mi jefa. Ella misma determinó que Arturo y Christian, dos amigos que perdí en años recientes, ambos por infarto fulminante, habían tenido “la muerte de un santo”. Mis amigos eran grandes personas, me pegó duro la partida de cada uno y los extraño un chingo. Pero si lo suyo fue “muerte de santo”, ¿qué clase de muerte merecía mi madre? Cuando un creyente reza “líbranos del mal”, ¿no espera como mínimo ser guardado del látigo del dolor? Digo, la pasión de Cristo no duró más de dos días. No existe orden en el universo. Dios es un crupier desquiciado que reparte los naipes disparejamente, o por ponerlo en palabras de Tom Waits: “No existe el diablo, es sólo dios cuando está borracho”.  

Si ni siquiera las explicaciones que hemos inventado para consolarnos del ancestral desasosiego te traen consuelo, has saltado al terreno de lo insólito, el terreno de la pesadilla. Verás algunas de las escenas más crudas de tu vida. En las salas de urgencias se pierden líquidos vitales, pudor, distinciones sociales, paciencia, ganas de vivir. También descubres muestras de la más sincera solidaridad. Personas que se organizan para llevarnos una cenita navideña a los acongojados, una señora a quien más temprano le cedí el asiento a la salida de una de las alucinantes visitas a los pacientes se me acerca con una sonrisa de oreja a oreja y me dice –no entiendo muy bien por qué-  “usted se merece un diez”. Trabo fugaz amistad con un chavo de hirsuta cabellera llamado Israel, un mediodía lo encuentro en los baños del quinto piso del hospital, también trajeron a su padre de urgencias a pocos cuartos del que ocupa mi mamá. Quedamos en buscarnos esa medianoche. Mi palabra queda para siempre incumplida porque para esas horas mi madre ya estaba muerta. Si alguien conoce a Israel, que me disculpe.

Ahora, la pesadilla ha terminado en más de un sentido. Uno de mis principales miedos era morir antes que mi madre, porque entonces ¿quién la cuidaría? En cuanto a mí, no doy mucho por mi vida y me tiene sin cuidado, como en una canción de Charly García. Los peligros importan menos, ya no hay un par de ojos marrones que esperen por mí, para recordar otra canción, esta vez de los Pogues. Todavía no pasa un día sin abrir un paréntesis para las lágrimas, pero no me siento particularmente devastado, mi madre sería la primera disgustada si su muerte sirviera de pretexto para mi debacle. Pensar que ya no está me maravilla, no doy con mejor verbo. Es decir que no termino por creerlo, la familia que formamos junto a mi padre ya sólo existe en mi memoria, y de la memoria a la imaginación sólo hace falta un suspiro. Es un buen lugar para habitar, la imaginación, pero como Bastian nos enseñó en La historia interminable, Fantasía es un lugar que sólo vale la pena visitar si sabes cómo volver de ahí

Un niño protesta porque su mamá lo despierta y él se resiste a ir al colegio en la canción de Klaus & Kinski que pongo por quinta ocasión. Quién sabe si Sartre se le apareció en sueños, pero amaneció de ánimo existencialista. El chamaco no quiere levantarse porque no se quiere morir. Ha comprendido de golpe todo lo que David Benatar expone en su libro Better Never to Have Been: “No debí comprometerme con la vida en general”. Es un retrato fidedigno de ese momento en que la posibilidad de no ser irrumpe entre las ilusiones de nuestra conciencia infantil. El momento que nos arranca del reino de los sueños para arrojarnos a una realidad que jamás aceptará nuestra imposible apuesta: “Déjame, yo me quedo aquí a dormir, o garantízame que nunca me voy a morir”. 

Estoy consciente de que el deceso de mi madre preludia mi propia aniquilación. Con la suerte de mis progenitores a la vista, sólo me atormenta el horizonte del dolor extremo. Ruego a mis muertos que aparten de mí ese cáliz. Yo quiero que me parta un rayo. ¿Pero me escuchan mis muertos? “Todo se ha ido, nada queda de lo que amé”. Cuando The Cure sacó Songs of a Lost World a finales del año pasado, supe que Robert Smith lo cantaba para mí. Faltaba una pieza. Ya encajó. Llegará el tiempo en que yo también sólo seré el sueño de un puñado de personas que, a la postre, dejarán de soñar. Al final de cada canción yo también me quedo solo y sin nada.



sábado, 8 de febrero de 2025

¿Sensibilidad o sensiblería?

En el mejor mensaje que recibí tras la muerte de mi madre, un amigo derrochaba palabras muy conmovedoras respecto al vínculo que sostenía con la mujer que me trajo al mundo según su percepción. Concluía que si él tuviera un hijo, le gustaría que fuera parecido a mí. “Pero la verdad, menos sensible”, matizaba.

Desde entonces le he dado vueltas al asunto: ¿qué tanto una sensibilidad receptiva nos redime o condena? Mi amigo apoyó su dicho en un consejo recibido de su maestro de artes marciales: “debes ser menos sensible. Tal vez ahora no lo entiendas, pero al paso del tiempo lo harás”. No me extraña. Hace falta un yo sensible para sentir, disminuir la sensibilidad debe ser ventajoso en los deportes de contacto, además de una ruta a la disolución del ego que proponen varias filosofías orientales y occidentales.

Lo cierto es que sólo tenemos esta entidad que somos para experimentar el mundo y, antes de poder trascenderla, tendríamos que agotarla en sus máximas posibilidades, probar su punto de quiebre. Como sucede con la poesía, algunos genios directamente empiezan a escribir verso libre, pero los simples mortales tenemos que ejercitarnos en las cansinas reglas de versificación clásica antes de dar el salto al vacío, so pena de que nos salga un mamarracho (que de hecho es como llamo a mis tanteos poéticos). Tenemos que sentir. Permitirnos sentir sin restricciones equivale a una vida plena. Cuando no se siente a la ligera, cuando se va al fondo de cada sentimiento, este pasa, porque se agota, y lo reemplaza un sentimiento nuevo. Si cada sentimiento reclama nuestra entera atención, eso significa que estamos en constante cambio, sería absurdo hablar de un yo que nunca termina por definirse. Es una ruta opuesta a la misma disolución del ego, más accesible para cualquiera.


Me asusta saber de la alexitimia, la incapacidad de identificar y expresar emociones. Condición tan abominable como la amusia, ¡imagínense!, la imposibilidad de percibir la música, de distinguirla del repiqueteo de un taladro o los rebuznos de un mulo. La música, que transforma el ambiente íntimo o social de golpe, tiempo que escapa al tiempo, también es un idioma que habla directo al sentimiento sin filtro de razón o lógica alguna. Cualquier intento de explicación a la música o los sentimientos es un acto reflejo posterior que se aferra al filo del pensamiento para no caer presos de la angustia; en el momento simplemente ocurren, se viven como arrebatos, desbordamientos del ser. No estoy calificado para decir si la alexitimia necesariamente acarrea amusia, pero sí creo que la amusia es una especie de alexitimia, una deformidad del sentimiento.

Yo prefiero, parafraseando un poema en prosa de Olverio Girondo: “Sentirlo todo, pero sentirlo bien”. Una vez asumida esta postura sentimental se corre el riesgo de cruzar la delgada línea que la separa de la sensiblería. El sentimentalismo puede hacernos perder piso porque pone en juego la totalidad del yo, la sensiblería es un perrito amaestrado por la pulsión egoísta más primaria, el deseo, y lo que perdemos es la dignidad. Vean la parte que dirige Martin Scorsese en la película Historias de Nueva York. El personaje de Patricia Arquette le solicita como prueba de amor al personaje de Nick Nolte que se acerque a pedirle un beso a uno de los policías en la patrulla que tienen delante. Él sigue fielmente sus órdenes. A primera vista, parece un acto de inflamado amor; en realidad, es títere del deseo de complacerla, de ganarla para sí. Ninguna liberación se alcanza por medio de la humillación. Como alguien que ha tropezado innumerables veces con el fino lindero que divide la sensibilidad de la sensiblería, puedo decirles que es mejor andarse con tiento cuando empiezas a perder la dignidad. 

Hace tiempo, décadas atrás, salí con una chica que de repente me salió con que yo sentía como mujer. El comentario sobresaltó al incurable heterosexual que soy. Pero no usó un tono ofensivo, hablaba con dulzura, la noté incluso agradecida, algo extrañada por toparse a tamaño espécimen. He comprendido que demostrar mis sentimientos no me hace menos hombre, pero sí más humano. Es uno de los máximos legados que debo a mi madre. Una manera de honrarla. 



sábado, 1 de febrero de 2025

Mosaico musical de doña Jose

El pasado 18 de enero falleció mi madre, Josefina o doña Jose, y yo estaba empeñado, bajo la convicción de que así le habría gustado, en que su sepelio no resultara un desfile de condolencias, sino una celebración de su vida. La música fue un fuerte vínculo entre nosotros sobre todo a partir de que ella inició su senectud y yo mi edad adulta. Mi madre podía criticar la música que escuchaba, pero tenía oído para una buena canción. Mientras yo batallaba con las definiciones para una melodía que le compartía, ella sabía precisar con soltura: esto suena a un swing, un foxtrot, un merengue, un guagancó. A veces fallaba el dardo y definía como metal algo que realmente era ska. Pero era una buena contraparte de pláticas musicales que, por supuesto, entre otras muchas cosas, voy a extrañar. 

Tiempo atrás le hice su playlist, que reproduje a lo largo de esa última despedida y, al final, balbuceé algunas barbaridades que aquí me gustaría precisar. Empiezo por “Put No Headstone On My Grave”, la lágrima con la que interpretaba Esther Phillips no podía escapar al radar de mi madre, el típico ejemplo de cantante que podía gustarle –y, de paso, que puede gustarme a mí-: dolida pero fortalecida en la pena, desbordada de sentimiento blusero. Cuando le traduje el título –ella no sabía inglés y constantemente me inquiría por el significado de las letras-, se mostró de acuerdo y dijo que tampoco quería lápida para su tumba. Con la sutileza en cada nota que salía de su garganta, Ella Fitzgerald era la voz femenina predilecta de mi madre, y me pareció apropiado elegir “Black Coffee”, como la bebida que cada mañana bendecía por poder seguir tomando. De Etta James le gustaba “Sunday Kind of Love”, aunque otra de sus canciones, “I’d Rather Go Blind”, pero en la titánica versión de Beth Hart con Joe Bonamassa, se convirtió en una de nuestras favoritas durante las tardes que degustábamos prolongados aperitivos. Sarah Vaughan era otra que le encantaba, especialmente la historia de ingenuo amor malavenido que entrega su “Poor Butterfly”. Le conmovía el trágico destino de Amy Winehouse, a quien había descubierto pocos meses antes de su deceso y que hizo dueto con uno de sus crooners favoritos, Tony Bennett, en “Body and Soul”. 

"Only You”, de los Platters, le sacaba lágrimas, aunque eso no era una anomalía, mi mamá, como yo, chillaba con cualquier canción que le calaba grueso. Muchas del soul y el góspel, por eso incluí a ilustres representantes de tales géneros como Sam Cooke, Bobby “Blue” Bland, Otis Redding, Solomon Burke, Dinah Washington y los Blind Boys of Alabama, que aportaron un significativo “Jesus Gonna Be Here”, una original de Tom Waits –la verdad un tanto irónica- sobre el mesías a quien mi madre quiso dedicar su vida cuando de joven entró al convento y que veneraría el resto de sus días con fe, pero sin fanatismo. Por la misma razón incorporé el “Christo Redemptor” inmolado en la armónica de Charlie Musslewhite, un instrumento que la embelesaba. Ahora que lo pienso, debí incluir la versión del “Ave María” que hace Aretha Franklin. No faltó, en cambio, la balsámica Nina Simone con “Lilac Wine”, sus versos de alucinatorias cualidades que confunden lo real con lo imaginado, presencias con ausencias, me sonaron a una premonición de los días por venir, estos que ahora vivo mientras mi madre ya es cenizas. 

Nacida en Orizaba, Veracruz, el 19 de abril de 1937, se ufanaba de ser una octogenaria que estaba más o menos enterada del rock y sus distintas vertientes, pero cuando se trataba de complacencias volvía a sus añoranzas y no fallaba en pedirle al trío del restaurante Amaranto “Veracruz”, el canto que dedicó a su terruño Agustín Lara, de quien asimismo incluí “Ya no me acuerdo”, esta composición del Flaco de Oro que busca en la amnesia voluntaria la sanación de un amor que no prosperó le fue redescubierta a mi mamá por mi igualmente ya difunto amigo Arturo López-Portillo, nunca se conocieron en persona, pero sí a través de mí, y coincidían en muchas querencias musicales.

Presumía el recuerdo de cuando Santiago Auserón le dio un beso al borde del escenario del Lunario, adonde mi mamá se acercó para obsequiarle un ejemplar de un libro que me habían publicado. Me llevó a mi primer concierto, Miguel Mateos en el entonces Salón Margó, hoy La Maraka, y vimos juntos al Buena Vista Social Club. Nuestra última salida nocturna fue a una tocada del maestro Gerardo Enciso. Se quedó con ganas de asistir a algún concierto de Fito Páez, quien tocaba en el Zócalo de la Ciudad de México la noche que ella exhaló su último aliento. No dejo de buscarle simbolismo a esa coincidencia, como si hubiera volado de su cuerpo para irse a gozar de “Dar es dar”, una canción que adoraba por afirmaciones como “no marcar las cartas, simplemente dar” o “no cuento el vuelto, siempre es de más”. “Dar es dar, es solamente una manera de andar”, y así iba mi madre por la vida, la recuerdo enfrascada en fuertes discusiones con mi padre para convencerlo de prestarle dinero a una de sus empleadas o de gastar un poco más en el regalo cumpleañero para uno de mis medios hermanos. “Dar es dar”… y al final la vida le pidió entregarlo todo. 

Pero no sólo se trata de dar, hay que repartir con justicia, y ya que hablamos de argentinos, amaba ferozmente el tango “Cambalache” en la versión orquestal con Roberto “Polaco” Goyeneche, el recuento de las indolencias que marcarían el siglo XX cuyo inicio sentencia “Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé” bien puede seguir aplicando a lo que va del siglo XXI y mi mamá soñaba con algún día plantar frente a las cámaras de diputados, senadores y palacio nacional monumentales altavoces que tocaran el tema día y noche, como cuando torturaron al dictador Noriega en Panamá con heavy-metal. Y como no hay justicia sin verdad, la epopeya auditiva que Kamasi Washington elabora justo con ese nombre, “Truth”, ponía trémula de emoción a mi jefa y es apenas un ejemplo de cuánto disfrutaba del jazz. El flamenco, las grandes bandas, la música coral, el bossanova, los tríos con sus boleros, Marco Antonio Muñiz, Pedro Vargas, los Hermanos Castro, los Manhattan Transfer, el son, la salsa completaban el mosaico de sus deleites musicales. 

Me encargó una canción específica para el adiós final: “Who Can I Turn To (When Nobody Needs Me)”. El fervor que le inspiraba esta lacerante balada en la magistral interpretación de Tony Bennett me inquietaba. ¿“A quién puedo recurrir cuando nadie me necesita”? ¿A qué se refería? Yo la necesitaba, aún la necesito. Pero entiendo que mucha de su desilusión en los últimos tiempos derivó del abierto odio que le prodigaron los hijos del primer matrimonio de mi padre a raíz del accidente que este sufrió en noviembre de 2006. Para mi mamá, el himno de batalla de su relación siempre fue “Si nos dejan”, de José Alfredo Jiménez, no estoy seguro de qué tanto les hayan dejado. Como sea, tras su partida, al que le queda bien preguntarse “¿a quién puedo recurrir cuando nadie me necesita?” es a mí. Aunque, antes de que la llevaran al crematorio, se la reviré, ni más ni menos que a través de su cantante favorito, Frank Sinatra. “Cycles” le resta importancia al dolor individual y pasajero porque muchas otras personas experimentan el mismo sentimiento y el único aprendizaje posible es que le vida corre en ciclos, si hoy hay risas, mañana tendrán que venir las lágrimas. Cuando el viejo ojos azules canta que casi resulta gracioso cómo las cosas no podrían estar peor, me recuerda un pasaje de Vida secreta donde Pascal Quignard escribe que la melancolía no es una descarga repentina como la risa, pero es una risa. “Una risa silenciosa. Es una voluptuosidad más lenta que reír a carcajadas. Es una risa sin carcajadas”, abunda. Por su lado, Sinatra asegura que seguirá cantando mientras no lo agobiemos con preguntas. Me reconforta esa resignación contrahecha, que no se pretende absoluta ni exorciza la tristeza, sino que la saborea, es puramente melancólica. “Es un goce paralelo, pero tal vez se extienda más que cualquier alegría”, deduce Quignard. Es a lo que me aferro.

viernes, 15 de noviembre de 2024

Sed en los oídos

Drink up, dreamers,

You’re running dry

-“Here Comes the Flood”, Peter Gabriel


Los estudios de grabación obran un especial misterio en mí, un simple hechizado por la música. Es la expresión más aproximada para describirme. El término “melómano” no me gusta, suena muy a laboratorista, a guantes, bata blanca y cubrebocas, que de hecho era la indumentaria de los técnicos en los estudios allá, por los 60, esos weyes volvieron loco a Syd Barrett. En mi mitología, son guaridas mágicas, donde los alquimistas se reúnen a cocinar sus potajes filosofales.


Un documental que vi hace poco, Electric Lady: A Jimi Hendrix Vision, me puso a pensar en esto. A finales de los 60, Hendrix compró un lugar donde planeaba instalar un club con un estudio de grabación arrinconado, pero su ingeniero, Eddie Kramer, le dijo que estaba loco, que se estaba gastando un dineral en horas de grabación y mejor pusiera un estudio entero. Así surgieron los estudios Electric Lady, un nombre que dispara la imaginación.


Le pasó a Charly García. Un día se apersonó en el 58 W. 8th. Street de Nueva York. Le preguntaron qué se le ofrecía y cuando les respondió que grabar un disco no pararon de reír hasta que les enseñó un fajo gordo de billetes, entonces le dijeron: “pásele, señor, ¿qué se toma?”. Hendrix sentía que los estudios a la vieja usanza anquilosaban los impulsos creativos, para el suyo quería una atmósfera favorable al artista desde las luces, cuya intensidad o color podía cambiarse a gusto, lo mismo que las dimensiones de la sala. Jimi, para colmo, les dejó la leyenda de su fantasma paseando por los pasillos. Habitamos el tiempo y el espacio. La música es el tiempo, lo que nos pasa. Este documental nos recuerda que también importan los lugares donde nos pasan las cosas, donde ocurren los sonidos que nos seducen.


Amigos profesionales del audio me han platicado de esa mística. El cuarto donde toca un grupo va a influir en su sonido. La distancia a la que coloques los micrófonos. El control que ejerzas o no sobre la ruidosa batería. El espacio entre amplificadores. Toda esa meticulosidad en la que no pensamos cuando escuchamos una grabación y que va desapareciendo con la inmediatez de poder grabar un disco desde tu dormitorio. Va a escucharse bien, pero carecerá de la profundidad que le proveería un estudio. Brian Eno, Rick Rubin, Daniel Melero son productores buscados no tanto por sus conocimientos musicales, sino por saber propiciar atmósferas sónicas, lo más que alguien como yo, apasionado por la música sin habilidades musicales, puede aspirar. Por otro lado, así está bien. A veces tengo la impresión de que esos amigos dedicados al audio ya no escuchan por los oídos, sufren por los oídos; es lo malo, una vez que conoces el truco, sólo ves eso, no la magia.


Por eso la palabra “audiófilo” me incomoda casi tanto como “melómano”. Un nombre más adecuado para quienes profesan este culto audiofílico sería el de “aguafiestas”. Desde el púlpito de su arrogancia, pretenden hacernos sentir culpables porque nuestra manera de escuchar música no cumple con sus estándares de presunta calidad que, en el fondo, se reducen a competencia económica. Nos perdemos de sagradas frecuencias por no poder pagar Tidal o los cada vez más sobrevalorados vinilos. Debo decirles que muchas de estas frecuencias que presumen ni siquiera son perceptibles para el oído humano, así que todo se reduce a una perorata de petulancia y clasismo inmamable. Esto me quedó claro después de una plática con Ariel Rot (guitarrista de Tequila y Los Rodríguez, además de una extensa carrera solista). “Nosotros escuchábamos música en una radio de mierda”, me dijo. Es un relato habitual en muchos rocanroleros veteranos. Sólo los pudientes tenían acceso a un estéreo de calidad y aun entonces había que esperar a que sus padres se descuidaran para poder usarlo. Otra imagen común es la de músicos , acabando de mezclar sus discos, corren a ponerlo en el tocacintas de un viejo automóvil o el reproductor más chafa disponible: si se oye bien ahí, se oirá bien en cualquier aparato. Ahora mismo estoy leyendo Never Understood, el libro de los Jesus & Mary Chain, Jim Reid reconoce que cometieron un error de principiantes con su primer sencillo: sonaba brutal en los altavoces de última generación del estudio, llegaron a su casa a ponerlo en una grabadora normalita y sonaban a Dire Straits, tuvieron que regresar a agregarle capas de sucia distorsión para que quedara a su gusto. Si la música te mueve, no importa que llegue a través de un torrente de interferencia o una prístina ecualización, igual el primero te intriga y la segunda sólo te causa indiferencia. 


Que nos dejen con nuestras bocinitas de tres centavos y nuestros mp3. Como suplicaban los Enanitos Verdes: “¡Por favor, déjennos bailar!”. Amo los discos que los años me han permitido acumular, pero también amo Spotify, no lo pedí, pero ahí está, y me permite seguir descubriendo nueva música y música del pasado que, de otro modo, habría permanecido fuera de mi alcance. Las regalías a los creadores son tema aparte, tampoco es nuestra responsabilidad pagar los pecados de una industria que se hinchó hasta reventar de ambición ni curar vanidades heridas de estrellas de rock pasadas o futuras. Los músicos de la antigua China ni siquiera necesitaban de público, se internaban en el bosque a tocar sus instrumentos para el exclusivo deleite de sus propios oídos. Como el agua, indispensable para la vida, la música siempre encuentra la manera de fluir. Y nuestra sed nunca se apaga. Habremos de saciarla por cualquier medio, habremos de escuchar



viernes, 11 de octubre de 2024

La línea dura de Midnight Oil


Cada vez que Bono nos causa urticaria por su exuberancia concientizadora, olvidamos que se queda chiquito si lo comparamos con Peter Garrett. El líder de Midnight Oil no sólo introdujo en  sus letras problemas de racismo, ecología y carrera armamentista, sino que incluso saltó directamente a la arena política, llegando a ser ministro del medio ambiente en Australia. Un nuevo documental, Midnight Oil: The Hardest Line, traza la singular historia de la banda que puso a bailar al mundo con una canción de protesta: “Beds Are Burning”.

Cuesta saber con U2 qué tanto afectan las instancias políticas de su cantante al resto de los integrantes, rara vez lo acompañan en esas ocasiones. Pasa lo mismo en el caso de Midnight Oil, aunque el pleno de la banda siempre ha manifestado su respaldo sin reservas a Garrett desde la primera vez que intentó ocupar un escaño del parlamento australiano, momento en el que concentra un documental anterior, Midnight Oil: 1984, planeado durante más de 30 años, se estrenó en 2018.


A principios de la década de los 70, al guitarrista Andrew James y al baterista Rob Hirst les parecía que eso de “la tierra de los afortunados”, el lema con el cual se pretendía vender Australia al mundo, era una tremenda jalada. Formaron una banda a la que llamaron The Farm más que nada para sacudirse el aburrimiento. Les gustaba la música surf y cuando empezaron a hilar tocadas, Hirst se dio cuenta de que resultaba muy demandante aporrear los tambores y ocuparse de las responsabilidades vocales como venía haciendo. Pusieron un anuncio en busca de un cantante y Peter entró en escena. 


La energía del grupo cambia igual que su nombre. El nuevo vocalista trajo elementos progresivos y descubrieron el punk. Tocar en los pubs de Sydney te sometía a una “experiencia de selección natural”. El salvajismo de la audiencia influyó su ataque. La voz de Peter inyectaba veneno de serpiente. Siendo adolescente su casa se había incendiado, le resultó imposible rescatar a su madre y se quedó escuchando los gritos que daba mientras moría consumida por el fuego. Eso te transforma irreversiblemente. Aquellos primeros tokines de Midnight Oil herbían una caldera de euforia, cuando no de abierta furia, que cocinó su personalidad sobre el escenario.


Graban un primer disco con el legendario productor Glynn Johns que les rechazaron. Responden con la creación de su propio sello, Powderworks. Sin otro apoyo que el del público, el grupo crece y por fin conquista éxito nacional con el sencillo “Power and the Passion” en 1983. Un viaje a Japón al año siguiente marcaría su futuro. Durante una visita al museo que conmemora a las víctimas por la bomba atómica de Hiroshima, Peter, que había presenciado cómo su madre perecía calcinada, no digería que alguien fuese capaz de hacerle eso a otro ser humano. Su activismo se intensifica a partir de ese momento y el Partido por el Desarme Nuclear acaba postulándolo al senado, había rechazado la candidatura, pero acepta luego de consultarlo con sus compañeros de banda.


En este documental, The Hardest Line, uno de esos mismos compañeros ahora admite que sintió alivio cuando no ganó la elección, porque habría significado poner la banda en pausa. En cambio, se retiraron una temporada al desierto, donde la tribu warumpi les educó sobre la tierra y la cultura aborigen de Australia. También hubo un giro en “el sentido del tiempo y las cualidades espaciales” de sus canciones. La música antes caótica y con un montón de cambios en la misma pieza fue reemplazada por cadencias más apaciguadas que acentuaban la pasión. Así nació Diesel & Dust, el disco que los catapultó globalmente exponía “el absurdo de la vida del hombre blanco en las ciudades”, según describen sus creadores. Con los 12 años que tenía cuando escuché “Beds Are Burning”, apenas aprendiendo inglés y quizá porque me ganaba la hormona, yo creí que hablaba de sexo, y algo similar pensaban chavas y chavos a los que veía y todavía veo arrimar sus cuerpecitos cada que suena la infaltable rola de fiesta ochentera. Un amigo mío la odia, casi estoy seguro que se debe a esta tergiversación de impresiones. Es el peligro de combinar conciencia social y música pop, nadie pone atención a lo que dices hasta que se viene el coro. 


Nadie sale bien librado de una canción que se escucha hasta la náusea. Midnight Oil publicó otro puñado de buenos discos: Blue Sky Minning; Earth, and Sun, and Moon; Redneck Wonderland, ninguno con la repercusión de Diesel & Dust. Peter Garrett estaba cansado en los primeros años 2000 y con ganas de retomar su carrera política. Para 2007 fue nombrado ministro del medio ambiente y, posteriormente, de educación. Martin y Rob, los fundadores, sabían que no podrían seguir llamándose Midnight Oil, retomaron sus orígenes surf y fundaron The Brake. Casi una década después del parón, la banda volvió a tocar regularmente y en 2020 se cumplió el sueño de grabar con artistas de la Primera Nación australiana el miniálbum The Marrkata Project. Realizaron una gira de despedida en 2022. Alguna colega del Garret funcionario lamenta hacia el final del documental que los logros de su administración no vayan a recordarse tanto como sus canciones. Sirve para demostrarnos que el arte está hecho para durar; la política, para dudar.



viernes, 4 de octubre de 2024

Incierto y sinuoso: el manual del despropósito de Daniel Melero

Estuvo genial, pero no sabía que era música.

-David Niven luego de ver un concierto de Can


Incierto y sinuoso, paradójicamente, resulta un título preciso para una autobiografía de Daniel Melero. Soda Stereo, Babasónicos, bandas de inmensa popularidad, han buscado su asesoría., pero él permanece casi anónimo para el gran público. No le interesa la profesión de la música, sino la posibilidad que ofrece de intervención en la experiencia auditiva. Porque si 70% de nuestro cuerpo es agua, también lo que escuchamos nos conforma desde aquellos 9 meses a oscuras en el mundo acuático y sonoro del vientre materno. Antes que respirar, escuchamos. En esa medida, arte y vida se mezclan en la obra del argentino, y este libro, firmado junto a Mariano Vespa, es una extensión de lo mismo.


Antes que relato biográfico, se trata de un manual para transitar el universo meleriano. Aunque esa imagen es engañosa. Supone obedecer instrucciones, un orden establecido conducente a una meta predeterminada. En cambio, encontramos un despropósito: el narrador temprano resuelve dedicar su vida a algo que no sabe hacer “y con el interés de no aprender a hacerlo”. Nada de manual, se lee como una novela alrededor del “(no)conjunto de sonoridades discontinuas que orbitan a partir de la trayectoria artística de Daniel Melero”, por citar el prólogo de Vespa. Si bien el aludido pormenoriza que nunca piensa en términos de carrera. “Como artista, lo único que conozco es la coronación de fracasos transformados en un éxito que a veces no tiene nada que ver con la fama”.


El fracaso de hoy abre puertas a la belleza de mañana. Melero presume que “la verdadera historia del arte pasa por cómo se potencia el estilo a través de lo que otros consideran una inadecuación o un error”. El antifilósofo Georges Bataille levantaría su copa cuando afirma: “Confío mucho en lo que está en el container de la basura de cualquier lenguaje, en la arqueología de lo carcomido. En aquello que es despreciado tiene que haber algún mensaje muy poderoso para que se lo desprecie”. Después de todo, según manifiesta en el documental Retrato incompleto de la canción infinita (2020), “los cambios en la historia del rock nunca vinieron de músicos bien formados, sino de gente que no sabía tocar y desarrollaron su habilidad”.


Al basurero, sin duda, querían tirar a Los Encargados, la primera banda tecno de Argentina, recibida en un par de festivales a principios de los 80 con lluvia de naranjazos y monedazos –y hace falta odiar mucho a una banda para agredirla con tu dinero-. Luego de cuatro años en funcionamiento y dos discos abortados, Silencio, su debut, en realidad fue la despedida de una etapa iniciática. Nuestro protagonista advierte entonces su peculiar conciencia del tiempo. “Mis contemporáneos a esas alturas ya tienen tres discos”.


Asegura que Soda Stereo fueron los primeros que apreciaron su “yo no sé tocar”. Al verlos ensayar, les vaticina: “Ustedes van a ser la banda más grande de Latinoamérica”. De adolescente había descubierto que la música podía transformarse en arte plástica y con el trío aplica el precepto de que los conceptos superan las aptitudes musicales durante la grabación de Canción animal. Inercia prolongada en Colores santos, la dupla con Gustavo Cerati, un álbum definitivamente de estudio. Para Dynamo buscará “explorar la selva inmensa de los ruidos”, pero se desmarca del proyecto porque el grupo se ha tornado “agresivo. Son peores que los Rolling Stones. Se dicen cosas muy feas”. Describe una “pelea ética” que lo distancia particularmente de Cerati. Reconciliados poco antes del sueño infinito de este último, planeaban sin gran seriedad un disco para siempre imposible. La crónica de esta amistad humedece los ojos.


Un ejecutivo como productor del primer álbum de Soda en 1982 sentenciando: “Melero está loco, nunca va a producir un disco” (casi simultáneamente su parangón Brian Eno era blanco de críticas similares), a finales de la década casi sin proponérselo empieza a grabar grupos y a publicarlos mediante cassettes de limitadísima edición en su sello Catálogo Incierto, ahí aparecieron a Los Mimilocos, Los Corrosivos y Todos Tus Muertos. Otra camada de fuerzas renovadoras emerge en el rock albiceleste entrando los 90. A las heterogéneas bandas encasilladas en la denominada movida sónica “no hay un sonido que los una, pero sí sus actitudes”, y esa diversidad le entusiasma. Se cuentan por cientos los discos que ha producido desde entonces, títulos para Los Brujos, Juana la Loca, Suárez, Carca, Victoria Mil, Avant Press, Giradioses, Juana Molina, el oscuro dueto electrónico Estupendo (a quienes califica de “la banda definitiva de los noventa”) y, curiosamente, pese a su cercanía, nunca a Babasónicos. 


“Para mí producir es generar más rápidamente un fenómeno que no ocurriría, o profundizar en los conceptos”, opina Melero. El papel viene bien para quien tiene la colaboración por “un grado elevado de espiritualidad artística”. Reconoce que siempre necesita de otro para su trabajo, odia la palabra “arreglos”, pero ejerce “una suerte de liderazgo desde un lugar un poco jodido: las ideas”. Y detalla: “el productor debe ser un mediador entre el lenguaje musical y el técnico y a la vez debe innovar, no apoltronarse en ninguna fórmula”. Innovación que no persigue el valor de la originalidad tan exagerado en nuestros tiempos. “Yo no creo en lo original, creo que a veces existe lo auténtico”. Tampoco es avant-garde, eso implicaría dejar atrás a los demás. Es un intenso estar en el presente. 


El nombre del juego, incierto y sinuoso, es imaginación. También se le llama vida. ¿Cómo viviríamos sin imaginación? No confundamos esto con la abulencia idiota del enajenado. La imaginación es una forma de conocimiento (y mejor aún: de des-conocimiento) que no pasa por la razón ni sirve a fines prácticos, pero siempre parte de la realidad. Tan real como Conga, Cámara, Travesti, Rocío, Tecno, Vaquero, Disco, Atlas, el más reciente Ultracromático o el resto de la amplia discografía solista de Melero, y las anécdotas alrededor de su creación: un discurso del dictador Galtieri detona la letra de “Trátame suavemente”, un sencillo titulado “No dejes que llueva” lanzado con malhadado tino durante la peor sequía de Buenos Aires, el hilo que va del futbolista Martín Palermo a Brian Eno, la asidua lectura de Borges, los ecos de John Foxx, el porno y la ciencia que aportan la disrupción perdida en el rock. Una imaginación tan basta que, a principios de este 2024, alcanzó para la reimaginación de Líneas estratégics, merecido tributo que varias bandas mexicanas rindieron a este no-músico cuya única meta es interesarse "por las cosas y por las personas”. En eso consiste la vida.